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viernes, enero 06, 2017

‘La Epifanía del Señor: postrarse y adorar’ de Hans-Urs von Balthasar

Sandro Botticelli, La adoración de los magos, 1475.

‘De los tres sabios que visitaron al Niño y a su Madre se dice que se postraron y adoraron. Es la Epifanía, la manifestación, el resplandor de Dios en este Niño pobre, lo que adoran. El Antiguo Testamento adoró a Dios en su majestad, en su justicia como juez, en su bondad como Señor de la Alianza. Pero que se le adore ahora en un Niño es tan sorprendente, que nos obliga a reflexionar de nuevo sobre este acto de adoración, que en nuestra época secularizada se nos ha convertido en algo bastante extraño.

Si tenemos todavía una relación personal con Dios, le dirigimos casi siempre oraciones de petición, y eso está bien. Más raramente le damos gracias —de los diez curados por Jesús vuelve sólo uno a darle las gracias—, o si nos afecta, por ejemplo, un sufrimiento, hacemos un acto de resignación ante la voluntad eterna, incomprensible, y también eso está bien. Pero resignación, conformidad, no es lo mismo que adoración.

¿Qué es entonces la adoración? Dios es único e infinitamente misterioso. Por eso, también el acto con el que le reconocemos con todo nuestro ser como Dios, nuestro Dios, es igualmente único, y por eso mismo no fácil de describir. Intentémoslo, sin embargo. Reconocer que sólo Dios es por sí mismo, mientras que todo lo creado existe sólo por su voluntad y su acción omnipotente, tiene sus raíces únicamente en lo absoluto. Y por eso reconocemos que Dios es lo verdadero por excelencia, el compendio de toda su verdad, que, por tanto, siempre tiene razón, haga lo que haga o suceda lo que suceda. Reconocemos que Dios es el bien por excelencia, el compendio de todos los bienes, y por eso sus disposiciones que deben tomarse siempre sin condiciones, con la entrega reverente de todo nuestro corazón. Reconocemos que Dios es el compendio de toda belleza, y por eso le damos la razón con entusiasmo y tenemos que servirle con júbilo, como le aclaman los salmos y le exige San Pablo los cristianos: “Con cantos de júbilo alabad a Dios, con vuestros corazones llenos de gratitud”. Todo esto lo sabe ya el Antiguo Testamento, donde el corazón de los devotos se pone en manos de Dios con entrega, gratitud, confianza, con profundísimo respeto, pero sin miedo alguno.

Pero, ¿qué ocurre, cuando Dios nos envía a la tierra su Palabra eterna en la forma de un Niño? Entonces lo primero que importa es entender lo que quiere decirnos con su Epifanía.

Sin duda, expresa, como siempre con su palabra, algo sobre sí mismo. Es todo lo que este niño es y será, joven, hombre, el maestro y taumaturgo, el que calla ante el juez, el azotado, injuriado, reprobado, el que grita en la cruz en el abandono de Dios, el sepultado, el que resucitar entre los muertos y vive de nuevo y eternamente, en todo esto es Epifanía, en la que Dios se manifiesta sí mismo.

Por tanto, si Dios es este Niño pequeño, entonces con esto está diciendo: a pesar de toda mi omnipotencia, que la soy y la tengo verdaderamente, soy al mismo tiempo tan pobre, humilde y lleno de confianza como este niño, incluso no sólo “como”: soy realmente este Niño. Y cuando Jesús, más tarde, enseñe, hablará del último lugar en el que uno debe colocarse, de servir, de entregar la propia vida por los hermanos, y esto no sólo como enseñanza moral para los Hombres, sino como algo que él mismo hace y es, como revelación del corazón de Dios, su Padre. ¡Esto lo hace, porque así es Dios! Y luego lo más terrible: cuando Jesús sufre por los pecadores y, por cargar con sus pecados, ya no siente al Padre, y cuando, desamparado, grita muerto de sed a Dios, de nuevo, ¡así que es Dios! Y cuando Jesús se reparte como comida y bebida, ¡así es Dios! Es el Padre el que nos ofrece esta palabra y carne sangrante de Dios, lacerada y desgarrada por los Hombres, para que participemos en su vida eterna. Y cuando el corazón de Jesús es atravesado y se convierte en una cavidad vacía, en la que se pueden meter los dedos y al Hombre entero —“en tus llagas escóndeme”—, ¡así es Dios! Una herida que llega hasta su corazón y en la que encontramos la salvación. Todo esto es Epifanía de Dios.

