Mostrando las entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

lunes, julio 20, 2009

Tres aniversarios de importancia

Ya ven que esto de conmemorar fechas y personajes me gusta... y ahora tocan dos acontecimientos históricos de gran relevancia y un aniversario luctuoso.

El primero, ¡inolvidable!


Me quito el sombrero ante estos tres héroes y pioneros de nuestra época, Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin E. ‘Buzz’ Aldrin, junto a toda esa generación de hombres y mujeres de Estados Unidos y la Unión Soviética que ensancharon, como Magallanes y Colón, los horizontes (y no sólo geográficos) de la Humanidad. Y sí, aprovecho para decirlo: desecho sin más todas las teorías de la conspiración sobre las misiones Apollo, pues me parecen totalmente ociosas y estúpidas.

Aquí más fotos sobre la misión:

Video que celebra el XL aniversario del alunizaje.

El cohete Saturno V, transportando al Apollo XI, despega del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida, el 16 de julio de 1969.

La tripulación.

La huella de Aldrin sobre la Luna, hecha el 20 de julio de 1969.

Los tres héroes en la Casa Blanca, en 2004.

El segundo, es el atentado contra Adolf Hitler, perpetrado por el coronel Claus Philip Maria Schenk Graf von Stauffenberg el 20 de julio de 1944. No hace falta conocer mucho sobre la II Guerra Mundial en Europa para darse cuenta del valor simbólico y moral que tuvo este acto, en un intento por terminar con una guerra criminal. Esto es en honor de Von Stauffenberg, Von Tresckow, Von Witzleben, Olbricht, Beck, Von Quirnheim y demás hombres que, independientemente de si lo hicieron demasiado tarde o no, prefirieron traicionar el statu quo antes que a su conciencia.


El último es el XX aniversario luctuoso de la muerte del director de orquesta Herbert von Karajan, acaecida el 16 de julio de 1989. Como ya le hice un breve homenaje el año pasado, con motivo de sus cien años de nacido, sólo dejo la liga a aquella entrada, y dejo su versión de la ‘Cabalgata de las valquirias’, de la ópera La Valquiria de Wagner, que, por cierto, era el nombre clave de la operación con la que Stauffenberg y los suyos realizaron el golpe de Estado contra Hitler.


G. G. Jolly

sábado, junio 06, 2009

El ‘Día de Días’, LXV aniversario

Dedicado a mi amigo Brian Guy, de la 246ª compañía de campo, Ingenieros Reales, Ejército Británico.
Playa ‘Sword’, Normandía, 6 de junio de 1944.

El 6 de junio de 1944 se llevó a cabo, sobre las aguas y los cielos del Canal de la Mancha y en las playas de Normandía, Francia, no sólo la invasión anfibia más grande de la historia (con 7,000 embarcaciones de todos los tamaños, 11,590 aviones y casi millón y medio de hombres), sino que se concretó, por fin, la ‘Gran Cruzada’ contra la Alemania Nazi y su legado.


Por ello, en este
‘Día de Días’, humildemente agacho la cabeza en reverencia, acongojado y con el pecho enchido de orgullo, ante los veteranos aún vivos y ante todos quienes tomaron parte en aquella empresa, muy especialmente los que rindieron sus vidas a las playas o los setos normandos.


A continuación, tres frases que resumen el espíritu de lo que quiero compartirles:
‘Soldados, marinos y aviadores de la Fuerza Expedicionaria Aliada:

Están a punto de emprender una Gran Cruzada, para la que nos hemos preparado por muchos meses. Los ojos del mundo están sobre ustedes. Las esperanzas y oraciones de todos los pueblos amantes de la libertad marchan junto a ustedes. Acompañados por nuestros valerosos aliados y hermanos en armas en otros frentes, ustedes han de provocar la destrucción de la maquinaria de guerra alemana, la eliminación de la tiranía nazi de Europa y la seguridad para nosotros mismos y para el mundo. Su tarea no será fácil. Su enemigo está bien entrenado, bien equipado y endurecido en muchas batallas. Peleará fieramente. […] ¡Pero la fortuna ha cambiado! ¡Ahora marchan juntos los hombres libres del mundo hacia la Victoria! Tengo plena confianza en su valor, devoción al deber y habilidad en combate. ¡No aceptaremos nada menos que la Victoria absoluta! ¡Buena suerte! Y encomendémonos a Dios todopoderoso, para que bendiga esta grande y noble empresa.’
Comandante Supremo, Fuerza Expedicionaria Aliada.
6 de junio de 1944.


