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viernes, enero 08, 2010

Breve historia familiar de Occidente...

Grecolatina

Había una vez una muchacha, hermosa como nunca ha habido otra, llamada Grecolatina. Su padre, Imperio, era un soldado alto, fuerte y guapo, bien instruido en leyes, ingeniería y administración. Su madre, Helenia, era bella y culta, versada en poesía, teatro, filosofía y medicina. Para gran escándalo de sus padres, Grecolatina fue cortejada largo tiempo y finalmente conquistada por Judeo, un rudo hombre de clase baja, de piel tostada por el sol del desierto y de larga barba rizada, celosísimo de su religión, pero sabio y bueno.

Imperio, Helenia y Judeo

De la joven pareja nacieron Cristián y Cristiano, unos impetuosos gemelos que, al principio, eran inseparables, casi siameses. Ambos heredaron la bella elegancia de Grecolatina y la justa sabiduría de Judeo, aunque Cristián, muy dado a los libros y a largas charlas de sobremesa, se parecía más a su abuela Helenia, mientras que Cristiano salió como Imperio, ordenado e hiperactivo. Ha de decirse que los gemelos nunca se llevaron bien con su padre; incluso de repente su madre desesperaba de ellos. Sin embargo, una vez que Judeo se exilió de la casa, Grecolatina pasó sus últimos días mimando a sus hijos, sobre todo a Cristián, a quien le dejó toda su herencia. Éste último contrajo nupcias algo tarde, con una pobre y bella campesina, callada y misteriosa, de nombre Eslavia.

Cristiano, por su parte, se casó a temprana edad, con una rubia y terca mujer llamada Bárbara. Desheredado él y sin dote ella, pasaron una época algo obscura. Peleaban mucho y salían poco. Tuvieron una hija llamada Media, niña fea que se compuso ya grandecita. A la niña tampoco le gustaba salir mucho y se entretenía revisando y copiando los viejos libros de sus bisabuelos. Aunque rezaba mucho, no pudo evitar enfermarse de peste ni pelearse con un pariente lejano del lado de su abuelo Judeo, el primo Islamo, lo cual la volvió algo irritable. No sabemos cómo ni de quién, pero quedó embarazada, ¡y de trillizos! Murió durante un largo y doloroso parto que los médicos llamaron, de forma exagerada, renacimiento…

Media

Los trillizos, sin embargo, sobrevivieron. La primogénita fue Roma, una hermosa, aunque regordeta, mujer. Alguien la describió como una versión exagerada de su bisabuela Grecolatina, con lo piadosa y malgeniuda de su madre. Hasta la fecha, es la solterona de la familia. El segundo hermano fue Humanio, hombre muy culto, pero tímido, que no dio mucho de qué hablar, a pesar de sus esfuerzos de explotar lo mejor de sus genes sin causarle problemas a nadie. Se casó con una intelectual, del linaje de Helenia, llamada Ciencia. El último, Reformo, fue siempre impetuoso, rebelde y trabajador; estaba empecinado en imitar en todo a su abuelo Cristiano, lo que le llevó a enfrentarse a pellizcos y puntapiés con Roma. Halló esposa al otro lado del Atlántico: una muchacha algo desabrida, Puritania.

Roma, Humanio y Reformo

Mientras Roma y Reformo se peleaban a muerte, Humanio y Ciencia criaron, lejos de los problemas familiares, a su hija Ilustria, que resultó ser una muchacha cultísima, inteligente e inconformista… Por fortuna, tras una ardua búsqueda, pudieron hallarle un marido que la soportara, pues sólo le interesaban el trabajo y los negocios. Se trataba del vástago de Reformo y Puritania, su primo, Mercadio.

