domingo, marzo 27, 2016

‘Pascua de Resurrección: Hemos andado extraviados’ de Hans-Urs von Balthasar

                   Doug Blanchard, Jesus Rises, 2014.

Traslademos el caso a nuestra realidad cotidiana. Un amigo se está muriendo; estamos junto a él; vemos que se pone cada vez peor; oímos sus últimas palabras e indicaciones, su testamento; vemos los movimientos de sus labios, ya ininteligibles; podemos asistir, con pudor y abatimiento, al sacramento del expolio de otro hasta la última desnudez de su alma y de su cuerpo, oír su respiración interminable, que finalmente acaba en un suspiro horroroso, con el que el peso de piedra de la existencia entierra bajo sí al sujeto desplomado; nos ponemos alrededor del yerto cadáver, lo lavamos y lo ungimos, lo envolvemos, según una costumbre antigua, con sábanas y vendas; bajamos el ataúd a la fosa, rugen sobre él las paletadas llenas de tierra, hasta cubrirlo del todo; se hace rodar la piedra sobre él, se sella la tumba, se colocan centinelas delante; todos nos vamos a casa, dando vueltas de un lado para otro como moscas aturdidas, medio muertas, como seres para los que todo el presente se ha hundido en el pasado, que sopla hacia el futuro como una corriente de aire a través de una caña vacía.

Dos días después, el sepultado está entre nosotros, nos saluda como si volviera de un viaje. Y mientras no sabemos si debemos reír o llorar, porque algo así no está previsto en la escala de los sentimientos de la experiencia humana, en el abanico limitado de nuestro poder de comprensión entre los límites del dolor soportable y la serenidad que hay que mantener, es decir, mientras el hecho nos hace como estallar y nos sentimos reducidos a un estado de cuyo exceso desconfiamos, en el que no creemos, con el que no podemos familiarizarnos, porque a nosotros mortales nos parece inhumano, él nos presenta sus manos y sus pies y su costado, lo mismo que se muestran los recuerdos de un viaje, para demostrarnos que estuvo realmente allí y que no se ha quedado en casa como sigilosamente oculto, sino que ha estado realmente en la región de la muerte y de las sombras, del frío y de la prisión sin esperanza, de la que las cuatro tablas del ataúd son sólo un símbolo, en la región donde toda vida es pasado y todo lo que aquí abajo parecía esperanza justificada le ha sido robado al alma, como un reloj que a uno se le ha pedido, no se sabe cuándo ni cómo. Realmente, entre las sombras de Homero y y de Virgilio, en la región de las tinieblas y de las sombras de muerte de los Salmos, de Job y de los libros sapienciales, entre los espectros, uno de los cuales fue Samuel, cuando la pitonisa de Endor le conjuró para responder a la consulta del ya estigmatizado por la derrota, Saúl, que mañana será, junto con el espectro de Samuel, una sombra, sin esperanza, sin ninguna posibilidad de ver ayuda ni salvación del cielo, porque el cielo está más cerrado que una cortina de hierro, y la misma combustión del todo el mundo o el infierno no podría llegar a fundir esta cortina, y quién sabe qué hay detrás de esta cortina, alguien o nadie…

Él vuelve, pues, de allí y muestra sus heridas, curiosa agujeros son como una mirada a lo que fue —un pasado que como tal es pasado— y, al mismo tiempo, como una mirada a lo que él fue —ahora ya se comprende— y será.

Pero ahora, queridos lectores, vamos a hacer un ejercicio especulativo, que es aún más difícil, aún más fantástico. Supongamos un momento que el muerto, del que acabamos de hablar, fue lo que la sabiduría universal, filosófica y religiosa de la Antigüedad tardía de llamo Lógos. Si lo traducimos por ‘razón del mundo’, ‘alma del mundo’, ‘razón cósmica’, decimos seguramente muy poco. Debemos decir: razón divina, ya que es inherente al mundo, se refleja y se expresa en el universo, es el significado divino del mundo, el sentido de la existencia y de todas las cosas; es la lógica formal y material, de cuya validez depende absolutamente la verdad y la validez de todas las proposiciones particulares formuladas por los Hombres, lo que fundamenta, para nosotros, la continuidad de nuestra vida diaria, muy frágil sin este requisito. Si nos planteamos un momento, como juego de ideas, esta hipótesis, ¿qué resultaría entonces? Entonces, con la muerte de este Hombre, todo lo que constituye el sentido de nuestra existencia personal y de la existencia del mundo en general, de toda la naturaleza y de toda la Historia, habría muerto junto con él. Y, por supuesto, en modo alguno de la manera en que toda muerte es un final del mundo, una pérdida irreparable y, por tanto, un cuestionamiento del sentido de la vida en su conjunto. De ningún modo sólo así. Porque todos los demás viven y siguen creyendo en algún sentido de existencia, y lo presuponen, para poder seguir viviendo. Pero nuestro juego de ideas no ha acabado. Tendríamos que suponer que, después de un intervalo, ahora realmente no comprobable, el sentido del mundo ha resucitado de nuevo en el famoso ‘tercer día’, adquiriendo en delante un significado, un Lógos, una lógica, que ya no son de este mundo, ya no son pasajeros, sino verdaderamente divinos, eternos, tan absolutos y tan satisfactorios en todos los aspectos, que este sentido no podría ser ni hacerse más total.

