martes, agosto 21, 2018

Democracia directa vs. democracia representativa según Giovanni Sartori

             


Vuelvo sobre la democracia refrendaria y la democracia electrónica. Aunque se trata efectivamente de democracias directas (por no haber intermediación de representantes ni representación), también son democracias amputadas y empobrecidas. La democracia directa como tal se basa en las interacciones “cara a caraentre presentes, entre personas que se influye mutuamente y que cambian de opinn escuchándose entre sí. En la democracia refrendaria eso deja de ser así, y por tanto deja de haber una democracia iluminada por la discusión que precede a la decisión.

El referéndum de que nos ocupamos aquí, que quede claro, no es la institución integrada en la democracia representativa, sino un instrumento que la suplanta y que, precisamente, funda la democracia refrendaria. Este animal nuevo todavía no existe, pero palpita en el aire: es un sistema potico donde el demos decide directamente sobre las cuestiones individuales, pero ya no colectivamente, sino separadamente y en soledad. Yl a democracia electrónica constituye su encarnación más avanzada. Alel ciudadano se sienta ante una mesa con su computadora y todas las tardes, supongamos, le llegan diez preguntas a las que ha de responder “sí” o “noapretando una tecla. Con este sistema llegamos al autogobierno integral. Tecnogicamente la cosa es ya por completo factible. Pero ¿ha de hacerse?

El presupuesto y la condición necesaria para ese desarrollo es que para pasar de la democracia electoral basada en la opinión pública a una democracia donde el demos decide por sí mismo cada una de las cuestiones haa falta un nuevo demos, un pueblo que esverdaderamente informado y sea verdaderamente competente. Si no, el sistema se vuelve suicida. Si confiamos a unos analfabetos (políticos) el poder de decidir sobre cuestiones de las que no saben nada, entonces ¡pobre democracia y pobres de nosotros!

Sin llegar a hipótesis extremas, vale la pena entender cuáles son los mites intrínsecos del sistema refrendario. Ya hemos visto que el referéndum no es una verdadera forma de participación. Participar es tomar parte” con los demás y en interacción con los demás. En cambio, las decisiones refrendarias son solitarias. Y por adidura, son decisiones de suma cero. ¿Qué quiere decir eso?

Una decisión es de suma positiva cuando todos los interesados salen beneficiados por ella en alguna medida, y salen ganando algo (por eso la suma es positiva). Por el contrario, una decisión se define de suma cero cuando quien sale ganando lo gana todo, y quien sale perdiendo pierde todo. (Aprovecho para recordar que existen también decisiones de suma negativa, a consecuencia de las cuales todos pierden algo.) Ahora bien, en la democracia representativa es probable que todos salgan ganando algo (la suma es positiva) porque las decisiones de los representantes se negocian de forma que cada uno reciba un trozo del pastel. En cambio, en las democracias directas no hay negociación, no hay intercambio, y, por tanto, quien se impone se lleva todo el plato.

Por último, también hay que tener en cuenta que el directismo(en cualquiera de sus manifestaciones) sanciona un sistema mayoritario absoluto que es inaceptable, e incluso funesto para la democracia: porque la democracia es —como hemos visto— derecho de la mayoa en el respeto de los derechos de la minoría, y por tanto requiere un ejercicio del poder que podamos definir “de suma positiva.

Tomado de: Giovanni Sartori, 30 lecciones sobre democracia, Ciudad de México, Taurus, 2008, pp. 39-41.

viernes, marzo 03, 2017

‘El amor da una última oportunidad’ de Hans-Urs von Balthasar



Arthur Robins, Jesus Curses the Fig Tree, s/f.

En el Cantar de los Cantares leemos estas palabras: ‘Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo’ (VIII, 6). Hay dichos de Jesús que recuerdan estas palabras, aunque no cuadran mucho con la imagen almibarada que muchos se hacen del hombre de Nazaret. Tenemos que acostumbrarnos a oír palabras drásticas como éstas. En el Evangelio de hoy nos da la oportunidad de oírlas. Lo leo:

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: «Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro». «Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?». Pero él respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás»”’ (Lc XIII, 1-9).

