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martes, abril 03, 2007

‘¿Dónde estás, Adán?’

Ary Stillman, Rabbi.

El rabino Shnuer Zalman, de Rusia del norte, muerto en 1813, fue encarcelado en San Petersburgo porque sus adversarios habían denunciado sus principios y su modalidad de vida. Se hallaba esperando el juicio cuando el jefe de los gendarmes entró en su celda. El rabino, con su majestuosa y tranquila expresión, estaba a tal punto sumido en sus meditaciones, que al principio no percibió la llegada de su visita. El jefe, un hombre perceptivo, se dio cuenta de la clase de persona que tenía ante sí. Comenzó a conversar con el prisionero y trajo una serie de cuestiones que le habían surgido mientras leía las escrituras. Finalmente interrogó: ‘¿Cómo debemos entender el hecho de que Dios, que todo lo sabe, pregunte a Adán: “¿Dónde te encuentras?”’ [Gn III, 9].

—Crees tú —contestó el rabino— que las escrituras son eternas y que todas las épocas, todas las generaciones y todos los hombres están incluidos en ella?

—Creo que sí —dijo el otro—.

—Pues bien —dijo el zaddik (nombre que reciben los líderes o rabinos de las comunidades jasídicas)—, en cada época Dios llama a cada hombre: ‘¿dónde estáis en vuestro mundo? Tantos años y días han pasado y, ¿cuán lejos habéis avanzado en vuestro mundo?’ Dios dice algo así como: ‘Has vivido 46 años, y ¿cuán lejos has llegado?’.

Cuando el jefe de los gendarmes le oyó mencionar su edad tuvo un sobresalto, apoyó la mano en el hombro del rabino y dijo: ‘¡Bravo!’, pero su corazón temblaba’.

¿Qué ocurre con este cuento?

Al principio nos recuerda ciertos cuentos talmúdicos en los cuales un romano o algún pagano interroga acerca de un fragmento bíblico con la intención de señalar una supuesta contradicción en la doctrina religiosa judía. Normalmente se responde explicando que tal contradicción no existe, o se refuta de alguna otra manera, agregando algunas veces a la respuesta una advertencia. Pero de inmediato advertimos una gran diferencia entre aquellos cuentos talmúdicos y esta narración jasídica. Esta diferencia consiste en el hecho de que en el cuento jasídico la respuesta está dada en un nivel distinto al que fue planteada.

El jefe quiere indicar una contradicción en la doctrina judía. Los judíos creen en un Dios que todo lo sabe, pero en la Biblia Dios hace preguntas que son características de aquel que quiere aprender algo que no conoce. Dios busca a Adán que se ha escondido. Lo llama en el jardín, preguntando dónde está; puede parecer entonces que lo ignora, que es posible esconderse de su presencia, y en consecuencia, que Dios no es omnisciente. Ahora, en lugar de explicar el fragmento y resolver la aparente contradicción, el rabino toma el texto sólo como un punto de partida desde donde procede a cuestionar al jefe de su vida pasada, su falta de seriedad, su inconsistencia y su irresponsabilidad. Una pregunta impersonal que, aun con toda la seriedad con que pudiera ser formulada, no es en realidad una pregunta genuina, sino meramente una forma de controversia, pide una respuesta personal, o más bien, una admonición personal en lugar de una respuesta. Por lo tanto, nos da la impresión de que lo único que perdura en este tipo de respuestas talmúdicas es la advertencia que muchas veces la acompañaba.

Pero examinemos la anécdota más de cerca. El jefe quiere informarse acerca de un fragmento de las historias de Adán. La respuesta del rabino significa, efectivamente: ‘Tú mismo eres Adán, tú eres el hombre a quien Dios pregunta: ¿dónde estás?’. De este modo puede parecer que la respuesta no da ninguna explicación del fragmento como tal. Sin embargo, arroja luz no sólo sobre la situación de Adán, sino sobre la de todo hombre en todo lugar y momento. Porque tan pronto como el jefe escucha y comprende que la pregunta bíblica está dirigida a él, es inevitable que vea el significado que vea el significado de la pregunta de Dios: ¿dónde estás?, ya sea que la pregunta esté dirigida a Adán o a cualquier otro hombre. Al preguntar, Dios no espera aprender algo que no conoce; lo que anhela es producir un efecto en el hombre que sólo una pregunta de esta índole puede producir. Busca llegar al corazón del hombre siempre y cuando el hombre le permita llegar a su corazón.

Adán se esconde para evitar rendir cuentas, para escapar de la responsabilidad por su modo de vivir. Todo hombre se esconde con el mismo propósito, porque todo hombre es Adán y se encuentra en su situación. Para escapar de la responsabilidad de su vida, el hombre convierte la existencia en un sistema de ocultamientos. Y al esconderse de este modo una y otra vez ‘de la presencia de Dios’, el ser humano se sumerge en una alineación cada vez más profunda. De este modo surge una nueva situación, que se vuelve cada vez más cuestionable con cada nuevo escondite. Esto puede definirse concisamente del siguiente modo: el hombre no se puede escapar de la visión de Dios, pero al tratar de esconderse de Él, se está escondiendo de sí mismo. Es cierto que dentro del hombre también hay algo que busca, pero él lo hace cada vez más difícil para que ese algo lo encuentre. Esta pregunta está formulada para despertar al hombre y destruir su sistema de ocultamientos; es para mostrar al hombre la posición en que se encuentra y despertar en él la fuerza de voluntad para salir de ella.