Este supuesto es el de la fe cristiana. En el destino histórico del hombre Jesucristo, se sintetiza el destino definitivo del mundo —como naturaleza y como historia de la Humanidad—, realmente y, al mismo tiempo, simbólicamente. ‘Ecce Homo’: ¡he aquí al Hombre! ¡Es la existencia para la muerte! Allí va, ése es su destino; allí le arrastra la suerte, allá abajo se precipita: al abismo de precisión. Y la sombra del final se extiende estremecedora y fríamente sobre todo y enreda todos los hilos de la razón. Pero con la resurrección de los muertos, cuya primicia es el Hombre Jesucristo, el Hombre resurge de Dios nuevamente, eternamente. Más allá de la muerte comienza su vida inmortal. Y esta vida eterna de la resurrección —gracias a la muerte en cruz del único Hombre Jesucristo, que era Hijo de Dios y que expió los pecados por todos y superó el dominio de la muerte— proyecta una inmensa luz sobre toda la existencia, esclava de la muerte. ‘¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?’ La muerte está ahí y, sin embargo, esta anulada. La cruz está ahí y, sin embargo, se ha convertido en Pascua. Todos los problemas que la existencia puede plantear con sus culpas están ahí, y, a pesar de todo: ‘En caso de que nos condene nuestra conciencia la tranquilizaremos ante Él, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo’.

Pero sólo así llegamos a la pregunta decisiva: ¿qué sucede ahora el Sábado Santo? ¿Qué día es éste, en el que, como dice en el libro antiguo de la Iglesia y, después de él, el de Hegel y Nietzsche, Dios ha muerto, el sentido del mundo, finalidad de la existencia, ha muerto y está bajo tierra, el objeto de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestra caridad nos ha sido arrebatado, de tal modo que, literalmente derrumbados, nos quedamos con un vacío, desengaño y abandono indecibles?: ‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?... Lo de Jesús el Nazareno… Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto…’ (Lc XXIV, 18s.21). Entremedias está el día de la muerte, de no-ser de la vida. Y no sólo el día de una vida extenuada, de un sentido rebajado, de una esperanza algo adormecida; no sólo el día en que unos cuantos hilos de la razón del mundo se han enredado y bloqueado, mientras el resto de su maquinaria, la mayoría de sus ruedas, siguen funcionando penosamente; no sólo el día en que ya no se pueden controlar bien algunos contenidos del pensamiento racional, mientras desde luego permanecen inquebrantables las leyes principales de la lógica formal y parecen no haber oído nada de los acontecimientos en Jerusalén. Sino verdaderamente el día en que ha muerto este sentido del mundo y es sepultado, sin la esperanza de que vuelva a reanudar su actividad en el punto donde fue arrancado, de que se cierre el abismo que él abrió con su muerte. Porque, realmente, la resurrección que Dios Padre obró en el Hijo muerto es una acción de libertad y de gracia tan perfecta, que no empalma con nada mundano, sino que, más allá de la muerte, más allá de este hiato absoluto, de este desgarrón y de esta ruptura, de este desmoronamiento y fin del mundo, comienza en un lugar que no se le puede ocurrir a ninguna razón de ningún ser creado.