‘Si alguna vez un Ejército hubo peleado por una causa justa, nosotros lo hicimos. No ambicionábamos el país de nadie; no deseábamos imponer ninguna forma de gobierno sobre ninguna nación. Nosotros peleamos por lo puro, lo decente, las cosas libres de la vida; por el derecho de vivir nuestras vidas a nuestra propia manera, y para que otros pudieran vivirla conforme a la suya; para adorar a Dios en la fe que deseemos; para ser libres en cuerpo y mente; y para que nuestros hijos y sus hijos sean libres.’


‘Nosotros, soldados polacos,
Por su libertad y la nuestra
Le hemos entregado nuestras almas a Dios
Nuestros cuerpos al suelo de Italia
Y nuestros corazones a Polonia.’
Memorial en el cementerio polaco de Monte Cassino, Italia.


¡Gracias a todos los 10 mil valientes de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia y Polonia (y a las decenas de miles más que les siguieron), por haber dado su presente a cambio del futuro ajeno, nuestro presente!

G. G. Jolly

jueves, julio 10, 2008

‘Seis errores fundamentales del activismo por la justicia’ de Ronald Rolheiser, OMI


Nuestra ingenuidad

La falta de éxito en lograr un orden mundial más justo no siempre tiene como causa la falta de esfuerzos. Muchos grupos de justicia y paz, incluyendo algunos que son cristianos, han estado intentando durante mucho tiempo desafiar al mundo hacia una mayor justicia. Demasiado a menudo, sin embargo, no han sido efectivos. ¿Por qué? Una respuesta demasiado sencilla es que la justicia no progresa demasiado porque no puede disolverse con facilidad la dureza de corazón y los poderes atrincherados del privilegio se resisten a dejarse neutralizar. Esto es verdad, pero hay también otra razón que ha hecho poco efectivos a los movimientos a favor de la justicia y la paz. Dicho de manera sencilla muchas veces somos un tanto ingenuos con respecto a lo que nos exige si queremos desafiar al mundo para conseguir más paz y justicia.

¿De qué se trata esta ingenuidad? Puede resumirse en seis falacias que con demasiada frecuencia empapan a los grupos de justicia y paz. Éstas, tal como se expresan en sus análogos primarios, son las siguientes:

1) ‘La urgencia de mi causa es tan grande que en esta etapa es correcto poner entre paréntesis las leyes que normalmente gobiernan el discurso público. Por lo tanto puedo expresarme sin manifestar respeto, ser arrogante y desagradable con aquellos que se me oponen.’

2) ‘Aquí lo único importante es la verdad de la causa y no mi vida privada particular. Mi vida privada particular, por más que esté sometida a la ira, al sexo o a la envidia, carece totalmente de relevancia en términos de la causa de la justicia por la que estoy luchando. De hecho, todo enfoque de la moralidad privada es un impedimento en el trabajo a favor de la justicia.’

3) ‘La sola ideología basta para fundamentar esta búsqueda. No se necesita hablar de Dios o de Jesús. No necesito orar por la paz. Sólo debo trabajar a su favor.’

4) ‘Juzgo el éxito o el fracaso sobre la base de un logro político mesurable. Me interesa menos un reino a largo plazo.’

5) ‘Puedo exagerar o distorsionar un poco los hechos para plantear de manera más clara el caso de la justicia. La situación es tan horrenda que no necesito ser demasiado escrupuloso con respecto a la exactitud de la verdad.’

6) ‘Soy una víctima y por lo tanto estoy ubicado afuera de las reglas.’