Todo depende ahora de si el hombre enfrenta la pregunta. Por supuesto, el corazón de cada hombre, así como el del jefe, va a temblar cuando escuche la pregunta. Pero su sistema de ocultamiento lo ayudará a sobreponerse a esta emoción. Esto sucede porque la Voz no viene como un trueno que amenaza la existencia del hombre; sino como un suave y pequeño murmullo, fácil de ahogar. En tanto esto ocurra, la vida del hombre no se convertirá en un camino. Sea cual fuere el éxito o el placer que pueda lograr, las acciones que realice o el poder que consiga, su vida deambulará sin camino, en tanto no enfrente la voz. Adán la enfrenta, percibe el grado de sumergimiento y confiesa ‘Estuve escondido’. Éste es el comienzo del camino del hombre. La decisiva búsqueda dentro de nuestro corazón es una y otra vez el comienzo del camino en la vida del hombre. Esta búsqueda dentro de nuestro corazón es decisiva sólo si se convierte en el camino. Hay también una búsqueda estéril de uno mismo que no conduce a otra cosa que al sufrimiento, a la desesperación y a un sumergimiento aún mayor. Cuando el rabino de Ger enseñaba las escrituras se encontró con las palabras con que Jacob se dirigió a su criado: ‘Cuando Esaú, mi hermano, te encuentre y te pregunte: “¿Quién eres, adónde vas y quiénes son estos hombres que te rodean?”’, él le decía a sus discípulos: ‘Observen con atención cuán similares son las preguntas de Esaú con los dichos de nuestros sabios: “Sabed de dónde venís, hacia dónde vais y quién tendréis que rendir cuentas”. Se debe ser muy cuidadoso en la consideración de estas cuestiones, porque bien puede ocurrir que el mismo Esaú formule las preguntas y suma al hombre en la desesperación’.

Hay una pregunta demoníaca, espuria, que imita la pregunta de Dios, la pregunta por la Verdad. Su característica es que no se detiene en la frase ‘¿dónde estás?’, sino que continúa: ‘no hay salida del lugar a donde has llegado’. Esta es una búsqueda equivocada dentro del corazón de uno, no alienta al hombre a cambiar, ni le pone en camino. Esta falta de esperanza y la representación como algo completamente imposible, lleva al hombre a vivir en sus sistemas de ocultamientos sostenido únicamente por un orgullo alienante.

Tomado de: Martin Buber, ‘El camino del hombre según las enseñanzas del jasidismo’, en El camino del hombre, Buenos Aires, Altamira, 2003. pp. 59-63.

martes, octubre 17, 2006

Nuestros verdaderos hermanos en la fe

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Siguiendo con mis artículos sobre el judaísmo, me gustaría ratificar cómo los hijos del pueblo de Israel son, verdaderamente, nuestros hermanos en la fe, con los que los católicos tenemos más en común que con los fieles de cualquier otra religión no-cristiana. Por ejemplo, los 13 preceptos básicos del judaísmo, su ‘credo’, leídos a profundidad, no contradicen en absoluto, más bien afirman, las creencias de la Iglesia.

En su comentario al décimo capítulo de la Mishná, en el tratado del Sanedrín, el ilustre rabí Moshé ben Maimón (1135-1204), el equivalente de San Agustín y Santo Tomás de Aquino del judaísmo, enumera los siguientes artículos de fe, conocidos como Ani ma’amin, ‘yo creo’:

‘Creo con toda mi fe que el Creador, Bendito sea su Nombre…

1. Crea y guía a todas las criaturas, y que Él solo ha hecho, hace y hará todo la que hay en el universo.
2. Es único, y que nada es único como Él en ningún sentido, y que sólo Él es, fue y será mi Dios.
3. No es un cuerpo y no está sujeto al mundo físico, y que no existe criatura alguna que se le parezca.
4. Es el primero y será el último.
5. Es el único a quien es apropiado rezar, y que no hay otro al que sea apropiado rezar.
6. Que todas las palabras de los profetas son verdad.
7. Que la profecía de Moisés, nuestro Maestro, que en paz descanse su alma, era verdadera, y que él era el más grande de los profetas, tanto aquellos que le precedieron como los que le siguieron.
8. Que la Torá que tenemos en las manos es la que fue entregada a Moisés, nuestro Maestro, que en paz descanse.
9. Que esta Torá no será cambiada, ni habrá otra Torá entregada por el Creador, Bendito sea su Nombre.
10. Que el Creador, Bendito sea su Nombre, conoce todos los hechos de los hombres y todos sus pensamientos, como está escrito: “Él forma sus corazones juntos; Él comprende todos sus actos” (Salmo XXXV, 15).
11. Que el Creador, Bendito sea su Nombre, obra a favor de quienes observan sus mandamientos y castiga a quienes transgreden sus mandamientos.
12. En el advenimiento del Mesías, y aunque tardara, yo no dejo de esperar su venida cada día con su venida.
13. Que habrá una resurrección de los muertos el día en que se haga la Voluntad del Creador, Bendito sea y ensalzado su Nombre por toda la eternidad’.