Y allí es donde se empezó a fastidiar la cosa, pues Mercadio e Ilustria trajeron al mundo a varios hijos muy peculiares. Primero vino Liberalia, buena mujer —¡ni quién lo niegue!—, pero quizás por eso mismo algo ingenua; todos la quieren, pues se vive muy bien en su acogedora casa, a pesar de su mal gusto. Luego vino Marxia, una bellísima pelirroja. Ésa sí atraía a todos con su carácter vigoroso y contestatario, además de que prometía el sol, la luna y las estrellas a quien la cortejase. Por desgracia, su lucha contra lo establecido lo único que le granjeó fue varios hijos ilegítimos —antipáticos todos ellos— y la enfermedad venérea que la llevó a la tumba. El tercero fue un niño regordete y feo: Fascio. Con mal carácter y cuerpo de gorila, se dedicó a hacerle la vida imposible a sus dos hermanas: desde la cuna ya pataleaba y berreaba, haciendo desesperar a Marxia y suspirar a Liberalia. Al principio, se dejaba arrullar por la vieja y gorda tía Roma, que no tenía nada mejor que hacer más que inmiscuirse en los asuntos ajenos: criticaba la poca clase de Liberalia y aborrecía las costumbres disolutas de Marxia. Después, en cambio, Fascio la despreció también a ella y se largó de la casa para hacer de las suyas, hasta que, entre toda la familia, lo pusieron en orden. Las dos hermanas enfriaron sus relaciones durante buen tiempo, justo cuando nacía el benjamín de la familia, tras muchos años. Lo llamaron Posmo.

Posmo

Y así llegamos al presente, cuando, muerta ya Marxia, Fascio retirado y Liberalia anciana y achacosa, el cabeza de familia no es otro que el inmaduro, hedonista y despilfarrador Posmo. Si sus antepasados, de Grecolatina a Ilustria pudiesen ver en manos de quién ha quedado toda la fortuna familiar, se revolcarían en sus tumbas…

G. G. Jolly

martes, abril 07, 2009

Nota extraordinaria

Ya tenía una entrada planeada para el día de hoy, pero tendrá que esperar, puesto que apenas esta tarde me llevé una grata sorpresa en mi revista predilecta, Letras Libres: ¡publicaron una carta que les escribí! ¡Mis palabras y mi nombre aparecen entre sus finas páginas y en su elegante tipografía, casi un sueño hecho realidad! Por cuestiones de espacio, editaron la carta, y se me ha ocurrido la idea de publicarla completa aquí.

Su número de marzo tenía como tema principal la existencia (o no) de Dios, y sus consecuencias...

Éstos son los artículos, altamente recomendables:
Y, a propósito de ellos, mi carta completa:
‘¿Qué tal?

Habiéndome animado el mes pasado a escribir para felicitarles por el X aniversario de la revista, lo hago ahora porque leí con especial avidez su último número. Me atrapó y cautivó desde la portada y el título, que inmediatamente me recordó la polémica de los autobuses en Gran Bretaña (que, a su vez, me hizo pensar que 'Dios no existe y Dawkins es su, ¿el?, profeta') y en España (con su guerra abierta entre Iglesia y Estado).

En los últimos años, Letras Libres ha sido una guía certera en mi camino intelectual y humano, por lo que siempre busco con ansia y considero con seriedad lo que tiene que decir sobre cualquier tema. Más aún en este caso, pues, como creyente que soy, el solo hecho de que abordara el tema me emocionó. Y, en efecto, disfruté mucho su lectura, en especial del diálogo entre Zagal y Fadanelli, y los artículos de John Gray y Pedro Chavarría Xicoténcatl; de estos, el primero por su realismo, y el segundo, igualmente por su realismo: por no conformarse con que la materia subsista en sistemas complejos, sino que más bien siga esa tendencia misteriosa (¿artística?, ¿de diseño inteligente?, ¿divina?) llamada vida, y su consecuencia, la de una subjetividad inexplicable para las ciencias exactas.

Sin embargo, y aquí está el pero que acota los elogios, me parece que la postura secular (laicista por momentos) estuvo demasiado bien representada, mientras que la creyente fue apagada y descolorida. Esto me sorprende, puesto que Letras Libres no es una revista políticamente correcta. Así como es de las pocas voces que, en el México infectado por decenios de estatismo, populismo y rancio nacionalismo, ha abogado por la libertad en todas sus formas (de expresión, económica, política...) y por la responsabilidad del individuo sobre la de el Estado, me extraña (y me duele hasta cierto punto), no encontrar de la misma forma una voz inteligente que abogue sin tapujos, abiertamente, por la fe y la religión como sanas propuestas de sentido y motores loables de transformación social. Contra todo pronóstico, creo que esas voces existen en México, y que abogan por una fe humanizadora en el marco de la democracia liberal, sin nada que ver con el clero ignorante o su brazo político yunquista. Pienso en Javier Sicilia, el mismo Héctor Zagal (en una postura firme, y no tímida, como lo he leído otras veces) o Bárbara Andrade, Mauricio Beuchot... o quizá Jean Meyer o Gabriel Zaid, que al menos están bien empapados de las razones de la fe... O bien intelectuales creyentes de todo el mundo: ya publicaron una vez a Joseph Ratzinger, ¿por qué no hacerlo también con Carlo Maria Martini, Christoph Schönborn, Jacob Neusner, Hans Küng, Angelo Scola o incluso Jon Sobrino o Enrique Dussel (aunque aquí ya pongo en duda lo puramente liberal, además de que el segundo no es internacional)?

