domingo, octubre 28, 2012

La confesión de Adriano



 para H. S.

“These things are things that now must be no more.
The rain is silent, and the Emperor
Sinks by the couch. His grief is like a rage,
For the gods take away the life they give
And spoil the beauty they made live.
He weeps and knows that every future age
Is looking on him out of the to-be;
His love is on a universal stage;
A thousand unborn eyes weep with his misery.
”
Fernando Pessoa, “Antinous”.


Exiliado en la sombra estéril del poder,
amigo sólo de caballos y paisajes,
escucha atento de poetas y aprendiz dilecto de filósofos,
soldado recio y administrador atento ,
Adriano vivía por la inercia de la costumbre
y gobernaba por mandato de la estima de Trajano,
por consejo del paternal Atiano y ardides de la dulce Plotina.
Partos y dacios no le robaban el sueño,
no odiaba a judíos ni a cristianos,
no ambicionaba bosques interminables ni rubios esclavos,
tampoco oro de Mauritania ni pieles de Alba;
se contentaba con erigir nuevos Pórticos,
favorecer la difusión del tetraphármakon,
construirle templos a Minerva y Atenea,
velar por la pax de pastores y labriegos.
La suya era un alma tranquila,
amasada cual sémola entre los olivares béticos
y forjada en los sobrios campamentos del Danubio;
bebía y comía apenas con gusto, más
buscando la calma de la saciedad
que el arrebato de los sentidos.
No discutía, escuchaba; no juzgaba, inquiría;
definitivamente, no intrigaba ni cultivaba aduladores.
La sangre chorreante de sus manos,
bárbara, judía y hasta senatorial,
era apenas la justa para un estadista.
No destilaba rencor ninguno su corazón
ni era presto a pasión violenta alguna —según creía—.
¡Ingenua fe en su temple!
Tras la máscara impávida y debajo de la toga o la armadura
yacía un manantial sulfuroso e hirviente,
detrás de su buen gobierno
—del Estado y de su alma—, palpitaba
un Vesubio presto a devorar ciudades;
¿cómo, si no, explicar su afán andariego,
su inquietud errante, las giras oficiales que lo llevaban
de un rincón a otro, no
para sofocar revueltas o repeler invasiones,
sino para recolectar vasijas y coleccionar estatuas,
hacerse conocido de su súbditos y medrar en gobiernos locales?
Poderoso Etna el que escondía
y le impelía en su Búsqueda
y que pronto lo abrasaría
como a Pompeya, cual sabio de Agrigento,
a arrojarlo al seno de Bitinia… y del Destino.

Salvo en culto público y por no
contrariar a sus amigos de la Stoa, descreía
o ignoraba a Dios y a los dioses
hasta que palpó los guiños de Eros,
al desgarrarle sus saetas,
cuando dos luceros verdiazules le atravesaron el pecho.
Entonces Apolo le cantó al oído con voz tersa y delicada,
y el último dios le arrancó alaridos que ni Marte en batalla,
le hizo prorrumpir gemidos que ni los peores excesos de Baco…
Grácil y coqueto, el efebo sedujo las miradas
y arrobó la atención del dominus mundi,
Y se volvió, de pronto, el centro de atención del Orbe.
El emperador lo tomó en su séquito
y no procuró nada con más placer que su compañía;
apenas amaneciendo,
ya aquel volcán se revolvía en violencia,
ansiando gozar del día y del joven.
¡Qué vana fue aquella Disciplina Augusta,
templada tanto tiempo en el frío y el hambre,
entre fragores bélicos y camaradas muertos!
De la noche a la mañana,
el recatado y aun escéptico Adriano
demostró devoción sin paralelo y piedad incomparable
como jamás profesó a ningún astro, dios o humano.
En adelante, no hubo más música que la que Antínoo tañese o cantase
ni otra poesía que la de sus núbiles versos,
ideas filosóficas de mayor sapiencia que las del joven,
mejor compañero de cacería que aquél de castaños rulos.
No entendía ni quería escuchar otra cosa que el dialecto jonio.
Y no había queja posible.
Un alto precio pagaron quienes se atrevieron a pensar siquiera
en murmurar contra él o pretender tocar un cabello del Favorito:
el león libio que tributó sangre, transfigurada en flor, por su osadía;
Sabina, la emperatriz, que otrora había gozado
del oído, deferencia, cariño y poco más de su marido,
fue alejada sin miramientos una vez que se atrevió
a rivalizar con el bitinio;
Carnéades, secretario y mayordomo imperial,
exiliado tras apenas esbozar la crítica de alguna extravagancia o capricho adolescente…
Este emperador podía tolerar el desprecio de su hirsuta barba,
el apodo græculus ,  o aún
el mote impudicus,
las burlas por su acento provinciano
y piel tostada sobre las arenas de Gades,
ser contrariado en público, 
tildado de cobarde por sus tratados y murallas
—en vez de proseguir hasta el Indo,
tras los pasos de Alejandro y de Trajano—,
comparado incluso con Nerón
y su afeminamiento helenizante, mas  nunca
permitía poner en duda su solo dogma:
la religio vera del dios Antínoo.

Mas Júpiter, quizás cansado
de las caricias de Ganímedes, aburrido
ya de sus deleites, dispuso usurpar al imperator
su dicha, raptar al destilador
del vino de su pecho.
Lo que aquel león falló en hacer,
logró el Nilo apacible,
tan fácilmente
que aun cabe preguntar el porqué.
Aquella noche malhadada,
sus aguas calmas como estanque
se tragaron, inmisericordes, el
hermoso cuerpo del muchacho,
borrando su semblante de Adonis
de la faz de la tierra y venciendo
sus piernas y brazos de atleta,
cual si hubiesen sido los del
moribundo Adriano, hoy
gotosos y agotados, sofocando
sus brazadas y sus ganas de vivir,
como si hubiese tenido no el alma
de un joven seguro del amor y del favor
que le profesaba su idólatra amante,
César Augusto mismo, ni más ni menos,
sino el espíritu rendido ya de un princeps
avejentado y hastiado del poder…

Y así el barbado y fornido
Adriano lloró como mujer,
bramó y chirrió cual bestia herida,
sollozando sin cesar y besando sin parar
el cuerpo inerte y helado arrebatado al río.
Inquiría con mirada violenta y
buscaba un culpable entre los rostros
del séquito que le veía con extrañeza;
su desasosiego, sus agobios clamaban
 hacia los cielos y exigían, con fides punica,
explicaciones a los dioses;
su solo dios, pálido y rígido, casi dormido,
yacía junto a él, descompuesto,
como si Decébalo hubiese saqueado Roma,
cual si su estirpe hubiese sido ultrajada
en el cuerpo de Elia Domicia Paulina.
O peor.

Aún años después, esperando sin
paciencia bajar al Hades, sin
importarle los óbolos que pagar a Caronte,
se lamentaba el anciano, títere de Saturno,
de sus piernas perezosas al moverse, sus
palabras abatidas en la garganta, de las
miradas vencidas que rehúsan alzarse y los
respiros autómatas que contrarían la
renuncia a latir de su impotente corazón,
de sus manos pesadas y mente vaga
que firmaban decretos y pasaban revista a documentos
sin apenas percatarse;
sin meta ninguna ni ansias de nada,
¿cómo haría para remontar las horas
y alcanzar el final de los días?
Por fortuna, la vejez se apiadaba
y los segaba más y más…

Desesperado como en aquel día
funesto junto a las riberas egipcias,
volvía a romper, enésimamente, en llanto,
pues el Nilo había trazado nuevos cauces,
un Delta entero de raudales lacrimosos
sobre sus mejillas,  e
increpaba así a la habitación vacía:

“Morias: hacedme esclavo o mendigo.
Godos, sármatas y marcomanos: tomad
Dacia, Panonia, Iliria o mi propia Hispania Ulterior.
Bárbaros: llevaos todo el oro y mármol del
Capitolio y Delfos, os doy en tributo el hierro
todo de mis legiones danubianas, las del Éufrates también,
esclavizad a los soldados de la I Minervia, la II Aduitrix
y la XXII Primigenia. Dioses: reclamad toda la belleza
femenina y el goce mujeril. ¡Pero que alguien,
quien sea, lo que sea, como sea, le devuelva
el aliento a Antínoo, aun si
el precio es que aquél nunca más
resuelle sobre mi pecho!

