Mostrando las entradas con la etiqueta abuso sexual. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta abuso sexual. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 17, 2013

‘Celibato sacerdotal y homosexualidad’ de Donald B. Cozzens



A finales del invierno del año 2000, siendo rector-presidente del Seminario de Santa María de Cleveland, llamé la atención sobre el número desproporcionadamente elevado de seminaristas y sacerdotes gays.[1] Algo más de una década antes, el teólogo Richard McBrien y el sociólogo Andrew Greeley habían abordado la cuestión en prestigiosas revistas católicas.[2] Los tres fuimos objeto de vehementes y hasta histéricos desmentidos. Y ello, a pesar del amplio acuerdo existente entre rectores de seminarios y facultades de teología, así como entre obispos con dilatada experiencia en la formación de seminaristas, sobre la presencia de un gran número de varones de orientación homosexual en el sacerdocio y en los seminarios. De hecho, algunos de nuestros mejores y más brillantes seminaristas, sacerdotes y obispos son gays. Al igual que sus hermanos en el ministerio heterosexuales, la mayoría de ellos se esfuerza —y a menudo lucha— por llevar una vida casta y santa. Y al igual que sus hermanos heterosexuales, algunos fracasan miserablemente en el empeño, incurriendo a veces en los trágicos y criminales abusos contra menores adolescentes y niños que han llevado a la Iglesia católica de los Estados Unidos a la más profunda crisis de su historia. En otros lugares he analizado las implicaciones de esta realidad desde el punto de vista de la cultura y la formación de seminario, el pronunciado descenso del número de seminaristas y la creciente toma de conciencia de que el sacerdocio es o se está convirtiendo en una ‘profesión de gays’.[3]

Los desmentidos se han apaciguado, por no decir que han desaparecido. Es innegable que el escándalo del abuso de menores por parte de clérigos ha contribuido considerablemente a este creciente reconocimiento de la existencia de un gran número de clérigos gays. Algunos católicos conservadores ven un nexo causal directo entre la homosexualidad de muchos curas y obispos y el escándalo de los abusos sexuales. Señalan que los menores víctimas de abusos sexuales por parte de clérigos son, en su gran mayoría, muchachos adolescentes. Libraos de los clérigos homosexuales —afirman—, y desaparecerá el escándalo. Y sospecho que la mayoría de los católicos creen que la orientación sexual es, si no una causa directa de los abusos, sí al menos un factor que debe ser tenido en cuenta.


Por desgracia, la consideración de este factor ha sido, en gran parte, profundamente problemática. A finales de noviembre de 2005, la Congregación vaticana para la Educación Católica hizo pública, con la aprobación del Papa, una ‘instrucción’ en la que ordenaba a los obispos, rectores de seminario y superiores religiosos no admitir al seminario y a las órdenes sagradas a quienes ‘practican la homosexualidad, presentan arraigadas tendencias homosexuales y apoyan la llamada cultura gay’.[4]


La implementación de la instrucción es un campo de minas moral. El candidato gay que cree sinceramente que Dios lo llama al sacerdocio debe discernir si sus tendencias homosexuales son, en el lenguaje de la instrucción, ‘expresión de un problema transitorio’ o ‘tendencias homosexuales profundamente arraigadas’. El candidato gay tampoco puede optar por ‘no informar’ de su condición a los responsables del seminario, pues la instrucción afirma: ‘Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación’. Además, aunque la mayoría de los adultos descubren su identidad sexual en un momento temprano de la infancia, o al menos en los años de la adolescencia, algunos individuos sólo toman conciencia de ella una vez alcanzada la madurez. Por otra parte, no existe ningún test claro y fiable para determinar la orientación sexual de una persona. A pesar de los procedimientos psicológicos ideados a tal efecto, en último término todo depende de lo que diga el individuo. ¿Y cómo pueden discernir los responsables de seminario las ‘tendencias homosexuales profundamente arraigadas’ de las que no lo son tanto? Por otra parte, ¿no es posible que un seminarista con tendencias homosexuales profundamente arraigadas sea al mismo tiempo emocional y afectivamente maduro y esté capacitado para desempeñar un efectivo liderazgo pastoral y espiritual?



Paradójicamente, la instrucción del Vaticano está siendo implementada en numerosos casos por obispos, rectores de seminario y superiores religiosos homosexuales. La palmaria hipocresía de tales situaciones no le pasa inadvertida a numerosos laicos y clérigos, con independencia de su orientación sexual. No es de extrañar, pues, que la carta adjunta a la instrucción recomiende a los obispos no nombrar a sacerdotes gays como rectores de seminario, ni a varones homosexuales en general como miembros del cuerpo docente de dichos seminarios. Por último, el documento suscitó en algunos círculos eclesiales el temor de que sacerdotes homosexuales célibes, enojados y descontentos con la incoherencia —por no decir hipocresía— que supone el hecho de que se encomiende a obispos y rectores gays aplicar la instrucción, decidieran revelar la homosexualidad de determinados obispos y otros altos cargos eclesiásticos.


Los exacerbados sentimientos que despierta la cuestión de los sacerdotes, obispos y seminaristas gays sólo se desvanecerán cuando la realidad de los homosexuales en las filas del clero sea abordada con franqueza, compasión y sabiduría. El mayor obstáculo para que los responsables eclesiales procedan así radica en la insistencia del Vaticano en que la atracción por una persona del mismo sexo es ‘objetivamente desordenada’. Es probable que la nube moral que pende sobre las cabezas de laicos y clérigos gays no se disipe hasta que creyentes de reconocida orientación homosexual que hayan llevado una vida de irreprochable integridad moral y santidad sean incorporados al santoral.


Mientras tanto, el efecto de la instrucción sobre las admisiones en los seminarios consistirá, probablemente, en recortar aún más el ya drásticamente reducido número de seminaristas, agravando así la crisis eucarística que se extiende imparablemente por la Iglesia.



