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martes, junio 14, 2016

‘La relación de Jesús de Nazaret con los pobres y desclasados’ de Jon Sobrino, SJ


1. Importancia del tema para la moral fundamental cristiana

Según las narraciones evangélicas, es sabido que Jesús se rodeó y favoreció durante su vida a pecadores, publicanos, enfermos, leprosos, pobres, samaritanos, paganos y mujeres. Este hecho en su globalidad es reconocido como una característica histórica de la praxis de Jesús. Y de este hecho se suele deducir con razón que, si estas personas son favorecidas por Jesús —y de esta forma se declara el amor de Dios hacia ellas—, entonces todos los Hombres tienen la dignidad de hijos de Dios y todos los Hombres son en verdad hermanos.

Sin embargo, esta constatación, por importante que sea, no basta para mostrar su importancia para la moral fundamental. Históricamente, esas declaraciones han podido servir para la elaboración de principios fundamentales de antropología cristiana y también para impulsar praxis regionales de la moral, como la tradicional exigencia de ayudar a los necesitados. Pero el saber sobre la relación de Jesús con los pobres y desclasados no alcanzará su importancia sistemática mientras esas acciones de Jesús no se entronquen en su praxis fundamental y esa relación no sea vista como fundamental dentro de esas praxis.

Por ello hay que plantear la pregunta fundamental de la moral cristiana tal como se desprende de los mismos evangelios y ver, entonces, la relación de Jesús con los pobres y desclasados como realización fundamental de su praxis moral, no como un dato más de su vida que, a pesar de ser tan frecuente y llamativo, pueda considerarse irrelevante con respecto a lo fundamental de su praxis.

La pregunta moral fundamental puede formularse de la siguiente manera: qué debemos hacer para que el Reino de Dios llegue a realizarse en la Historia. Para nuestro propósito es importante recalcar aquí dos puntos: en primer lugar, la determinación nocional de aquello que haya de ser objeto de una praxis, en este caso el Reino de Dios, y la modalidad cristiana de aquella praxis que sea apta y necesaria para que el Reino de Dios llegue a ser. Al analizar, entonces, la relación de Jesús con los pobres y desclasados hay que observar lo que esa relación aporta a la determinación del reino de Dios, del bonum morále que hay que realizar, y a la modalidad ética de la praxis, es decir, de aquella virtus que haga cristiana esa praxis. Y hay que analizar si ese aporte es verdaderamente esencial para la misma constitución de la noción de Reino de Dios y para la constitución cristiana de una praxis que lleve a realizar ese Reino.


2. Tres aclaraciones previas

Atendiendo a la importancia de los pobres y desclasados para la práctica moral, conviene hacer algunas aclaraciones previas que den realismo histórico, incluso vivencial, a la relación de Jesús con ellos.

2.1. Hoy, como en tiempo de Jesús, estos Hombres son mayoría en la Humanidad. Este dato cuantitativo tiene en sí mismo un peso específico cualitativo. Si es típicamente cristiano hacer afirmaciones universales, desde la creación o desde la consumación última, lo que ocurre con las mayorías debería ser principio de realismo y verificación histórica de tal universalismo. Una moral fundamental, incluida la que tenga su origen en Jesús, deberá tener ciertamente una dirección universal, pero deberá pasar por el universalismo histórico de las mayorías. De otra forma, el pretendido universalismo sería eufemismo, ironía o ideologización mistificada. El misereor super turbas (Mc VI, 34) que se afirma de Jesús debería ser un horizonte previo, pero necesario, para la determinación de la moral fundamental, no sólo por la disposición subjetiva misericordiosa, sino por el correlato de esa misericordia, las mayorías.

2.2. Estas mayorías no son sólo la suma de individuos que, en cuanto tales, fuesen individualmente pobres y desclasados, sino que son colectividades configuradas como grupos sociales. En cuanto grupos, la práctica moral requerida por ellos y para ellos será distinta de la exigida por las relaciones meramente interpersonales. En cuanto grupos sociales, la práctica moral se realizará necesariamente, aun cuando esto no se entendiese en directo, dentro de la totalidad de la realidad social, que es conflictiva y antagónica, y la práctica moral tendrá por ello directas repercusiones en la totalidad social. En este sentido habrá que valorar —independientemente de las escenas en que Jesús se relaciona con personas individuales— el plural de las narraciones evangélicas y su carácter antagónico: los pobres, los pecadores, etc., y, por otra parte, los ricos, los fariseos, etc.

2.3. El problema de estas mayorías no consiste sólo ni principalmente en que sean declarados o tratados como sin dignidad, es decir, en que no sean reconocidos declaratoriamente como hijos de Dios o, dicho sistemáticamente, como personas que son sujetos con derechos. Su dignidad tiene como raíz previa una realidad estructural, bien en el plano de la infraestructura socioeconómica, bien en el de la superestructura religiosa. En las narraciones evangélicas estos grupos de Hombres son tipificados en la línea de los «pobres», que sufren bajo algún tipo de yugo opresor material, y en la línea de los «despreciados» por su conducta religiosa o por ejercer profesiones que conducían a la inmoralidad. La práctica de Jesús se dirigirá no meramente a declarar su dignidad ante Dios, de modo que puedan recuperar su dignidad subjetivamente, sino a atacar de raíz las causas de su indignidad social, es decir, las condiciones materiales de su existencia y la concepción religiosa de su tiempo. La importancia de esta observación para la ética fundamental consiste, entonces, en que las meras declaraciones de la dignidad que tienen ante Dios los sin dignidad no son suficientes si no se avanza a desenmascarar y transformar las raíces de su indignidad.


3. El Reino de Dios es para los pobres y desclasados

Si en una moral que se remonte a Jesús se trata de la realización del Reino de Dios, será importante desde el principio determinar en qué consista éste. Sin embargo, el mismo Jesús, en cuya boca se pone tan frecuentemente la expresión «Reino de Dios», no describe en concreto en qué consiste. Afirma que el Reino se acerca y que es una buena noticia (Mc I, 15; Mt IV, 23; Lc IV, 43). Para concretar la noción del Reino de Dios podría intentarse el camino de analizar las diversas nociones imperantes sobre el Reino en tiempo de Jesús y analizar la plausibilidad de que alguna de ellas, o una síntesis de ellas, pudiera guiar nocionalmente el anuncio de Jesús. Pero este camino nos parece infructuoso. Mejor y más fructífero es afirmar que «el contenido concreto del Reino surge de su ministerio y actividad, considerados como un todo». Y de esa forma es como recobra fundamental importancia la relación de Jesús con los pobres y desclasados.

3.1. Jesús anuncia el Reino como buena noticia para los pobres (Lc IV, 18; cf. Lc VII, 22; Mt XI, 5) y declara que el Reino es de los pobres (Lc VI, 20; cf. Mt V, 3). Con ello se establece una fundamental correlación entre la buena noticia y sus destinatarios privilegiados (o únicos) que indirectamente hace comprender de qué se trata la buena noticia. Si ese Reino es para los pobres; si la salvación viene no para los justos, sino para los pecadores; si los publicanos y prostitutas llegan antes al Reino que los piadosos, entonces, en la misma situación de esos destinatarios habrá que encontrar —aunque sea sub specie contrarii en un primer momento— lo que es central en la buena noticia. En ese caso, el Reino de Dios no será un símbolo universal de esperanza utópica, intercambiable con cualquier otra utopía, sino que será más en concreto la esperanza de los grupos de Hombres que sufren bajo un tipo de opresión material y social. La buena noticia será entonces, en primer lugar y en directo, lo que hoy se denomina liberación, que encuentra su paralelismo bíblico más en la línea profética que en la concepción apocalíptica de Historia universal.

Y antes de espiritualizar precipitadamente a los pobres y extrapolar universalistamente la noción del Reino, conviene recordar que los destinatarios del Reino son aquellos que más privados están de vida y en sus niveles más elementales. En el pasaje en que Jesús responde a los enviados de Juan, los pobres son equiparados a los ciegos, cojos, sordos, etc. Según J. Jeremias, este pasaje no debe ser interpretado espiritualmente, sino que, más bien, «a la situación de tales personas, y según el pensamiento de la época, no se le puede llamar ya vida». La buena noticia es entonces el traer vida a quienes les ha sido secularmente amenazada y negada.

El Reino de Dios, aquello que hay que construir, está, por tanto, en correlación con aquellos que más privados están de la vida. Y por ello, para conseguir una noción operativa del contenido del Reino de Dios, habrá que adoptar la óptica de los sin vida, sin poder, sin dignidad, y no pretender que fuera de esa óptica ya se sabe más y mejor qué es el Reino. De esa forma la noción de Reino no se verá paralizada por el universalismo abstracto de su contenido o por la imposición precipitada de la reserva escatológica sobre él. Los pobres, los pecadores, los despreciados representan el lugar necesario, aunque no suficiente bajo todos los aspectos, para saber de qué se trata en la buena noticia del Reino. Y ello por una última razón teológica: Dios los ama, los defiende y quiere que tengan vida.

3.2. Además de esta primera correlación entre el Reino de Dios y los pobres, puede descubrirse en qué consiste el Reino si se considera la praxis de Jesús como praxis al servicio del Reino. En la práctica concreta de Jesús hacia los pobres y desclasados no se desvela gnósticamente lo que sea el Reino, pero se revela cómo corresponder práxicamente al reino. La práctica de Jesús en cuanto praxis, es decir, en cuanto intenta operar sobre la realidad histórica circundante para transformarla en una determinada dirección, revela, indirecta pero eficazmente, de qué se trata el Reino de Dios. Se dará, pues, una correlación entre servicio histórico de Jesús y lo que será el Reino, pero entendiendo el servicio de Jesús para y desde los pobres y desclasados. Esa práctica de Jesús aparece a varios niveles, que aquí sólo podemos enumerar brevemente.

