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sábado, marzo 17, 2012

Carta del Profeta a Pedro


Cuernavaca, Morelos, 18 de marzo de 2012.

Santísimo Padre, hermano en Cristo, Benedicto XVI:

Te hablo de tú, porque Cristo nos enseñó a hablarle al Padre y al hermano con ese tú tan familiar, tan íntimo como el del amor trinitario; con ese tú, que en el yo que habla y se convierte en el nosotros de la comunidad. Te hablo de tú, en nombre de ese nosotros, porque sabemos que vienes a México y que llegas en las proximidades de la Semana Santa, esa semana misteriosa y terrible donde el inocente de los inocentes padece la traición, el sufrimiento y la desesperación, esa semana en la que yo, hace un año y al igual que nuestro Padre, tuve que padecer el doloroso asesinato de un hijo; esa semana en la que desde entonces como poeta e hijo de la Iglesia me uní a la voz de todos, las madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas, que han padecido ese mismo dolor deh Padre que la Iglesia entera volverá a sentir esta próxima Pascua.

Por eso, antes de tu llegada a México, he venido en nombre de ese nosotros hasta Roma para decirte, desde nuestro dolor de víctimas, que México vive en el sufrimiento de esa semana desde hace cinco años, un sufrimiento que se extiende por el continente americano como el cuerpo vilipendiado de Cristo. Tenemos, según cifras oficiales, 47 mil 551 asesinados de las formas más horribles y despiadadas –esto quiere decir más de los muertos en Irak en el mismo periodo y casi dos veces más del número de víctimas en Afganistán–, más de 20 mil desaparecidos de los cuales el gobierno no puede dar cuenta de su paradero, más de 250 mil desplazados y de migrantes centroamericanos viviendo en condiciones inhumanas –a los que día con día se agregan decenas de más muertos, de más desaparecidos y desplazados– y un 98% de impunidad. Esto quiere decir que si alguien asesina, secuestra o explota a alguien hay sólo el 3% de posibilidad –es decir, casi nada—de que se le atrape y se le castigue conforme a la ley.

México y Centroamérica, amado Benedicto, son en este momento el cuerpo de Cristo abandonado en el Huerto de Getsemaní y crucificado en medio `e dos delincuentes. Un cuerpo, como el de Nuestro Señor, sobre el que ha caído toda la fuerza de la delincuencia, de las omisiones y graves corrupciones del Estado y sus gobiernos, de la prohibición del consumo de drogas en Estados Unidos, de su producción de armas que pasan ilegalmente a nuestro país para armar a los delincuentes, del lavado de dinero que deja cuantiosas sumas, de una Iglesia jerárquica que –con sus excepciones y su mejor rostro, los religiosos— guarda un silencio cómplice, y de un mundo –ese american way of life– que ha reducido todo a la producción, el consumo y el dinero, instrumentalizando a los seres humanos; un cuerpo, como el de nuestro Señor, herido, llagado, vilipendiado, humillado, criminalizado, mezclado con asesinos, vive en la inseguridad, la injusticia y el llanto; un cuerpo, que en los miles de rostros que hemos visto en nuestro largo peregrinar por la nación, reuniéndolos, consolándolos y visibilizándolos, en su angustia, en sus palabras de miedo, de coraje y de abandono, pregunta, como Cristo preguntó en Getsemaní y en el Cólgota: ¿Dónde está el Padre? ¿Dónde, después de la Resurrección, están los que representan su amor, los que afirman hablar en su nombre y responder al dolor de Cristo en su pueblo con esa misma esperanza?

Cuando llegues a México, amado Benedicto, y aunque sabemos que sabes de este horror, queremos recordarte que detrás del decorado mediático y político que como siempre te montarán para borrar el cuerpo de Cristo mientras los que dicen representar la palabra de Dios y los que dicen representar la palabra del pueblo lo mantienen secuestrado en el banquillo de los acusados, quienes realmente viene hacia ti son –te lo voy a decir con parte de los versos que María Rivera escribió para describir nuestro dolor– “los descabezados,/ los mancos,/ los descuartizados,/ a las que les partieron el coxis,/ a los que les aplastaron la cabeza,/ los pequeñitos que lloran/ entre paredes oscuras,/ […]/ los que duermen an edificios/ de tumbas clandestinas/ […]/ con los ojos vendados,/ atadas las manos, / baleados entre las sienes./ Vienen los que se perdieron por Tamaulipas, / cuñados, yernos, vecinos,/ la mujer que violaron entre todos antes de matarla,/ el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo/ […]/ los muertos que enterraron en una fosa en Taxco,/ los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,/ los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,/ los muertos que encontraron tirados en Guanajuato,/ los 20muertos que encontraron colgados en los puentes,/ los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,/ los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,/ los muertos que encontraron en coches abandonados,/ los muertos que encontraron en San Fernando,/ las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos/ disueltos en tambos/ […]”, los desaparecidos, a lo que a nadie importa; vienen también los huérfanos, las viudas, los que perdimos a nuestros hijos y carecemos de nombre, porque es antinatural; vienen los migrantes reducidos a lodo, secuestrados, asesinados y enterrados en fosas clandestinas; vienen los mil rostros del cuerpo ofendido, martirizado, destrozado, irreconocible, inconsolable y olvidado de Cristo.

En nombre de ellos, de ese nosotros, de ese cuerpo, he venido a Roma, Benedicto, para pedirte que en tu visita a México lo abraces, antes que a nadie, como el Padre abrazó el cuerpo adolorido y asesinado de Cristo, para que lo lleves en tus brazos y lo consueles; para que nos hagas sentir la respuesta de la resurrección frente a la muerte y el dolor que los criminales, un Estado fracturado y administrado por gobiernos y partidos corruptos y una Iglesia jerárquica que casi siempre responde por sus intereses políticos, nos han impuesto.

México y Centroamérica somos hoy el cuerpo de Cristo que el poder de la delincuencia, del Estado y de las omisiones de gran parte de nuestra jerarquía convirtió en maldición, ese cuerpo desdichado que en sus lágrimas de sangre busca, como Cristo en Getsemaní y en el Gólgota, la respuesta del Padre.

Si tú no la das, amado Benedicto, si tú no reconvienes a nuestra Iglesia para que, como la madre que debe ser, tome –como lo han hecho, contra el poder y sus intereses, quienes han tomado la causa del hombre, del Cristo vilipendiado, que es la causa de Dios– la esperanza en la comunión profunda de la resurrección quedará destrozada en el cuerpo humillado de Cristo que es hoy México, Centroamérica y todos aquellos que aguardan la respuesta del Padre al mal y la injusticia que nos destroza.

Queremos que, a través de ti, que representas el amor del Padre en Cristo, y no el poder del César, que hace componendas, te pedimos que nuestra Iglesia responda por el dolor del hijo y la ayudes a ser verdaderamente Madre: a responder en los actos, en la encarnación de la palabra, lo que algún día la Virgen dijo al más pobre de los pobres en el monte “Tepeyac” frente a su dolor y su humillación: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Recordamos, en este sentido, y para terminar, esas palabras que alguna vez escribiste en tu Jesús de Nazareth en relación con la parábola del Buen Samaritano: Esa parábola, escribiste, “nos da a entender que el agapé [el amor] traspasa todo tipo de orden político con su principio do ut des [“doy para que des”], superándolo y caracterizándolo de modo sobrenatural. Por principio no sólo va más allá de ese orden, sino que lo transforma al entenderlo en sentido inverso: los últimos serán los primeros (Mt XIX, 30). Y los humildes heredarán la tierra (Mt. V, 5). Una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda”.

Ese que te encontrarás en México, amado Benedcito, es el cuerpo destrozado de Cristo que pide en sus víctimas la respuesta del Padre por encima del orden político y del desorden criminal.

Por todo el cuerpo del Cristo sufriente en México,

Paz, Fuerza y Gozo

Javier Sicilia

domingo, febrero 07, 2010

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita (III)

Veamos, ahora, las soluciones que propone el padre Boulad para rescatar a la Iglesia del ‘abismo’, que ya describió con indignación en las entradas anteriores(1):

‘- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.’
Espero que con ‘pasado’ no se refiera a la gran Tradición del cristianismo, pues, entonces, las catequesis que ha dado Benedicto XVI en los últimos años sobre los Padres de la Iglesia y los santos del medioevo estarían erradas… Seguramente, ha de ser inútil, por tanto, su idea de que los grandes santos medievales o los autores patrísticos, que bebieron del mismo manantial de fe, responden mejor a problemas de hoy que discursos ‘actuales’ que se pierden en el mar informativo global. Es obvio: ni San Agustín de Hipona ni Santo Tomás de Aquino tienen nada que aportar al diálogo entre fe y razón, religión y ciencia; las predicaciones y ejemplos pastorales de Santo Domingo de Guzmán o San Ambrosio de Milán son simples migajas; el amor a la naturaleza de San Francisco de Asís o las exigencias de justicia de San Juan Crisóstomo no son sino mensajes sosos, empolvados y estériles de hace siglos...
‘- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.’Quizás sea cierto. Pero pregunto de nuevo, ¿cuáles son las causas de esas crisis europeas?
‘- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: “No hay alternativa al Vaticano II”.’
Ya me pronuncié sobre esto. Y, aunque la ‘restauración’ sea un hecho, lo veo como parte del proceso dialéctico en el que siempre se ha desarrollado la Iglesia, en un ir y venir pendular entre remedios de excesos y excesos de remedios… El mismo Benedicto XVI lo explicó muy bien: no el Concilio, sino un ‘conciliarismo’ ingenuo y demasiado optimista causó estragos, como si el Vaticano II hubiera significado una ruptura con Vaticano I, Trento, Letrán, Calcedonia, Constantinopla, Nicea, Éfeso…


Y un Vaticano III, tan pronto, me huele a eso, a un afán desmedido y en última instancia destructivo, de praxis y reforma a ultranza, de las que ya Pablo VI advirtió en abril de 1968: ‘Renovación, sí; cambio arbitrario, no; Historia siempre viva y nueva de la Iglesia, sí; historicismo disolvente del compromiso dogmático tradicional, no; integración teológica según las enseñanzas del Concilio, sí; teología conforme a libres teorías subjetivas, a menudo procedentes de fuentes enemigas, no; Iglesia abierta a la caridad ecuménica, al diálogo responsable, al reconocimiento de los valores cristianos ante los hermanos separados, sí; irenismo que renuncia a las verdades de la fe, o proclive a uniformarse con ciertos principios negativos que han favorecido la separación de tantos hermanos cristianos del centro de la unidad de la comunión católica, no; libertad religiosa para todos dentro del ámbito de la sociedad civil, sí; libertad de adhesión personal a una religión según la elección meditada de la propia conciencia, sí; libertad de conciencia como criterio de verdad religiosa, no sufragada por la autenticidad de una enseñanza seria y autorizada, no’.


vs.