Aquí, sin embargo, nuestro interés sigue ocupándolo la cuestión del celibato obligatorio y los presbíteros homosexuales. Parece lógico preguntarse por qué desearía un creyente gay ser sacerdote célibe. En cuanto comisionados eclesiásticos, los sacerdotes reciben el encargo de promulgar la enseñanza de la Iglesia, así como presentarla del modo más convincente posible. Pastoralmente, tienen que defender esta enseñanza aun cuando sea cuestionada o rechazada. Los sacerdotes gays se encuentran en una posición en la que se espera de ellos que enseñen con toda claridad que la orientación homosexual es intrínseca y objetivamente desordenada. Aunque ellos no sientan que su propia orientación es defectuosa, antinatural, enfermiza o desordenada, sí se espera de ellos que sostengan públicamente que toda orientación homosexual es anormal y desordenada. Además, se les encarga convencer a los homosexuales de uno u otro género de que su orientación les llama a llevar una vida de perfecta continencia sexual, ya que la Iglesia exhorta a la perfecta continencia sexual a todas las personas que no estén casadas. Y es que, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, todos los deseos y actos sexuales deliberados que se realicen fuera del amor matrimonial —el cual, por otra parte, ha de estar siempre abierto a la procreación— son objetivamente erróneos y constituyen pecado mortal. Así pues, es probable que los sacerdotes homosexuales se vean inmersos en una especie de ‘conflicto existencial de intereses’. A menudo, según ellos mismos refieren, la experiencia personal y pastoral les convence de que su orientación sexual no es objetivamente desordenada, de que no es ninguna perversión en absoluto.


La reconciliación de su experiencia personal y pastoral con la enseñanza oficial de la Iglesia se tornó aún más difícil cuando, en 2002, el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls, cuestionó la validez de la Ordenación de sacerdotes gays. Ese mismo año, algo más tarde, un sacerdote asignado al Vaticano, Andrew Baker, afirmó que los homosexuales son intrínsecamente no aptos para el sacerdocio, dada su proclividad al ‘abuso de determinadas sustancias, a la adicción sexual y a la depresión’.[5]


Así las cosas, ¿qué es lo que empuja a los creyentes gays al sacerdocio? Algunos reconocen que la sospecha de que eran homosexuales les causó miedo e incluso repugnancia. Informados de la enseñanza eclesiástica de que la orientación homosexual es objetivamente desordenada, el celibato sacerdotal les pareció atrayente. Creyeron que serían capaces de dejar ‘aparcada’, por así decirlo, su sexualidad. Imaginaron y esperaron que, siendo célibes, no tendrían necesidad de confrontarse con esa dimensión de su vida. Después de todo, la orientación sexual suele ser considerada como una cuestión irrelevante para el célibe. O, al menos, eso parecía. Pero, tanto para homosexuales como para heterosexuales, aceptar la propia orientación sexual es un factor decisivo para la formación de una personalidad sana e integrada. Cuando se intenta dejar a un lado la sexualidad o negar o reprimir su energía y poder, tarde o temprano el tiro termina saliendo por la culata. En la medida en que no se halle integrada en la personalidad y la vida psíquica, siempre a la espera de entrar en erupción en formas destructivas tanto de uno mismo como de otras personas. Además, sin una sana experiencia de la propia sexualidad y orientación sexual, no es posible una verdadera maduración espiritual o emocional. Sólo la madurez espiritual y emocional nos capacita para entender los apremiantes anhelos del corazón y descubrir que la energía sexual es, en último término, un sacramento de nuestro más profundo deseo: la comunión con Dios y con el conjunto de la creación.


Otra razón por la que los gays se sienten atraídos por el sacerdocio es la gran paradoja que significa la Iglesia, la cual es a la vez ‘moderna y medieval, ascética y suntuosa, espiritual y sensual, casta y erótica, homofóbica y homoerótica…’.[6] Nadie ha plasmado esta paradoja mejor que Ellis Hanson en su obra Decadence and Catholicism. Aunque el pasaje que sigue se centra en sacerdotes homosexuales fascinados por los jóvenes, su análisis ilumina los motivos por los que los gays se sienten atraídos hacia el sacerdocio, a pesar de la enseñanza de la Iglesia de que la atracción homosexual es objetivamente desordenada:
A menudo me preguntan… por qué un gay o un pedófilo desean hacerse sacerdotes. Los motivos son, sin embargo, tan numerosos que la verdadera pregunta debería ser, más bien, por qué desean ser sacerdotes los varones heterosexuales. Amén de la fe, que considero la principal razón, pues el sacerdocio sería insoportable sin ella, para los varones de determinada inclinación existen otras motivaciones: el afeminado personaje pastoral que representan, la brillantez y esplendor de los ritos, [hasta hace poco] la confianza y el respeto públicos, la libertad de la presión social en orden a contraer matrimonio, la oportunidad para intimar con niños y jóvenes, la amistad apasionada y la convivencia con varones de ideas afinas, así como la disciplina personal, que ayuda a sobrellevar la vergüenza y la culpa sexual.[7]   
Desde el punto de vista de la psico-dinámica humana, Hanson da, a mi juicio, en el clavo. Desde una perspectiva teológica, sin embargo, su análisis resulta escasamente útil. En la mayoría de los casos, los homosexuales se sienten atraídos hacia el sacerdocio, pienso yo, porque creen haber sido llamados al ministerio ordenado; en otras palabras, están convencidos de que tienen la vocación, el carisma, del sacerdocio. Y algunos de ellos creen que han sido llamados a la castidad célibe; en otras palabras, están convencidos de que han recibido el carisma, la gracia del celibato. La mayoría, sin embargo, conscientes de que no poseen tal don, se afanan —codo a codo con sus hermanos heterosexuales en el ministerio— por llevar una vida célibe.



En su empeño de ser hombres íntegros, muchos sacerdotes gays, al igual que miles de sus hermanos heterosexuales que han abandonado el ministerio activo para contraer matrimonio, se han secularizado, convencidos de que su necesidad de intimidad afectiva y sexual no les dejaba otra alternativa. Muchos de estos hombres consideran que han sido de verdad llamados al sacerdocio, pero no a llevar una vida de continencia célibe. A menudo son juzgados con mayor severidad que aquellos curas que dejan el ministerio para casarse con una mujer. Otros encuentran en el sacerdocio célibe un lugar confortable para vivir su abnegación y su represión sexuales. Unos terceros, al igual que algunos sacerdotes heterosexuales, descubren en el sacerdocio célibe la (hasta hace poco) perfecta tapadera para una completa realización sexual.