Un final total y un comienzo total. Mas… ¿qué hay entre ellos? ¿Constituye quizá la muerte, el ‘estar muerto’ el trasfondo neutral, duradero, sobre el que se producen en primer término los acontecimientos de morir y resucitar? Y si esto no puede ser, ¿qué permanece entonces a fin de cuentas, entre la muerte y la resurrección? ¿Qué es lo que las une, de modo que sean, a pesar de todo, la historia de un ser único, que muere ahí y está muerto y resurge de nuevo? ¿De un único sentido del mundo, que crece y ha pasado y adquiere en Dios una realidad nueva, eterna, y un presente y un futuro? Éste es un problema de la lógica teológica, o quizá, en resumen, el verdadero problema, que, sin embargo, nunca ha sido estudiado a fondo por los teólogos y que, si se toma en serio, corre el riesgo de confundir gravemente muchos de nuestros hermosos diseños teóricos. No obstante, es lo que San Pablo llama el Lógos toû staurou, la palabra y el mensaje de la cruz, y lo llama así él, que en Corinto renuncia a toda otra sabiduría del mundo y de Dios, porque Dios mismo ‘destruirá la sabiduría de los sabios, frustrará la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos?... Pues nunca entre vosotros me precié de saber a cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado’ (I Co I, 19-20; II, 2). Y éste resucitado, naturalmente, ‘que resucitó de entre los muertos el primero de todos’. Sí, él, y sólo él, es la continuidad que buscábamos… El hilo entre el ocaso y el alba, que no se rompe ni siquiera en la muerte y el infierno, que, por caminos que no son caminos y no dejan huellas, atraviesa el infierno sin salida, sin tiempo, insustancial, para por el milagro de lo alto salvarse del precipicio, del foso profundo, y junto con él salvar a los hermanos en Adán.

Y ahora existe ya sin duda una especie de viaducto en esta hendidura: existe, por la gracia de la resurrección, se la fe de la Iglesia, la fe de María; existe la oración en la sepultura, el permanecer en vela, la fidelidad. Existe este puente frágil, que, sin embargo, aguanta. Pero no se arquea sobre algo indiferente, sino sobre las fauces de la muerte eterna. Y sus dos orillas no son comparables la una con la otra, no se pueden ver simultáneamente, abarcar desde un punto de vista elevado cualquiera, poner en una relación racional, lógica, valiéndose de un método, de un procedimiento intelectual, de una lógica; porque la primera es la orilla de la muerte, del abandono de Dios, y la segunda la de la vida eterna. Y así no nos queda más remedio que confiar nuestra causa a él: pasando también nosotros por encima del puente, sabiendo que lo construyó el y que, si se nos ha ahorrado por su gracia el abismo absoluto, nosotros, sin embargo, al atravesarlo, no podemos hacer otra cosa que acompañarle en este desgarrón, el más inmenso de todos los cambios, que no decidimos, en el que sólo podemos ser introducidos, para ser transformados nosotros también de muertos en resucitados. ¡Ojalá que su marca selle también cada una de nuestras obras, inexplicablemente acaban, que inexplicablemente resucitan por la gracia, cuyas dos caras, sin embargo, nunca pueden encontrarse y divisarse, cuyo final nunca podremos enlazar, porque la cuerda sobre el desfiladero es demasiado corta, y a las que, por eso, debemos poner en las manos de Dios, pues sólo sus dedos unen nuestras partes fragmentarias con el todo!

Hans-Urs von Balthasar, ‘Pascua de Resurrección’, en ‘Tú coronas el año con tu Gracia’, Madrid, Encuentro, 1992, pp. 78-83.



sábado, marzo 26, 2016

‘Chivo expiatorio y Trinidad’ de Hans-Urs von Balthasar


                       Andrea Mantegna, Lamentación sobre Cristo muerto, c. 1480-90.

¿Por qué este proceso, con un desenlace fatal para el condenado, que ocurrió hace casi dos mil años, no ha dejado tranquila a la Humanidad hasta hoy? ¿No se han producido otros innumerables simulacros de proceso, igualmente espectaculares, incluso en nuestros días, y precisamente en ellos, cuya injusticia manifiesta debería también sublevarnos y preocuparnos permanentemente, como el viejísimo proceso en el tiempo de la Pascua en Jerusalén? Sin embargo, todo el horror de los campos de exterminio y del archipiélago Gulag —a juzgar por la marea de libros y discusiones sobre Jesús, siempre muy alta, e incluso cada vez más en aumento— preocupan menos a la Humanidad que la ejecución de este único Inocente, del que la Biblia dice que Dios mismos tomó partido por él visiblemente —con su resurrección de los muertos— y ratificó que tenía razón.

