lunes, julio 06, 2009

Iglesia y sexo



Fotos: Sergio Mares García

‘Un alma en Dios escondida
¿Qué tiene que desear,
Sino amar y más amar,
Y en amor toda escondida
Tornarte de nuevo a amar?’

Santa Teresa de Jesús

Hablar de sexualidad e Iglesia es arriesgarse peligrosamente a caer en lugares comunes y desembocar en salidas fáciles. Por una parte, las reacciones viscerales, de signo contrario pero igualmente guiadas por el prejuicio ciego, tanto de odio y repulsión hacia el cristianismo (y particularmente a la Iglesia Católica), como las de puritanismo y miedo hacia la sexualidad. Y, por otro, aquellos intentos que tratan de distinguir entre cristianismo y la ‘institución’ (regida por ancianos recalcitrantes); las voces críticas que, desde el seno cristiano, abogan por una ‘liberalización’…

Pero evitemos los lugares comunes y las salidas fáciles. Así como el cristianismo no es uno solo, monolítico, tampoco lo es la Iglesia, esa comunidad viva de creyentes con veinte siglos de compleja historia, a lo largo de la cual ha estado en perenne conflicto y contradicción con lo que debe y puede ser, con la mirada en el hoy y también en la eternidad, con el deseo en el cielo y la voluntad en la tierra, presa de la gracia y del pecado, tratando de resolver estas cuestiones a la luz de los tiempos que corren lo mismo que al resguardo de una añeja Tradición, a través de instituciones humanas y de golpes del Espíritu… y el campo de la sexualidad no ha sido la excepción.

Primero, citemos lo que dice el mismo Magisterio de la Iglesia: ‘La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea, está de tal manera marcada por la sexualidad, que ésta es parte principal entre los factores que caracterizan la vida de los hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad’. (Congregación para la doctrina de la fe, Declaración Persona humana acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, Roma, 1975. I.)

Y sí, ese documento tiene toda la razón. La sexualidad es el principal agente de vitalidad en el ser humano, la mayor fuerza de su existencia, en tanto que de ésta dependen la conciencia que tiene de sí mismo y de los demás (su ser varón o mujer), su relación con los objetos y con otras criaturas (los afectos: que generan rechazo o apego hacia algo o alguien), su capacidad de comunicación, interrelación y socialización y, por supuesto, su subsistencia misma como especie. Es decir, que la sexualidad es una fuerza tan importante y tan poderosa que ella es la herramienta de co-creación, de ella depende la generación de nuevas vidas. Y, por supuesto, la relación entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, las amistades y las enemistades, el enamoramiento y la entrega desinteresada son las expresiones por antonomasia de la sexualidad; son, precisamente, las que nos diferencian de los animales, pues no es lo mismo la maternidad o el cortejo de los animales que la canción de cuna o la historia de Romeo y Julieta, Tristán e Isolda…

Yo pregunto: ¿acaso no la fe cristiana, que anuncia a un Dios que es Amor (1 Jn IV, 8) y que se entrega a sí mismo a la muerte por amor (Jn III, 16; Jn XIII, 1; Rm V, 8; Ef II, 4-7; 1 Jn IV, 9) y que se condensa en el doble mandamiento de amor a Dios y al prójimo (Lc X, 27), perdería todo sentido sin la sexualidad humana? ¡Sin sexualidad no habría fe! Sin la energía que nos constituye como personas, que nos sale del fondo del vientre y del alma, ¿cómo ‘dar la vida por los hermanos… y permanecer en el amor de Dios’ (1 Jn III, 16)? ¿Podemos imaginarnos una Teresa de Ávila viviendo en santidad sin el Amor que la atravesaba o a Francisco de Asís negando su sexualidad, guardándose el amor por los Hombres y por las criaturas? A pesar de su apariencia pequeña y frágil, ¿no Teresa de Calcuta era un buldózer de energía sexual, de maternidad universal?

