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domingo, mayo 20, 2007

Leonardo Boff sobre Benedicto XVI en Aparecida


El popular teólogo y exsacerdote franciscano brasileño, Leonardo Boff, acaba de publicar un texto llamado ‘Los silencios de Benedicto XVI’, en el que se refiere a la visita de Papa al Brasil, donde inauguró la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Boff no es para nada uno de mis autores favoritos, pero le reconozco su genio y enorme talla intelectual; sin duda, es una de las voces que han de ser tomadas en cuenta a la hora de debatir los asuntos más relevantes que afectan a la Iglesia, a Latinoamérica y al mundo. Quisiera, a continuación, comentar algunas de las cosas que dice en ese texto.

‘Es notorio que en Brasil persisten dos tipos de catolicismo: el devocional y el del compromiso ético. El primero tiene un cuño popular centrado en la devoción de los santos, la oración y los peregrinajes, y hoy, en su forma moderna, en la dramatización mediática con fuerte contenido emocional.’

De acuerdo. Buena observación.

‘El catolicismo del compromiso ético se inspira en la acción católica y en las pastorales sociales y culmina con la teología de la liberación.’

Hasta cierto punto cierto, pero, ¿culmina con la teología de la liberación? Me parece algo exagerada la palabra culmina. Es verdad que una de las cosas positivas que retomó de la tradición judeo-cristiana la teología de la liberación fue el compromiso ético radical, en especial para con los más pobres (en un sentido muy amplio, no sólo el de la pobreza material). Sin embargo, creo que el catolicismo del compromiso ético tiene más vertientes que eso y que, dada la desactualización que presenta la teología de la liberación hoy, no ha culminado, sino que continúa renovándose en un proceso continuo de búsqueda.

‘Este modelo requiere mediaciones socioanalíticas porque está interesado, desde su perspectiva espiritual, en la transformación social.’

Sí, mas no es el único modelo. El proyecto de un ethos mundial, como el que ha comenzado Hans Küng, por ejemplo, ha de contar con la contribución de muchos católicos filósofos, científicos, teólogos, sociólogos, historiadores, laicos o religiosos, de muy diversas tendencias, interesados en la transformación social. También el debate sobre la bioética, el narcotráfico y la despenalización de las drogas, el calentamiento global… todo eso demandará la participación de la Iglesia Católica, mucho más allá de la teología de la liberación, que, además, no es una realidad extralatinoamericana (aunque bueno, en este caso estamos hablando del Brasil).

‘Yo creo que el catolicismo devocional no tiene potencialidad de transformación social, por estar volcado sobre sí mismo…’

Totalmente de acuerdo.

‘…mientras que el otro articula constantemente fe, justicia y evangelio con compromiso de liberación’.

Sí, pero, de nuevo, no me atrevería a generalizar.

‘Lo que el Papa dijo sobre la primera evangelización en Brasil, como un “encuentro de culturas” y no una “imposición y alienación” no se sustenta históricamente. La colonización y la evangelización fueron parte de un mismo proyecto, que significó uno de los mayores genocidios de la historia.’

Esto ha sido tergiversado hasta la náusea en los medios, y está manchado no sólo de ignorancia, por una parte, sino de una clase de indigenismo tan común como nefasto (a mi ver). En primera, el Papa jamás negó que, en muchos casos, el Evangelio fue impuesto mediante violencia y coerción (cosa por la cual Juan Pablo II pidió perdón a nombre de la Iglesia en el año 2000). En segunda, lo que dice es más profundo; forma parte de la teología que cultivó y difundió incesablemente como cardenal durante muchos años, la de la universalidad del cristianismo en su relación con distintas culturas. Incluso lo llegó a tratar en el famoso debate que tuvo con el titán de la filosofía Jürgen Habermas. Muchas veces afirmó Ratzinger que el cristianismo no es sólo europeo, pues fusionó lo mejor y más avanzado del pensamiento helénico, latino y hebreo, precisamente aquello que tenía un carácter universal. Se trata de la búsqueda y el sentimiento íntimo de Dios intrínsecos en todo ser humano, que afirmó el Concilio Vaticano II y que desterró la idea de eterna condenación para todos los que no abrazaran a Jesucristo como Salvador, dentro de la Iglesia Católica. ¿Ahora habrá que negar que las culturas precolombinas, atrasadas en algunos aspectos y avanzadísimas en otros, no cultivaban una noción madura de Dios, que les hizo abrazar el cristianismo de manera íntima y libre?