Tomado de: Ronald Rolheiser, OMI, En busca de espiritualidad. Lineamientos para una espiritualidad cristiana del siglo XXI, Buenos Aires-México, Lumen, 1998. pp. 225-227.

jueves, noviembre 15, 2007

Un jesuita que no calló

La fiesta del Beato Rupert Mayer, SJ es el 3 de noviembre. Debí de haber escrito este post hace unos días, pero no estaba ni remotamente cerca de una computadora ni siquiera consciente de que este gran hombre era celebrado… Más vale tarde que nunca.

Nació el 23 de enero de 1876 en Stuttgart, Alemania. Conoció a la Compañía de Jesús mientras estudiaba la secundaria en Ravensburg e hizo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, tras lo que decidió unirse a la orden. Su padre, sin embargo, le pidió que pospusiese su entrada hasta que terminase los estudios. Entre 1894 y 1898 estudió filosofía, teología, historia y catequesis en las universidades de Friburgo (Suiza), Múnich y Tubinga. En 1898 ingresó al seminario diocesano de Rottenburg y, ya terminada su formación y ordenado sacerdote, trabajó como coadjutor en Spaichingen. Entró al noviciado jesuita de Feldkirch/Tisis y, un año después, fue enviado a Valkenburg, Holanda, para profundizar sus estudios de filosofía y teología.

En 1911 fue destinado a Múnich para atender a emigrantes del campo, desarraigados y sin empleo. Pronto se distinguió por su empeño en organizaciones de caridad, cooperación con las autoridades públicas y el cuidado personal a las personas. Fundó, junto con dos colaboradores diocesanos, a las Hermanas de la Sagrada Familia, en 1914, para continuar con su labor social.

Al estallar la I Guerra Mundial, se alistó como voluntario en el ejército, donde fungió como enfermero y luego como capellán. Por su valentía, fue el primer sacerdote católico en obtener la Cruz de Hierro, aunque, en 1916, sufrió una herida en Rumania que le costaría la amputación de una pierna por encima de la rodilla.

A pesar de su discapacidad, continuó con renovado fervor su apostolado social y pastoral. Se interesó también por el movimiento sindical católico y pronto comenzó a hablar y predicar sobre ello: en 1922, se dirigió a 40 mil personas en la Königsplatz de Múnich. Sus misas para viajeros en la estación central de la ciudad también atraían grandes multitudes.

Era un hombre al que le gustaba estar al día en política. Desde el año en que estalló la guerra, leía la prensa socialista y asistía a sus mítines políticos, para exponer el punto de vista social católico en contraposición. Lo mismo hizo con el movimiento nacionalsocialista: reconoció que Hitler era un excelente orador, pero sin mayor interés por la verdad. Ya en 1923 negó que un católico pudiese ser nacionalsocialista, para ira de los nazis, quienes llegaron a culparle del fracaso de su golpe de Estado ese año, a pesar de que Rupert se había ofrecido a ayudar a los heridos.

Cuando Hitler y su Partido llegaron al poder, las denuncias de Meyer contra la ideología nazi, racista y anticlerical, se incrementaron. Se le seguía de cerca y pronto se le prohibió predicar, excepto en su ‘base’, la iglesia St. Michael de Múnich. En 1937 fue arrestado por atacar maliciosamente al gobierno y al partido y por utilizar el púlpito como herramienta política. Se le condenó a seis meses de prisión, mas su provincial arregló con la corte la libertad de Meyer a cambio de la autocensura. Sin embargo, él se dio cuenta de que el silencio sería interpretado como cobardía o como consentimiento: volvió al púlpito y fue arrestado nuevamente en 1938. Se le concedió el indulto después de la anexión de Austria y la Compañía reconoció su valentía al concederle la profesión perpetua en ella, algo inusual para alguien que se había hecho jesuita ya siendo sacerdote.

En 1939, ya comenzada la guerra, fue aprehendido por supuestos contactos con grupos monárquicos de resistencia. Se negó, aludiendo al secreto de confesión, a proveerle a la policía ningún nombre y fue enviado al campo de concentración de Sachsenhausen. Su salud declinó y, dada su condición sacerdotal y de héroe de guerra, los nazis temieron crear un mártir, por lo que lo confinaron al monasterio benedictino de Ettal, en completo aislamiento. Poco después de la liberación, de vuelta en Múnich, ocupado en labores de reconstrucción y ayuda a la gente necesitada, azotada por la guerra, sufrió un derrame cerebral y murió el 1º de noviembre de 1945.

