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viernes, mayo 17, 2013

‘Celibato sacerdotal y homosexualidad’ de Donald B. Cozzens



A finales del invierno del año 2000, siendo rector-presidente del Seminario de Santa María de Cleveland, llamé la atención sobre el número desproporcionadamente elevado de seminaristas y sacerdotes gays.[1] Algo más de una década antes, el teólogo Richard McBrien y el sociólogo Andrew Greeley habían abordado la cuestión en prestigiosas revistas católicas.[2] Los tres fuimos objeto de vehementes y hasta histéricos desmentidos. Y ello, a pesar del amplio acuerdo existente entre rectores de seminarios y facultades de teología, así como entre obispos con dilatada experiencia en la formación de seminaristas, sobre la presencia de un gran número de varones de orientación homosexual en el sacerdocio y en los seminarios. De hecho, algunos de nuestros mejores y más brillantes seminaristas, sacerdotes y obispos son gays. Al igual que sus hermanos en el ministerio heterosexuales, la mayoría de ellos se esfuerza —y a menudo lucha— por llevar una vida casta y santa. Y al igual que sus hermanos heterosexuales, algunos fracasan miserablemente en el empeño, incurriendo a veces en los trágicos y criminales abusos contra menores adolescentes y niños que han llevado a la Iglesia católica de los Estados Unidos a la más profunda crisis de su historia. En otros lugares he analizado las implicaciones de esta realidad desde el punto de vista de la cultura y la formación de seminario, el pronunciado descenso del número de seminaristas y la creciente toma de conciencia de que el sacerdocio es o se está convirtiendo en una ‘profesión de gays’.[3]

Los desmentidos se han apaciguado, por no decir que han desaparecido. Es innegable que el escándalo del abuso de menores por parte de clérigos ha contribuido considerablemente a este creciente reconocimiento de la existencia de un gran número de clérigos gays. Algunos católicos conservadores ven un nexo causal directo entre la homosexualidad de muchos curas y obispos y el escándalo de los abusos sexuales. Señalan que los menores víctimas de abusos sexuales por parte de clérigos son, en su gran mayoría, muchachos adolescentes. Libraos de los clérigos homosexuales —afirman—, y desaparecerá el escándalo. Y sospecho que la mayoría de los católicos creen que la orientación sexual es, si no una causa directa de los abusos, sí al menos un factor que debe ser tenido en cuenta.


Por desgracia, la consideración de este factor ha sido, en gran parte, profundamente problemática. A finales de noviembre de 2005, la Congregación vaticana para la Educación Católica hizo pública, con la aprobación del Papa, una ‘instrucción’ en la que ordenaba a los obispos, rectores de seminario y superiores religiosos no admitir al seminario y a las órdenes sagradas a quienes ‘practican la homosexualidad, presentan arraigadas tendencias homosexuales y apoyan la llamada cultura gay’.[4]


La implementación de la instrucción es un campo de minas moral. El candidato gay que cree sinceramente que Dios lo llama al sacerdocio debe discernir si sus tendencias homosexuales son, en el lenguaje de la instrucción, ‘expresión de un problema transitorio’ o ‘tendencias homosexuales profundamente arraigadas’. El candidato gay tampoco puede optar por ‘no informar’ de su condición a los responsables del seminario, pues la instrucción afirma: ‘Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación’. Además, aunque la mayoría de los adultos descubren su identidad sexual en un momento temprano de la infancia, o al menos en los años de la adolescencia, algunos individuos sólo toman conciencia de ella una vez alcanzada la madurez. Por otra parte, no existe ningún test claro y fiable para determinar la orientación sexual de una persona. A pesar de los procedimientos psicológicos ideados a tal efecto, en último término todo depende de lo que diga el individuo. ¿Y cómo pueden discernir los responsables de seminario las ‘tendencias homosexuales profundamente arraigadas’ de las que no lo son tanto? Por otra parte, ¿no es posible que un seminarista con tendencias homosexuales profundamente arraigadas sea al mismo tiempo emocional y afectivamente maduro y esté capacitado para desempeñar un efectivo liderazgo pastoral y espiritual?



Paradójicamente, la instrucción del Vaticano está siendo implementada en numerosos casos por obispos, rectores de seminario y superiores religiosos homosexuales. La palmaria hipocresía de tales situaciones no le pasa inadvertida a numerosos laicos y clérigos, con independencia de su orientación sexual. No es de extrañar, pues, que la carta adjunta a la instrucción recomiende a los obispos no nombrar a sacerdotes gays como rectores de seminario, ni a varones homosexuales en general como miembros del cuerpo docente de dichos seminarios. Por último, el documento suscitó en algunos círculos eclesiales el temor de que sacerdotes homosexuales célibes, enojados y descontentos con la incoherencia —por no decir hipocresía— que supone el hecho de que se encomiende a obispos y rectores gays aplicar la instrucción, decidieran revelar la homosexualidad de determinados obispos y otros altos cargos eclesiásticos.


Los exacerbados sentimientos que despierta la cuestión de los sacerdotes, obispos y seminaristas gays sólo se desvanecerán cuando la realidad de los homosexuales en las filas del clero sea abordada con franqueza, compasión y sabiduría. El mayor obstáculo para que los responsables eclesiales procedan así radica en la insistencia del Vaticano en que la atracción por una persona del mismo sexo es ‘objetivamente desordenada’. Es probable que la nube moral que pende sobre las cabezas de laicos y clérigos gays no se disipe hasta que creyentes de reconocida orientación homosexual que hayan llevado una vida de irreprochable integridad moral y santidad sean incorporados al santoral.


Mientras tanto, el efecto de la instrucción sobre las admisiones en los seminarios consistirá, probablemente, en recortar aún más el ya drásticamente reducido número de seminaristas, agravando así la crisis eucarística que se extiende imparablemente por la Iglesia.



Aquí, sin embargo, nuestro interés sigue ocupándolo la cuestión del celibato obligatorio y los presbíteros homosexuales. Parece lógico preguntarse por qué desearía un creyente gay ser sacerdote célibe. En cuanto comisionados eclesiásticos, los sacerdotes reciben el encargo de promulgar la enseñanza de la Iglesia, así como presentarla del modo más convincente posible. Pastoralmente, tienen que defender esta enseñanza aun cuando sea cuestionada o rechazada. Los sacerdotes gays se encuentran en una posición en la que se espera de ellos que enseñen con toda claridad que la orientación homosexual es intrínseca y objetivamente desordenada. Aunque ellos no sientan que su propia orientación es defectuosa, antinatural, enfermiza o desordenada, sí se espera de ellos que sostengan públicamente que toda orientación homosexual es anormal y desordenada. Además, se les encarga convencer a los homosexuales de uno u otro género de que su orientación les llama a llevar una vida de perfecta continencia sexual, ya que la Iglesia exhorta a la perfecta continencia sexual a todas las personas que no estén casadas. Y es que, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, todos los deseos y actos sexuales deliberados que se realicen fuera del amor matrimonial —el cual, por otra parte, ha de estar siempre abierto a la procreación— son objetivamente erróneos y constituyen pecado mortal. Así pues, es probable que los sacerdotes homosexuales se vean inmersos en una especie de ‘conflicto existencial de intereses’. A menudo, según ellos mismos refieren, la experiencia personal y pastoral les convence de que su orientación sexual no es objetivamente desordenada, de que no es ninguna perversión en absoluto.