Vayamos más lejos, incluso, al mismo Dios del cristianismo, al Hijo de Dios, que asumió un cuerpo humano; de un varón, para ser exactos, con un pene y testículos, con hormonas masculinas que engrosaron su voz y lo revistieron de pelo corporal… Un ser humano con tal ardor en las entrañas que lloraba ante la muerte de su amigo Lázaro, se conmovía ante el derroche de la pecadora a sus pies, acogía en su regazo al joven Juan, se compadecía tiernamente del testarudo Pedro, sudaba sangre en su noche oscura de fe, perdonaba a sus torturadores y verdugos…

¿Por qué, entonces, esa visión tan negativa o, en el mejor de los casos, recelosa, de la sexualidad de tantos cristianos? ¿Por qué esa contradicción con su núcleo mismo (a veces herética) cuando, más todavía si, y hay que decirlo con todas sus letras, la Iglesia tiene una actitud más conciliadora (entreguista, incluso) con algo que es completamente ajeno al Dios crucificado: el poder?

La respuesta quizá sea esa serie de dicotomías, que le hacen oscilar como un péndulo hacia un extremo u otro. Su misma historia lo prueba.

Para empezar, el judaísmo desdivinizó la sexualidad y la puso en el centro de la existencia humana. Pese a los conceptos de ‘pureza’ e ‘impureza’, que pueden sonar anacrónicos, el judaísmo, siendo una religión del justo medio, unió a Dios y a los Hombres, en la generación de vidas nuevas y la realización del proyecto divino en la Creación, en la familia y en la sociedad. El cristianismo radicalizó el judaísmo en todos sus aspectos, y llevó la ética sexual judía a nuevas alturas. Devolvió la dignidad a los ‘impuros’ y a los estériles; la virginidad se alzó como un valor de protesta ante el puritanismo judío y el permisivismo pagano. Es innegable, por tanto, que el cristianismo se originó con una ética sexual muy fuerte y central para su mensaje, al mismo tiempo que quedó expuesta a los excesos de un lado y de otro.

El cristianismo medieval, en cambio, habiéndose separado del judaísmo y superado al paganismo, se estabiliza. Asume la sexualidad y tantos otros aspectos humanos como algo natural. Llega incluso a reivindicar a ese Dios humano, con un cuerpo, sexuado, lo mismo que la valía de la unión conyugal, ante los cátaros, por ejemplo, que rechazaban cualquier contacto corporal.

Esa adaptación tan natural llegó a olvidarse de la ética radical cristiana y, hasta cierto punto, originó los excesos y las ansias de cambio que llevaron a la Reforma. No es coincidencia que las distintas corrientes protestantes hayan hecho de los escándalos sexuales del cristianismo un estandarte de denuncia y programa de renovación.

Es, pues, a partir de Trento, que la Iglesia Católica emprende un arduo camino de reforma interna que durará siglos como respuesta a la crítica y al enfrentamiento con los protestantes. El péndulo oscila nuevamente a una ética fuerte, férrea y, en efecto, puritana.

Hoy en día, la Iglesia arrastra aún esas actitudes puritanas y moralinas de antaño, mientras que trata de asimilar la radical revolución sexual del siglo XX. Aprendiendo de su historia, intenta una misión casi imposible: mantener el péndulo en el medio. Quiere proponer una visión de la sexualidad fiel al mensaje evangélico, que humanice y libere: de una sólida ética que ponga al otro en el centro y que denuncie el culto al cuerpo, al placer, a la transgresión, al egoísmo y al sexo como mercancía de la posmodernidad, al tanto que la abra a ella misma a aprender del mundo, a abrazar el sexo como algo central en el plan divino (ese ‘lenguaje divino de los cuerpos’, como lo ha llamado Juan Pablo II), a romper tabúes y silencios incómodos en su interior.

La sexualidad es una energía destinada por Dios a salvar de la esterilidad no sólo a las personas, sino a las culturas y a los pueblos. La Iglesia, si ha de ser fiel a su misión en el mundo, tendrá, por tanto, que ser primero fiel a sí misma y poner esa energía como base para todo su obrar.

G. G. Jolly

11 comentarios:

Profeballa dijo...

SAludos. Me parece que quisiste decir algo màs, y que ocultas entre lìneas...
Dices: "La Iglesia, si ha de ser fiel a su misión en el mundo, tendrá, por tanto, que ser primero fiel a sí misma y poner esa energía como base para todo su obrar."

Me pregunto: ¿esa "energìa" no debe ser el Amor en vez de la sexualidad? ¿No debemos hablar del amor en la sexualidad, y tambièn en los mil aspectos humanos? En tu escrito me parece que se la da un peso inmenso a la sexualidad...

saludos

Ululatus sapiens dijo...