El Papa Juan Pablo II lo beatificó el 3 de mayo de 1987, en Múnich.

P. D. Éste es un caso atípico entre los jesuitas alemanes; si acaso se me ocurren los nombres de Alfred Delp, SJ (1907-1945) y de Josef Spiekler, SJ (1893-1968). El primero, ahorcado por su activa participación en el círculo de resistencia que intentó derrocar a Hitler en 1944, y el segundo, convicto en prisiones y campos de concentración por sus atrevidos sermones y sentencias, como la de que ‘¡Alemania tiene un solo Führer: Jesucristo!’. Los cientos de jesuitas restantes, a pesar de estar ellos mismos en la mira de la campaña anticatólica nazi, callaron, agacharon la cabeza o voltearon la mirada hacia otro lado mientras Hitler y los suyos se empeñaban en la destrucción de Dios y de su Pueblo en Auschwitz. El insigne Karl Rahner, SJ, el teólogo de mayor talla del siglo, sorprende por su sepulcral silencio y el ensimismamiento en comunes labores pastorales y elaboradas reflexiones y debates sobre temas de teología… El Padre General, Jean-Baptiste Janssens, SJ, preocupado por mantener la disciplina y el status quo, al igual que la jerarquía católica alemana; la Compañía, como la Iglesia universal, contemplándose el ombligo mientras el mundo ardía, denunciando la injusticia sólo cuando sus propios fueros se veían amenazados… una minoría valiente nada más, resistía, el Beato Rupert Meyer entre ellos.

G. G. Jolly, nSJ

domingo, julio 01, 2007

Tres sacerdotes infames

En esta ocasión, quiero presentar el caso de tres sacerdotes particularmente infames.(*)


Pbro. Athanase Seromba (1963-). El padre Seromba era el titular de una parroquia en Nyange, en la provincia de Kibuye de Ruanda occidental. Durante el atroz genocidio de ese país, en el que perecieron entre 800,000 y 1’000,000 de personas, en 1994, alrededor de 2,000 refugiados (incluyendo ancianos, mujeres y niños) de la etnia tutsi (perseguidos por la etnia hutu) buscaron refugio en la iglesia de Nyange. Seromba, un hutu fanático, autorizó a la milicia hutu que utilizara bulldozers y derrumbar su propio templo con los refugiados dentro. Una vez hecho esto, ordenó a los milicianos eliminar a toda persona aún con vida entre los escombros, con balas o machetes. Tras esconderse en Europa usando un nombre falso, se entregó al Tribunal Criminal Internacional para Ruanda en 2002, aunque se declaró inocente de los cargos de genocidio, complicidad en un genocidio, conspiración para cometer genocidio y exterminación y crímenes contra la humanidad. Tras dos años de juicio, fue hallado culpable y sentenciado a 15 años de prisión.

Pbro. John Geoghan (1935-2003). Graduado del Seminario Cardenal O’Connell de la Arquidiócesis de Boston y ordenado sacerdote en 1962, durante 30 años de servicio como sacerdote en seis parroquias distintas, se le acusó de haber abusado sexualmente de más de 130 menores de edad. Finalmente, fue sujeto a tratamiento psiquiátrico y psicoanálitico especial y, más tarde, destinado a un hogar para sacerdotes jubilados. En 1991, a Geoghan se le imputaron cargos de amedrentación, de los que fue hallado culpable en 2002, por lo que se le sentenció a entre nueve y diez años de prisión. Además, en 1998 concluyó un juicio canónico en su contra, que le removió sus órdenes sagradas y lo retornó al estado laico. El 23 de agosto de 2003, John Geoghan fue extrangulado por otro interno en el Centro Correccional de Sousa-Baranowski, en Shirley, Massachussets.