La reconciliación de su experiencia personal y pastoral con la enseñanza oficial de la Iglesia se tornó aún más difícil cuando, en 2002, el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls, cuestionó la validez de la Ordenación de sacerdotes gays. Ese mismo año, algo más tarde, un sacerdote asignado al Vaticano, Andrew Baker, afirmó que los homosexuales son intrínsecamente no aptos para el sacerdocio, dada su proclividad al ‘abuso de determinadas sustancias, a la adicción sexual y a la depresión’.[5]


Así las cosas, ¿qué es lo que empuja a los creyentes gays al sacerdocio? Algunos reconocen que la sospecha de que eran homosexuales les causó miedo e incluso repugnancia. Informados de la enseñanza eclesiástica de que la orientación homosexual es objetivamente desordenada, el celibato sacerdotal les pareció atrayente. Creyeron que serían capaces de dejar ‘aparcada’, por así decirlo, su sexualidad. Imaginaron y esperaron que, siendo célibes, no tendrían necesidad de confrontarse con esa dimensión de su vida. Después de todo, la orientación sexual suele ser considerada como una cuestión irrelevante para el célibe. O, al menos, eso parecía. Pero, tanto para homosexuales como para heterosexuales, aceptar la propia orientación sexual es un factor decisivo para la formación de una personalidad sana e integrada. Cuando se intenta dejar a un lado la sexualidad o negar o reprimir su energía y poder, tarde o temprano el tiro termina saliendo por la culata. En la medida en que no se halle integrada en la personalidad y la vida psíquica, siempre a la espera de entrar en erupción en formas destructivas tanto de uno mismo como de otras personas. Además, sin una sana experiencia de la propia sexualidad y orientación sexual, no es posible una verdadera maduración espiritual o emocional. Sólo la madurez espiritual y emocional nos capacita para entender los apremiantes anhelos del corazón y descubrir que la energía sexual es, en último término, un sacramento de nuestro más profundo deseo: la comunión con Dios y con el conjunto de la creación.


Otra razón por la que los gays se sienten atraídos por el sacerdocio es la gran paradoja que significa la Iglesia, la cual es a la vez ‘moderna y medieval, ascética y suntuosa, espiritual y sensual, casta y erótica, homofóbica y homoerótica…’.[6] Nadie ha plasmado esta paradoja mejor que Ellis Hanson en su obra Decadence and Catholicism. Aunque el pasaje que sigue se centra en sacerdotes homosexuales fascinados por los jóvenes, su análisis ilumina los motivos por los que los gays se sienten atraídos hacia el sacerdocio, a pesar de la enseñanza de la Iglesia de que la atracción homosexual es objetivamente desordenada:
A menudo me preguntan… por qué un gay o un pedófilo desean hacerse sacerdotes. Los motivos son, sin embargo, tan numerosos que la verdadera pregunta debería ser, más bien, por qué desean ser sacerdotes los varones heterosexuales. Amén de la fe, que considero la principal razón, pues el sacerdocio sería insoportable sin ella, para los varones de determinada inclinación existen otras motivaciones: el afeminado personaje pastoral que representan, la brillantez y esplendor de los ritos, [hasta hace poco] la confianza y el respeto públicos, la libertad de la presión social en orden a contraer matrimonio, la oportunidad para intimar con niños y jóvenes, la amistad apasionada y la convivencia con varones de ideas afinas, así como la disciplina personal, que ayuda a sobrellevar la vergüenza y la culpa sexual.[7]   
Desde el punto de vista de la psico-dinámica humana, Hanson da, a mi juicio, en el clavo. Desde una perspectiva teológica, sin embargo, su análisis resulta escasamente útil. En la mayoría de los casos, los homosexuales se sienten atraídos hacia el sacerdocio, pienso yo, porque creen haber sido llamados al ministerio ordenado; en otras palabras, están convencidos de que tienen la vocación, el carisma, del sacerdocio. Y algunos de ellos creen que han sido llamados a la castidad célibe; en otras palabras, están convencidos de que han recibido el carisma, la gracia del celibato. La mayoría, sin embargo, conscientes de que no poseen tal don, se afanan —codo a codo con sus hermanos heterosexuales en el ministerio— por llevar una vida célibe.



En su empeño de ser hombres íntegros, muchos sacerdotes gays, al igual que miles de sus hermanos heterosexuales que han abandonado el ministerio activo para contraer matrimonio, se han secularizado, convencidos de que su necesidad de intimidad afectiva y sexual no les dejaba otra alternativa. Muchos de estos hombres consideran que han sido de verdad llamados al sacerdocio, pero no a llevar una vida de continencia célibe. A menudo son juzgados con mayor severidad que aquellos curas que dejan el ministerio para casarse con una mujer. Otros encuentran en el sacerdocio célibe un lugar confortable para vivir su abnegación y su represión sexuales. Unos terceros, al igual que algunos sacerdotes heterosexuales, descubren en el sacerdocio célibe la (hasta hace poco) perfecta tapadera para una completa realización sexual.


De vez en cuando, alguien me pregunta: ‘¿A quién le resulta más fácil llevar una vida de castidad célibe: al sacerdote heterosexual o al gay?’. Esta pregunta, que no tiene una respuesta concluyente, parece estar motivada por la percepción de que, para la mayoría de sacerdotes y religiosos, la vivencia auténtica del celibato se ve favorecida y sostenida por amistades sinceras, íntimas y de carácter no sexual, tanto con varones como con mujeres de la franja de edad a la que cada cual pertenece. Para el cura heterosexual, esto incluirá amistades con mujeres; para el cura gay, amistades con varones. Ahora bien, para ser sanas, las amistades han de tener un cierto carácter público. Los amigos se dejan ver, al menos de vez en cuando, en público: cafeterías, restaurantes, teatros… Su círculo más amplio de amigos y sus familias suelen estar al tanto de esa significativa amistad. Cuando una amistad se caracteriza por el secretismo y la discreción, instintivamente sospechamos que algo no funciona como es debido.


Un sacerdote gay bendecido con una amistad madura, íntima y célibe con otro cura o con un varón laico se mueve con facilidad en la esfera pública de la vida. Después de todo, de los sacerdotes se espera que traben amistad con otros varones. El sacerdote gay puede pasar su día de asueto en compañía de un amigo. Puede irse de vacaciones con él, viajar con él, salir a comer o a cenar con él. Ser visto con esa persona no conlleva incomodidad alguna. Tales amistades, siempre y cuando permanezcan célibes, son una fuente de verdadero gozo humano y espiritual. Cuando ambos amigos son curas, reviven los años compartidos en el seminario, las historias y el humor de entonces, lo cual tiene su propio poder vinculante. El común interés por la liturgia, la Escritura, la literatura y las artes, por no hablar de cotilleos eclesiales, suele dar pie a animadas conversaciones y a una verdadera fraternidad. Aunque tales amistades íntimas conllevan un cierto riesgo, estoy convencido de que es mayor el riesgo de intentar llevar, ya sea uno gay o heterosexual, una vida célibe prescindiendo de relaciones significativas y estrechas.



En lo referente a la esfera social, pública, probablemente resulta más fácil para un presbítero gay mantener y disfrutar una amistad cercana e íntima con un varón… y, al menos teóricamente, llevar una vida célibe sana y vivificante.