Después, Boulad exhorta al aggiornamento radical, a la reforma largamente postergada, pues ya el tiempo se nos ha venido encima, pues ‘la Historia no espera’… Incluso pregunta, con una comparación desatinada, si no es que ofensiva: ‘[Si] Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis… ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto?’

Así, según él, el camino que la Iglesia toda debería seguir (un camino tan general y ambiguo, que resulta imposible de negar):
‘La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una TRIPLE REFORMA:

1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.

Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso actual.

2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.

3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a articularlos con la vida.

Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal, demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior, una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día Jesús nos trate de “sepulcros blanqueados”?’
El problema, como creo haber hecho bastante evidente, son los medios (el detalle de los tres años me hizo sonreír):
‘Para terminar, sugiero la convocatoria de un sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el término “concilio”- que sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las conclusiones.’
Termina pidiéndole al Papa una disculpa por su franqueza y una bendición, para elogiarlo después por su libro Jesús de Nazaret. Por todo cuanto le escribió al Papa en esta carta, dudo que lo haya leído, o cualquier otra cosa de Joseph Ratzinger, quien no vería sino esperanza en ese ‘abismo’.

Yo, por mi parte, concluyo, diciéndole al padre Boulad y a los jesuitas que simpatizan con él: sabrán disculpar mi franqueza y mi dura crítica, pero no puedo estar de acuerdo con ustedes en muchos detalles y en el tono. Por mi amor apasionado por la Iglesia... y por la Compañía.

G. G. Jolly

(1) I y II.

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita (II)

Giotto di Bondone, Jesús expulsa a los cambistas del Templo, c. 1305.

Sigo, pues, con la réplica a la carta del padre Henri Boulad, SJ al Papa.(1)

Continúa el jesuita:
‘4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a esa “nueva evangelización” a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.’
Este párrafo obscurece en vez de arrojar luz sobre las posibles soluciones. Adaptación, cambio, novedad, innovación, invención… todas ellas son siempre útiles y necesarias, pero no son la raíz del problema. El Vaticano II cambió muchas cosas, para bien, a pesar de las fricciones y desencantos de muchos, pero también hay que ser honestos: intentos fracasaron, modelos nuevos han caducado apenas cuarenta años después, adaptaciones hubo muchas que derribaron y no construyeron nada en su lugar. Ese golpe maravilloso del Espíritu que fue el Concilio tuvo sus altas y sus bajas, como todos sus antecesores, sacudió la Barca para bien y para mal. Y la sigue sacudiendo, y sigue llamando a sacudirla. Por eso es ingenuo, peligroso y hasta tonto hacer un llamado políticamente correcto a un Vaticano III cuando aún no copamos con las ondas de choque del II.

Al fin y al cabo, Boulad sigue focalizando el problema en lo exterior, en la forma del mensaje, más que en la crisis que experimenta el mensaje mismo. ¿Cómo es posible presentar el Evangelio con toda su crudeza y exigencia cuando no existe la verdad, cuando la Humanidad busca una religión sedante y no de compromiso, cuando un Dios humano y crucificado y una Iglesia milenaria y pecadora lucen más estúpidos que nunca, cuando 5 mil millones de personas ni siquiera gozan de libertad religiosa?(2)
‘5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra “mística” no estaba mencionada ni una sola vez en “El nuevo Catecismo”. No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.

6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.’
Puede que en este punto le dé la razón a este jesuita. El cristianismo es, ante todo, mística. Sin la contemplación, la experiencia íntima y el encuentro personal con un Dios-persona, el cristianismo no es nada.(3) Su novedad y radicalidad se disuelverían en el mar de las religiones. Hoy día, se transmite doctrina o, peor aún, ideología, que no dice nada y se abandona tan rápido como se recibió. En el mejor de los casos, el cristianismo es mera ética. Me permito actuar de abogado del diablo otra vez: ¿no el modelo liberal tiene buena parte de culpa también? En América Latina, ese noble intento de la teología y la pastoral de la liberación de beber de la gran fe de un pueblo para encarnarla y tornarla praxis liberadora, ¿no tiene también su buena parte de culpa en vaciar de fe a tantos cristianos, que la han buscado, ahora, en el espiritualismo de las sectas?(4) ¿Y no, con tanto énfasis en la reforma externa, Boulad sigue poniendo el acento en una praxis que depende de la fe, que es, a su vez, la que verdaderamente enfrenta la crisis?
‘7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano... en una línea más evangélica.’
Aunque tiene razón, pues el discurso es chocante y repetitivo(5) de los ‘cruzados de la vida’ y ‘apóstoles de las “buenas costumbres”’ —lo cual no les quita, en el fondo, que digan la verdad, y más aún, una verdad incómoda y, sí, profética—, su última línea me resulta pedante. No diré más que lo que siempre he dicho acerca de muchos jesuitas y otros católicos liberales, entregados y comprometidos con las causas de la justicia y la liberación: que no solo la Populorum Progressio, también la Humanae Vitae, aunque no les guste. O ambas o ninguna, a menos que quieran caer en el mismo error que la derecha católica, tan preocupada por la vida nonata, pero indiferente ante la vida ya nacida, condenada a la pobreza.
‘8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista de una Iglesia “Mater et Magistra” está definitivamente desfasado y ya no sirve hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a tragarse cualquier cosa.’
Podría cuestionarse severamente la ‘madurez’ de un continente cada vez más xenófobo, autocomplaciente, escandalizado por la cacería de focas en Canadá e indiferente ante el genocidio de Ruanda o Darfur, cerrado incluso a su porvenir biológico… Por supuesto, un continente así aborrecerá la voz de una Mater et Magistra que denuncie su comportamiento y le obligue a volver la vista a sus raíces y sus valores auténticos. Por fortuna, una consecuencia feliz del ‘invierno eclesial’ del que se quejaba Boulad al principio es que una Iglesia minoritaria, reducida a tener voz entre muchas otras, perderá esa presencia institucional y esa soberbia discursiva.
‘9. Las naciones más católicas de antes -Francia, “primogénita de la Iglesia” o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado, más fuerte es la reacción contra ella.

10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.
Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es doble:
- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.
- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?’
Ignoro si Boulad obtiene su información de CNN o alguna otra cadena de medios por el estilo, pero en su número 10 dice algo que es totalmente falso.


Desde la elección de Benedicto XVI, el ecumenismo y el diálogo interreligioso han tenido un repunte significativo. Justo ha sido un pontificado de primado y no de primacía, de arraigo en la Tradición y el núcleo de la fe y no en agendas políticas e ideologías de moda, una actividad pastoral que no titubea en proclamar la propia verdad y la diferencia, lo que ha traído una bocanada de aire fresco. En primer lugar, el discurso inflamatorio de Ratisbona, que detonó un verdadero diálogo entre Occidente e Islam, centrado en los asuntos espinosos: reciprocidad en la libertad religiosa, el rechazo de la violencia y el terrorismo. En segundo, el descongelamiento de las relaciones entre católicos y ortodoxos; estos últimos más dispuestos a conceder el primado a un Papa avocado a la riqueza de la liturgia y teología bimilenarias del cristianismo. Luego, el diálogo con anglicanos y luteranos, cuyas respectivas tradiciones son bien vistas por un pontífice cosmopolita y de gran sabiduría teológica. También el diálogo respetuoso, pero honesto, con los ‘hermanos mayores’, unidos por el Antiguo Testamento, pero separados por la plenitud de la revelación en el Mesías, Jesús de Nazaret. Y, por último, la cada vez más cercana superación del cisma lefebvriano, mediante la humildad, la caridad y la mansedumbre de un pastor, eficacísimas a la hora de desarmar los argumentos de la SSSPX.

G. G. Jolly

(1) Aquí la primera parte.
(2) Véase el artículo del vaticanista Sandro Magister al respecto.

(3) Véase: Hans Urs von Balthasar, ¿Quién es cristiano?, Salamanca, Sígueme, 200?.
(4) No estoy de acuerdo con que la Teología de la Liberación sea la causante de la ‘descatolización’ del continente, pero sus propios fracasos y excesos no pueden ser ignorados, como bien lo señala Paul Johnson en su Introducción al cristianismo, Barcelona, Ediciones B, 2003.

(5) Al respecto, escribí esta entrada para el blog.

Continuará...