Por lo tanto, cuando nos postramos y adoramos aquí y ahora, no adoramos la carne, sino a Dios, al Único, que ciertamente no somos nosotros, a Dios, al completamente Otro, al Ser por sí, al omnipotente; pero al que se le ocurrió mostrarnos que es lo bastante omnipotente para poder ser también impotente, lo bastante bienaventurado para poder también sufrir, lo bastante glorioso para poder colocarse también en el lugar más bajo de su Creación. Y esto no lo hace Dios “como si”: es, realmente, humilde e infantil y pobre. ¿Cómo Dios, que ha creado a los niños, no iba a saber en su corazón lo que siente un niño?

Y ahora podemos preguntar: ¿existe un Dios, misterioso e incomprensible, que trate con nosotros como un hombre, e incluso siendo un hombre, y no deje por eso de ser verdaderamente Dios, el completamente Otro, el eterno, inmortal y omnipotente? Con su Epifanía, este Dios no ha perdido nada de su incomprensibilidad; al contrario, se ha hecho mucho más incomprensible todavía. Sólo ahora vislumbramos hasta dónde llega en realidad la omnipotencia divina. Por eso, no puede haber adoración más profunda que la cristiana, si es auténtica.

Ahora bien, ante este Dios, ¿qué significa el mundo, con los Hombres de nuestro alrededor, con todas nuestras acciones y ocupaciones? Todo esto no es en modo alguno Dios y, por eso, tampoco es digno de adoración. Es mundano, creatural, y no se puede afirmar que en todo lo creado como tal haya en el fondo un destello divino increado. De lo contrario, tendríamos que adorarnos a nosotros mismos. Y, sin embargo, ¿no hay, a pesar de todo, algo de verdad cuando se dice que en el fondo del Hombre está presente algo divino? Como cristianos hemos de responder: sí, todo Hombre lo tiene en sí, pero no por su naturaleza, en cuanto que es creado, sino por gracia de Dios, que ha destinado y elegido y llamado a todos los Hombres para ser hijos del Padre y hermanos de Jesús y portadores del Espíritu Santo de Dios. Muchos, probablemente la mayoría, no saben nada o saben muy poco, de esta vocación y viven en este mundo caduco como si no hubieren ellos eterno. Por eso, tampoco ven en el prójimo nada supramundano. No ven que, en Cristo, es un hijo del Padre, al que él ama, porque Cristo salió fiador de él y lo transformó en hermano suyo; también se puede decir: en el hermano al que Dios ama tanto por sí mismo, entregó a su Hijo Jesucristo por él. Que, por tanto, como dice el Apóstol, pagó un precio elevado por este amor suyo. Los Hombres normalmente ven en el prójimo sólo a otro como ellos, un ejemplar casual entre millones, “un Hombre es un Hombre”: básicamente, cualquiera es sustituible por cualquiera.

Únicamente el cristiano tiene la posibilidad de ver en todo Hombre se encuentre su paso algo singular: un ser tal que no se considera, sumariamente, como un simple ejemplar casual de Dios, sino a que Dios ama en virtud de su carácter único e insustituible. Que existe sólo por Jesucristo, el Hijo único, pero que da algo de su carácter único a todos sus hermanos y hermanas.