Por su parte, los sacerdotes heterosexuales bendecidos con una amistad cercana e íntima, pero célibe, con una mujer transitan un terreno social diferente. La inveterada expectativa de la gente es que los sacerdotes frecuenten la compañía de otros sacerdotes, de otros varones y, hasta hace poco, de jóvenes e incluso niños. Todavía resulta embarazoso  ver a un sacerdote en público con una mujer. Las expectativas sociales, pues, tienden a dificultar la amistad —no importa cuán auténtica, llena de gracia y célibe sea— entre un sacerdote y una mujer. En la medida en que tal sea el caso, el celibato puede resultar en ocasiones más difícil para el sacerdote heterosexual que para el gay.


Para el sacerdote heterosexual que lucha con la inherente soledad del celibato, la aparente libertad social de que ve disfrutar a sus hermanos homosexuales en el ministerio puede alimentar sentimientos de envidia. Hay quienes reconocen en confianza que el celibato opcional existe ya… para el sacerdote gay, pues es únicamente la integridad personal de éste, su madurez espiritual y emocional, la que le aparta, y no con demasiada dificultad, de una vida sexualmente activa.


Con independencia de que uno sea gay o heterosexual, el desafío de llevar una vida célibe sana y creativa resulta mucho más fácil de afrontar cuando se dispone del don vivificante de la amistad íntima, personal, célibe. No siempre se ha pensado así. Durante siglos, en los seminarios se advertía a los seminaristas que no cultivaran las ‘amistades particulares’ con otros seminaristas. El motivo no confesado de esta regla era el miedo a las relaciones homosexuales. De los seminaristas se esperaba, por supuesto, que no tuvieran citas amorosas durante los periodos vacacionales que pasaban en casa, así como que no cultivaran amistades íntimas con mujeres. Hasta hace una generación, al seminarista se le abría el correo y se le restringían las llamadas telefónicas. Se consideraba que Dios, su familia y la comunidad exclusivamente masculina de sus compañeros de seminario eran suficientes para su desarrollo emocional y espiritual como sacerdote y como ser humano. En los años anteriores al Concilio Vaticano II, la amistad, ya fuera con un varón o con una mujer, se percibía como un gran peligro para la vida célibe. Y, según parece, en algunos seminarios todavía predomina esa mentalidad.



Privada de intimidad humana, hasta la más sana de las vocaciones se crispa y, a menudo, se distorsiona.[8] En mi opinión, el trágico escándalo del abuso de menores por parte de sacerdotes y obispos ha puesto de relieve esta realidad. Las amistades profundas y comprometidas no carecen de peligros para los sacerdotes célibes; pero el mayor peligro es, con mucho, que éstos lleguen a pensar que no son como el resto de los mortales.


Ya en un libro anterior abordé la cuestión del amor célibe. Creo que lo allí escrito afecta a toda relación célibe, ya sea heterosexual, ya sea gay: ‘Una de las historias que todavía no se han contado sobre el sacerdocio de principios del siglo XXI es la gran cantidad de amistades vivificantes, gozosas y llenas de cariño entre sacerdotes célibes y sus amigos o amigas con compromisos de otro tipo. Muchos sacerdotes, tanto heterosexuales como gays, mantienen relaciones célibes de gran profundidad que pueden ser calificadas como auténticos acontecimientos de gracia. De vez en cuando se cometen errores, y algunos de ellos tienen graves consecuencias. Y, de vez en cuando, la lucha por mantener célibe una amistad puede exigir un esfuerzo casi titánico. Sólo la prudencia, la honestidad y, sobre todo, la gracia de Dios pueden hacer de los amigos célibes “amigos del alma”… Los sacerdotes que reciben el don de unas verdaderas relaciones célibes suelen experimentar una transformación espiritual y descubrir una compasión y una fortaleza hasta entonces desconocidas. A pesar de la confusión y la ambigüedad que antes y después afloran, a pesar del sufrimiento que inevitablemente arroja su sombra sobre todo amor y toda amistad humanos, los curas bendecidos con la afectuosa intimidad célibe dan gracias a que esa experiencia les ha ayudado a crecer como hombres de Dios y como hombres de Iglesia’.[9]    



Tomado de: Donald B. Cozzens, Liberar el celibato, trad. José Manuel Lozano Gotor, Santander, Sal Terrae, 2006. pp. 79-90.





[1] Cfr. Donald B. Cozzens, The Changing Face of the Priesthood, Collegeville, Liturgical Press, 2000, cap. 7, ‘Considering Orientation’, pp. 97-110 (trad. cast.: La faz cambiante del sacerdocio: sobre la crisis anímica del sacerdote, Santander, Sal Terrae, 2003).

[2] Cfr. Richard P. McBrien, ‘Homosexuality and the Priesthood: Questions We Can’t Keep in the Closet’, en: Commonweal (19/06/1987): pp. 380-383; Andrew M. Greeley, ‘Bishops Paralyzed over Heavily Gay Priesthood’, en: National Catholic Reporter (10/11/1989): pp. 13-14.

[3] Cfr. Donald B. Cozzens, Ibid.; & Id., Sacred Silence: Denial and the Crisis in the Church, Collegeville, Liturgical Press, 2002.

[4] Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes sagradas, 4/11/2005. La carta de los obispos que acompaña a la instrucción exhorta a éstos a no nombrar como rectores o educadores de seminario a varones con tendencias homosexuales.

[5] Cfr. America (30/09/2002): pp. 8-9.

[6] Ellis Hanson, Decadence and Catholicism, Cambridge, Harvard University Press, 1997. p. 7.

[7] Ibid. p. 297.

[8] Cfr. Donald B. Cozzens, The Changing Face of the Priesthood, Op. cit. cap. 3, ‘Loving as a celibate’, pp. 25-43.


[9] Ibid. p. 43.

miércoles, marzo 16, 2011

Testamento de siete hombres libres

Para A., J. y S., compañeros de liberación

Los siete mártires trapenses de Tibhirine

Cuando un A-Dios se vislumbra…

Si me sucediera un día (y ese día podría ser hoy)
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar
en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios
y a este país.

Que ellos acepten que el único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.

Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra vida.

Tampoco tiene menos.



En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.

He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los Hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón,
a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado,
sin distinción, de mi asesinato.

Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás,
la “gracia del martirio”,
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad
a lo que él cree ser el Islam.

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear
a los argelinos tomados globalmente.

Conozco también las caricaturas del Islam
fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila,
identificando este camino religioso
con los integrismos de sus extremistas.

Argelia y el Islam, para mí son otra cosa,
es un cuerpo y un alma.

Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien
todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos
el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre,
mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces,
en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que
me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
“¡que diga ahora lo que piensa de esto!”
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada
mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere,
hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con ÉL a sus hijos del Islam tal como ÉL
los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de su pasión, inundados por el don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Dom Christian de Chergé†
f. Luc Dochier†
p. Christophe Lebreton†
f. Michel Fleury†
p. Bruno Lemarchand†
p. Célestin Ringeard†
f. Paul Favre-Miville†


Por esta vida perdida, totalmente mía
y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios
que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho,
de ahora en más, sobre mi vida,
yo los incluyo, por supuesto,
amigos de ayer y de hoy y a vosotros,
amigos de aquí,
junto a mi madre y a mi padre,
mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante,
que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS,
y este “A-Dios” en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido reencontrarnos,
ladrones bienaventurados,
en el paraíso, si así lo quiere Dios,
Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN!