De vez en cuando, alguien me pregunta: ‘¿A quién le resulta más fácil llevar una vida de castidad célibe: al sacerdote heterosexual o al gay?’. Esta pregunta, que no tiene una respuesta concluyente, parece estar motivada por la percepción de que, para la mayoría de sacerdotes y religiosos, la vivencia auténtica del celibato se ve favorecida y sostenida por amistades sinceras, íntimas y de carácter no sexual, tanto con varones como con mujeres de la franja de edad a la que cada cual pertenece. Para el cura heterosexual, esto incluirá amistades con mujeres; para el cura gay, amistades con varones. Ahora bien, para ser sanas, las amistades han de tener un cierto carácter público. Los amigos se dejan ver, al menos de vez en cuando, en público: cafeterías, restaurantes, teatros… Su círculo más amplio de amigos y sus familias suelen estar al tanto de esa significativa amistad. Cuando una amistad se caracteriza por el secretismo y la discreción, instintivamente sospechamos que algo no funciona como es debido.


Un sacerdote gay bendecido con una amistad madura, íntima y célibe con otro cura o con un varón laico se mueve con facilidad en la esfera pública de la vida. Después de todo, de los sacerdotes se espera que traben amistad con otros varones. El sacerdote gay puede pasar su día de asueto en compañía de un amigo. Puede irse de vacaciones con él, viajar con él, salir a comer o a cenar con él. Ser visto con esa persona no conlleva incomodidad alguna. Tales amistades, siempre y cuando permanezcan célibes, son una fuente de verdadero gozo humano y espiritual. Cuando ambos amigos son curas, reviven los años compartidos en el seminario, las historias y el humor de entonces, lo cual tiene su propio poder vinculante. El común interés por la liturgia, la Escritura, la literatura y las artes, por no hablar de cotilleos eclesiales, suele dar pie a animadas conversaciones y a una verdadera fraternidad. Aunque tales amistades íntimas conllevan un cierto riesgo, estoy convencido de que es mayor el riesgo de intentar llevar, ya sea uno gay o heterosexual, una vida célibe prescindiendo de relaciones significativas y estrechas.



En lo referente a la esfera social, pública, probablemente resulta más fácil para un presbítero gay mantener y disfrutar una amistad cercana e íntima con un varón… y, al menos teóricamente, llevar una vida célibe sana y vivificante.


Por su parte, los sacerdotes heterosexuales bendecidos con una amistad cercana e íntima, pero célibe, con una mujer transitan un terreno social diferente. La inveterada expectativa de la gente es que los sacerdotes frecuenten la compañía de otros sacerdotes, de otros varones y, hasta hace poco, de jóvenes e incluso niños. Todavía resulta embarazoso  ver a un sacerdote en público con una mujer. Las expectativas sociales, pues, tienden a dificultar la amistad —no importa cuán auténtica, llena de gracia y célibe sea— entre un sacerdote y una mujer. En la medida en que tal sea el caso, el celibato puede resultar en ocasiones más difícil para el sacerdote heterosexual que para el gay.


Para el sacerdote heterosexual que lucha con la inherente soledad del celibato, la aparente libertad social de que ve disfrutar a sus hermanos homosexuales en el ministerio puede alimentar sentimientos de envidia. Hay quienes reconocen en confianza que el celibato opcional existe ya… para el sacerdote gay, pues es únicamente la integridad personal de éste, su madurez espiritual y emocional, la que le aparta, y no con demasiada dificultad, de una vida sexualmente activa.


Con independencia de que uno sea gay o heterosexual, el desafío de llevar una vida célibe sana y creativa resulta mucho más fácil de afrontar cuando se dispone del don vivificante de la amistad íntima, personal, célibe. No siempre se ha pensado así. Durante siglos, en los seminarios se advertía a los seminaristas que no cultivaran las ‘amistades particulares’ con otros seminaristas. El motivo no confesado de esta regla era el miedo a las relaciones homosexuales. De los seminaristas se esperaba, por supuesto, que no tuvieran citas amorosas durante los periodos vacacionales que pasaban en casa, así como que no cultivaran amistades íntimas con mujeres. Hasta hace una generación, al seminarista se le abría el correo y se le restringían las llamadas telefónicas. Se consideraba que Dios, su familia y la comunidad exclusivamente masculina de sus compañeros de seminario eran suficientes para su desarrollo emocional y espiritual como sacerdote y como ser humano. En los años anteriores al Concilio Vaticano II, la amistad, ya fuera con un varón o con una mujer, se percibía como un gran peligro para la vida célibe. Y, según parece, en algunos seminarios todavía predomina esa mentalidad.



Privada de intimidad humana, hasta la más sana de las vocaciones se crispa y, a menudo, se distorsiona.[8] En mi opinión, el trágico escándalo del abuso de menores por parte de sacerdotes y obispos ha puesto de relieve esta realidad. Las amistades profundas y comprometidas no carecen de peligros para los sacerdotes célibes; pero el mayor peligro es, con mucho, que éstos lleguen a pensar que no son como el resto de los mortales.


Ya en un libro anterior abordé la cuestión del amor célibe. Creo que lo allí escrito afecta a toda relación célibe, ya sea heterosexual, ya sea gay: ‘Una de las historias que todavía no se han contado sobre el sacerdocio de principios del siglo XXI es la gran cantidad de amistades vivificantes, gozosas y llenas de cariño entre sacerdotes célibes y sus amigos o amigas con compromisos de otro tipo. Muchos sacerdotes, tanto heterosexuales como gays, mantienen relaciones célibes de gran profundidad que pueden ser calificadas como auténticos acontecimientos de gracia. De vez en cuando se cometen errores, y algunos de ellos tienen graves consecuencias. Y, de vez en cuando, la lucha por mantener célibe una amistad puede exigir un esfuerzo casi titánico. Sólo la prudencia, la honestidad y, sobre todo, la gracia de Dios pueden hacer de los amigos célibes “amigos del alma”… Los sacerdotes que reciben el don de unas verdaderas relaciones célibes suelen experimentar una transformación espiritual y descubrir una compasión y una fortaleza hasta entonces desconocidas. A pesar de la confusión y la ambigüedad que antes y después afloran, a pesar del sufrimiento que inevitablemente arroja su sombra sobre todo amor y toda amistad humanos, los curas bendecidos con la afectuosa intimidad célibe dan gracias a que esa experiencia les ha ayudado a crecer como hombres de Dios y como hombres de Iglesia’.[9]    



Tomado de: Donald B. Cozzens, Liberar el celibato, trad. José Manuel Lozano Gotor, Santander, Sal Terrae, 2006. pp. 79-90.