Si esto es verdad, ¿qué ve entonces el cristiano su prójimo? No un ejemplar de un ser humano en el fondo problemático, poco valioso, sumamente imperfecto, sino alguien al que Dios mismo ama con un amor inconfundible, aunque la imagen de Dios esté en el todavía muy deturpada y soterrada. Pero el amor divino que ama a este Hombre es digno de adoración. No estamos diciendo algo ridículo: que los Hombres deban adorarse mutuamente; sino que decimos, por el contrario, algo muy serio y rico en consecuencias: que cada uno debe ser para el otro un motivo de Epifanía, un motivo para adorar la presencia de Dios en cada Hombre.
Por consiguiente, tampoco tenemos por qué levantar una pares de separación entre los momentos que dedicamos a la oración y la oración de Dios y nuestra vida diaria, en la que tenemos que pensar en cosas completamente distintas. Naturalmente, si en la actividad diaria no dejamos libre ningún momento para pensar en Dios, entonces, como estamos perdidos en el alboroto de esta vida, nunca se nos ocurriera algo semejante. Pero si, meditando sobre el misterio de la Epifanía, profundizamos en el amor digno de adoración de Dios, entonces no existe ninguna razón para abandonar nuestra actitud de adoración durante la actividad diaria. No sólo estamos constantemente rodeados por este misterio, sino que en cada encuentro con un Hombre cualquiera nos familiarizamos más profundamente con él.
Del que puede ver y arrostrar el mundo con esta actitud se dice que camina en la presencia de Dios.
Muchos piensan que para esto se necesitan largos preparativos de meditación y ejercicios técnicos. Yo no lo creo. Basta con meditar simplemente sobre nuestra fe, que en la Navidad recibe su primera garantía visible: “Tanto amó Dios al mundo”, y a cada uno de nosotros, “que le entregó”, y a cada uno de nosotros, “a su Hijo único”. Este Hijo entregado está ante nuestros ojos. Aquí y ahora en el tiempo de Navidad; pero también en la cruz, el día de la Pascua y todos los días del año litúrgico.’


Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu Gracia’. Meditaciones radiofónicas, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 29-33.

jueves, diciembre 25, 2014

‘Irrumpir en la obscuridad con Dios’ de Hans-Urs von Balthasar

 Taddeo Gaddi, Anuncio a los pastores, c. 1332-1338.

‘El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.’ (Lc II, 10-12)

A los pastores de la Navidad les dirige la palabra un ángel, que los ilumina con la gloria deslumbrante de Dios, y por eso se llenaron de gran temor. El resplandor sobrehumano atestigua que el ángel es un mensajero del Cielo, y le da una autoridad indiscutible. Con esta autoridad les recomienda que no teman y que experimenten más bien la alegría que él les anuncia. Y mientras se dirige así a estas pobres gentes atemorizadas, se une al ángel una gran cantidad de otros ángeles, que cantan un himno en el que se g en el orifica a Dios en el Cielo y se promete la paz en la tierra a los Hombres que ama el Señor; ‘luego’, se dice, ‘los ángeles los dejaron y subieron al Cielo’. Este canto, probablemente, fue muy hermoso, y a los pastores es gustó oírlo y les dio pena que el concierto se acabara y que los intérpretes desaparecieran detrás de la cortina del cielo. Pero quizás se sintieron también un poco aliviados, internamente, cuando desapareció la luz anormal de la gloria divina, el sonido extraordinario de la música celestial, y se encontraron de nuevo en la obscuridad normal de la tierra. Quizá tuvieron la sensación de ser unos mendigos andrajosos, a los que de repente se les hubiera trasladado al salón de audiencias del rey con espléndidos trajes oficiales, y que se alegran de poder salir corriendo sin que los vean.

Pero, cosa curiosa. El resplandor intimidante del mundo del Cielo, que ha vuelto a desaparecer, dejó en su alma un resplandor de alegría humana, una luz de expectativa jubilosa, que suscitó en ellos la fuerza sobrehumana de la palabra del ángel, y se ponen en camino hacia Belén. Ahora pueden dejar atrás todo la epifanía de la gloria celestial —ésta había sido sólo un punto de partida, una inflamación inicial, un impulso para lo que verdaderamente se les significaba, y de ella sólo queda la pequeña semilla de la palabra que les ha tocado el corazón y que comienza a crecer en ellos, expectativa, curiosidad, esperanza: ‘Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor’—. Quisieran ver esa palabra que ha pasado. No la palabra del ángel con su resplandor celestial; ésta ahora es ya poco importante. Sino el contenido de la palabra del ángel, es decir, al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La palabra que ha pasado, la palabra que ha tenido lugar, la palabra que no es sólo algo dicho, sino algo hecho, algo que se puede no sólo oír, sino también ver.

La Palabra que los pastores quieren ver no es, pues, la palabra del ángel. Ésta fue sólo anuncio, sólo kerygma, como se dice hoy, sólo indicación. Y toda la gloria sobrehumana que debió darle autoridad a este anuncio era también sólo mera indicación. Los ángeles, con su autoridad soberana, desaparecen; pertenecen al mundo celestial; sólo queda la alusión a una palabra que se ha hecho realidad. Por Dios naturalmente. Lo mismo que también es Dios el que se le ha comunicado a ellos a través de los ángeles.     