¿Habrá sido, por tanto, claramente —y esto está en discusión— el único, grande y definitivo chivo expiatorio de la Humanidad, que cargó sobre él todas sus culpas y que quitó este pecado como el Cordero de Dios? Así lo afirma un etnólogo actual, René Girard, cuyos libros, en los últimos años, han tenido un gran éxito en América, Francia y ahora también en Alemania. Según él, toda cultura humana se habría construido desde el principio sobre el mecanismo del chivo expiatorio, es decir, sobre el astuto descubrimiento de los Hombres de que pueden superar sus agresiones mutuas, y lograr una paz al menos temporal, concentrando estas agresiones en un chivo expiatorio, elegido de algún modo al azar, y destinándolo a ser víctima, con la que se reconciliarían con una divinidad supuestamente encolerizada. Pero esta ira divina, según Girard, no sería otra cosa que la hostilidad mutua entre los Hombres. Y si este mecanismo, después de un tiempo de relativa pacificación, hay que repetirlo una y otra vez, para que la Historia universal pueda avanzar más o menos provechosamente, con el rechazo general de Jesús por los paganos, los judíos y también los cristianos habría alcanzado su cima absoluta: los pecados de todos, cargados sobre Jesús, habrían sido tomados y quitados por él realmente, de tal modo que, el que cree en esto, puede vivir en paz desde ahora con su hermano.

Las ideas de Girard son interesantes; actualizan de una manera nueva el proceso de Jesús. Pero hay que hacerle también esta pregunta: ¿por qué precisamente este asesinato, después de tantos otros, debe ser el acontecimiento definitivo de la Historia universal, el comienzo de la escatología? Si los Hombres han arrojado sus culpas sobre múltiples chivos expiatorios inocentes, ¿por qué este único portador de los pecados ha producido un giro tan radical para todo el mundo?

La respuesta es sencilla para el creyente: lo decisivo aquí no fue que nosotros descargáramos gustosamente nuestras culpas una vez más sobre alguien. Naturalmente, nadie tiene la culpa de la condena: Pilato se lava las manos y se declara inocente; los judíos se escudan detrás de su Ley, que les exige condenar a un blasfemo: obran como Hombres piadosos y temerosos de Dios; el mismo Judas se arrepiente de su acción, devuelve el dinero de la sangre y, como no quieren aceptárselo, se lo arroja a los sumos sacerdotes. Nadie tiene la culpa. Pero precisamente porque todos quieren lavarse las manos, son declarados por Dios como también culpables de la muerte de este Justo. No es lo que los Hombres hacen lo que, en último término, tiene importancia.

Sino que hay aquí uno que está dispuesto, y también lo puede, a cargar sobre sí los pecados de los Hombres. Esto no lo ha podido ninguno de los otros chivos expiatorios. Y para asumir esa responsabilidad, según la concepción del Nuevo Testamento, el Hijo de Dios se hizo Hombre. Para vivir de cara a la ‘hora’ que le espera al final de su existencia; para el terrible bautismo con el que tiene que ser bautizado, como él dice; para la hora que no sólo le esposa externamente y lo lleva ante los tribunales, no sólo desgarra su cuerpo con azotes y le clava en el madero, sino que penetra en su alma, su espíritu, su relación más íntima con Dios, su Padre, y lo llena todo con la soledad y el espanto mortal de estar abandonado, como con una sustancia de veneno mortal, completamente extraña para él, hostil, que le impide cualquier acceso a la fuente de lo que él vive.

En el horror de estas tinieblas, de esta pérdida de Dios, se pronuncian en el Monte de los Olivos estás palabras: ‘Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz’. El cáliz del que se habla aquí es bien conocido en el Antiguo Testamento: es el vaso lleno de la ira y la cólera de Dios, que tiene que ser vaciado por los pecadores hasta las heces y con el que muchas veces se amenaza, o se le obliga a tomarlo a la infiel Jerusalén o también a los pueblos enemigos, como Babilonia. Con el mismo horror de esta oscuridad en el alma se profiere en la cruz el grito, la pregunta de por qué Dios ha abandonado al torturado. El que grita sólo sabe que está abandonado; el por qué no puede saberlo en plena oscuridad. No puede saberlo en absoluto, porque la sola idea de que pudiera ser un sufrir vicariamente las tinieblas de los otros sería ya un resplandor, un momento de lucidez. Pero tal cosa no se concede ahora, ya que se trata, absolutamente en serio, de purificar la relación entre Dios y el mundo culpable.

El que padece la noche es el Inocente por excelencia; ningún otro podría soportarla eficazmente en sustitución vicaria. ¿Qué Hombre normal o extraordinario tendría en sí mismo precisamente un espacio tan grande, como para dar cabida a todas las culpas del mundo? Tal espacio sólo puede tenerlo en sí uno que, en una distancia divina, esté cara a cara con el Padre eterno, o sea, el Hijo que, también como Hombre, es Dios.