Recuerdo un artículo sobre la situación de la Iglesia española escrito por un jesuita en la revista Sal Terrae, en el que se lamenta de la irracionalidad del conflicto con el Estado y la ausencia de diálogo serio en ambas partes (aunque peores espectáculos hemos visto en México, a propósito del aborto o del 'presidente legítimo'...). Compara, desfavorablemnete, a España con Italia, donde senadores y alcaldes dictan conferencias y escriben libros codo a codo con cardenales y eclesiásticos ilustres, por no mencionar el debate de altura que sostuvieron Umberto Eco y Carlo Maria Martini... Al final y con un suspiro, acepta la obscura realidad: existe una gran disparidad de nivel entre los dos países, porque ni el cardenal Rouco es el cardenal Martini ni Savater o Goytisolo son Eco. Me queda claro que en México no existen Martinis, pero esperaba encontrar a los Ecos en Letras Libres. Creo que esta vez se quedaron cortos.

Los saludo, felicito y agradezco su atención.’

G. G. Jolly

(1) Porquería, un blog de Guillermo J. Fadanelli
(2) Apócrifos de Zagal
(3) Página de Fernando Savater

martes, diciembre 11, 2007

Fin de año

Un año más concluye, casi el segundo de este espacio en la blogósfera, y, aunque lo he intentado, no he estado a la altura de los requerimientos que exige. Me quedé con muchas cosas en el tintero, tantos temas que comentar y debatir, como: la próxima Congregación General de los jesuitas (enero de 2008), que definirá el rumbo a seguir de la orden durante los tiempos venideros (con un nuevo énfasis en el apostolado de la justicia y la ecología); las polémicas generadas por ésta misma (comenzando por las críticas viscerales, desinformadas y aberrantes de la Cigüeña); el calentamiento global y las terribles inundaciones en los estados mexicanos de Tabasco y Chiapas; las crisis humanitarias en Sudán y el Oriente Medio; varios temas sobre posmodernidad y globalización; cuestiones profanas de arte y literatura; comentar sobre los acercamientos ecuménicos entre Roma y las iglesias orientales, el rito tridentino y asuntos similares; mi experiencia apostólica y académica como novicio jesuita… En fin, muchas cosas que no he podido compartirles, precisamente por esta última.

La próxima semana emprendo una serie de viajes que me mantendrán alejado de este blog: misiones navideñas en el campo de Jalisco, vacaciones junto a Chapala, un mes de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y otro tanto de trabajo voluntario en hospitales. No sé si tenga tiempo de escaparme desde ahora hasta semana santa, para atender un poco a mis lectores virtuales. A pesar de ello, quisiera desearles una feliz Navidad y un nuevo año repleto de bendiciones, de parte del Señor, Fuente de toda Vida.

domingo, abril 08, 2007

¡1er. aniversario de Ululatus sapiens!

Alfred Gockel, Celebration.

Es increíble, pero este blog ha cumplido un año. Yo que pensé que no iba a incursionar en este terreno, mírenme nada más, un año después...

¡Felicidades a mis lectores, sobre todo (a veces más, a veces menos)!

martes, diciembre 26, 2006

El cuestionario de Proust

Éste es el Cuestionario Proust, lo hizo Marcel Proust —el autor de En busca deltiempo perdido— y ha pasado de mano en mano hasta nuestros días. A mí me lo mandaron y lo contesté.