Y ahora se marchan, dejando atrás el cielo y teniendo delante de sí la señal de la tierra. ¡Pero, Dios mío, qué señal! No tanto el niño, sino un niño. Uno cualquiera. No uno especial. No uno que irradia una luz de gloria, como lo han representado los pintores piadosos. Sino, al contrario, uno que parece lo menos glorioso posible. Envuelto en pañales. De modo que no se puede mover; está allí como aprisionado en unos pañales en los que el cuidado de otros lo ha envuelto. El pesebre, en el que está acostado, tampoco es nada especialmente majestuoso, nada que recuerde ni de lejos la gloria celestial que cantaban los ángeles. Prácticamente, allí no hay nada medianamente digno de verse; la meta de la caminata nocturna desde lo más corriente, o más bien incluso desilusionante por su pobreza. Algo verdaderamente humano, profano, no distinguido por nada —fuera de que precisamente ésta es la señal prometida y de que la señal es cierta—.

Los pastores creen en la palabra. La palabra los envía del cielo a la tierra. Y porque se ponen de camino, de la luz a la oscuridad, de lo extraordinario a lo normal, de la experiencia única de Dios a lo humano, de la riqueza de arriba a la pobreza de abajo, reciben la confirmación: la señal es cierta. Sólo ahora su alegría atemorizada por el resplandor del cielo se vuelve una  alegría completamente liberada, humana, cristiana. Porque lo que les dijo el ángel es cierto. ¿Y por qué es cierto? Porque el Señor, el Dios de lo alto, ha andado el mismo camino que ellos: deja atrás su gloria y camina hacia el mundo oscuro, hacia la poca vistosidad del niño, hacia la falta de libertad de la coacción y de las ataduras humanas, hacia la pobreza del pesebre. Ésta es la Palabra que se ha hecho realidad; y los pastores no saben todavía, no lo sabe todavía nadie, hasta dónde llegará hacia abajo este camino de la Palabra que se ha hecho realidad. En cualquier caso, mucho más hacia lo mundano, poco vistoso, profano, atado, pobre e impotente, de lo que nadie puede bajar, de tal modo que ya no se podrá seguir su último trayecto. Una pesada piedra le cerrará a los demás el camino, cuando Él descienda a la noche oscura, a la extrema soledad y perdición de sus hermanos humanos muertos.

Ésta es, por tanto, la verdad: para encontrar a Dios, el Hombre cristiano es puesto en las calles del mundo, es enviado a los hermanos encadenados, pobres, a todos los que sufren, tienen hambre y sed, están desnudos, enfermos o presos. Ahí está en adelante su sitio; con todos éstos tiene que identificarse. Ésta es la gran alegría que se le anuncia hoy, porque de esta manera nos envió Dios un Salvador. Y si todos nosotros somos los pobres y cautivos que necesita la liberación, somos también al mismo tiempo los que participan en la alegría de la salvación y son enviados a los pobres encadenados. Pero, ¿quién camina por esta calle que lleva de la gloria de Dios a la figura del niño pobre, reclinado en el pesebre? Ninguno que vaya de paseo buscando su propio placer. Éste sigue otros caminos, que van más bien en sentido contrario: de la miseria de la propia existencia a cualquier cielo, buscado, quizá imaginado o quimérico, de un breve placer, de un largo olvido. Del cielo, a través del mundo, al infierno de los perdidos sólo camina el que sabe, en lo más profundo del corazón, que tiene una misión que cumplir, el que obedece una llamada que es más fuerte que su comodidad y su resistencia. Una llamada que tiene poder y autoridad sobre mi existencia, a la que me someto, porque viene de más arriba que toda mi existencia; una apelación a mi corazón, que me reclama totalmente, con un respaldo oculto, soberano, que me somete de buen o de mal grado. Yo quizá no sé quién es el que me toma así a su servicio. Pero sé perfectamente que, si me quedo en mí mismo, me buscó a mí mismo, no encuentro la paz que está prometida los Hombres que ama el Señor. Tengo que ponerme en marcha. Pero incorporarme al servicio de los pobres y encadenados. Perder mi vida, para recuperarla, porque si la conservo, la pierdo. Estas palabras inexorables, silenciosas y, sin embargo, tan inequívocas arden en mi corazón, no me dejan ningún descanso.