“Mi cansada espalda, ajena a todo trote,
carga y frenesí que no fueran los de tu
níveo cuerpo sobre el mío, de tus caderas
etruscas danzando sobre mi regazo, se rompe ya
de años, fatigas, heridas y, ahora, de
soledades mudas, de tu tacto ausente.
Mis párpados pesan, exhaustos de
tanto insomnio, de velar incesantemente
junto a Selene; ceden ya mis defensas
ante el alud de imágenes, las hordas de recuerdos,
en mis Termópilas nocturnas; renuncio
sin más a esta lucha horacia en el Puente de tu falta.
Ardo con lo quieto de tus labios de doncella
que, curiosos, besaron cada rincón de mi
veterano cuerpo; de tus finos dientes que hubieron
mordisqueado mis dedos, mi piel, mi boca, mis muslos…
de tus dedos prestidigitadores que me tornaron
cítara y me hicieron gemir al son de tu melodía,
mi Antínoo-Orfeo; de tus pestañas de niño cuyo gozo se grabó
en mi memoria tan hondo como la dicha de tus
uñas sobre mi espalda; del sabor de tu piel marmórea,
banquete de mis manos de escultor de mitos; del color
de tu boca cerécea y la lengua mordaz y ágil, de
Menipo redivivo,  que albergaba;  de tus ojos mistéricos
verde y azul de pitonisa cirenaica; de tu tierna voz
de alondra-eunuco; de tu vientre infecundo tratando
de fundirse con el mío; de tu mente prodigiosa
y digna del Liceo; de tu afán peripatético, coleccionador
de flores, insectos y suspiros regios; de tu pecho gladiatorial
ardiente, presto a estallar vesubiamente y a la menor
provocación en la arena de mi oído; de tus silencios
puros y lucrecios; de tu memoria homérica y
cultura herodótea que suplía sus cortos años con
los de vidas inmortales y palabras sabias; de tu conversación
que no cesaba y llenaba mis días de actividad lo mismo que sosiego;
de tus bromas aristofánicas que me sacaban carcajadas y
causaban muchos disgustos, vía las víctimas de tus sátiras;
de tu don viril, que intentaba —y lograba invariablemente—
derrotar a César y someterlo al dominio de tu amor.
Conquista que
comenzaba entre tus ingles,
proseguía con mis latidos,
tenía su culmen con tus ojos cerrados y un alarido
y terminaba como linfa cálida inundándome;
y aun trascendía los desfiles de victoria o la
celebración de los tres triunfos de Venus, pues
vive aún en los arcos conmemorativos
de tus cejas
y en la Columna Adriana
que se erguía
en tu bajo vientre.

“Extraño libar contigo, beber de ti,
de cada abertura deliciosa,
trabarme horas asido a tu
pelo rojizo, trazar lazos entre
tus piernas y las mías, besar tus
mejillas risueñas mientras arremeten
contra mí tus caricias miriápodas,
rodear tu pecho de alabastro de las cosquillas
de mi barba, fundirme
con tu sexo y apoderarme de la
preciosa llave, flor rosada,
Antínoo adentro.
Añoro mis besos dánaos arremetiendo
cual saetas contra tus pezones teucros,
mi dardo argivo embistiendo
tu muralla dárdana, oh mi Ilión amado.
Me saltan las venas
y me hierve la sangre
del cuello, la frente
y la entrepierna por
no tenerte… lamento
cada día el infortunio
que hubieron tejido
las Parcas, apartándote
de mi lecho, cerrándote
los ojos, quitándote el
aliento, matándome
a mí también. Maldigo,
como aquella reina desdichada,
la hora malhadada en que
el Asia tocó con tus naves
la costa de mi alma Libia.

“Y, sin embargo, ¿cómo no
acordarme de aquella distancia
de los últimos días,
insalvable,
que resentían mis manos, que te sentían sin asirte;
cómo ignorar tus ojos, que esquivaban los míos,
tu boca, que me dosificaba las palabras;
cómo evadir que te hallabas
más lejano cuanto más te estrechaba
entre mis brazos, que
tanto más se helaba tu mirada,
mientras más cálidas te rozaban
la piel
mi lengua y boca?
¿Habías decidido ya saltar por la borda,
presentías entonces la conspiración para arrebatárteme,
urdías sin cesar la escapatoria —la única— de mi amor,
temías por mi suerte al grado de ofrecerte en sacrificio ?

“No cabe en mí dudar de ti, pero
¿acaso he de asentir sin más
a que obedeciste los designios
de los astros, confirmados por mis
expertos, y te arrojaste al Nilo eterno
en aras de ganarme la inmortalidad, un
Alceste para este Admeto, cuando en vida ni
siquiera me dedicaste, para la posteridad, un verso?

“Si saltaste por tu propia cuenta, amado mío,
¿cómo no maldecirte ni injuriarte? ¡No me bastan
las legiones, me faltan caballería escita y auxiliares nubios
para aplacar mi ira, paliar mi cólera,
apagar la sed de venganza de mis vísceras,
acallar la rabia que envenena mi garganta!
¿Te das cuenta? ¡Tu muerte me provoca el deseo
atroz de matarte, de destruir sacrílegamente el templo
de mi devoción, de segar con mis toscas manos de soldado
tu belleza olímpica! De experiencia no carezco:
ojos claros apagarse he visto cientos,
albúreas pieles tornarse rojas, miles;
ya antes he precipitado al Orco inocencia bárbara,
en Nórico y en Mesia…
¿Revivirte para volver a quitarte la vida?
¿Oyes mis palabras insensatas, demonio,
surgidas del frío de tu cadáver, escupido por el ingrato Nilo?
Bien sabes que no podría, que me sería
imposible
convertir falsos deseos en
verdades vivas, pues
de la nada nada sale;
mas no puedo evitarlo:
¡soy Pontifex maximus y Pater Patriæ!
¿Cómo te atreves,
Antínoo-Narciso,
a huir de mi presencia
sin excusarte,
sin que me plazca,
sin que te otorgue el permiso,
sin que te lo ordene?
¿Cómo osas despojarme,
niño tarpeyo,
del tesoro más valioso del Orbe,
del bien más preciado de las Siete Colinas;
desde cuándo tus ojuelos verdemar se entregan al pillaje
y tus manos de marfil a la rapiña,
saqueando mi pecho turdetano,
profanando la inocencia que restaba de aquel joven de Itálica?
Por mucho menos que eso
han pagado cientos con la cruz y con el hacha:
el ‘mesías’ Bar Kojbá o el rey de Partia.
¿Pero cómo, entonces, mandarte como a mis centurias,
juzgarte como a los tribunos,
destituirte, gobernador de mis afectos,
crucificarte, bandido,
si tú mandabas
sobre mí,
si César te obedecía
en todo, pues no
tenía más lex que lo proferido por tu boca
ni otro dios que las miradas que le dirigías,
si Adriano era tu esclavo
día y noche —la infamia era poco precio
a pagar por tu calor—?

“Miento. Hablo al aire. Sin voluntad.
Con el alma vacía.
Si algo detesto de ti, si hay cosa que odie,
es el reflejo de mi indiferencia,
del desprecio, de mis afectos reacios…
para con Trajano, con Sabina, con la
Roma eterna, con esclavos y libertos
ojiazules, con bailarinas y hetairas,
con mi deber y vocación… Aborrezco
en ti al Adriano pusilánime
que, laborioso, firma pergaminos
e inspecciona tribunales, supervisa
edificaciones y reparte dádivas,
pero está siempre en otro lado,
añorando quién sabe qué otro mundo,
pues éste, que le pertenece, no le basta.
Lamento no poder haber sido
tu Cipáriso ni morir sobre tu escudo

como Niso, florecer a tu lado
cual Jacinto; si apenas fui mejor


que Domiciano con Earino.
El agüero dispuso, en cambio, que
suplantase yo a Eco y viese
cómo florecías —y yo me marchitaba—
junto al agua…

“Y, si huías de mí, ¿era
porque otro ocupaba tus pensamientos,
otro, quien cautivaba tus sentidos?
Si es así, ¿quién es mi rival,
dónde hallo
los ojos ónices del efebo
que me expulsó de tus sueños,
me privó de tu ardor,
 me despojó, por último, de tus manos tibias,
y me arrojó al oscuro erebo?
¿Existe siquiera, para exiliarlo
al Bósforo o encadenarlo a una galera
a remar lejos de ti, y vengar yo así
a todos los amantes dolidos de la Historia
sin pretorianos y cónsules tras su despecho?

“¿O fue Sabina, fue Hermógenes, fueron
mis generales y potentados, o todos ellos,
que acaso temieron te adoptase y te
legase el anillo de Nerva
con su dote entera,
igual que Trajano hizo conmigo?
¿Tan obvio era mi amor que
todos, salvo tú, se daban cuenta
de mi locura, de mi frenesí
mayor a los de Eleusis;
tan evidente resultaba, aunque
no me creyeras, que Roma toda
me parecía poco para darte?
¿Qué más querías, tirano,
qué otra cosa podía darte,
Tarquino, no te bastaba
tener al Imperio a tus pies?

“(Por si acaso, Sabina habrá de pagar,
de una vez por todas, sus desprecios
y desplantes hacia ti, sus blasfemias
para con mi Silvano, mi Beleno; la cicuta
vengará intrigas y humillaciones hacia mí;
su muerte vana como ella redimirá al pobre
Suetonio, que se dejó engatusar... ¡Juno mía,
tú que no eres inmortal, carga con tus culpas
y las de la diosa homónima, húndete en la Estigia
con sus celos y rencores, tus oprobios y afrentas para
con Júpiter-Adriano y Ganímedes-Antínoo.)

“¿O es culpa del Nilo, tan
hipócrita en su calma, que
mece los juncos de sus orillas
fertilizando el granero
del Imperio y, mientras alimenta a
los latinos, mata las ilusiones
de la Urbe, que son las mías, y ahoga
el sueño del populus romanus,
que soy yo?