Si fueras ciudad, ¿cuál te gustaría ser?
La Roma en tiempos de Adriano, Granada en tiempos de al-Ándalus, el Londres victoriano, Nueva York, la Viena dieciochesca o Jerusalén.

Si fueras libro, ¿cuál te gustaría ser?
Al este del Edén de John Steinbeck, Los miserables de Victor Hugo, La guerra y la paz de Liev Tólstoi, La Ilíada de Homero, La Eneida de Virgilio. Incluso, el Talmud… (puros libros gordos y grandiosos, ¿megalomanía?).

Si fueras fruta, ¿cuál te gustaría ser?
Yo creo que un kiwi: extravagante, dulce y peludo… (bueno, ya soy así...).

Si fueras bebida, ¿cuál te gustaría ser?
Una Coca Cola bien fría o un buen vino tinto de California (así soy, contradictorio y unificador de extremos).

Si fueras platillo, ¿cuál te gustaría ser?
Paella valenciana.

Si fueras canción, ¿cuál te gustaría ser?
La 5ª sinfonía de Gustav Mahler (aunque no sea canción).

Si fueras animal, ¿cuál te gustaría ser?
Una ballena azul.


Si fueras personaje de ficción, ¿cuál te gustaría ser?
Eneas, Lucien de Rubempré (el de Ilusiones perdidas de Balzac), León Dupuis (el amante de Emma Bovary), Jack Aubrey o Henry Maturin (de la saga de Patrick O’Brian Capitán de mar y guerra).

Si fueras heroína de ficción, ¿cuál te gustaría ser?
Marguerite Gautier, ‘La dama de las camelias’, Madame Bovary o Anna Kariénina… aunque preferiría, por sobre todas ellas, a Lady de Winter (una de las más perras entre las perras malditas de la literatura, salida de las páginas de Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas).

Si fueras calle de la ciudad de México, ¿cuál te gustaría ser?
Orizaba, en la colonia Roma.

Si fueras teoría filosófica, ¿cuál te gustaría ser?
El personalismo en su rama veterotestamentaria (Buber, Lévinas, Rosenzweig).

Si fueras poema, ¿cuál te gustaría ser?
‘Antinoo’ de Fernando Pessoa.

Si fueras letra —de la A a la Z—, ¿cuál te gustaría ser?
La W o la Z.

Si fueras cifra, ¿cuál te gustaría ser?
9.888

Si fueras mineral, ¿cuál te gustaría ser?
Un safiro.

Si fueras estrofa, ¿cuál te gustaría ser?
‘Chi son? Sono un poeta.
Che cosa faccio? Scrivo.
E come vivo? Vivo!’
(de la ópera La Bohème de Giaccomo Puccini)

Si fueras instrumento musical, ¿cuál te gustaría ser?
Un órgano monumental, un timbal o la voz humana…

Si fueras máquina —simple o complicada—, ¿cuál te gustaría ser?
Un gran transatlántico de la belle époque o posterior, como el Normandie. (Parecería que soy un megalómano de pacotilla, pues he mencionado muchas cosas muy grandes: sinfonías megalómanas, órganos monumentales, libros gordos, grandes mamíferos y máquinas…)

Si fueras edificio —iglesia, palacio, casa o lo que sea—, ¿cuál te gustaría ser?
La basílica de San Pedro o el Kriémlin.

Si fueras santo, ¿cuál te gustaría ser?
San Pedro (el único tan cabezota y terco como yo), San Iñaki López de Oñaz y de Loyola, San Luis IX de Francia, San Pío X…

¿Cual sería tu mayor desgracia?
Quedarme ciego y/o sordo.

¿Qué quisieras ser?
Cantante de ópera, emperador romano, cardenal, explorador del siglo XIX…

¿Dónde desearías vivir?
Roma, San Petersburgo, Jerusalén, Cuba…

¿El color que prefieres?
Azul.

¿La flor que prefieres?
La rosa, el jacinto.

¿El pájaro que prefiero?
El colibrí.

¿Mis autores preferidos en prosa?
Oscar Wilde, Joseph Ratzinger, John Steinbeck, Elfriede Jelinek, Carlo Maria Martini, Eduardo Mendicutti, Gore Vidal, Octavio Paz, Martin Buber, Thomas Mann, Enrique Krauze, Alexandre Dumas…

¿Mis poetas preferidos?
Octavio Paz, Fernando Pessoa, Homero, Virgilio, Sylvia Plath, Vicente Huidobro, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Catulo, José Saramago, William Shakespeare, W. H. Auden, Walt Whitman, Lord Byron…

¿Mis héroes de ficción?
Jack Aubrey, Eneas, Sam Hamilton o Lee (los más sabios de Al este del Edén).