En primer lugar está la práctica de su palabra. El anuncio positivo de la buena noticia tiene, por una parte, el carácter de proclamación, en cuanto es expresión de la revelación del misterio gratuito de Dios y expresión —a diferencia, por ejemplo, del anuncio del Bautista— de la supremacía del amor de Dios sobre su juicio y de la parcialidad de ese amor. Pero tiene también el carácter de praxis, en cuanto que induce a la toma de conciencia histórica de los pobres y desclasados y en cuanto es también de hecho vehículo de lucha ideológica, al proclamar polémicamente la parcialidad de Dios.

De esta forma, la palabra es proclamación en que se expresa el misterio de Dios, y es también praxis en cuanto opera sobre la realidad social circundante.

Y junto al anuncio positivo está también la práctica de la denuncia. Los diversos anatemas condenan no sólo una conducta en sí pecaminosa, sino también la conducta relacional de unos grupos sociales contra otros. En nombre de la buena noticia no se condena el pecado sólo como fracaso personal del Hombre frente a Dios, sino como aquello que impide y anula que el Reino de Dios llegue a ser realidad para los pobres. De los ricos se dice que su riqueza es injusta, que son los opresores de los pobres (Lc XVI, 9; XIX, 1ss); de los fariseos se dice que no practican la justicia y son guías ciegos (Lc XI, 42; Mt XXIII, 16.24); de los escribas se dice que ponen cargas intolerables, devoran la hacienda de las viudas y se han llevado la llave de la ciencia, impidiendo entrar a otros (Lc XI, 46.52; Mc XII, 38ss); de los sacerdotes se dice que han viciado la esencia del templo, dedicándose a obtener ganancias (Mc XI, 15ss); de los gobernantes se dice que oprimen al pueblo con su poder (Mc X, 42).

La estructura típica de las denuncias y los anatemas no está sólo en condenar lo intrínsecamente pecaminoso de la conducta de esos grupos sociales, más la hipocresía añadida de que pueda justificarse esa conducta en nombre de la religión. La pecaminosidad es también relacional: son opresores de los pobres. Por ello la denuncia de Jesús es simultáneamente defensa del pobre. Y por ello es también práctica social, porque se dirige contra unos grupos en favor de otros, condenando las relaciones establecidas y operando de ese modo sobre ellas. Es la práctica del anuncio desde el reverso de su negación.

Junto a la práctica del anuncio y la denuncia aparecen en los evangelios prácticas concretas de Jesús. El resumen programático de ellas es: «todo lo ha hecho bien» (Mc VII, 37), y su especificación aparece en sus curaciones y en su trato con los pecadores. Normalmente estas acciones aparecen en situaciones concretas y con destinatarios individuales. Pero el notar los destinatarios y el contenido de las acciones da luz para comprender el Reino de Dios.

Si Jesús rechaza realizar milagros para su propia justificación, si los milagros nunca son descritos en lo que tienen de maravilloso, sino en cuanto son obras (erga), actos de poder (dýnameis), signos (sēmeion), entonces sólo pueden ser acciones que muestran la soberanía de Dios, es decir, el Reino de Dios (Lc XI, 20), sobre aquellos que están bajo la soberanía del mal. Y dígase lo mismo del perdón de los pecados. Si las dos escenas en que aparece explícitamente el perdón (Mc II, 5; Lc VII, 48) difícilmente se podrán remontar a la propia vida de Jesús, es indiscutible la relación solidaria de Jesús con los pecadores, sobre todo sentándose a la mesa con ellos (Mc II, 15-17; Lc VII, 36-50) para mostrarles el amor de Dios y sacarlos así de su aislamiento social. El servicio concreto de Jesús al Reino de Dios muestra entonces que éste es liberación de los pobres y desclasados, y que esta liberación no sólo debe ser proclamada como la voluntad de Dios para el mundo, sino que debe llegar a ser en la Historia, debe ser realizada.


4. El empobrecimiento y desclasamiento solidarios son la virtud para que el Reino de Dios llegue a ser

La relación de Jesús con los pobres y desclasados muestra operativamente en qué consiste el Reino de Dios, pero muestra también en qué consiste la modalidad específica de hacer el Reino. Esta modalidad puede resumirse en la necesidad de empobrecimiento y descasamiento solidarios.

Que esto deba ser así no se desprende de ninguna racionalidad apriorística, pero responde a la lógica veterotestamentaria del Siervo de Yahvé y aparece en la estructura de la vida histórica de Jesús. El Reino de Dios en los pobres se anuncia y realiza en un mundo de pecado, contrario y antagónico. La buena noticia es precisamente buena, no en primer lugar porque supere y vaya más allá de lo positivo de una situación determinada, sino porque va contra esa situación. Lo que afirma la teología del Siervo es que la plenitud pasa por el momento de asumir la negación y no puede ser alcanzada desde la inercia de lo meramente positivo. Si en el primer canto del Siervo tiene éste como misión implantar el derecho y la justicia sobre la tierra (Is XLII, 1-9), en el cuarto canto aparece el Siervo cargando con el pecado del mundo para que pueda llegar esa plenitud (Is LII, 13-LIII, 12).

Ésta es la estructura fundamental de la práctica de Jesús, tal como resultó de hecho, e independientemente de su posible autoconciencia de ser el Siervo y de su primera visión de cómo realizar su misión. La defensa eficaz del pobre supone quitar el pecado real y objetivo que le empobrece; y ese pecado no se erradica sin asumir la condición de pobre, no se le devuelve su dignidad sin asumir su propia indignidad.

A nivel de planteamiento teórico, esta estructura está bien reproducida en la escena de las tentaciones, que no deben concebirse como algo puntual, y menos en los comienzos de su ministerio, sino como el clima y ambiente en que se desarrolló su vida. Aparece en ella objetivamente una opción por un servicio a manera del Siervo, sin un poder que —aunque puesto al servicio de los sin poder— lo sustrajera a él mismo de la realidad y consecuencia de la pobreza, la indignidad, la persecución.

En su concreta realidad histórica, Jesús, por concebir así su misión, la realiza en un cauce histórico que inevitablemente lleva a que se le prive de su seguridad, de su dignidad y de su propia vida, es decir, en un cauce histórico de empobrecimiento. Si es difícil delimitar en concreto los momentos particulares en que esto ocurría, el ambiente general de las narraciones evangélicas lo muestra y, en cualquier caso, su muerte en la cruz lo demuestra. A Jesús se le privó de su dignidad, como aparece en los insultos que se le dirigen y en las escenas teologizadas en que le quieren arrojar de la sinagoga y del templo, verdadera excomunión. A Jesús se le privó de su seguridad, como aparece ciertamente en la persecución cercana a su muerte, que los evangelios retrotraen a los comienzos mismos de su vida (Mc III, 6; Lc IV, 28s) para recalcar el ambiente persecutorio en su contra. Y, finalmente, a Jesús se le privó de su propia vida, verdadero y supremo empobrecimiento.

Lo importante, al hacer notar el empobrecimiento objetivo de Jesús, es que éste ocurre por solidaridad con los pobres. La persecución a Jesús puede ser comprendida personalistamente recordando los ataques que Jesús dirigió a diferentes grupos sociales; pero no será comprendida en profundidad si no se aprecia en esos ataques la defensa que Jesús hace de los pobres. En las famosas cinco controversias de Mc II,1-III,5 está en el fondo la defensa de enfermos, pecadores y hambrientos. En el desenmascaramiento que hace Jesús de la hipocresía de los fariseos está en el fondo la defensa de los padres en necesidad (Mc VII, 1-13). El empobrecimiento y descasamiento histórico de Jesús proviene, por tanto, de una actitud mucho más fundamental que la actitud ascética; proviene de su solidaridad con los pobres.

Las exigencias de Jesús a los otros muestran también el mismo movimiento a un empobrecimiento fundamental. La llamada a un seguimiento para realizar la misión en pobreza, al abandono efectivo de casas y haciendas, a tomar la cruz, no son exigencias arbitrarias que Jesús hizo, como pudiera muy bien no haberlas hecho. Son más bien exigencias coherentes con la línea del empobrecimiento. Y, desde otro punto de vista, lo demuestran también las bienaventuranzas. A quienes ya son pobres materiales se les pide concienciar la pobreza y vivirla con espíritu, y de ese modo participar activamente en el movimiento de empobrecimiento.

Este activo empobrecimiento de Jesús no es otra cosa que la versión histórica de lo que después se teologizará como su empobrecimiento trascendente: la encarnación y la kénosis. Lo que interesa recalcar aquí es que ese empobrecimiento trascendente se historiza no sólo asumiendo carne humana, sino asumiendo la solidaridad con los pobres y desclasados.


5. Moral fundamental y teo-logía

La relación in actu de Jesús con los pobres y desclasados hace descubrir el bonum de la moral fundamental cristiana como la realización del Reino de Dios para los pobres y la modalidad fundamental de esa realización a la manera de empobrecimiento solidario. Cabría preguntarse si estas determinaciones, aun siendo evangélicamente importantes, son realmente fundamentales, y más fundamentales que otras determinaciones, para la moral cristiana. Para contestar a esta pregunta hay que preguntarse si en este planteamiento se recobra mejor la última realidad del mismo Dios en quien creía Jesús y en quien creen los cristianos. Ésa es en nuestra opinión.