“¿Qué vale ahora la fatiga
de construir murallas
y firmar tratados con Osroes,
mi afán bajo el sol
de comprar la paz
con Armenia, a precio
de tierra y oro
en lugar que con sangre —de jóvenes romanos—
y con gloria  —para que Suetonio
y Plutarco escriban bien de mí—? 
¿Qué significado para el Lógos
del universo tienen ahora
mis escuelas y gimnasios,
mi Villa y acueductos?
¿Enjuga mis lágrimas nocturnas
el orgullo de Eneas, Rómulo, Escipión y Trajano,
que miran satisfechos cómo este hispano
ha cumplido su deber?
¿Consuelan mi soledad las
exenciones fiscales, el pan
que distribuyo y los juegos
de aurigas y gladiadores
que regalo al vulgo;
lo hacen mis indultos,
mis holocaustos en el Capitolio
o incluso mis estudios?
¿Proveen de bálsamo
a mi alma herida de ti
y de tu honda huella
mis afectos
Virgilio y Ovidio,
o mis amigos,
Arriano y Epicteto?
¿Será que Egipto venga en mí
los oprobios que sufrió de Octavio;
que el Dios celoso y terrible cuya ciudad santa
renombré Aelia Capitolina
—por mi apellido y por Júpiter—
y cuyo soberbio Pueblo dispersé
torna de nuevo las aguas egipcias en sangre
y castiga en el primogénito —el de mi amor—
los pecados del faraón Adriano; que
los dioses de la Hélade pagan así mi
doble cara, el poco celo que siento al
ofrecerles bueyes e incienso?
¿Cómo pueden las almas de los dioses
incubar tan tenaz resentimiento?
¿A quién le reclamo, si no saltaste tú
rehuyendo mis besos o buscando mi gloria?
¿A Zeus, que me ha partido el pecho con su rayo;
a Seth, que vuelve a regenerar el Nilo ahogándote,
mi Antínoo-Osiris;
al Dios uno e indiferente de Epicuro, que
mira impasible mi llanto de mujer;
al Lógos de Zenón, gran ánima de todo el ser y todos los seres,
que repetirá, malvada e infinitamente,
una y otra vez, tu muerte y mi dolor;
al Dios judío que aborrece al incircunciso, al rico, al
poderoso y al que obedece los sentidos que Él creó;
a tal Chresto, rey desarrapado que gusta
desafiar a César en aras de su reino,
cruel tanto más ingenuo, que
pretende que los Hombres dejen de portarse como Hombres;
al Motor Inmóvil, que impulsa los astros y que
ocultó la Luna aquella noche tenebrosa
en que te fuiste para siempre mientras se pensaba a sí mismo;
al Demiurgo, al Uno, al Alma del Mundo, al Ser,
diversos ellos a la memoria y ajenos a mi entendimiento,
pero igualmente culpables de esa noche,
esa agua, ese pecho núbil desprovisto de aire
y de amor por mí, esa boca cerrada para
la eternidad que no me susurrará al oído nunca más?

“O quizás sea mía la culpa, de
mi rara pero dura obcecación, de
mi voluntad SPQR cuyo capricho es ley.
¿Qué designios obedecí, si no, para
acabar abrasado por un alma de fuego
—Adriano Escévola me podrían llamar ahora—,
qué hados conjuraron para consumirme entre
las llamas ámbar de tu cuerpo apolíneo,
en vez de abrazar la de un muchacho
sobrio y moderado, símil de mi querido Marco;
qué oráculos profetizaron que dejase pasar
tantos dioses rubios, de los bosques de Retia
o Bélgica, de los montes de Hivernia o Caledonia?
¿Qué tantos erómenoi hay en el Imperio para desvirgar
que el erastes  que escribe y plañe lo hace precisamente
y debido a quién sabe qué fato, por tu perfil bitinio ?
¿Por qué habría de suspirar Adriano por ti e
intentar erigir en leyenda tu nombre,
por encima de las de cualquier Hefestión y Patroclo, oh
Antínoo de Claudiópolis, y no el de Mario el napolitano,
Eurico el godo, Narsés el alejandrino,  Arsaces el parto,
Benjamín el judío, Egberto el anglo, Amfortas el celta…?
¿Me habrías amado, con mis espaldas anchas y ojos negros,
de no haber ceñido yo los laureles de Julio César y la púrpura
de Octavio Augusto? ¿Tus muslos de Mercurio se hubieran
enredado entre los míos, tus yemas como pétalos me hubiesen
arrancado jadeos sin tregua, tu rostro frágil me hubiera
cautivado, por mí, por el hombre Publio Elio Adriano,
o por el imperium de mi puño, por la sortija y la espada que
te han construido un templo en Mantinea, fundado Antinópolis
sobre tu tumba, inaugurado el culto a la memoria divina de Antínoo-Pan,
revestido todos los rincones del Mare Nostrum  con estatuas a Antínoo-Dionisio,
nombrado un pedazo del firmamento Antinoica?
   
“Pero, ¿a qué lamentarme ahora,
amado mío, si polvo han de ser
muy pronto estos huesos,
como tierra menuda y desecha
se volverá mi Adrianópolis, junto
a Cesarea e incluso Alejandría;
montones de piedras sin concierto,
ruinas de termas, anfiteatros y acueductos,
sombras vagas de mis esfuerzos vanos,
cenizas vivas de la impotencia de mis manos,
templo a la futilidad de mi reinado.
En el olvido se desvanecerán
mi legación en Siria, mi gobernar Panonia,
mis deliberaciones y sentencias en el foro,
mi Panhellenion, mis tertulias y simposios.
¿Restarán, al menos,
el abismo de tu partida,
la presencia candente de tu ausencia,
mi luto por la agresión de tus besos,
el estruendo de tu voz silenciada,
o todo me lo llevaré, por propia mano
—cercenando las venas que vació tu ida—
al Mausoleo que me hice sobre el Tíber?
¿Se ocuparán de nuestra historia,
ya no generaciones venideras,
distantes en los siglos, sino incluso
el virtuoso Antonino y el cariñoso Marco,
a quienes he encomendado velar
por mi legado? Mas no soy yo
quien habla, mueve mi lengua
el escozor del lecho frío,
articula mis palabras el miedo
de las noches solas, resopla mi voz
por la desnudez de mis nichos y altares.
Mi elocuencia es culpa de la crueldad
del recuerdo, de la memoria incandescente
y del deseo inflamado de lo ausente, de lo
que ya no es ni será, del alma derrotada que, cansada, ya no
intenta siquiera revivir lo que sí fue una vez.
   
“¿Qué me queda ahora, además de
un lecho yermo y horas hueras,
sino precipitarme a la muerte,
antes de que el deterioro
me prive aún de mi restante lucidez
y tu recuerdo acabe
de sumirme en la desesperación,
aumentándole dolores
a mi enfermedad
y sumándole quebrantos
a mi vejez: los de la soledad;
y añadiéndole a mi espalda encorvada
y mi espíritu rendido el peso
de tu ausencia?

“Ven, pues, oh muerte,
alíviame del fardo
que habita y anima, contra
mi voluntad, este cuerpo,
borra al fin toda cruel
ilusión irrealizable
de mi cabeza, sacia
con tu manto de tiniebla
mis deseos perennes.

Alguien habrá que obedezca
a su emperador o bien
se compadezca
de un pobre viejo, y me procure
un filtro de silencio eterno
o me arrime un hierro
que me alivie para siempre.
Acaso entonces me reúna
contigo, Antínoo,
de Egipto el dios supremo,
de Roma el dios más joven
,
en el Olimpo, y
puedas encender
de nuevo estas cenizas
que dejaste tras de ti.
O mejor aún: déjame
seguir tus pasos
hacia el agua redentora
que sumerge en la calma que no cesa
y nos despierta de la pesadilla
que llamamos vida.
Tú, pues, al Nilo y al Olimpo;
yo, a la Estigia y al olvido.”


 G. G. Jolly, MMDCCLXV a. U. c.

G. G. Jolly, Narciso-Antínoo, 2012.

lunes, septiembre 10, 2012

Réquiem por don Ernesto de la Peña

A Ernesto de la Peña Muñoz (1927-2012), in memoriam

‘Y puesto que estoy en la vena de los recuerdos, cuyo envés son las confesiones, debo aclarar ante ustedes que, si por una parte heredé esta faceta estudiosa y perseverante, por la misma parte me fue trasmitido algo que aprecio a la par del arte y el conocimiento: la autoconciencia de la propia pequeñez, la dolorosa certeza de que nuestros mejores esfuerzos, nuestra constancia más inquebrantable no podrán colmar siquiera un rincón oscuro y omitido del mar de la cultura.’

Ernesto de la Peña, 2007


La última vez que vi al Maestro, enjuto en vez de rozagante, tambaleante y no pícaro, lo oí profesar —para mi gusto, si bien no sorpresa— su fe, creyente piadoso, ya nunca más agnóstico socarrón. Confesó, frente a la grey de Euterpe, en el templo de Orfeo, al otorgársele el galardón del Sumo Sacerdote, cuya liturgia solemne celebramos a continuación(1): ‘Yo suscribo el Credo de Wagner: “Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven”’.