¿Mis heroínas favoritas de ficción?
Madame Bovary, Marguerite Gautier, Anna Kariénina, pero, sobre todo, Lady de Winter (aunque ella es villanísima).

¿Mis compositores preferidos?
W. A. Mozart, Philip Glass, Henryk Górecki, J. S. Bach, G. F. Händel, Richard Wagner, Gioacchino Rossini, Gustav Mahler, Dmitrí Dmítrievich Shostákovich, John Williams, Wim Mertens, Wojciech Kilar, Zbigniew Preisner, Richard Strauss…

¿Mis pintores predilectos?
Claude Monet, Marc Chagall, Jackson Pollock, Diego de Velázquez, Henri de Toulouse-Lautrec, Vasilí Kandinski, El Greco, Oskar Kokoschka, Esteban Murillo…

¿Mis héroes de la vida real?
Juan Pablo II y el señor Shie Gilbert (ambos nacidos en Polonia en 1920). Benedicto XVI, que forma la tríada del 27, junto con Ernesto de la Peña y mi tío Felipe.

¿Mis heroínas históricas?
Hannah Arendt, María Teresa de Austria, Catalina II e Isabel II de Rusia, Simone de Beauvoir, Santa Teresa de Jesús, Santa Edith Stein, la Beata Teresa de Calcuta…

¿Mis héroes históricos?
Sir Winston Churchill, Juan Pablo II, Alejandro Magno, Adriano, Trajano, Marco Aurelio, San Ignacio de Loyola, Juan de Austria, Felipe II, Federico el Grande, Sir Georg Solti, Daniel Barenboim, Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti…

¿Mis nombres favoritos?
Aarón y Moisés, José, Julio César, Horacio, Trajano, Adriano, Antinoo, Alejandro, Luis Felipe, María Fernanda…

¿Qué detesto más que nada?
La ignorancia voluntaria.

¿A qué personajes de la historia desprecio más?
Hitler y toda su calaña. Lutero, Calvino y Zwinglio. Hussein, Milošević, Amin, Chávez, Pinochet, la familia Saúd, Bin Laden, el reverendo Fred Phelps, Richard Wagner, José Luis Rodríguez Zapatero, Mahmoud Ahmadineyad, Kim Jong-il…


¿Qué reforma admiro más?
Los Concilios de Trento y Vaticano II. La creación de la ONU. Los juicios de Núremberg y Tokio.

¿Qué dones naturales quisiera tener?
Lucir como un modelo de Armani o Calvin Klein…

¿Cómo me gustaría morir?
Exhausto (y de no más de 80)...

¿Estado presente de mi espíritu?
En apatía sacramental…

¿Hechos que me inspiran más indulgencia?
Las metidas de pata bien intencionadas.

¿Mi lema?
‘Soy un filósofo aullador. Mis ideas -si ideas son- ladran: no explican nada, estallan.’ E. M. Cioran

sábado, diciembre 23, 2006

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

A todos mis lectores les deseo que pasen unas bellísimas fiestas y que tengan un excelente año 2007. Y quisiera agregar algo más:

¿Qué significa la Navidad realmente?, ¿qué celebramos?, ¿por qué es una época de paz y de amor?, ¿por qué se dan regalos?

Conmemoramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, Cristo, el Mesías… en Belén de Judá.

Pero, ¿qué nos dice aquello, que pudiese parecer tan trillado?

