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lunes, septiembre 03, 2007

‘Cómo vivir la vida’ por San Alberto Hurtado, SJ


‘Limosnero en bien de pobres,
trotador de los niños, sus niños.
Buscador.
No entre plantas floridas,
sino en la espesura del egoísmo.
Rara sencillez de hablar mágico.
Ya no trajinas por tus chiquitos.
Duerme el que mucho trabajó.
No te duermas, Chile. No.
Si duerma dulcemente él sin sobresalto,
memoria sin angustia de la chilenidad.
Criatura y ansiedad suya, todavía’

(basado en un escrito de Gabriela Mistral).

En el silencio de la noche, me detengo a reflexionar. El ajetreo y la rutina hacen perder la orientación de nuestra vida.

La lucha por la existencia, la competitividad de nuestro trabajo, la búsqueda del éxito económico para nuestras familias, son realidades que terminan por agobiarnos. El Mundo enfrenta grandes problemas materiales.

Niños que crecen sin sentir la cercanía y el apoyo de sus padres. Jóvenes sin oportunidades de realizarse. Grandes grupos de empleados, cuyos sueldos no les permiten afrontar las necesidades de sus familias. Sometidos a este ritmo, ya no comprendemos el sentido de nuestros actos. Estudiar para trabajar y educar a nuestros hijos, para que ellos puedan estudiar, y trabajar, y descansar. Es un remedio que toma fuerza con el tiempo. Y nos centra en nosotros, alejándose de los demás.

¿A cuántos vi, pero no miré? ¿A cuántos oí, pero no escuché? En la trama de la vida hay algo oculto, que nos tiene insatisfechos. Tratamos de alcanzar un éxito que no es más que la sombra de la realización verdadera. ¿Vale la pena vivir para luchar de esta manera, y defenderse por todos lados?

Hay que dar a la vida su verdadero sentido. Hacerla profunda, fecunda, feliz. Inspirada en grandes ideales. Entregada a los demás. Seamos como la naturaleza: ella es toda grandiosa. Aspiremos a ser heroicos como la flor que en el desierto crece, a la menor seña de agua. Estos ideales significan desinterés, generosidad, sacrificio. En lo grande y en lo chico. En el estudio, en nuestro trabajo, en los juegos, en las instituciones, en las labores de la casa, en la vida familiar. Que cada acción sea la proyección de un ideal.

No nos quedemos en ser un antialgo. Comprometámonos con la causa de los demás, entregando lo mejor de nuestras capacidades. Menos palabras y más obras. La vida no se piensa ni se esquiva. Hay que arriesgarla entera. Puesto que toda construcción humana flaquea cuando su base no está en Dios, nuestros ideales deberán ser un espejo de Su voluntad. De Él nos viene la vida, la fuerza y la energía para vivirla. No estamos solos, contamos con Él.

Debemos vivir la vida con alegría, inundando de sol a los demás. No olvidar ni evadir las dificultades, sino encararlas con confianza y optimismo. El regalo de nuestra sonrisa enriquece al que la recibe. Y nadie es tan pobre que no pueda darla. No hay problema que no tenga solución, si empeñamos todo nuestro esfuerzo y tenemos fe en el Señor. Y cómo no hacerlo. Si la vida está llena de belleza. Lo simple, lo gratuito, los delicados gestos de nuestro planeta, están llenos de hermosura. Fe en Dios y en los demás, sin desalentarnos.

La confianza en los demás se propaga tal como la vida cuando el viento sopla llevando el polen germinal. Así venceremos al egoísmo, y nacerá el amor. Es este sentimiento, sencillo, desinteresado y responsable,, que debe mover toda nuestra vida. Amor bueno y divino. Concreto, silencioso, respetuoso, sutil. Profundo y comprometido.

El amor nos hace descubrir que la forma de dar solución a los problemas de pareja no es echando pie atrás a la palabra comprometida, sino encarándolos y buscando el encuentro. Porque el amor jamás usa la palabra ‘yo’, sino ‘tú’. Debemos cultivar su misterio y aumentar nuestro compromiso. Los talentos que hemos recibido son para trabajar y ponerlos al servicio de la gente. No podemos, como el Señor, multiplicar los panes, pero sí trabajar en aliviar los sufrimientos humanos. Especialmente, los de los más pobres, porque en ellos está Cristo. Porque ellos son Cristo.

Mis críticas no valen nada si no ayudé a mi compañero, si no colaboré con mis vecinos, o no consolé al enfermo. En fin, si no compartí con quienes más nos necesitan. Dar, darse siempre, hasta que duela. Hasta que se nos caigan los brazos de cansancio. Que no acabe nuestra vida sin haber hecho algo concreto por los demás.