El caso de Geoghan formó parte importante del escándalo que azotó a la Arquidiócesis de Boston en 2001. Hay evidencias de que las autoridades eclesiásticas, enteradas de las quejas por abuso sexual a manos de algunos sacerdotes, encubrieron el asunto y los transfirieron de parroquia en parroquia, ayudando así a que el número de víctimas creciera. Esto llevó a la ignominiosa renuncia del titular de la arquidiócesis, Francis Bernard Cardenal Law, y a una serie de batallas legales y millonarios acuerdos con más de 542 personas afectadas, 86 de las cuales sufrieron abusos sexuales de John Geoghan.

Monseñor Jozef Tiso (1887-1947). Nacido en Veľká Bytč, en la actual Eslovaquia, estudió teología en Viena y fungió como capellán militar del Ejército Austro-Húngaro en la I Guerra Mundial. Más tarde, fue director del Seminario Teológico y profesor en una secundaria, ambos en el pueblo de Nitra. Entre 1921 y 1924 fue maestro y secretario del obispo rector en el Seminario de la Divinidad, también en Nitra, hasta que se volvió párroco de Bánovce nad Bebravou.

De forma paralela a su ministerio eclesiástico, Tiso estaba inmerso en el Partido Popular Eslovaco, fundado como agrupación católica en 1913 por el padre Andrej Hlinka (1864-1938), de corte altamente nacionalista, autoritario y antisemita. A la muerte de éste, monseñor Tiso se convirtió en el líder de facto del partido, y luego líder oficial, el 1º de octubre de 1939. Ya antes había ocupado una curul en el parlamento de Praga (1925-1939) e incluso varias carteras en el gobierno checoslovaco: Ministro para la Salud y los Deportes (1927-1929) y Ministro para Asuntos Eslovacos (1938). Sin embargo, es el papel crucial que jugó en el drama que destruyó al Estado Checoslovaco en 1938 y 1939 y posteriormente como primer ministro (1939) y presidente de la I República Eslovaca (1939-1945), el que le granjeó un lugar infame en la Historia.(1)

Monseñor Tiso y su primer ministro, el también devoto católico Vojtech Tuka (1880-1946), encabezaron un gobierno fascista, por completo servil a los intereses de la Alemania Nazi. El mismo Tiso, líder absoluto de los eslovacos, adoptó el título de Vodca (‘líder’ en eslovaco; similar al Führer alemán, Duce italiano y Caudillo español), en 1942, y al tanto que ejercía sus regulares deberes sacramentales en la parroquia de Bánovce nad Bebravou, fue directamente responsable de la deportación a territorio alemán de 58,000 judíos eslovacos, la mayoría de los cuales murió a causa de trabajos forzados o asesinada en Auschwitz-Birkenau.

En abril de 1945, cuando el Ejército Rojo conquistó los últimos remanentes de Eslovaquia, el presidente Tiso fue derrocado y capturado. Dos años después, la Corte Nacional lo encontró culpable de ‘traición interna, traición al Levantamiento Nacional Eslovaco y colaboración con los nazis’. Fue ahorcado el 18 de abril de 1947.

G. G. Jolly

(1) v.
Historia de Eslovaquia.