[1] Cfr. Donald B. Cozzens, The Changing Face of the Priesthood, Collegeville, Liturgical Press, 2000, cap. 7, ‘Considering Orientation’, pp. 97-110 (trad. cast.: La faz cambiante del sacerdocio: sobre la crisis anímica del sacerdote, Santander, Sal Terrae, 2003).

[2] Cfr. Richard P. McBrien, ‘Homosexuality and the Priesthood: Questions We Can’t Keep in the Closet’, en: Commonweal (19/06/1987): pp. 380-383; Andrew M. Greeley, ‘Bishops Paralyzed over Heavily Gay Priesthood’, en: National Catholic Reporter (10/11/1989): pp. 13-14.

[3] Cfr. Donald B. Cozzens, Ibid.; & Id., Sacred Silence: Denial and the Crisis in the Church, Collegeville, Liturgical Press, 2002.

[4] Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes sagradas, 4/11/2005. La carta de los obispos que acompaña a la instrucción exhorta a éstos a no nombrar como rectores o educadores de seminario a varones con tendencias homosexuales.

[5] Cfr. America (30/09/2002): pp. 8-9.

[6] Ellis Hanson, Decadence and Catholicism, Cambridge, Harvard University Press, 1997. p. 7.

[7] Ibid. p. 297.

[8] Cfr. Donald B. Cozzens, The Changing Face of the Priesthood, Op. cit. cap. 3, ‘Loving as a celibate’, pp. 25-43.


[9] Ibid. p. 43.

domingo, julio 10, 2011

‘Iglesia y homosexualidad (diez tesis en profundidad)’ de Xabier Pikaza

Con inmensa pena voy leyendo, casi día a día, los informes sobre temas de homosexualidad en la iglesia católica, relacionados casi siempre con posibles conductas delictivas del clero, como si este fuera, junto con las indemnizaciones de dinero, el tema básico del cristianismo. Desde ese fondo, de manera personal, casi en forma de confesión, me atrevo a presentar en alta voz mis pensamientos, sin más autoridad que la que me concede mi amor al pueblo de Dios y mis largos años pasados de religioso y presbítero, en tiempos de profundo cambio social y religioso. Desde ese fondo, partiendo de mi propia experiencia y de mi cariño a la vida, en su rica y misteriosa, gozosa y dolorosa variedad, quiero presentar en voz alta algunos de mis pensamientos sobre el tema:

1. Dentro de la iglesia católica, la homosexualidad, tanto masculina como femenina, es un hecho, lo mismo que fuera de ella. No es buena ni es mala. Simplemente existe: la vida nos ha hecho así, y así la debemos aceptar, como un elemento de nuestra complejísima y hermosa existencia. Por eso empiezo dando gracias a Dios por los homosexuales cristianos (y no cristianos), especialmente por aquellos que he conocido y querido. Me siento muy contento porque, en medio de grandes dificultades, muchos de ellos han podido salir del armario en que estaban encerrados hasta hace poco, para vivir sin más, es decir, como personas, con sus valores y sus problemas, que es claro que los tienen, como los otros grupos de personas. Si un cristiano se avergüenza de los homosexuales se avergüenza del mismo Dios, blasfema de la vida compleja y hermosa que ese Dios ha creado.
2. Todo el mundo sabe que dentro del clero (y de la vida religiosa) el porcentaje de homosexuales es más alto que en el resto de la sociedad, quizá por el mismo tipo de vida célibe de sus miembros pero también por una forma especial de filantropía y de sensibilidad ante la vida que ellos, los homosexuales, muestran. No tengo porcentajes fiables de la iglesia mundial, pero sí de la americana, según un libro de D. B. Cozzens (The Changing face of the Priesthood, Liturgical Press, Collegeville MN 2000), que ha sido uno de los responsables de la formación de los presbíteros católicos en USA, dentro de la mejor tradición jerárquica de aquella iglesia. Cozzens muestra y admite, sin ningún problema, que la mitad de los seminaristas y presbíteros de USA son homosexuales. Eso no es bueno ni es malo, es un hecho y sigo dando gracias a Dios o a la vida por ello. De todas formas, me gustaría que los porcentajes fueran los promedios dentro del contexto social, es decir, entre un 10 y un 15 por ciento, de tal manera que en el clero se diera el mismo número de homosexuales y heterosexuales, de hombres y de mujeres, que en la vida real exterior. Pero en las actuales circunstancias de reclutamiento clerical eso es imposible: mientras el clero siga siendo como en la actualidad, habrá en su interior una media más alta de homosexuales que el resto de la sociedad.

3. La mayor parte de los presbíteros y religiosos homosexuales han llevado y llevan una vida digna, trabajan a favor de los demás con honradez, son buenos presbíteros de la iglesia, son profesionales al servicio del evangelio. Es evidente que tienen sus problemas afectivos, lo mismo que los heterosexuales y que, a veces, sus dificultades de integración social son mayores. Pero también suelen ser mayores sus aportaciones de tipo creativo (en lo social, afectivo o espiritual). Le doy gracias a Dios y quiero darles gracias a ellos, sobre todo a los que he conocido y conozco, a los que debo una parte considerable de mi experiencia cristiana.