Dos verdades se contraponen frente a frente en estas palabras de Jesús. La primera se refiere al delito político del gobernador humano, pero también aquella desgracia en Siloé, al derrumbamiento de una torre, que sepultó bajo sí a dieciocho personas. ¿Podían interpretarse estas catástrofes como signo de la culpa de los que habían perecido, como los fariseos inclinaban a admitir? Jesús responde categóricamente: ‘No’. La segunda verdad se refiere a los mismos episodios, examinando los más extensamente en la parábola de la higuera: ¿Son inocentes los afectados por la desgracia? ‘No’, dice Jesús, y han sido pecadores del mismo modo que vosotros, los que preguntáis, y estáis expuestos al castigo del mismo modo e igual que los que ya han sido alcanzados por él. También, vosotros, de esas noticias de los periódicos en la sección de ‘accidentes y crímenes’, sólo podéis sacar una lección razonable: conversión, cambio de vida radical, giro de 180 grados. Y, ciertamente, no en cualquier momento en el futuro, cuando a vosotros os convenga, la recesión sea más fuerte y los medios de vida más escasos, sino ahora, porque ahora le viene bien a Dios y por ello, como dice Juan el Bautista, ya está puesta el hacha a la raíz de vuestro árbol. Para la higuera es el momento ideal de dar el fruto que se espera impacientemente de ella; incluso el mirador que pide un aplazamiento tiene que admitir el próximo año puede ser demasiado tarde, y sin duda será demasiado tarde si el árbol sigue siendo mucho tiempo infecundo y esquilma a la tierra como un parásito.

No se puede afirmar de ningún modo que en este evangelio no es posible percibir el amor de Dios. Aparece incluso de múltiples formas, aunque en cierto modo como un amor está tan cansado de los Hombres, que parece que ha llegado al final de su paciencia y tiene que adoptar la forma de la advertencia.

En primer lugar, Jesús dice que Dios no remunera a los pecadores sólo por sus acciones, en el sufrimiento que le sea de ningún modo se puede ver la magnitud de su culpabilidad. Otros pueden haber cometido un pecado peor y, a pesar de todo, se les ha respetado la vida.

En segundo lugar, deja abierta una posibilidad a los que le interrogan. Sí, considerando la desgracia de los otros, deben considerarse advertidos, deben entenderla como una señal de Dios, deben cambiar la orientación de su vida. Observemos con qué énfasis habla Jesús aquí que ‘los demás habitantes de Jerusalén’, que, si no se convierten, eres eran todos del mismo modo: prevé la pronta y terrible ruina de la ciudad obstinada. En tercer lugar, según las palabras de Jesús, es propio de la naturaleza de la higuera que tenga que dar fruto. Dios ha puesto en su interior esta posibilidad para el bien y la utilidad. Luego el Hombre sólo tiene que seguir un impulso natural para responder a la exigencia de Dios de producir frutos.

En cuarto lugar, hay un intercesor bueno, que pide un último aplazamiento y que cavando y estercolando quiere hacer todo lo posible para conseguir fruto del recalcitrante.

Y, en quinto lugar, está la condescendencia del señor, que asiente este último aplazamiento.

Así, pues, el amor está ahí absolutamente presente, brilla por todas las rendijas; pero, por la tibieza y la insensibilidad de los Hombres y por su obsesión por hacer sospechosos de pecado a los demás, disculpándose a sí mismos, tiene que presentar los caracteres de una fuerza necesariamente enérgica. ‘Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo’. Hay sin duda alguna un punto en el que la longanimidad de Dios se agota, si el Hombre no utiliza el plazo que se le ha dado. Entonces, el amor de Dios tiene que recurrir a otros medios. Entiéndanlo bien: el amor de Dios. No digo que el amor de Dios esté limitado internamente, por ejemplo por su justicia. Muchos se lo imaginan así. Pero ninguno de los atributos de Dios está limitado, y mucho menos su amor. Lo mismo que su justicia y tampoco su misericordia. Todos ellos se compenetran recíproca e ilimitadamente. No se puede acusar a Dios, cuando en la parábola de los trabajadores en la viña paga a los que han llegado los últimos lo mismo que a los que han trabajado desde el amanecer, que sea por estado injusto. Que la justicia y del amor coinciden en Dios fue uno de los hallazgos felices de Santa Teresita. Pero desde luego coinciden de tal modo, que, desde un punto de vista concreto, el amor de Dios, para lograr sus fines, tiene que emplear medios duros. El juicio por el que tienen que pasar todos los pecadores, y que no los dejará pasar si no se han purificado a la corta o a la larga, este juicio tiene que ser inflexible. Absolutamente sin perdón, precisamente porque en él se ventila la posibilidad del perdón definitivo.