Quizá, al final, ya ‘hombre huidizo’, ‘sentado, irresoluto, a la vera del morir, viendo hacia atrás, regurgitando las cúspides del cuerpo los contornos del ayer’,(2) como tantos otros grandes ‘caballeros extinguidos’(3) que le han precedido y se reconocieron, a regañadientes y sólo en sus postrimerías, deletreados por Alguien, acabó rindiéndose ante el Misterio que luchó más de ocho décadas por descifrar: en las religiones, en los textos sagrados, en la poesía, en las literaturas de un sinnúmero de culturas, en el cine, en decenas de lenguas y otros tantos lenguajes, acaso los trascendentes por excelencia, como la amistad y el amor, la comida y la música…

Ernesto de la Peña hizo religión su arar concienzudo y su cultivo del espíritu humano. Su apostolado fue el estudio ingente y solitario; su proselitismo, siempre amable y de altura —como el de fray Bernardino o el de los hermanos Cirilo y Metodio—, sus clases, cápsulas y programas de radio y televisión; su mortificación, el temor y temblor de una pluma humilde que a base de saber tanto se atreve apenas a decir muy poco; su recompensa en el Paraíso, la Sinfonía Eterna del Dios de Bach, de Mozart y de Beethoven, que es, a la sazón, el mismo de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Conocí tarde y mal a don Ernesto, mas tuve la suerte de crecer en melomanía pegado a sus palabras en la radio —cosa insólita: sus comentarios superaban, con creces, la valía de la obra de turno que, accidentalmente, comentaba—, dejarme convertir por él a la religio vera del wagnerismo y contemplar, en vivo y cara a cara, la esencia del Humanismo y la dignidad del Maestro —nunca olvidaré una clase en que, al dudar de un dato sobre historia militar, se volvió hacia mí, a la postre dieciochoañero, y, frente a toda la clase y pese a que tenía razón, pidió que lo corroborara o corrigiera—. No obstante las seis décadas de diferencia, Ernesto era mi contemporáneo —hombre de su tiempo, a la vez que libre con respecto a cualquier atadura de aquél— y mi correligionario: gracias a él he podido hablar de tú a tú con Wagner y Verdi, Hugo y Goethe, burlarme de Rossini y de Schiller, denostar a Puccini y a Dumas. Pero, sobre todo y muy especialmente, me tendió un puente con mi propio abuelo, a quien él sí, y yo no, tuvo la suerte de conocer, aquel ‘licenciado Jolly’ de quien elogiaba su sarcasmo y buen francés, aquel erudito políglota —guardadas las proporciones con el propio Ernesto—, aquel agnóstico mordaz y ‘jacobino’ burlón cuyo mejor amigo era el párroco, cuya biblioteca incluye aún Biblias, sanagustines y la Summa Theologiæ —subrayadas y comentadas—, de cuya esposa sufragaba enemil caridades; en corto: aquel hombre justo que, como el Maestro De la Peña y el nieto que escribe estas líneas, buscaba la Verdad, la Bondad y la Belleza —que algunos llaman Dios— no en el Cielo, sino en el corazón del Hombre.

Querido Ernesto, si bien este México sin casi nada a qué asirse —menos aún de eruditos y sabios— te echará harto en falta, yo me regocijo, pues mi Maestro, luego de una vida larga y rica dedicada a ennoblecer el espíritu humano, tiene ahora mismo al Misterio, que buscó incansablemente en su paso por la vida, frente a frente, ya no para intentar descifrarlo ni tratar de entenderlo, sino para dejarse abrazar por Él.

G. G. Jolly, septiembre, MMXII A. D.


(1) En la entrega del Premio Mozart, en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, durante la que se tocó, en su honor, la Gran Misa en Si menor de Mozart.
(2) Ernesto de la Peña, ‘Así te vas por la vejez’, en Id., Palabras para el desencuentro, México, CONACULTA, 2005. p. 34.
(3) Ibid.

David Caspar Friedrich, La abadía de Cloister bajo la nieve, 1817-19.

Ahora, para despedirlo, ¿qué mejor que el réquiem que él mismo dedicó a otros, anónimos pero no menos sentidamente?

Réquiem


In memoriam de cualquier Hombre muerto

No podremos saber, ni siquiera en el alba de la vida
cuando todo está abierto y es secreto
y no tiene secretos
ni a mitad de algún astro que por nosotros vino
adornado de nube, vecino predilecto de galaxias
ni en los momentos sabios del amor
en que cobra sentido cada rincón del ser
y se arrebata y sube y crece y hace música
para que ésta estación perecedera
este siempre habitar en el andén sin vuelta
en un gesto sin posible figura permanente
junto a una playa larga que no torna jamás por sus arenas
sentados en bajeles con las proas hacia fuera, hacia el silencio.

Otro cuerpo vencido ya soltó sus amarras
ya se abrieron sus poros y su sangre
y un crepitar temible de terror y vacío
devastó sus entrañas
entró a saco en sus vísceras humildes
y le rompió la risa y lo hizo ausencia.

Hay Hombres que tenemos el alma intemperie
campana estremecida que suena a todo viento
en un largo crepúsculo de muertos
que la llenan de ayes agobiados
y de adioses inmóviles y eternos.

Yo pregunto sombrío, con sílabas dolidas
dónde están las ciudades teologales
dónde el amor y el brillo que dimos en la tierra
y que nacieron yertos y extinguidos
hijos de sonrisa volátil y ruido mudo.

Alguna vez tuvimos cuerpo y voz y permanencia
y llevamos un nombre hecho de viento
asentado en registros oficiales
un nombre que sonó cuando vivimos
y no tiene respuesta con los muertos.

Breve país el nuestro de Hombres momentáneos
de luces como un faro detenido cuando no nos miraba
de cánticos oídos cuando pasaban lejos, entonados por locos
y quebrados por siempre en un escollo eterno.

Los Hombres somos raza de muy breve vigencia
de rápido estertor y ausencia larga
de creer que vivimos y estar yéndonos
hacia donde las fuerzas se detienen
y la escarcha nos borra
y el cierzo desbarata nuestras bocas.

Corto país de paso sin sonidos
cárcel abierta pronto a un campo desolado
pudridero del Hombre, falaz mansión de dioses
sólo despierta huecos y vacíos
deshabitada eterna
masa total de lumbre que no quema
inexplorada costa que nunca desemboca
remo hendiendo la niebla para siempre encallar
casa del Hombre, sitial del Hombre, recodo de sus dioses
lugar de sus falacias,
templo erguido de ciencia de la nada:
por todos tus veneros corre el licor hediondo de la nada
la sustancia vacía, la ambiciosa sustancia de la nada
de la nada de dios, del hueco que dejó en los que vivimos,
de la garra que hincó en nuestros corazones
buscando ser, él mismo, entre nosotros.

¿En qué célula, en cuál ojiva atormentada
nos nació el alma y nos creció el amor
y nos manaron las preguntas
que volvieron sin rostro hasta nosotros
a no descansar nunca y a no encontrar su voz que preguntaba?

¿En qué lugar, por qué, hacia dónde,
dios que retumba sus aullidos en muros sin respuesta,
nos fue naciendo muerte y podredumbre
y sostuvimos diálogos insólitos
sin saber que la voz se coagulaba
y se quedaba, absorta y solitaria
suspendida y no dicha y desplomada?

Ya se quebró tu corazón, Hombre cualquiera, antes que el nuestro,
ya se apagó el torrente de tu sangre
se detuvo el perfil que te animaba
y eres sólo la arena que se escurre
o el agua que se va o el viento irregresable.

Nadie te oyó morir, porque el ruido absoluto de la muerte
es inaudible como estallido de galaxias o chirrido de soles,
incendio de planetas que provocan a dios
o el morir del insecto en medio del desierto.

¿En qué lugar puedes estar y para qué?
¿A repetir tu vida terrenal te fuiste?
¿A que en otro lugar te contaminen
de rutinas más altas
o de sonidos nuevamente abocados al silencio?

¿A volver a morir antes que el astro
sin ver a dios ni romper sus secretos
sin que tu paso entre la verdad más alta
y finalmente entender por qué las nubes
y los vientos y el mar y la resaca
y las aves que cruzan por el cielo
y las ramas del árbol que nutren al espacio
y dan su sombra al Hombre que pregunta?

Ernesto de la Peña

Y éste otro, que es el mejor homenaje que puede hacérsele y la plegaria más efectiva para encomendarle...


domingo, septiembre 02, 2012

‘La ciudad y el miedo del obispo’ por Carlo Maria cardenal Martini, SJ

‘¿Cuáles son las alegrías y fatigas de un obispo en la gran ciudad? ¿Cómo vive las calamidades y las bendiciones de la metrópoli? Una respuesta a esta pregunta, que no sea puntual, o puramente biográfica o anecdótica, implica para un cristiano, para un creyente, muchas otras cosas, que intentaré expresar o al menos esbozar.