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G. G. Jolly

El sentido del ateísmo

Marc Chagall, Sol sobre París, ?.

Según un relato jasídico:

‘Una vez, un discípulo se dirigió a su rabí:
—Maestro, ¿todo en este mundo tiene un motivo?
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el propósito para que exista el ateísmo?
—Cuando un pobre hombre se dirige a ti y pide ayuda, ¡entonces sé un ateo! ¡No le digas a esa persona que Dios le ayudará! ¡Actúa como si no existiese nadie que pueda ayudar, excepto tú!’.

martes, octubre 10, 2006

Reflexiones sobre la Torá

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‘Cuenta la historia que un hombre, montado en su burro, fue a ver al rabí Yosef ben Akivá (50-135 d.C.) y le dijo: “Rabí, quiero aprender la Torá de una sola vez”. Y éste le respondió: “Nuestro maestro Moisés permaneció en el monte Sinaí durante cuarenta días y cuarenta noches, ¿y tú quieres que yo te enseñe la Torá en un día? Pues bien, éste es su principio básico: ‘No obres con el prójimo como no quieres que lo hagan contigo”’.(1)

Una historia similar, pero más famosa, cuenta acerca de un pagano que le dijo al rabí Hillel el Viejo (hacia el siglo I a.C. - siglo I d.C.) que se convertiría en judío si podía enseñarle la Torá mientras se sostenía en un pie. Hillel le contestó: ‘No hagas a tu prójimo lo que es odioso para ti: eso es toda la Torá. El resto es comentario… ve y estúdialo’.(2)

En el siglo XIII, rabí Simlai se expresó así de la Torá:

‘Seiscientos trece mandamientos le fueron impartidos a Moisés, trescientos sesenta y cinco negativos (correspondientes al número de los días del calendario), y doscientos cuarenta y ocho positivos (referidos al número de huesos del cuerpo humano). Llegó David y los redujo a doce en el Salmo XV:

“Señor, ¿quién morará en tu tienda?
¿quién habitará en tu santo monte?

El que anda sin tacha,
y obra la justicia;
que dice la verdad de corazón,
y no calumnia con su lengua;

que no daña a su hermano,
ni hace agravio al prójimo;
con menosprecio mira al réprobo,
mas honra a los que temen al Señor;

que jura en su perjuicio y no retracta,
no presta a usura su dinero,
ni acepta soborno en daño de inocente.
Quien obra así jamás vacilará.”

Después, otro rabí reduce los mandamientos a tres:

‘Fue dicho, Hombre, lo que es bueno y lo que el Señor pide de ti: obrar únicamente en forma justa, ser misericordioso y caminar humildemente junto a Dios (Miqueas VI, 8)’.

Y el Midrash (la exégesis de la Tanáj, o sea, la Biblia hebrea) concluye:

‘Luego llegó Amós y redujo el mandamiento a uno, así como está escrito (Amós V, 4): “Búscame, y vive”. El rabí Nahman ben Isaac propone una conclusión alternativa: ‘Habakuk también redujo el mandamiento a uno (Habacuc II, 4): “Los hombres rectos vivirán por su fe”’.(3)

Finalmente, para evitar reduccionismos absurdos, habría que citar dos Midrashim más:(4)

‘Nunca permitas que la Torá sea un mandato anticuado para ti. Debe ser algo nuevo, actual, de dos o tres días de antigüedad… Ben Azzai dijo: “No antigua… sino una mandato dado ¡hoy mismo!’.

‘¿Cuándo fue concebida la Torá? Fue conocida cuando cada persona la recibió’.

(1) citado en Emil L. Fackenheim, ¿Qué es el judaísmo? Una interpretación histórica, Buenos Aires: Lilmod, 2005. p. 21.
(2) citado en Paul Jonson, La historia de los judíos, Barcelona: Vergara, 2003. p. 156.
(3) Emil L. Fackenheim, Op. Cit. p. 21-22.
(4) Emil L. Fackenheim, Op. Cit. p. 31.

domingo, julio 16, 2006

Reflexiones sobre Dios (VI)

Para continuar con Pinchas Lapide y sus reflexiones sobre Dios (ver las anteriores: I, II, III, IV y V).

‘PL: Tanto Elohim como Adonai, los principales nombres atribuidos a Dios, tienen forma plural. Los nombres de Dios aparecen en plural, pero, en su actuación, se conjugan sólo en singular. Nos hallamos pues, al mismo tiempo, frente a la pluralidad de las formas de actuación de Dios y ante la singularidad de su unidad y unicidad.