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita... (I)

Aliéksandr Ivanov, Aparición de Cristo a María Magdalena, 1834-1836.

Como resulta bastante obvio para los lectores de este blog, sobre todo para aquellos que me conocen personalmente, tengo una relación de gran cercanía y cariño con la orden de San Ignacio. Sin embargo, esto nunca ha evitado que esté de acuerdo con lo que muchos jesuitas —o a veces la orden toda— hagan y deshagan. Faltaba más, si la Compañía está conformada por hombres ‘pecadores, pero llamados’, miembros como yo de la Casta meretrix.

Por fortuna, lo que pienso criticar hoy no es ningún crimen ni escándalo mayor. Se trata más bien de la carta que un jesuita egipcio, el padre Henri Boulad, de 78 años, ha enviado al Papa como un SOS, titulada ‘La Iglesia en el abismo’. Carta que expresa opiniones y actitudes que, a mi parecer, afectan a muchos, demasiados jesuitas, opiniones y actitudes que no puedo sino cuestionar su pertinencia, intención, veracidad o sentido eclesial. A diferencia de la cigüeña ignorante e integrista de siempre, preocupado más por sotanas, alzacuellos y un jesuita bailarín,(1) a mí me parece entender mejor el carisma de la Compañía actual, llamada y confirmada por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI a llevar el Evangelio a donde otros no pueden o no quieren ir, a las difíciles fronteras de la Iglesia y más allá.

No obstante, quisiera interpelar al padre Boulad y otros jesuitas de palabras similares.


La carta abre así:
‘Santo Padre:

Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por “la libertad de los hijos de Dios” a la que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.

Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más.’
Aunque obviará a lo largo de la carta a qué se refiere con ese ‘abismo’, me cuesta mucho darle crédito, al menos por los motivos que él refiere. Y eso es porque creo profundamente que la Iglesia siempre está un paso atrás, pecadora y necesitada de misericordia, muy lejos de cualquier ‘Edad de Oro’, en perenne crisis, semper reformanda… Benedicto XVI respondería que la solución está en la conversión, en los santos, más que en los sínodos y los documentos…

Algo raro me sucede con esta clase de críticas, como la de don Pedro Casaldáliga a Juan Pablo II… Por una parte, estoy de acuerdo con que la fidelidad afectiva y efectiva a la Iglesia jerárquica no es acrítica y servil; el pecado, el error y la debilidad existen en los pastores y las instituciones, por supuesto. Por otra, estas denuncias hacen que me cuestione. ¿Acaso no los autodenominados profetas de ‘una Iglesia más de Jesús’ pecan de lo mismo que critican: de monopolizar y reducir el Evangelio a su ‘verdadero’ Evangelio? A mis ojos, tan errado está el monseñor de la curia cuya vida se reduce a rúbricas, cenas de gala y cánones, como el pastor de los pobres que desearía vender la Basílica de San Pedro y regresar al lago de Genasaret. Eso es pecar de reduccionismo, es despojar al cristianismo de su riqueza y desarraigar a la Iglesia —y al Espíritu, en dado caso— de su misteriosa encarnación en el mundo. Además, ¿no peca de ingenuidad Casaldáliga al creer que es más apóstol de Jesús con sombrero de paja que con mitra, con un cáñamo que con báculo, con una cruz de madera que con una de oro o plata? Independientemente del complicado tema de la pobreza evangélica y de sus signos concretos, ¿no es poner la dignidad del obispo en signos externos —que al fin y al cabo es lo que le molesta, por ejemplo, de esos obispos sin grey romanos, que además ostentan títulos y honores propios de la nobleza—? ¿Ingenuidad o mala política? Monseñor Roncalli y Pío XII, con silencios oportunos y mucha ‘hipocresía’ diplomática, lograron salvar miles y miles de vidas durante el Holocausto. ¿Qué lograron los jesuitas mexicanos al pedir públicamente la destitución del nuncio Priggione —nefasto, por lo demás—, más allá de confirmar los prejuicios sobre la insubordinación de la Compañía?(2) ¿Cabe esa clase de denuncia profética, con ese tono, en el seno de la Iglesia, sobre todo en el contexto de la Vida Religiosa? Más aún, ¿es del todo sensato?
‘1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.’
A pesar de que la religión está nuevamente a la alza, esto es cierto. Pero, ¿es un síntoma del todo negativo? La reducción estrepitosa en números y en popularidad, ¿no puede ser también una oportunidad para que los católicos vuelvan sobre sus tradiciones, redefinan su identidad y estrechen los vínculos que les unen hacia dentro? ¿No será ya el tiempo de una Iglesia minoritaria, más sencilla y, hasta cierto punto, enfrentada con el mundo, como lo fue durante sus primeros siglos? ¿No ese abismo presenta también esperanza?(3)
‘2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.

3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún –cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación– tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.’
Aunque esto también tiene mucho de verdad, hay muchos casos en los que la tendencia es la inversa. Y, ¡oh sorpresa!, tiene que ver con los modelos de formación e identidad religiosa, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. ¿Se ha puesto a pensar el padre Boulad, después de ver el ejemplo de los seminarios franceses, cada vez más vacíos, que en apenas diez años el clero lefebvrista será más numeroso que el católico? No lo mencionó explícitamente en su carta, pero puedo suponer que el jesuita egipcio no es un partidario del rito extraordinario de la misa, pues lo ve como un signo de ‘restauración’, de una ‘involución’ hacia Vaticano I o Trento… Es una de las cosas que Benedicto XVI le podría responder: el cisma de los tradicionalistas planteaba grandes problemas, ya que en el futuro podrían ser los únicos católicos restantes. ¿Síntoma de qué es que los seminarios y parroquias lefebvrianas estén repletos? ¿Por qué el modelo liberal de sacerdocio, pastoral, ecumenismo, teología y vida religiosa, siguiendo la letra del Vaticano II y la luz de los tiempos, han dejado tras de sí diócesis desoladas, parroquias desiertas, clero envejecido y seminarios vacíos? Holanda, Bélgica, Canadá, Irlanda… ¿Por qué la vitalidad de los sectores más conservadores y el boom vocacional de las carmelitas y clarisas más tradicionales, de las diócesis de pastoral más agresiva y a la antigua, los nuevos movimientos de probada —a veces excesiva— ortodoxia?(4) ¿Por qué el auge de las Iglesias tercermundistas perseguidas, empobrecidas, minoritarias e incluso clandestinas, como en Corea, Vietnam, China, Myanmar, India o Bangladesh?


Su última línea apunta claramente al celibato ‘obligatorio’. Yo creo que, en efecto, sería provechoso la posibilidad de ordenar como sacerdotes a diáconos casados —del clero diocesano, por supuesto, nunca del religioso—, así como intentar nuevas formas de ministerios femeninos a largo plazo. Sin embargo, Boulad peca de ingenuidad o ignorancia. ¿Ha visto acaso lo que le ha sucedido a la Comunión Anglicana o a numerosas iglesias reformadas que tienen ministros casados o de ambos sexos? En ningún caso ha habido un auge de vocaciones ni conversiones masivas de parte de fieles alejados o apóstatas. El problema no es de formas, sino de fondo, algo que muy pocos han podido o querido situar en la crisis de la verdad, en el desarraigo de la gran Tradición, en concepciones agradables pero incorrectas del cristianismo. Uno de ellos es Benedicto XVI.

G. G. Jolly

(1) Por supuesto, la cigüeña desconoce la historia de la Compañía y su espiritualidad, la novedad radical de lo que quería San Ignacio para la Vida Religiosa. La última Congregación General de la orden, de 2007 (con el visto bueno de Benedicto XVI), parafraseando la anterior, de 1994 (aceptada por Juan Pablo II), describe así la misión de la Compañía: ‘El fin de nuestra misión (el servicio de la fe) y su principio integrador (la fe dirigida hacia la justicia del Reino) están así dinámicamente relacionados con la proclamación inculturada del Evangelio y el diálogo con otras tradiciones religiosas como dimensiones de la evangelización’.
(2) Véase si no el libro Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada de Ricardo de la Cierva, en que el autor, un ejemplo del más rancio y recalcitrante conservadurismo eclesial, utiliza a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús como el más claro ejemplo de la traición a la Iglesia iniciada por Pedro Arrupe, tras el Vaticano II.
(3) Véase esta entrada anterior, en la que el ‘pesimista’ Joseph Ratzinger apuesta, ya en 1970, precisamente por una Iglesia minoritaria.
(4) Véase: Gabino Uríbarri, SJ, Portar las marcas de Jesús. Teología y espiritualidad de la vida consagrada, Bilbao, Desclée de Brouwer,
200?.

