sábado, enero 02, 2016

‘Alegría en medio de la angustia’ de Hans-Urs von Balthasar

Cristo tardogótico de la capilla del Santo Cristo, castillo de Xavier, Navarra.

Nos deseamos unos a otros un feliz año nuevo. ¿Qué puede traernos de bueno a nosotros y al mundo? No lo sabemos; como siempre, la caravana humana viaja hacia un lugar desconocido. El paisaje a nuestro alrededor es ahora ciertamente más salvaje, más peligroso; la delgada capa de cultura, que había cubierto la superficie de la tierra, se está perdiendo a ojos vistas; la piedra desnuda aparece en todas partes agrietada, abrupta. El Hombre, después de sus vuelos a la Luna, está más solitario en su planeta pequeño, estrecho, en el que se le agotan literalmente el aire para respirar, el pan y el agua para vivir. Tiene miedo, un miedo profundo, y esta angustia existencial produce reacciones de pánico cada vez más numerosas: en todas partes estallan bombas, se toman rehenes, con la violencia y el terror se hacen desaparecer unas condiciones de vida para transformarlas en mejores o crearlas de nuevo. El Hombre siente angustia ante un último absurdo de toda su actividad, y precisamente también del progreso de esta actividad, cuya dirección no se puede prever con suficiente claridad; y expresa este absurdo haciendo él mismo actos absurdos. Y cuando hace esto, ve que está perdiendo la alegría en su existencia. La alegría, en un sentido profundo, completo, fundamental, se ha convertido quizá en el artículo y la materia prima más escasos en el mundo actual. Sus reservas se agotan, en gran parte se han acabado ya. Pero, ¿cómo podrá el Hombre seguir viviendo sin alegría en su existencia? ¿Y con una alegría humana, no sólo con un sentimiento biológico de placer de su propia fuerza como individuo o como grupo, sino con una alegría que experimente la existencia, con todas sus dificultades, malicias, desengaños, en último término como buena y digna de vivirse? “Fuera como fuera, ¡fue desde luego tan bonito!”.

No podemos tomar a mal el que la gran mayoría de los Hombres no pueden repetir las palabras de Goethe: Hombres convertidos en piezas de máquinas, Hombres cuyo futuro está tan planificado como su pasado y su presente, Hombres en sistemas sociales que les son odiosos, Hombres y cuántos a los que sencillamente les falta lo mínimo para existir.

Pero hay una religión que sin amargura y cinismo puede decir: “Dichosos los pobres, dichosos los que ahora tenéis hambre, los que ahora lloráis. Dichosos vosotros, cuando os odien los Hombres..., y proscriban vuestro nombre como infame” (Lc VI, 20ss). Esta religión afirma que puede predicar al mundo el mensaje de la alegría por excelencia; ha reivindicado para sí la expresión “Buena noticia”: Eu-angelion. Su mensaje no es incidentalmente, junto a otras muchas cosas, un mensaje más de alegría. Y lo es en un mundo y para un mundo que (en todos sus representantes, cristianos, judíos y paganos) ha colgado de un madero al predicador de este mensaje. Lo es, por tanto, en un mundo considerado de un modo muy realista y experimentado en toda su crueldad.

Ciertamente no hay muchas actitudes fundamentales que entre las distintas visiones del mundo pueden elogiarse como una actitud última y global. Quizá, fuera de la cristiana, hay un resumen tan sólo dos que sean realmente dignas de considerarse, porque son dignas del Hombre.

La primera está expresada en el rostro de Buda, vuelta hacia adentro, silencioso y sonriente, que encontrado la paz e invita a los que lo observan a buscarla y encontrarla en sus rasgos. Es la paz de la imperturbabilidad, que ha roto las ataduras de las múltiples pasiones y se ha salvado así del torbellino circular del destino. Los estoicos en Occidente intentaron seguir el mismo camino: llaman a su ideal “apathéia”, extinción, primacía espiritual sobre todo lo que nos asalta desde fuera. Al no dejarse afectar por lo externo, se tiene la posibilidad de experimentar lo interno, lo absoluto, lo divino. Muchos se agolpan hoy de nuevo a las puertas de este camino oriental.