Este planteamiento enfoca la revelación de Dios y el acceso a Dios por la fe de una manera específica y cristiana. A diferencia de una concepción en último término gnóstica, no se trata del mero saber sobre Dios, sino de saber su voluntad y de saberla en cuanto ésta se va realizando. De ahí la importancia de llegar a Dios desde la mediación del Reino de Dios que debe realizarse.

En contraste con una concepción en directo universalista, se recalca la parcialidad constitutiva de Dios hacia quienes históricamente más privados están de amor, derecho y justicia. En contraste con una concepción natural de Dios, se recalca lo que de escandaloso hay en su misma realidad, descrita como kénosis: empobrecimiento y anonadamiento del Hijo.

Una concepción de Dios así cristianizada debe ser la última base de la moral fundamental. Pero, a la inversa, sólo en la realización histórica de ese tipo de moral fundamental se irá revelando, más allá de afirmaciones genéricas, que así es en verdad Dios. La correlación, genéricamente aceptada, entre Dios y los pobres y desclasados, se hace exigente y fructífera desde la relación in actu de Jesús con ellos y cuando de esa relación se hace el principio para plantear y resolver la pregunta de la moral fundamental.

Tomado de: Jon Sobrino, SJ, Jesús en América Latina. Su significado parala fe y la cristología, Santander, Sal Terrae, 1982, pp. 223-234.

Todas las fotografías fueron tomadas de: www.time.com 

viernes, agosto 30, 2013

El martirio de las religiosas estadounidenses Maura, Ita, Dorothy y Jean


 (en sentido del reloj): Ita Ford, MM, Jean Donovan, 
Maura Clarke, MM & Dorothy Kazel, OSU

En presencia de los cadáveres de Maura (Clarke, MM), Ita (Ford, MM), Dorothy (Kazel, OSU) y Jean (Donovan) hemos sentido lo que tantas otras veces desde el asesinato de Rutilio Grande, hace ya casi cuatro años. Los mártires fueron entonces un sacerdote jesuita, amigo y compañero, y dos campesinos de Aguilares. Los mártires son ahora dos hermanas de Maryknoll, una hermana ursulina y una promotora social de la diócesis de Cleveland. Entre ambos martirios, una interminable lista de sacerdotes, seminaristas, estudiantes, campesinos, maestros, obreros, profesionales e intelectuales.

Aunque la muerte se ha hecho ya triste compañera del pueblo de El Salvador, cada vez que nos reunimos a despedir a nuestros mártires y testigos de la fe surgen los mismos sentimientos. Por una parte, indignación y tristeza, y la oración del salmo: «¿Hasta cuándo, Señor?». Por otra parte, la decisión y firmeza, y la promesa del Señor: «Alégrate, Jerusalén. La liberación está cerca».

Esta vez, sin embargo, nadie podía ocultar una sensación nueva y distinta. Desde el asesinato de mons. Romero, nunca se ha producido una conmoción semejante ni dentro ni fuera del país, nunca ha habido un repudio tan universal y nunca ha existido la sensación de que se ha colmado ya la paciencia de Dios y de que estos martirios son preanuncios de la liberación cercana.

Los 300 sacerdotes y religiosas que nos reunimos en el Arzobispado oímos la voz de mons. Rivera, que sonaba nueva y distinta, denunciando, desenmascarando y responsabilizando a los cuerpos de seguridad y a la Junta demócrata cristiana. La verdad volvía a resonar limpia y clara. Y con la verdad, la fortaleza y la decisión cristiana de permanecer unidos junto al pueblo masacrado, aunque de nuevo la Iglesia caminase hacia la cruz.

Se repetía la primera pascua cristiana. El horror, el abandono y la soledad de la cruz de Jesús llevaron a sus discípulos a esconderse en el cenáculo. Pero el espíritu de Jesús, más fuerte que la muerte, abrió las puertas, y de allí salieron confortados y decididos a predicar la resurrección y la vida, a anunciar la buena noticia del reino de los pobres. El Arzobispado se convirtió en un nuevo cenáculo. Allí se hizo presente el Dios de la vida, más fuerte que la muerte, que la opresión y la represión, más fuerte que nosotros mismos y nuestros propios miedos y temores. Allí se hizo presente la paradoja cristiana en presencia de los cuatro cadáveres. En verdad, donde abundó el crimen y el pecado sobreabundó la vida y la gracia.

Ciertamente, esta última pascua que celebramos ha tenido algo especial. Con este asesinato se han rebasado las fronteras de la iniquidad, se han roto las reglas del mal. Aun quienes en El Salvador hemos visto ya todo y ninguna barbarie nos sorprende, nos hemos sentido sobrecogidos. De nuevo sentimos que han asesinado al justo y al inocente. Pero esta vez el Cristo que ha muerto han sido cuatro mujeres, religiosas y estadounidenses. Y por ello, la negrura del crimen va acompañada de una especial luz.

El martirio de Maura, Ita, Dorothy y Jean, en la película Salvador (1986) de Oliver Stone.

El Cristo muerto son cuatro mujeres. En el mundo y en la Iglesia en que vivimos, los protagonistas son los hombres. Todos somos iguales y diferentes ante Dios; pero ni la igualdad ni la diferencia la encontramos fácilmente en nuestra historia. Estos cuatro cadáveres, sin embargo, algo nos dicen de ello. Hombres y mujeres son oprimidos y reprimidos en El Salvador; hombres y mujeres han elevado su plegaria a Dios para que oiga los gritos que les arrancan los explotadores; hombres y mujeres se han decidido a la lucha por la liberación; y hombres y mujeres han caído en esa lucha. Ahí se da, en el sufrimiento y en la esperanza, la más profunda igualdad.

Las cuatro hermanas se han unido al pueblo salvadoreño al unirse a la mujer salvadoreña. La mujer es procreadora de la humanidad, pero es también creadora de humanidad de una forma específica suya, con la finura de su servicio, la entrega sin límites y el contacto afectivo y efectivo con el pueblo y la compasión que no racionaliza el sufrimiento de los pobres. La mujer es creadora de fortaleza que no abandona al que sufre, como no abandonaron a su pueblo las cuatro hermanas, a pesar de las serias amenazas. La mujer es más indefensa físicamente, y ello resalta y desenmascara más la barbarie de su asesinato y la sencillez y gratuidad de su entrega.

El Cristo muerto son cuatro religiosas. Cuando hoy se habla tanto de renovación de la vida religiosa en El Salvador y en otras partes, cuando tanto se discute del carisma y de los votos, estos cuatro cadáveres nos muestran lo fundamental de lo que hoy significa una vida consagrada a Dios. Sin grandes aspavientos, sin declaraciones grandilocuentes, nos muestran cómo han discernido lo fundamental de cualquier carisma religioso: el servicio. Las religiosas, hoy, se han ido desplazando paulatinamente hacia los lugares más perdidos, allá donde otros no pueden o no quieren llegar; se han acercado de verdad a los pobres de los barrios marginados, a las zonas obreras y, sobre todo, a los campesinos. Consagración a Dios significa hoy servicio y entrega a sus pobres.

Calladamente, también han ejercido su carisma profético de la vida religiosa, denunciando con su presencia y actuación el instalamiento de otros sectores de la Iglesia, el alejamiento del pueblo cristiano de altos jerarcas y, sobre todo, el pecado que da muerte al pueblo salvadoreño. Por ello han sufrido el destino de los profetas y han compartido la misma suerte del pueblo: el martirio. Con ello, también las religiosas tienen sus representantes entre los mártires que mueren entre todos los grupos sociales que han optado por los pobres.

El Cristo muerto son cuatro estadounidenses. Los Estados Unidos son omnipresentes en El Salvador. Existen hombres de negocios y expertos militares; existe una embajada en la que se decide el destino de los salvadoreños sin preguntarles a ellos qué es lo que quieren. Existen armas de fabricación estadounidense y helicópteros desde los que se bombardea y persigue a la población civil. Pero existen también cristianos estadounidenses, sacerdotes y religiosas, que nos han traído lo mejor de los Estados Unidos: la fe en Jesús, no en el dólar; el amor al hombre, no al designio imperialista; el anhelo de justicia, no la explotación. Con estas cuatro estadounidenses, Cristo, aunque vino de fuera, no fue un extranjero en El Salvador, sino que pronto se hizo salvadoreño.

Con ellas se hermanaron la Iglesia de El Salvador y la Iglesia de los Estados Unidos, según la fórmula cristiana de ayudarse y llevarse mutuamente, no de imponer, chantajear con la ayuda económica o infantilizar con el paternalismo. El Salvador les dio a las cuatro hermanas los ojos nuevos para ver el cuerpo crucificado de Cristo en su pueblo y las manos nuevas para curar sus heridas. Los Estados Unidos nos han dado cuatro mujeres que abandonaron su patria para dar con sencillez y para dar hasta su propia vida.

