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miércoles, mayo 09, 2007

Sobre el aborto en México (II)

Hace un par de semanas, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, la capital del país, aprobó la propuesta de ley que despenaliza el aborto hasta la 12ª semana, sin motivos especiales. Hasta ese momento, sólo era posible recurrir a un aborto legal en cuatro circunstancias: riesgo de vida para la madre, malformación congénita del feto, embarazo producto de una violación y ‘resultado de una conducta culposa de la mujer embarazada’ (¿alguien tiene alguna idea de qué rayos significa eso?).

Es un hecho: los ‘valores’ (¿pseudovalores?, ¿antivalores?) de la posmodernidad han alcanzado México, para bien y para mal. En el Distrito Federal ya son legales el aborto y las ‘sociedades de convivencia’ (que reconoce ante la ley a las uniones familiares de facto, sean del tipo que sean). Y, si no me equivoco, algunos asambleístas capitalinos ya han amenazado con introducir una propuesta de ley sobre la eutanasia. Incluso, en el mismo lapso de tiempo, se aprobaron las dos leyes mencionadas y el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick batió récord, retratando a 18 mil mexicanos desnudos en el Zócalo, la plaza mayor, de la Ciudad de México. Así, en unos cuantos meses, México se ha hecho consciente, de manera pública y abierta, de temas que generan polémica y que estaban vedados por la hipocresía y cierto puritanismo malsano. Finalmente, se rompieron los tabúes y las cosas se discutieron a la luz, como debe hacerse en toda sociedad libre. Esto es importante, ya que la Ciudad de México no es sólo la capital del país, sino su centro neurálgico, político, social, económico y cultural: lleva la delantera en las discusiones políticas del país y lo que se discute en ella se convierte prontamente en un debate nacional.

En este espacio, sin embargo, quiero destacar el nefasto papel que la Iglesia Católica mexicana tuvo en el debate de las legislaciones sobre el aborto y las ‘sociedades de convivencia’. Tal como predije en la primera parte de este escrito, la Iglesia sufrió la primera de una serie de inevitables derrotas, despeñándose miserablemente por el acantilado que está en el camino que ha de llevar a México hacia el siglo XXI. Guiada por el cardenal Norberto Rivera Carrera, titular de la Arquidiócesis de México y primado de la nación, la Iglesia (o, al menos, ciertas instituciones y sectores de ésta) tomó el debate sobre el aborto como una declaración de guerra y una cruzada a favor de la vida. No hubo casi apertura al diálogo honesto y abierto, muestra alguna a la tolerancia y al entendimiento del otro; es más, ni siquiera hubo respeto. Resultó muy claro que uno de los peores males del mexicano, la intolerancia y el nulo respeto por la ley o por el derecho del otro a disentir (que tan claramente vimos en el 2006 durante el acalorado conflicto postelectoral), existe, arraigado, en el seno de la Iglesia mexicana.

En las sociedades verdaderamente democráticas, es decir, en aquellas sociedades donde los asuntos se debaten pública y abiertamente, con leyes claras y dentro de marcos institucionales, ningún debate puede ser legítimo (y, obviamente, llegar a nada) si no es mediante el respeto por el otro y la tolerancia hacia su derecho a no estar de acuerdo, tal como menciona Federico Reyes Heroles: ‘la democracia supone que durante la discusión unos y otros se comporten como “animales domesticados”, es decir que no agredan a las contrapartes, que respeten las diferencias. No ha sido así. En todas y cada una de estas discusiones ha habido grupos radicales que recurren a la violencia igual en contra de Serrano Limón que de los asambleístas de la capital. Violencia light que es violencia’.(1)

La Iglesia mexicana, instada y coordinada por su jerarquía, comenzó el ‘debate’ (más bien, respondió a la propuesta de debate) con amenazas de excomunión. Jamás ofreció espacios propios de discusión ni propuso alternativas viables para analizar el problema y elaborar una solución conjunta a partir de allí. Cayó en la descalificación y la confrontación; luego, tomó las calles de la misma forma aberrante que el ‘Mesías Tropical’ el año pasado: socavando las instituciones democráticas y el estado de derecho al remplazar el diálogo con las consignas callejeras y la mesa de diálogo por las aceras unilaterales.

