martes, julio 14, 2009

Sobre el sacramento de la penitencia

Alguna vez le oí lo siguiente a un enjundioso (y quizá algo exagerado) jesuita que rozaba los ochenta años, con un tono que va a lo que va, sin importar los matices, al Evangelio puro y duro (demasiado duro, incluso, como Juan Bautista, Ecequiel o Amós). Me abstengo de decir más y se los dejo a consideración:

‘Durante treinta años me senté cada sábado en el confesionario por varias horas, y fue siempre la misma cantaleta:
—Padre, le estoy poniendo los cuernos a mi esposo.

Padre, me masturbo frecuentemente.

—Padre, falté a misa dos domingos y comulgué sin haberme confesado.
¡Y nunca, nunca de los nuncas oí un solo pecado contra la Justicia!
Padre, le pago una miseria a mis obreros, pero yo acabo de cambiar de coche.

—Padre, trato mal a mi sirvienta; no me gusta su aspecto, porque es indígena.

—Padre, yo conté los votos de la elección de mi sindicato y cambié los números porque acepté un soborno.
Después de esos 30 años, dejé de confesar gente.’

G. G. Jolly

3 comentarios:

Ociósofo dijo...

Pues muy sabio el viejo. Una vez me confesé en la villa, te preguntaba todo, te enseñaba a ver realmente tus pecados. Aunque también me ha tocado el otro extremo:

-¿No mataste a nadie? ¿Tuviste sexo? ¿Te drogas?
-No.
-Entonces vete.

¿Qué se le hace? Así es la viña del Señor.

eljustomedio dijo...

Sí, como dice Ociósofo, es quizás en los curas en donde más fácil se encuentre la variedad de especies de cristianos.
Pero este jesuita, qué jesuítico. Como Léon Bloy. Aunque no le guste.

natalia dijo...

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saludos!