lunes, noviembre 09, 2009

Freiheit oder Freude?

En efecto, no podía dejar de conmemorar, con este gusto que le demuestro a los aniversarios, la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. Según algunos, esta fecha marca el final del siglo XX, que había empezado el 28 de julio de 1914, con el estallido de la I Guerra Mundial. Quizá. De lo que no cabe duda es de que se trata del evento más representativo de toda una serie, porque, además, en ese mismo periodo —entre el 89 y el 91, para ser más precisos—, se unificaron las Alemanias, terminó la ‘Guerra Fría’, se desintegró Yugoslavia, se levantó la ‘Cortina de Hierro’ y entró luz y aire a Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania. Por último, la mismísima Unión Soviética dejó de existir, junto al llamado ‘socialismo real’ —por supuesto, América siempre está atrasada en todo y allí nos queda Cuba...—.

No es mi intención aquí sacar conclusiones ni valorar hechos tan importantes. Resulta superfluo —aunque no menos necesario— recordar lo obvio: el estrepitoso fracaso económico, la opresión, encarcelamiento y asesinato de millones, los terribles daños ambientales, por lo que, simple y sencillamente me uno a la celebración por el hecho de que todo eso, la ingeniería social de Lenin, Stalin, Ceauşescu, Gomułka, Kádár et al., la experimentación con sociedades enteras, haya terminado. Lástima por la filosofía marxista y la izquierda contemporánea, puesto que ‘nos guste o no, el socialismo como tradición filosófica debe ser, en alguna medida —y yo diría que en gran medida— castigado: debe pagar el precio del socialismo real’, como dijo José Guilherme Merquior (1941-1991) durante aquel encuentro excepcional que fue ‘La experiencia de la libertad’.

Por supuesto, nunca es lícito dormirse sobre los laureles de nada, y el mundo posterior al 89 es todo menos perfecto. Sirva para criticar y poner en perspectiva esta entrada, lo que ha dicho el expremier soviético Mijaíl Gorbachiov:
‘El verdadero logro que podemos celebrar es el hecho de que el siglo XX marcó el fin de las ideologías totalitarias, en particular las inspiradas en creencias utópicas. Pero pronto resultó evidente que también el capitalismo occidental, privado de su viejo adversario histórico e imaginándose a sí mismo como el indiscutible ganador histórico y la encarnación del progreso global, puede conducir a la sociedad occidental y al resto del mundo a un nuevo y ominoso callejón sin salida.

Hoy en día, mientras dejamos a las espaldas las ruinas del viejo orden, podemos pensar en nosotros mismos como activos participantes en el proceso de creación de un mundo nuevo. Muchas verdades y postulados considerados indiscutibles (tanto en el Este como en el Oeste) han dejado de serlo. Entre ellos estaban la fe ciega en el todopoderoso mercado y, sobre todo, en su naturaleza democrática. Había una arraigada creencia de que el modelo occidental de democracia puede ser difundido mecánicamente a otras sociedades cuyas experiencias históricas y tradiciones culturales son diferentes. En la situación presente, incluso un concepto como el del progreso social, que parece ser compartido por todos, necesita una información más precisa y una redefinición.’
Por último, para celebrar en serio, les dejo la parte coral, la Ode an die Freude, de la 9ª sinfonía de Beethoven, interpretada por una orquesta internacional el día de Navidad de 1989, en Berlín Oriental. El director, Leonard Bernstein, se tomó la libertad de cambiar la letra —aunque ‘Beethoven y Schiller estarían de acuerdo’, se excusó—; reemplazó Freude, ‘alegría’, por Freiheit, ‘libertad’, y así logró una versión única, en todo sentido, de la Ode an die Freiheit, ‘Oda a la libertad’:

O Freunde, nicht diese Töne!
Sondern laßt uns angenehmere anstimmen,
und freudenvollere.
Freiheit! Freiheit!

Freiheit, schöner Götterfunken
Tochter aus Elysium,
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum.
Deine Zauber binden wieder,
Was die Mode streng geteilt;
Alle Menschen werden Brüder,
Wo dein sanfter Flügel weilt.


¡Oh amigos, dejemos esos tonos!
¡Entonemos cantos más agradables y
llenos de alegría!
libertad, libertad!