Somos cristianos. No podemos eludir. Nuestra misión es revolucionar la sociedad con el Evangelio. Nuestra entrega debe ser precisa y concreta. Cuando busquemos soluciones a los problemas, hagámoslo seguros de no generar buenos conflictos. Somos seres de paz. Nuestra voz debe sentirse firme cuando asome la violencia. En el servicio a los otros está el umbral de la justicia.

Cuando aparezca la duda, nos llene de angustia una situación, o volvamos a la rutina de ayer o de hace un año, deberemos preguntarnos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Y con inmenso valor, arrojar la red, lanzarse a realizar el plan de Cristo, por más difícil que parezca. Dar a cada problema la solución que Cristo daría. Actuar como Él. Vivir la vida con lo bueno y lo malo, dándome cuenta de que el Señor y yo somos uno, que trabajamos juntos.

¿Cómo vivir la vida?
Siendo como Él…

¡Contento, Señor, contento!

viernes, agosto 18, 2006

Día de San Alberto Hurtado, SJ


He de admitir que el domingo pasado no fui a misa y que mi ‘voy en la semana’ no se había concretado hoy viernes. Para mi fortuna, hoy fui a comer a una comunidad jesuita en el centro de la ciudad y, previo a la comida (un pescado delicioso y acompañado con vino, sentado a la mesa con jesuitas de varias generaciones, con un invitado argentino y otro estadounidense), asistí a una misa en la capillita de la casa, ¡y vaya coincidencias de la fiesta y las lecturas de hoy! Un santo jesuita y actual y mis pasajes favoritos del Nuevo Testamento:

‘¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen de sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué nos sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe”’. De la Carta del apóstol Santiago, II, 14-18.

‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y a los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y mi disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí”. Entonces los justos responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?”. El Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”’. De la Buena noticia según San Mateo, XXV, 31-40.

El padre Luis Alberto Hurtado Cruchaga, SJ (Viña del Mar 1901 – Santiago 1952) fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 1994 y reconocido en el catálogo de los santos por Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005.

Estudió la carrera de leyes en la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero entró al noviciado de la Compañía de Jesús en 1923 y fue ordenado sacerdote diez años más tarde.

El padre Hurtado es un ejemplo perfecto de las enseñanzas de la Escritura y de la ‘promoción de la fe en la justicia’ proclamada por la Compañía de Jesús: fue capellán del grupo Acción Católica, donde trabajó con jóvenes, ganándose su admiración y cariño, y fundó El hogar de Cristo, un refugio para niños y niñas desposeídos. Entre sus labores apostólicas destaca la creación de la prestigiosa revista Mensaje y del Sindicato Chileno, asociación que abogaba por los derechos de los trabajadores y el respeto de su dignidad, pero desde una perspectiva de valores cristianos.

Hace unos días discutía con mi querido amigo sudafricano, Christian Uitzinger (pronto a comenzar su formación para el sacerdocio de la Iglesia Anglicana), sobre mi limitado espíritu ecuménico. No lo niego: mi respeto o cariño por otras religiones (sobre todo el judaísmo y el Islam) termina ante las puertas de los hijos de Lutero, Calvino, Zwinglio y compañía… Los únicos que considero legítimos hermanos separados son los ortodoxos y los anglicanos. Y así como Chris tiene un gran cariño por Roma, yo lo tengo por Lambeth (el palacio sede del Arzobispo de Canterbury), a pesar de nuestras muchas diferencias. Aunque no nos pongamos de acuerdo, podemos discutir muy a gusto sobre la ordenación de mujeres, moral sexual o el legado de Juan Pablo II… no fue así cuando, hablando sobre los protestantes, llegamos al tema de la Salvación. ¿Salvación por la fe o por las obras o por la fe y las obras?

Mi teología es muy veterotestamentaria (judaizante, quizá) y es por eso que soy católico, porque para mí los dos pasajes de la Escritura citados arriba resumen tanto el mensaje evangélico como la Ley de la antigua Alianza. El Reino de Dios no es nada más para el final de los tiempos, sino para el aquí y al ahora; el Paraíso se gana aquí y ahora. El Dios bíblico no quiere que crean en Él, lo adoren y lo alaben, sino que se siga su santa Voluntad, por medio de la cual no sólo seremos felices aquí y ahora, sino que obtendremos la vida eterna junto a Él. A un Dios que es amor no se puede llegar sino por medio del amor.

No cabe duda de que el padre Hurtado creía en Dios y profesaba su fe todos los días. Mas, ¿habría tenido una vida santa sin su amor derramado sobre los jóvenes, los niños desamparados o los obreros sumidos en la injusticia y tentados por el marxismo?

G. G. Jolly