4. Algunos homosexuales, que son minoría, han realizado prácticas que resultan delictivas, seduciendo a menores, sobre todo allí donde el contexto social resulta más cerrado o asfixiante, en seminarios, internados y grupos juveniles. Pero eso, sin dejar de ser muy grave como lo sabe todo el mundo, sucede también en otros contextos parecidos (lo mismo que en algunos grupos familiares). Gran parte de esos casos, que pudieran acabar siendo delictivos, se resuelven, como en el resto de la sociedad, sin necesidad de acudir a los tribunales, con el tiempo, a veces con la ayuda de personas más expertas o amigas (médicos, sicólogos etc). Todos los que andamos por la vida hemos conocido, en familias o grupos cercanos a los nuestros, casos de dificultad que se han resuelto con cierto éxito. Pero en otros casos los responsables pueden y deben acabar en los tribunales. Debe ser así cuando la víctima así lo requiera. En caso de escándalo que tenga cierta base, sean culpables o no, los clérigos implicados (presbíteros y obispos, religiosos o religiosas) deberían abandonar su función pública, por amor a la transparencia, ya que la vida clerical no es un honor, ni una ventaja, sino un servicio. Pero, abandonen o no su función, ellos deben responder ante la sociedad como el resto de los ciudadanos, sin acudir a ninguna protección clerical o de defensa del grupo.

5. El número de clérigos que han seducido a menores me parece el “promedio” según las estadísticas (lo mismo que fuera del clero), tanto en el caso de heterosexuales como de homosexuales. Pero esa seducción resulta más dolorosa, porque se hace utilizando el prestigio sacerdotal o religioso y se puede herir de un modo más intenso a las víctimas. Conozco algunos casos que han llegado al intento de suicidio (y al mismo suicidio) entre las personas implicadas, sobre todo entre las victimas, y he sentido y siento una inmensa rabia por ello. Este ha sido, y quizá sigue siendo, un delito sangrante, pues se supone que su misma opción evangélica debería haber transformado a los clérigos o aspirantes, haciéndoles hombres y mujeres de gratuidad. Pero, como todo el mundo sabe, la vida ofrece sus dificultades y, en ciertos ambientes de reclusión afectiva, suelen producirse reacciones violentas. Ciertamente, también conozco casos duros de intentos de suicidio en ambientes no clericales, por este mismo motivo, con intentos de homicidio contra los pretendidos o reales seductores. Sea como fuere, esos casos no deben llevar a la condena del clero en su conjunto, ni de todos los homosexuales que lo componen. Igualmente, porque algunos heterosexuales han fallado en esa misma dirección, no se condena a la heterosexualidad como conjunto.


6. No me parece aconsejable que los clérigos homosexuales “salgan del armario” a bombo y platillo, pues en muchas circunstancias, como en el conjunto de la vida afectiva, lo mejor sigue siendo la discreción bondadosa, sin mentiras, pero sin alardes, siempre que no haya habido delitos graves. Por eso, tampoco me gusta que algunos medios de comunicación insistan de manera monotemática en estos problemas del clero, en vez de poner de relieve otros rasgos personales y sociales, culturales y espirituales más importantes de muchos de sus componentes. De todas formas, la que sí tiene que salir del armario, ya, desde ahora mismo, es la estructura clerical, si que es que no quiere perder su credibilidad: ella no tiene que airear sus problemas interiores, pero tampoco ocultar sus problemas. El clérigo, como hombre público en la iglesia, tiene que estar dispuesto a que su vida se conozca. Una estructura institucional, empeñada en defenderse a sí misma, protegiendo su poder y su secreto, es digna de ser condenada y de acabar disolviéndose a sí misma (o de ser abandonada por el conjunto de los fieles), sin más retrasos, para bien del evangelio y, sobre todo, de la sociedad en su conjunto.

7. Considero aberrante, si es que fuere cierta, la noticia que se ha dado en algunos medios de comunicación, donde se nos dice que altas instancias del Vaticano, dirigidas por un Cardenal que ha dirigido el Dicasterio dedicado al Clero, quieren prohibir el acceso de los homosexuales a los seminarios y a las funciones ministeriales de presbítero y obispo. ¿Cómo van a distinguir a unos y otros? ¿Qué van a hacer con los miles de presbíteros y obispos homosexuales que ejercen con toda honradez su ministerio? El tema no está en que los ministros sean homosexuales o heterosexuales (que también pueden ser peligrosos), sino en que ejerzan bien su tarea de evangelio, según la palabra de Jesús y la vida de sus comunidades, en libertad gozosa y servicio humano.

8. Lo que me preocupa no es que haya homosexuales en el clero (que eso es normal, según las estadísticas), sino la forma de vida del conjunto de la iglesia. Estoy convencido de que, al menos en occidente, ha terminado una fase clerical del cristianismo. El celibato de los presbíteros, que ha tenido en otro tiempo una función social, ya no lo tiene: lo que importa no es que el presbítero sea célibe o no, sino si es fiel al amor y a la vida, si es persona de gozo y evangelio, de hondura personal y de servicio cercano y libre a los demás. En esa línea, la iglesia está perdiendo y tiene que perder su estructura ministerial jerárquica, para convertirse en federación de comunidades autónomas, que sean capaces de elegir sus propios ministros, para toda la vida o por un tiempo, varones o mujeres, célibes o casados, homosexuales o heterosexuales, buscando sólo la fidelidad al evangelio y el anuncio de Dios, es decir, el gozo de la verdadera vida. El celibato será opcional, para quienes quieran vivirlo como carisma o como resultado de unos caminos peculiares, quedando vinculado de un modo especial con las diversas formas de comunidades religiosas, de tipo carismático. Vincular el celibato a un tipo de poder clerical constituye un riesgo humano, me parece contrario al evangelio, por más que se sigan buscando razones de tipo ideológico o espiritualista.