Allí, al otro lado, están los millones de Hombres que tienen hambre, se matan trabajando por un salario ridículo, explotados sin compasión como animales. Ahí están los pueblos masacrados, cuyas guerras no se pueden terminar, porque intereses de todo tipo, que no son los suyos, se mezclan con sus legítimas inquietudes. Y yo sé lo siguiente: mi discurso sobre el progreso y sobre la liberación de la Humanidad es contestado con una risa burlona por todas las respectivas realistas para las próximas décadas de la Humanidad. Es más, no tengo sino que abrir los ojos y los oídos, para oír que cada día se hace más intenso el grito de los injustamente subyugados, pero también de los que se han decidido por el poder a cualquier precio, por el odio, por la aniquilación. Poderes de las tinieblas que quieren aniquilar todo valor: toda fe en la emisión propia del corazón, que fue, sin embargo, luz y alegría y que quiere traer la paz; toda fe por llegar realmente junto al niño pobre y envuelto en pañales. ¿Qué puede conseguir mi mezquina misión, esa gota de agua en el bramido del fuego? ¿Para qué sirve mi esfuerzo, mi entrega, mi sacrificio, mi implorar la misericordia de Dios por un mundo que está decidido a perderse?

‘No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría… Hoy os ha nacido el Salvador’. Es decir, el que ha dado el camino como Hijo de Dios e Hijo del Padre, obedeciendo al Padre, que bajaba del Padre las tinieblas del mundo. Detrás de sí, la omnipotencia y la libertad; delante de sí, la impotencia, la atadura, la obediencia. Detrás de sí, el panorama divino y, delante de sí, la perspectiva de lo absurdo de la muerte en cruz entre dos criminales. Detrás de sí, la bienaventuranza de la vida con el Padre; delante de sí, la difícil solidaridad con todos los que no conocen al Padre, no quieren conocerlo, niegan su existencia. Alegraos, porque hacia esto ha caminado Dios mismo. El Hijo ha traído consigo la conciencia de hacer la voluntad del Padre. Ha traído consigo la plegaria permanente de que por Él se haga la voluntad del Padre, en el cielo luminoso como en la tierra oscura. Ha traído consigo el júbilo de que el Padre haya ocultado esto a los sabios, pero lo haya revelado los pequeños, sencillos y pobres. Yo soy el camino, y en este camino es la verdad para vosotros, y en este camino encontraréis la vida. En el camino que soy yo aprendéis a perder vuestra vida, para encontrarla, a ir más allá de vosotros y de vuestra mentira hacia una verdad que es más grande que vosotros mismos. Visto con los ojos del mundo, todo puede parecer oscuro y vuestra entrega estéril e infructuosa. Pero no temáis, estáis en el camino de Dios. ‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Yo os precedo y os abro el camino del amor cristiano. Éste llega hasta el hermano más lejano, más abandonado de Dios. Pero ése es el camino del amor divino. Vosotros estáis en el camino recto. Todos los que se niegan a sí mismos, para realizar la misión del amor, están en el camino recto.

En el camino ocurren milagros. Poco vistosos, que casi nadie advierte. ¿Qué milagro es ya, si uno encuentra un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre? Ocurre el milagro de que una misión, oculta en un corazón, llega realmente a la meta, y, dondequiera que domine una fuerte desesperación y resignación, trae la paz y la alegría de Dios. Logra encender una pequeña luz en medio del dominio en las tinieblas. Resplandece la alegría en un corazón que ya no se atrevía a creer. A nosotros mismos nos da a veces una confirmación de que las palabras del ángel, a las que intentamos obedecer, nos llevan a dónde está la Palabra y el Hijo de Dios ya Hombre. Una confirmación de que, a pesar de todo el jaleo, hoy, 25 de diciembre, es Navidad, tan verdad sin duda como hace 1969 años. Porque Dios emprendió el camino hacia nosotros una vez para siempre, y nada, hasta el fin del mundo, le impedirá venir y permanecer junto a nosotros.

Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu Gracia’, Madrid, Encuentro, 1997. pp. 244-248.

domingo, diciembre 25, 2011

‘Sermón de Navidad’ de Martín Lutero

Albrecht Dürer, La Natividad, s/a

‘El Evangelio es tan claro que no necesita muchas interpretaciones. Sólo requiere que lo miremos y contemplemos y que lo dejemos penetrar hasta lo más hondo de nuestro corazón. Sólo aprovecha a los que, aquietando su corazón, se olvidan de todas las cosas y sólo ponen la atención en sus páginas. Es como el sol sobre las aguas quietas: vemos sus reflejos y nos calienta. Mas el sol, sobre las aguas agitadas, no se ve, y tampoco nos calienta. Si queréis, pues, iluminación y calor, la gracia divina y sus milagros; si queréis tener el corazón ardiente, alumbrado, devoto y alegre, id allí donde encontráis quietud y las imágenes penetran en vuestro corazón, y hallaréis milagro sobre milagro.

¡Cuán sencilla y simplemente tienen lugar en la tierra los sucesos que tan ensalzados son en el cielo! En la tierra sucedió de esta guisa: Había una pobre y joven esposa, María de Nazaret, entre los pobladores más pobres de la aldea, tan poco estimada que nadie se dio cuenta de la gran maravilla que ella llevaba. Era callada, no se vanagloriaba, sino que servía a su marido, José, pues no tenían sirvienta ni mozo. Ellos simplemente abandonaron su casa. Quizá tenían un asno para que María cabalgara, aunque los evangelios no dicen nada de él, y bien podemos suponer que fuera a pie. El viaje era, por cierto, de más de un día desde Nazaret de Galilea hasta Belén, en el país judío que se halla al otro lado de Jerusalén. José había pensado: “Cuando lleguemos a Belén, esteramos entre parientes y podremos pedir prestado todo”. ¡Buena idea! Ya era bastante malo que una joven desposada, casada hacía solamente un año, no pudiera tener un hijo en Nazaret en su propia casa y tuviera que hacer todo ese viaje de tres días estando encinta. ¡Cuánto peor aun el que cuando llegara no hubiera lugar para ella! La posada estaba llena. Nadie quiso ceder su habitación a una mujer embarazada. Tuvo que ir a un establo y allí dar a luz al Hacedor de todas las criaturas a quien nadie quería hacer lugar. ¡Qué vergüenza, malvado Belén, habría que haber pegado fuego a esa posada! Pues aun cuando la virgen María hubiera sido una pordiosera o no hubiera estado casada, todos en ese momento deberían haberse alegrado de poder prestarle ayuda. Hay muchos de vosotros en esta congregación que pensáis: “Si yo hubiera estado allí! ¡Cuán pronto hubiera estado para ayudar al Niño! Le hubiera lavado los pañales. ¡Ojalá yo hubiese tenido la suerte, como los pastores, de ver al Señor yaciendo en el pesebre!”. Sí, ahora lo haríais, porque conocéis la grandeza de Cristo, pero en aquel entonces no os hubierais comportado mejor que la gente de Belén. ¡Qué pueriles y tontos pensamientos son ésos! ¿Por qué no lo hacéis ahora? Tenéis a Cristo en vuestro prójimo. Debéis pues lo que hacéis a favor de vuestro prójimo necesitado lo hacéis al Señor Jesucristo mismo. El nacimiento fue aún más lastimoso. Nadie se compadeció de esa joven esposa que daba luz a su primogénito; nadie la atendió; nadie reparó en su vientre grávido; nadie se dio cuenta de que en ese extraño lugar no tenía la menor cosa para un parto. Allí estaba sin nada preparado: sin luz, sin fuego, en plena noche, sola en la obscuridad. Nadie le prestó la ayuda habitual. Todos están beodos y alegres en la posada, un pulular de huéspedes de todas partes, de modo que nadie se ocupa de esa mujer. También creo que ella misma no se había percatado que su alumbramiento no estaba tan próximo; si no, se hubiera quedado en Nazaret. Y podéis imaginar qué clase de paños pueden haber sido aquellos en que lo envolvió. Quizás su velo, pero no por cierto los pantalones de José, que ahora se exhiben en Aquisgrán.

Pensad, mujeres, que allí no había nadie para bañar al Niño. Nada de agua caliente, ni siquiera fría. Ningún fuego, ninguna luz. La madre tuvo que ser ella misma comadrona y criada. El frío pesebre fue cama y baño. ¿Quién enseñó a la pobre muchacha lo que debía hacer? Nunca antes había tenido un hijo. Me maravilla que el pequeño no muriera de frío. No hagáis de María una piedra. Pero cuanto más altas están las gentes en el favor de Dios, tanto más frágiles son.