Argel, 1 de diciembre de 1993
Tibhirine, 1 de enero de 1994
(Abierta en el domingo de Pentecostés de 1996)

Dom Christian de Chergé, OCSO

jueves, agosto 06, 2009

Aniversario luctuoso de un grande del siglo XX

‘Quien nunca con lágrimas su pan haya comido,
quien noches pesarosas jamás haya pasado
en su lecho llorando y muy dolido,
la verdad es que no os conoce, potencias celestiales.’
Goethe


El aniversario luctuoso de hoy es el de un hombre que, si bien no ha sido inscrito aún en el catálogo de los santos (y no estoy seguro de que, al menos a causa del trámite, lo sea algún día), no me cabe duda alguna de que su vida fue la de un hombre justo, cristiano ejemplar y de enorme fe: Giovanni Battista Montini, 262º sucesor de San Pedro que sirvió bajo el nombre de Pablo VI durante quince años decisivos para la historia de la Iglesia (de 1963 a 1978) y que retornó a la Casa del Padre el 6 de agosto de 1978.

El Papa Montini brilló muy poco con luz propia, pues se trataba de un hombre humilde con la creencia de que el Evangelio estaba más cercano a la parroquia rural o a la fábrica que a las oficinas de la Secretaría de Estado vaticana o al Código de Derecho Canónico. Nunca buscó sobresalir y no gobernó mediante el encanto personal. Es por ello que se le considere un Papa ‘olvidado’, ‘aplastado’ entre figuras de la talla de Pío XII, el ‘último príncipe de Dios’; el Beato Juan XXIII, ‘el Papa bueno’; y Juan Pablo II, a quien se llama ya ‘el Grande’.Pablo VI no figura sino como un eslabón gris entre gigantes, gracias a un pontificado con mucha pena y nada de gloria, repleto de duda y de vacilación… Por el contrario: el suyo fue el que mayor influencia ha tenido en todo el siglo XX.(1)

Fue Pablo VI quien tradujo en prosa la poesía del Vaticano II convocado por el Papa Roncalli. Así, calladamente, sin aplausos, escrutando exhaustivamente su espíritu y la realidad (los ‘signos de los tiempos’), llevó a cabo una tarea casi imposible, en medio de la época más convulsionada del siglo: combinar la apertura con la fidelidad. Consiguió terminar y poner en práctica el Concilio sin dividir a la Iglesia. Reformó la curia sin alienarla. Gobernó junto con sus hermanos obispos sin dejar de ser la cabeza. Abrió el corazón eclesial a los demás cristianos y hombres de fe sin renunciar a la identidad católica. Dialogó con el mundo sin dejarse manipular por él. Alzó la voz contra la injusticia sin apuntar farisaicamente el dedo.

Con él terminó el Papado del absolutismo y la pompa. Fue el primer pontífice en visitar los cinco continentes, en exigirle al pleno de las Naciones Unidas el destierro definitivo de la guerra, en celebrar la Eucaristía en otra lengua y rito que no fueran latinos, en orar junto a ortodoxos, anglicanos y luteranos… Durante su gestión no hubo excomuniones ni ostracismos, inauguró y puso en funcionamiento más de cincuenta conferencias episcopales, nombró mujeres para cargos vaticanos, renovó el episcopado mundial, impulsó la lucha por la justicia y la opción por los pobres y promovió la puesta al día de la Vida Religiosa. Pero, sobre todo, tuvo el coraje de desilusionar al mundo secular y a mucha gente en el seno de la Iglesia (a la izquierda por ir muy lento y a la derecha por ir muy rápido), al demostrarles a todos que la Iglesia puede y debe ponerse al día al mismo tiempo que no puede ni debe deshacerse de veinte siglos de tradición y rendirse ante la moda. Es más, demostró que la Iglesia tiene incluso el deber de denunciar y e incomodar a un mundo egoísta, más preocupado por el placer que por la justicia, tal como lo hizo con sus encíclicas Populorum Progressio (1967) y Humanae Vitae (1968).

Todo esto le valió la incomprensión y la hostilidad, desde fuera y al interior de la Iglesia, lo cual tal vez no quebró su fe, pero sí su temple y su físico. Agobiado por el dolor y la soledad, con las espaldas vencidas por el peso de las Llaves, murió, no obstante, un hombre feliz que se supo siempre hijo amado del Padre y seguidor de Jesús, y así pudo entregar gustosamente su vida al servicio de sus hermanos.

G. G. Jolly

(1) Véase: Peter Hebblethwaite, Pablo VI, el primer Papa moderno, Buenos Aires, Javier Vergara, 1995.

martes, julio 14, 2009

Sobre el sacramento de la penitencia

Alguna vez le oí lo siguiente a un enjundioso (y quizá algo exagerado) jesuita que rozaba los ochenta años, con un tono que va a lo que va, sin importar los matices, al Evangelio puro y duro (demasiado duro, incluso, como Juan Bautista, Ecequiel o Amós). Me abstengo de decir más y se los dejo a consideración:

‘Durante treinta años me senté cada sábado en el confesionario por varias horas, y fue siempre la misma cantaleta:
—Padre, le estoy poniendo los cuernos a mi esposo.

—Padre, me masturbo frecuentemente.

—Padre, falté a misa dos domingos y comulgué sin haberme confesado.
¡Y nunca, nunca de los nuncas oí un solo pecado contra la Justicia!
—Padre, le pago una miseria a mis obreros, pero yo acabo de cambiar de coche.

—Padre, trato mal a mi sirvienta; no me gusta su aspecto, porque es indígena.

—Padre, yo conté los votos de la elección de mi sindicato y cambié los números porque acepté un soborno.
Después de esos 30 años, dejé de confesar gente.’

G. G. Jolly

viernes, septiembre 26, 2008

Más sobre los pobres, en el día de San Vicente

Mañana, 27 de septiembre, la Iglesia celebra al patrono de la caridad y uno de los testigos más grandes de la historia cristiana: Vicente de Paúl, fundador de los lazaristas y las hijas de la caridad, a quienes agradezco su ejemplo y dedico esta entrada, a propósito de los pobres.

‘A los pobres debemos apreciarlos no por su vestido exterior o por su aspecto, ni por las dotes de que aparezcan revestidos, siendo mayormente de entendimiento rudo y sin cultivar. Antes bien, si los contemplan a la luz de la fe, los verán que desempeñan el papel de hijos de Dios, quien eligió ser pobre. Pues, al padecer, aun cuando casi perdió hasta la apariencia de hombre, convertido “en necedad para los gentiles y escándalo para los judíos”, quiso presentarse ante ellos como evangelizador de los pobres. “Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres”. Y esta misión la debemos sentir muy de corazón, imitando el ejemplo de Cristo, a saber: cuidando de los necesitados, llevándoles consuelo, ayudándoles y encomendándoles.
Ya que Cristo quiso nacer pobre, eligió para discípulos a unos pobres convirtiéndose él mismo en servidor de los pobres y adoptando su misma condición, hasta el punto de que afirmó que el bien o el mal que se hiciere a los pobres es como si se hiciere a él mismo. Y es que el Señor, al amar a los pobres, ama lógicamente a los que les aman; porque allí donde uno tiene algún íntimo, incluye también en el mismo cariño a aquellos que le están vinculados por lazos de amistad o de servicio. Por lo que también nosotros esperamos que, en atención de haber amado a los pobres, llegaremos a ser amados por Dios. Por consiguiente, al visitarles, esforcémonos en ser comprensivos para con los pobres necesitados, prodigándoles tanta compasión que nos adaptemos a la frase del Apóstol: “Me he hecho todo para ustedes”.
Nos esforzaremos, por lo tanto, en conmovernos hondamente ante los apuros y miserias del prójimo, rogando al Señor que infunda en nosotros el afecto de misericordia y de compasión, inundando con él nuestro corazón, sin permitir que decrezca.
Pero al servicio de los pobres habremos de darle preferencia total y lo prestaremos sin demora. Y, si al tiempo de la oración, hubiera que prestar medicamento o socorro a algún necesitado, acudamos a él sin alterarnos, ofreciendo al Señor la oportunidad de tal obra, cual si continuáramos en oración. No tienen por qué intranquilizarse con escrúpulo interior o conciencia de pecado, a causa de haber dejado la oración por atender el pobre. Dios en efecto no se siente abandonado, si de él nos apartamos a causa de él mismo, interrumpiendo en tal caso la obra de Dios, para realizar otra que no es menos de Dios.
Así, pues, cuando abandonen la oración para atender a algún pobre, recordarán que con ello prestan servicio al mismo Dios. Y es que la caridad está sobre cualquier otra clase de reglas, y a ellas debe ajustarse todo lo demás. Y, siendo ella la reina, habrá que hacer lo que ella mande. Prestemos, pues, con renovado cariño nuestro servicio a los pobres, tratando de localizar a los más abandonados, ya que nos han sido dados como dueños y patronos.’