Es esto un misterio insondable, porque existe de hecho una diferencia infinita entre el seno engendrador de Dios Padre y el fruto engendrado, el Hijo, aunque los dos, en el Espíritu Santo, son un único Dios. Muchos teólogos dicen hoy con razón: esta diferencia se hace completamente clara precisamente en la cruz; precisamente en ella se manifiesta plenamente el misterio de la Trinidad divina. La distancia es tan grande —porque en Dios todo es infinito—, que toda la alienación y el pecado del mundo tiene sitio en ella, que el Hijo puede asumirlos en su relación con el Padre, sin que el mutuo amor eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo sufra daños por eso, o se modifique. El pecado se consume en cierto modo en el fuego de este amor, porque Dios, dice la Escritura, es un fuego devorador, que no tolera en sí nada impuro, sino que lo abrasa.

Jesús, el crucificado, padece en nuestro lugar nuestra lejanía y oscuridad interna de Dios, y esto tanto más dolorosamente, cuanto menos ha tenido él la culpa de ella. Para él, como ya se ha dicho, no tiene nada de familiar, sino que es lo extraño, lo lleno de horror por excelencia. Sí, sufre algo más profundo que lo que un Hombre normal, aunque fuera condenado por Dios; puede sufrir, porque sólo el Hijo, el que se hizo Hombre, sabe quién es en verdad el Padre y lo que significa tener que estar privado de Él, haberle perdido aparentemente para siempre. No tiene sentido llamarle infierno a este sufrimiento, porque en Jesús no existe ningún odio a Dios; sólo un dolor más profundo y más intemporal que el que podría soportar un Hombre normal en la vida o después de la muerte.

Tampoco se puede decir de ninguna manera que Dios Padre ‘castiga’ en lugar nuestro al Hijo doliente. No se trata de castigo, porque la obra que aquí se lleva a cabo entre el Padre y el Hijo bajo la acción del Espíritu Santo es amor puro, purísimo y, por eso, también obra de la voluntad más pura, por parte del Hijo lo mismo que por la del Padre y del Espíritu. El amor de Dios es tan rico, que puede asumir también esta forma de oscuridad, por amor a nuestro mundo oscuro.

Y nosotros, ¿qué podemos hacer? ‘Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde’. Como si el cosmos sintiera lo que aquí acontece de decisivo, como si participara en el oscurecimiento del alma de Cristo. Nosotros no necesitamos oscurecernos; somos ya bastante extraños y oscuros. Basta que en el mundo oscuro que nos rodea nos mantengamos en la fe y hagamos que para nosotros sea verdad que toda la luz interior, toda la alegría y seguridad interior, toda la confianza en la vida se debe a la oscuridad del Gólgota, y que nunca olvidemos dar gracias a Dios por esto.

En este agradecimiento, muy junto a él, debe expresarse también la súplica que podemos compartir, si Dios lo permite, una pequeñísima parte del sufrimiento de la cruz, de su miedo interno y su oscuridad, si eso puede contribuir a la reconciliación del mundo con Dios. Que es posible compartir la cruz con él nos lo dice el mismo Jesús, cuando nos invita a cargar diariamente con nuestra cruz. Y lo dice San Pablo, cuando afirma que sufre por él y los cristianos, completando en su carne los dolores de la cruz de Cristo. Debemos tener confianza cuando la vida nos resulta difícil y aparentemente sin salida. También estas tinieblas nuestras pueden ser incorporadas a la gran oscuridad de la redención, a través de la cual brilla la luz de Pascua. Y si alguna vez nos parece demasiado duro lo que se nos pide, si los dolores son insoportables y el destino que se nos exige nos parece verdaderamente absurdo, precisamente entonces estamos muy cerca del Hombre clavado en el Calvario, porque justamente esto lo pasó él antes por nosotros con una intensidad inimaginable. No podemos exigir entonces que en lo que se nos presente como absurdo se nos dé un sentido que nos tranquilice; sólo podemos perseverar hasta el final, silenciosos, como el crucificado, sin ver nada, frente al oscuro abismo de la muerte. Detrás de este abismo nos espera algo que ahora no podemos ver, y probablemente tampoco considerar verdadero: un abismo distinto de luz, en el que todo el sufrimiento del mundo queda albergado en el corazón siempre abierto de Dios. Entonces se nos permitirá meter, con el apóstol Tomás, nuestra mano en esa herida abierta —la herida en la que físicamente palpamos que el amor de Dios desborda todo sentido humano— para decirle rezando al igual que el discípulo: ‘Señor mío y Dios mío’.

Hans-Urs von Balthasar, ‘Viernes Santo’, en ‘Tú coronas el año con tu Gracia’, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 73-77.