Dejemos que un experto y hombre de fe lo responda:

‘[La Navidad es el mayor ejemplo de que] la elección de lo humilde caracteriza la historia de Dios con el ser humano. Esta característica la vemos primeramente en el escenario de la actuación divina, la tierra, esa mota de polvo perdida en el universo; en que dentro de ella, Israel, un pueblo prácticamente sin poder, se convierte en el pilar de su historia; en que Nazareth, otro lugar completamente desconocido, se convierte en su patria; en que el hijo de Dios nace finalmente en Belén, fuera del pueblo, en un establo. Todo esto muestra una línea: Dios coloca su medida, el amor, frente al orgullo humano. Éste es en el fondo el núcleo, el contenido original de todos los pecados, es decir, el querer erigirse uno mismo en Dios. El amor, por el contrario, es algo que no se eleva, sino que desciende. El amor muestra que lo auténtico consiste precisamente en descender. Que llegamos a lo alto cuando bajamos, cuando nos volvemos sencillos, cuando nos inclinamos hacia los pobres, hacia los humildes’.(1)

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

G. G. Jolly

(1) Joseph cardenal Ratzinger, Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002. p. 200.

lunes, septiembre 11, 2006

‘El poder de la conversación’ de Adolfo Castañón

Janice Howell, Conversation.

‘Cada libro es como una cita, una promesa de cohabitación mental y convivencia, una conversación, un proyecto de vida, una promesa, un adorno mental. Las actas del simposio sobre La mitología del cerdo. Las figuras de la biblioteca en la imaginación del siglo de oro español, los Poemas completos de D. H. Lawrence; los Diarios de M. F. K. Fisher –la ensayista estadounidense que escribe sobre cocina y vida cotidiana–, el libro sobre Europa de Lucien Febvre, los ensayos de Germán Arciniegas o la prosa de Paul Celan. El comprador de libros no sólo los adquiere para leerlos sino, por supuesto, para tenerlos, para saber que los puede leer. Entro y salgo de las librerías con un sentido de culpabilidad o de extrañeza: estoy aquí, por fin, estoy aquí, me digo, antes he visitado las librerías con los ojos del sueño y de la mente. También me siento un intruso: ¿Qué hago aquí? ¿Por qué he venido a cumplir este ritual de absurdo? ¿Por qué estos autores –digamos Michel de Montaigne, George Steiner o Paul Valéry– me son más cercanos y preciosos y más próximos que algunos miembros de mi familia, que mis conocidos, vecinos y amigos? ¿Por qué despilfarro fortunas en llevarme estos libros?

Un libro es una cita, una conversación, un libro lleva a otro: precisamente por eso en cada uno están presentes y ausentes los demás. Atravieso una glorieta, y me doy cuenta de que yo mismo soy un crucero. Camino por el puente pero ¿no soy yo mismo un puente? ¿Qué es un puente? Un puente no está en ninguna orilla y sin embargo une las dos; no es el agua pero la atraviesa. Un puente está hecho para pasar. Nadie vive en un puente –aunque algunos pordioseros duerman bajo sus arcos. Un crítico literario, un ensayista, es un espectador que se ha hecho de su gusto por mirar un espacio. Es una persona-terraza. Quizá los libros que compra son la materia prima para elevar ese mirador.

Libros: flechas y señales. A fuerza de reunir libros, se crea una biblioteca. Algo así como un panteón o una ciudad mental. Y es cierto: los suburbios, las banlieue devoran las ciudades contemporáneas, las interminables manchas urbanas. El origen literal de estas palabras es un buen auxiliar: banlieue: lugar donde viven los proscritos, lugar de proscripción: ban-lieue; suburbio: la ciudad de los inferiores, la población de los subsuelos, de los de abajo. La biblioteca-ciudad no escapa a estas connotaciones: lo ilegible crece, ay de aquellos que llevan lo ilegible en su corazón.

El ruido impide leer: Un libro es ¿quién no lo sabe? una bomba de silencio. Una biblioteca y un muro aislante se parecen mucho; el papel funciona como el corcho: aísla del ruido. Así, la biblioteca está fuera de la historia o, al menos, se pone al margen de ella, la acepta a condición de transcribirla.