Miedo en la ciudad moderna


La ciudad nunca me ha producido miedo, ni sus mecanismos ni sus ritmos, y, en este sentido, tampoco ahora experimento este miedo. Nací en una ciudad, y desde pequeño era para mí natural su existencia, como un hecho indiscutible y fundamental (del mismo modo que para el niño existen los padres o el hermano mayor, es algo normal para él y ni siquiera se plantea que podría ser de otro modo). Existía, pues, la ciudad, con sus ruidos, su tráfico y sus espacios reducidos. No percibía ningún elemento perturbador; para mí el chirriar de los tranvías era tan natural como podía serlo el canto de los pájaros para un niño nacido en el campo. Los espacios me parecían inmensamente grandes: el vestíbulo de casa tenía las dimensiones de una catedral, el jardincillo donde jugábamos parecía un parque nacional, y un patio entre las casas con algunos árboles, un bosque inmenso. Al niño le parece todo natural y grande, todo de algún modo bello, porque lo agranda con sus sueños. ¿No se ven a veces en las periferias de Kinshasa o en las favelas de São Paolo a niños que, con dos ruedas y un pedazo de madera, sueñan que conducen un Mercedes y son felices?

El miedo lo experimenté mucho más tarde, sobre todo en Milán como obispo, y recuerdo todavía algunos momentos concretos. Por ejemplo, una tarde que regresaba con el coche de no sé qué encuentro. Probablemente estaba algo cansado, y por tanto proclive al mal humor que nos invade, sin que nos percatemos, tras una serie de tareas fatigosas, cuando nos dejamos llevar y la mente se relaja, pero al mismo tiempo emergen las sombras.


Sentado en el coche, veía los edificios como si se me cayeran encima, uno tras otro, y en los edificios las casas, con toda la gente dentro adivinándose entre las cortinas, detrás de las luces de las ventanas. Y en cada casa tantas cargas que soportar: disputas, frustraciones, preocupaciones, enfermedades y muertes. Todo ello me producía una sensación que me oprimía.

Me sentía abrumado, ahogado por la multitud de casas, personas y problemas. Sentía aflorar de nuevo la angustia por los muertos del terrorismo, por todos los asesinados por la criminalidad y la droga, por los desesperados y por todos los seres que en aquella misma noche estaban cansados de vivir. Sentía ese peso insoportable sin conseguir encontrar un orden, un sentido, un modo de sostener semejante marea. Me invadía un sentimiento de impotencia, como si me venciera y aplastara una carga desbordante, excesiva, que se burlaba de mí.

A menudo, el miedo no se experimenta frente a un peligro o ante las urgencias, incluso graves, si se tratan una por una. El miedo golpea y sorprende cuando nos encontramos frente a la ciudad no en sus elementos particulares, tal como los descomponemos día a día para lograr ordenar nuestras acciones de manera eficaz, sino ante la ciudad en estado puro, sólida, inexpugnable. Nos Enlacesentimos entonces —por lo menos yo así me sentía— pesados, sin aliento, como estrujados por algo inmensamente mayor que nosotros.


Pienso que un miedo semejante fue el que debió experimentar San Ambrosio, quien, según narra la leyenda, cuando querían nombrarlo obispo, huyó errando por los campos hacia Novara. Y lo han experimentado muchos otros obispos, hasta tal punto que la cuestión de la “fuga de la responsabilidad episcopal” se ha convertido en un tópico de la literatura hagiográfica.

Me parece que éste es el miedo difícil de vencer, porque es como la suma de las calamidades de la ciudad, el miedo a la ciudad como si fuera un gran artefacto anónimo del que hemos perdido las llaves, el miedo a lo imprevisible que, como decían los exploradores de la tierra de Palestina, devora a sus habitantes, no se deja atacar ni arañar por parte alguna, por lo que todo cuanto se hace o dice son como máximo deseos piadosos, buenas palabras, santos propósitos y nada más.
Es el miedo a que no suceda nada, a que no haya nada que hacer. Se le llama también frustración e impotencia, y genera soledad y rabia.

Honestamente, creo que lo primero que se debe hacer es reconocer que existe. Quien observa con objetividad y con cierta exhaustividad los problemas del prójimo, los siente superiores a las fuerzas humanas; sólo forjándose ilusiones o limitando el campo de acción a algún segmento o círculo restringido, a un objetivo parcial o a medio plazo, puede presumir de actuar con eficacia para dominar al coloso de la metrópoli. En realidad, éste sigue avanzando y actuando por su cuenta, con sus leyes intrínsecas y despiadadas, en cierto modo insuperables.

El miedo en la ciudad bíblica

Pienso que éste era también el miedo de los autores bíblicos, desde el momento en que la primera ciudad es atribuida a Caín (Gn IV, 17) y está fundada sobre el miedo y la defensa de las venganzas inminentes. Una ciudad en cuyo contexto resuena el grito del descendiente de Caín, Lamec, que proclamaba: “He matado a un hombre que me hirió y a un joven que me golpeó. Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta y siete” (Gn IV, 23-24).

Las ciudades, comenzando por la primera, están fundadas, pues, sobre el miedo y se defienden provocándolo, imponiéndose con la altura de sus murallas y la fuerza de sus guarniciones.

A los trazos de violencia de la primera ciudad se añade en la Biblia la soberbia de la segunda, Babel (Gn XI, 1-9), que quiere organizarse de modo perfecto, asignando incluso a Dios un lugar concreto sobre el “Ziggurat”, la torre desde la cual se pueden vigilar los grandes canales de riego, protegerlos y dar seguridad.

Pero ésta es una precisión que olvida la primacía de la verdad de las relaciones, que crea la primera confusión desastrosa y la inercia burocrática, y el primer caos organizativo de la historia.
Una tercera ciudad que produce miedo es Sodoma (Gn XIX). En ella hay que destacar el pecado de la inhospitalidad, la explotación del extranjero de paso. ¡Cuánta actualidad en la historia de Lot y sus huéspedes!

Una cuarta ciudad mencionada en la Biblia es Jericó (Jos VI), cuyas murallas serán destruidas y que será reconstruida sobre los cadáveres de dos muchachos asesinados. Y las ciudades bíblicas sucesivas, hasta Tiro, Sidón, Nínive y Babilonia, y también la Babilonia del Apocalipsis, no son más que continuación de estos flujos, con mezclas distintas de una u otra.

El camino de la paz para la ciudad

En la Biblia, sin embargo, hay también otra historia de la ciudad, la cual me ha permitido vivir hasta ahora con esperanza y en medio de las calamidades, los sufrimientos, los tormentos y cargas de la urbe.


Para mí, esta otra historia se sintetiza en el pasaje de la carta a los hebreos donde se habla de Abraham, que abandona su ciudad de Ur de los caldeos y de Harran para ir hacia un lugar desconocido: “Salió sin saber a dónde iba […]. Pues él aguardaba aquella ciudad bien asentada sobre los cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hb XI, 8.10). Y poco después, hablando de la ciudad y la patria que Abraham había abandonado, declarándose “extranjero y forastero sobre la tierra”, el autor de la carta comenta: “Realmente, los que emplean este lenguaje dan a entender con ello que van en busca de una patria. Si hubieran pensado en la patria de donde habían salido, ocasión habrían tenido de volver allá, pero, de hecho, ahora aspiran a una patria superior, es decir, celeste. Y así se explica que Dios no tenga ante ellos reparo de ser invocado como Dios suyo, porque para ellos ha preparado una ciudad” (Hb XI, 13-16).

Alguien pensará que estoy huyendo de los problemas concretos para refugiarme en soluciones celestiales. Pero Abraham era un hombre con los pies en la tierra, apacentaba rebaños numerosos y era “muy rico en ganado, en plata y en oro” (Gn XIII, 2). No era, pues, un hombre, como suele decirse, alienado y ajeno a los problemas de este mundo. Era más bien el símbolo vivo de aquel amor por la ciudad que nace de la convicción de que ésta no es sólo la ciudad del pasado, o la que tengo bajo mis pies y cuyo aire contaminado respiro, sino algo que está ante mí, que yo debo edificar y que al mismo tiempo aguardo con esperanza, porque es mayor que lo que pueda pretender construir con el trabajo de mis manos.

Desde la salida de Abraham de su ciudad, aparece en la Biblia una dinámica contrapuesta a la ciudad de Caín, la de Babel, Sodoma y Jericó. Emerge —como dinamismo introducido en el corazón de la historia y capaz de hacerla progresar— el de otra ciudad, Jerusalén.

La salida de Abraham de Ur hacia una ciudad misteriosa y desconocida, aún por construir, expresa el principio de novedad que opera en la ciudad del hombre para hacerla más habitable, menos conflictiva e inhóspita, y que asume la figura de Jerusalén como urbe de los sueños mesiánicos, aquella que el Apocalipsis celebrará como la ciudad-esposa, morada de Dios con los Hombres, en la que se enjugarán las lágrimas y donde: “ya no existirán la muerte ni luto, ni lamento ni pena, porque las cosas de antes ya han pasado” (Ap XXI, 4).

A partir de este texto, tan apreciado por los grandes profetas cristianos del segundo milenio —de Joaquín de Fiore a Giorgio la Pira—, se manifiesta el principio bíblico enunciado por Harvey Cox, según el cual la historia se dirige hacia una ciudad.