9. Pasando a otro plano, quiero añadir que casi todos los “cazadores de homosexuales” que conozco son, por desgracia, homosexuales que no admiten su identidad sexual y humana, descargando su resentimiento contra otros compañeros mejor afortunados o más honrados. Jesús no se portó de esa manera. El evangelio le presenta como amigo de publicanos y prostitutas, como un hombre que era capaz de poner como ejemplo a los “eunucos” biológicos o sexuales, hombres y mujeres con dificultad en este campo (Mateo XIX, 12). El mismo evangelio le presenta “curando” al amante homosexual del Centurión de Cafarnaúm (Mateo VIII, 5-13). ¡No hará falta decir que, en aquel tiempo, los cuarteles eran lugares de homosexualidad habitual, porque los legionarios no se casaban antes de licenciarse, ya de mayores!. Y perdonen los homosexuales y mujeres, si doy la impresión de marginarles, poniéndoles en esta compañía, con publicanos y prostitutas. Dicho esto, debo añadir que en el camino de Jesús no hay diferencia entre homo y heterosexuales, mujeres y varones, pues todos somos “uno en Cristo” (Gal III, 28).

10. Quiero terminar dando gracias a Dios y a la vida por ser lo que soy, homo-o-hetero sexual. No me avergüenzo, ni me enorgullezco por ello. Así como soy, tengo unos valores; si fuera otra cosa tendría otros (igual que si fuera mujer; me ha tocado ser varón, me va bien, no me enorgullezco por ello, pero estoy contento, como estaría contento de ser mujer, si lo fuera). No me ha costado demasiado ser lo que soy aunque en mi vida de seminario y después (¡cómo es normal en estos casos!) he debido superar “tentaciones” de diverso tipo. Pero, en conjunto, las vidas clerical y religiosa se han portado conmigo de una forma espléndida. Por eso, doy gracias a Dios y a todos los que me han recibido y tratado como a una persona, aunque ahora, pasados los años, me gustaría contribuir a cambiar la estructura de la vida clerical, por cariño a la vida, por amor al Evangelio, para atravesar con gozo los nuevos y hermosos, pero difíciles caminos de la vida.

Por eso, leyendo día a día los problemas que se airean en la prensa (¡evidentemente con cierta razón!) me gustaría que ella, la iglesia institucional, se trasformara en línea de verdad, aceptando lo que son sus miembros, y en esperanza de evangelio. Quiero que la iglesia, con otros muchos hombres y mujeres no creyentes, abra un camino de humanidad, en esta nueva travesía de la historia que se inicia. Mientras sigo esperando en ello, acabo como empezaba, dando gracias a tantos homosexuales y ahora también a tantos heterosexuales cristianos y clérigos por su servicio difícil, muchas veces menospreciado, al servicio del evangelio.

jueves, febrero 07, 2008

Doble adiós en la Iglesia

Finalmente, tras una larga ausencia debido a las misiones navideñas, las vacaciones y los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (¡un mes entero en completo silencio y aislamiento!), hago mi retorno poco triunfal a este espacio electrónico.

Y quisiera empezar el año haciendo mención de dos renombrados hombres de Iglesia, si bien no podrían ser más distintos uno de otro: me refiero al padre Marcial Maciel Degollado, LC, fundador y superior general de la Legión de Cristo y del movimiento laico Regnum Christi, fallecido el pasado 30 de enero; y al padre Peter-Hans Kolvenbach, SJ, prepósito general de la Compañía de Jesús entre 1983 y 2008.

Maciel nació en el pueblo de Cotija, Michoacán, en 1920. Seminarista desde los dieciséis años y ordenado sacerdote muy joven por uno de sus tíos obispos, fundó la Legión de Cristo en 1941, una congregación religiosa de sacerdotes, cuyo modelo a seguir fue la Compañía de Jesús preconciliar. La Legión, de manera vertigionosa y constante, en especial bajo el pontificado de Juan Pablo II, ha gozado de un crecimiento inusitado en adeptos, simpatizantes, obras apostólicas, influencia y detractores. Hoy día, con varias universidades, decenas de colegios, parroquias, los aproximadamente 75 mil miembros del Regnum Christi, presencia en más de veinte países, 800 sacerdotes y 2.500 novicios y religiosos en formación (además de tres obispos egresados de sus filas), se ha convertido en una de las congregaciones más influyentesy, en definitiva, el mayor aporte de México a la Iglesia universal en los últimos tiempos. Ése es el legado tangible y loable del padre Maciel. Sin embargo, las denuncias de abuso sexual, presentadas contra él por ex legionarios en los años noventa y la definitiva (aunque tardía) sentencia vaticana en el 2005 han manchado para siempre, y quizá de forma irreparable, la imagen de ‘santo’ y el legado personal del fundador, sin mencionar lo discutido de algunos aspectos del carisma legionario: la llamada ‘teología de la prosperidad’, el tradicionalismo de sus formas y doctrinas o su enorme cercanía con las clases dominantes…

Peter-Hans Kolvenbach, por su parte, es oriundo de Druten, Holanda. Hijo de un empleado de banco holandés y una italiana. Entró en la Compañía de Jesús a la edad de veinte años, en 1948, y, tras estudiar filosofía en Nimega, fue enviado al Líbano, donde pasaría la mayor parte de su vida apostólica. Hizo la teología en la Universidad de San José, en Beirut, y realizó diversos estudios en Francia y Estados Unidos. Es especialista en lengua y literatura armenias, además de ser sacerdote de rito armenio, y por tanto de una profunda espiritualidad oriental. Profesor de lingüística y viceprovincial, vive en carne propia la guerra en el Líbano, hasta que, en 1981, Pedro Arrupe, general de los jesuitas, le designa rector del Pontificio Instituto Oriental de Roma. Tras la incapacidad de Arrupe y la imposición, por parte del Papa, de un delegado apostólico para gobernar la orden, la XXXIII Congregación General le elige para suceder a aquél, el 13 de noviembre de 1983.