(*) Advertencia: Creo que todos los católicos, en mayor o menor medida, guardamos cierto respeto, incluso cariño, por el clero, ya sea secular o religioso: diáconos, presbíteros y obispos. Y claro que debería de ser así. La jerarquía de la Iglesia se basa en la sucesión apostólica y las potestades que ésta otorga a quienes les son conferidas las órdenes sagradas, sin los cuales la vida sacramental sería imposible. Sin embargo, existe también la generalizada tendencia, tanto de laicos como del mismo clero, a tener un concepto demasiado idealizado o plenamente falso de lo que significa, en realidad, la vida como un Cristo-sacerdote. Durante muchos siglos, incluso, la comunidad eclesial ha padecido de un fortísimo clericalismo que ha inflado el ego de los ministros ordenados, así como ha deformado el verdadero papel de los laicos como cristianos. Son más que visibles ciertas formas eclesiales demasiado jerárquicas, verticales, autoritarias y, sobre todo, clericales, aun hoy, 40 años después de la clausura del Concilio Vaticano II, que destruyó las falsas barreras y dignidades que separaban la misión de los cristianos laicos y los consagrados. Por desgracia, aún es muy común toparse con miembros del clero que se sienten ‘especiales’ o ‘superiores’ a los demás bautizados, al igual que con laicos que idealizan o idolatran al clero: ‘¡Háblale de “usted” al padre’; ‘¡El excelentísimo señor obispo!’, etcétera. Y no digo que no existan ciertas dignidades que requieren respeto ni que no haya sacerdotes admirables merecedores de elogios (¡muy al contrario!). Tampoco niego el llamado a la santidad al que son requeridos los presbíteros, diáconos y obispos (¡al igual que todos los cristianos bautizados!). No obstante, una ingenua idealización del clero, al enfrentarse cara a cara con la realidad de la Iglesia pecadora (y, por tanto, de un clero igualmente pecador), suscita desilusiones, dolor, desesperanza y hasta apostasía. Un hombre no se vuelve santo nada más porque recibe las órdenes sagradas. Más bien, es un hombre que, en palaras de San Ignacio de Loyola, a pesar de saberse pecador, se sabe, a la vez, llamado por Dios, con sus cualidades y defectos, a Su servicio. Bien lo sabemos: ‘de todo hay en la viña del Señor’. El Pueblo de Dios está conformado, en su totalidad, por seres humanos pecadores; si bien unos lo son más que otros, claro está. Podemos ver cómo el mismo Jesús convocó a sus doce primeros discípulos aun a sabiendas de que uno lo traicionaría, otro lo negaría, alguno más dudaría de Él y que el resto huiría y lo abandonaría en su peor hora. Y así, a lo largo de la larga historia de esta comunidad bimilenaria, veremos que cristianos bautizados son asesinos, ladrones, violadores y mentirosos, desde el más despreciable de los narcotraficantes y secuestradores hasta los cardenales, obispos y papas más corruptos.

domingo, febrero 11, 2007

En el LXII aniversario de la liberación de Auschwitz

La puerta de Auschwitz I, con la leyenda: ‘El trabajo hace la libertad’.

El pasado 27 de enero, se conmemoraron 62 años desde que el Ejército Rojo entró al complejo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau-Monowitz, con sus casi 40 subcampos, terminando así, la peor pesadilla en la Historia humana. Allí, entre 1.000.000 y 1.500.000 de personas, en su mayoría judíos, fueron asesinados como consecuencia de la ‘Solución Final al Problema Judío’ de la Alemania Nazi. Aunque las matanzas continuaron hasta que terminó la guerra en Europa, tres meses más tarde, se acordó que este día fuese el Día del Holocausto, de la Shoah —‘masacre’, en hebreo—, y se recordara, así, a los casi siete millones de judíos y cinco millones de otras minorías étnicas, víctimas del totalitarismo nazi.

Quise escribir algo al respecto el mismo 27 de enero, mas no hallé qué, al contrario de Mendigo, cuyo excelente post fue secuestrado por comentarios antisemitas infames e intolerables, lo que hace aún más necesario recordar la Shoah, en su justa medida y significado. Sin embargo, el texto que finalmente encontré fue éste:

‘En Polonia, no lejos de Cracovia, se levanta la ciudad de Oświęcim. Un amplio trecho de terreno conserva aún la estructura y el nombre del campo de concentración [en realidad, el término adecuado es de exterminio] alemán donde, hace cincuenta [60, hoy día], fueron exterminados los judíos: Auschwitz-Birkenau. Allí fueron enviados a las cámaras de gas mártires y héroes, niños y ancianos. Aunque otros muchos inocentes, polacos y de otras nacionalidades europeas —entre ellos San Maximilian Kolbe—, gitanos y homosexuales encontraron en aquel campo una muerte horrenda, Auschwitz, se ha erigido en el lugar simbólico de la Shoah, el genocidio del pueblo judío en Europa.

Pero se puede considerar también como el mayor símbolo de una barbarie y de un plan criminal que se difundió por toda Europa y multiplicó los gestos gratuitos de crueldad. Porque, como escribe Giuseppe Dossetti en su introducción a Le querce di Montesole: “Auschwitz no es un mero episodio aislado, aunque tremendo, ni tampoco un cierto periodo de la historia moderna, sino un punto decisivo, una nueva era en la que el progreso tecnológico, la planificación política, los sistemas burocráticos actuales y la desaparición total de los vínculos morales tradicionales se combinan para hacer de la destrucción humana de masas una posibilidad siempre presente”.