La segunda actitud fundamental es la de la determinación valiente de cambiar lo insostenible de este estado del mundo, cueste lo que cueste. Si muy pocos Hombres pueden ser hoy felices, yo quiero arriesgar mi existencia para que más Hombres puedan serlo mañana o en un futuro cualquiera.

Imperturbabilidad y valentía son las dos actitudes fundamentales imaginables por el Hombre, ante un mundo actual, que como tal no puede proporcionar alegría alguna. Las dos parten de una negación del hoy y del aquí: el Hombre del Oriente, para evadirse a un arriba religioso y un más allá de este mundo; el comunista, para trasladar el peso de los problemas a un futuro y, aspirando a él, poder darle un sentido al terrible hoy. A darle un sí a este hoy, al año nuevo como tal, a entenderlo como el comienzo de un año nuevo bueno, a pedir con la palabra la alegría deseada, sólo se atreve el cristianismo. ¿Por qué?

Lo hemos dicho de pasada, pero vamos a reflexionar un poco más despacio sobre ello. Intentaremos hacer comprensible la alegría cristiana desde tres aspectos.

1. El Dios de Jesucristo, cuando crea el mundo y reconcilia consigo al Hombre alejado de Él por el pecado, no sólo da algo, sino que se da a sí mismo. Dar no es una actitud más de este Dios, sino la revelación de su ser. En todo lo que da, dulce o amargo, se da a sí mismo. Lo hace libremente, sin motivo, sencillamente por dar. Darse, según la fe cristiana, es la bienaventuranza eterna de este Dios. Al ser la fuente primera de todo, es decir, “Padre”, da desde siempre todo su ser a su Hijo, y la bienaventuranza de ambos es darse de nuevo en común al Espíritu Santo, que Dios en cuanto que es el don por excelencia.

Y el dar sólo es real si siendo Él mismo libre, libera, hace vivir en libertad. No encadena a sí, de modo que el que recibe, por decir gracias sin fin, caiga en la tiranía del que da. El Padre le da al Hijo toda la libertad divina, y luego también toda la humana. La da también al hijo pródigo. Da libremente, para que el que recibe pueda disponer a su vez del don de su propia libertad. Las dos formas de la alegría son cristianamente hablando una sola: recibir alegría y dar alegría, y la segunda se basa esencialmente en la primera.

¿Cuántas veces pensamos en que somos un don de Dios que Él mismo nos hace? Yo soy dado a mí mismo. Puedo y debo dar gracias por mi existencia con alegría, porque Dios quiso hacerme con ella un don, en realidad ya anticipadamente el supremo don. Quizá esta existencia mía podría parecerme más valiosa, si yo pensara constantemente que Dios me hace con ella un don muy precioso, que quiere hacerme partícipe de su existencia eterna y bienaventurada. ¿Y cuántas veces pensamos que todas nuestras capacidades de dar, de hacer algo propio, construir, dar y dejar algo a los otros, se las debemos a la misma alegría originaria de Dios? ¡Se nos ha dado la libertad de procrear, dar a luz, formar, inventar y hacer feliz!