¡Libertad, hermoso destello de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de entusiasmo entramos,
diosa celestial, en tu santuario!
Tu hechizo une de nuevo
lo que la acerba costumbre había separado;
todos los hombres llegarán a ser hermanos
allí donde tu suave ala se posa.

G. G. Jolly

viernes, noviembre 06, 2009

Evolución y fe: un jesuita en la frontera (donde debe estar)

Ayer fue el día de todos los santos y beatos de la Compañía de Jesús (si no me equivoco: más de sesenta santos y ciento veinte beatos), por lo que tuve muy presente a la insigne orden de San Ignacio y a mis queridos hermanos de la Provincia Mexicana.

También, a causa de una investigación algo tortuosa acerca de la evolución, volví sobre un video que ya ha tiempo me había gustado mucho: la entrevista que el biólogo, evolucionista y ateo militante Richard Dawkins le hizo a George Coyne, SJ, director por casi treinta años del Observatorio Vaticano. Si uno compara éste con los demás videos y entrevistas de Dawkins, resulta bastante claro por qué se llevó una gran sorpresa: en un inteligentísimo diálogo sobre fe y razón, religión y ciencia, Dawkins enfrentó a un científico de primera talla, que acepta tal cual la realidad innegable de la evolución, pero que resulta ser creyente... y sacerdote. No estaba tratando ahora con pastores evangélicos hardcore o fundamentalistas bíblicos, sino con un científico heredero de una gran tradición de sacerdotes-científicos, como Clavius, Kircher, Ricci, Saccheri, Teilhard de Chardin...

Coyne no es jesuita. Es jesuitísimo. Es increíblemente erudito, pero humilde. Su fe está basada en un Dios que lo ha tocado, no que le ha explicado el mundo. Lo busca en todas las cosas y su labor científico es a su mayor gloria. Habla sobre religión y evolución con gran profundidad y delimita su campo de especialización. Matiza, matiza y matiza; no da pie ni a la ambigüedad ni al dogmatismo. Está, fiel al espíritu de la Compañía, en la frontera más lejana de la Iglesia, dialogando con el mundo. Justo como le pide Ignacio a sus jesuitas: bien arraigado en la tradición cristiana, se deja abrazar por la razón mundana y anuncia el Evangelio en la cuerda floja, donde 2 mm de más hacia un lado pueden significar el descrédito científico o la herejía...


Y aquí la entrevista completa: I, II, III, IV, V, VI, VII).

AD MAIOREM DEI GLORIAM.

G. G. Jolly

miércoles, octubre 14, 2009

‘Católicos’ estúpidos…

Ya lo había dicho yo antes: hoy en día, ser creyente, y particularmente católico, es ponerse una etiqueta en la frente que dice ‘Por favor, búrlate de mí, que soy un estúpido’. Hasta cierto punto, esto es una cosa buena. Es un síntoma positivo del ‘invierno eclesial’, en que la comunidad cristiana pasa de ser masiva y hegemónica a compacta y marginal (ya lo vaticinó a pesar de las críticas que sufrió, el joven doctor Ratzinger[1] y ya ha hablado de la Iglesia como ‘minoría creativa’ el Papa Benedicto XVI), denostada e incluso perseguida. Es vivir el espíritu de las bienaventuranzas, ser rechazados por ser ‘escándalo para judíos y locura para los gentiles’, por abrazar un estilo de vida, una ética, una cosmovisión potencialmente subversiva y explosiva. Justamente cuando los cristianos han dejado de ser perseguidos, donde la fe no ha provocado ningún conflicto, es cuando el Evangelio ha sido ahogado, sepultado por el tiempo, las tradiciones, las instituciones, la infedelidad o la mera comodidad.

Otra cosa muy distinta es cuando a los creyentes, y especialmente a los católicos, se nos llama ‘imbéciles’ cuando lo merecemos...