Continuará...

domingo, septiembre 21, 2008

‘¿Qué aspecto tendrá la Iglesia del futuro?’ de Joseph Ratzinger


El teólogo no es un adivino. Tampoco es un futurólogo que, por los factores calculables del presente, deduce el futuro. Su oficio escapa bastante al cálculo. Sólo en una mínima parte podría por tanto ser objeto de la futurología, que no es tampoco adivinación, sino que constata lo calculable y debe dejar en suspenso lo incalculable. Ya que la fe y la Iglesia se internan hasta esa profundidad del hombre de la que brota continuamente lo nuevo creador, lo inesperado y no planificado, su futuro sigue siéndonos oculto incluso en la época de la futurología. ¿Quién, al morir Pío XII, hubiera podido predecir el Concilio Vaticano II o la evolución posconciliar? ¿O quién se hubiera atrevido a predecir el Vaticano I cuando Pío VI, secuestrado por las tropas de la joven república francesa, murió prisionero en Valence en 1799? […] Seamos, por tanto, cautos con los pronósticos. Todavía vale la frase de Agustín de que el hombre es un abismo; lo que de ahí sube, nadie puede verlo de antemano. Y quien cree que la Iglesia no sólo está determinada por el abismo, sino que se funda en el abismo mayor, infinito, de Dios, podrá tener bastante razón en abstenerse de unas predicciones cuyo ingenuo ‘querer-saber-respuestas’ podría ser sólo una manifestación de falta de visión histórica. […]

El futuro de la Iglesia puede venir y sólo vendrá, también hoy, de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. No vendrá de aquellos que dan sólo recetas. No vendrá de aquellos que sólo se acomodan al instante actual. No vendrá de los que critican sólo a los otros y se aceptan a sí mismos como norma infalible. Por eso tampoco vendrá de aquellos que sólo escogen el camino más cómodo, los que evitan la pasión de la fe, y tienen por falso y superado, por tiranía y legalidad, todo lo que exige al hombre, lo que le duele, lo que le obliga a renunciar a sí mismo. Digámoslo positivamente: el futuro de la Iglesia, también ahora, como siempre, ha de ser acuñado nuevamente por los santos. Por hombres, por tanto, que perciben algo más que las frases que son precisamente modernas. Por hombres que pueden ver más que los demás, porque su vida tiene mayores vuelos. El desprendimiento que libera a los hombres, sólo se alcanza por las pequeñas renuncias diarias a sí mismo. En esta pasión diaria, por la cual únicamente puede expresar el hombre de qué múltiples formas le ata su propio yo, en esta pasión diaria y sólo en ella, se va abriendo el hombre palmo a palmo. El hombre sólo ve tanto cuanto ha vivido y sufrido. Si hoy apenas podemos percibir a Dios, es porque nos resulta muy fácil escapar a nosotros mismos, huir de la profundidad de nuestra existencia al sopor de cualquier comodidad. Así lo que es más profundo en nosotros sigue estando inexplorado. Si es verdad que sólo se ve bien con el corazón, ¡cuán ciegos estamos todos!

Y esto ¿qué significa para nuestra cuestión? Pues significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe, son discursos vacíos. No necesitamos una Iglesia que celebre en ‘oraciones’ políticas el culto de la acción. Nos es completamente superflua y perecerá con toda espontaneidad. Permanecerá la Iglesia de Cristo. La Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho hombre y nos promete vida más allá de la muerte. Del mismo modo, el sacerdote que sólo es un funcionario social puede ser substituido por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero el sacerdote que no es especialista, que no se está mirando al espejo al dar asesoramiento ministerial, sino que, a partir de Dios, se pone a disposición de los hombres, que está a su servicio en su tristeza, en su alegría, en su esperanza y en su angustia, éste seguirá siendo muy necesario.

Demos un paso más. De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Se habrá de presentar a sí misma, de forma mucho más acentuada que hasta ahora, como comunidad voluntaria, a la que sólo se llega por una decisión libre. Como comunidad pequeña, habrá de necesitar de modo mucho más acentuado la iniciativa de sus miembros particulares. Conocerá también, sin duda, formas ministeriales nuevas y consagrará sacerdotes a cristianos probados que permanezcan en su profesión: en muchas comunidades pequeñas, por ejemplo en los grupos sociales homogéneos, la pastoral normal se realizará de esta forma. Junto a esto, el sacerdote plenamente dedicado al ministerio como hasta ahora, seguirá siendo indispensable. Pero en todos estos cambios que se pueden conjeturar, la Iglesia habrá de encontrar de nuevo y con toda decisión lo que es esencial suyo, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la asistencia del Espíritu que perdura hasta el fin de los tiempos. Volverá a encontrar su auténtico núcleo en la fe y en la plegaria y volverá a experimentar los sacramentos como culto divino, no como problema de estructuración litúrgica.

Será una Iglesia interiorizada, sin reclamar su mandato político y coqueteando tan poco con la izquierda como con la derecha. Será una situación difícil. Porque este proceso de cristalización y aclaración le costará muchas fuerzas valiosas. La empobrecerá, la transformará en una Iglesia de los pequeños. El proceso será tanto más difícil porque habrán de suprimirse tanto la cerrada parcialidad sectaria como la obstinación jactanciosa. Se puede predecir que todo esto necesitará tiempo. El proceso habrá de ser largo y penoso. Hasta llegar a la renovación del siglo XIX, también fue muy largo el camino desde los falsos progresismos en vísperas de la revolución francesa, en los cuales incluso para los obispos era de buen gusto bromear sobre los dogmas y quizá hasta dar a entender que no se había de tener de ninguna manera por segura ni siquiera la existencia de Dios.

Pero tras la prueba de estos desgarramientos brotará una gran fuerza de la Iglesia interiorizada y simplificada. Porque los hombres de un mundo total y plenamente planificado, según serán indeciblemente solitarios. Cuando Dios haya desaparecido completamente para ellos, experimentarán su total y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo completamente nuevo. Como una esperanza que les sale al paso, como una respuesta que siempre han buscado en lo oculto. Así que me parece seguro que para la Iglesia vienen tiempos muy difíciles. Su auténtica crisis aún no ha comenzado. Hay que contar con graves sacudidas. Pero también estoy completamente seguro de que permanecerá hasta el final: no la Iglesia del culto político, que ya fracasó en la revolución francesa, sino la Iglesia de la fe. Ya no será nunca más el poder dominante en la sociedad en la medida en que lo ha sido hasta hace poco. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los hombres como patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.

Tomado de: Joseph Ratzinger, Fe y Futuro, Salamanca, Sígueme, 1970. p. 67-77.

domingo, mayo 20, 2007

Leonardo Boff sobre Benedicto XVI en Aparecida


El popular teólogo y exsacerdote franciscano brasileño, Leonardo Boff, acaba de publicar un texto llamado ‘Los silencios de Benedicto XVI’, en el que se refiere a la visita de Papa al Brasil, donde inauguró la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Boff no es para nada uno de mis autores favoritos, pero le reconozco su genio y enorme talla intelectual; sin duda, es una de las voces que han de ser tomadas en cuenta a la hora de debatir los asuntos más relevantes que afectan a la Iglesia, a Latinoamérica y al mundo. Quisiera, a continuación, comentar algunas de las cosas que dice en ese texto.

‘Es notorio que en Brasil persisten dos tipos de catolicismo: el devocional y el del compromiso ético. El primero tiene un cuño popular centrado en la devoción de los santos, la oración y los peregrinajes, y hoy, en su forma moderna, en la dramatización mediática con fuerte contenido emocional.’

De acuerdo. Buena observación.

‘El catolicismo del compromiso ético se inspira en la acción católica y en las pastorales sociales y culmina con la teología de la liberación.’

Hasta cierto punto cierto, pero, ¿culmina con la teología de la liberación? Me parece algo exagerada la palabra culmina. Es verdad que una de las cosas positivas que retomó de la tradición judeo-cristiana la teología de la liberación fue el compromiso ético radical, en especial para con los más pobres (en un sentido muy amplio, no sólo el de la pobreza material). Sin embargo, creo que el catolicismo del compromiso ético tiene más vertientes que eso y que, dada la desactualización que presenta la teología de la liberación hoy, no ha culminado, sino que continúa renovándose en un proceso continuo de búsqueda.

‘Este modelo requiere mediaciones socioanalíticas porque está interesado, desde su perspectiva espiritual, en la transformación social.’

Sí, mas no es el único modelo. El proyecto de un ethos mundial, como el que ha comenzado Hans Küng, por ejemplo, ha de contar con la contribución de muchos católicos filósofos, científicos, teólogos, sociólogos, historiadores, laicos o religiosos, de muy diversas tendencias, interesados en la transformación social. También el debate sobre la bioética, el narcotráfico y la despenalización de las drogas, el calentamiento global… todo eso demandará la participación de la Iglesia Católica, mucho más allá de la teología de la liberación, que, además, no es una realidad extralatinoamericana (aunque bueno, en este caso estamos hablando del Brasil).

‘Yo creo que el catolicismo devocional no tiene potencialidad de transformación social, por estar volcado sobre sí mismo…’

Totalmente de acuerdo.

‘…mientras que el otro articula constantemente fe, justicia y evangelio con compromiso de liberación’.

Sí, pero, de nuevo, no me atrevería a generalizar.

‘Lo que el Papa dijo sobre la primera evangelización en Brasil, como un “encuentro de culturas” y no una “imposición y alienación” no se sustenta históricamente. La colonización y la evangelización fueron parte de un mismo proyecto, que significó uno de los mayores genocidios de la historia.’

Esto ha sido tergiversado hasta la náusea en los medios, y está manchado no sólo de ignorancia, por una parte, sino de una clase de indigenismo tan común como nefasto (a mi ver). En primera, el Papa jamás negó que, en muchos casos, el Evangelio fue impuesto mediante violencia y coerción (cosa por la cual Juan Pablo II pidió perdón a nombre de la Iglesia en el año 2000). En segunda, lo que dice es más profundo; forma parte de la teología que cultivó y difundió incesablemente como cardenal durante muchos años, la de la universalidad del cristianismo en su relación con distintas culturas. Incluso lo llegó a tratar en el famoso debate que tuvo con el titán de la filosofía Jürgen Habermas. Muchas veces afirmó Ratzinger que el cristianismo no es sólo europeo, pues fusionó lo mejor y más avanzado del pensamiento helénico, latino y hebreo, precisamente aquello que tenía un carácter universal. Se trata de la búsqueda y el sentimiento íntimo de Dios intrínsecos en todo ser humano, que afirmó el Concilio Vaticano II y que desterró la idea de eterna condenación para todos los que no abrazaran a Jesucristo como Salvador, dentro de la Iglesia Católica. ¿Ahora habrá que negar que las culturas precolombinas, atrasadas en algunos aspectos y avanzadísimas en otros, no cultivaban una noción madura de Dios, que les hizo abrazar el cristianismo de manera íntima y libre?