San Vicente de Paúl (1581-1660), Epist. 2446.

jueves, febrero 07, 2008

Doble adiós en la Iglesia

Finalmente, tras una larga ausencia debido a las misiones navideñas, las vacaciones y los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (¡un mes entero en completo silencio y aislamiento!), hago mi retorno poco triunfal a este espacio electrónico.

Y quisiera empezar el año haciendo mención de dos renombrados hombres de Iglesia, si bien no podrían ser más distintos uno de otro: me refiero al padre Marcial Maciel Degollado, LC, fundador y superior general de la Legión de Cristo y del movimiento laico Regnum Christi, fallecido el pasado 30 de enero; y al padre Peter-Hans Kolvenbach, SJ, prepósito general de la Compañía de Jesús entre 1983 y 2008.

Maciel nació en el pueblo de Cotija, Michoacán, en 1920. Seminarista desde los dieciséis años y ordenado sacerdote muy joven por uno de sus tíos obispos, fundó la Legión de Cristo en 1941, una congregación religiosa de sacerdotes, cuyo modelo a seguir fue la Compañía de Jesús preconciliar. La Legión, de manera vertigionosa y constante, en especial bajo el pontificado de Juan Pablo II, ha gozado de un crecimiento inusitado en adeptos, simpatizantes, obras apostólicas, influencia y detractores. Hoy día, con varias universidades, decenas de colegios, parroquias, los aproximadamente 75 mil miembros del Regnum Christi, presencia en más de veinte países, 800 sacerdotes y 2.500 novicios y religiosos en formación (además de tres obispos egresados de sus filas), se ha convertido en una de las congregaciones más influyentesy, en definitiva, el mayor aporte de México a la Iglesia universal en los últimos tiempos. Ése es el legado tangible y loable del padre Maciel. Sin embargo, las denuncias de abuso sexual, presentadas contra él por ex legionarios en los años noventa y la definitiva (aunque tardía) sentencia vaticana en el 2005 han manchado para siempre, y quizá de forma irreparable, la imagen de ‘santo’ y el legado personal del fundador, sin mencionar lo discutido de algunos aspectos del carisma legionario: la llamada ‘teología de la prosperidad’, el tradicionalismo de sus formas y doctrinas o su enorme cercanía con las clases dominantes…

Peter-Hans Kolvenbach, por su parte, es oriundo de Druten, Holanda. Hijo de un empleado de banco holandés y una italiana. Entró en la Compañía de Jesús a la edad de veinte años, en 1948, y, tras estudiar filosofía en Nimega, fue enviado al Líbano, donde pasaría la mayor parte de su vida apostólica. Hizo la teología en la Universidad de San José, en Beirut, y realizó diversos estudios en Francia y Estados Unidos. Es especialista en lengua y literatura armenias, además de ser sacerdote de rito armenio, y por tanto de una profunda espiritualidad oriental. Profesor de lingüística y viceprovincial, vive en carne propia la guerra en el Líbano, hasta que, en 1981, Pedro Arrupe, general de los jesuitas, le designa rector del Pontificio Instituto Oriental de Roma. Tras la incapacidad de Arrupe y la imposición, por parte del Papa, de un delegado apostólico para gobernar la orden, la XXXIII Congregación General le elige para suceder a aquél, el 13 de noviembre de 1983.

Estuvo al frente de la orden de San Ignacio (es decir, gobernando sobre 20 mil jesuitas) durante un cuarto de siglo, hasta que, reunido el pleno de la XXXV Congregación General y aceptada la renuncia al cargo, supuestamente ad vitam, por S. S. Benedicto XVI, le sucedió el español Adolfo Nicolás. Kolvenbach tomó las riendas de la orden en un momento delicadísimo; puso fin al estado de excepción en el gobierno interno, renovó y mejoró las tensas y frías relaciones con Juan Pablo II, al mismo tiempo que se mantenía fiel a la renovación del Vaticano II, de Arrupe y de la XXXII Congregación General, con su famoso decreto IV, el de la ‘promoción de la justicia’. También insistió en la renovación espiritual y en adaptar la formación religiosa a las nuevas exigencias de la época, ayudó a superar los conflictos y divisiones posconciliares dentro de la Compañía, supo dar libertad a la innovación (a los apostolados de frontera que elogiaba Pablo VI) y acotar los excesos. En pocas palabras: con callada prudenca oriental y no poco valor llevó a la Compañía de Jesús al siglo XXI, fiel al sucesor de San Pedro, fiel a sí misma y fiel a los signos de los tiempos: testimonio de ello son los 28 jesuitas que sufrieron una muerte violenta durante su generalato. Sus 20 mil hijos y la Iglesia toda le estamos sumamente agradecidos.

G. G. Jolly, nSJ

lunes, diciembre 31, 2007

Testimonio de un novicio jesuita

Antes de terminar el año, mis queridos lectores, quisiera compartir con ustedes algo que, de alguna manera, resumiera mi experiencia como novicio en la Compañía de Jesús. No he escrito nada al respecto, por falta de tiempo, mas un buen amigo mío, bastante interesado en este blog, me sugirió que publicase una carta que él escribió a unas amigas suyas, tratando de poner en palabras lo que significa este cambio de vida. Como concuerdo completamente con lo que hay en la carta y con atención especial a mi amigo, aquí la publico, con mis mejores deseos para el 2008.

‘‘Cd. Guzmán, Jalisco, 16 de noviembre de 2007.

‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocéis a mí, conocéis también a mi Padre.’ (Jn XIV, 6-7)
Mis queridas niñas:

Quise iniciar con estos versículos de Juan a manera de introducción, cuerpo y síntesis de esta carta y de mi experiencia en estos casi cuatro meses de novicio.

Primero quiero desearles la paz del Señor y todas las bendiciones que sólo Él puede darles. Les escribo de puño y letras porque es la mejor vía que tengo para expresarles mi cariño, mi recuerdo y el lugar que ocupan en mi corazón; es una forma de trascender las barreras físicas y encontrarnos en el lugar más puro de la amistad.

Durante estos meses he vivido primordialmente en consolación, estado que me permite enfrentar mi pasado, miedos, heridas, frustraciones, desde una perspectiva de sanar, integrar y aceptar mi persona y cuerpo como uno solo, relativizando todo en torno a mi experiencia de fe y como creyente, para donar mi ser a la misión de Jesús.