En junio de 1979, el Papa Juan Pablo II, en uno de sus primeros peregrinajes, se dirigió a Auschwitz para rendir homenaje a las víctimas de la Shoah, y para testimoniar que sólo recordando y cultivando la memoria podremos abrirnos a la conversión, al perdón y a la esperanza. Los monstruos del nacionalismo, el racismo, el fanatismo ideológico y religioso pueden fascinar todavía a nuevas generaciones si les privamos de memoria.

En la aurora del tercer milenio de la redención, también nosotros somos llamados a Auschwitz, cual estación dolorosa en el camino hacia el Sinaí y hacia Jerusalén. El camino del encuentro fraterno con Israel pasa necesariamente por Auschwitz. Y por él transcurren asimismo numerosas vías de encuentro entre hombres y mujeres de finales de este siglo. En Auschwitz se mantiene silencio, se reflexiona y se ora, de ahí mana el compromiso de construir juntos un mundo de paz.’

Tomado de: Carlo Maria Cardenal Martini, SJ, ‘El camino del encuentro fraterno con Israel pasa por Auschwitz’, en Hacia Jerusalén, Barcelona, Herder, 2002. pp. 155-156.


sábado, agosto 26, 2006

Un post muy desagradable...

Photobucket - Video and Image Hosting

Traté de contenerme durante más de un mes y no herir suceptibilidades tocando el tema de la guerra en el Líbano... pero mi tolerancia ha llegado a su límite.

He confirmado que en México somos buenos para escandalizarnos sin saber por qué. Siempre es muy fácil decir, cuando vemos los problemas del mundo en la tele: ‘¡Pinches gringos!’ (por mencionar el caso más usual) y quedarnos allí, sin hacer nada ni comprender nada, felices en nuestro querido país con paz, bienes materiales, posibilidades y clima y cultura maravillosos...

Fue en el clima de retiro espiritual y vida comunitaria con mis compañeros prenovicios en Ciudad Guzmán, Jalisco, donde, a falta de otro medio de información, me vi forzado a leer el pasquín izquierdoso de este país: el periódico La Jornada ( www.jornada.unam.mx ). Por supuesto, no le presté la atención que no merecen a los dimes y diretes sobre el conflicto post electoral y me fui derechito a la sección internacional. ¿Cuál habrá sido mi sorpresa al encontrame una caricatura que retrataba una estrella de David con cuatro líneas negras superpuestas en cuatro de los picos de la estrella, como esvástica? ¡Qué digo sorpresa, náuseas, desdén e ira absolutas! Pocas veces he visto tanta imbecilidad, ignorancia histórica y abierta falta con respeto a un país... Me puse verde, azul, morado... ¡el periódico voló hacia el jardín por la ventana!

Al día siguiente, la polémica cundía en los medios, pues el embajador de Israel en México había reaccionado negativamente (y con harta razón) a una proclama de los ‘intelectuales’ mexicanos en contra de la guerra, que hacía énfasis en las víctimas civiles libanesas y la destrucción causada por las fuerzas armadas de Israel, pero que no contenía mención alguna sobre las víctimas israelíes (yo supongo que el fin detrás de todo era salvaguardar su reputación como ‘intelectuales’ comprometidos con la ‘causa’ políticamente correcta en boga, en vez de hacer de eso, de intelectuales, pensando y orientando a la gente de forma objetiva e inteligente). A esto, el director de La Jornada respondió al embajador (y, por lo tanto, al pueblo israelí), en la primera plana de su mamotreto de papel y tinta: que era el deber de los periodistas denunciar las ‘atrocidades’ y hacer ‘algo’ para no repetir lo sucedido en el Holocausto, cuando millones fueron condenados por el silencio y la indiferencia de otros millones.

No tengo que decir que aquella primera plana acabó en el suelo, pisoteada. ¡Jamás había leído yo semejante pendantería, estupidez, altanería e insultante ignorancia reunidas en cinco líneas! Decidí que, de ahora en adelante, por salud de mi hígado, no he de acercarme a menos de 5 m de un diario La Jornada.