Vale la pena detenerse un momento en esta idea del juicio. Los católicos admiten la existencia de un purgatorio, de un tiempo de purificación. San Pablo hablar de él de un modo muy explícito en la I Carta a los corintios: ‘La obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego’ (III, 13-15). Aquí encontramos exactamente este carácter drástico del amor. Sólo que ahora no advirtiendo en el tiempo, sino interviniendo en el umbral del eternidad. El purgatorio no es otra cosa que una dimensión del juicio, el paso por éste, el sometimiento y adecuación a la norma inflexible, con la que hay que coincidir, para que se puede entrar en el reino de la vida eterna. Y a él debemos llegar. Por tanto, el fuego del amor divino debe quemar en nosotros todo lo que no sea conforme a él. Y esto, según como hayamos vivido aquí abajo, será más o menos doloroso, y quizá sea una aflicción muy horrible. Puede suceder entonces que todo nuestro edificio terrenal, todo con lo que pensábamos que debíamos identificarnos aquí abajo, se deshará en llamas y que sus ruinas ardientes caigan sobre nosotros, como ocurrió con la torre de Siloé. ‘Sufrirá el daño’, dice San Pablo, lamentará lo inútil y absurdo de su vida y, con ignominia y oprobio, tendrá que ponerse entre los párvulos para aprender el ABC del amor verdadero. Hasta ahora sólo sabía el ABC del egoísmo por fuera. ¿Qué puede hacer la misericordia divina con alguien así? Ni siquiera le entendería, ni siquiera la sabría aceptar. Se necesita una especie de lavado de cerebro del pecador, para que aprenda a ver qué tipo de ideología es el amor de Dios. Pero, al final, las ideas que Dios tiene son las únicas verdaderas, y en último término hay que conformarse sin duda ellas. En el juicio y en su fuego se pasará de lentamente a la última idea vida, la intuición última de Dios, y esta intuición es el Hijo crucificados Dios. Él es la verdad, y esta verdad tengo que dejármela decir. La verdad del pecado: ésta la has hecho tú. La verdad de la gracia: ésta la ha hecho Dios para ti. La conversión es siempre un proceso doloroso y solitario. Nadie puede hacerlo por mí, y yo tengo que aprender a amar exactamente lo que hasta ahora no quería y a abandonar exactamente lo que hasta ahora me gustaba.

Pero dejemos ahora el purgatorio y volvámonos al mundo. Como cristianos, no podemos explicar el sufrimiento en el mundo de otro modo que como un ocultamiento del rostro del amor divino ante la tremenda inclinación del mundo al pecado. Quizá pensamos que podemos afirmar que los menos pecadores tienen que sufrir más. Es probable entonces que esto suceda vicariamente por los demás. Los galileos de los que se habla en el evangelio habían ido precisamente a sacrificar a sus víctimas en el templo, cuando ellos mismos fueron sacrificados junto con ellas. Eran, comparados con otros, pecadores temerosos de Dios. Los menos culpables pueden ser encerrados en el campo de concentración y quemados en el Archipiélago Gulag. Desde el punto de vista de la cruz de Jesús, lo que ocurre sexto: que los mejores pueden sufrir vicariamente por los malos. Nosotros preferimos decir: deben sufrir. Y sufrir sin duda con verdadero rigor. Esto tendríamos que recordarlo, cuando lleguemos en el sufrimiento o al límite de nuestra paciencia, y evitar así la amargura.

En cualquier caso, de las palabras de Jesús deberíamos retener sobre todo la fuerza de su advertencia: ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. En este ‘si’ está la posibilidad de apartar la desgracia. Jerusalén hubiera podido convertirse. Todos nosotros podríamos convertirnos; entonces nuestro destino futuro sería distinto. El hacha está colocada la raíz de los árboles; pero con las palabras del Bautista se convierten muchos y se dejan bautizar. La higuera podría el año siguiente —el último que se le deja— dar fruto y evitar la ruina.

Tiene sentido, sin duda, aplicar todo esto también a nuestro país. Si Dios hubiera encontrado en Sodoma diez justos, la ciudad se habría salvado por la intención de Abraham. ¿Quién sabe cuántos justos y cuantos intercesores quedan en este país? Pero, ciertamente, si nosotros nos convirtiéramos, habría más, y quizá entonces bastantes. Sin embargo, una ligera sospecha nos dice que son probablemente menos que antes, cuando se rezaba más, se hacía más penitencia, se creía con más esperanza. Cuando se ennegrecía menos papel de sínodos y episcopados y de todos los posibles gremios dirigentes, para tirarlo a la papelera, pero nuestras parroquias estaban llenas de un sentido cristiano más auténtico. Cuando todavía no existía la rivalidad destructora entre la izquierda diluida y la derecha rígida e irritada. Entonces —en la última guerra— pareció grande la mano protectora de nuestro Abraham intercesor, de nuestro padre de la patria, del santo hermano Nicolás de Flue, bendiciendo y custodiando nuestra tierra.