Otra cosa que no pretendo comentar aquí es lo de ‘uno de los mayores genocidios de la historia’, que me suena a una interpretación parcial y tendenciosa, ideologizada, de la historia del continente…

‘Es teológicamente frágil la tesis de que Dios es explícitamente imprescindible para construir una sociedad justa. Los Estados Pontificios desmienten esta tesis. La España de Franco y el Portugal de Salazar alababan públicamente a Dios y no dejaban de torturar y condenar a muerte. Lo que hace falta es un consenso ético y una apertura a la trascendencia, dejando abierta la definición del contenido, como sucede en los Estados modernos.’

No sé si sea ‘teológicamente frágil’ o no el discurso del Papa; lo dudo. Más bien, entiendo que se refieren a lo mismo desde perspectivas distintas. Por lo demás, la forma de definirlo del señor Boff me parece acertadísima.

‘Estas insuficiencias teóricas hacen que el discurso papal se deslice hacia el moralismo y el espiritualismo. Y melancólicamente repite la cantilena: no a los contraceptivos, no al divorcio, no a los homosexuales, no a la modernidad, sí a la familia tradicional, sí a una rígida moral sexual, sí a la disciplina. Tantos “no” hacen antipático su mensaje, como si no hubiera temas más apremiantes.’

Menciona un buen punto: demasiados ‘no’, que, en verdad, hacen chocante el mensaje, al menos para los medios de comunicación, con sus agendas propias. Mas no creo el Papa deba dejar de hacer énfasis en la doctrina tradicional de la Iglesia, tan olvidada e ignorada (aunque caiga pesada). Puede que sí haya temas más apremiantes en América Latina, como la Iglesia ignorante y en crisis, las enormes injusticias sociales y la violencia. Sin embargo, uno de los enormes defectos de la teología de la liberación es que se centró tanto en la justicia social que también se le olvidó el proceso de la secularización, y así la posmodernidad la alcanzó. Ahora, no sólo las injusticias siguen allí, sino que hay nuevas estructuras de pecado social que cuestionan la razón de ser y los fundamentos mismos del Evangelio. ¿Cómo ha de haber liberación evangélica si la sociedad de hoy ya no cree en el Jesús liberado, histórico, redentor?

‘Hay silencios significativos en los discursos del Papa: sólo una vez se refirió a las comunidades de base, una vez a la opción por los pobres, una vez a la liberación, nunca a la teología de liberación y a las pastorales sociales, nunca al gravísimo problema del calentamiento global.’

Aquí creo que Boff peca a la vez de injusto y de ingenuo. Porque Benedicto XVI no es Pablo VI, ni mucho menos, Gustavo Gutiérrez o Leonardo Boff. Le está pidiendo peras al olmo. Además, creo que menosprecia los fuertes llamados éticos que hizo el Papa a la juventud o la clara denuncias a las estructuras de injusticia, al contrario del padre Ernesto Cavassa, SJ (otro de los izquierdosos e ‘imbéciles’ vilipendiados por la fundamentalista, pedante, ignorante e insoportable ‘cigüeña’), quien reconoció que el Santo Padre ha puesto la dimensión social y política del Evangelio en el centro de Aparecida, al igual que en su encíclica Deus Caritas est(1). Y sí se refirió al deterioro ambiental, de las selvas en específico. Quizá no mencionó el calentamiento global en Brasil, pero lo ha hecho en Roma. Ésa me parece una crítica gratuita.

Finalmente, algo con lo que estoy en absoluto desacuerdo con Boff, por su peligro y radicalidad desmesurada:

‘El catolicismo brasileño y latinoamericano, para estar a la altura de los tiempos actuales, exige el coraje que tuvieron los primeros cristianos: abandonaron el suelo cultural judaico de Jesús y se insertaron en el suelo pagano helenista. De esa inserción nació el cristianismo actual, que es una expresión del Nuevo Testamento, no del Antiguo.’

En un excelente escrito sobre las relaciones judeo-cristianas, el cardenal Carlo Maria Martini condenó con mucha fuerza nada más ni nada menos que ese abandono, llamándolo ‘el primer gran cisma de la Iglesia’. Según él, fue precisamente esa ruptura la que privó al cristianismo de su más grande fundamento ético-social: el Antiguo Testamento. Esa sensibilidad ante la realidad terrena, la injusticia social y la sensibilidad hacia los problemas comunes de la gente que tanto proclaman Boff y la teología de la liberación estuvieron ausentes durante muchos siglos en el cristianismo a causa de la ruptura radical con el manantial de la tradición judía. No creo que sea buena idea cometer el mismo error otra vez, siendo que aún no se ha resuelto el primero.
(1) v. Ernesto Cavassa, SJ, ‘Un mensaje alentador’.

G. G. Jolly

miércoles, mayo 16, 2007

‘Preludio a la V CELAM’ por Carlos Ignacio González, SJ

‘Por muchos siglos pareció que a la Iglesia no le bastaba la unidad de fe y de gobierno; sino que, para proteger su identidad católica, al menos en el mundo occidental, uniformó lo más posible sus instituciones y prácticas. Aparentemente, más que la unidad, se buscaba la uniformidad. También se resintieron de tal tipo de igualdad incluso los pueblos evangelizados por las misiones en el Oriente, por ejemplo en India, Japón y China. Un signo ilustrativo puede ser el uso de la lengua latina en la liturgia en todos los países en que la Iglesia de Occidente tenía un influjo más inmediato: ¿qué podrían comprender los fieles? Más grave aún era la estructura tan estandarizada y tradicional de sus prácticas pastorales y de gobierno que se volcaban simplemente desde el centro de la cristiandad sobre las Iglesias particulares. Pareciera que éstas, por lo mismo, no necesitaran de una reflexión que las llevase a una constitución interna y a una práctica pastoral que respondieran a los problemas y culturas de sus pueblos.

Se sentía en el ambiente que tal situación era cada vez menos sostenible. Era claro que la Iglesia estaba muy desfasada de la mentalidad del mundo, que en los últimos siglos corría por los carriles de un humanismo centrado en el Hombre (ya no en Dios, como en la Edad Media), en la igualdad entre los seres humanos, en su libertad y en la promoción de sus derechos. Un “régimen de cristiandad” ya no cabía en el mundo. Fue el motivo que movió a Juan XXIII a convocar, el 25 de enero de 1959, el Concilio Vaticano II. Por primera vez en la historia de estos sínodos universales, el Concilio no se reunió para aclarar algún problema de la fe, sino para que la Iglesia se mirase a sí misma como en un espejo, a fin de reflexionar en su propia identidad para renovarse a favor de las necesidades de los seres humanos. El Papa, desde el discurso inaugural del Concilio, lo encauzó hacia liberar la Iglesia de muchas estructuras sobreañadidas a través de los siglos, para acercarla más al servicio de la Humanidad que le señala el Evangelio: más servidora que señora, menos encerrada en sí misma y más apostólica, menos cercana a los sistemas de poder en este mundo y más solidaria con los pobres, con la mirada menos puesta en su interior y más en la misión, menos cerrada en su propia verdad y más abierta al diálogo con los seres humanos y sus culturas.

Pero este sueño de Juan XXIII no creció como una rosa en el desierto. Unos años antes, con la gozosa aprobación del Papa Pío XII, nuestra Iglesia en América Latina había empezado a tomar conciencia de su propia identidad y de su situación y papel dentro de la Iglesia universal. Incluso podía enriquecerla a partir de su honda experiencia de la fe de su gente, vivida desde sus propias culturas, como respuestas sus modos de ser en cada uno de los pueblos, y a sus problemas comunes, diversos de los de los otros continentes.

No era la primera vez en la historia en que América Latina trataba de vivir a su manera la fe universal de la Iglesia. En el siglo XVI, después del Concilio de Trento, trató de aplicarlo a la propia realidad a través del III Concilio Límense (1582) y del III Concilio Mexicano (1585). Y a fines del siglo XIX, en 1899, el I Concilio Plenario de América Latina convocado por el Papa León XIII llevó a cabo un primer intento de reflexión sobre los problemas con los que se topaba la evangelización de nuestros pueblos.

Aunque este primer concilio había recomendado que los obispos se reunieran en conferencias regionales o nacionales para reflexionar en sus problemas comunes, lo habían hecho sólo en casos particulares y esporádicos. En 1952 se fundó la primera conferencia episcopal permanente, en Brasil. Su dinámico secretario fue monseñor Hélder Cámara, a quien tocó organizar la preparación de la primera Conferencia General del Episcopado de América Latina. Ésta se llevó a cabo en Río de Janeiro en 1955, con la incondicional aprobación y apoyo del Papa Pío XII. A partir de ella renació con nuevos bríos la Iglesia en este continente: entre 1956 y 1959 se creó la mayor parte de las conferencias episcopales de nuestros países, y, como fruto inmediato, nació el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), programado por los obispos reunidos en Río.