Lo que ha unido a estas dos iglesias, lo que hace que las diversas iglesias vayan construyendo la única Iglesia extendida por todo el mundo, son los pobres y el servicio hacia ellos. Es muy conmovedor escuchar de Peggy Healy, hermana de Maryknoll y amiga de las hermanas asesinadas, que los altos dignatarios enviados por Carter a El Salvador no deben ir sólo a investigar la muerte de cuatro ciudadanas estadounidenses, sino el genocidio de 10,000 salvadoreños. Hoy, como ayer, no existe ninguna otra fórmula cristiana para construir la Iglesia ni para unificar a las diversas iglesias extendidas por el mundo que salirse de sí mismas y dedicarse a los otros, a los más pobres, a los oprimidos, a los torturados, a los desaparecidos, a los asesinados. Cuando existe esa actitud, la Iglesia de El Salvador sólo puede dar la bienvenida a los cristianos de la hermana Iglesia de los Estados Unidos. Y cuando esa actitud lleva hasta el martirio, sólo puede agradecerlo desde lo más profundo de su corazón.


Diciembre, 1980.

Maura, Ita, Dorothy y Jean son el Cristo muerto hoy. Pero son también el Cristo resucitado, que mantiene viva la esperanza de la liberación. Su asesinato ha conmovido e indignado al mundo. Pero a los cristianos este asesinato nos dice también algo de Dios, porque esas mujeres nos dicen algo de Dios. Los cristianos creemos que la salvación nos viene de Jesús, pero quizá sea éste el momento de tomar en serio lo que en la teología se ha dicho de forma en exceso espiritualista y académica: que la salvación pasa también por una mujer, María, la Virgen de la Cruz y del Magníficat. La salvación nos viene por todos los hombres y mujeres que aman más la verdad que la mentira, que están más dispuestos a dar que a recibir, que tienen el supremo amor de dar la vida más que guardársela para sí. Ahí se hace presente Dios. Por ello, aunque estos cuatro cadáveres llenan de dolor e indignación, nuestra última palabra tiene que ser: gracias. Con Maura, Ita, Dorothy y Jean, Dios pasó por El Salvador.

Jon Sobrino, SJ, enero de 1981.

sábado, noviembre 05, 2011

Carta de Jon Sobrino, SJ a Ignacio Ellacuría, SJ†

Querido Ellacu:


Es una ficción escribirte, pero quizás de este modo nos digamos a nosotros mismos cosas que pueden ser importantes. Y con ello también quisiera ambientar un poco el aniversario de su martirio. Te voy a hablar de tres cosas de actualidad, tal como las veo, que tienen que ver con lo que tú fuiste y dijiste.

1. El ‘siempre’ del pueblo crucificado. Ya no se habla mucho de ‘pueblos crucificados’, como lo hicieron tú y Monseñor Romero, llegando a esa genial formulación, creo que independientemente el uno del otro, y guiados del mismo espíritu salvadoreño y cristiano. Y menos aún se insiste en que ese pueblo crucificado es ‘siempre’ el signo de los tiempos como lo escribiste en el exilio de Madrid. La razón para ese silencio no es que vuelva a estar en boga el pensamiento utópico de Ernst Bloch, filósofo, o de Teilhard de Chardin, teólogo. Tampoco es que el mundo esté mejorando, pues sigue gravemente enfermo, como dijiste en tu último discurso. Creo que la razón es que hoy hay menos profetas y que ha empeorado la honradez con lo real. Hablar del ‘siempre’ no solo no es políticamente correcto, sino que es locura impensable. Pero no hay que darle vueltas. Siguen existiendo Haití y Somalia, y entre nosotros se ha propagado una nueva epidemia: el homicidio. De 12 a 15 asesinatos diarios en los últimos años. Es la enfermedad que produce más muertes. Lo light ha avanzado mucho en el modo de pensar y lo políticamente correcto se ha apoderado del lenguaje: ‘vulnerabilidad’, ‘los menos favorecidos’, ‘países en vías de desarrollo’. Nada suena mal.

Por ello, mencionar el ‘siempre’ del pueblo crucificado parece ser cosa de masoquistas irredentos. Pero no es así. En el país siempre llueve cada año, y siempre hay torrentes, destrucción y muerte. Pero también siempre son los mismos los que sufren las consecuencias, los que viven en quebradas, en champas y casas pobres. La pregunta de Gustavo Gutiérrez sigue siendo la pregunta fundamental: ‘¿dónde dormirán los pobres?’. Hay pueblos depredados como el Congo, pueblos ignorados como Haití, pueblos inundados, como los nuestros... Siguen siendo el pueblo crucificado.

¿Y los ricos y poderosos? Siempre sufren algunos daños, pero casi siempre los superan sin mucho costo. Y nada digamos de las crisis financieras. Se invierten miles de millones de dólares o euros para que no se hunda el sistema. El pueblo crucificado no da la vida por supuesto, pero los pueblos ricos sí, y además tienen la profunda convicción de ser los elegidos: dan por supuesto la vida, y están convencidos de que el buen vivir les es debido. Si a ellos les ocurre algo grave elevan la realidad a escándalo metafísico. Pero si ocurren cosas mucho más graves en África o en el Bajo Lempa, no hay tal escándalo. Pertenece al existencial histórico de haber nacido pobres. Es el ‘siempre’ del pecado.

Pero quiero añadir, Ellacu, e insistir, en que hay también otro ‘siempre’. Hay mucha gente honrada que trabaja para que ‘el pueblo inundado’ —hablamos de El Salvador— no acabe muriendo como ‘pueblo desplazado’ o como ‘pueblo ahogado’. La entrega y la bondad también tienen su ‘siempre’. Es el siempre de la gracia.


Y a veces surge un Dean Brackley, SJ. Cuando le dicen que muchos rezan por él, contesta con toda sencillez: ‘Recen por los que tienen cáncer y no pueden tener la atención médica que yo tengo. Y recen por los que estos días se han quedado sin casa y sin comida’. Volveremos a Dean.

2. ‘Qué hacer con los buenos’. La pregunta puede extrañar, pero se me ha impuesto, debido al revuelo que ha causado la audiencia de Madrid. Trabajar para que se juzgue a los responsables últimos de tantos asesinatos en este país, los de ustedes y los de dos mujeres inocentes, es cosa muy buena y muy necesaria. Puede traer muchos bienes. Puede ser una gran ayuda, y muy necesaria, para que se acabe, o disminuya, la impunidad.

Por cierto, no ha salido en las noticias, pero mucho nos hemos alegrado de que los militares argentinos que en 1976 ordenaron el asesinato del obispo Enrique Angelelli vayan a ser juzgados 35 años después. Es un ejemplo, poco extendido, de que la verdad puede triunfar sobre la mentira y el encubrimiento, que tienen millones de dólares y armas sofisticadas a su servicio; que la justicia puede triunfar sobre la crueldad y la vileza; que la civilización de la impunidad, muy afín a la civilización de la riqueza contra la que nos advertiste tercamente hasta el final, se vea un poco frenada. Con el juicio de los militares argentinos no desaparecen todos los males, y el mundo del capital, aun con algunos avances y algo de democracia, sigue produciendo víctimas impunemente. Y ha conseguido crear una civilización de encubrimiento, aunque siempre hay quien lo desenmascara de diversas formas: obispos como Casaldáliga, ‘los indignados’... Esperamos que la audiencia de Madrid tenga éxito, y que en El Salvador ocurra lo de Argentina, aunque, evidentemente, hay fuerzas poderosísimas que están en contra de que eso ocurra.

En esta situación, me ha venido a la mente una pregunta que puede parecer rara. Dicho con sencillez, parece que sabemos qué hacer ‘con los malos’, de modo que nuestro proceder con ellos produzca bienes, por supuesto: instaurar verdad y justicia en el país, llegar a ofrecer perdón —aunque más difícil que perdonar es dejarse perdonar—. Y hay gente muy buena que trabaja por ello.
También sabemos, al menos en principio, qué hacer con las víctimas: lo que Puebla dice que Dios hace con los pobres, ‘tomar su defensa y amarlos’. Y éstas no son, en absoluto, palabras inocentes, pues tomar su defensa supone inevitablemente entrar en graves conflictos con quienes los oprimen. Significa entrar ‘en la lucha por la justicia’, ‘la lucha crucial de nuestro tiempo’, como dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús]. No muchos lo hacen, pero la idea queda clara.

Pero ¿sabemos qué hacer ‘con los buenos’, con los santos? Ciertamente, ponerlos a producir, aprender de ellos, sus ideas y convicciones, sus modos de actuar... Y agradecerles. Es lo que solemos decir y procuramos hacer.

¿Pero nos planteamos de verdad qué hacer con ellos? Estos días nos topamos con la pregunta de qué hacer con Dean Brackley. Hemos velado y acompañado su cadáver. El amor y el agradecimiento se han desbordado, con lágrimas y gozo, en muchas celebraciones, en el cementerio.

Pero me queda el desasosiego de saber bien qué hacer con Dean, con Monseñor Romero, con gente como ustedes. Con Jesús de Nazaret. La respuesta es sencilla: ser como ellos, seguirlos en su hacer y en su ser, imitarlos, historizadamente, como tú decías. En definitiva, dejarnos afectar por ‘los buenos’ y los santos en nuestro hacer. Y más profundamente todavía en nuestro ser.

Entiéndeme bien, Ellacu. Bueno y necesario es saber reaccionar ante lo que hacen ‘los malos’, y actuar adecuadamente con ellos. Bastantes personas e instituciones lo hacen. Pero creo que debemos avanzar en reaccionar como es debido ante ‘los buenos’, intentando ser como ellos. Difícil, sí. Pero necesario para humanizar este mundo. Y también esta Iglesia.

