miércoles, marzo 09, 2011

La nueva historia de Francisco (II)

Continuación de la I parte.

La clínica


Dios se complace en los Hombres mucho antes de que ellos lo sepan.


No es posible forjar leyendas sobre el nacimiento de Cesco porque nació en una clínica; perfecta, limpia, aséptica, organizada y eficiente, sin ratones. Ni pajas de pesebre, ni animales junto a él, ni pastores a su alrededor. Los ángeles estarían allí, pero no debieron de atreverse a cantar. Ni protección paterna ni ternura materna: el padre estaba ocupado y la madre, en trance de muerte. No era un niño que nacía, era el 214 que llegaba al quirófano. Con su número sujeto al bracito por un esparadrapo, le metieron en una incubadora. Estaba entre dos niños más: el 213 y el 215. Hoy muchos niños nacen así.

Un presagio de pobreza.


Le enseñarían, cómo no, la lista de los emperadores bizantinos y los sistemas cristalográficos. Aprendió solito a atrapar moscas, a hacer fuelles para esparcir polvo de tiza, a fabricar flechas voladoras de papel y cerbatanas para disparar arvejas. Una noche tenían tagarninas: ‘que si eres hombre, que si no eres un hombre’, ‘que si lo fumas, que si no lo fumas’, acabaron mareados. Al día siguiente, por la mañana, el busto del señor importante que presidía la escalera principal del colegio, apareció con la nariz pintada de rojo. Ante el inquisidor que buscaba al culpable, Cesco supo confesar que lo había hecho él, porque él lo había hecho.

Dar la cara.

De niño quería ser pastorcillo de montaña, después descubridor del polo, después esperaba llegar a la luna; luego quiso ser aviador, marinero, guía en los Alpes, senador, ingeniero, físico. Cuantas veces soñó en lo que haría de mayor sentía siempre dentro un empuje hacia arriba; nunca pensó en vivir con zapatillas y poltrona, protegido y asegurado por el negocio de una tiendecilla.

Apuntar alto.

Muy joven todavía, hubo guerra y le mandaron al frente. Antes de conocer el amor y el odio de los hombres, quedó marcado por la redención de la sangre. Vio morir a aquel aprendiz del carpintero, a aquel cerrajero primerizo, a aquel desconocido que le había dado la mitad de su chusco, a aquel niño bien que llegaba a primera línea con su pijama de seda en el macuto, a aquel compañero de colegio. Cesco volvió a casa, pero Mingo no volvió; había quedado en alguna parte, con los ojos desorbitados de sorpresa infantil, cristalizados para siempre jamás en la inocencia. Después de la guerra sólo tenía dos cosas; la marca de sangre de su generación inocente y ‘la flor de la esperanza, minúscula y tenaz’ —como había dicho un poeta de su generación antes de morir—. Con los años, nuevas generaciones trajeron nuevos vientos de esperanza; y era algo hermoso de ver. Les entendía bien, porque él pertenecía a la sangre de Mingo.

La fidelidad a la generación inocente.


Le mandaron a infantería. Llegó al frente de noche, en un gran silencio; un silencio estremecedor, mucho más estremecedor que el estallido de las bombas. Todos eran niños y los ojos se las abrían como la primera vez que les mandaron a buscar algo al cuarto obscuro. De nuevo, ojos despavoridos y miedo en el corazón a la primera noche que estuvo de escucha, silencioso y agachado, con el fusil entre las piernas, unos metros más allá de las líneas. Nunca se libró por completo del miedo; siempre lo tuvo, incluso cuando ya sabía distinguir el estallido de los obuses del de las bombas, cuando ya conocía, por el ruido, qué aviones se acercaban. Con mucho miedo, sin embargo, nunca se hizo el remolón cuando tocaba salir de la trinchera: avanzaba, sin perder el tino de avanzar resguardándose.

Avanzar, a pesar del miedo.