‘Estáis salvados por su gracia’ (Ef II, 8). De esto deberíamos acordarnos, y de que de aquí no puede concluirse de ningún modo que la próxima vez volveremos a ser salvados por la gracia. ‘Os digo que no’, dice el Señor a los que le preguntan, y en este ‘os digo que no’ revela su omnipotencia de juez: ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. De la misma manera que los millones que ha perecido por nosotros, del norte, del sur, del oeste y del este. Nos va bien, estamos cubiertos con el oro que se refugia en nosotros y que acumulamos para otros y para nosotros mismos. Pero habría que preguntarse si este oro es realmente el abono evangélico que nos ayuda a dar fruto. Y esta denuncia afecta también a toda nuestra prosperidad que se ha convertido en nuestro estilo de vida y en la meta, casi involuntaria, de todas nuestras acciones y esfuerzos.

Todavía somos libres; tenemos que responder del gran donde la libertad, sin parangón en el mundo actual, por nosotros y por los otros. Pero en nuestras filas aumenta el número de los que codician las cebollas de Egipto, la casa de la esclavitud, y que desean hormiguear en la abundancia general, como dice nuestro Spitteler; que no quieran aprender ninguna lección de los árboles acostados de Europa, a los que se les ha quitado la libertad de dar fruto; que no esquilman la tierra, sino que ellos mismos son esquilmados; y para los que el sistema de los explotadores y capataces egipcios ya no significa ninguna atracción y fascinación. Las peras se pudren por dentro; sólo abriéndolas se ve su podredumbre. ¿Quién nos defenderá de la podredumbre de la inteligencia nuestro país? Una vez que se ha propagado lo bastante, difícilmente tendrá ya sentido extender una mano protectora sobre ella.



Pero no queremos ser fatalistas como estos fascinados; al contrario, dejémonos decir que la actitud personal, el cambio personal puede decidirlo todo. ‘Señor, déjala todavía este año, a ver si da fruto. Si no’, en nombre de Dios y para su mayor gloria, y para que deje sitio a otra mejor, ‘la cortas’.

Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu Gracia’. Meditaciones radiofónicas, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 48-53.


viernes, enero 06, 2017

‘La Epifanía del Señor: postrarse y adorar’ de Hans-Urs von Balthasar

Sandro Botticelli, La adoración de los magos, 1475.

‘De los tres sabios que visitaron al Niño y a su Madre se dice que se postraron y adoraron. Es la Epifanía, la manifestación, el resplandor de Dios en este Niño pobre, lo que adoran. El Antiguo Testamento adoró a Dios en su majestad, en su justicia como juez, en su bondad como Señor de la Alianza. Pero que se le adore ahora en un Niño es tan sorprendente, que nos obliga a reflexionar de nuevo sobre este acto de adoración, que en nuestra época secularizada se nos ha convertido en algo bastante extraño.

Si tenemos todavía una relación personal con Dios, le dirigimos casi siempre oraciones de petición, y eso está bien. Más raramente le damos gracias —de los diez curados por Jesús vuelve sólo uno a darle las gracias—, o si nos afecta, por ejemplo, un sufrimiento, hacemos un acto de resignación ante la voluntad eterna, incomprensible, y también eso está bien. Pero resignación, conformidad, no es lo mismo que adoración.

¿Qué es entonces la adoración? Dios es único e infinitamente misterioso. Por eso, también el acto con el que le reconocemos con todo nuestro ser como Dios, nuestro Dios, es igualmente único, y por eso mismo no fácil de describir. Intentémoslo, sin embargo. Reconocer que sólo Dios es por sí mismo, mientras que todo lo creado existe sólo por su voluntad y su acción omnipotente, tiene sus raíces únicamente en lo absoluto. Y por eso reconocemos que Dios es lo verdadero por excelencia, el compendio de toda su verdad, que, por tanto, siempre tiene razón, haga lo que haga o suceda lo que suceda. Reconocemos que Dios es el bien por excelencia, el compendio de todos los bienes, y por eso sus disposiciones que deben tomarse siempre sin condiciones, con la entrega reverente de todo nuestro corazón. Reconocemos que Dios es el compendio de toda belleza, y por eso le damos la razón con entusiasmo y tenemos que servirle con júbilo, como le aclaman los salmos y le exige San Pablo los cristianos: “Con cantos de júbilo alabad a Dios, con vuestros corazones llenos de gratitud”. Todo esto lo sabe ya el Antiguo Testamento, donde el corazón de los devotos se pone en manos de Dios con entrega, gratitud, confianza, con profundísimo respeto, pero sin miedo alguno.

Pero, ¿qué ocurre, cuando Dios nos envía a la tierra su Palabra eterna en la forma de un Niño? Entonces lo primero que importa es entender lo que quiere decirnos con su Epifanía.