3. Dean Brackley. Ellacu, estas palabras te sonarán. ‘Con Dean Brackley, Dios pasó entre nosotros’. Pienso que no hay mayor confesión de fe que afirmar que Dios sigue pasando por nuestro mundo. Es la fe que más me llena. Y como Dios se hace presente en seres humanos, ellas y ellos, jóvenes y viejos, salvadoreños y norteamericanos, mártires y confesores, como se decía antes, el misterio se desdobla de muchas formas, convergentes, y así es un misterio mayor. Dios pasó con Monseñor y Dios pasó con Dean.

En los muchos testimonios de esta Carta a las Iglesias —‘Amor y Testimonios’ lo titulamos— se narra ese paso de Dios. Elijo sólo uno, el de la doctora Miny: ‘Dean, I love you so much... for ever’. Es lenguaje bello y de eternidad. Lenguaje que remite a Misterio. También Dean, semanas antes de morir, habló en su testamento del paso de Dios, en él, con gran humildad, sencillez y lucidez. Ahora, en otro lenguaje, más conceptual, pero espero que comprensible, quiero hablarte de Dean ante Dios y de Dean con Dios.

Lo primero es que Dean murió empapado de Dios. Así lo veo, aunque en ese misterio solo se puede entrar de puntillas. En su último libro cuenta Dean sus problemas con Dios, sus épocas de agnosticismo, que no fue cosa de poca monta. Me recordó unas palabras tuyas de junio de 1969 que he citado muchas veces: ‘Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe’, y pensé que algo semejante te ocurría a ti. Pero a lo largo del libro, Dean ofrece su propia fe, honda y sencilla, y muy real. Y los lectores quedan sorprendidos al leer el prólogo escrito por la encargada de la editorial para juzgar sobre la calidad del libro. Se reconoce agnóstica, sin que el asunto de Dios le preocupe gran cosa. Pero confiesa que, leyendo el texto, su interés profesional se convirtió en interés existencial, personal. El texto le llevó a Dios, y Dean la bautizó un año después. Luchando con Dios, como Jacob, o dejándose seducir por Dios, como Jeremías, Dean llegó a Dios. Y quedó empapado de Dios.

En ese proceso Dean confiesa con inmensa gratitud que se encontró con los pobres. Cuántas veces escribiste, Ellacu, que los pobres son el lugar del evangelio y el lugar de Dios. Y también recuerdo las palabras de Porfirio Miranda: ‘El problema no es buscar a Dios, sino buscarlo allá donde Él dijo que estaba. En los pobres’. Es cierto que no siempre se encuentra a Dios, aun estando entre los pobres, pues entre ellos y trabajando por ellos, hay agnósticos que son espléndidos seres humanos, y siguen siendo agnósticos. Pero en la mejor tradición de Jesús, el Dios que se encuentra entre los pobres tiene un sabor especial. Pienso que la misericordia se puede hacer más delicada, la justicia más firme, la verdad más sin componendas y la fidelidad más sin medir los costos.

El Dean empapado de Dios fue un ejemplo notable de interesarse por todas y cada una de las personas con quienes convivió y a quienes buscó. Todas y cada una de ellas, compañeros jesuitas, familiares, feligreses de Jayaque y de la UCA, amigos y amigas, salvadoreños, norteamericanos y europeos, y por supuesto los desheredados y pequeños, tenían un nombre muy concreto para él. Cada uno era inintercambiable con otros. Eso hizo que su servicio fuese de gran finura. Y me recuerda al Jesús que conocía a todas sus ovejas por sus nombres.

Y su Dios fue, de verdad, el de la creación. No por moda, algunas de las cuales son muy buenas, Dean puso gran interés en la mujer y el feminismo, en el ecumenismo, y era muy amigo de gente de otras iglesias, en la ecología, y creo que hasta en las causas indígenas. Los argumentos fundamentales no eran categoriales, ni tomados de normas de la jerarquía ni de la doctrina social. Creo que para Dean el gran argumento era que Dios es un Dios de todos.


Dean me ha recordado unas palabras de Monseñor Romero que he citado muchas veces. Son del 10 de febrero de 1980, en medio de la barbarie que reinaba en el país. Dijo Monseñor. ‘¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!’. Para Monseñor Romero Dios no empequeñecía al hombre, pero para el hombre era bueno empequeñecerse ante Dios.

Esto me recuerda a Dean. Nunca pensó que era grande. Nunca se puso en primer lugar, ni hablaba de sí mismo cuando las cosas salían bien —‘ha sido un éxito’—, aunque las hubiera hecho él. Simplemente, se alegraba del bien. Me recordaba a Pablo en su Carta a los corintios: ‘El amor es paciente, es afable, el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre’. En esto Dean me recordaba al gran Padre Arrupe. Creo que siempre pensó en los demás antes que en sí mismo. Nunca se preocupó de que reconocieran lo bueno que hacía. No es frecuente, y por eso sorprende e impacta. Y ayuda también a desabsolutizarnos y a vivir con alegría nuestra pequeñez ante Dios, como decía Monseñor.

Una ultima reflexión. Ellacu, Dean no murió mártir como ustedes, pero sus últimos meses fueron un martirio, de cuerpo, por los sufrimientos de un cáncer de páncreas muy doloroso, y de alma, cuando le asaltaban miedos, sentirse solo, que no le recordasen. No murió crucificado, pero vivió hasta el final participando activamente en las cruces de este mundo. Trabajó con poder, es decir, con fuerza y energía, para bajarlos de la cruz. Y murió con amor silente e indefenso. Como el Dios crucificado.

Las últimas palabras de Dean son palabras de gratitud, a fondo perdido, sin poder poner pie en tierra firme. Pero la gratitud vive de otros y para otros, de Dios y para Dios. Los agradecidos pueden hacer que la realidad sea gracia. Ellacu, si me permites la expresión —creo que es un neologismo— los agradecidos pueden ‘buenear’ la realidad. Es lo que hizo Dean.

Ellacu, ya ves que, en medio de muchos males y a pesar de todo, estamos contentos. Ustedes, Julia Elba y Celina, Jon Cortina y el padre Ibisate, ahora nuestro querido Dean Brackley, han estado con nosotros. Y con ustedes Dios ha estado con nosotros. No se puede pedir más.

martes, noviembre 24, 2009

‘Los mártires de la UCA: exigencia y gracia’ de Jon Sobrino, SJ

‘Hace veinte años asesinaron a mis hermanos jesuitas de la UCA, a Julia Elba y Celina. Yo estaba en Tailandia, y de regreso a El Salvador tenía que pasar por San Francisco. En el aeropuerto me esperaban, con rostros impávidos, Steve Prevett y Peggy O’Grady. En las calles de San Francisco, con un parlante en la mano, Paul Locatelli condenaba los asesinatos, y Tessa Rouverol le acompañaba. Me trajeron a la universidad de Santa Clara. La comunidad me acogió como a un hermano y en ella pasé varias semanas. Al llegar me encontré con ocho cruces plantadas delante de la Iglesia. Y cuando un desalmado las arrancó, Paul Locatelli inmediatamente las volvió a plantar. Nunca lo olvidaré. Por eso, ahora tengo un sentimiento de “volver a casa”.

Sobre estos mártires quiero hablarles, con agradecimiento por lo que fueron e hicieron, pero también con la convicción de que es vital mantenerlos vivos y de que sería fatal dejarlos morir. Los mártires, ellos y ellas, nos confrontan con nosotros mismos sin escapatoria, iluminan las realidades más profundas de nuestro mundo y lo que hay que hacer con él. Tenemos que enfrentarnos a los ídolos que exigen víctimas en el tercer mundo, aunque sus raíces más hondas están en el primero, y tenemos que trabajar por revertir la historia, y salvar así a una civilización que está gravemente enferma, como decía Ignacio Ellacuría, a un mundo en trance de muerte, como dice Jean Ziegler. A los cristianos los mártires nos señalan, mejor que nada y sin temor a equivocarnos, el camino a seguir. Son los que más nos empujan al seguimiento de Jesús y mejor nos introducen en el misterio de su Dios.

En el mundo que llamamos de abundancia la palabra “mártir” produce extrañeza, incluso repulsión, pero entre nosotros —y aquí asoma la paradoja cristiana— también produce luz, ánimo y agradecimiento. Por eso no debiéramos permitir que la palabra “mártir” pierda su vigor. Debe mantenerse como referente cristiano y social insustituible para humanizar a este mundo. Exactamente como la cruz de Jesús. Por esa razón hablaré ahora sobre los ocho mártires de la UCA.

Para ponerlo en un contexto, no sólo académico, sino humano, comienzo recordando cuál fue la reacción ante sus muertes de dos personas bien conocidas. Uno, el Padre Arrupe. Cuando los mataron, estaba ya en cama prácticamente sin poder pronunciar palabra ni comunicarse. Cuenta el enfermero que, al darle la noticia, “el Padre Arrupe se echó a llorar”. Era todo lo que podía hacer, pero en el llanto el Padre Arrupe se dio a sí mismo por entero. El otro, Noam Chomsky. Al cumplir 80 años en marzo de este año, un periodista le preguntó qué le daba fuerza para continuar en la lucha. “Imágenes como ésa”, respondió. Y señaló con la mano un cuadro en el que aparece el arzobispo Romero y los seis jesuitas de la UCA.

Estos seres humanos tocan las fibras más hondas de cualquier persona honrada. Son un referente vivificante. Ciertamente los seis jesuitas. Y también Julia Elba y Celina, aunque éstas siempre nos dejan sin palabra. En ellas se hace presente el mysterium iniquitatis.