Siempre tuvo amigos. Era de buen carácter, y a su lado nadie se aburría. Generoso: nunca guardó para sí, en el colegio, los turrones que le mandaban por navidad; si tenía dinero lo gastaba, pero nunca él solo. Era fiel, se peleaba con los que se burlaban de un amigo giboso. Un día, en el frente, estaban los otros dos allá arriba, bien parapetados; largas horas de combate, Cesco ya no sabía si tenía o no tenía miedo. Estruendo de las explosiones: chim-pum (los cañones de ellos), chim-pam (los cañones nuestros); agacharse, saltar, esconderse; saltar, agacharse, y esconderse. Encontró al otro apoyado en un árbol, el fusil inservible en las manos: ‘Toma, bebe un trago de mi cantimplora’.

Repartirse el agua de la cantimplora con el otro.

Cayó prisionero. Hambre y piojos de vergüenza. Por la noche, los prisioneros se sentían cercados por el alerta de los centinelas, un grito que se repetía cada cuarto de hora, rodeándoles. Pasaban el día echados, inermes; no parecían seres vivos. Algún compañero murió junto a él, tal vez más de vergüenza que de hambre. Hubieran preferido el frente, donde se jugaban la vida, sí, pero donde podían sentirse libres, luchando. Ahora callaban. ‘No nos dejemos abatir, cantemos. Aunque sigamos hambrientos, no seremos unos vencidos’.

No dejarse vencer.

Antes había tenido que realizar una gran retirada. Ambulancias, puentes volados, hombres tendidos en las cunetas, muertos tal vez, vuelos rasantes de la aviación contraria. Volatería suelta, lejos de sus corrales. Aldeanos huyendo con la mujer y los hijos, el carro, la mula, el colchón y la vaca. Soldados sin oficiales amontonados en camiones; oficiales sin soldados, en pequeños coches. Un niño tirando de una cabra, solo con su cabra. Una muchacha, sola, lloraba; los compañeros quisieron meterse con ella. Cesco era como todos, pero cargó el fusil: ‘Nadie la tocará, está llorando’.

Respetar a la mujer, porque la mujer es signo de contradicción. Quien sea capaz de respetarla, será también capaz de todos los demás gestos de hombre. Y al revés.

Quizás hayamos olvidado que respetar a la mujer y los demás gestos es lo normal, lo que todo hombre haría si no se torciese. Cesco era un muchacho normal, no asquerosamente perfecto, con unos defectos muy suyos: atolondrado, vanidoso, manirroto, demasiado simpático. Muy inmaduro y quizás muy pecador.

Pero no era un encogido.

Hay defectos que encogen y llevan al resentimiento como cuando se quiere encubrir la trampa con la prudencia, la cobardía con la mansedumbre, los complejos con la justicia, el abatimiento con las alergias, el egoísmo con la cordura, el alma de solterón con la continencia.

Mal camino. Donde incluso la gracia puede desviarse, porque la gracia llega a todas partes, pero si el encogido la recibe sin enderezarse, queda falseada, sin integración, sin unidad en el hombre. Como zapatos estrechos que dan mala andadura.

Cesco no era un encogido.


Hay defectos que no encogen y conducen a la virtud normal, de una manera normal. La violencia está más cerca de la suavidad cristiana, que la cobardía; una lúcida conciencia del propio valer, incluso con su matiz de orgullo, está más cerca de la humildad que la pusilanimidad escrupulosa; la imprudencia está más cerca de la prudencia que la falsa cordura del hombre instalado; la intransigencia está más cerca de la caridad que la condescendencia débil; el derroche está más de cerca de la pobreza que la avaricia; el pecado hecho con cierto respeto a la mujer está más cerca de la castidad que la continencia atormentada y reprimida en falso del alma del solterón.

Buen camino. La gracia de Dios puede avanzar por él normalmente, porque dar la cara, avanzar, repartirse el agua de la cantimplora, no dejarse vencer, respetar a la mujer, son gestos que tienen su realización normal cristiana en el hecho de afrontar la verdad de Dios, esperar la vida eterna, comprometerse en esta vida temporal, partir el pan, asumir la cruz de Jesucristo, encontrar la virginidad del alma.

Mal camino. Buen camino.

Y por encima de todos la gracia de Dios que hurga, busca, importuna, pincha, empuja, hasta que nos hace descubrir que tanto si hemos nacido en una barraca, como en el fondo de una mina, como en una clínica, todos hemos nacido desnudos. Hasta que nos hace descubrir qué sentido tenía aquel presagio de pobreza.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 29-33.

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