Excomuniones, amenazas, insultos, pancartas que rezaban: ‘¡Cobardes!, ¡Asesinos!’... Ejemplos claros de que el ocaso de la Iglesia tal como la habíamos conocido ha llegado al segundo país católico del mundo, al bastión guadalupano, en gran parte debido a la misma Iglesia, cuya jerarquía, al parecer, no ha comprendido aún el sentido del Concilio Vaticano II: ‘liberar la Iglesia de muchas estructuras sobreañadidas a través de los siglos, para acercarla más al servicio de la Humanidad que le señala el Evangelio: más servidora que señora, menos encerrada en sí misma y más apostólica, menos cercana a los sistemas de poder en este mundo y más solidaria con los pobres, con la mirada menos puesta en su interior y más en la misión, menos cerrada en su propia verdad y más abierta al diálogo con los seres humanos y sus culturas’.(1)

Es un hecho que la voz de los obispos latinoamericanos ha perdido volumen y contundencia en los últimos años, por dos razones principales:

La primera, porque provienen, en su mayoría, de un clero ignorante y de deficiente formación, por lo que desconocen o no saben cómo asimilar los valores de la democracia liberal y del capitalismo contemporáneos, ni sus ventajas ni desventajas. La Iglesia latinoamericana, acostumbrada tanto tiempo a vivir en medio de regímenes autoritarios, a veces oprimida y otras consentida por los mismos, no ha hallado su papel en la transición a la democracia pluralista y la economía de mercado del continente. Por lo tanto, tampoco ha ayudado a aminorar las deficiencias de dicho sistema ni a potenciar o encausar sus virtudes. Así, países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia han caído en las recetas populistas del pasado, gracias a que la empobrecida gente se siente abandonada y desesperada.

La segunda, que los pastores de la Iglesia Latinoamericana tienen muy poco o nulo contacto con las necesidades reales de su grey. Y en esto tiene bastante culpa Roma, que ha buscado la ortodoxia doctrinal y la uniformidad de liderazgo por sobre la autonomía de las distintas iglesias. No estoy diciendo que la uniformidad doctrinal, cuya referencia principal sea Roma, sea del todo mala, pero los obispos mexicanos y su clero tienen poca iniciativa y ni siquiera son buenos difusores de la doctrina del Magisterio Romano, por bien formulada que ésta pueda estar. El mejor ejemplo de ello es el debate del aborto, cuyo tono y profundidad se parecía a todo menos a la encíclica de Juan Pablo II El Evangelio de la vida o a la doctrina contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica. Se asemejaba más, en cambio, como lo percibió la enorme mayoría de los periodistas, ensayistas e intelectuales seculares, a una obstinación fanática y a una medieval e inquisitoria cruzada.

Siendo la Iglesia Católica quizá la más importante y determinante de las instituciones de América Latina durante su historia, es poco esperanzador cómo la ignorancia de su jerarquía y de su grey, una completa falta de cultura autocrítica y democrática, han hecho que fallara en los retos que la han enfrentado las décadas pasadas: la escasez de sacerdotes, la deficiente formación de los pocos que tiene, la obstinación en modelos eclesiales caducos, la prioridad de lo meramente cúltico y ceremonial, la difusión defectuosa de su doctrina moral y social, la insensibilidad hacia las necesidades reales de la gente, falta de diálogo ecuménico con las otras confesiones y con el mundo secular, incongruencia para promover la íntegra defensa de los derechos humanos, etcétera.