Cuando meditamos, pues, sobre el Evangelio del Nacimiento, hay que imaginar que todo sucedió del mismo modo que con nuestros hijos. Contemplad a Cristo yaciendo en el regazo de su joven madre. ¿Qué cosa puede ser más dulce que el Niño, qué más encantador que su madre? ¿Qué cosa más hermosa que su juventud? ¿Qué cosa más tierna que su virginidad? Mirad al Niño, ¡cuán inocente es! Sin embargo, todo lo que existe le pertenece, para que vuestra conciencia no le tema sino que busque consuelo en él. No dudéis. Para mí no hay mayor consuelo dado a la humanidad que éste, que Cristo se convirtiera en hombre, en un niño, un infante que jugaba en el regazo y en el pecho de su graciocísima Madre. ¿A quién no reconforta esta visión? Ahora ya está vencido el poder del pecado, de la muerte, del infierno, de la conciencia y de la culpa, si os acercáis a este Niño que juguetea y creéis que ha venido no para juzgarnos sino para salvarnos.’

Martin Luther, c. 1534.

viernes, diciembre 09, 2011

Händel, el anarquista

Independientemente de la crítica trillada (mas no por eso menos atinada) del problema teológico y filosósfico sobre cristianismo y poder, la Navidad de 2011 me invita a y me exige a repetir ciertas verdades de perogrullo.

En primer lugar, habrá que recordar qué significa en verdad la Navidad, cuál es la razón de asuetos, cenas, compras, regalos y abrazos. Vayamos, pues, a las fuentes:

For unto us a Child is born, unto us a Son is given, and the government shall be upon His shoulder: and His name shall be callèd Wonderful, Counsellor, the Mighty God, the Everlasting Father, the Prince of Peace.



Porque nos ha nacido un niño, un hijo nos ha sido dado. Estará el señorío sobre su hombro, y su Nombre será llamado: Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de la Paz. [Is IX, 5]

Sí, ¡porque nos ha nacido un niño, un bebé de carne y hueso, que señala el inicio del fin definitivo de la Humanidad! Toda la paz de la humildad, la debilidad, la ternura, la inocencia, que sólo un recién nacido puede traer: así es como acaece la victoria definitiva sobre el mal, el poder corrompido, la guerra y la injusticia. Ésa es la única vía. Y por ello, ese Niño es llamado Príncipe de la Paz: porque es manso, sencillo, amable, dulce, no busca nada para sí y no tiene nada a qué llamar propio. Porque ésa es la paz bíblica: no sólo la ausencia de guerra, sino el imperio de la solidaridad, la justicia, la caridad y la gratuidad.

Hoy, en cambio, resulta que hasta Fidel Castro (el mismo que, en 1962, incitó a Jrúshchiov a llenar Cuba de misiles...) advierte al mundo contra la guerra nuclear, dado el inminente peligro de que Israel y/o EE. UU. ataquen al integrista Irán una vez que se confirme su largamente sospechado desarrollo de armas nucleares, y puesto que Rusia ha enfríado sus relaciones con Estados Unidos, Europa y la OTAN como nunca desde 1989...

Lo cual me hace cuestionar, con el Salmista y con Händel:

Why do the nations so furiously rage together?
[and] why do the people imagine a vain thing?
The kings of the earth rise up, and the rulers take consel together against the Lord,
and against His Anointed.



¿Por qué se amotinan las naciones
y los pueblos conspiran en vano?
Los reyes de la tierra se sublevan,
los príncipes a una se alían
en contra del Señor y de su Ungido. [Sal II, 1-2]

¿Por qué empeñarse, pues, en la misma manera de pensar y hacer las cosas de siempre? ¿Qué no fue suficiente el siglo XX con sus horrores y calamidades? ¿Por qué las naciones se sublevan contra un Orden mayor, que toda persona de buena voluntad anhela y que cualquier Hombre sensato conoce? ¿Por qué rebelarse contra la civilización del amor, el Reino de Dios, el Shalom bíblico? ¿No es una mejor opción que mantener todo como está, a pesar de que resulta obvio que hemos fracasado incluso como especie (con 2/3 partes de la Humanidad malviviendo en la pobreza, a punto de destruir al planeta), por no mencionar la vergüenza que somos como familia humana?