1. Quiénes fueron

La injusticia da muerte a gente inocente de formas distintas. Mata a personas como Monseñor Romero y Martin Luther King. Y lenta o violentamente, da muerte a grandes mayorías, a los campesinos de El Mozote en El Salvador; antaño a los esclavos de las plantaciones de algodón.

Los jesuitas de la UCA, mártires jesuánicos

Comenzamos con los seis jesuitas. Después de Medellín, 1968, y tocados por el sufrimiento del pueblo, “se convirtieron”. Aceptaron que ser jesuita es “luchar”, no sólo trabajar. “Luchar por la fe”, y más sorprendente aún, “luchar por la justicia”. Así lo exigía la realidad y así lo dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús] (D 2. 2). Su muerte confirmó lo que la misma congregación había previsto lúcidamente: “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio” (D 4. 46).

Los mártires de la UCA lo hicieron cada uno según sus talentos, y es bueno recordarlo para que todos nos podamos sentir cuestionados y animados. Permítanme detallarlo mínimamente. Ellacuría, 59 años, filósofo y teólogo, rector. Repensó la universidad desde y para los pueblos crucificados. Puso todo su peso para combatir la opresión y represión, y para conseguir una paz negociada. Segundo Montes, 56 años, sociólogo, fundador del Instituto de Derechos Humanos. Se concentró en el drama de los refugiados dentro del país y sobre todo de los que tenían que abandonarlo, los emigrantes, que entonces huían de la represión violenta y ahora del hambre y la falta de trabajo. Los visitaba en los campos de refugiados en Honduras. Ignacio Martín-Baró, 44 años, psicólogo social, pionero de la psicología de la liberación, fundador del Instituto de Opinión Pública de la UCA para facilitar que se conociese la verdad y dificultar que ésta quedara oprimida por la injusticia. Cada fin de semana visitaba comunidades suburbanas y campesinas con las que celebraba la eucaristía. Juan Ramón Moreno, 56 años, profesor de teología, maestro de novicios y maestro del espíritu, acompañante de comunidades religiosas. En Nicaragua participó en la campaña de alfabetización. Amando López, 53 años, profesor de teología, antiguo rector del seminario de San Salvador y de la UCA de Managua. En ambos países defendió a perseguidos por regímenes criminales, a veces escondiéndolos en su propia habitación. Por último Joaquín López y López, 71 años, el único salvadoreño de nacimiento, hombre sencillo y de talante popular. Trabajó en el colegio y fue el primer secretario de la UCA en 1965. Después fundó Fe y Alegría, institución de escuelas populares para los más pobres.

Fueron muy distintos, pero todos ellos fueron seguidores de Jesús y jesuitas. Es lo que nos dejan. En ellos podemos mirarnos para saber lo que debemos ser y hacer. Digamos una palabra sobre lo que fue más suyo.

Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. “Hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”. Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo. Su bautismo fue de Espíritu de sangre y siguieron a Jesús.

Con el espíritu de san Ignacio. En este punto me voy a detener un poco más pues hoy se habla mucho de espiritualidad ignaciana. Creo que nos pueden ayudar a historizar a san Ignacio ciertamente en el tercer mundo y a hacerlo útil para comprender mejor a Jesús.

El otro Ignacio, Ellacuría, hizo una relectura de los Ejercicios desde la realidad del tercer mundo. Tres puntos me parecen fundamentales, y pueden fungir como presupuestos ignacianos de la opción por los pobres y la lucha por la justicia. 1) Mirar la realidad de nuestro mundo y captarla como “pueblos que están crucificados”. Ante ellos la reacción fundamental —sin necesidad de discernimiento— es “hacer redención”. 2) Ser honrados con nosotros mismos, jesuitas, y preguntarnos “qué hemos hecho para que esos pueblos estén crucificados y qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz”. 3) Tomar en serio —quizás lo más difícil y menos frecuente— que hay dos modos de caminar en la vida, de ser jesuitas, construir la sociedad y la universidad. Son caminos opuestos y están en pugna. Uno es el camino de la pobreza, que lleva a oprobios y menosprecios; hoy diríamos humillaciones, difamaciones, amenazas; y de ahí a la humildad, a la hondura de lo humano, a la verdadera vida. El otro es el camino de la riqueza, que lleva a los honores mundanos y vanos; hoy diríamos al prestigio entre los grandes de este mundo; y de ahí a la arrogancia, a una vida falseada, personal e institucional. En resumen, uno conduce a la salvación —humanización— y el otro a la perdición —deshumanización—. Se trata de ganar o perder la vida, como dice Jesús. Y de estar dispuestos a pagar el precio.

En términos de estructuras, Ellacuría insistía en que hay que elegir entre una civilización de la pobreza —afín a una civilización del trabajo— y una civilización de la riqueza —afín a una civilización del capital—. Ésta, que predomina en el mundo, ha generado una civilización gravemente enferma. Aquélla, la que hay que construir, puede revertir la historia y sanar la civilización.

Estos tres puntos: pueblo crucificado, necesidad de liberación, camino de la pobreza —más la honradez con nosotros mismos— son, en mi opinión, lo que más resplandece en la ignacianidad de los mártires de la UCA y lo que mejor explica por qué que acabaron como acabaron. En la tradición de san Ignacio ciertamente hay otras muchas cosas importantes a tener en cuenta: el “magis”, “a mayor gloria de Dios”, “en todo amar y servir”, “el bien cuanto más universal más divino” —todo lo que se menciona con frecuencia en la explosión ambiental de ignacianidad que hoy existe—. Los tres puntos que hemos mencionado son más fácilmente comprensibles, también por los no iniciados en ignacianidad, y ciertamente por los pobres. Y en mi opinión tienen menos peligro de perderse en el ámbito de lo conceptual e intencional. Expresan realidades claramente históricas y verificables.

En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios permanecer en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir. Ni se les ocurrió. Para ver cuánto de explícitamente ignaciano había en ese proceder pienso que hay que ir al primer tiempo de hacer elección: “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios n. 175). Hay que preguntarse “que movía y atraía la voluntad”. Si era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma, como en la formulación de san Ignacio, o si eran realidades históricas: “el sufrimiento del pueblo”, que no dejaba vivir en paz; “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”; “la fuerza cohesionante de la comunidad”; “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cuatro religiosas asesinadas”; incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. En el lenguaje de los ejercicios, en ello y a través de ello Dios estaba realmente causando el sin dubitar ni poder dubitar. Pero Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino de las que hemos mencionado.

El Espíritu de Dios mueve a caminar, pero su fuerza pasaba a través del pueblo sufriente. Así ha parafraseado Pedro Casaldáliga el conocido poema de Antonio Machado: “Camino que uno es,/ que uno hace al andar./ Para que los atascados/ se puedan reanimar./ Haz del canto de tu pueblo/ el ritmo de tu marchar”.

Así, pienso yo, discirnieron los jesuitas de la UCA. Se dejaron atraer y llevar por la realidad. Es la sinergia de Dios y del pueblo sufriente. Y no se me ocurre otra manera de explicar por qué se quedaron.

Quisiera terminar esta reflexión sobre su ser jesuitas recordando que “murieron en comunidad”. Pudo no haber sido así, y pudiera haber sido asesinado sólo Ellacuría, el enemigo principal. Pero hay una verdad importante —providencial si se quiere—, en que su muerte fuese “en comunidad”. Así había sido su vida y trabajo, con alegrías y tensiones, con virtudes y pecados, pero siguiendo una sola línea bien trazada. Y así expresaron que la Compañía está hecha de “todos”. Es “cuerpo”, no suma de individuos, algunos de ellos geniales, otros normales.

Esta comunidad de “seis jesuitas” se integró en una comunidad mayor, el cuerpo de la Compañía universal. 49 son los jesuitas que han muerto en el tercer mundo, asesinados de una u otra forma, después de la CG XXXII. Entre ellos se cuentan tres estadounidenses. Francis Louis Martiseck, 66 años, nacido en Export, Pennsylvania, muerto por arma de fuego en Mokame, India, 1979; Raymond Adams, 54 años, nacido en Nueva York, muerto por arma de fuego en Cape Coast, Ghana, 1989; Thomas Gafney, 65 años, nacido en Cleveland Ohio, asesinado en Katmandú, Nepal, 1997.

No es infrecuente recordar “las glorias de la Compañía”, las reducciones del Paraguay, Mateo Ricci en China… Hoy, estos mártires, unos más famosos, otros menos, son la gloria de la Compañía. Y sobre todo son ellos los que mantienen a la Compañía con vida. Una semana después del asesinato del Padre Rutilio Grande el Padre Arrupe escribió:

“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977).

Julia Elba y Celina: el pueblo crucificado

Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Sobre Julia Elba hace unos días escuché este testimonio de una mujer que la conoció bien:

“Le digo que era muy humana porque sentía el dolor de los demás. Yo viví un tiempo en la casa de ella. Era una persona bien amistosa, sabía llevarse con los demás. Ella tenía 33 años y yo 19. Ella y yo teníamos muchas cosas en común; comenzamos a trabajar desde muy chiquitas. Ella había trabajado desde los 10 años en los cafetales […] Era una mujer muy fuerte. Siempre me enseñó a que no me dejara, que no me acobardara ante los problemas. Fue una mujer sufrida pero fuerte. Me enseñó a ser una mujer de valía, que no dependiera de los otros si no de mí misma”.