Y éste es el caso del sector de más rancio conservadurismo, que no catolicismo, en este país. Los mismos de siempre: grupos, ONGs, asociaciones religiosas, políticos de ciertas regiones... que demuestran que la extrema derecha mexicana es tan descerebrada como la extrema izquierda mexicana. Gente a la que no le importa el diálogo, las instituciones democráticas, los valores del liberalismo que nos permiten vivir civilizadamente, los valores cristianos... Gente que o no conoce o se rehusa a aprender historia. Gente que quiere imponer su pequeña y reduccionista visión del mundo (aunque en muchas cosas tenga razón) a la mala. Ya he hablado de ella antes[2]: son los ‘católicos’ que luchan a muerte (o a matar, más bien) por los seres humanos nonatos y que, ya nacidos, se olvidan de ellos, para que vivan en la miseria (a quienes se ponen de su lado, los tachan de comunistas y los acusan con Roma), los ‘católicos’ que piensan en términos de un Dios-poder y de una fe-cruzada, que se ensoberbecen, miran desde lo alto de su supuesta calidad moral y condenan y excomulgan a diestra y siniestra...


Y miren ahora lo que hicieron: quemaron libros. Sí, hicieron lo mismo que tantos cristianos pecadores antes que ellos, cosa que, junto a tantas otras, fue motivo de penitencia universal de Juan Pablo II y de la Iglesia entera en el año 2000. Dudo que conozcan aquella memorable petición de perdón, pero, me pregunto: ¿conocen el concepto de la penitencia? Unas ‘católicas’ madres de familia, preocupadas no por la entereza moral de sus hijos, sino por su puritanismo ideológico (nada que tenga que ver con el Dios-amor del Evangelio), quemaron los libros de texto de biología de la Secretaría de Educación Pública, que hablan abiertamente sobre métodos anticonceptivos y la diversidad sexual humana.

Por supuesto, yo no estoy de acuerdo, primeramente, en que sean unos burócratas los que decidan qué deben estudiar los niños en las escuelas. No creo en la educación ‘laica, gratuita y obligatoria’, proporcionada directamente por el Estado. Punto.[3] Tampoco concuerdo con la visión genitalista y tecnicista de la sexualidad que se aborda en esos libros, es decir, órganos sexuales, reproducción humana, enfermedades venéreas y métodos anticonceptivos... nada de afectividad, desarrollo psíquico-humano, patologías, ética...[4] Pero tampoco estoy de acuerdo con la visión de estos pseudocatólicos, enfermos de paranoia, que no hacen otra cosa que satanizar la sexualidad humana, porque ni siquiera se han enterado de lo que propone el mismo Magisterio de la Iglesia. No los he leído, pero quizá esos textos digan que la masturbación es un modo de autoconocimiento de los niños y adolescentes o que el sexo debe ser enteramente disfrutable, por lo que no me extrañaría que estos imbéciles quemaran también un libro que dice exactamente lo mismo, titulado Amor y responsabilidad y escrito por un joven obispo polaco a principios de los sesenta: Karol Wojtyła.[5]

Ya por último, incluyo la famosa frase de Heinrich Heine: ‘Donde se queman libros, tarde o temprano acaba quemándose gente’.

Alemania, 1933:


Alemania, 1945:


G. G. Jolly

[1] ‘¿Qué aspecto tendrá la Iglesia del futuro?’ de Joseph Ratzinger
[2] Sobre el aborto en México I y II

[3] Round 2 de las tendencias políticas
[4] Por una ética sexual humanista I y II
[5] Iglesia y sexo

sábado, octubre 10, 2009

Un diálogo entre Calderón y Shakespeare

Francisco de Goya y Lucientes, El sueño de la razón produce monstruos, 1799.

Hace tiempo, me topé con una entrada en el blog Génesis y Apocalipsis, que me hizo percatarme de un pasaje de La Vida es Sueño de Pedro Calderón de la Barca, que probablemente pasó desapercibido en su contexto original, mientras leía la obra completa. Su belleza y profundidad, así como el problema que deja abierto, ameritó que buscara una respuesta, y que ésta tuviera una calidad similar. Y fue precisamente el conocidísimo pasaje de Hamlet.

‘Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!
Apurar, cielo, pretendo,
ya que tratais así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo:
Aunque si nací ya entiendo
que delito he cometido:
bastante causa he tenido
vuestra justicia y rigor
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer).
¿Qué más os pude ofender,
para castigarme más?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Sueña el rico en su riqueza,
qué más cuidado le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.’

Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño.