Carlos:

Simplemente, el amor (cristiano o de cualquier otro tipo) NO puede existir sin sexualidad. La sexualidad, como conciencia de y fundamento de toda relación humana (en tanto que implica afectos), precede a los otros mil aspectos humanos.

Y aclaro: he dicho sexualidad, NO sexo.

Anónimo dijo...

Entiendo lo que quisiste decir de la sexualidad como parte de la identidad e incluso de las capacidades o formas cognitivas de una persona y muchas otras cosas, pero entonces, ¿cuál crees que es la postura ahora? ¿Una postura quieta en el lado intolerante del péndulo? En cualquier caso me parece que tu texto sí le da mucho peso a la sexualidad y no al amor, aunque, como dijiste sin sexualidad no habría amor. También creo que parece que hablas más de sexo que de sexualidad en ese punto me parece que concordaría más contigo.

Ululatus sapiens dijo...

Sostengo que la Iglesia no es monolítica y que la forma de asimilar y tratar la sexualidad en su seno es mucho, muy distinta... contradictoria y equívoca las más de las veces.

Un ejemplo es el Magisterio mismo. Una cosa es el pensamiento personalista de Juan Pablo II en sus catequesis sobre el amor y otra cosa lo que oímos, la mayor parte del tiempo, de boca de obispos y párracos... (y me remito al caso mexicano, que es el que mejor conozco). Sé de muy buena fuente, por ejemplo, la inmensa cantidad de prejuicios con los que se topó la campaña contra el VIH en la Conferencia Episcopal, que no era otra cosa que crasa ignorancia.

Otro puede ser el tema de la castidad y el celibato en las órdenes religiosas e institutos varios. Abundan los ejemplos de órdenes y provincias que tratan a profundidad el tema, desde la psicología y la espiritualidad, como otros, cuyo nivel de represión (en todos los aspectos), llega al punto de acudir a psiquiatras que prescriban drogas para algún 'muchacho con problemas'. ¡Y ni hablemos de los centros que 'curan' la homosexualidad...!

Otra visión (y la más común) es la de confundir sexualidad y genitalidad. De allí el divorcio de los cristianos posmodernos de hoy en día, que toman la hostia los domingos y la píldora los viernes, o los cristianos fariseos que ven el ojo terrible del Dios de los Ejércitos pendiente de todo lo que pase en la alcoba. ¿Quién no se ha topado con un sacerdote cuya primera pregunta en el confesionario es: '¿Y has cometido pecados contra la "pureza"?, ¿Te has "tocado"?' o estupideces por el estilo.

Ayer mismo me encontré con un detalle, no demasiado relevante, pero sí curioso, al desvestir esculturas e imágenes de 'santos' en un templo: la 'piel' debajo de su ropa no era color carne, sino azul (como si tuvieran un leotardo) y no tenían forma ni sus caderas, cinturas, glúteos y mucho menos los genitales... Podrá ser, probablemente, una opción práctica para figuras que siempre llevaran túnicas, vestidos y ornamentos... pero he de confesar que me inquietó mucho desvestir una hermosa escultura de madera del Sagrado Corazón, de un Jesús afable y de mirada profunda, que debajo de su túnica era asexuado, sin formas ni genitales humanos, el Dios de los gnósticos y los docetistas...

O quizá sí es un síntoma de lo que escribí (y no se refiere al sexo). Que María haya sido virgen no significa que no haya tenido senos, vello púbico o menstruación, ¿o no?

Ociósofo dijo...

Ya, estoy de acuerdo contigo, perdona el anonimato del otro comentario, pero no se podía (no sé por qué) poner mi cuenta o usuario.

Phi.Lord Chandos dijo...

Creo que sí es muy necesario distinguir claramente entre sexualidad o potencia sexual y sexo.

Me parece que si bien la Iglesia jamás ha condenado la sexualidad, pues, como bien dices, es-innegablemente- parte constituyente de la esencia de la persona, el sexo, es decir, la interrelación entre los genitales, la penetración y el orgasmo, sí que ha sido condenado y hasta satanizado por grandes representantes de la tradición católica. Basta pensar la opinión que le merecía el sexo a un san Jerónimo, a un Ambrosio y hasta a un San Agustín.

