jueves, enero 30, 2014

La vocación cristiana como martirio, según Hans Urs von Balthasar



Puesto que Jesús, Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por él y por sus hermanos (cf. I Jn 3, 16; Jn XV, 13). Pues bien: ya desde los primeros tiempos, algunos cristianos se vieron llamados, y otros se verán llamados siempre, a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores. El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a él en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 5, 42.
¿Por qué no predijo Jesucristo a sus seguidores otro destino que el suyo: persecución, fracaso y pasión? Cierto que, brillantemente estilizado por el Espíritu Santo, el gran discurso de misión al final de Mateo, da un mandato universal que abarca todos los tiempos y espacios, todas las civilizaciones de la actualidad y del futuro. Pero un mandato no es de por sí lo mismo que una garantía de que se llevará a cabo hasta el fin. Las más grandes obras humanas son a menudo las que hacen barruntar algo enorme, y luego, prematuramente, se interrumpen. Además hay en este mandato una exigencia tal sobre las fuerzas humanas, que se acerca ya mucho a la idea de la pasión. Sobre todo si se considera que los cristianos son enviados como corderos entre lobos, imagen espantosa si se toma uno el trabajo de reflexionar un momento sobre lo que enuncia: no sólo la ausencia de toda ayuda y de toda arma del cordero enviado, sino la voracidad natural y, por ende, infalible e inextirpable del lobo. El discurso de misión de Mateo X, que contiene las instrucciones de ejecución, realistas y detalladas, para el idealismo de Mateo XXVIII, 19-20, toma ocasión de la sentencia sobre lobos y corderos para una doble serie de dichos que se entrelazan entre sí como un mechón de cabellos. La una está bajo la advertencia: «¡Cuidado!», y contiene las más sombrías predicciones: X, 17.18.21.22.34.35.36; la otra bajo el mandato: «¡No temáis!», y contiene las más bellas promesas: X, 19-20.26.28.31.40-42.

Annibale Carracci, La lapidación de San Esteban, 1604.

Ambas series parecen contradecirse claramente, pues en las advertencias se incluye siempre, abierta o implícitamente, la situación de la muerte. Ya en la sentencia sobre corderos y lobos está claramente insinuada. El que no la encuentre con bastante univocidad en la entrega (parádosis) a los tribunales, en las flagelaciones y comparecencias ante gobernadores y reyes, ahí tiene a Juan que se lo aclara: «Todo el que os mate creerá que presta un servicio a Dios» (16, 2). Sin embargo, en el v. 21 la parádosis como tal se designa como entrega a la muerte: el hermano entrega a la muerte a su hermano, el padre al hijo, los hijos a los padres. En el v. 8 se habla de «matar el cuerpo» en contraste con «matar el alma», cosa que sólo compete a Dios (por la condenación). La espada (v. 34 s) que separa a los hombres no quita importancia a la situación de muerte, sino que muestra sus supuestos y proporciones internas: el odio (v. 22; Jn XV, 18), lo insoportable de la confesión de la fe (martyrion, Mt X, 18; cf. 32-33).

Mientras la serie de advertencias habla indubitablemente de la situación de muerte, la serie de promesas parece excluirla de nuevo: «Mas el que perseverare hasta el fin, se salvará» (v. 22); los pájaros están en manos del Padre, cuánto más el confesor del Hijo (v. 29-31). Es como si al Señor, al hablar así, no le importara ver aquí la contradicción, y mucho menos resolverla. Y así el lugar desde el que habla y emite uniformemente las sentencias entretejidas, el lugar que hace así inteligible el conjunto, es el lugar en que está él mismo. «Si el mundo os aborrece, sabed que antes me ha aborrecido a mí», se aclara en Juan y se remite expresamente al discurso de misión en Mateo: «Recordad la palabra que os dije: no es el criado más que su amo. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn XV, 18.20).

Esta palabra, aquí recordada, tiene en Mateo una latitud casi magnificente: 
No es. el discípulo más que su maestro, ni el criado más que su amo. Bástale al discípulo llegar a ser como su maestro, y al criado como su amo. Sí al amo de casa lo motejaron de Beelzebul, ¡cuánto más a su familia! (v. 24-25).
Esta gradación («¡cuánto más!») pudiera sorprender, pues a juzgar por lo que se dice de maestro y discípulo, pudiera pensarse que Jesús no sería alcanzado nunca o difícilmente por sus seguidores. Pero esta vez, por desgracia, es más que alcanzado: «Si a mí me aborrecen sin razón» (Jn XV, 25), también para vosotros será gracia y honor supremo «ser aborrecidos por todos por mi nombre» (Mt X, 22), por mucha razón que haya para aborreceros por otras razones y llamaros príncipes de los demonios.

