viernes, noviembre 16, 2007

¡Feliz cumpleaños número 100, Peru!

En este día, fiesta de San José de Pignatelli, SJ, la Compañía de Jesús llega al clímax del año 2007, denominado ‘Año Arrupe’, pues se conmemora el centenario del natalicio del padre Pedro Arrupe Gondra, SJ, Prepósito General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1981 y XXVII sucesor de San Ignacio de Loyola.

Arrupe es un personaje crucial para la Iglesia de nuestro tiempo, nada menos que un profeta en pleno siglo XX. Sus contribuciones a la renovación de la vida religiosa y la reforma radical de la orden que le tocó gobernar son inestimables, y aún incuantificables. Don Pedro liberó a la Compañía de Jesús de los rigidismos y añadiduras de tiempos de San Francisco de Borja, SJ, así como del conformismo servil y el miedo de la Compañía restaurada en 1814 y del autoritarismo de los dos generales que le precedieron. Siguió la letra del Concilio al regresar a las fuentes, desempolvando las Constituciones y los escritos de San Ignacio de Loyola, redescubriendo un modo de proceder más fiel a lo genuinamente ignaciano, afianzado en Dios y con libertad absoluta. Con semejante revolución y con los jesuitas situados en las trincheras de vanguardia, entre el posconcilio y la modernidad, los costos habrían de ser muy altos, claro está: 8 mil jesuitas abandonaron la orden y cuatro decenas sufrieron el martirio, sin dejar de mencionar los constantes problemas, encontronazos e incomprensiones con Roma, a veces sabia, otras demasiado cautelosa y, algunas más, llanamente reaccionaria.

Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del giro decisivo e irreversible de la 3ª Compañía (la de Arrupe): el compromiso radical en ‘la lucha crucial de nuestros tiempos: el servicio de la fe y la promoción de la justicia’ y la opción preferencial por los pobres, definidas por la XXXII Congregación General, en 1974. Por último, hay que resaltar su inquebrantable fe en Dios, su fidelidad en el seguimiento de Jesús, su estilo paternal y colegiado de gobernar, la confianza en cada uno de sus jesuitas y su incuestionable pertenencia eclesial. ‘El padre Arrupe fue un hombre de Dios, un hombre de los hombres y un hombre de la historia’ (en palabras de su compatriota vasco, Ignacio Ellacuría, SJ), que creía en la Humanidad y en la posibilidad de un mundo mejor a pesar de haber vivido Hiroshima, y su centenario es, por tanto, una fecha de gran regocijo para mí, pues le doy la razón a otro vasco, Jon Sobrino, SJ: ‘Pedro Arrupe ha ayudado a la Compañía a ser un poco más de Jesús’. ¡Feliz cumpleaños, Peru!

Biografía

Pedro nació el 14 de noviembre de 1907, en Bilbao, País Vasco. Estudió con los padres escolapios hasta 1922. Miembro desde 1918 de la Congregación Mariana de San Estanislao de Kotska. Cesudo y dedicado estudiante de medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid. Tras la muerte de su padre y un viaje al santuario de Lourdes, donde presencia tres milagros, en 1926, decide hacerse jesuita. Ingresa en el noviciado de Loyola en enero de 1927. Poco después de iniciada la filosofía, en 1932, el gobierno de la República expulsa a la Compañía de España, por lo que Pedro continúa sus estudios en Bélgica y Holanda, hasta ser ordenado sacerdote en 1936. Ese mismo año, interviene en el Congreso Internacional de Eugenesia, ya que estaba por especializarse en bioética. Se traslada entonces a EE. UU. Para estudiar Moral Médica en las universidades de San Luis y Cleveland. Realiza trabajo pastoral en una penitenciaría.

En 1938 su ‘sueño’ se cumple: el Padre General le destina a la misión del Japón. Luego de varios meses de aprendizaje de la difícil lengua japonesa y de encontronazos con la cultura local, es destinado a la parroquia de Yamaguchi. En 1942, es nombrado maestro de novicios, en Nagatsuka, cerca de Hiroshima, donde, el 6 de agosto de 1945, vivirá en carne propia el primer ataque nuclear de la Historia.

En 1954, se convierte en el provincial de Japón. Da varias veces la vuelta al mundo para recabar fondos para la misión de su provincia, hasta que, en la XXXI Congregación General, en 1965, es electo General de la orden, a tiempo para participar en la clausura del Concilio Vaticano II, que le tocará impulsar e implementar durante los siguientes años.

En 1981, sufre una trombosis cerebral que le deja paralizado. El Papa Juan Pablo II interviene de forma ilegal y arbitraria nombrando un delegado personal para gobernar la Compañía, que así lo hace hasta 1983, cuando los miembros de la XXXIII Congregación General eligen un nuevo General, el p. Peter Hans Kolvenbach, SJ. El Padre Arrupe pasa sus últimos años debilitado y enfermo, aunque feliz y en paz, hasta que es llamado definitivamente a la Casa del Padre, el 5 de febrero de 1991.

Escritos sobre Arrupe:

‘Dios, mundo, misión: el sentido de la renovación arrupista’ por Ignacio Ellacuría, SJ

‘Hombre de Dios y hombre de los hombres’ por Jon Sobrino, SJ

‘Carta no enviada a Pedro Arrupe’ por José Ignacio González-Faus, SJ

G. G. Jolly, nSJ

2 comentarios:

Anónimo dijo...
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joseph dijo...
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