Como Julia Elba hay centenares de millones de hombres y mujeres en nuestro mundo. Son inmensas mayorías que perpetúan una historia de siglos: en la América conquistada y depredada por los españoles en el siglo XVI; en el África esclavizada ya en el siglo XVI y expoliada sistemáticamente por los europeos en el siglo XIX; en el planeta que sufre hoy la globalización opresora bajo la égida de Estados Unidos. Mueren la muerte rápida de la violencia y de la represión, y sobre todo la muerte lenta de la pobreza y de la opresión. Sin comparación posible sufren más que nadie las consecuencias de nuestros desmanes. En guerras e invasiones: Afganistán, Irak, Palestina; en el manejo de la medicina y farmacia: malaria, sida; en pésima ecología: inundaciones, desertificación, pérdidas en la agricultura; en las catástrofes naturales: la inmensa mayoría de quienes mueren en los terremotos no pueden construir casas con acero suficiente, viven en la laderas de los montes y en las riberas de los ríos, o junto a las vías del tren…

“Hay más riqueza en la Tierra, pero hay más injusticia. África ha sido llamada “el calabozo del mundo”, una “Shoá” continental. 2.500 millones de personas sobreviven en la Tierra con menos de 2 dólares al día y 25.000 personas mueren diariamente de hambre, según la FAO. La desertificación amenaza la vida de 1.200 millones de personas en un centenar de países. A los emigrantes les es negada la fraternidad, el suelo bajo los pies”.

Estas palabras de Pedro Casaldáliga son del año 2006. Ni el G-7, ni el G-8, ni ahora el G-20, han hecho nada significativo para revertir esta historia. Recordar hoy los ideales del milenio es burla y ofensa a los pobres. En un año el número de hambrientos ha aumentado en cien millones, y cada cinco segundos un niño muere de hambre, asesinado, puntualiza Jean Ziegler, pues es muy posible eliminar el hambre.

Son “el siervo doliente de Yahvé” en nuestros días; “el pueblo crucificado”, lenguaje que no es usado, y que políticamente es “totalmente incorrecto”. Sus hombres y mujeres mueren inocentemente, pues no han cometido el “pecado” de Monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, simplemente estaban allí. Mueren cruelmente, con gran frecuencia después de una vida de grandes sufrimientos. Viven y mueren anónimamente. Son desconocidos los cinco millones de hombres y mujeres que han muerto en el Congo, en una guerra fabricada para que el coltan termine en el mundo de abundancia en las megaempresas de misiles, telefonía y computación. Y mueren indefensamente. En serio, ¿quién defiende a esos pueblos? ¿Quién arriesga algo importante para bajarlos de la cruz?

Los mártires jesuánicos —algunos— son conocidos y venerados, pero no el pueblo crucificado. Peor aún, si, aun sin pretenderlo, aquéllos ocultan a éstos. Ellacuría no vivió ni murió para que el brillo de su figura opaque el rostro de Julia Elba.

Puede parecer absurdo, pero me he preguntado quién es más mártir, Ellacuría o Julia Elba, quién reproduce más la cruz de Jesús. Los mártires jesuánicos expresan mejor la decisión y la libertad para arriesgar la vida, pero expresan menos la negrura de la injusticia cotidiana, la dificultad simplemente de vivir. La muerte de las mayorías asesinadas, por su parte, expresa menos el carácter activo de lucha, pero expresa más la inocencia histórica, pues nada han hecho para merecer la muerte, y la indefensión, pues ni posibilidad física han tenido de evitarla. Esas mayorías son las que más cargan con un pecado que las ha ido aniquilando poco a poco en vida y definidamente en muerte. Son las que mejor expresan el ingente sufrimiento del mundo. Sin pretenderlo y sin saberlo, “completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. No “añaden”, como puntualizan los exegetas, pero sí “reproducen”.

Los jesuitas de la UCA no fueron asesinados por fidelidad kantiana a ideales universales de verdad y justicia, sino por defender a estos pueblos crucificados. Sin recordar a los millones de crucificados no se les entiende. Sería como pretender entender la cruz de Jesús sin recordar a los pobres desgraciados a los que ayudó Jesús en su postración y a quienes defendió de fariseos, escribas, herodianos y sumos sacerdotes.

Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: “fuera de los pobres —y de las víctimas— no hay salvación”.

Para terminar este punto, permítanme dos breves reflexiones. La primera es que entre los victimarios, asesinos directos o constructores y gestores de estructuras opresoras, hay cristianos bautizados, a veces educados por instituciones cristianas. La segunda es que al parecer en los procesos de canonización, no saben qué hacer con los mártires jesuánicos, los mártires por la justicia. Y ciertamente en esos procesos no hay lugar para las mayorías de hombres y mujeres de los pueblos crucificados. Ojalá se repiensen estos procesos. Y, canonizados o no, ojalá la Iglesia se desviva por dar dignidad a las mayorías que han cargado con la cruz en vida y en muerte. Son los preferidos de Dios.

2. Qué piden y qué dan los mártires de la UCA

Para ellos no piden nada. Nuestra conciencia es la que nos apremia: “algo hay que hacer”. Es importante no olvidarnos de ellos, guardarles cariño y agradecimiento. También es importante trabajar y exigir que se esclarezca la verdad de los asesinatos y se juzgue a sus responsables, pues no hay modo de arreglar este mundo si la mentira, el encubrimiento y la impunidad siguen intactos. Pero no basta. Debemos dejarnos interpelar y preguntarnos qué nos piden los mártires.

En mi opinión nos piden, en virtud de ser lo que han sido, “proseguir su ser y hacer”. Y comenzar como ellos, sin temor a plantear la vida, la vocación y el trabajo en términos de con-versión, correlativa a la tarea de re-vertir la historia. Ejemplo insigne de “conversión”, de “vuelco” en el modo de ser y hacer —ya que no le gustaba que se hablara de él en término de conversión, fue Monseñor Romero—. De la conversión de los mártires de la UCA —en unos lejanos ejercicios de 1969— surgieron modos fundamentales de ser y de actuar: la honradez con lo real, la misericordia consecuente sin medir costos, el trabajo por una civilización de la pobreza. Y sorprendentemente, también dejarnos salvar por los pobres.

Vamos a ejemplificarlo concentrándonos en lo que para ellos fue y exigió la universidad, aunque análogamente creo que pudiera decirse del trabajo pastoral, asistencial, de derechos humanos… Y fue una exigencia seria, pues no suele ocurrir que se asesine a jesuitas que trabajan en una universidad.

El 12 de junio de 1982 esta universidad otorgó al P. Ignacio Ellacuría un doctorado honoris causa, y al recibirlo pronunció un importante discurso. Releído hoy, aun teniendo en cuenta las diferencias de tiempo y lugar, sigue ofreciendo luz, dirección e impulso para construir una universidad jesuita de inspiración cristiana. Habrá que adaptar sus palabras creativamente, pero sería temeridad ignorarlas. Veamos brevemente algunos de sus elementos más novedosos, cuestionantes y fructíferos, citando algunas de sus palabras.

A quién se debe la universidad. Toda universidad tiene que ver “con el saber y con un determinado ejercicio de la realidad intelectual”, y en ello las universidades jesuitas no se distinguen de otras. También lo pensaba Ellacuría y exigía que el saber fuese lo más riguroso posible y que la investigación y la docencia fuesen de calidad. Esto lo damos por sentado y no vamos a insistir en ello. Pero insistía también en algo que no es tan evidente ni comúnmente aceptado. “La universidad es una realidad social y una fuerza social, marcada históricamente por lo que es la sociedad en la que vive y destinada a iluminar y transformar, como fuerza social que es, esa realidad en la que vive, de la que vive y para la que debe vivir”.

Esto lleva, entre otras, a una pregunta crucial: a quién se debe y ante quién es responsable la universidad. Condición de su existencia son una variedad de realidades y agentes sociales: los jesuitas y su tradición universitaria, la institución eclesial que, según los casos, dará su aprobación, la comunidad académica e intelectual en el pasado y en el presente, los que la hacen factible económica y financieramente —a veces políticamente—, el estudiantado… A todo esto hay que atender, pero la universidad no se debe últimamente a nada de ello. Y para responder no bastan respuestas universales o que se piensan ser conocidas de antemano.

En el caso de todo el tercer mundo, mayoría en la humanidad, distinto y antagónico a las minorías del planeta, a pesar del ideal de equidistancia que sugiere el término “globalización”, la realidad a la que se debe la universidad y a la que tiene que servir es un mundo de pobreza e ignominia, en muy buena parte un mundo de opresión y represión —y a esa conclusión se llega sin dubitar ni poder dubitar—. Los medios e instrumentos de servir deben ser estrictamente universitarios, pero lo central del servicio sale de la universidad: liberar de todo tipo de opresión. En definitiva “bajar de la cruz a esos pueblos crucificados”. Sin dar prioridad a ese servicio, una universidad puede ser un centro de saber, junto a otros, más o menos competente y competitivo, pero no es una universidad de inspiración cristiana. Y no hay que darlo por supuesto pues la tentación de lo contrario siempre está al acecho.

En términos cristianos es la opción de la universidad por los pobres y las víctimas. La tarea de la universidad es lograr que “los pobres”, los que no dan la vida por supuesto, tengan vida; y que “las víctimas”, los que tienen a los poderes de este mundo en contra, estén defendidos de cualquier poder opresor. Eso lo debe hacer la universidad como un todo, haciendo el mejor uso de la razón en su docencia, investigación, proyección y comportamiento social —y sin confundirlo con la asistencia a estudiantes desfavorecidos, por benemérito que esto sea, por otros capítulos—.