Sin duda, expresa, como siempre con su palabra, algo sobre sí mismo. Es todo lo que este niño es y será, joven, hombre, el maestro y taumaturgo, el que calla ante el juez, el azotado, injuriado, reprobado, el que grita en la cruz en el abandono de Dios, el sepultado, el que resucitar entre los muertos y vive de nuevo y eternamente, en todo esto es Epifanía, en la que Dios se manifiesta sí mismo.

Por tanto, si Dios es este Niño pequeño, entonces con esto está diciendo: a pesar de toda mi omnipotencia, que la soy y la tengo verdaderamente, soy al mismo tiempo tan pobre, humilde y lleno de confianza como este niño, incluso no sólo “como”: soy realmente este Niño. Y cuando Jesús, más tarde, enseñe, hablará del último lugar en el que uno debe colocarse, de servir, de entregar la propia vida por los hermanos, y esto no sólo como enseñanza moral para los Hombres, sino como algo que él mismo hace y es, como revelación del corazón de Dios, su Padre. ¡Esto lo hace, porque así es Dios! Y luego lo más terrible: cuando Jesús sufre por los pecadores y, por cargar con sus pecados, ya no siente al Padre, y cuando, desamparado, grita muerto de sed a Dios, de nuevo, ¡así que es Dios! Y cuando Jesús se reparte como comida y bebida, ¡así es Dios! Es el Padre el que nos ofrece esta palabra y carne sangrante de Dios, lacerada y desgarrada por los Hombres, para que participemos en su vida eterna. Y cuando el corazón de Jesús es atravesado y se convierte en una cavidad vacía, en la que se pueden meter los dedos y al Hombre entero —“en tus llagas escóndeme”—, ¡así es Dios! Una herida que llega hasta su corazón y en la que encontramos la salvación. Todo esto es Epifanía de Dios.

Por lo tanto, cuando nos postramos y adoramos aquí y ahora, no adoramos la carne, sino a Dios, al Único, que ciertamente no somos nosotros, a Dios, al completamente Otro, al Ser por sí, al omnipotente; pero al que se le ocurrió mostrarnos que es lo bastante omnipotente para poder ser también impotente, lo bastante bienaventurado para poder también sufrir, lo bastante glorioso para poder colocarse también en el lugar más bajo de su Creación. Y esto no lo hace Dios “como si”: es, realmente, humilde e infantil y pobre. ¿Cómo Dios, que ha creado a los niños, no iba a saber en su corazón lo que siente un niño?

Y ahora podemos preguntar: ¿existe un Dios, misterioso e incomprensible, que trate con nosotros como un hombre, e incluso siendo un hombre, y no deje por eso de ser verdaderamente Dios, el completamente Otro, el eterno, inmortal y omnipotente? Con su Epifanía, este Dios no ha perdido nada de su incomprensibilidad; al contrario, se ha hecho mucho más incomprensible todavía. Sólo ahora vislumbramos hasta dónde llega en realidad la omnipotencia divina. Por eso, no puede haber adoración más profunda que la cristiana, si es auténtica.

Ahora bien, ante este Dios, ¿qué significa el mundo, con los Hombres de nuestro alrededor, con todas nuestras acciones y ocupaciones? Todo esto no es en modo alguno Dios y, por eso, tampoco es digno de adoración. Es mundano, creatural, y no se puede afirmar que en todo lo creado como tal haya en el fondo un destello divino increado. De lo contrario, tendríamos que adorarnos a nosotros mismos. Y, sin embargo, ¿no hay, a pesar de todo, algo de verdad cuando se dice que en el fondo del Hombre está presente algo divino? Como cristianos hemos de responder: sí, todo Hombre lo tiene en sí, pero no por su naturaleza, en cuanto que es creado, sino por gracia de Dios, que ha destinado y elegido y llamado a todos los Hombres para ser hijos del Padre y hermanos de Jesús y portadores del Espíritu Santo de Dios. Muchos, probablemente la mayoría, no saben nada o saben muy poco, de esta vocación y viven en este mundo caduco como si no hubieren ellos eterno. Por eso, tampoco ven en el prójimo nada supramundano. No ven que, en Cristo, es un hijo del Padre, al que él ama, porque Cristo salió fiador de él y lo transformó en hermano suyo; también se puede decir: en el hermano al que Dios ama tanto por sí mismo, entregó a su Hijo Jesucristo por él. Que, por tanto, como dice el Apóstol, pagó un precio elevado por este amor suyo. Los Hombres normalmente ven en el prójimo sólo a otro como ellos, un ejemplar casual entre millones, “un Hombre es un Hombre”: básicamente, cualquiera es sustituible por cualquiera.