En los albores del siglo XXI, el ocaso eclesial de la Iglesia Americana es menos evidente que el de la Iglesia Europea, pero tal vez igualmente inevitable. Aun con los golpes que el Espíritu y la iniciativa de un pontífice implacable que se puedan presentar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida, Brasil, una jerarquía sin brújula, una Iglesia-pueblo poco educada, estructuras eclesiales torpes y pesadas y un mundo cada vez más ateísta, secularizante, laicista, relativista, narcisista y hostil a la ‘Gran ramera de las siete colinas’, es muy probable que veamos, en los próximos 50 años, la contracción y purificación de la Iglesia, minoritaria y algo más dinámica, como ya se vislumbran hoy las Iglesias europeas y norteamericanas. Y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella, sí, mas no viviremos para ver la futura expansión y el nuevo amanecer la barca de Pedro en el futuro lejano.

(1) Federico Reyes Heroles, ‘¿Cobardes?’, 24 de abril de 2007, en El siglo de Torreón.
(2) Carlos Ignacio González, SJ, Seguir a Jesús en América Latina. Rutas de las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, México, Buena Prensa, 2006. p. 8.


G. G. Jolly

miércoles, marzo 28, 2007

Sobre el aborto en México

Finalmente, para bien o para mal, México se enfrenta a la controversia del aborto. Por una parte, es algo muy bueno, pues es una oportunidad para enfrentar una terrible realidad y dejar de lado la mojigatería mexicana (gracias a la cual, si no se habla de un tema, éste no existe). Por otra, no obstante, preocupa sobremanera a este autor el que México, en aras de la ‘tolerancia’ y la ‘modernidad’ a la europea, quiera darse aires de ser un país primermundista aprobando leyes políticamente correctas (eutanasia, uniones gay, aborto), como en los países más ‘avanzados’; aun a pesar de los enormes rezagos de México con respecto a esos mismos países, en educación, infraestructura, constitucionalidad, democracia y un larguísimo etcétera. Incluso yo, que no creo en las teorías de la conspiración, puedo ver cómo un tema con una polémica tan ruidosa desvía, inevitablemente, la atención pública de los temas que sí podrían llevar a México hacia el bienestar social, el estado de derecho, el liberalismo constitucional, la justicia social y la equidad económica...

Antes de cualquier cosa, quisiera decir que estoy absolutamente de acuerdo con la doctrina de la Iglesia Católica sobre la sacralidad y el valor absoluto de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. No creo que el aborto sea aceptable en ningún caso (aún en casos de violación o de riesgo para la madre). Sin embargo, acepto plenamente que el aborto es un asunto delicadísimo y que conlleva enormes sufrimientos a muchísimas personas, sobre el que, primeramente, tiene que haber un debate lo más abierto, sincero e incluyente posible (sin escatimar esfuerzos, tiempo o recursos de cualquier clase). También es un problema sobre el que tiene que decidir la sociedad civil completa. Ni la Iglesia, ni el Estado, ni grupos feministas ni nadie, por importante que sea el papel que pueda tener en el asunto, puede, por sí solo, determinar la postura de la sociedad civil ni mucho menos imponer un punto de vista único. Es por eso que lo más importante es el debate.

Lamentablemente, los grupos en contra del aborto en México no pueden sino perder el debate de forma miserable y excluirse a sí mismos de la solución. La Arquidiócesis de México, en especial (responsable del Distrito Federal, donde el cuerpo legislativo legal es el impulsor de la despenalización del aborto), se ha colocado ella misma en una posición de insólito desprestigio, autoritarismo y cerrazón estúpida a cualquier clase de solución de cualquier problema de la sociedad civil que le competa. El foro sobre el aborto, el debate que constituye la parte fundamental de la cuestión, lo convocó el gobierno del D. F., no la Arquidiócesis (aunque sus representantes y los de otros grupos contra el aborto fueron invitados). Es decir, la jerarquía de la Iglesia mexicana, en vez de llevar la vanguardia, adelantarse a todos y demostrar así su cercanía con los problemas de la gente o su sensibilidad evangélica, invitando al debate, lo primero que hizo fue amenazar con la excomunión a los legisladores que votasen a favor de la despenalización del aborto.