Se admiten periódicos, revistas y ¿por qué no? discos con música grabada. Incluso cabría aceptar discos con ruidos –como en la narración de George Steiner: Desert Island Discs (1992), a condición de que estén clasificados y organizados, claro, en función de un discurso subyacente que los eleve a la categoría de documento, parte de un código. O sea que el libro en última instancia no existe y es sólo una actitud. La actitud que lleva a contar historias y a oírlas, a conversar. La historia, por ejemplo, del avaro previsor que, nacido a fines del siglo XIX, pensó que nunca llegaría al XXI y mandó hacer su lápida con su nombre: Fulanito (1896-19….) dejando libres las dos últimas cifras, pues pensaba morir en el XX, pero pasó el siglo, cumplió cien años y, sí, estaba contento de vivir, pero furioso por tener que volver a gastar y tener que comprar otra lápida. Historias, anécdotas, episodios, ideas, pensamientos, recuerdos, memorias, historias de guerra, las historias de las mujeres humilladas en público en la Francia librada de los alemanes, rapadas por haber accedido no sólo a acostarse con los invasores, sino por haberse vanagloriado de ello. No, no todos los alemanes eran duros, no todos eran nazis, algunos eran simplemente soldados profesionales que veían con espanto de lo que eran capaces los jóvenes SS.

Pero en México no tuvimos guerra. ¿La cuestión judía?, ¿el poder nazi? Sólo conocimos ecos remotos. Hubo una revolución y luego una guerra cristera, y crímenes y hombres que eran sacados de su casa para ser fusilados de inmediato, y violencia y delaciones, y libros sobre los fusilamientos y libros sobre la traición y el heroísmo, y el amor entre las alambradas y sobre la locura llamada historia. Conocemos las historias de los desaparecidos, de los que se llevaron una noche y nunca volvieron. Porque finalmente decir libros es una forma de decir hombres, memorias humanas, y el que carga libros eso es lo que anda haciendo: llevando sobre sí el peso de la historia, la carga de la memoria y de la imaginación. Una carga tanto más grave y pesada cuanto que vivimos en una sociedad que idolatra el olvido, a pesar de que esté dispuesta a pagar millones para la conservación del patrimonio. Ciudades de amnesia a pesar de la comunicación y sus tecnologías. Quizá sólo estas sociedades tan complejamente uniformadas, tan sofisticadamente informadas gracias a internet podían haber inventado la soledad de nuestros siglos XX y XXI, el aislamiento de los desempleados, la orfandad, el miedo, aun la repugnancia que nos suscita lo humano, el terror a comunicarnos que precisamente los libros, los periódicos –ya no digamos las pantallas– ocultan. Terror a comunicarnos y terror también a estar solos. Porque la soledad inventada por la sociedad moderna nos prepara muy mal para poder resistir la antigua soledad creadora y contemplativa –y ahora ¿qué curioso, ¿no?, ¿no siempre ha sido así?– tenemos miedo de estar solos y de estar acompañados, miedo de cualquier cosa que no sea estar frente a una pantalla hipnotizados. Y hablar y escuchar, ¡vaya!, qué molestia, qué cansancio, qué flojera, qué poca… atención y compasión nos inspiran ahora nuestros prójimos.
Parecería necesario inventar una nueva conversación, “y la revolución que necesitamos hoy está en cambiar la forma en que hablamos del fracaso”. Las sociedades, lo sabemos, se fundan en las afinidades: en los cimientos de la ciudad está la amistad que produce pactos, alianzas, contratos. Me gustaría pensar que el lenguaje nació del placer y no de la necesidad, del gusto y la necesidad de compartirlo, por la voluntad de darle un futuro a cierta experiencia suficientemente placentera para cobrar un carácter trascendental. Ese gusto y placer está asociado al sentido –y transmitir el gusto sería transmitir el sentido. Pero en nuestros días de prisa, esclavitud asalariada, alimentos congelados, secularización mercantil, guerra económica, desempleo de por vida, rutina y supuesta falta de horizontes, la conversación está en decadencia, desfallece la palabra civilizada, y el mundo se ve reducido a los más diversos fundamentalismos –no por diversos menos compactos e intolerantes. La especialización –anota oportunamente Zeldin– es otra forma de exclusión social. La imaginación de la utopía es invención de una nueva comunidad.

Vivimos una sociedad mercantil y especializada de donde quedan excluidos todos aquellos seres y circunstancias que no conducen a un provecho y rentabilidad inmediatos. La sociedad del trabajador y de la movilización total considera el ocio como un castigo. De ahí que los desocupados, con la reputación de excluidos, necesiten tanta ayuda: primero económica, luego psicológica.