Dentro de las experiencias que el noviciado ofrece les comparto las que más me han marcado y algunos de los frutos obtenidos gracias a ellas, así como algunas tareas a trabajar en el día a día.

La experiencia de vivir en comunidad, los oficios, aseos y la estructura (los horarios) me han roto esquemas que tenía para relacionarme y ubicarme en la realidad. Voy aprendiendo a disfrutar nuevas maneras y posponer la inmediatez de mis deseos (placeres), encontrando gozo (algunas veces) en mis responsabilidades y obligaciones: la invitación de Dios a vivir cada instante al máximo y como tiempo de gracia.

San Ignacio comparte en una de sus frases: ‘No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar y saborear intensamente las cosas’. Esto me parece una clara manifestación de Dios en toda la creación. Es muy difícil, por supuesto, pero es el reto que me he planteado como eje de mi vida y motor de mi voluntad. En el rancho al que voy de apostolado los fines de semana me tocaron hace poco unos XV años, y me impactó que la familia, muy pobre, consiguiera padrinos para pagar todo (padrinos para el baile, bebidas, comida, medalla, vestido… hasta de vasos). Lo primero que me vino a la mente fue juzgar al rancho, pues no es posible que, siendo pobres, gastaran un dineral (que no tienen) en una fiesta. Durante la fiesta recordé una frase que me dijo el Padre maestro: ‘Los ricos se divierten, los pobres disfrutan’. Esto cambió mi percepción y me permitió gozar y gustar internamente de la fiesta, me abrió el corazón para aprender a disfrutar la vida y quitarme toda la basura mental que mi cultura, sociedad, familia y educación me ha transmitido. Fue una probadita de Dios al hacerme parte del pueblo y del pobre en momentos de recreación y disfrute, donde todos somos convidados del banquete y la fiesta: ¡es solo hecho de unos XV años es razón suficiente para reunirse y festejar en comunidad!

La semana pasada fui a Tapalpa a un taller de sexualidad. Yo traía todos los esquemas y prejuicios que se puedan imaginar. El inicio del taller significó limpiar los juicios y mitos de la sexualidad para comprenderla en su extensión real, como el espacio donde todo mi ser se juega y se relaciona con otros, es decir, los modos que utilizo para relacionarme. Durante esa semana enfrenté miedos y heridas, el miedo a expresar mi interior y quedar expuesto ante los demás, el miedo a perder mi imagen del niño buena onda que se divierte y siempre está feliz. Algo que surge últimamente es la búsqueda de la integración de momentos de seriedad y momentos de alegría, ir encontrando el punto de donde parte a cualquier polo y no absolutizar mi persona en ninguno de ellos (desmadre, valemadrismo, nada me importa… creo que saben a qué me refiero). Esta nueva forma de encontrarme y descubirme me hace sentir real, auténtico y sincero, dejo un poco de lado las ambigüedades para dejar que me conozcan más y no tengan que estar adivinando quién soy, cómo soy o qué siento.

Este encuentro conmigo me lleva a dos procesos fundamentales. El primero ha sido reconocer la imagen falsa que tenía de Dios: un dios que se puede manipular, chantajear y hecho a mi medida, que me permitía no sentirme culpable, ya que la razón y la verdad eran mías y él secundaba mis decisiones, forma y modo de vida. Ahora creo estar en mejor situación, reconociéndome criatura ante el Creador y reconociendo que todo bien recibido viene de Dios, lo cual me da un sentido de filiación con Él, y hermano de los demás en Jesús; me abre el entendimiento hacia el sentido de gratuidad y de amor infinito del padre, me hace sentir amado por Él y agradecer profundamente todos los dones recibidos. Esto me hace recibirles a ustedes en mi vida como don y gracia de Dios, y estoy profundamente agradecido por ello. El segundo es reconocer en todas las cosas y en los demás la esencia creadora de Dios, para así realizarme y descubrir la realidad con esperanza a través de la fe; es un sentimiento de presencia de Dios y sobre todo de creer en la gente y creer que al relacionarnos unos con otros nos estamos ayudando a crecer como personas y volvernos más humanos.

Como pueden ver, en estos dos puntos surgen actitudes y actividades a los que había dado la vuelta y evitado. He descubierto el sentir y la utilidad de la culpa, actitud que, aunque no me parece del todo agradable, reconozco que la hay de un tipo sano, pues me saca de mí mismo y me proyecta a los demás, por un lado; y por otro, no he podido evadir el enfrentarme y profundizar en mí. Acepto que la vivencia del noviciado no es terapéutica; más bien ha sido descubrir y renacer en mi vida espiritual y releer mi vida espiritual con ojos de creyente, aceptándome como criatura de Dios. Esto último es lo que me ha dado valor para dejar de evitar el sufrimiento y el dolor, afrontándolo en compañía y como proyección a mi futuro. Es muy gustoso y agradable tomar muy en serio mi vida, la vida y hacerme responsible de mí.

Les confieso que ahora me siento en paz y consolado al descubrir mi corazón y mi vivencia ante ustedes, me siento libre de poder expresarme y reconfortado de espíritu al sentirlas cerca y saber que mi sinceridad acrecenta nuestra amistad y cariño. En lo personal, creo que para crecer y humanizarme necesito de los demás, por lo que considero como invitación de Dios el compartirles un pedacito de mi historia y hacerlo con la autenticidad que mis miedos y traumas me permiten.

Reciban mi cariño y mi corazón,

Santiago Morell Ocaranza, nSJ’’

viernes, noviembre 16, 2007

¡Feliz cumpleaños número 100, Peru!

En este día, fiesta de San José de Pignatelli, SJ, la Compañía de Jesús llega al clímax del año 2007, denominado ‘Año Arrupe’, pues se conmemora el centenario del natalicio del padre Pedro Arrupe Gondra, SJ, Prepósito General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1981 y XXVII sucesor de San Ignacio de Loyola.

Arrupe es un personaje crucial para la Iglesia de nuestro tiempo, nada menos que un profeta en pleno siglo XX. Sus contribuciones a la renovación de la vida religiosa y la reforma radical de la orden que le tocó gobernar son inestimables, y aún incuantificables. Don Pedro liberó a la Compañía de Jesús de los rigidismos y añadiduras de tiempos de San Francisco de Borja, SJ, así como del conformismo servil y el miedo de la Compañía restaurada en 1814 y del autoritarismo de los dos generales que le precedieron. Siguió la letra del Concilio al regresar a las fuentes, desempolvando las Constituciones y los escritos de San Ignacio de Loyola, redescubriendo un modo de proceder más fiel a lo genuinamente ignaciano, afianzado en Dios y con libertad absoluta. Con semejante revolución y con los jesuitas situados en las trincheras de vanguardia, entre el posconcilio y la modernidad, los costos habrían de ser muy altos, claro está: 8 mil jesuitas abandonaron la orden y cuatro decenas sufrieron el martirio, sin dejar de mencionar los constantes problemas, encontronazos e incomprensiones con Roma, a veces sabia, otras demasiado cautelosa y, algunas más, llanamente reaccionaria.

Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del giro decisivo e irreversible de la 3ª Compañía (la de Arrupe): el compromiso radical en ‘la lucha crucial de nuestros tiempos: el servicio de la fe y la promoción de la justicia’ y la opción preferencial por los pobres, definidas por la XXXII Congregación General, en 1974. Por último, hay que resaltar su inquebrantable fe en Dios, su fidelidad en el seguimiento de Jesús, su estilo paternal y colegiado de gobernar, la confianza en cada uno de sus jesuitas y su incuestionable pertenencia eclesial. ‘El padre Arrupe fue un hombre de Dios, un hombre de los hombres y un hombre de la historia’ (en palabras de su compatriota vasco, Ignacio Ellacuría, SJ), que creía en la Humanidad y en la posibilidad de un mundo mejor a pesar de haber vivido Hiroshima, y su centenario es, por tanto, una fecha de gran regocijo para mí, pues le doy la razón a otro vasco, Jon Sobrino, SJ: ‘Pedro Arrupe ha ayudado a la Compañía a ser un poco más de Jesús’. ¡Feliz cumpleaños, Peru!

Biografía

Pedro nació el 14 de noviembre de 1907, en Bilbao, País Vasco. Estudió con los padres escolapios hasta 1922. Miembro desde 1918 de la Congregación Mariana de San Estanislao de Kotska. Cesudo y dedicado estudiante de medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid. Tras la muerte de su padre y un viaje al santuario de Lourdes, donde presencia tres milagros, en 1926, decide hacerse jesuita. Ingresa en el noviciado de Loyola en enero de 1927. Poco después de iniciada la filosofía, en 1932, el gobierno de la República expulsa a la Compañía de España, por lo que Pedro continúa sus estudios en Bélgica y Holanda, hasta ser ordenado sacerdote en 1936. Ese mismo año, interviene en el Congreso Internacional de Eugenesia, ya que estaba por especializarse en bioética. Se traslada entonces a EE. UU. Para estudiar Moral Médica en las universidades de San Luis y Cleveland. Realiza trabajo pastoral en una penitenciaría.

En 1938 su ‘sueño’ se cumple: el Padre General le destina a la misión del Japón. Luego de varios meses de aprendizaje de la difícil lengua japonesa y de encontronazos con la cultura local, es destinado a la parroquia de Yamaguchi. En 1942, es nombrado maestro de novicios, en Nagatsuka, cerca de Hiroshima, donde, el 6 de agosto de 1945, vivirá en carne propia el primer ataque nuclear de la Historia.

En 1954, se convierte en el provincial de Japón. Da varias veces la vuelta al mundo para recabar fondos para la misión de su provincia, hasta que, en la XXXI Congregación General, en 1965, es electo General de la orden, a tiempo para participar en la clausura del Concilio Vaticano II, que le tocará impulsar e implementar durante los siguientes años.

En 1981, sufre una trombosis cerebral que le deja paralizado. El Papa Juan Pablo II interviene de forma ilegal y arbitraria nombrando un delegado personal para gobernar la Compañía, que así lo hace hasta 1983, cuando los miembros de la XXXIII Congregación General eligen un nuevo General, el p. Peter Hans Kolvenbach, SJ. El Padre Arrupe pasa sus últimos años debilitado y enfermo, aunque feliz y en paz, hasta que es llamado definitivamente a la Casa del Padre, el 5 de febrero de 1991.

Escritos sobre Arrupe:

‘Dios, mundo, misión: el sentido de la renovación arrupista’ por Ignacio Ellacuría, SJ

‘Hombre de Dios y hombre de los hombres’ por Jon Sobrino, SJ

‘Carta no enviada a Pedro Arrupe’ por José Ignacio González-Faus, SJ

G. G. Jolly, nSJ

‘Arrupe: hombre de Dios y hombre de los hombres’ de Jon Sobrino, SJ

Creo que a ninguno de los jesuitas que estamos aquí se nos ha ocurrido venir a visitar esta capilla a rezar por el p. Arru­pe. Al enteramos de su muerte, nos hemos reunido más bien como atraídos por la necesidad de recordar los mejores momentos de nuestra vida en la Compañía, y de agradecer a Dios el habemos dado a este hombre entrañable que se nos metió a todos en el corazón.

Decir en pocas palabras quién fue el p. Arrupe, para noso­tros los jesuitas, no es cosa fácil. Yo quisiera hacerla comen­tando desde mi propia experiencia lo que de él dijo Ignacio Ellacuría: ‘El P. Arrupe fue hombre de Dios, hombre de los homb­res y hombre de la historia’.(1)
El p. Arrupe fue un hombre de los hombres. Como Superior le tocó mirar la totalidad de este mundo, y lo que vio fue un mundo deshumanizado de mil maneras, pero deshumaniza­do sobre todo por la terrible pobreza e injusticia del Tercer Mundo. Lo miró con ojos de misericordia, como nos pide San Ignacio en la meditación de la encarnación, y nos pidió a los jesuitas que reaccionásemos ‘haciendo salvación’. Qué hacer para ayudar a salvar a este mundo es lo que la Congregación General de 1975, presidida y animada por él, nos exigió a to­dos: ‘la defensa de la fe y la promoción de la justicia’.

Fe y justicia, eso que Dios había unido desde el principio y que la Iglesia y la Compañía habían separado a lo largo de la historia, eso es lo que el padre Arrupe nos exigió y eso es a lo que nos animó. Aquí en El Salvador lo sabemos muy bien. Hubo unos años, antes de 1975, en los que tuvimos tensiones con su curia cuando comenzábamos a dar aquí los primeros pasos en la dirección de la justicia. Pero, pasados los primeros malentendidos, Arrupe siempre nos apoyó y nos animó. En enero de 1976 explotó en la UCA la primera de las quince bombas y Arrupe nos escribió en seguida. No nos acusó de que estábamos metiéndonos en política, ni siquiera nos llamó a la prudencia. Nos animó a seguir. Y con uno de esos gestos tan suyos, nos envió un donativo de cinco mil dólares como diciendo: ‘reparen cuanto antes los destrozos y sigan trabajando’. Pocas semanas después fue asesinado Rutilio Grande, SJ y en el mes de junio todos los jesuitas fuimos amenazados de muerte, si no salíamos del país, por la Unión Guerrera Blan­ca. Arrupe, de nuevo, no se asustó. ‘No salgan, sigan en sus puestos’, y él mismo quiso venir al país para animamos, aun­que no le dejaron. Y así siempre en El Salvador y en todo el Tercer Mundo.
Lo que quisiera añadir es que el padre Arrupe llevó a cabo la opción por la fe y la justicia de una manera muy suya, muy humana y muy cristiana, y ante todo con misericordia. Por decirlo con un ejemplo, cuentan que una mañana de 1981 reunió a sus Asistentes Generales y les sorprendió con la Si­guiente iniciativa: la Compañía tiene que organizar ya un servicio de ayuda a refugiados [el SJR]. Y es que la noche anterior había escuchado la noticia de barcos de vietnamitas que navegaban sin rumbo por los mares sin que en ningún puerto les diesen asilo. Y a Arrupe, como a Jesús, se le removieron las entrañas.

Arrupe sabía también el precio que hay que pagar ‘por la fe y la justicia’, como está escrito sobre la tumba de nuestros mártires en esta capilla y, de hecho, más de cuarenta jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo desde 1975. Él tam­bién aceptó pagar su precio. Su defensa de los jesuitas de El Salvador y el apoyo crítico a la revolución sandinista le costa­ron muchos sufrimientos, mucha marginación y mucha sole­dad. Pero ejerció la fortaleza para mantenerse en su opción hasta el final.