Estuvo al frente de la orden de San Ignacio (es decir, gobernando sobre 20 mil jesuitas) durante un cuarto de siglo, hasta que, reunido el pleno de la XXXV Congregación General y aceptada la renuncia al cargo, supuestamente ad vitam, por S. S. Benedicto XVI, le sucedió el español Adolfo Nicolás. Kolvenbach tomó las riendas de la orden en un momento delicadísimo; puso fin al estado de excepción en el gobierno interno, renovó y mejoró las tensas y frías relaciones con Juan Pablo II, al mismo tiempo que se mantenía fiel a la renovación del Vaticano II, de Arrupe y de la XXXII Congregación General, con su famoso decreto IV, el de la ‘promoción de la justicia’. También insistió en la renovación espiritual y en adaptar la formación religiosa a las nuevas exigencias de la época, ayudó a superar los conflictos y divisiones posconciliares dentro de la Compañía, supo dar libertad a la innovación (a los apostolados de frontera que elogiaba Pablo VI) y acotar los excesos. En pocas palabras: con callada prudenca oriental y no poco valor llevó a la Compañía de Jesús al siglo XXI, fiel al sucesor de San Pedro, fiel a sí misma y fiel a los signos de los tiempos: testimonio de ello son los 28 jesuitas que sufrieron una muerte violenta durante su generalato. Sus 20 mil hijos y la Iglesia toda le estamos sumamente agradecidos.

G. G. Jolly, nSJ

domingo, julio 01, 2007

Tres sacerdotes infames

En esta ocasión, quiero presentar el caso de tres sacerdotes particularmente infames.(*)


Pbro. Athanase Seromba (1963-). El padre Seromba era el titular de una parroquia en Nyange, en la provincia de Kibuye de Ruanda occidental. Durante el atroz genocidio de ese país, en el que perecieron entre 800,000 y 1’000,000 de personas, en 1994, alrededor de 2,000 refugiados (incluyendo ancianos, mujeres y niños) de la etnia tutsi (perseguidos por la etnia hutu) buscaron refugio en la iglesia de Nyange. Seromba, un hutu fanático, autorizó a la milicia hutu que utilizara bulldozers y derrumbar su propio templo con los refugiados dentro. Una vez hecho esto, ordenó a los milicianos eliminar a toda persona aún con vida entre los escombros, con balas o machetes. Tras esconderse en Europa usando un nombre falso, se entregó al Tribunal Criminal Internacional para Ruanda en 2002, aunque se declaró inocente de los cargos de genocidio, complicidad en un genocidio, conspiración para cometer genocidio y exterminación y crímenes contra la humanidad. Tras dos años de juicio, fue hallado culpable y sentenciado a 15 años de prisión.

Pbro. John Geoghan (1935-2003). Graduado del Seminario Cardenal O’Connell de la Arquidiócesis de Boston y ordenado sacerdote en 1962, durante 30 años de servicio como sacerdote en seis parroquias distintas, se le acusó de haber abusado sexualmente de más de 130 menores de edad. Finalmente, fue sujeto a tratamiento psiquiátrico y psicoanálitico especial y, más tarde, destinado a un hogar para sacerdotes jubilados. En 1991, a Geoghan se le imputaron cargos de amedrentación, de los que fue hallado culpable en 2002, por lo que se le sentenció a entre nueve y diez años de prisión. Además, en 1998 concluyó un juicio canónico en su contra, que le removió sus órdenes sagradas y lo retornó al estado laico. El 23 de agosto de 2003, John Geoghan fue extrangulado por otro interno en el Centro Correccional de Sousa-Baranowski, en Shirley, Massachussets.

El caso de Geoghan formó parte importante del escándalo que azotó a la Arquidiócesis de Boston en 2001. Hay evidencias de que las autoridades eclesiásticas, enteradas de las quejas por abuso sexual a manos de algunos sacerdotes, encubrieron el asunto y los transfirieron de parroquia en parroquia, ayudando así a que el número de víctimas creciera. Esto llevó a la ignominiosa renuncia del titular de la arquidiócesis, Francis Bernard Cardenal Law, y a una serie de batallas legales y millonarios acuerdos con más de 542 personas afectadas, 86 de las cuales sufrieron abusos sexuales de John Geoghan.

Monseñor Jozef Tiso (1887-1947). Nacido en Veľká Bytč, en la actual Eslovaquia, estudió teología en Viena y fungió como capellán militar del Ejército Austro-Húngaro en la I Guerra Mundial. Más tarde, fue director del Seminario Teológico y profesor en una secundaria, ambos en el pueblo de Nitra. Entre 1921 y 1924 fue maestro y secretario del obispo rector en el Seminario de la Divinidad, también en Nitra, hasta que se volvió párroco de Bánovce nad Bebravou.

De forma paralela a su ministerio eclesiástico, Tiso estaba inmerso en el Partido Popular Eslovaco, fundado como agrupación católica en 1913 por el padre Andrej Hlinka (1864-1938), de corte altamente nacionalista, autoritario y antisemita. A la muerte de éste, monseñor Tiso se convirtió en el líder de facto del partido, y luego líder oficial, el 1º de octubre de 1939. Ya antes había ocupado una curul en el parlamento de Praga (1925-1939) e incluso varias carteras en el gobierno checoslovaco: Ministro para la Salud y los Deportes (1927-1929) y Ministro para Asuntos Eslovacos (1938). Sin embargo, es el papel crucial que jugó en el drama que destruyó al Estado Checoslovaco en 1938 y 1939 y posteriormente como primer ministro (1939) y presidente de la I República Eslovaca (1939-1945), el que le granjeó un lugar infame en la Historia.(1)

Monseñor Tiso y su primer ministro, el también devoto católico Vojtech Tuka (1880-1946), encabezaron un gobierno fascista, por completo servil a los intereses de la Alemania Nazi. El mismo Tiso, líder absoluto de los eslovacos, adoptó el título de Vodca (‘líder’ en eslovaco; similar al Führer alemán, Duce italiano y Caudillo español), en 1942, y al tanto que ejercía sus regulares deberes sacramentales en la parroquia de Bánovce nad Bebravou, fue directamente responsable de la deportación a territorio alemán de 58,000 judíos eslovacos, la mayoría de los cuales murió a causa de trabajos forzados o asesinada en Auschwitz-Birkenau.

En abril de 1945, cuando el Ejército Rojo conquistó los últimos remanentes de Eslovaquia, el presidente Tiso fue derrocado y capturado. Dos años después, la Corte Nacional lo encontró culpable de ‘traición interna, traición al Levantamiento Nacional Eslovaco y colaboración con los nazis’. Fue ahorcado el 18 de abril de 1947.