Sin embargo, no es esto lo que ahora aparece en primer término, sino el dicho final, que da la clave para el conjunto:

El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo y a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que gane su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa mía, la ganará (Mt X, 37-39).
Aquí se ve claro que la advertencia contra los hombres («¡guardaos de los hombres!», Mt X, 17) no significa una eventualidad, sino lo inevitable, pues a par de la decisión absoluta por Cristo, se toma la otra de «odio del mundo». ¿Por qué? Pudiera desde luego pensarse que el asunto entre «hijo y padre, hija y madre, nuera y suegra» (v. 35) no tendría por qué arreglarse de esta manera hostil; pudiera, en efecto, componerse todo por las buenas en un mundo tolerante y pluralista con espíritu recíproco de «vivir y dejar vivir», y quién sabe si no será este uno de tantos puntos en que la cristiandad evolucionada de hoy ha ido más allá que su propio fundador. Pero desafortunadamente, el fundador de la cristiandad deshace el sueño de «ir más allá» (v. 25), lo mismo que el de la «coexistencia pacífica» por el hecho de que declara intemporal, por encima del tiempo, su «cruz» histórica (v. 38) y hace de ella forma permanente de vida para quienes quieran seguirle. El que quiere seguirle, prefiere a Jesús, que vale más que padre y madre, hijo e hija, v. 37; y el que prefiere a Jesús, escoge la cruz como el lugar en que el morir no es eventualidad, sino tan seguro como la muerte.

Y, a esta luz, la frase final ilumina la paradoja de todo el discurso: «El que quiera ganar su vida, la perderá». El que quiere meter junto a Cristo, como conditio sine qua non, a sí mismo y su familia, sus amigos, su profesión, sus preocupaciones por el pueblo, el estado, la cultura, el mundo, lo presente y lo por venir (mellonta, Rm VIII, 38), so pretexto de que, a la postre, todo eso son cosas buenas creadas por Dios y que el orden de la redención no puede estar en pugna con el de la creación, como que Dios mismo aspira a una síntesis de ambos, el Hombre tiene derecho a hacer lo mismo; es más, el orden de la redención nos instruye sobre preocuparnos de todo eso, señaladamente de nuestro prójimo; ese tal, decimos (o dice el Señor), perderá su vida, entiéndase lo que se quiera por esa vida: la existencia en medio de todos esos bienes terrenos, dignos de estimación (con exclusión de Jesús) o, lo que realmente viene a parar a lo mismo, la vida entre esos bienes dentro de una síntesis dispuesta por uno mismo y sentada como conditio sine qua non (con inclusión de Jesús). En el primer caso, perderá uno su vida terrena, a más tardar, en la hora de la muerte; y en el segundo, la perderá aún más a fondo y dolorosamente, pues aquella síntesis de propio cuño está muerta en sentido malo y estéril y, partiendo de ella, no puede vivirse ni auténtica vida de mundo ni auténtica vida cristiana. «Mas el que pierda su vida por causa mía, la ganará» (Mt XVI, 25; Mc VIII, 34-35; Lv 17, 33). «Por causa mía» es lo tajante (la «espada», Mt X, 34) que engendra por sí la inesperada unificación y síntesis: el que apuesta a lo uno, lo gana todo; de forma, eso sí, que tenga que contar con la pérdida de todo lo que no sea lo uno. 

El punto desde el que aquí se habla y al que expresamente se nos invita, es la cruz. Aquí resulta indiferente que se hable de la pérdida de todo lo terreno, incluso de la vida, o de la inesperada conservación, salvación final y seguridad en manos del Padre; ambas cosas han venido a ser hasta tal punto una y misma cosa, que ya no tiene importancia la manera como se exprese. Es el punto en Jesucristo y, por él, en nosotros, en que de la muerte sale la vida; en que de la entrega del espíritu al Padre, sale el Espíritu Santo:

Mas cuando os entregaren, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis, pues en aquel momento se os dará lo que hayáis de hablar. Porque no sois vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros (Mt 10, 19-20).[1]

Tomado de: Hans Urs von Balthasar, Seriedad con las cosas, Salamanca, Sígueme, 1968. pp. 13-18.





[1] Josef Schmid resume el contenido del discurso con bella sencillez: «La idea capital es que el sufrir de múltiples formas, el desprendimiento de los seres más queridos, la persecución y, finalmente, el martirio entran en el destino de los discípulos. Que ello sea así, tiene su razón en la persona de Jesús que fuerza a los hombres a decidirse por él o contra él. El es, por su persona y su palabra, la revelación de Dios que nadie puede ignorar. Por eso, a los que le confiesan, los persigue necesariamente el odio de todos los otros. Serán aborrecidos de todos por razón de su nombre (v. 22). Ello quiere decir que los mártires no los hace una mala inteligencia de los hombres, sino una necesidad divina. El martirio, en que culmina, de un lado, el odio del «mundo» contra los discípulos y, de otro, la cualidad de ser discípulos, tiene su razón de ser en el escándalo que son para el mundo la persona de Jesús y el evangelio. Ahora bien, como nadie puede hacerse discípulo de Jesús, sin ser llamado por éste, de ahí que no hagan mártires las convicciones humanas ni siquiera el fervor humano por la fe; no, es Jesús mismo el que llama al martirio y hace así de éste una gracia especial. Y por esta razón, las palabras que el mártir pronuncia delante de los órganos del poder público, no son palabras humanas, mera confesión de una convicción humana, sino palabras que dice el Espíritu Santo por boca de los confesores de Jesús» (v. 20). Cfr. J. Schmid, El evangelio según san Mateo. Herder, Barcelona, 1967.