Eugène Ferdinand Victor Delacroix, Hamlet y Horacio en el cementerio, 1839.
To be, or not to be: that is the question: Whether 'tis nobler in the mind to suffer The slings and arrows of outrageous fortune, Or to take arms against a sea of troubles, And by opposing end them? To die: to sleep; No more; and by a sleep to say we end The heart-ache and the thousand natural shocks That flesh is heir to, 'tis a consummation Devoutly to be wish'd. To die, to sleep; To sleep: perchance to dream: ay, there's the rub; For in that sleep of death what dreams may come When we have shuffled off this mortal coil, Must give us pause: there's the respect That makes calamity of so long life; For who would bear the whips and scorns of time, The oppressor's wrong, the proud man's contumely, The pangs of despised love, the law's delay, The insolence of office and the spurns That patient merit of the unworthy takes, When he himself might his quietus make With a bare bodkin? who would fardels bear, To grunt and sweat under a weary life, But that the dread of something after death, The undiscover'd country from whose bourn No traveller returns, puzzles the will And makes us rather bear those ills we have Than fly to others that we know not of? Thus conscience does make cowards of us all; And thus the native hue of resolution Is sicklied o'er with the pale cast of thought, And enterprises of great pitch and moment With this regard their currents turn awry, And lose the name of action.
O lo que es lo mismo:

‘Existir o no existir; ésa es la cuestión. ¿Cuál más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Éste es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir… y tal vez soñar. Sí, y ved qué grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrían ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón todopoderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo un puñal? ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan, antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes: así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan, y se reducen a designios vanos.’

domingo, septiembre 27, 2009

Dos videos muy católicos...

El otro día, en el blog Razones para vivir, me topé con dos videos sobre la Iglesia, la Católica, que aquí sí es pertinente la especificación. Creo que deberían matizarse algunos aspectos, como una lectura bíblica y de la Tradición algo superficial, pero, además de estar bien hechos, proponen algo distinto y muy importante: el orgullo de pertenencia. Sí, sí, la santa y pecadora, la casta meretriz, la puta de las siete colinas, la Inquisición y las Cruzadas, los curas pederastas y el Banco del Vaticano... ¡todos lo sabemos! Aun así, es justo que reconozcamos a la Madre que nos ha transmitido la fe, a la comunidad eterna de los creyentes habitada y guiada por el Espíritu, al conjunto de testigos, tradiciones e instituciones que han contribuido, a lo largo de dos mil años, a mostrar (aunque sea un poco) la Ciudad de Dios en la tierra y a darle forma a la Ciudad del Hombre. Pocas cosas tan nobles y puramente humanas como la vida de los santos, la pintura, la música, la arquitectura, la justicia, la caridad, la ética, el saber y la cultura emanadas de la fe, la fe que brota del seno de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¡Basta ya de cristianos vergonzantes!





G. G. Jolly

sábado, septiembre 26, 2009

R. I. P. Leszek Kołakowski (1927-2009)

El otro día me topé con una frase de Michel Foucault que me hizo saltar del asiento: ‘A Marx le hubieran horrorizado el leninismo y el estalinismo’. No tengo nada en contra de Foucault, por todo lo demás (lo que he leído suyo, al menos), pero ésa es precisamente la clase de certezas superfluas que convierten al totalitarismo en un fenómeno como cualquier otro, y, por tanto, potencialmente repetible. Y justo acababa de leer, en la revista Letras Libres, una frase al respecto del filósofo polaco, Leszek Kołakowski, citada a propósito de su obituario. La incluyo aquí (junto con otras), en contestación a Foucault:
‘Si bien Marx no concibió al comunismo como un Gulag, sería un error decir que su doctrina fue del todo inocente. Marx y no Stalin fue el primero que dijo que la idea del comunismo se podía resumir en una sola frase: abolición de la propiedad privada. Desde este punto de vista, el sovietismo sí puso en práctica el socialismo en el sentido marxista, ya que fue abolida la propiedad privada. Marx, y no Stalin, dijo que debía concentrarse el poder económico y la propiedad en manos del Estado. Así, la idea del socialismo que tanto Lenin como Trotski pusieron en práctica en Rusia fue la del socialismo entendido como campo de concentración. Y esto lo dijeron claramente. Lenin habló muchas veces de lo que era la dictadura como él la veía: el poder impuesto por la violencia, el poder que no obedecía a ninguna regla, a ninguna ley: el poder absoluto. Trotski fue todavía más fuerte: la idea de la nacionalización en masa, que es una idea marxista, equivalía a la idea de que la gente sea propiedad del Estado. Nacionalizarlo todo significa nacionalizar a la gente. Esto significaba la esclavitud. El pueblo no habría tenido que esperar a la revolución bolchevique para darse cuenta del sentido del marxismo: podemos citar a muchos, especialmente a los anarquistas, que ya en el siglo XIX, décadas antes de la Revolución rusa, predijeron con claridad lo que sucedería si triunfaba el socialismo según la receta marxista. ¿No había dicho Proudhon que el marxismo convertiría a los hombres en esclavos?’