Tan sencillo: porque el poder y el falso saber (la seguridad que por naturaleza busca todo ser) sólo pueden afirmarse a sí mismos: no admiten nada mayor que ellos y subsisten por sobre todo lo demás. La precariedad de la gracia, en cambio, corroe desde sus cimientos todas sus pretensiones, y por ello le oponen resistencia. Mas el Niño del pesebre, con su yugo suave y carga ligera, ha venido a anunciar la abolición de la mentira y el derrocamiento del poder idolátrico:

Let us break their bonds asunder, and cast away their yokes from us.



Rompamos sus cadenas,
sacudámonos sus riendas. (Sal II, 3)

Y si Dios mismo incita la rebelión y fomenta la subversión del status quo es porque el ídolo del poder requiere todo el culto para sí y exige víctimas. Mas no puede haber dos Dioses. El Señor de los ejércitos celestiales, no obstante, lo ha vencido ya, revirtiendo su jugada: desde la pobreza del portal de Belén y la fragilidad del pesebre. Por eso, la victoria está de antemano asegurada y las consecuencias advertidas:

He that dwelleth in heaven shall laugh them to scorn;
the Lord shall have them in derision.


Thou shalt break them with a rod of iron;
Thou shalt dash them in pieces like a potter's vessel.




El que habita en el Cielo se ríe,
el Señor se burla de ellos.

Los machacarás, Señor, con cetro de hierro,
los pulverizarás, oh Dios, como vasija de barro. (Sal II, 4.9)

¿Y qué nos sorprenden las amenazas y las duras palabras, si ya lo había dicho por boca de sus profetas y en el momento mismo de hacerse carne en el vientre de una muchacha?

Every valley shall be exalted, and every mountain and hill made low;
the crooked straight, and the rough places plain.




Todo valle será elevado, y todo monte y cerro rebajado;
volveráse lo escabroso, llano; y las breñas, planicie. (Is XL, 4)

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías. (Lc I, 51-53)

Y eso será cuanto ha de acarrear el haber claudicado ante Mammon y haber entronizado las maneras de hacer las cosas según el mundo: como los cristianos con belenes de plata, cenas pantagruélicas y gastos millonarios para celebrar el nacimiento, en pobreza extrema, de Aquel que ha venido a reinar sobre reyes y establecer un Reino donde ya no mueran unos de inanición y otros de obesidad:

Hallelujah! for the Lord God omnipotent reigneth.
The kingdom of this world is become the kingdom of our Lord, and of His Christ: and He shall reign for ever and ever.

King of Kings, and Lord of Lords!
Hallelujah!




¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso!
Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y su Cristo;
y reinará por los siglos de los siglos.

¡Rey de reyes y Señor de señores!
¡Aleluya! (Ap XIX, 6; XI, 15; XIX, 16)

G. G. Jolly

sábado, diciembre 23, 2006

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

A todos mis lectores les deseo que pasen unas bellísimas fiestas y que tengan un excelente año 2007. Y quisiera agregar algo más:

¿Qué significa la Navidad realmente?, ¿qué celebramos?, ¿por qué es una época de paz y de amor?, ¿por qué se dan regalos?

Conmemoramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, Cristo, el Mesías… en Belén de Judá.

Pero, ¿qué nos dice aquello, que pudiese parecer tan trillado?

Dejemos que un experto y hombre de fe lo responda:

‘[La Navidad es el mayor ejemplo de que] la elección de lo humilde caracteriza la historia de Dios con el ser humano. Esta característica la vemos primeramente en el escenario de la actuación divina, la tierra, esa mota de polvo perdida en el universo; en que dentro de ella, Israel, un pueblo prácticamente sin poder, se convierte en el pilar de su historia; en que Nazareth, otro lugar completamente desconocido, se convierte en su patria; en que el hijo de Dios nace finalmente en Belén, fuera del pueblo, en un establo. Todo esto muestra una línea: Dios coloca su medida, el amor, frente al orgullo humano. Éste es en el fondo el núcleo, el contenido original de todos los pecados, es decir, el querer erigirse uno mismo en Dios. El amor, por el contrario, es algo que no se eleva, sino que desciende. El amor muestra que lo auténtico consiste precisamente en descender. Que llegamos a lo alto cuando bajamos, cuando nos volvemos sencillos, cuando nos inclinamos hacia los pobres, hacia los humildes’.(1)

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

G. G. Jolly

(1) Joseph cardenal Ratzinger, Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002. p. 200.