Aprobado por el Papa, quedó fundado el 2 de noviembre de 1955. Este juvenil entusiasmo de la Iglesia en América Latina ha ofrecido una aportación a toda la Iglesia extendida por el mundo.
Los obispos advirtieron que nuestros pueblos están hermanados en muchos valores y lacras, comparten situaciones y culturas parecidas, de modo que sería muy útil reflexionar en ellos de manera unificada, para ofrecerles situaciones conjuntas y preparar los proyectos de pastoral de conjunto. Fue la razón de crear CELAM como un centro de servicio, a fin de que coordine los estudios sobre los problemas comunes y sugiera las posibles respuestas, para que unifique los esfuerzos de las conferencias episcopales de los varios países, y prepare las eventuales conferencias generales de nuestra Iglesia regional.

Su Santidad Benedicto XVI ha aprobado la celebración de la V Conferencia General, que se celebrará [...en Aparecida, Brasil, en mayo] 2007. Sería muy deseable ir preparando nuestro espíritu para acoger los rumbos que el Señor señale a nuestra Iglesia en este evento. Para este fin invitamos a nuestros lectores, desde un mirador panorámico, a echar una mirada veloz a las anteriores conferencias y a las guías que han dado a la América Latina para seguir a Jesús, nuestro Camino, a fin de cumplir la misión a la que la fe nos apremia. En los breves artículos siguientes hallaremos los trazos esenciales (aunque descarnados) de las rutas a seguir sobre los diversos temas que nos preocupan en la Iglesia, y que hasta el momento nuestros obispos han trazado.

Deseo prevenir a los lectores con dos advertencias: primera, que no todas las 4 conferencias hasta hoy celebradas han tenido la misma estructura ni las mismas preocupaciones, porque tampoco no han centrado su atención en las mismas necesidades de nuestro continente; ni desde el principio han contado con una idéntica mentalidad o con la ayuda de los mismos instrumentos, incluso de los teológicos. Piénsese, por ejemplo, que los obispos reunidos en Río de Janeiro en 1955 no tuvieron aún la iluminación del Concilio Vaticano II. Cada una que las conferencias ha respondido a un momento histórico de nuestro pueblo, y por lo mismo es muy dispar el valor que damos a la intervención de cada una de ellas en los temas que estudiamos.

[...]

Concluyo este preludio con una reflexión de conjunto, de un conocido colaborador de la CELAM:

“Es innegable que los obispos latinoamericanos han tenido un corazón sensible para escuchar y asumir las voces de nuestro pueblo. Ellos han sabido interpretar sus anhelos y hacerse eco de sus esperanzas. Nuestro episcopado ha simbolizado y traducido la vida de toda la Iglesia en América Latina. Aquí radica uno de los fundamentos del Magisterio de nuestros pastores eclesiales. Él ha sido fruto de la profunda sensibilidad de nuestros obispos por las condiciones de vida del pueblo humilde y sus expectativas de liberación”.(1)

[...]

En el Seminario Mayor “San José”, de la Arquidiócesis de Guadalajara, 14 de enero de 2006.

(1) Cadavid Duque A., ‘Historia del Magisterio episcopal latinoamericano. Visión sintética de Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo’.

Tomado de: Carlos Ignacio González Jiménez, SJ, Seguir a Jesús en América Latina. Rutas de las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, México, Buena Prensa, -2006. pp. 7-11.

viernes, marzo 16, 2007

Carta del p. Jon Sobrino, SJ al p. Peter-Hans Kolvenbach, SJ

Querido p. Kolvenbach:

Ante todo le agradezco la carta que me escribió el 20 de noviembre y todas las gestiones que ha hecho para defender mis escritos y mi persona. Ahora me dice el p. Idiáquez que le escriba a usted sobre mi postura ante la notificatio y las razones por las que no me adhiero -"sin reservas", dice usted en su carta- a ellas. En un breve texto posterior expondré mi reacción ante la notificatio, pues, como usted dice, lo normal es que la noticia aparezca en los medios y que los colegas de la teología esperen una palabra mía.

1. La razón fundamental.

La razón fundamental es la siguiente. Un buen número de teólogos han leído mis dos libros antes de que fuese publicado el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2004. Varios de ellos leyeron también el texto de la Congregación. Su juicio unánime es que en mis dos libros no hay nada que no sea compatible con la fe de la Iglesia. El primer libro, Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, fue publicado en español en 1991, hace 15 años, y ha sido traducido al portugués, inglés, alemán e italiano. La traducción portuguesa tiene el imprimatur del Cadenal Arns, del 4 de diciembre de 1992. Que yo sepa ninguna recensión o comentario teológico oral cuestionó mi doctrina. El texto del segundo libro, La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, fue publicado en 1999, hace siete años, y ha sido traducido al portugués, inglés e italiano. Fue examinado muy cuidadosamente, antes de su publicación, por varios teólogos, en algunos casos por encargo del p. Provincial, Adán Cuadra, y en otros a petición mía. Son los pp. J. I. González Faus, J. Vives y X. Alegre, de San Cugat; el p. Carlo Palacio, de Bello Horizonte; el pbro. Gesteira, de Comillas; el pbro. Javier Vitoria, de Deusto; el p. Martin Maier, de Stimmen der Zeit. Varios de ellos son expertos en teología dogmática. Uno, en exégesis. Y otro, en patrística.
Recientemente, el p. Sesboué, a petición de Martin Maier, en el año 2005 tuvo la gentileza de leer el segundo libro, La fe en Jesucristo, conociendo también, según entiendo, el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2004. El p. Maier le pidió que se fijase si había algo en mi libro contra la fe de la Iglesia. Su respuesta de 15 páginas en conjunto es laudatoria para el libro. Y no encontró nada criticable desde el punto de vista de la fe. Sólo encontró un error, que él llama técnico, no doctrinal. "Mon intention est de 0montrer le centre de gravité de l'ouvrage et combien il prend au serieux les affirmations conciliares, comme les titres de Crist dans le N.T. Je n'ai trouvè qu'une erreure réelle, s'est son interpretation de la communication des idiomes, mais c'este une errer technique en non doctrinale". (Afirmo desde ahora que no tengo ningún inconveniente en esclarecer, en la medida de mis posibilidades, ese error técnico).

Sobre el modo de analizar mi texto por parte de la congregación dice lo siguiente: "Je n'ai pas voulu répondre avec trop de précision au document de la CDF qui vise aussi le premier livre de Sobrino et me paraît tellement exagéré qu'il est sans valeur. Talleyrand avait ce mot: "Ce qui est exagéré est insignifiant!. Avec cette méthode délibérément soupçonneuse je peux lire bien des hérésies dans les encycliques de J.P. II! J'en ai tout de même tenu compte dans mon évaluation. J'ai voulu dire que ce livre me paraît plus rigoureux dans ses formulations que le précédent. J'ai aussi cité des textes de la tradition, ou contemporains, ou même des papes qui vont dans le sens de Sobrino (en cela je suis la méthode de la CDF!)." Entregué una copia del texto del p. Sesboué al p. Idiáquez y al p. Valentín Menéndez. Todos estos teólogos son buenos conocedores del tema cristológico, al nivel teológico y doctrinal. Son personas responsables. Se han fijado explícitamente en posibles errores doctrinales míos. Son respetuosos de la Iglesia. Y no han hallado errores doctrinales ni afirmaciones peligrosas. Entonces no puedo comprender cómo la notificatio lee mis textos de manera tan distinta y aun contraria.
Ésta es la primera y fundamental razón para no suscribir la notificatio: "no me siento representado en absoluto en el juicio global de la notificatio". Por ello no me parece honrado suscribirla. Y además, sería una falta de respeto a los teólogos mencionados.

2. 30 años de relaciones con la jerarquía

El documento de 2004 y la notificatio no son una total sorpresa. Desde 1975 he tenido que contestar a la Congregación para la Educación Católica, bajo el cardenal Garrone, en 1976, y a la Congregación para la Doctrina de la Fe, primero bajo el cardenal Šeper y después, varias veces, bajo el cardenal Ratzinger. El p. Arrupe, sobre todo, pero también el p. Vincent O'Keefe, como vicario general, y el p. Paolo Dezza, como delegado papal, siempre me animaron a responder con honradez, fidelidad y humildad. Me agradecieron mi buena disposición a responder y me daban a entender que el modo de proceder las curias vaticanas no siempre se distinguía por ser honrado y muy evangélico. Mi experiencia, pues, viene de lejos. Y usted conoce lo que ha ocurrido en los años de su generalato.

Lo que quiero añadir ahora es que no sólo he tenido serias advertencias y acusaciones de esas congregaciones, sobre todo la de la fe, sino que desde muy pronto se creó un ambiente en el Vaticano, en varias curias diocesanas y entre varios obispos, en contra de mi teología -y en general, contra la teología de la liberación-. Se generó un ambiente en contra de mi teología, a priori, sin necesidad de leer muchas veces mis escritos. Son 30 largos años de historia. Sólo voy a mencionar algunos hechos significativos. Lo hago no porque ésa sea una razón fundamental para suscribir la notificatio, sino para comprender la situación en que estamos y qué difícil es, al menos para mí, y aun poniendo lo mejor de mi parte, tratar honrada, humana y evangélicamente, el problema. Y para ser sincero, aunque ya he dicho que no es una razón para no adherirme a la notificatio, siento que no es ético para mí "aprobar o apoyar" con mi firma un modo de proceder poco evangélico, que tiene dimensiones estructurales, en una medida, y que está bastante extendido. Pienso que avalar esos procedimientos para nada ayuda a la Iglesia de Jesús, ni a presentar el rostro de Dios en nuestro mundo, ni a animar al seguimiento de Jesús, ni a la "lucha crucial de nuestro tiempo", la fe y la justicia. Lo digo con gran modestia.