‘En la historia de los países comunistas siempre que alguna reforma produjo algún resultado, se debió a que esa reforma restauraba parcialmente el mercado, es decir, el capitalismo. No se puede derivar otra lección de la historia del comunismo. El capitalismo equivale a mercado. El intento del comunismo de suprimir el mercado nunca funcionó bien, pero en gran medida sí logró destruir la economía. Yo no opongo el capitalismo al comunismo como dos sistemas simétricos. El capitalismo no es el producto de una planeación: surgió espontáneamente como resultado del desarrollo del comercio. A grandes rasgos, puede decirse que el capitalismo equivale a la naturaleza humana en función, es decir: desarrollando la codicia. El socialismo fue en cambio una invención artificial de los filósofos. Quizá hubo razones para pensar que podía funcionar, pero no funcionó y nunca funcionará. Ahora bien, si se continúa afirmando que los cambios actuales son un movimiento hacia otro socialismo, entonces tenemos que definir la palabra socialismo. Es decir, tenemos que precisar, para seguir hablando de socialismo, si entendemos por tal lo que ha significado hasta hoy (la nacionalización en masa de todo, incluyendo a la gente, la abolición del mercado, etcétera) o si significa otra cosa. Y en este último caso, necesitamos una nueva definición radical.’
‘Una sociedad en la que el egoísmo sea la motivación dominante, por muy mal que esto nos parezca, sigue siendo mucho mejor que una sociedad basada en la hermandad obligatoria. La idea central del socialismo era la fraternidad universal. Creo que nada puede ser más maligno que el propósito de institucionalizar la hermandad. Esta se puede institucionalizar sólo bajo la forma del despotismo, y fue lo que sucedió en realidad. De cualquier modo, reconozco que necesitamos la idea de la fraternidad humana como idea más normativa que institutiva, para seguir la célebre definición kantiana. Necesitamos de ella para hacer que la sociedad sea mejor de lo que es, pero plantear la fraternidad como un conjunto de instituciones impuestas desde arriba es la mejor receta para lograr el totalitarismo, la esclavitud. El mercado no es justo, desde luego. Yo no renunciaría al concepto de justicia social. Acepto que existen muchos problemas que el mercado no resuelve ni arregla automáticamente. El mercado deja muchos problemas sin resolver. El mercado no es justo. Sin embargo, la abolición del mercado es mucho peor que todas las injusticias del mercado. El mercado es cuestión de ceder algo y ganar algo.’
G. G. Jolly

viernes, septiembre 11, 2009

Hay que callar...


Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein que De lo que no se puede hablar hay que callar. Hace exactamente ocho años, todos nos percatamos de que tenía razón.


jueves, septiembre 03, 2009

A 70 años de la guerra que había que ganar

‘Si el siglo XVIII se define como el de la racionalidad,
el siglo XX sin duda se llamará la era de la irracionalidad.’
Imre Kertész


Declaración de guerra. Discurso radiofónico de Sir Neville Chamberlain, Primer Ministro de Gran Bretaña, 3 de septiembre de 1939.

La historia es lo que más me ha apasionado desde niño. La historia bélica en especial y la historia de la II Guerra Mundial en particular. Vaya, su estudio me ha acompañado a lo largo de la vida y, de hecho, ha detonado sus momentos y transformaciones cruciales. Puedo decir que la guerra del 39 al 45 me afecta directamente, en el sentido de que me mueve a algo, de infinitas maneras… Habiéndola estudiado con gran profundidad, habiendo conocido a algunos de sus supervivientes de primera mano, habiendo reconocido sus implicaciones históricas, sociales, económicas, filosóficas y religiosas, cuyas secuelas aún padece el mundo, considero un deber personal dedicarle un ensayo precisamente el día de hoy, cuando se cumplen 70 años de que Francia y Gran Bretaña (seguida, días después, por varias naciones de la Commonwealth) iniciasen, contra su voluntad, una guerra para librar a Europa del Apocalipsis.