Únicamente el cristiano tiene la posibilidad de ver en todo Hombre se encuentre su paso algo singular: un ser tal que no se considera, sumariamente, como un simple ejemplar casual de Dios, sino a que Dios ama en virtud de su carácter único e insustituible. Que existe sólo por Jesucristo, el Hijo único, pero que da algo de su carácter único a todos sus hermanos y hermanas.

Si esto es verdad, ¿qué ve entonces el cristiano su prójimo? No un ejemplar de un ser humano en el fondo problemático, poco valioso, sumamente imperfecto, sino alguien al que Dios mismo ama con un amor inconfundible, aunque la imagen de Dios esté en el todavía muy deturpada y soterrada. Pero el amor divino que ama a este Hombre es digno de adoración. No estamos diciendo algo ridículo: que los Hombres deban adorarse mutuamente; sino que decimos, por el contrario, algo muy serio y rico en consecuencias: que cada uno debe ser para el otro un motivo de Epifanía, un motivo para adorar la presencia de Dios en cada Hombre.
Por consiguiente, tampoco tenemos por qué levantar una pares de separación entre los momentos que dedicamos a la oración y la oración de Dios y nuestra vida diaria, en la que tenemos que pensar en cosas completamente distintas. Naturalmente, si en la actividad diaria no dejamos libre ningún momento para pensar en Dios, entonces, como estamos perdidos en el alboroto de esta vida, nunca se nos ocurriera algo semejante. Pero si, meditando sobre el misterio de la Epifanía, profundizamos en el amor digno de adoración de Dios, entonces no existe ninguna razón para abandonar nuestra actitud de adoración durante la actividad diaria. No sólo estamos constantemente rodeados por este misterio, sino que en cada encuentro con un Hombre cualquiera nos familiarizamos más profundamente con él.
Del que puede ver y arrostrar el mundo con esta actitud se dice que camina en la presencia de Dios.
Muchos piensan que para esto se necesitan largos preparativos de meditación y ejercicios técnicos. Yo no lo creo. Basta con meditar simplemente sobre nuestra fe, que en la Navidad recibe su primera garantía visible: “Tanto amó Dios al mundo”, y a cada uno de nosotros, “que le entregó”, y a cada uno de nosotros, “a su Hijo único”. Este Hijo entregado está ante nuestros ojos. Aquí y ahora en el tiempo de Navidad; pero también en la cruz, el día de la Pascua y todos los días del año litúrgico.’


Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu Gracia’. Meditaciones radiofónicas, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 29-33.

lunes, diciembre 12, 2016

‘La Inmaculada Concepción: supresión de los límites’ de Hans-Urs von Balthasar

                Bartolomé Esteban Murillo, La Inmaculada Concepción, c. 1660-5.


La Iglesia católica, con la fiesta mariana de hoy, celebra la salvación divina, en la que participamos todos nosotros, en un sentido muy esencial, pero sin duda no comprensible a primera vista.

¿Qué significa la expresión ‘concebida inmaculada’ o, como bien se dice, ‘concebida sin mancha de pecado original’? Significa, en pocas palabras y diciendo lo central, que la persona en la que apareció el Hijo de Dios recibió en sí este don del Cielo con una disponibilidad, sinceridad y entrega inmensas, no limitadas absolutamente por nada. Con un sí sin ninguna reserva y condición de algún modo ocultas, sin un ‘sí, pero…’, ‘sí, cuando…’, ‘sí, según las circunstancias…’, ‘sí, ya veremos…’. A esta fiesta se le podría llamar la del sí puro y total a Dios.

¿Y qué es el pecado original? La deficiencia moral de todo Hombre que viene al mundo como miembro de la especie humana. Cada uno de nosotros sabe por sí mismo algo de esto. Sabe que no es como debería ser y podría ser. Cumple con sus obligaciones simple y llanamente, pero justamente en parte bien y en parte mal. Ama sin más a sus semejantes, pero precisamente cuando intenta amarlos correctamente, experimenta que los ama poco, es decir, que debería amarlos todavía mucho más desinteresadamente. Todas sus obras quedan por debajo del nivel ideal. Y casi siempre se consolará diciendo: ‘Errar es humano; tampoco se le puede exigir a los otros más, y hago realmente lo que puedo’. Al decir esto, está sintiendo exactamente que él tendría que poder más. Este déficit personal, que cada uno experimenta en lo más íntimo de sí, es al mismo tiempo un déficit general, social. El niño lo va descubriendo en su entorno y al mismo tiempo también en sí. El joven se rebela quizá contra esto, quiere ser distinto de los demás, aspira a lo sublime y a una mayor libertad; pero se viene abajo, se queda rezagado por detrás de su ideal y poco a poco se resigna a ser también ‘sólo uno más’…