2. El cristianismo es la única visión del mundo que es capaz de atribuirle al dolor, a todo dolor, un sentido positivo. Todas las demás son o técnicas sobre cómo poder evitar el dolor o técnicas con las que se le pueda reducir lo más posible en el futuro. El cristianismo no quiere de ninguna manera el dolor por el dolor, es solidario con todos los que tratan de aliviarlo en lo posible. Pero tampoco se detiene cuando se llega al límite en el que el Hombre ya no puede más. Teilhard de Chardin resaltó fuertemente este punto, con todos los grandes pensadores y santos cristianos: lo inevitable, el dolor sin esperanza humana e incluso la misma muerte tienen un sentido positivo; también el dolor, precisamente el dolor, puede ofrecerlo el Hombre que sufre como un don precioso: el dolor ayuda, purifica, expía, dispensa dones divinos. Los sufrimientos de una madre pueden volver a llevar a un hijo descarriado al camino recto; los sufrimientos de un enfermo de cáncer o de lepra, si se ofrecen a Dios, pueden ser para Dios un capital que produzca fruto en los lugares más inesperados. El dolor que se agradece y se ofrece participa en la gran fecundidad de todo lo que irradia de la alegría de Dios y vuelve a Él indirectamente.

Sin duda, en el centro de esta idea se da un gran misterio: el sufrimiento vicario de Jesús en la cruz. Hizo posible que uno tomara sobre sí nuestras culpas, y con ellas la verdadera causa de nuestra aflicción y desesperanza, para procurarnos así de nuevo el camino hacia la alegría absoluta. En el Antiguo Testamento se cuenta que Sansón derribó y se llevó una noche las puertas de la ciudad de Gaza. Del mismo modo, Jesús derribó las puertas cerradas de nuestra perdición, mucho más pesadas todavía, en la noche del abandono de Dios y nos abrió, en la mañana de Pascua, el camino hacia el ancho paisaje de Dios. Pero también el camino para compartir de algún modo el sufrimiento con Él. San Pablo llega inmediatamente a esta consecuencia en muchos pasajes de sus cartas: “Así completo en mi carne los dolores de Cristo” (Col I, 24). El dolor cristiano es fecundo porque precisamente también cuando lleva —sin nosotros quererlo— a una oscuridad espiritual. No en el sentido de que deseemos para nosotros el abandono de Dios, para realizar mejor la solidaridad con nuestros prójimos alejados de Dios. Algo así nunca se le ocurrió a San Pablo. Pero, si perdemos la alegría que antes teníamos, podemos esperar que con nuestra oscuridad se haga la luz en otros corazones.

3. Así, la alegría de los cristianos es al mismo tiempo un don y una responsabilidad. Debe, dice San Pablo, “brillar como lumbreras del mundo en medio de una gente torcida y depravada” (Flp II, 15). Todo lo que ellos tienen se les ha dado para los que no tienen. Deben ser Hombres positivos que dicen sí, para que los que dicen no, los criticones, los sospechosos de ideología, encuentren una resistencia contra la que se estrelle su crítica.

Nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a compartir la alegría en medio de la angustia de nuestro tiempo. Alegría a pesar de la angustia, en medio de la angustia. Alegría pascual en medio de la pasión de la Humanidad. No una alegría forzada por nosotros artificialmente, sino una alegría que nos ha sido dada sencillamente por Dios. Sólo ella puede cambiar los corazones, y por tanto las situaciones. Nadie ha cambiado el mundo más profundamente que Jesús de Nazaret; pero su vida entre los Hombres consistió sobre todo en ayudas muy pequeñas, cotidianas y muy naturales, a los más próximos: amó a los niños, a los enfermos, a los despreciados y marginados, a los proscritos de la sociedad, amó a los que le dieron y planearon su muerte. Y esto mismo se lo exigió a los que querían seguirle. Con este amor hizo subir el nivel de la alegría en el mundo. Su amor y alegría vienen de lejos: de las fuentes originarias del ser eterno, y como tales las comparte con los suyos, no de un modo vacilante y mezquino, sino plenamente: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor en el amor concreto al prójimo y a los enemigos—, lo mismo que yo permanezco en el amor de mi Padre. Os he hablado de esto, para que mi alegría esté con vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn XV, 9-11).

Hans-Urs von Balthasar, “Tú coronas el año con tu Gracia”. Sermones radiofónicos, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 24-28,

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