Pero allí no acabó el asunto. Hace unos días me tocó ver la imagen desplegada en el MSN de uno de mis contactos, un amigo de la preparatoria: una bandera israelí, con franjas blanquiazules y la cruz gamada nazi en sustitución de la estrella de David. Con ánimos de tener una discusión civilizada con él, le expuse de forma correcta mi indignación... Expongo el diálogo íntegro a continuación:

‘YO: Esa imagen me parece un insulto gravísimo y aberrante, carente de todo fundamento histórico, de pésimo gusto, salido de un mal caricaturista de La Jornada...

ÉL: Es una analogía.

YO: Muy mala...

ÉL: No, una imagen llena de precisiones y contexto rico en Historia. Es una analogía de la utilización de medios de terror por la policía secreta (si es que se le puede llamar ‘policía’ a esos delincuentes de la liga israelí), comparación con los métodos de la SS. Aunque tienes razón, no es tan similar, los israelitas utilizan métodos terroristas cobardes: sobre la SS se sabía cómo operaba.

YO: Es una soberana tontería comparar una cosa con la otra...

ÉL: En esencia no hay tanta diferencia. El fin es la eliminación racial e imposición de la propia. Más que racial, étnica.

YO: ¿Según quién? Olvídalo... No voy a discutir pendejadas...

ÉL: Como gustes, yo no inicié la pugna ideológica. Para mí es más sencillo, porque no persigo intereses de grupo.

YO: No es pugna ideológica... era una discusión objetiva, pero eso es lo que menos veo: objetividad. Y yo no persigo ningún interés de grupo. En fin. Adiós.’

Como pueden ver, lo correcto no me duró nada... No tienen una idea de cuán mal humor me puse. No podía creer lo que leía, el hediondo tufo de conspiración maligna y, para decirlo con todas sus letras: el aura de imbecilidad de una izquierda ya de por sí estúpida, ávida por descalificar cualquier cosa con la que no están de acuerdo utilizando ‘analogías’ fuera de contexto, sin ningún fundamento histórico racional y sin la más mínima reflexión filosófica previa... Esto, sumado a un comentario que escuché en un café: ‘¿Cómo ves lo de Medio Oriente? ¿A poco no se extraña la época en la que los corrían de todos lados?’; y a un correo electrónico titulado ‘¡No lo podemos permitir!’ con fotografías terribles de niños mutilados y escuelas destruidas y la acusación de ‘terrorismo de Estado’ por allí, me han llevado a escribir esta diatriba.

No cabe duda de que los niños libaneses mutilados y escuelas derruidas sean algo terrible. La guerra en sí misma es un mal, terrible e injustificable en esencia, pero más terrible es que juzguemos las guerras de manera sensacionalista y parcial (como la comunidad libanesa en México, que estuvo presta para sacar banderas y manifestarse contra la guerra, pero nunca se manifestó en contra de que Hezbolláh utilizara el país de sus ancestros como base para actividades terroristas, controlara parte de él y tuviese participación activa en su gobierno...)

En ese correo, yo no veo ninguna foto de los cientos de civiles asesinados a lo largo de los años por el grupo terrorista Hezbolláh en las ciudades israelíes. No dice tampoco que este grupo se resguardaba precisamente entre civiles y los usaba como escudos humanos, que era protegido y resguardado por el gobierno libanés (del que incluso formaba parte), en abierta violación a la resolución 1559 del consejo de seguridad las Naciones Unidas. No menciona tampoco las represalias que Hezbolláh tomó, lanzando misiles de forma deliberada contra poblaciones civiles en Israel (aquí, en efecto, es muy importante hacer la distinción entre las muertes de civiles por daños colaterales y ataques deliberados). Ya no digamos que mencione el abierto apoyo de Hezbolláh por parte de Irán, cuyo presidente ha declarado que el Estado de Israel no tiene derecho a existir. Y, por supuesto, el correo no toma en cuenta el contexto geopolítico, demográfico e histórico de la región... aunque eso es demasiado pedir para un patético mail de propaganda...

G. G. Jolly