Hoy a la juventud le gusta hablar de un cambio total del estado del mundo. Los muy ingenuos piensan que éste puede producirse cambiando las estructuras sociales. Los menos ingenuos ven que se pueden cambiar ciertamente las estructuras, con violencia, o que éstas cambian totalmente por sí mismas; pero que el Hombre, como animal gregario, siempre es igual de egoísta. Precisamente cuando las estructuras le quitan el compromiso personal, rinde aún menos que antes, como lo demuestran muchos ejemplos, y cuando socialmente se eleva la capacidad de rendimiento, aumenta también la ambición, la fanfarronería, y la sociedad se transforma en un sistema universal de espías… Echemos una mirada al antiguo Israel anterior a la época de Jesús. En él existía, quizá como en ningún otro pueblo, el deseo de un cambio total del estado del mundo. De un reino en el que todas las cosas estuvieran en su sitio. Pero Israel sabía también que este reino no podía producirlo con sus propias fuerzas. Tenía que hacerlo Dios. Como dice el profeta Isaías, Dios tenía que rasgar el cielo y bajar, del mismo modo que la lluvia cae de lo alto a la tierra y reaviva en el terreno seco lo que está oculto en él como semilla y posibilidad, para que la tierra se cubra de verde y brote y fructifique y le dé pan al sembrador y frutos al que planta. Esto lo sabían los piadosos y creyentes de Israel. Nosotros somos el terreno seco, no haremos nunca el bien por nosotros mismos; tiene que venir Dios, como lluvia y rocío, y capacitarnos para poder hacerlo, por él y junto con él.

Y en este deseo de Israel estaba subyacente también una segunda intuición elemental. Aquí, entre los Hombres, todo está mezclado sin esperanza. Lo injusto y lo justo, lo bueno y lo malo, lo conforme a Dios y lo impío, no sólo en la sociedad, sino también en cada uno de los corazones. Quizá los judíos vieron esto segundo menos claro que lo primero, aunque también en sus cantos hay pasajes que piden a Dios que purifique el corazón de sus pecados desconocidos, inconscientes, que lo pruebe, para que quede claro si confía en Dios solo y cómo. Pero sin duda fue más poderosa la otra idea: Dios debe venir para un Juicio de salvación, que separe a los buenos de los malos, elija a los primeros, rechace a los segundos, para que, finalmente, en el reino mesiánico, surja realmente un orden en el mundo: el orden sin mancha de un reino en la tierra como en el cielo, liberado de todo lazo de culpabilidad social. En el profeta Daniel, el delegado de Dios, el Hijo del Hombre, desciende también sobre las nubes del cielo para el Juicio, y él reina en la tierra junto con sus santos, es decir, con los que son perfectos y justos y viven esperando a Dios, con los que se cumplen íntegramente la voluntad de Dios.

Aquí tenemos realmente todo lo que es necesario para la comprensión histórica de la fiesta de hoy. En esta fiesta se cumple la esperanza de Israel con respecto a un cambio total del mundo por Dios y, sin embargo, una vez más —como ocurre siempre en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento— queda superada y vuelta del revés. La salvación que viene de Dios, precisamente porque viene de Dios, tiene unas características completamente distintas de lo que cualquier Hombre puede imaginarse. ¿Dónde está la diferencia? El Hombre, también el piadoso y justo, siempre pone límites, inconscientemente, automáticamente, porque es un ser esencialmente en pecado original que tiene esta tendencia. ‘¡Sí, pero!’. ‘¡Sí, si Dios actúa como yo me imagino que debe actuar un Dios verdadero!’. Pero Dios es ilimitado y quiere suprimir los límites que pone y exige el Hombre. Si viene, no lo hace para trazar una frontera entre los piadosos y los impíos, o entre judíos y gentiles, sino, como dice San Pablo, para ‘derribar el muro de separación’. Y, ciertamente, Dios es justo y juez; pero su mismo juicio será salvación,  no como se imaginan los Hombres, salvación sólo para una parte, sino salvación universal, aunque su salvación no será simplemente una débil amnistía, sino un Juicio real. Porque es y será el Señor de sus criaturas, y en él está el Juicio definitivo sobre su justicia o su injusticia, su salvación o condenación. Todo resulta ahora sumamente misterioso: Dios viene —como Israel lo espera— a la vez como juez y salvador, pero no para separar y poner límites, sino —y esto no lo espera Israel— para juzgar como salvador y salvar como juez. Sabemos por la fe cómo hizo esto: como el Cordero de Dios que cargó sobre sí los pecados del mundo, los pecados de todo el género humano y los pecados de cada uno, los pecados de los judíos y también de los gentiles, de los piadosos y también de los impíos.