La unitas multiplex de Santo Tomás de Aquino sería, por tanto, plenamente compatible con el pensamiento judío. En nuestra visión, no hemos impuesto ninguna limitación a Dios. No olvidemos que la revelación de Dios, fundamental para el judaísmo, se halla expresada básicamente en las palabras de la teofanía de la zarza ardiendo: [YHWH] “Yo estaré allí como el que seré”, lo que significa varias cosas al mismo tiempo: Yo, y ningún otro del que quepa fiarse, estaré, por lo que nadie puede prever de qué forma me van a encontrar, si en lo más íntimo de sí mismo o en la normatividad de los fenómenos del universo, lo que para [Albert] Einstein constituía una cada día nueva revelación de Dios.

VF: …“como el que estaré ahí”: no sólo lo podéis saber, sino que tampoco podéis saber en cuántas formas distintas.

PL: Pluralidad como forma de manifestación. De ahí que estas palabras de la revelación de Dios constituyan para los judíos creyentes la única definición de Dios.

VF: Algo semejante parece haber intentado [Adolf] Hitler, que solía iniciar sus discursos con el siguiente eslogan: “¡De una u otra forma estaré ahí, de una u otra forma! Pero nunca sabréis cómo”.

PL: En última instancia, Hitler quería destronar a Dios para entronizarse como Señor de vida y muerte. La respuesta del cielo fue la misma que la que el profeta Ecequiel hizo llegar al enloquecido rey de Tiro: “Por haber equiparado tu corazón al corazón de Dios, por eso, yo voy a traer contra ti a extranjeros, a los más violentos de entre las naciones, que desenvainarán sus espadas contra tu bella sabiduría y profanarán tu esplendor. Te harán bajar a la fosa, morirás de muerte violenta” (Ez XXVIII, 6 ss.). Así se escribió en Jerusalén hace 2.500 años, y así sucedió también en Berlín en abril de 1945. Los que se endiosan y quieren hacerse absolutos, vienen a acabar como bestias. Eso es lo evidenciado una vez más por Hitler como el último de la larga cadena de endiosados tiranos de la humanidad. Y esperemos que no hagan falta más ejemplos de lo mismo. La lección es instructiva: dondequiera que se haya desdivinizado al cielo, se habrá terminado por deshumanizar al hombre.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 126-128.

Reflexiones sobre Dios (V)

Para continuar con Pinchas Lapide y sus reflexiones sobre Dios (ver las anteriores: I, II, III y IV).


‘Cuando Immanuel Kant propuso sus tres famosas preguntas, ¿qué podemos saber?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué nos cabe esperar?, consideró que las tres se resumían en una cuestión cardinal: ¿qué es el hombre?

La Biblia hebrea, que sin duda nos ofrece la más amplia reflexión sobre esta antiquísima cuestión, lo llama “Adam”, porque él y sus descendientes fuimos formados de barro (adamah), es decir, de la tierra, y por tanto es un “terrestre”, como dijo [Martin] Buber, a quien se ha infundido un aliento de la divinidad. La figura humana no es utópica ni desesperada. El primer terrestre que tuvo una hermano lo asesinó y, a pesar del diluvio, de la torre de Babel y de la corrupción moral, los descendientes de Adán se convirtieron en socios de la Alianza con Dios.

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal VIII, 2). Son los ángeles quienes dirigen a Dios esta despectiva pregunta con respecto al hombre, ante lo cual el Creador –según la tradición judía– se presenta como abogado de su criatura. Pues, según una antiquísima leyenda, el segundo día Dios creó los coros de los ángeles, con su inclinación natural al bien y su incapacidad de pecar. Al día siguiente creó a los animales, con sus apetitos instintivos, pero en ninguno de los dos halló beneplácito. “Voy a hacer al hombre”, dijo el Señor del mundo, “como animal-ángel para que pueda elegir entre el bien y el mal, entre la maldición y la bendición”. Y ahí lo tenemos: un manojo de contradicciones de carne y de sangre, imagen de Dios y terrón de barro, socio de Dios y de su antagonista, ligado a la tierra y atraído por el cielo, constructor de cámaras de gas y víctima de ellas, amante de la paz y emprendedor de guerras, signo de admiración entre arriba y abajo cuando todo va bien y funesto interrogante cuando caen sobre él aflicciones a las que no escapa ningún hijo de Adán.