G. G. Jolly

(1) v.
Historia de Eslovaquia.

(*) Advertencia: Creo que todos los católicos, en mayor o menor medida, guardamos cierto respeto, incluso cariño, por el clero, ya sea secular o religioso: diáconos, presbíteros y obispos. Y claro que debería de ser así. La jerarquía de la Iglesia se basa en la sucesión apostólica y las potestades que ésta otorga a quienes les son conferidas las órdenes sagradas, sin los cuales la vida sacramental sería imposible. Sin embargo, existe también la generalizada tendencia, tanto de laicos como del mismo clero, a tener un concepto demasiado idealizado o plenamente falso de lo que significa, en realidad, la vida como un Cristo-sacerdote. Durante muchos siglos, incluso, la comunidad eclesial ha padecido de un fortísimo clericalismo que ha inflado el ego de los ministros ordenados, así como ha deformado el verdadero papel de los laicos como cristianos. Son más que visibles ciertas formas eclesiales demasiado jerárquicas, verticales, autoritarias y, sobre todo, clericales, aun hoy, 40 años después de la clausura del Concilio Vaticano II, que destruyó las falsas barreras y dignidades que separaban la misión de los cristianos laicos y los consagrados. Por desgracia, aún es muy común toparse con miembros del clero que se sienten ‘especiales’ o ‘superiores’ a los demás bautizados, al igual que con laicos que idealizan o idolatran al clero: ‘¡Háblale de “usted” al padre’; ‘¡El excelentísimo señor obispo!’, etcétera. Y no digo que no existan ciertas dignidades que requieren respeto ni que no haya sacerdotes admirables merecedores de elogios (¡muy al contrario!). Tampoco niego el llamado a la santidad al que son requeridos los presbíteros, diáconos y obispos (¡al igual que todos los cristianos bautizados!). No obstante, una ingenua idealización del clero, al enfrentarse cara a cara con la realidad de la Iglesia pecadora (y, por tanto, de un clero igualmente pecador), suscita desilusiones, dolor, desesperanza y hasta apostasía. Un hombre no se vuelve santo nada más porque recibe las órdenes sagradas. Más bien, es un hombre que, en palaras de San Ignacio de Loyola, a pesar de saberse pecador, se sabe, a la vez, llamado por Dios, con sus cualidades y defectos, a Su servicio. Bien lo sabemos: ‘de todo hay en la viña del Señor’. El Pueblo de Dios está conformado, en su totalidad, por seres humanos pecadores; si bien unos lo son más que otros, claro está. Podemos ver cómo el mismo Jesús convocó a sus doce primeros discípulos aun a sabiendas de que uno lo traicionaría, otro lo negaría, alguno más dudaría de Él y que el resto huiría y lo abandonaría en su peor hora. Y así, a lo largo de la larga historia de esta comunidad bimilenaria, veremos que cristianos bautizados son asesinos, ladrones, violadores y mentirosos, desde el más despreciable de los narcotraficantes y secuestradores hasta los cardenales, obispos y papas más corruptos.

martes, mayo 30, 2006

Vergüenza imperdonable...

Siempre he tratado de defender a la Iglesia en todo momento, toda ocasión y contra todo el mundo. Sin embargo, por eso mismo creo tener el derecho de advertir que los últimos sucesos en torno al padre Marcial Maciel Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo y del movimiento Regnum Christi, así como de la Universidad Anáhuac y el Colegio Cumbres, provocan en mí varias reacciones:

1) Reconocer la ardua y valiosa labor evangélica, social y cultural de la Legión de Cristo. Sus miembros merecen todo el respeto y el amor que les debo como hermanos en la fe.

2) Sin importar lo anterior, que el padre Maciel ha sido declarado, implícitamente, culpable por la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo su nuevo prefecto, William Joseph Cardenal Levada. Es un paso gigantesco avante que el caso haya sido abierto, vuelto a examinar y concluido prontamente, en vez de que se le volviese a dar carpetazo desde el trono de San Pedro (si he de verme maquiavélico, diría que, en el interior del Vaticano, el cardenal Sodano, segundo mayor aliado de Maciel después del difunto Juan Pablo II, no ha podido imponerse esta vez a su antiguo rival, el ex cardenla Ratzinger...).

3) La sentencia es irrisoria. Es tan indignante como cuando Alemania, el año pasado, se negó a extraditar a Italia a dos ex miembros de la SS, culpables de atroces crímenes de guerra en Italia en 1944, porque los 'pobres ancianos' tenían más de 85 años. Ancianos a los que, por cierto, no les importó matar a otros ancianos y muchos niños entre los centenares de civiles italianos asesinados. De igual forma, tener consideración con un violador por su edad es tenerle una consideración que el criminal no tuvo con sus víctimas, despojadas de su dignidad e inocencia. Sí, muy probablemente, el acusado muriese antes de terminar su juicio, pero se sentaría un importante precedente: la Iglesia no tolera el abuso sexual. ¿Por qué hay excomunión inmediata para quien realiza un aborto pero no para aquellos que rompieron su sagrado voto de castidad e incurrieron en un atroz crimen?

4) Los abusos sexuales no son sólo malas relaciones públicas, sino que son una aberración que debería combatirse duramente, como a la peor de las herejías. ¿Por qué? Porque la Iglesia, sabia y correctamente, siempre ha predicado la sacralidad y la belleza de la sexualidad humana, y puesto firmes contrastres a su absurda banalización y comercialización. ¿No es acaso horrible que se haga de la vista gorda ante la abominación que es el abuso sexual? Yo creo que la Congregación para la Doctrina de la Fe debería agilizar sus investigaciones, ayudándose quizá de peritos legales, y, de declarar al acusado culpable, proceder a un inmisericorde juicio canónico que habría de excomulgar al implicado y despojarlo(a) de su orden sacerdotal. Después, como en tiempos de la Inquisición, entregarlo(a) a las autoridades seculares y presentar cargos en su contra para que el infractor responda penalmente por sus crímenes.

Siempre he sido un poco radical, pero hay cosas que ameritan radicalidad...

G. G. Jolly