Gracias a este interés por la historia y las investigaciones que he realizado, siempre he dudado de las historias oficiales y de los retratos en blanco y negro; léase la ‘Edad Obscura’, olvidada y denostada; la Inquisición Española, deformada por una leyenda negra antiespañola; la Conquista de América Latina, donde los indígenas son la ‘raza cósmica’, ‘humillada y corrompida’ por el ‘pérfido invasor’… Sin embargo… el involucrarme, profundizar y comprometerme con el estudio de la II Guerra Mundial ha vuelto forzoso que haga una excepción. La ‘guerra que había que ganar’ sí es un episodio histórico en blanco y negro, o por lo menos con una gama de grises muy limitada en el medio. Las opiniones contrarias tienen, para mi gusto, un tufillo a prejuicio —¿fascismo?— o, de plano, a estupidez. Ésta no sólo fue la conflagración de mayor escala y brutalidad en toda la historia humana —50 millones de muertos—, fue también única desde sus causas, motivaciones y métodos; el nivel de barbarie, inmoralidad e inhumanidad que alcanzó el Hombre no tiene paralelo alguno.

Londres bajo las bombas alemanas, 1940.

Comencemos por citar un fragmento del prólogo al libro del que tomé el nombre para este ensayo:
La II Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero de la historia moderna. Fue una matanza de soldados como la I Guerra Mundial, pero con la añadidura de ataques directos contra civiles a una escala que no se había visto en Europa desde la Guerra de los 30 Años tres siglos antes. En el frente oriental sus horrores sobrepasaron las peores batallas de la I Guerra Mundial. A veces la lucha a muerte entre las fuerzas de la Wehrmacht y el Ejército Rojo parecía no terminar nunca.

La ferocidad de la guerra entre las grandes —y pequeñas— naciones del mundo aumentó al añadirse la ideología racial al nacionalismo, el deseo de gloria, la codicia, el miedo y el afán de venganza que han caracterizado la guerra en todas las épocas. La Alemania Nazi abrazó una concepción ideológica del mundo (Weltanschauung) basada en la creencia de una revolución mundial de carácter “biológico”, una revolución que Adolf Hitler persiguió con torva obsesión desde comienzos del decenio de 1920 hasta que se suicidó en el Führerbunker en abril de 1945. El objetivo de los nazis era eliminar a los judíos y otras razas “infrahumanas”, esclavizar a los polacos, los rusos y otros pueblos eslavos y devolver a la raza aria —es decir, a los alemanes— su legítimo lugar como gobernante del mundo. Al terminar la contienda, los nazis habían asesinado o matado a fuerza de trabajo a por lo menos 12 millones de civiles y prisioneros no alemanes.’(1)
A diferencia de la I Guerra Mundial, donde la lucha de poder entre todas las potencias europeas tarde o temprano culminaría en una guerra, aceptada por todos con gusto, la II Guerra Mundial no era inevitable. A pesar de la tensión entre comunismo y fascismo y de ambos con el liberalismo, de las consecuencias de la paz de Versalles y de la crisis económica del 29, la guerra del 39 tiene como causa principal la megalomanía de un solo hombre, Adolf Hitler, y la megalomanía de un pueblo, el alemán, que se entregó en cuerpo y alma al proyecto de su Führer. Un proyecto que, además, perseguía como fin último el genocidio, pues la condición sine qua non para supremacía aria era la desaparición de los judíos y el sometimiento absoluto de eslavos y latinos. Ni siquiera el comunismo de Stalin perseguía el exterminio por sí mismo, a pesar de que se cobró tantas o más víctimas que el nazismo. Quizá Buchenwald y Dachau nacieron gemelos de Lubianka y el Gulag, pero Auschwitz, Treblinka y Sobibor no tienen su equivalente soviético. Hitler tenía claro que su guerra era una guerra racial, ideológica y bélica, en ese orden de prioridad. Por ello, justo en el momento que fracasaba la ofensiva frente a Moscú y EE. UU. se involucraba directamente en el conflicto, cuando Alemania más tendría que aprovechar sus limitados recursos, Hitler emprendió, sin importarle el costo, su guerra principal: el exterminio del pueblo judío.