[Friedrich] Nietzsche llegó a decir que el hombre debe ser superado, en lo que coincide con Blaise Pascal cuando sostiene que el hombre trasciende infinitamente a los hombres. Ambos tienen a la vista la misma elemental verdad rabínica: Dios ha creado todas las cosas, pero al hombre lo creó destinado a la esperanza. Lo que significa que el hombre no ha de contentarse consigo mismo y con el mundo tal como son, sino que puede y debe ennoblecerlos a ambos. Necesita para ello el apoyo de una verdad de la Biblia, de más profundo calado que lo que parece a primera vista: “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn II, 18). Para comprender dicha verdad en toda su profundidad, los maestros de la Cábala preguntan por qué creó Dios el mundo. Y responden: “Por amor, pues tampoco el Señor del mundo quería estar solo”. Por consiguiente, el amor tiene origen divino, y amar significa imitar a Dios –el más alto objetivo de la ética judía [y cristiana]. Pues sólo el amor necesita un referente, que es distinto de ti, pero de tu misma naturaleza. Así, los hombres somos totalmente distintos de Dios y, sin embargo, somos portadores de su imagen y semejanza. Se concluye de ahí que, si Dios ha creado el mundo por amor y, por tanto, el amor encierra el sentido común de la realidad, la verdadera identidad sólo cabe ser encontrada en el prójimo; y entonces Dios no puede experimentarse en el ser ni en el tener, sino en el repartir y el compartir, en la recíproca orientación hacia el otro de toda potencialidad amorosa: desde la fuerza de atracción de la tierra, pasando por la unio mystica de todos aquellos que buscan a Dios, hasta la fusión nuclear del átomo propuesta por los físicos –todo ello son otras manifestaciones de la misma “llama divina” de la que nos habla el Cantar de los Cantares. Al conjunto de esta multitud de fuerzas lo denominamos amor. La vida plena no se halla, por tanto, en el desencuentro de la confrontación ni en el enfrentamiento del amor-odio ni en el desgarro de la enemistad, sino en el verdadero encuentro en una auténtica unidad de dos. Si el hombre es, por consiguiente, un ser dialógico que necesita un Tú para madurar, para crecer y llegar a ser él mismo, ¿cómo convencerlo amablemente de que ha nacido para amar, de que sólo a través del otro puede amarse de verdad a sí mismo?’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 122-124.

lunes, junio 26, 2006

Reflexiones sobre Dios (IV)

Para continuar con Pinchas Lapide y sus reflexiones sobre Dios (ver las anteriores: I, II y III).

Jackson Pollock, The Key, 1946.

‘La diversidad de imágenes de Dios en la Biblia nos preserva de convertir a Dios en un ídolo. De igual modo que una madre tiene innumerables nombres para su pequeño, y los amantes se intercambian constantemente nombres nuevos, el judío bíblico nombre a Dios con tres, cuatro, cinco, una docena de nombres. Quiere expresar lo Indecible; sabe perfectamente que ninguna de sus palabras es capaz de definir a Dios, pero no por ello consigue dejar de balbucear, de intentar hablar de Dios, de lo contrario ya no sería un hombre. Por tanto, las imágenes de Dios son en el fondo secundarias, siempre que sean conscientes de que se trata únicamente de imágenes de lo inimaginable, recursos verbales, muletas para nuestro entendimiento y nuestro desvalido lenguaje humano. En la medida en que somos conscientes de ello y no elevamos la imagen a la categoría de Dios, nos liberamos de la idolatría y servimos a Dios. Pues lo que quiere este Dios no es ser reverenciado, adorado, o que se le rece, sino más bien que se cumpla su voluntad. Cuando la adoración y los cantos de alabanza presuponen todo esto, entonces se está sirviendo realmente a Dios.

No puedo dejar de citar aquí una vez más a Martin Buber, que decía: “no sé si no están sirviendo mejor a Dios muchos ateos que algunos grandes rabinos, cardenales y obispos”. […]

¡No es que la increencia deje de tener su puesto en el mundo! No cabe ignorar su función en el plan salvífico. “¿Por qué ha creado Dios el ateísmo?”, preguntó una vez uno de sus discípulos al rabbí Moshe Leib de Sasow, una de las lumbreras del casidismo. Y éste respondió: “Para que tú no dejes morir de hambre al pobre tratando de consolarlo con el mundo venidero, o persuadiéndolo de que confíe en Dios, que lo auxiliará –en ves de meter la mano en tu bolsillo y darle aquí y ahora algo con lo que pueda comer. Tú eres quien tiene que salvarlo y auxiliarlo como si Dios no existiera, sólo hay uno que puede ayudar: tú mismo!”

He aquí la doble solución del Talmud:

“Actúa como si todo dependiera de ti
y ora como si todo dependiera de Dios”.

Ambas cosas: precepto y oración, la acción creyente y el corazón suplicante, resumen la ética de la Biblia.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 98-99.

jueves, junio 22, 2006

Reflexiones sobre Dios (III)

Marc Chagall, Gólgota, 1912.

‘Yo rechazaría este buen Dios, pues es una caricatura que puede ser válida para niños de seis años, y quizás para ciertos adultos infantiles’. Pero un Dios del amor no es el buen Dios. El buen Dios suena a diocesillo al que se puede acariciar. Pero Él no me acaricia y tampoco yo a Él. Esto es una especie de “teología de la avestruz”, que suprime los aspectos desconocidos de Dios para tenerlo a mano a base de cumplimientos. Pero un Dios del amor que quiere lo bueno y me da la libertad también para lo malo es un Dios que puedo aceptar y en el que puedo creer.