Algunos hechos del ambiente generalizado que se ha generado contra mi teología, más allá de las acusaciones de las congregaciones, son los siguientes:

Monseñor Romero escribe en su Diario el día 3 de mayo de 1979: "Visité al p. López Gall. Me dijo con sencillez de amigo el juicio negativo que se tiene en algunos sectores para con los escritos teológicos de Jon Sobrino". Por lo que toca a Monseñor Romero, pocos meses después me pidió que le escribiera el discurso que pronunció en la Universidad de Lovaina el 2 de febrero de 1980 -en 1977 ya había redactado para él la segunda carta pastoral "La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia"-. Escribí el discurso de Lovaina. Le pareció muy bien, lo leyó íntegramente y me lo agradeció. Antes de su cambio como obispo, Monseñor me había acusado de peligros doctrinales, lo que muestra que sabía moverse en esa problemática (también escribió un juicio crítico contra la "Teología Política" de Ellacuría en 1974). Pero después, nunca me avisó de tales peligros. Creo que mi teología le parecía correcta doctrinalmente -al menos en lo sustancial-. (Sé muy bien que en el Vaticano un problema para su canonización ha sido mi posible influjo en sus escritos y homilías. Escribí un texto de unas 20 páginas sobre ellos. Y lo firmé).

Cuando Alfonso López Trujillo fue nombrado cardenal, dijo poco después en un grupo, más o menos públicamente, que iba a "acabar" con Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ronaldo Muñoz y Jon Sobrino. Así me lo contaron, y me parece muy verosímil. Las historias de López Trujillo con el p. Ellacuría -con Monseñor Romero, sobre todo- y conmigo son interminables. Continúan hasta el día de hoy. Y empezaron pronto. Creo que en 1976 ó 1977 habló en contra de la teología de Ellacuría y de la mía en una reunión de la Conferencia Episcopal de El Salvador, a cuya reunión se autoinvitó. Después, en carta a Ellacuría, negó tajantemente que hubiera hablado de él y de mí en dicha conferencia. Pero nosotros teníamos el testimonio, de primera mano, de monseñor Rivera, quien estuvo presente en la reunión de la conferencia episcopal.

En 1983 el cardenal Corripio, arzobispo de México, prohibió la celebración de un congreso de teología. Lo organizaban los pasionistas para celebrar, según su carisma, el año de la redención, que estaba siendo propiciado por Juan Pablo II. Querían tratar teológicamente el tema de la cruz de Cristo y la de nuestros pueblos. Me invitaron y acepté. Después me comunicaron la prohibición del cardenal. La razón, o una razón importante, era que yo iba a tener dos conferencias en el congreso.
En Honduras, el arzobispo regañó a un grupo de religiosas porque habían ido a una diócesis cercana a escuchar una conferencia mía. Me había invitado el obispo. Creo que su nombre era monseñor Corrivau, canadiense.

Sólo un ejemplo más para no cansarle. En 1987 ó 1988, más o menos, recibí una invitación a hablar a un numeroso grupo de laicos en Argentina, en la diócesis de monseñor Hesayne. Se trataba de revitalizar a los cristianos que habían sufrido durante la dictadura. Y acepté. Poco después recibí una carta de monseñor Hesayne diciéndome que mi visita a su diócesis había sido objeto de debate en una reunión de la Conferencia Episcopal. El cardenal Primatesta dijo que le parecía muy mal que yo fuese a hablar a Argentina. Monseñor Hesayne me defendió como persona y defendió mi ortodoxia. Le preguntó al cardenal si había leído algún libro mío, y reconoció que no. Sin embargo, el obispo se vio obligado a cancelar la invitación. Me escribió y se disculpó con mucho cariño y humildad, y me pidió que comprendiese la situación. Le contesté que la comprendía y que le agradecía.

De lo que he dicho hasta ahora sobre Argentina tengo certeza. Lo que sigue lo oí a dos sacerdotes, no sé si de Argentina o de Bolivia, que pasaron por la UCA. Al verme, me dijeron que conocían en lo que había ocurrido en Argentina. En resumen, en la reunión de la Conferencia Episcopal le habían dicho a monseñor Hesayne que tenía que elegir: o invitaba a Jon Sobrino a su diócesis, y el Papa no pasaría por ella en la próxima visita a Argentina, o aceptaba la visita del Papa a su diócesis y Jon Sobrino no podía pasar por allí.

No quiero cansarle más, aunque créame que podría contar más historias. También de obispos que se han opuesto a que dé conferencias en España. Esta "mala fama" no creo que fuese algo específicamente personal, sino parte de la campaña contra la teología de la liberación.

Y ahora formulo mi segunda razón para no adherirme. Tiene que ver menos directamente con los documentos de la Congregación para la Doctrina de la fe, y más con el modo de proceder del Vaticano en lo últimos 20 ó 30 años. En esos años, muchos teólogos y teólogas, gente buena, con limitaciones por supuesto, con amor a Jesucristo y a la Iglesia, y con gran amor a los pobres, han sido perseguidos inmisericordemente. Y no sólo ellos. También obispos, como usted sabe, monseñor Romero en vida (todavía hay quien no le quiere en el Vaticano, al menos no quieren al monseñor Romero real, sino a un monseñor Romero aguado), Don Helder Camara tras su muerte, y Proaño, don Samuel Ruiz y un muy largo etcétera. Han intentado descabezar, a veces con malas artes, a la CLAR, y a miles de religiosas y religiosos de inmensa generosidad, lo que es más doloroso por la humildad de muchos de ellos. Y sobre todo, han hecho lo posible para que desaparezcan las comunidades de base, los pequeños, los privilegiados de Dios.

Adherirme a la notificatio, que expresa en buena parte esa campaña y ese modo de proceder, muchas veces claramente injusto, contra tanta gente buena, siento que sería avalarlo. No quiero pecar de arrogancia, pero no creo que ayudaría a la causa de los pobres de Jesús y de la iglesia de los pobres.

3. Las críticas a mi teología del teólogo Joseph Ratzinger

Este tema me parece importante para comprender dónde estamos, aunque no es una razón para no suscribir la notificatio.

Poco antes de publicar la primera Instrucción sobre algunos aspectos de la "Teología de la liberación", corrió, en forma manuscrita, un texto del cardenal Joseph Ratzinger sobre dicha teología. El p. César Jerez, entonces Provincial, recibió el texto de un jesuita amigo, de Estados Unidos. El texto fue publicado después en 30 giorni III/3 (1984) pp. 48-55. Yo lo pude leer, ya publicado, en Il Regno. Documenti 21 (1984) pp. 220-223. En este artículo se mencionan los nombres de cuatro teólogos de la liberación: Gustavo Gutiérrez, Hugo Assmann, Ignacio Ellacuría y el mío, que es el más frecuentemente citado. Cito textualmente lo que dice sobre mí. Las referencias son de mi libro Jesús en América Latina. Su significado para la fe la cristología, San Salvador, 1982.

a) Ratzinger: "Respecto a la fe dice, por ejemplo, J. Sobrino: La experiencia que Jesús tiene de Dios es radicalmente histórica. 'Su fe se convierte en fidelidad'. Sobrino reemplaza fundamental- mente, por consiguiente, la fe por la 'fidelidad a la historia' (fidelidad a la historia, 143-144).

Comentario. Lo que yo digo textualmente es: "su fe en el misterio de Dios se convierte en fidelidad a ese misterio". con lo cual quiero recalcar la procesualidad del acto de fe. Digo también que "la carta [de los Hebreos] resume admirablemente cómo se da en Jesús la fidelidad histórica y en la historia a la práctica del amor a los hombres y la fidelidad al misterio de Dios" (p. 144). La interpretación de Ratzinger de remplazar la fe por la fidelidad a la historia está injustificada. Repito varias veces: "fidelidad al misterio de Dios".

b) Ratzinger: "'Jesús es fiel a la profunda convicción de que el misterio de la vida de los hombres. es realmente lo último.' (p. 144). Aquí se produce aquella fusión entre Dios y la historia que hace posible a Sobrino, conservar con respecto a Jesús la fórmula de Calcedonia pero con un sentido totalmente alterado: se ve cómo los criterios clásicos de la ortodoxia no son aplicables al análisis de esta teología".

Comentario. El contexto de mi texto es que "la historia hace creíble su fidelidad a Dios, y la fidelidad a Dios, a quien le instituyo, desencadena la fidelidad a la historia, al 'ser a favor de otros'" (p. 144). Para nada confundo Dios y la historia. Además, la fidelidad no es a una historia abstracta, o alejada de Dios y absolutizada, sino que es la fidelidad al amor a los hermanos, lo que tiene una ultimidad específica en el Nuevo Testamento y es mediación de la realidad de Dios.

c) Ratzinger: "Ignacio Ellacuría insinúa este dato en la tapa del libro sobre este tema: Sobrino dice de nuevo que Jesús es Dios, pero añadiendo inmediatamente que el Dios verdadero es sólo el que se revela histórica y escandalosamente en Jesús y en los pobres, quienes continúan su presencia. Sólo quien mantiene tensa y unitariamente esas dos afirmaciones es ortodoxo".

Comentario. No veo qué tiene de malo las palabras de Ellacuría.

d) Ratzinger: "El concepto fundamental de la predicación de Jesús es 'Reino de Dios'. Este concepto se encuentra también en el núcleo de las teologías de la liberación, pero leído sobre el trasfondo de la hermenéutica marxista. Según J. Sobrino el reino no debe comprenderse de modo espiritualista, ni universalista, ni en el sentido de una reserva escatológica abstracta. Debe ser entendido en forma partidista y orientado hacia la praxis. Sólo a partir de la praxis de Jesús, y no teóricamente, se puede definir lo que significa el reino; trabajar con la realidad histórica que nos rodea para transformarla en el Reino" (166).