Durante los últimos años, el cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, ha socavado cualquier esfuerzo por dotar a su cargo o a la Iglesia-institución que represente, de toda credibilidad, autoridad moral o sensibilidad evangélica. No nada más ha desempeñado un papel nulo como mediador, conciencia de la nación o pastor que da la vida por sus ovejas, en cada uno de los severos problemas que México ha enfrentado en este periodo, sino que, además, ha perseguido de forma torpe y cínica una agenda política desdeñable. El ejemplo más representativo, sin duda, es la del conflicto postelectoral del 2006, en el que, en lugar de apacentar, consolar, mediar entre las partes, añadió más leña al fuego, entremetiéndose en la lucha politiquera. Por lo tanto, el prelado llega al debate más importante de su gestión, el de la defensa de la vida, con su reputación, credibilidad y popularidad por los suelos, sin ningún logro en su haber (excepto el de deshacerse del gángster abad de la basílica de Guadalupe, monseñor Guillermo Schulenburg o apuntalar la Catedral Metropolitana antes de que colapsara), politizado a más no poder, en un problema legal gravísimo por encubrir a un sacerdote pederasta y engañar al cardenal de Los Ángeles, derrotado humillantemente en su irracional oposición a la ley de sociedades de convivencia (ley local que reconoce las uniones familiares de facto de diversos tipos), entre otras cosas.

Es decir, que los nonatos indefensos y las madres involucradas en abortos que les destrozan la vida (o las matan) están en las manos de Norberto Cardenal Rivera Carrera y el grupo Pro Vida, cuyo jefe, Jorge Serrano Limón, no es más que un fanático, corrupto y fascista. Ninguno de los dos parece haber leído la encíclica del Papa Juan Pablo II Evangelium Vitae, que hace especial hincapié en el debate, en reconocer la magnitud del problema, dar prioridad en el diálogo a las madres que han recurrido al aborto para que compartan sus experiencias, en educar en la cultura de la vida, en proponer soluciones concretas, dedicar recursos y obras a la promoción de la vida.

El camino evangélico es el diálogo incluyente, no la descalificación del contrario; es la actitud de misericordia pastoral, no las amenazas de excomunión; es una defensa integral y total de los derechos humanos, no descuidando los derechos laborales o la vulnerabilidad de los grupos de riesgo ni negando los derechos fundamentales de los delincuentes o la utilidad de las organizaciones que defienden los derechos humanos (léase: las peroratas de Juan Cardenal Sandoval Iñiguez, arzobispo de Guadalajara, contra la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, ‘que no sirve para nada’ o que ‘protege sólo a los maleantes’). La Iglesia mexicana (o su jerarquía al menos), sin embargo, parece estar ciega a los caminos de Jesús de Nazareth y sorda incluso al magisterio romano, al que tanta importancia da. No nos sorprenda, por tanto, que ésta sea la primera de una serie de batallas que la Iglesia perderá de forma irremediable contra la secularización, el laicismo militante, los antivalores de la posmodernidad y, no menos importante, un Estado que, constitucionalmente, es jacobino, antirreligioso y antiliberal.

G. G. Jolly

sábado, julio 08, 2006

Carta de un ‘sacerdote’ valenciano al Papa Benedicto XVI (II)

Retomando lo que dice esta caricatura de ‘sacerdote’ sobre por qué no quiere al Santo Padre en Valencia, ésta es la segunda parte de mi réplica. La primera está aquí.

2- Por considerar el aborto como homicidio en todos los casos.

El aborto es un homicidio a sangre fría, con premeditación, alevosía y ventaja en todos los casos, pues un embrión o un feto es un individuo indefenso con tantos derechos como las demás personas. ¿Cuándo comienza la vida? ¿Qué distingue a un óvulo y un espermatozoide que han fusionado sus núcleos y su ADN de un bebé de un año que empieza a hablar? Su forma. Así como un fornido adolescente algún día cambiará de forma y se convertirá en un anciano débil e indefenso, a pesar de seguir siendo el mismo individuo y poseyendo la misma esencia vital; de igual manera un feto débil e indefenso que no puede subsistir fuera del vientre materno goza de la misma esencia vital que lo hace un individuo con derechos, y que permanecerá en él sin importar su forma. No se puede definir la vida humana en términos de autosuficiencia ni de utilidad ni de forma.