Cox nos recordaba que el camino humano no se describe en la Biblia como la vía hacia un “paraíso”, en el sentido originario de “jardín”, “jardín de delicias”, aunque de ahí parta la Humanidad. La meta de ese camino no es ni el jardín ni el campo, por fértil y atrayente que sea, sino la ciudad del Apocalipsis, con doce puertas, de doce mil estadios de ancho y largo (más de dos mil kilómetros). A ella están llamados a habitar todos los pueblos de la tierra.

Y es brillante como el cristal, así que “las naciones caminarán a su luz y los reyes de la tierra llevarán a ella su gloria. Sus puertas jamás se cerrarán de día —pues nunca habrá allí noche—” (Ap XII, 2-3).

La ciudad ideal, meta del camino humano, tiene en sí lo mejor del paraíso original, el río del agua y el árbol de la vida; no obstante es una ciudad, un lugar donde los Hombres viven en armonía, en una trama de relaciones múltiples y constructivas.

Esta visión puede parecer utópica, inaprehensible y abstracta; y, sin embargo, es una exhortación que nos fija a la ciudad. Nuestro camino, nuestro ideal no es el de un fin de semana de huida hacia el aire puro de las montañas, la soledad y el silencio, sino hacia el hormigueo de las gentes reunidas para una gran fiesta.


La antítesis de la ciudad bíblica no es el campo, sino el destino que todo lo devora y destruye. En consecuencia, la elección es: o el desierto o la ciudad. Intentando traducir en lenguaje laico lo que he procurado expresar hasta aquí en términos bíblicos, que me son más familiares, diría que para superar las calamidades de la ciudad y para interpretar dentro de ella la presencia de no pocas bendiciones y alegrías auténticas, no hay que tener necesariamente ante los ojos una ciudad ideal, sino al menos un ideal de ciudad. Una ciudad formada por relaciones humanas responsables y recíprocas, que se manifiestan ante nosotros como un comportamiento ético.

Entonces la ciudad se transforma en una ocasión, una cantera inagotable de posibilidades de tejer relaciones verdaderas, bien sea con la iniciativa de un gesto constructivo o de una intención, bien —y quizás aún más— con el instrumento del gesto de la aceptación, la hospitalidad, la reconciliación e incluso el perdón.

Es así cómo los fermentos de Babel, Sodoma y Jericó, presentes dentro de las murallas de Jerusalén, son combatidos y sofocados continuamente en su dinamismo violento, mientras cada día se afirma y reafirma sin pausa la primacía de aquella visión que convierte a Jerusalén en la ciudad del shalom..
Un shalom ciertamente complejo, en riesgo permanente y a menudo desmentido por los hechos. Jerusalén no se muestra como el lugar que ya ha conseguido un ideal al que todos deberían tender, sino como el espacio en el que este ideal es más discutido, más difícil y contradicho por los acontecimientos, y, por tanto, donde la tenacidad de la esperanza que no cede es signo y estímulo para las demás ciudades amenazadas por conflictos y enemistades.

La ciudad no es, pues, el sitio del que huir a causa de sus tensiones, y donde habitar lo menos posible, sino el lugar en el que aprender a vivir. Toda la historia de la Jerusalén bíblica es un relato del conflicto entre el desierto que la amenaza y el ideal de paz que la impulsa y sostiene desde hace tres mil años, para que no se canse de buscar el shalom incluso en medio de tantas contradicciones que parecen indicar la imposibilidad de la paz.


¿Cómo podríamos dibujar el ideal de una ciudad concreta que camina de Ur a Jerusalén al paso de Abraham?

Decía que no pretendo una ciudad ideal, sino un ideal de ciudad, donde haya espacios para la creatividad del espíritu que puede combatir el germen de Babilonia, Sodoma y Jericó, y conduce hasta la Jerusalén que anhelamos.

Estos lugares son de distintos tipos.

Ante todo, espacios de silencio, incluso en el centro de la ciudad. En este sentido, es emblemático el Duomo de Milán, construido como icono de la Jerusalén divina, pero con los pilares plantados en la tierra, como invitación perenne a elevar el corazón y la mente. Se requerirían de muchos lugares como el Duomo, propicios al silencio y la reflexión y que invitaran a escuchar.

Tras el silencio y el escuchar se necesita el diálogo. Por eso se precisan plazas, las ágora donde la gente se pueda rencontrar para comprenderse e intercambiar los dones intelectuales y morales que todos poseemos.

En tercer lugar, vías que puedan recorrerse en todos los sentidos, esto es, redes de relaciones que cuajen en amistades y acogimientos y que, si son auténticas y profundas, pueden reunir a personas de distintas culturas, razas y confesiones religiosas. Cabe recordar que ya el mundo clásico fue sensible a este cariz y definió la ciudad sobre todo como lugar de amistad. Platón estableció una equivalencia entre la amistad y la concordia (omonoia) que hace prosperar la ciudad. Y Aristóteles se atrevió a afirmar que “cuando los Hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, mientras que aun siendo justos necesitan, además, de la amistad, y parece que el punto más alto de la justicia pertenece a la naturaleza de la amistad” (EN 1155a).

Ello muestra que la esperanza de restaurar las relaciones en una ciudad basándose sólo en la justicia —una de las virtudes más elevadas— es insuficiente, porque existe un fundamento de concordia humana que está por debajo y sostiene todos los esfuerzos sucesivos para mantener la unión y dar a cada uno lo suyo.

Cuarto lugar o situación: la intercesión y la hospitalidad. Conecto estas dos realidades tal como lo hace el episodio de Abraham que acoge a los tres misteriosos peregrinos delante de su tienda e intercede ante ellos —de hecho ante Dios— para que se salve Sodoma (cfr. Gn XVIII & XIX).

El Génesis relaciona la oración por Sodoma —en la que se dice cuán amada es una ciudad que parece perdida— con la capacidad de acoger al extranjero, en quien se aloja el propio Dios. Hospitalidad a Dios y al extranjero son realidades misteriosamente vinculadas a lo largo de toda la Escritura, siendo el aspecto exterior de la intercesión que presenta a Dios en amistad con todos los pueblos de la tierra e interponiéndose entre los contendientes para procurar reducir sus hostilidades y, a ser posible, unirlos en amistad.


Se afirma así una arcana relación entre hospitalidad y actividad por la paz en el mundo.

Con los medios arriba indicados, y otros muchos que podríamos recordar, no pretendo decir que tendríamos una ciudad ideal, sino que estaríamos en camino hacia una ciudad que todavía no existe y que abriríamos los ojos para ver, bajo la experiencia de Babel, aquella Jerusalén que ya está entre nosotros y de la que ya hemos tenido ejemplos concretos y significativos.

Un obispo de la Antigüedad, San Juan Crisóstomo, que había padecido los males de su ciudad, Constantinopla, hablando de la tentación de huida que se presenta a veces ante el peso de la misión encomendada, escribía: “Si hay alguien arrebatado todavía por la antigua filosofía [se trata probablemente del ideal neoplatónico de la contemplación solitaria], ésta abandona ciudades y lugares públicos, deja de vivir entre los hombres y de guiarlos y se va a las montañas. ¿Cuál es el motivo de su retiro? Si alguien se lo pregunta se inventa un pretexto imperdonable: «Me voy para no perderme», dice, «para no debilitarme en la virtud». Pero ¿no sería mejor para ti debilitarte pero conquistar a los demás en lugar de permanecer en las montañas mirando con indiferencia a los hermanos lobos que se pierden?”.


Todos corremos el riesgo de extraviarnos en la ciudad: pérdida de la calma, de la serenidad profunda del corazón, de la paz, la salud y la alegría de vivir. Pero nos podemos ayudar mutuamente y caminar hacia un ideal de ciudad ya presente para quien abre bien los ojos y en el que es bello vivir en espera de la Jerusalén que viene.’

+Carlo Maria cardenal Martini, SJ, ‘De Ur a Jerusalén: fatigas y alegrías de un obispo en elcamino hacia la ciudad’, Hacia Jerusalén, trad. Rosa Rius & Pere Salvat, Barcelona, Herder, 2003. pp. 23-32.

viernes, agosto 31, 2012

‘Resurrección’ (fragmento) de Javier Sicilia

A +Carlo Maria cardenal Martini, SJ, in memoriam.
G. G. Jolly



Porque tú estás aquí,
y nunca, Mi Señor, jamás te has ido;
porque estás siempre en Ti
y en Tu amor no hay olvido,
ni distancia, ni tiempo dividido;
porque en tres, siempre en tres,
se cifra Tu presencia y tu misterio
y no hay noche o revés
que destruya el imperio
con que grabas al mundo Tu cauterio,
alégrense en el cielo
el coro de ángeles y jerarquías
y descórrase el velo
de las sombras vacías,
del secreto y las vastas geometrías;

alégrense la tierra,
el corazón del grillo entre los huertos
y la noche que encierra
los mudos desconciertos,
alégrense los huesos y los muertos;


alégrense los árboles,
el incendio del verde en las colinas,
las terribles catástrofes
del mar en las neblinas,
el hierro de la luz en las salinas
nocturnas y distantes en la noche;

alégrense las fábricas,
la sirena en la niebla de los puertos,
el chirriar de las máquinas,
los sonidos más yertos
de engranes y poleas, los desiertos
de la herrumbe y el óxido;


alégrense la Iglesia, los edictos
papales y sus códigos,
la sed de los convictos,
la ley y sus desnudos veredictos;


alégrense el Nirvana,
la noble sinagoga y el salmista,
la salmodia que emana
de la blanca mezquita,
el mantram del hindú y del budista;
el tótem del pielroja,
la enjoyada liturgia del Oriente,
la Biblia y cada hoja
del salterio, Occidente,
sus Iglesias que guardan el luciente
legado de los siglos
en las húmedas bóvedas del templo;
los monstruos, los vestigios,
los santos y su ejemplo
y la cantera-luz del antetemplo
donde aguardan aquellos
que no se sienten dignos; sí, alégrense
descórranse los sellos
y enciéndanse los trébedes
del alma y en silencio celébrense
las bodas del amor
con lo Divino.