Comentario. Es falso que yo hable del reino de Dios en el transfondo de la hermenéutica marxista. Sí es cierto que doy importancia decisiva a reproducir la praxis de Jesús para obtener un concepto que pueda acercarnos al que tuvo Jesús. Pero esto último es problema de epistemología filosófica, que tiene también raíces en la comprensión bíblica de lo que es conocer. Como dicen Jeremías y Oseas: "hacer justicia, ¿no es eso conocerme?".

e) Ratzinger: "En este contexto quisiera también mencionar la interpretación impresionante, pero en definitiva espantosa, de la muerte y de la resurrección que hace J. Sobrino. Establece ante todo, en contra de las concepciones universalistas, que la resurrección es, en primer lugar, una esperanza para los crucificados, los cuales constituyen la mayoría de los hombres: todos estos millones a los cuales la injusticia estructural se les impone como una lenta crucifixión (176). El creyente toma parte también en el reinado de Jesús sobre la historia a través de la implantación del Reino, esto es, en la lucha para la justicia y por la liberación integral, en la transformación de las estructuras injustas en estructuras más humanas. Este señorío sobre la historia se ejerce, en la medida en que se repite en la historia el gesto de Dios que resucita a Jesús, esto es, dando vida a los crucificados de la historia (181). El hombre asumió las gestas de Dios, y en esto se manifiesta toda la transformación del mensaje bíblico de modo casi trágico, si se piensa cómo este intento de imitación de Dios se ha efectuado y se efectúa".Comentario. Si la resurrección de Jesús es la de un crucificado, me parece al menos plausible comprender teológicamente la esperanza en primer lugar para los crucificados. En esta esperanza podemos participar 'todos en la medida en que participemos en la cruz'. Y 'repetir en la historia el gesto de Dios' es obviamente lenguaje metafórico. Nada tiene que ver con hybris y arrogancia. Hace resonar el ideal de Jesús: 'sean buenos del todo como el Padre celestial es bueno'".

Hasta aquí el comentario a las acusaciones de Ratzinger. No reconozco mi teología en esta lectura de los textos. Además, como usted recordará, el p. Alfaro escribió un juicio sobre el libro del que Ratzinger saca las citas, sin encontrar error alguno en su artículo "Análisis del libro Jesús en América Latina de Jon Sobrino", Revista Latinoamericana de Teología 1, 1984, pp. 103-120. Por lo que toca a la ortodoxia concluye textualmente: "a) Expresa y repetida afirmación de fe en la divinidad (filiación divina) de Cristo a lo largo de todo el libro; b) reconocimiento creyente del carácter normativo y vinculante de los dogmas cristológicos, definidos por el magisterio eclesial en los concilios ecuménicos; c) fe en la escatología cristiana, iniciada ya ahora en el presente histórico como anticipación de su plenitud venidera meta-histórica (más allá de la muerte); d) fe en la liberación cristiana como 'liberación integral', es decir, como salvación total del hombre en su interioridad y en su corporalidad, en su relación a Dios, a los otros, a la muerte y al mundo. Estas cuatro verdades de la fe cristiana son fundamentales para toda cristología. Sobrino las afirma sin ninguna ambigüedad" (p. 117-118).

Y es grave que, sin citar mi nombre, la Instrucción de 1984, IX. Traducción "teológica de este núcleo", repite algunas ideas que Ratzinger piensa haber encontrado en mi libro. "Algunos llegan hasta el límite de identificar a Dios y la historia, y a definir la fe como 'fidelidad a la historia'" (n. 4). Creo que el cardenal Ratzinger, en 1984, no entendió a cabalidad la teología de la liberación, ni parece haber aceptado las reflexiones críticas de Juan Luis Segundo, Teología de la liberación. Respuesta al cardenal Ratzinger, Madrid, 1985, y de I. Ellacuría, "Estudio teológico-pastoral de la Instrucción sobre algunos aspecto de 'la teología de la liberación'", Revista Latinoamericana de Teología 2 (1984) 145-178. Personalmente creo que hasta el día de hoy le es difícil comprenderla. Y me ha disgustado un comentario que he leído al menos en dos ocasiones. Es poco objetivo y puede llegar a ser injusto. La idea es que "lo que buscan los (algunos) teólogos de la liberación es conseguir fama, llamar la atención".

Termino. No es fácil dialogar con la Congregación de la Doctrina de la Fe. A veces parece imposible. Parece que está obsesionada por encontrar cualquier limitación o error, o por tener por tal lo que puede ser una conceptualización distinta de alguna verdad de la fe. En mi opinión, hay aquí, en buena medida, ignorancia, prejuicio y obsesión para acabar con la teología de la liberación. Sinceramente no es fácil dialogar con ese tipo de mentalidad. Cuántas veces he recordado el presupuesto de los Ejercicios [Espirituales de San Ignacio]: "todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla". Y estos días he leído en la prensa un párrafo del libro de Benedicto XVI, de próxima aparición, sobre Jesús de Nazaret: "Creo que no es necesario decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda personal del 'rostro del Señor' (Sal XXVII), Por lo tanto, cada quien tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las lectoras y a los lectores el anticipo de simpatía sin la cual no existe comprensión posible". Personalmente le ofrezco al Papa simpatía y comprensión. Y deseo vehementemente que la Congregación de la Doctrina de la Fe trate a los teólogos y teólogas de la misma manera.

4. Problemas de fondo importantes

En mi respuesta de marzo de 2005 traté de explicar mi pensamiento. Ha sido en vano. Por eso ahora no voy a comentar, una vez más, las acusaciones que me hace la notificatio, pues fundamentalmente son las mismas. Sólo quiero mencionar algunos temas importantes, sobre los que en el futuro podamos ofrecer algunas reflexiones.

1. Los pobres como lugar de hacer teología. Es un problema de epistemología teológica, exigido o al menos sugerido por la Escritura. Personalmente, no dudo de que desde los pobres se ve mejor la realidad y se comprende mejor la revelación de Dios.

2. El misterio de Cristo siempre nos desborda. Mantengo como fundamental el que sea sacramento de Dios, presencia de Dios en nuestro mundo. Y mantengo como igualmente fundamental el que sea un ser humano e histórico concreto. El docetismo me parece que sigue siendo el mayor peligro de nuestra fe.

3. La relacionalidad constitutiva de Jesús con el reino de Dios. En las palabras más sencillas posibles, éste es un mundo como Dios lo quiere, en el que haya justicia y paz, respeto y dignidad, y en el que los pobres estén en el centro de interés de los creyentes y de las iglesias. Igualmente, la relacionalidad constitutiva de Jesús con un Dios que es Padre, en quien confía totalmente, y en un Padre que es Dios ante quien se pone en total disponibilidad.

4. Jesús es hijo de Dios, la palabra hecha sarx. Y en ello veo el misterio central de la fe: la trascendencia se ha hecho transdecendencia para llegar a ser condescendencia.

5. Jesús trae la salvación definitiva, la verdad y el amor de Dios. La hace presente a través de su vida, praxis, denuncia profética y anuncio utópico, cruz y resurrección. Y Puebla, remitiéndose a Mt XXV, afirma Cristo "ha querido identificarse con ternura especial con los más débiles y pobres" (n. 196). Ubi pauperes ibi Christus.

6. Muchas otras cosas son importantes en la fe. Sólo quiero mencionar una más, que Juan XXIII y el cardenal Lercaro proclamaron en el Vaticano II: La Iglesia como "Iglesia de los pobres". Iglesia de verdadera compasión, de profecía para defender a los oprimidos y de utopía para darles esperanza.
7. Y en un mundo gravemente enfermo como el actual proponemos como utopía que "extra pauperes nulla salus".

De éstos y de muchos otros temas hay que hablar más despacio. Creo que es bueno que todos dialoguemos. Personalmente estoy dispuesto a ello.

Querido Padre Kolvenbach, esto es lo que quería comunicarle. Bien sabe usted que, aunque estas cosas son desagradables, puedo decir que estoy en paz. Esta viene del recuerdo de innumerables amigos y amigas, muchos de ellos mártires. Estos días, el recuerdo del p. Jon Cortina nos trae de nuevo la alegría. Si me permite hablarle con total sinceridad, no me siento "en casa" en ese mundo de curias, diplomacias, cálculos, poder, etc. Estar alejado de "ese mundo", aunque yo no lo haya buscado, no me produce angustia. Si me entiende bien, hasta me produce alivio. Sí siento que la notificatio producirá algún sufrimiento. Por decirlo con sencillez, algo sufrirán mis amigos y familiares, una hermana que tengo, muy cercana a monseñor Romero y a los mártires. Pienso también que hará la vida más difícil, por ejemplo a mi gran amigo el p. Rafael de Sivatte. Si no fuesen pocos los problemas que ya tiene para mantener con seriedad el Departamento de Teología -que lo mantiene muy bien por su gran capacidad, dedicación y ciencia- tendrá ahora que buscar otro profesor de cristología, y, como usted sabrá, también tendrá que buscar otro profesor de Historia de la Iglesia, pues, injustamente, el p. Rodolfo Cardenal no va a dar clases, pues no es bien visto por la jerarquía del país.

No sé si esta larga carta le ayudará en sus conversaciones con el Vaticano. Ojalá así sea. He procurado ser lo más sincero posible. Y le agradezco todos los esfuerzos que ha hecho para defendernos.

Le recuerdo con afecto ante el Señor,

Jon Sobrino, SJ.