lunes, mayo 31, 2010

‘Misterio’ de Karl Rahner, SJ

David Kaspar Friedrich, Aparición de la luna sobre el mar, 1821.

‘Para mí mismo y para el mundo, yo soy una pregunta infinita. Resulta a mi juicio evidente que ni siquiera la experiencia que los hombres logren alcanzar en el futuro más lejano y, de un modo derivado, tampoco la ciencia, llegarán a situarse en un nivel desde el que puedan responder a todas las preguntas, y en el que puedan elaborar y finalmente resolver todos los problemas. Me causa en verdad admiración el hecho de que la mayoría de mis contemporáneos compartan conmigo este convencimiento, incluidos quienes niegan la existencia de aquello o de aquel a lo que yo o a quien yo llamo Dios.

Pues bien, en contra de eso, yo pienso que este tipo de personas (no creyentes) deberían estar convencidas de que el hombre, esta realidad particular que yo mismo soy, podría llegar de un modo radical hasta el fondo de todas y cada una de las cosas, de manera que, en último término, debería ser capaz de descubrirlo todo, porque para él (para el hombre no creyente) la totalidad se encuentra constituida por la suma de cosas particulares (que vamos conociendo por la ciencia). De esa forma, al final, una vez que hubiéramos penetrado en todo, podríamos dejar que todo cayera en su banalidad, es decir, en la Nada. En sí misma, esa Nada a la que uno viene a ser conducido a través de esas preguntas no plantearía ya más preguntas ni más explicaciones, porque realmente esa nada es sólo nada; y con esa palabra (nada), que no guarda en sí secreto alguno, no queremos señalar ninguna cosa que sea “totalmente distinta” (ganz anderes).

A mí, en cambio, me domina y me perfora el Misterio eterno, el Misterio infinito, que es algo “totalmente distinto” (alles andere) de una especie de conglomerado donde se vinculan todas aquellas cosas que aún no conocemos ni experimentamos, el Misterio que en su infinitud y densidad se encuentra, al mismo tiempo, en lo más exterior y en lo más interno de las realidades separadas que componen eso que nosotros llamamos el mundo de nuestra experiencia. Este Misterio se encuentra ahí y se expresa en la medida en que se mantiene silencioso; ese Misterio-Secreto deja que queden serenas (gelassen) a un lado las palabras y las explicaciones, porque hablar sobre el Misterio sin más se convierte en palabrería sin sentido (sinnloses Geschwätz).

Puedo comprender el enfado y nerviosismo de los que hablan así (sobre el Misterio); porque allí donde ese Misterio, que todo lo abarca callando, no es objeto de amor, se convierte en algo escandaloso. Está ahí y no deja que podamos dominarlo. Parece simplemente que calla, elevándose por encima de nuestras precisiones y seguridades. Quien no se entrega a él con amor, puede negarlo con enojo, si se toma tiempo para ello, o puede reprimirlo, refugiándose en los negocios cotidianos y, en último término, concede a esos negocios más peso que el que le conceden por sí mismos, verdaderamente, los fugitivos y los moribundos.

A este Misterio, que confiere un fundamento a cada realidad concreta y que abre un espacio y horizonte para cada conocimiento, yo lo llamo Dios. Él no necesita que andemos probando su existencia sin cesar: esa existencia de Dios ha sido presupuesta y asumida desde siempre (por la humanidad), antes de que nosotros hayamos comenzado a hablar sobre mil cosas en los mercados de la vida cotidiana y en las aulas de las universidades. Cuando yo me sitúo en mi interior y callo, cuando un Fundamento (Grund), cuando dejo que todas las preguntas se vengan a centrar en la Pregunta, a la que no se puede responder con las respuestas que se dan a las preguntas concretas, sino que dejo que el Misterio infinito se exprese a sí mismo, entonces el Misterio está presente ahí; y entonces, en último término, ya no me preocupa el hecho de que la ciencia racionalista se crea capacitada para hablar sobre Dios de un modo escéptico. En ese momento, estoy convencido de que no me he perdido en un “sentimiento” irracional, sino que he llegado a situarme en el punto focal del espíritu, de la razón y de la comprensión, punto del que brota en último término toda racionalidad.’

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