Millones han muerto masacrados, torturados o de inanición a lo largo de la Historia, por causa de guerras y tiranos. Quizás Mao y Stalin se lleven el premio a la mayor cantidad. Y, no obstante, el Holocausto de Hitler, con sus 11 millones de víctimas, es muy distinto. Nunca jamás se había emprendido un programa semejante de exterminio por exterminio —sin fines utilitarios—, planificado puntual y metódicamente desde el aparato estatal, utilizando los conocimientos científicos y técnicos más avanzados para hacer el proceso rápido, eficiente y limpio. Es decir, que ‘Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de la Shoah. Aquel intento de acabar programadamente con todo un pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad’.(2)


Todo esto inserto, además, en la estructura de terror de una dictadura y la inercia barbárica de una guerra. Es decir, que a la ‘Solución Final’ hay que sumar, por supuesto, la represión política de la disidencia alemana, el programa de eutanasia y esterilización forzadas, la esclavitud y el saqueo de los países conquistados, la atroz guerra ‘antipartisana’, el bombardeo indiscriminado a civiles inaugurado por la misma Alemania —Guernica, Varsovia, Rótterdam, Londres, Coventry, Leningrado, Stalingrado—, la guerra de conquista y exterminio desatada contra los pueblos de Europa —en especial, aquella contra la Unión Soviética— y, por supuesto, las mil y un atrocidades en el campo de batalla. Esto y exclusivamente esto es cuanto representaba la Alemania de Hitler: terror, terror y más terror, la negación absoluta de Dios y del ser humano. Y contra esto reaccionaron las naciones aliadas.

¿Cómo puede, entonces, ser equivalente la lucha de un soldado alemán a la de un polaco, cuyo país fue invadido, destruido y sangrado gratuitamente? ¿Y la de un checo, un griego, un yugoslavo, un belga, un francés, un noruego? ¿Y cómo la de un británico, canadiense o estadounidense, que lucharon precisamente por devolverle la independencia a países conquistados, la libertad a pueblos tiranizados? Incluso, ¿cómo equivale la del alemán a la del soviético, que, a pesar de defender un régimen igual de despreciable, cometiendo no pocos crímenes también, vio su patria invadida y su pueblo aniquilado? La respuesta es que en ningún caso pueden ser equivalentes los esfuerzos de guerra de una nación durante la II Guerra Mundial. A menos de que neguemos los derechos humanos básicos y despreciemos al único régimen político que vela por ellos, la democracia liberal, esta postura es insostenible: la invasión que sufrió Francia por parte de Alemania en mayo de 1940 difiere totalmente de la que le ocurrió en junio de 1944 por parte de los Aliados occidentales; el sitio de Leningrado no es igual al de Berlín; el bombardeo de Dresde y Hamburgo, más mortíferos, no ostentan el nivel de un crimen, como sí lo tienen el de Varsovia y Rótterdam; es más, la dictadura comunista de Europa Oriental no equivale a la ocupación nazi. ¿Por qué? Por el simple hecho de que cada bala disparada por un Tommy, un G.I. Joe o un Iván contra un pecho alemán aumentaba las esperanzas y evitaba la extinción de pueblos enteros, ‘condenados a muerte’,(3) bien Israel, bien Polonia, bien Yugoslavia…

Aunque ya lo he citado en otra ocasión, mi postura la resume esta frase del mariscal británico Lord Slim:
‘Si alguna vez un Ejército hubo peleado por una causa justa, nosotros [los Aliados] lo hicimos. No ambicionábamos el país de nadie; no deseábamos imponer ninguna forma de gobierno sobre ninguna nación. Nosotros peleamos por lo puro, lo decente, las cosas libres de la vida; por el derecho de vivir nuestras vidas a nuestra propia manera, y para que otros pudieran vivirla conforme a la suya; para adorar a Dios en la fe que deseemos; para ser libres en cuerpo y mente; y para que nuestros hijos y sus hijos sean libres.’
Se puede afirmar incluso que los Aliados lucharon no sólo por la liberación de los países de Europa de Alemania, sino por la liberación de Alemania de sí misma, como lo expresó el entonces cardenal Ratzinger en las playas de Normandía el 6 de junio de 2004:
‘Agradecemos la liberación que tuvo lugar [de parte de los Aliados]. Y no nada más las naciones que sufrieron la ocupación de tropas alemanas y fueron así liberadas del terror nazi. También nosotros, alemanes, agradecemos que por esta acción nos fueron restauradas la libertad, la ley y la justicia. Si bien no la hay en ningún otro caso en la Historia, sí es claramente en el de la invasión Aliada: una guerra justa funcionó a favor del mismo pueblo contra el que se peleó’.(4)