Como una salida al agotamiento de la conversación actual, propone Zeldin hablar del fracaso. Hablar valientemente del fracaso y de los fracasados; hablar con los fracasados y derrotados; con los humillados y ofendidos. Asumir en alguna forma su punto de vista. Pero esto –¡cuidado!– no siempre implica hablar en primer lugar de los propios fracasos, dolores e insatisfacciones o –al menos– estar consciente de ellos.

Otra de las conversaciones agotadas, otra de las causas de la decadencia de la conversación, es que el discurso del amor está estancado. La retórica amorosa de que disponemos no nos sirve de mucho: el amor cortés, el cortejo, el vuelo romántico, los discursos del matrimonio burgués y pequeñoburgués no han sido renovados por el cine y la televisión, de modo que nuestro desarrollo tecnológico hipertrofiado no corresponde a nuestras experiencias fragmentadas ni a unos discursos arcaicos dominados por la violencia. Es quizá la falta de un discurso sobre la amistad, la amistad amorosa, cristalice o no en una vida en pareja, lo que corroe desde su raíz a la sociedad.

La amistad es por supuesto el espacio de la conversación en su más alto grado de intimidad e intensidad, pero también es cierto que se pueden tener buenas conversaciones con quienes no son nuestros amigos más íntimos, y que incluso la intimidad puede llegar a ser un obstáculo para la libertad de la conversación. El Renacimiento y la Ilustración fueron momentos de gran conversación –y, añadiría yo, de libertad de costumbres. La conversación está, desde luego, asociada a las costumbres, a los valores y a los puntos de vista. Cambiar de conversación, iniciar una conversación, equivale a inventar una nueva red de costumbres, una “tercera naturaleza” para superar la segunda que ya no nos sirve. Sócrates, Cristo, iniciaron ¿quién lo dudará? otras conversaciones. ¿Una conversación fresca, nueva, es revolucionaria? Parecería que sí. También adúltera. Es relativamente sencillo –eso lo saben los maridos eternos– iniciar una nueva conversación con una nueva mujer: una nueva novela, una saga, un romance. Pero es más difícil mantener viva la conversación con la esposa (o la hermana), y todavía más mantener una intimidad amistosa con un amor imposible –aunque los amantes, si son cuidadosos, saben conservar su lengua fresca mucho tiempo. La mayoría de las personas cambia de trabajo por razones de dinero o de poder y prestigio. Existen, sin embargo, algunos casos en que se cambia de trabajo (o de mujer) simplemente para cambiar, para seguir la conversación: para perseguirla.

Pero –como decía el peregrino irlandés–, si no podemos cambiar de país, cambiemos de conversación, aunque cambiar de país (de familia) sea ya hablar de otras cosas.
El mundo actual corre el riesgo de ser enormemente aburrido: de un lado, la especialización, la profesionalización, la transformación del ser humano en un instrumento de precisión incapaz de comunicarse con otras personas más primitivas, que son o le parecen herramientas y que aparecen ante él como cifras, caricaturas. La globalización: el mundo se estrecha, ya no hay tierra incógnita, sólo Dios Abscóndito, un Dios que se oculta, un silencio que no otorga. El mundo como un gran hospital atendido por especialistas, y donde la frontera entre curandero, charlatán, sacerdote, político, todólogo y médico generalista se iría disolviendo. Las explosiones aventureras son substituidas por las implosiones de la clandestinidad y la transgresión. La nueva Torre de Babel es horizontal y se llama internet. Instrumento prodigioso de información, comunicación, dominio, conservación, piratería, confusión, guerra, guerrilla y desinformación, internet es el instrumento más refinado y amplio de la secularización. Casi parece natural que el colegio de sabios de la Torá, compuesto por los rabinos ultraortodoxos de Israel, denuncie que “el diablo se esconde en internet”. La condena rabínica recuerda el anatema lanzado por la misma organización hace tres décadas contra la televisión. El hecho de que internet y la televisión sean los dos brazos de una misma pinza enriquecería, en principio, la conversación. La experiencia nos lleva a ser escépticos sobre su florecimiento superficial, a la vista de la explosión de revistas y diarios que proveen conversación barata y desechable, envolturas mentales listas para ser habladas (prêt-à-parler) y abandonadas. Pero la conversación debe seguir. Las puertas están abiertas. Sólo hay que empujarlas.’

Adolfo Castañón

Tomado de: Letras Libres.