Si nuestro Dios es un Dios del amor, también ha de ser un Dios celoso, un Dios que da, pero también toma; que perdona, pero también castiga, animado y exigiendo a la vez.[*] Un Dios sin ira por el pecado, sin celo por la justicia, sería un apático Dios griego, sentado en su elevado trono celeste, que no quiere saber nada de los sufrimientos del mundo. Un Dios que no distingue entre criminales y justos, entre santos y genocidas, sería un Dios de la indiferencia, que está bien el Olimpo o en el panteón romano, pero no es compatible con los apasionados profetas del antiguo Israel, a los que se sentía estrechamente vinculado el temperamental Jesús. Pero si usted rechaza la teodicea en cuanto antropomorfismo que convierte a Dios en supremo policía, Señor de los ejér-citos o alcalde que gobierna desde el cielo, existe sin duda un puente entre la teodicea que usted rechaza y la antropodicea de la que yo hablo, que me atrevería a calificar, con algunos rabinos, como teopatía. Si Dios vive en mí, de lo que estoy convencido, puede existir un Dios paradójico que desmiente toda nuestra minúscula sabiduría humana, y es suficientemente grande para hacerse pequeño, suficientemente omnipotente para anonadarse, suficientemente libre para ligarse a nosotros y compadecerse de sus criaturas. Así, sufrió en Auschwitz al lado de sus judíos y padeció con ellos hambre en Treblinka. Por eso, no sólo puedo reconocer a Dios como Creador, sino también como un Dios que camina a mi lado, como dicen los Salmos [v. Sal CXIX, por ejemplo], incluso por el valle de la muerte para hacerse en mí más humano que el hombre. Quizás sea ésta una imagen de Dios que, después de Auschwitz, podría llevarnos más lejos en la línea de nuestra maduración de las imágenes de Dios.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 94-95.

[*] Me he tomado la molestia de reunir varias citas sobre esto: Dt IV, 24; Dt V 9-10; Dt VII, 9-19; Sal C, 5; Ct II, 4; 1 Jn IV, 7-8.16; Is LIV, 8; Is LX, 8; Ex XX, 20.

sábado, junio 17, 2006

Reflexiones sobre Dios (I)

En el magnífico libro Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, el teólogo y diplomático israelí Pinchas Lapide (1922-1997), en conversación con el psicólogo austríaco Viktor Frankl (1905-1997), creador de la ‘tercera escuela vienesa de psicoterapia’ —la logoterapia—, discuten acerca de Dios y el sentido de la vida en el siglo de Auschwitz.

Lapide, como piadoso judío y a la vez teólogo y estudioso del cristianismo, arroja luz y nos hace pensar sobre aspectos muy importantes de la acción divina en el mundo (y concuerdo con él ampliamente).

Adán y Eva, de Lucas Cranach ‘El Viejo’ (1472-1553).

El ‘también’ hebreo

‘El modelo judío de pensamiento, cuyo mejor documento lo tenemos en la Biblia hebrea, es un típico “no sólo, sino también”. David es el mayor rey de Israel, pero también es un adúltero; Coré es el mayor rebelde contra Dios y contra Moisés, y sus hijos son tenidos como autores de algunos de los más bellos salmos. No se da el blanco y el negro en la Biblia hebrea, sino más bien una paleta de 3.000 variantes de gris. El negro como lo totalmente malo y el blanco como lo totalmente bueno no existe. Lo que existe es lo humano, que es sólo relativo y se mueve en el marco de muchas y variadas tonalidades de gris, y nunca se reduce al “una de dos”, pues depende sólo de Dios. El gran cardenal del siglo XV, Nicolás de Cusa, lo resume en dos palabras: Dios es la coincidentia oppositorum, la coincidencia de todos los contrarios, lo que, en el siglo XVI expresava en forma quizás aún más bella su famoso antecesor Maharal, el gran rabino Löw de Praga. Él decía que en la vida no hay realmente contrarios, sino sólo dos aspectos distintos de la verdad. Y lo ilustraba con una hermosísima parábola: la Biblia hebrea comienza con la palabra beresit, cuya primera letra es bet. ¿Por qué no comienza la Biblia, como sería lógico, por la letra álef, la primera del alfabeto hebreo, y lo hace con bet, que va en segundo lugar? Y después de leer por tres veces la primera página de la Biblia, he aquí el descubrimiento: el número dos es la clave de toda la creación. Dios creó el mundo en parejas. Se comienza con luz y tinieblas [Génesis I, 5], cielo y tierra [Génesis I, 1], sol y luna [Génesis I, 16], tierra firme y mar [Génesis I, 6-10], fauna y flora [Génesis I, 11-13; I, 20-25]. Pero, ¿por qué todo consta de esta duplicidad, que en el fondo es una unidad dual? Porque cada mitad necesita la otra mitad, no sólo como contraste sino para la propia autocomprensión. No habría noche sin día, ni mar sin tierra forme que lo convirtiera, ni mujer que no necesitara al hombre para su ser-mujer. La unificación de ambos polos es lo divino, esa fuerza que, a falta de una palabra mejor, denominamos “amor”, en el sentido de mutua atracción, la vocación de unidad de la dualidad querida por Dios.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 61-62.