Cualquier persona que piense que el totalitarismo perfecto es preferible a la democracia mediocre, que un dictador carismático es preferible a un parlamento corrupto, que Polonia aún existiría de haber triunfado el proyecto por el que Hitler desató la II Guerra Mundial, es un imbécil que no merece sino lástima. Un imbécil que puede permitirse el lujo de pensar en ello porque tiene la fortuna de vivir bajo un régimen que protege su integridad física y su libertad de expresión, de culto y de asociación, porque vive en paz y su vida no está amenazada por motivos de religión u origen…
‘¡Que nunca más se repita en ningún rincón de la tierra lo que experimentaron los hombres y mujeres que lloramos desde hace sesenta [hoy setenta] años!’(5).


G. G. Jolly

(1) Williamson Murray y Allan R. Millet, La guerra que había que ganar, Barcelona, Crítica, 2002. p. 9.
(2) Juan Pablo II, ‘Discurso en el LX aniversario de la liberación de Auschwitz Birkenau’, Roma, 27 de enero de 2005.
(3) Juan Pablo II, Memoria e Identidad, México, Planeta, 2005. p. 109.
(4) Joseph cardenal Ratzinger, ‘En pos de la libertad. Contra la Razón enfermiza y la religión abusada. Discurso en el LX aniversario del desembarco aliado en Normandía’, Normandía, 6 de junio de 2004.
(5) Juan Pablo II, ‘Discurso en el LX aniversario de la liberación de Auschwitz Birkenau’, Roma, 27 de enero de 2005.

sábado, agosto 29, 2009

Tu pupila azul

A la Helena de Troya, de pupilas azules

Amedeo Modigliani, Mujer de ojos azules, 1900.

—¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

lunes, agosto 17, 2009

Una vida por otra vida

‘El Holocausto es un valor porque condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable; por eso esconde también una reserva moral inconmensurable.’
Imre Kertész(1)


El viernes 14 de agosto, la Iglesia conmemoró la festividad y celebró la vida no sólo de un santo, sino de uno de los más grandes héroes del siglo XX: el polaco San Maximiliano María Kolbe, OFM Conv. Su historia es bastante simple (al menos de la forma en que voy a contarla aquí, de pasada), y quizá por eso tan contundente: tras cuarenta y seis años de una vida rebosante de energía, ambiciosa, volcada enteramente a ganar el mundo entero para la causa de la Inmaculada y del Reino de Dios, fue apresado por la Gestapo y enviado a Auschwitz, que era apenas un campo como cualquier otro del archipiélago concentracionario nazi (faltaba tiempo aún para que creciera hasta convertirse en la peor industria de asesinato en la Historia).

Allí, fue esclavizado y torturado junto otros tantos miles de hombres (disidentes, intelectuales y miembros de la resistencia polaca, en su mayoría) hasta que, un día, el Lagerführer quiso escarmentar a los presos luego de una fuga; seleccionó al azar, diez hombres por cada uno de los prófugos para encerrarlos y matarlos de hambre. El padre Kolbe dio un paso al frente y pidió tomar el lugar de un hombre desconocido, esposo y padre de familia, que suplicó piedad. De esta forma, al intercambiar su vida, ese templo de Antihumanidad, de Negación absoluta, fue demolido precisamente por la humanidad y afirmación absolutas, tal y como alguna vez aconteció en el Gólgota. En un discurso pronunciado en Auschwitz mismo, Juan Pablo II dijo de él:
‘En este lugar que fue construido para negar la fe —la fe en Dios y la fe en el Hombre— y para aplastar definitivamente no sólo el amor, sino todos los signos de la dignidad humana, de la humanidad, ese hombre logró la victoria mediante el amor y la fe.
G. G. Jolly

(1) Imre Kertész, ‘El Holocausto como cultura’, en Un instante de silencio en el paredón. El Holocausto como cultura, Barcelona, Herder, 2002. p. 85.