“Di más, amada mía.”


Alégrense el dolor
y la oscura agonía
del enfermo, la sed y la apatía,
la epilepsia y su fárrago,
el cáncer obediente a su miseria;
alégrense el escándalo
febril de la difteria
y el constante morir de la materia;

alégrense en Ti mismo
la muerte de mi padre y lo creado,
el humilde ostracismo de morir, lo increado;
alégrense en Tu amor transfigurado
los vientres y la entraña,
la vida que florece a cada instante;
el monte, la campaña,
el grito de la amante
y su desnudo cuerpo ya llameante,
porque Tú estás aquí
y ésta es la noche más oscura, la primera;
es la noche que en Ti
nunca tuvo frontera
y estaba desde siempre y en Ti era;


la noche en que creaste,
del gozo de mirarte, cada cosa,
y en Ti mismo Te amaste,
oh luz más misteriosa,
desierta soledad más luminosa;
la noche en que vaciaste
Tu Ser y el cielo, oh Dios, quedó vacío;
la noche en que encarnaste
Tu Amor, Amante mío,
la de la espera, el goce, el desafío;

la noche en que se junta
Tu Divina Presencia con la tierra
y a solas nos pregunta,
nos desnuda, nos hierra,
nos abandona en vilo y nos aferra;


es la noche del paso,
del dolor y el silencio más agudo,
la noche en que el fracaso
entró en la luz desnudo,
la noche en que la muerte ya no pudo
beber de su misterio
soterrado, de su boca de abismo,
de su negro cauterio;
la noche en que Tú mismo
venciste de la sombra su mutismo;


es la noche en que a espaldas
de los hombres, inerme ante lo oscuro,
en la roca que escaldas,
en la fosa y el muro
donde el gusano roe y no hay conjuro
que nos salve el pellejo;
la noche de la espera desolada
do el terrible cortejo
del olvido y de la nada
acecha con su jeta desdentada,
iluminaste todo
con una tenue llama imperceptible,
con ese dulce modo
de Tu amor invisible
que destruye la muerte y lo imposible.


Así, en secreto, a oscuras,
en esa eterna noche sin pasado,
enciendes mis venturas,
la luz en el brocado
confuso de la muerte y del pecado,
y redimiendo así
la noche en su tiniebla, los esputos,
la inscripción baladí
del oro y los abruptos
festejos del dolor y sus tributos
donde se inciensa el humo
de los grandes, el fuego macilento
de los cerdos, el grumo
de las putas y el lento
renacer del demonio y su excremento;
sí, redimiendo todo:
las nupcias del padrote y la ramera,
los insultos y el lodo
de la usura, la espera
del coyote en su negra madriguera;
las guerras, las prisiones,
la industria del banquero y del político,
las negras delaciones,
el lugar honorífico
del juez, el policía, el reo, el cínico;
redimiendo lo oscuro,
mi boca que profiere maldiciones,
mis blasfemias, mi apuro,
mis mudas turbaciones,
mis secretos, mis odios, mis traiciones;
la boca gangrenada
del que miente a la turba y a sí mismo,
el honor de la espada,
la cloaca, el hondo abismo
del fraude, la tortura, el fanatismo;
los exilios, las bombas,
su progenie maldita y radioactiva,
el rencor y sus trombas,
el mal y su deriva,
el mercado sin alma y su diatriba;
la muerte de mi padre,
la muerte de mis muertos, nuestros muertos,
el dolor de mi madre,
los sepulcros abiertos,
los huesos que tan secos están yertos;
sí, redimiendo la
oscura persistencia de mis vicios,
mis cosas, mi sofá,
mi pluma, mis oficios,
mi pobre pequeñez, mis sacrificios;
sí, redimiendo con
esa tenue luz imperceptible
que elevas como don
de Tu amor invisible,
la noche y sus demonios, la terrible
presencia de lo absurdo
y el miedo de no ser ante el vacío;
sí, redimiendo el burdo
temor de nuestro hastío
y el sabor del pecado y su extravío,
devuelves esta noche
a los cielos la tierra que extraviamos,
y en Tu cuerpo el derroche
de Tu amor que allanamos
nos eleva y al fin en Ti llameamos,
oh frescura nocturna
en la que el pobre más pobre se hizo aurora,
oh resurrecta urna
donde al fin todo mora,
oh íntima plegaria, inmensa hora.

Javier Sicilia


Dona, Jesu pie, servo tuo requiem.

jueves, agosto 02, 2012

‘Adriano’ de Indro Montanelli

Para H.


‘Sing to me of that odorous green eve when crouching by the marge

You heard from Adrian's gilded barge the laughter of Antinous
And lapped the stream and fed your drouth and watched with hot and hungry stare
The ivory body of that rare young slave with his pomegranate mouth!’
‘The Sphinx’, Oscar Wilde

‘Nos cuesta, lo confesamos, admitir que un episodio tan fausto como el advenimiento al trono del más grande emperador de la Antigüedad, se debiera a una coincidencia fútil y más bien sucia como el adulterio. Y, sin embargo, Dión Casio da por cierto que fue elegido Adriano para ocupar el puesto de Trajano, muerto sin designar herederos, por un título solo: el de amante de la mujer de éste, Plotina.

A los “se dice” hay que darles crédito hasta cierto punto, especialmente en cuestión de cuernos. Pero no cabe duda de que al menos una mano se la echó Plotina a Adriano para coronarle. Eran tía y sobrino, pero no consanguíneos, y, por otra parte, el parentesco, en Roma, no había jamás impedido ningún amor. Trajano y Adriano eran paisanos, pues habían nacido en la misma ciudad, Itálica. Y el segundo, que se llamaba Adriano porque su familia procedía de Adria y que era veinticuatro años más joven que su primo, amigo de la familia y tutor, fue llevado a Roma llamado por éste, que lo estudiaba todo con fervor: matemáticas, música, medicina, filosofía, literatura, escultura, geometría, y aprendía pronto. Trajano le dio por esposa a su sobrina Julia Sabina. Fue un matrimonio respetable y frío, del que no nacieron ni amor ni hijos. Sabina, esculturalmente hermosa pero carente de sex-appeal, se lamentaba en voz baja de que su marido tuviese más tiempo para sus caballos y sus perros que para ella. Adriano se la llevaba consigo en sus viajes, la colmaba de atenciones, despidió a su propio secretario, Suetonio, porque un día habló de ella con poco respeto, pero de noche dormía solo.

Tenía cuarenta años apenas cuando subió al trono y su primera medida fue acabar rápidamente con las pendencias militares dejadas por Trajano. Había sido siempre contrario a las empresas bélicas de su tutor, por lo que al ocupar su puesto se apresuró a retirar los ejércitos de Persia y Armenia, con gran disgusto de sus comandantes, que creían que una estrategia puramente defensiva conduciría a la muerte del Imperio o al final de la carrera, de las medallas y de las “dietas” parra ellos. No se ha sabido jamás con exactitud cómo fue que cuatro de aquellos comandantes, los más valerosos y de más autoridad, fuesen eliminados poco después sin proceso. A la sazón, Adriano se hallaba en el Danubio en busca de una solución definitiva con los dacios que descartara ulteriores conflictos. Volvió precipitadamente a Roma. El Senado asumió todas las responsabilidades de las eliminaciones, diciendo que los generales se habían mancillado conspirando contra el Estado. Mas nadie creyó en la inocencia de Adriano, que se la compró distribuyendo a los ciudadanos mil millones de sestercios, liberándoles de sus deudas al fisco y divirtiéndoles durante semanas enteras con magníficos espectáculos en el Circo.
Estos comienzos hicieron temer a muchos romanos un retorno neroniano. Y los recelos parecían justificados por el hecho de que Adriano, como Nerón, cantaba, pintaba y componía versos. Pero después se vio que en estas ambiciones artísticas no había nada patológico. Adriano se entregaba a ellas sólo a ratos perdidos, para descansar de sus trabajos de escrupuloso y habilísimo administrador. Era un hombre guapo, alto, elegante, de pelo rizado y barba rubia que todos los romanos quisieron imitar, ignorando tal vez que él se la había dejado crecer sólo para ocultar unas desagradables manchas azuladas que tenía en las mejillas. Mas no era fácil entender su carácter complejo y contradictorio. Habitualmente se mostraba amable y de buen humor, pero a veces se comportó con una rudeza rayana en la crueldad. En privado se mostraba escéptico, mofándose de los dioses y oráculos. Pero cuando ejercía sus funciones de Pontífice Máximo, ¡ay de quien daba señales de irreverencia! Personalmente no se sabe en qué creía.