“Ciencia de los que no tienen voz”. Decía Ellacuría: “la universidad debe encarnarse entre los pobres intelectualmente”, lo cual en la realidad, e incluso en el concepto, es de difícil comprensión. Pero se hace más comprensible al mencionar la finalidad de tal encarnación: “ser ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que en su realidad misma tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero que no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”.

Entre nosotros en El Salvador esas palabras recuerdan a las de Monseñor Romero: “Estas homilías quieren ser la voz de los sin voz” (Homilía del 29 de julio, 1979). Y la razón era para defenderlos de los que tienen demasiado voz. Es notable que al buscar un punto de contacto entre razón universitaria y palabra eclesial, Ellacuría no incursionarse en la temática de teoría y praxis, de falibilidad o infalibilidad, duda o certeza, sino en el ámbito de la defensa de oprimidos y víctimas. Aquí la analogía entre palabra pastoral y palabra universitaria se convierte en univocidad.

Monseñor Romero prosiguió: “Por eso, sin duda, [estas palabras] caen mal a aquéllos que tienen demasiado voz”, y la Iglesia de Monseñor Romero fue duramente perseguida. Lo mismo ocurre con la razón universitaria propuesta por Ellacuría. En su discurso recordó las amenazas, ataques y persecución a la UCA en aquellos años. Lo importante, sin embargo, es su reflexión programática, válida hasta el día de hoy: “en un mundo donde reina la falsedad, la injusticia, la represión, una universidad que luche por la verdad, por la justicia y por la libertad no puede menos de verse perseguida”. Por esa razón es importante preguntarse cuánto de persecución sufre o no sufre una universidad cristiana; de parte de quién la sufre y de parte de quién recibe halagos. Y cómo se comporta ante una cosa u otra.

Cuando la razón y la palabra, universitaria o pastoral, no es light y amorfa, sino que tiene peso y aristas, es más cortante que espada de dos filos. Y entonces el mundo que se presenta como tolerante, defensor de la libertad de pensamiento y de expresión, busca defenderse de una razón compasiva y de la palabra de un Dios de los pobres. Hace cuarenta años, hasta la CIA buscó defenderse de Medellín y de la teología de la liberación, pues les daba miedo —“ponen en peligro nuestros intereses”, se decía en el informe Rockefeller—. En América Latina gobiernos y fuerzas armadas asesinaron a docenas de sacerdotes, entre ellos cuatro obispos. Ese mismo miedo pueden generar las universidades a los poderosos.

Universidad “en pobreza y “sin poder”. Es lo que lo que Jesús pide a los discípulos cuando los envía a realizara la misión, es decir, a realizar una tarea. “No tomen nada para el camino”. “No sean como los señores de este mundo que oprimen con su poder”. Esto hay que historizarlo adecuada y realistamente, pero no se de ignorar eficazmente como si no tocase en nada la labor de una universidad.

En la meditación de las dos banderas san Ignacio es muy claro en que pobreza y sin poder son caminos de perfección, pero también caminos de vida, humanización. E insiste en que ambas cosas están en oposición dialéctica a la riqueza y el poder. Éste es el san Ignacio de Manresa. Después, como general de la Compañía, tuvo que historizarlo —y no fue fácil—. El apostolado exigía recursos y los jesuitas entraron, como por necesidad, en relación con bienhechores. Esto les acercó al mundo de la riqueza, de los honores y del poder: reyes, damas de la nobleza, cardenales… A san Ignacio le ocupó seriamente el problema, y buscó soluciones. Un ejemplo conocido es la recomendación a Laínez y Salmerón cuando fueron como teólogos al Concilio de Trento, mundo de poder, ciertamente eclesiástico e indirectamente también civil. Y les ordenó vivir y pasar las noches en hospitales de pobres. Era una forma de vivir las dos banderas en una situación objetiva de riqueza y de poder.

Hoy, por lo que toca a servir en pobreza, se debiera alcanzar el nivel de austeridad, rechazar lujos en edificios y templos, y huir de solemnidades mundanas y vanas, aunque sea lo aceptado e incluso esperado socialmente. Y ciertamente, evitar —en comparación con pobres y clases medias bajas— desigualdades lacerantes en el modo de comportarse.

Por lo que toca al sin poder, no se debe ceder el poder que proviene del “saber”, pues de esa forma el saber queda en manos de quienes normalmente lo usan para ocultar la verdad y oprimir. Pero hay que evitar la arrogancia y el sometimiento de otros que genera el poder. Y el gusto, que más o menos conscientemente produce el acercamiento a los poderes reales, civiles o eclesiásticos.

Por lo que toca a la arrogancia, no hay mejor remedio que dejar que los pobres sean nuestra buena noticia, sobre todo cuando, sin decirlo, nos perdonan. Y asumido con humildad, mucho ayuda la persecución y el martirio.

Y una última reflexión, en forma de aclaración, sobre la “excelencia académica”. Forma parte de la tradición de la educación de la Compañía, pero cualquier maestro de la sospecha se preguntará si hoy no se está encubriendo algo al insistir en ella, y en qué consiste. Para mí el problema está en adecuar, sin discusión, excelencia académica y excelencia universitaria —y de querer acercarse a otras afamadas instituciones universitarias—. Aquélla es necesaria para que exista ésta, pero no es lo mismo. Y peor aún si la insistencia en la excelencia académica llevara a que disminuya la excelencia universitaria. Ya hemos dado nuestra opinión sobre cómo se mide la excelencia de una universidad: configure a una sociedad en la línea de la verdad, la justicia, la liberación y la humanización. Para ello la academia es necesaria y sumamente importante, pero no es la finalidad última. En una universidad es instrumento esencial pero no el fin esencial.

De hecho, así ha sido en las universidades de los jesuitas. Los saberes han sido instrumentos importantes para defender la fe, para que la Iglesia tenga reconocimiento y prestigio, para elevar el nivel de conocimiento de determinados grupos sociales… Y para ello se ha necesitado excelencia académica. Pero lo que hemos propuesto va más allá. Bajar de la cruz al pueblo crucificado significa que sea posible la vida, la dignidad, la fraternidad en el mundo de pobres y oprimidos. Y además desde esta perspectiva se puede volver a retomar la excelencia académica, ahora como un elemento de la excelencia universitaria, de manera que se transforme en excelencia académica “integral”.

La razón está en que en nuestro mundo reina la falsedad, no sólo la ignorancia. Buscar la verdad no es entonces sólo hacer avanzar el saber, sino desenmascarar la mentira establecida. Predomina además la ideología, que tiene una dimensión estructural-institucional, y que quiere defender con el saber intereses muy frecuentemente injustos. La excelencia del conocimiento, en cuanto conocimiento, exige entonces conversión de la inteligencia para superar falsedad e ideología. Y eso se logra, pienso yo, cuando nos dejamos afectar, también intelectualmente, por la realidad crucificada. Y no sólo para sanar la realidad, sino para sanar nuestro conocimiento, y expandir sus horizontes. Esto cuestiona la manera ordinaria —ingenua en el mejor de los casos— de entender la excelencia académica y le ofrece una nueva dirección. El servicio universitario a la liberación de un mundo oprimido lejos de minarla la robustece.

Y no hay que olvidar que a la excelencia académica convencional ya empuja el establishment, que busca generar ideologías a su favor y graduados altamente competentes para mantener el status quo. Mucho más difícil es encontrar fuerzas y dinamismos sociales que muevan a transformar la realidad y sean asumidos por una universidad. Estos dinamismos vienen de los pobres, las víctimas, los mártires.

3. La gracia de los mártires

Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son —pueden ser— una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.

En navidad decimos que en Jesús de Nazaret “ha aparecido la benignidad de Dios”. En semana santa escuchamos en boca de Pilato que ese Jesús es “el hombre verdadero”, “el que cargó con la realidad por amor a los pequeños”. De ahí el “ecce homo”. Ambas cosas, la aparición de Dios y de lo humano en un mundo en oscuridad es una buena noticia.

Eso es lo que celebramos en este acto universitario. Los seis jesuitas de la UCA nos llevan en su fe, de la que podemos tener alguna noticia, aunque sea caminando en silencio y de puntillas. Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar hasta el fondo en su misterio. Pero Dios sí les conoce y ellos —Dios sabe cómo— nos llevan a Dios.

Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo ha teorizado muy bien: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.

Termino. Quiero agradecer muy sinceramente a la Universidad de Santa Clara por la oportunidad que me ha dado de dirigirles estas palabras. Me han permitido hacer presente de algún modo el sufrimiento y la esperanza de un pueblo admirable y la memoria de mis hermanos y hermanas de la UCA. También quiero agradecerles el honor personal que me hacen. Me remite al cariño que me mostraron hace veinte años. Y lo interpreto como símbolo de solidaridad de esta Universidad con la UCA y con todo el pueblo salvadoreño.

Mis palabras finales son las que escribí aquí hace veinte años.

“Descansen en paz Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Matín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, compañeros de Jesús. Descansen en paz Julia Elba y Celina. hijas muy queridas de Dios. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz”.’

Jon Sobrino, SJ

(*) Discurso pronunciado en la Universidad de Santa Clara, California, el 5 de noviembre de 2009.

Tomado de: http://www.redescristianas.net