viernes, junio 09, 2006

El rezo de las Dieciocho bendiciones

Cuando los sabios del Talmud se refieren simplemente al acto de rezar o al rezo, en realidad se refieren al rezo denominado Amidá (literalmente: ‘de pie’) o Shmoná Esré (literalmente: ‘dieciocho’). El primer nombre indica la postura obligatoria de quien pronuncia esta plegaria, y el segundo a las Dieciocho bendiciones que originalmente la conformaban. ¿Por qué originalmente? Porque en la época de Rabán Gamliel, en la ciudad de Iavne, y como una necesidad del momento debido a que los herejes acosaban a Israel para que abandonara su fe, se agregó la bendición contra ellos, la cual se incorporó a la plegaria y pasó a formar parte inseparable de la misma. Y a pesar de que ahora son diecinueve las bendiciones que la conforman, el nombre de la plegaria no fue modificado y continuó siendo la plegaria de las Dieciocho bendiciones, que se dividen del siguiente modo:

- Las tres primeras: bendiciones de alabanza
- Las tres últimas: bendiciones de agradecimiento
- Las trece intermedias: bendiciones pidiendo respuesta a necesidades comunitarias y personales.

Éstas son las diecinueve bendiciones de la plegaria:

1. Sobre los Patriarcas, Avot

Bendito eres Tú, El Eterno, nuestro Dios y Dios de nuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, el Dios grande, el poderoso y el temible, el Dios altísimo que prodiga buenos favores y que crea todo; recuerda las buenas acciones de los patriarcas y trae el redentor a los hijos de sus hijos, por Su Nombre, con amor. Rey que asiste, salva y escuda. Bendito Eres Tú, El Eterno, escudo de Abraham.

2. Sobre los Poderes divinos, Gevurot

Tú eres eternamente poderoso, mi Señor, el que resucita a los muertos eres Tú, abundantemente capaz de salvar. Sustenta a los vivos con tu bondad y resucita a los muertos con abundante merced. Sostiene a los caídos y cura a los enfermos. Libera a los cautivos y mantiene su fe en los que duermen en el polvo. ¿Quién es como Tú, Señor de proezas y quién es comparable a Ti?, Rey que da vida y da muerte y hace brotar la salvación. Y Fiel eres Tú para resucitar a los muertos. Bendito eres Tú, El Eterno, que resucitas a los muertos.

3. Sobre la santificación del Nombre, Kdushat Hashem

Tú eres Santo y Tu Nombre es Santo, y los santificados todos los días te alaban, por siempre, Bendito eres Tú, El Eterno, el Dios Santo.

4. Sobre el entendimiento, Biná

Tú otorgas al hombre conocimiento, y enseñas a los mortales entendimiento. Concédenos de Tu conocimiento, entendimiento y discernimiento. Bendito eres Tú, El Eterno, que concede el conocimiento.

5. Sobre el arrepentimiento, Teshuvá

Haznos retornar, nuestro padre, a Tu Torá y aproxímanos a nuestro Rey, a Tu servicio; y haznos volver en perfecto arrepentimiento ante Ti. Bendito eres Tú, El Eterno, el que desea el arrepentimiento.

6. Sobre el perdón, Slijá

Perdónanos, nuestro padre, porque erramos. Dispénsanos, nuestro Rey, porque pecamos, porque Tú dispensas y perdonas. Bendito eres Tú, El Eterno, que abundas en otorgar perdón.

7. Sobre la redención, Geulá

Observa nuestra aflicción, quita nuestra ofensa y redímenos rápidamente por la causa de Tu Nombre, porque un Redentor poderoso eres Tú. Bendito eres Tú, Redentor de Israel.

8. Sobre la curación, Refuá

Cúranos, El Eterno, y seremos curados; sálvanos, y seremos salvados, porque Tú eres nuestra alabanza; repara una completa curación para nuestras heridas, porque Tú eres Dios, Rey, curador fiel y compasivo. Bendito eres Tú, El Eterno, quien sana a los enfermos de Su pueblo Israel.

9. Sobre la bendición de los años, Birkat hashanim

Bendice, El Eterno, nuestro Dios, este año y todos los tipos de cosecha que haya en él, para bien. Y otorga bendición, (y otorga rocío y lluvia para una bendición) sobre la superficie de la tierra, y satisfácenos con Tu bondad, y bendice nuestro año como los mejores años. Bendito eres Tú, El Eterno, que bendices a los años.

10. Sobre la reunión de las diásporas, Kibutz galuiot

Haz sonar el Gran Shofar para nuestra liberación, y levanta la insignia para reunir nuestros exilios, y reúnenos juntos desde los cuatro extremos de la Tierra. Bendito eres Tú, El Eterno, que reúnes los dispersos de tu pueblo Israel.

11. Sobre la justicia, Din

Restaura nuestros jueces como en los primeros tiempos, y nuestros consejeros como en un principio; elimina de nosotros la aflicción y la congoja, y reina sobre nosotros, Tú, solo El Eterno, con misericordia y compasión; y sé justo con nosotros a través del juicio. Bendito eres Tú, El Eterno, el Rey que ama la justicia y el juicio.