Tal vez los astros, pues de vez en cuando hacía horóscopos y estaba lleno de supersticiones sobre los eclipses y las mareas. Pero como consideraba a la religión como puntal de la sociedad, no permitía ofensas públicas a aquélla, y personalmente trazó el proyecto del Templo de Venus en Roma, tras haber hecho matar a Apolodoro que había contestado a su invitación con una negativa despreciativa.

Intelectualmente, propendía al estoicismo y era admirador de Epicteto, a quien había estudiado con atención. Pero en la práctica no se esforzó en aplicar sus preceptos. Tomó el placer dondequiera lo encontró según un gusto refinado, pero sin avergonzarse ni sentir remordimientos. Se enamoraba indistintamente de guapos chicos y de guapas muchachas, pero ni unos ni otras le hicieron perder la cabeza. Le gustaba comer bien, pero detestaba los banquetes; y a las orgías prefería cenas con algunas personas selectas que, más que beber, supiesen conversar. Incluso instituyó una universidad para procurárselas, llamando para enseñarlas a los más sabios profesores de la época, especialmente griegos. Éstos y sus discípulos eran sus huéspedes habituales. En las discusiones era buen jugador: aceptaba el debate y la crítica. Es más, en una ocasión reprochó a Favorino, un intelectual galo, que le diese la razón demasiado a menudo. “Pero un hombre que basa sus argumentos sobre treinta legiones en armas tiene siempre razón”, respondió ingeniosamente el joven filósofo. El emperador volvió a contar la historia en el Senado, divirtiéndole y divirtiéndose.

Su rasgo más extraordinario fue no considerarse “necesario”; por el contrario, hacía todo lo posible para no serlo y no ser confundido con el consabido “hombre providencial”, como creen y aspiran a ser considerados todos los monarcas absolutos. Se esforzó constantemente en poner en marcha una organización burocrática a la que bastase la supervisión del Senado para cumplir su cometido. Tenía la vocación del orden y trató de instaurarlo simplificando las leyes que se habían acumulado en un caos inextricable. En esta obra, que confió a Juliano, fue precursor de Justiniano.

A esa racional división del trabajo, que permitía al aparato estatal cierta mecánica de funcionamiento, tendía también Adriano por razones egoístas: porque tenía la pasión de los viajes y quería emprenderlos sin la preocupación de que todo, durante su ausencia, se fuese al traste. En efecto, los realizó larguísimos, que duraron hasta cinco años, para conocer de cerca el Imperio desde todos los ángulos. ¿Escrúpulos del deber? ¿Curiosidad? Un poco de cada cosa. Cuatro años después de la coronación partió para una cuidadosa inspección de la Galia. Viajaba como un particular cualquiera, con un séquito compuesto casi exclusivamente de técnicos. Gobernadores y generales le veían presentarse ante ellos de improviso, y tenían que someterse a sus indagaciones acerca de la administración. Adriano ordenaba construir un nuevo puente o una nueva carretera, concedía un ascenso o decretaba una destitución, y si se terciaba, tomaba el mando de una legión, él, el hombre de la paz, para delimitar con una batalla alguna frontera imprecisa. Al frente de la infantería, recorría a pie hasta cuarenta kilómetros diarios y no se perdió jamás una escaramuza.

De la Galia pasó a Germania, donde reorganizó las guarniciones, estudió a fondo las costumbres de los indígenas, cuya fuerza virgen admiró con preocupación, descendió el Rin en una embarcación, zarpó hacia Britania y ordenó la construcción de aquella especie de Línea Marginot que fue la famosa Empalizada. Después volvió a la Galia y pasó a España. En Tarragona fue agredido por un esclavo. Como era fuerte, le desarmó y lo entregó a los médicos, que le declararon loco. Adriano aceptó este alibí y le indultó. Bajó hasta África a la cabeza de un par de legiones, sofocó una revuelta de moros y continuó hacia Asia Menor.



En Roma estaban un poco inquietos por las manías peripatéticas de aquel emperador que nunca volvía. Y comenzaron los chismorreos malignos cuando se supo que había embarcado en una nave que remontaba el Nilo con un nuevo huésped llamado Antinoo, de ojos aterciopelados y pelo rizado.


Parecía un destino, desde César en adelante: en cuanto arribaban a Egipto, los jerarcas romanos tropezaban con alguna desgracia sentimental. De qué naturaleza era, para Adriano, la encargada de Antinoo, no se sabe. Sabina, que acompañaba al emperador, no protestó, al parecer, de la presencia del muchacho. Sea como fuere, no se ha esclarecido nunca por qué murió, ahogado en el río, según parece. Para Adriano fue un golpe terrible. Lloró —dice Sparciano— como una mujerzuela, le hizo erigir un templo en honor del pobre difunto, y en torno al templo hizo construir una ciudad, Antinópolis, que adquirió importancia en la época de Bizancio. Según una leyenda, tal vez posterior a los acontecimientos, Antinoo se mató porque había sabido por los oráculos que los planes de su protector solamente se realizarían si él moría. Ciertamente, desapareciendo, aquel muchacho le hizo un favor: el de dejar la sucesión al trono abierta a un monarca de las aptitudes de Antonino. De haber vivido, tal vez Roma le habría tenido que aguantar de emperador.


El hombre que volvió a Roma después de aquella desdicha no era ya el brillante, alegre y jovial soberano que había partido de ella. Adriano se había vuelto un poco misántropo y, así como antes abandonaba la mesa de trabajo con alivio, feliz de poderse tomar un poco de descanso y sabiendo muy bien cómo utilizarlo, ahora parecía tener miedo de aquellas horas vacías y las llenaba escribiendo. Una gramática, algunas poesías y una autobiografía fueron el fruto de su soledad. Pero lo que más ocupado le tenía eran los planes de reconstrucción. Adriano tenía la enfermedad de la piedra, acompañada de fantasía y de gusto. Rehízo el Panteón, que edificó Agripa y el fuego destruyó, según el estilo griego, que él prefería al romano. Y no cabe duda que se trata del monumento mejor conservado de la Antigüedad. Cuando el Papa Urbano VII desmanteló el techo del pórtico, sacó bronces para construir más de cien cañones y el baldaquín que todavía figura en el altar mayor de San Pedro.


Otra obra maestra de su arquitectura fue la villa a cuyo alrededor nació Tívoli. Había de todo: templos, hipódromo, bibliotecas y museos, donde durante dos mil años han ido a saquear ejércitos de todo el mundo y siempre se ha encontrado algo. Pero apenas se hubo instalado en ella, una dolencia comenzó a consumirle. Su cuerpo se hinchaba y tenía abundantes hemorragias nasales. Sintiéndose próximo al fin, Adriano llamó y adoptó como hijo, para prepararlo a la sucesión, a su amigo Lucio Vero, que falleció poco después.

La elección de Adriano recayó entonces en Antonino, a quien, reteniendo para sí el título de Augusto, confirió el de César, que a partir de entonces fue adoptado por todos los presuntos herederos al trono.Enlace

Sus sufrimientos eran tan intensos que ya no aspiraba más que a la tumba. Se la hizo construir al otro lado del Tíber con un puente ex profeso, el puente Elio, para llegar a ella: que es ese gran mausoleo que hoy se llama Castel Sant-Angelo. Un día, cuando el edificio ya estaba terminado, el filósofo estoico Eufrates fue a pedirle el permiso de suicidarse. El emperador se lo dio, discutió con él la inutilidad de la vida y cuando Eufrates hubo bebido la cicuta, pidióla él también para seguir su ejemplo, pero nadie quiso dársela. Se lo ordenó a su médico y éste, para no desobedecerle, se mató. Rogó a un criado que le proporcionase una espada o un puñal, mas el criado huyó.

“He aquí un hombre —exclamó desesperado— que tiene poder parra hacer morir a quienquiera, salvo a sí mismo”.

Finalmente, a los sesenta y dos años, después de veintiuno de reinado, cerró los ojos. Pocos días antes había compuesto un pequeño poema sobre el recuerdo del tiempo ido, que constituye tal vez la más exquisita obra maestra de la lírica latina: Animula vagula, blandula, hospes comesque corporis...
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Con él murió no tan sólo un gran emperador, sino también uno de los hombres más complejos, inquietantes y cautivadores de la Historia de todos los tiempos y acaso el más moderno entre los del mundo antiguo. Como Nerva, se despidió de Roma haciéndole el más insigne de los favores: el de designar el sucesor más calificado para que no le echan de menos.’

Tomado de: Indro Montanelli, Historia de Roma, trad. Domingo Pruna, México, De Bolsillo, 2005. pp. 369-375.

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