Y aquí no estamos hablando de la supremacía que la Iglesia le ha reconocido a la castidad sobre el sexo (que desde mi punto de vista es válida), sino de la visión del sexo en sí.

Para muchos de los Padres (al menos los latinos), el pecado original se trasmitía por el semen. Una vez afirmado esto, resulta "normal" que el sexo hay tomado -en toda la historia del cristianismo- un cariz bastante oscuro.

Enrique dijo...

Amiguito:

Me parece que has leído mal el texto del magisterio que citas. Hay una diferencia muy grande entre "[...] la sexualidad [...] es *parte* principal *entre los factores* que caracterizan la vida de los hombres y mujeres [...]", que dice el documento, y "La sexualidad es el *principal agente* de vitalidad en el ser humano, *la mayor fuerza* de su existencia [...]", que dices tú (los destacados son míos). Y esa diferencia es importante para poder concebir el resto de tu opinión.

Creo que te caminas en el filo de la navaja en este tema, y que tal vez (lanzo una hipótesis) por querer sonar equilibrado, contemporáneo, no anquilosado ni cucufato, terminas por insinuar sin decir cosas del otro lado de la navaja.

Al igual que el primer comentarista, creo que quisiste decir algo más, y que por alguna razón no lo dices.

Saludos de un viejo amigo (hace tiempo que no pasaba por aquí). Por cierto, me perdí: ¿quién es G. G. Jolly, que ahora firma todos tus escritos?

Ululatus sapiens dijo...

Agradezco los comentarios de todos, Santiago, Alfonso y Enrique.

Primero que nada, les digo que no, que no estoy proyectando 'heridas' ni 'experiencias' personales (al menos no relevantes o de las que yo esté al tanto), ni que hay algún mensaje oculto detrás del tema. Es mi simple y llana opinión, o más bien un cuestionamiento que parte de la premisa freudiana del deseo-libido como motor de la existencia humana, a la que añado yo esa 'búsqueda de Sentido' de Viktor Frankl y llamo 'sexualidad'. Y parto de ella no tanto para declarar principios, sino lazar un cuestionamiento: ¿por qué no se pone en duda la ambigua relación de la Iglesia con el poder mientras que existen miedos y prejuicios vergonzosos en lo que a la sexualidad en general (y más aún a su expresión física) se refiere?

De nuevo: parto de la sexualidad, no del sexo (aunque, al fin y al cabo, es lo más sonado del caso). Y sí, me vuelo la barda al terreno de la sexualidad, porque sin deseo, libido o ansia de Sentido la FE no puede existir, ni mucho menos el amor.

¡Saludos a todos y gracias otra vez!

Falma Telemna dijo...

Me pareció muy interesante tu texto, es uno de los cuestionamientos que yo siempre me he hecho, tengo un primo hermano filosofo (como preparacion al sacerdocio), dos tios sacerdotes y uno que obtuvo su dispensa de votos y hoy está felizmente casado.

Es un tema dificil, y en efecto, creo que con frecuencia la jerarquia (porque sigo creyendo que la iglesia somos todos los que hemos decidido formar parte y a pesar de años de reflexión sigo cuestionandome sobre el papel de la sexualidad.

Uno de los elementos queme han parecido más liberadores es el del amor cortés, como expresión de la sublimación de esa sexualidad en forma de amor platónico.

Y uno de los elementos que más esperanza me dan actualmente, es el movimieno de Somos Iglesia (seguro lo conoces, pero, por si no, acá te pongo la liga: http://www.somosiglesia.net/)

p.s. ya escribí mucho, perdón.

Ululatus sapiens dijo...

Falma:

¡Es un honor que me dejen comentarios! ¡No tienen límite de extensión! ¡Qué mejor que una respuesta en forma; me siento halagado!

Sí, sí conozco ese movimiento... y tengo mis dudas, puesto que yo que soy demócrata convencido, me doy cuenta que los principios democráticos son muy nuevos y distantes de la tradición cristiana (lo que no quiere decir que apoye yo el clericalismo y el autoritarismo de la jerarquía).

¡Saludos a todos y gracias por escribir!

Anónimo dijo...

Me gusta lo expuesto, sólo pediría que se citen más las fuentes y que los argumenos sean más claros al igual que los términos, ya que sexualidad puede interpretarse de distintas maneras.