12. Sobre la herejía, Birkat haminim

Y para los calumniadores que no haya esperanza; y toda la maldad de un instante desaparezca; y todos tus enemigos rápidamente sean exterminados, y los perversos rápidamente sean extirpados, destruidos, aniquilados y humillados, prontamente en nuestros días. Bendito eres Tú, El Eterno, que destruyes a los enemigos y humillas a los perversos.

13. Sobre los justos, Tzadikim

Sobre los justos, los piadosos y sobre los ancianos de Tu pueblo, la Casa de Israel, y sobre los remanentes de sus sabios; y sobre los conversos rectos y sobre nosotros, sea buena recompensa a todos los que confían en Tu Nombre, en verdad. Por nuestra parte junto a ellos, para siempre, y no nos avergonzaremos porque en Ti confiamos. Bendito eres Tú, El Eterno, sostén y fortaleza de los justos.

14. Sobre Jerusalén, Binián Ierushalaiam

Y para Jerusalén, Tu ciudad, que vuelvas con compasión y que habites dentro de ella, como dijiste. Y reconstrúyela prontamente en nuestros días como una estructura eterna; y el trono de David, rápidamente, dentro de ella, establece. Bendito eres Tú, El Eterno, el constructor de Jerusalén.

15. Sobre la Casa de David, Maljut Beit David

El retoño de David, Tu Sirviente, rápidamente haz brotar; y su gloria eleva a través de Tu salvación, porque Tu salvación esperamos todo el día. Bendito eres Tú, El Eterno, que haces brotar la gloria de la salvación.

16. Sobre la plegaria, Kabalat hatfilá

Escucha nuestra voz, El Eterno, nuestro Dios, piadoso y compasivo con nosotros, acepta con compasión y con favor nuestra plegaria, porque un Dios que escucha las oraciones y súplicas eres Tú. Y delante de Ti, nuestro Rey, no nos devuelvas con las manos vacías. Porque Tú escuchas la plegaria de Tu pueblo Israel con compasión. Bendito eres Tú, El Eterno, el que escucha la plegaria.

17. Sobre el Templo, Avodá

Sé favorable, El Eterno, nuestro Dios, hacia Tu pueblo Israel y sus oraciones; restaura el servicio sacerdotal a Tu Sagrada Casa. Y las ofrendas sacrificiales de Israel y sus oraciones, con amor, recibe con favor; y que sea siempre favorable el servicio de Israel, Tu pueblo. Permítenos ver con nuestros ojos Tu retorno a Sión, con misericordia. Bendito eres Tú, El Eterno, el que restaura Su presencia en Sión.

18. Agradecimiento, Hodaá

Te agradecemos, nosotros, porque Tú eres El Eterno, nuestro Dios y Dios de nuestros padres por toda la eternidad. Roca de nuestras vidas, escudo de nuestra salvación, eres Tú de generación en generación. Te agradeceremos y relataremos Tu alabanza, por nuestras vidas encomendadas en Tus manos y por nuestras almas confiadas a Ti. Y por Tus milagros que todos los días están con nosotros; y por Tus maravillas y Tus bondades que haces en todo momento, noche, mañana y tarde. Dios bondadoso que no se agotan Tus compasiones. Misericordioso, que no terminan Tus piedades, siempre tenemos esperanza en Ti.

Y por todo esto, sea bendecido y elevado Tu Nombre, nuestro Rey, siempre para toda la eternidad. Y todo ser viviente Te agradecerá, Sela; y loarán Tu nombre con verdad, Dios de nuestra salvación y de nuestra ayuda, Sela. Bendito eres Tú, El Eterno, Dios benevolente, a Tu nombre y a Ti corresponde agradecer.

19. Sobre la paz, Shalom

Abundante paz sobre Israel Tu pueblo establece para siempre, porque Tú eres Rey, Señor de toda paz. Y sea bueno a Tus ojos bendecir a Tu pueblo Israel en cada hora y en cada instante con Tu paz. Bendito eres Tú, El Eterno, el que bendice a su pueblo Israel con la paz.

Tomado de: El Talmud. Tratado de Berajot I, Edaf-Proyecto Hebraico, Madrid-México, Buenos Aires-San Juan-Santiago, 2003. pp. 44-51.

domingo, abril 30, 2006

Oración para antes de dormir


‘Bendito seas, Fuente de toda Vida, por cerrar mis ojos al dormir.
Que sea tu Voluntad, Dios eterno, que yazca en paz y en paz despierte.
No dejes que los sueños me perturben.
Concédele paz a mi familia.

Concédeme iluminación, Tú que provees de luz a los ojos.
Bendito seas, Fuente de toda Vida, que le das luz al mundo en su gloria entera.

En tu mano dejo mi alma [v. Sal XXXI, 6; Lc XXIII, 46] mientras duermo; y cuando despierte, con mi cuerpo y alma, Dios está conmigo, y no he de temer.’

Adon Olam, citado en el libro L’jaím! Oraciones y bendiciones para el hogar judío, editado por rabí Michael Shire, San Francisco, Chronicle, 2000. p. 59.