Al p. Arrupe le tocó tomar decisiones difíciles y dolorosas, avisamos de excesos y exageraciones, pero en todo ello fue hombre de delicadeza. Si me permiten una palabra personal, en 1980 recibió quejas del Vaticano contra mí, pues una teolo­gía en favor de la justicia les parecía excesivamente peligrosa. El padre Arrupe me transmitió las quejas, me pidió que las escuchara con fe y humildad, y que las contestara con honra­dez. Pero lo que no olvidaré son las siguientes palabras de su carta: ‘En cuanto recibí las quejas contra usted, envié al p. Cecil McGarry para que comunicase al Vaticano que yo salgo garante de su fe’.

Finalmente, lo que siempre irradiaba el Padre Arrupe era una increíble esperanza, por la que podían tildarlo de visiona­rio y hasta de ingenuo. Arrupe comunicaba una inamovible fe en la bondad de Dios y en las posibilidades de bondad de los seres humanos. Creía —él que había sido testigo de la bomba atómica de Hiroshima— que, a pesar de todo, la historia podía cambiar a mejor y que en el fondo de los seres humanos existe un reducto de bondad para ponerlo siempre a producir. Esto, que para unos era ingenuidad y para otros ilusión utópica, fue para mí la esperanza que a todos nos humaniza.

Este hombre de los hombres fue también un hombre de Dios. Todos los que le conocían quedaban cautivados por su sincero y profundo amor a Jesucristo, su larga oración, su sentida vocación en la celebración de la eucaristía. Yo tuve la suerte de convivir con él una semana en junio de 1976 y lo pude comprobar. Para mi sorpresa, me había llamado a Roma para ‘hablar de teología’, y dijo: ‘Padre, usted se va a reír, pero quiero leerle una poesía que escribí en honor a Cristo el día del Cor­pus’. Por supuesto que no reí, ni por fuera ni por dentro. Lo que sentí al escuchar su poesía es que, como en el caso de monseñor Romero, la teología del padre Arrupe no era como la nuestra, pero expresaba lo decisivo y lo más importante: una inmensa fe en Dios, un inmenso amor a Jesús y un in­menso amor a los hombres.

Nada puedo decir de su fe en lo íntimo de su corazón, pe­ro sí quiero agradecer el profundo impacto que me causó esa fe. Lo que más me impresionó es que no antepuso nada a la voluntad de Dios. Y si me permiten decir una obviedad, que no es nada obvia para los seres humanos, me impresionó que no puso su corazón con ultimidad en nada que no fuese Dios. Con toda sencillez dejó a Dios ser Dios.

Y esto, más que sus palabras, lo hizo muy claro para mí su vida; por decirlo en forma concreta, el padre Arrupe amó a la Compañía con todo su corazón, pero nunca obstaculizó, sino que llegó a poner en peligro su anterior prestigio y buena fa­ma dentro de la Iglesia —y en algunos momentos casi su exis­tencia— por la opción por la fe y la justicia. Y de ello era bien consciente, pues en su largo generalato tuvo que constatar las dolorosas consecuencias de esa opción. En su tiempo, se dieron terribles divisiones internas, intentos, incluso, aplau­didos por algunos obispos, de fundar una Compañía para­lela contraria a la línea de Arrupe. El número de jesuitas descendió en unos 8,000 porque la Compañía abandonó su cerrado mundo anterior y se encarnó en el mundo de la in­justicia y de la increencia, nada de lo cual es fácil. La Compa­ñía perdió antiguos amigos y bienhechores, y se ganó pode­rosos enemigos que la han atacado y perseguido hasta el asesinato.

La Compañía ha tenido serias dificultades con los tres úl­timos papas, Pablo VI al final de su pontificado, Juan Pablo I y Juan Pablo II, que no entendían y criticaban incluso la nue­va opción, y en 1981 se llegó a la intervención papal, hecho insólito en la historia de la Compañía. Y en lo personal, el p. Arrupe tuvo que pasar —quizás ése fue su mayor sufrimien­to— por la incomprensión del Vaticano hacia su propia perso­na, él tan fiel al Papa.

Al pensar en estas cosas me vienen a la mente unas pala­bras de San Ignacio cuando decía que le bastarían quince minutos para recobrar la calma aunque la Compañía se disol­viese como sal en el agua, palabras de un santo que muestran la calidad de su fe. No sé si el p. Arrope rumió estas palabras, pero sí le tocó a él, como a San Ignacio y como a todos, po­nerse delante de un Dios mayor que todo y mayor que la Compañía de Jesús. El p. Arrupe mantuvo la opción por la justicia hasta el final porque creyó honradamente que ésa era la voluntad de Dios, y de esa forma nos mostró a todos que realmente puso su fe en Dios.

El p. Arrupe fue, por último, hombre de la historia y de una historia cambiante. Le tocó abandonar las formas religiosas tradicionales de sus primeros años en Europa, Estados Uni­dos y Japón, y adentrarse en la gran novedad del Concilio. Y después le tocó ver la involución, el invierno eclesial, como di­jo Karl Rahner, otro gran jesuita de nuestro tiempo. Si difícil, aunque gozoso, fue pasar de lo tradicional conocido a lo no­vedoso desconocido, más difícil le fue mantener el espíritu de lo nuevo en medio de la involución y aceptar el dolor de ver­lo desaparecido poco a poco. Pero se mantuvo fiel. En esa his­toria cambiante, el p. Arrupe, con el profeta Miqueas, vio siempre con claridad lo que tenía que hacer: practicar la justi­cia y amar con ternura. Pero todo ello en lo cambiante de la historia y, en sus últimos años, en oscuridad. Lo impresio­nante del p. Arrupe es que siguió caminando en la historia humildemente y siempre con su Dios.

Para terminar de hablar del p. Arrupe quiero usar pala­bras mejores que las mías, las palabras de dos creyentes mártires y salvadoreños. Ignacio Ellacuría dijo del p. Arru­pe que fue ‘el Juan XXIII de la vida religiosa’.(2) Y en efecto, el p. Arrupe abrió las ventanas de una Compañía enrarecida ya para el mundo de hoy, y dejó que a través de esas venta­nas abiertas penetrase aire fresco, la luz y el viento del Espíritu. Monseñor Romero fue a visitado el 25 de junio de1978 para encontrar consuelo y ánimos en sus propias difi­cultades con el Vaticano. Y en su diario nos ha dejado estas palabras: ‘El p. Arrupe es un hombre santo y se ve que el Espí­r¡tu de Dios lo ilumina’.El p. Arrupe está ahora en el corazón de muchos, de los mártires, de religiosos y religiosas, de cristianos y de hombres y mujeres de buena voluntad en todo el mundo que vieron en él la presencia de Dios entre nosotros. Los pobres de nuestros países, los pueblos crucificados, quizá no conocen su nombre. Pero para ellos vivió los dieciocho años de vida activa como Superior General de la Compañía de Jesús, y por ellos sufrió sus diez últimos años de silencio e impotencia. (Homilía en el funeral por el p. Arrupe en la UCA, febrero 1991).

(1) Ignacio Ellacuría, SJ, ‘Dios, mundo, misión: el sentido de la renovación arrupista’, en Norberto Alcocer, SJ [ed.], Pedro Arrupe. Memoria siempre viva, Bilbao, Mensajero, 2001.
(2) Ibid., Id.

Tomado de: Jon Sobrino, SJ, ‘Hombre de Dios y hombre de los hombres’, en Norberto Alcover, SJ [ed.], Pedro Arrupe. Memoria siempre viva, Bilbao, Mensajero, 2001. pp. 133-138.