De esta manera, es completamente falso llamar al aborto el ‘derecho a elegir de la mujer’, pues un embarazo no involucra sólo el cuerpo de la madre, sino la vida de otro individuo con los mismos derechos que cualquier otra persona. Y es justamente éste el problema con el aborto: a un feto no se le considera como humano, pues no luce como humano, no puede existir por sí solo y es sólo un conjunto de células, como cualquier órgano. Es más, un bebé nonato es visto como un intruso, un estorbo para la autorrealización de la madre, un obstáculo para su libertad, un parásito al que habrá que alimentar, mantener, educar, soportar por muchos años… ¡un ancla que frena el libre desarrollo personal de la madre!

Si eso es un bebé, ¿por qué los bebés despiertan la ternura de todas las personas y se convierten en lo más preciado en el mundo para quien los engendró? Si es verdad que el nuevo individuo restringió la libertad de su madre, atacó su cuerpo y frenó su independencia, ¿por qué la inmensa mayoría de las madres, entonces, vuelcan todo su amor, toda su ternura, toda su atención y sus virtudes más profundas, toda su feminidad, en esos intrusos? Un nuevo ser humano requiere, es cierto, una inmensa cantidad de cuidados, atención, recursos materiales, etcétera, a lo largo de varios años; pero, ¿no también es un nuevo individuo capaz de amar y de ser motivo de incontable felicidad para otras personas, en especial para quien le llevó en su vientre?

‘¡Las violaciones!’, gritarán, impacientes… De nuevo, el sufrimiento NO se evita eliminando a quien sufre, al igual que la eutanasia. Más que nunca, a una acción tan atroz como una violación hay que responder con mucho, mucho, amor y no con un mal peor: el asesinato de alguien que, como su madre, no tiene la culpa de lo sucedido. En la concepción de una nueva vida en la que no sólo faltó amor, sino que hubo violencia y una vejación horribles, la respuesta tiene que ser de amor. Amor para la madre, que está herida física y psicológicamente, como mujer y como ser humano (añadir el trauma físico y psicológico de un aborto no es la solución), en forma de cuidados por parte de médicos, psicólogos, consejeros espirituales y, sobre todo, la familia. Durante el periodo de gestación del bebé, se podría conceder un retiro a la madre en un lugar donde reciba todos estos cuidados y comparta sus experiencias con otras mujeres que han vivido lo mismo. Así, se puede ayudar, con amor, a que la mujer supere tan atroz experiencia y decida, libre y conscientemente, qué hacer con el individuo inocente y con derechos (a la vida, a crecer en un ambiente familiar sano y de amor). Si la madre no desea conservar al bebé una vez que nazca, por x o y razón (decisión que tomó con la ayuda adecuada de quienes ya mencionamos), es libre de hacerlo. Es entonces que un segundo acto de amor es necesario: hacer que ese bebé crezca dentro de una familia que deseé tenerlo (¡y hay muchas!) y que le brinde la oportunidad de una vida plena propia. Si engendrar un hijo es un acto de amor, adoptar un bebé que no comparte nuestra sangre y que nació de un acto sin amor, es un doble acto de amor. Y falta un tercer acto de amor: el de perdonar y atender humanamente al agresor (psicólogos, guías espirituales y su familia), mientras y después de que cumpla su justa condena legal (suponiendo que se le capture), para que entienda el gran dolor que causó y para que pueda reformarse y tratar de reparar el enorme daño que hizo. En caso de que el agresor se rehúse a reformarse o no pueda hacerlo por padecer graves problemas psicológicos, se le puede confinar y mantener alejado de la sociedad por cuanto tiempo sea necesario.

Nuevamente, la respuesta está en reformar las leyes de adopción, de atención médica y psicológica de las víctimas y los agresores, no de liberalizar las leyes que condenan a muerte a un tercero que es tan inocente como la madre. Al mal no se lo acaba con otro mal.

G. G. Jolly

Continuará...