Ahora vemos ya el sentido de la fiesta. Este Dios, que derriba los límites que han puesto los Hombre, no quiere reservarse para sí solo esta desaparición de los límites, esta positividad absoluta que quiere traer al mundo, sino transmitirla como lluvia y rocío a la tierra, al reino terrenal. En alguna parte de la tierra debe producirse una respuesta a su palabra, no a medias, sino total, no aproximada, sino exacta. Y precisamente allí donde él viene. Debe ser aceptado y acogido por la tierra; si no, no vendría. Para cargar con lo nuestro, tiene que ser uno de los nuestros; no puede llevarlo desde fuera, sólo puede llevarlo desde dentro. Y para esto debe ser admitido, no sólo físicamente, como, por ejemplo, una mujer forzada concibe de un varón que la somete, sino ‘con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas’. Del cielo tiene que recibir la tierra  la gracia que viene, para que ella pueda venir realmente a la tierra y realizar su obra de salvación. Esto no lo podría conseguir la tierra por sí sola. Lo hemos visto en el Antiguo Testamento: la tierra exige justicia que separe. Pero el sí que se necesita para recibir al cielo en la tierra es un sí más allá de toda separación y distinción, un sí sin condiciones y sin limitaciones; un sí de este tipo sólo puede serle dado a la tierra del depósito de amor del cielo.

Y más aún. El niño que recibirá el nombre de Jesús crecerá en el seno de esta Madre y será criado y educado por ella después del nacimiento. Ya fisiológicamente la unión entre madre e hijo es algo mucho más íntimo que la que hay entre padre e hijo; pero es más que fisiológica, es espiritual, completamente humana. Al hijo le da una madre no sólo de su carne y su sangre, sino con ellas también algo de su alma y de su espíritu. Y esto continúa, después del nacimiento, en la alimentación y educación del hijo. Jesús tiene que aprender de su Madre cómo un hombre ha de comportarse con respecto a Dios, le dice sí a Dios sin límites. Tiene que aprenderlo de ella no sólo con palabras, sino de la única manera que los hijos aceptan realmente algo: con el ejemplo. Que nadie crea que la Madre tiene que ser para esto un ser sobrehumano; lo único importante es que en ella no se manifieste en ninguna parte una disponibilidad con límites, que sea para el Hijo un espejo perfectamente puro, en el que se refleje toda la disponibilidad de Dios y decirle sí al mundo. Para esto basta una humildad perfecta, algo completamente humano, cuya existencia apenas se nota y se honra, y sólo cuando falta llama la atención dolorosamente. Esta Madre nunca engaña. Se puede confiar en ella tan totalmente como se confía en el Padre del cielo. Lo mismo que Jesús con respecto a Dios no pone límites de confianza, tampoco los pone frente a su Madre; y con esto aprende humanamente que las barreras del pecado original, que suscitan entre los Hombres prejuicios últimos, pueden realmente desaparecer. Esta experiencia humana la necesita para poder cumplir la gran misión de su Padre: destruir el pecado del mundo, esa barrera contraria a Dios, cargarlo sobre sus hombros, como Sansón desquició y arrancó una noche las gigantescas puertas de la ciudad de Gaza.

Así, pues, Dios se procura un corazón humano abierto, en el que él pueda entrar sin que se den límites y del que pueda servirse también para su obra redentora, sin que este corazón en ningún momento se detenga y diga ‘hasta aquí y no más’. Un corazón al que se le pueda creer capaz de todo, al que se le pueda exigir y cargar ilimitadamente, y que, sin embargo, en virtud de su sí, siga siempre adelante, hasta la cruz, hasta la noche del abandono, de la total oscuridad, siempre con la misma humildad, con la misma actitud de servir a una obra de salvación, cuyo sentido en la cruz y el Viernes Santo no pueden verlo ni la Madre ni el Hijo. En la noche más oscura se suprimen los límites de la culpa, se apartan los mojones de piedra, de tal modo que a la mañana siguiente ya nadie sabe orientarse: los últimos eran los primeros.

‘La luz vino a su casa…, y los suyos a la recibieron’. Esto se puede decir todos vosotros, de nosotros estamos en pecado original y que no ponemos límites, en un determinado momento rechazamos el seguimiento de la luz. Pero luego continúa el texto: ‘Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios’. Esto puede decirse, en primer lugar, de aquella que recibió verdaderamente sin condiciones la luz (‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’), siempre según la tuya, a la que mi voluntad se abre y se somete de una vez para siempre. Y puede decirse luego de todos aquellos que siguen, lo mejor que pueden, su ejemplo, que querrían realmente decir sí confían de este modo en la gracia del Hijo y en la intercesión de la Madre.


Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu gracia’. Sermones radiofónicos, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 234-238.