Otra cosa que no pretendo comentar aquí es lo de ‘uno de los mayores genocidios de la historia’, que me suena a una interpretación parcial y tendenciosa, ideologizada, de la historia del continente…

‘Es teológicamente frágil la tesis de que Dios es explícitamente imprescindible para construir una sociedad justa. Los Estados Pontificios desmienten esta tesis. La España de Franco y el Portugal de Salazar alababan públicamente a Dios y no dejaban de torturar y condenar a muerte. Lo que hace falta es un consenso ético y una apertura a la trascendencia, dejando abierta la definición del contenido, como sucede en los Estados modernos.’

No sé si sea ‘teológicamente frágil’ o no el discurso del Papa; lo dudo. Más bien, entiendo que se refieren a lo mismo desde perspectivas distintas. Por lo demás, la forma de definirlo del señor Boff me parece acertadísima.

‘Estas insuficiencias teóricas hacen que el discurso papal se deslice hacia el moralismo y el espiritualismo. Y melancólicamente repite la cantilena: no a los contraceptivos, no al divorcio, no a los homosexuales, no a la modernidad, sí a la familia tradicional, sí a una rígida moral sexual, sí a la disciplina. Tantos “no” hacen antipático su mensaje, como si no hubiera temas más apremiantes.’

Menciona un buen punto: demasiados ‘no’, que, en verdad, hacen chocante el mensaje, al menos para los medios de comunicación, con sus agendas propias. Mas no creo el Papa deba dejar de hacer énfasis en la doctrina tradicional de la Iglesia, tan olvidada e ignorada (aunque caiga pesada). Puede que sí haya temas más apremiantes en América Latina, como la Iglesia ignorante y en crisis, las enormes injusticias sociales y la violencia. Sin embargo, uno de los enormes defectos de la teología de la liberación es que se centró tanto en la justicia social que también se le olvidó el proceso de la secularización, y así la posmodernidad la alcanzó. Ahora, no sólo las injusticias siguen allí, sino que hay nuevas estructuras de pecado social que cuestionan la razón de ser y los fundamentos mismos del Evangelio. ¿Cómo ha de haber liberación evangélica si la sociedad de hoy ya no cree en el Jesús liberado, histórico, redentor?

‘Hay silencios significativos en los discursos del Papa: sólo una vez se refirió a las comunidades de base, una vez a la opción por los pobres, una vez a la liberación, nunca a la teología de liberación y a las pastorales sociales, nunca al gravísimo problema del calentamiento global.’

Aquí creo que Boff peca a la vez de injusto y de ingenuo. Porque Benedicto XVI no es Pablo VI, ni mucho menos, Gustavo Gutiérrez o Leonardo Boff. Le está pidiendo peras al olmo. Además, creo que menosprecia los fuertes llamados éticos que hizo el Papa a la juventud o la clara denuncias a las estructuras de injusticia, al contrario del padre Ernesto Cavassa, SJ (otro de los izquierdosos e ‘imbéciles’ vilipendiados por la fundamentalista, pedante, ignorante e insoportable ‘cigüeña’), quien reconoció que el Santo Padre ha puesto la dimensión social y política del Evangelio en el centro de Aparecida, al igual que en su encíclica Deus Caritas est(1). Y sí se refirió al deterioro ambiental, de las selvas en específico. Quizá no mencionó el calentamiento global en Brasil, pero lo ha hecho en Roma. Ésa me parece una crítica gratuita.

Finalmente, algo con lo que estoy en absoluto desacuerdo con Boff, por su peligro y radicalidad desmesurada:

‘El catolicismo brasileño y latinoamericano, para estar a la altura de los tiempos actuales, exige el coraje que tuvieron los primeros cristianos: abandonaron el suelo cultural judaico de Jesús y se insertaron en el suelo pagano helenista. De esa inserción nació el cristianismo actual, que es una expresión del Nuevo Testamento, no del Antiguo.’

En un excelente escrito sobre las relaciones judeo-cristianas, el cardenal Carlo Maria Martini condenó con mucha fuerza nada más ni nada menos que ese abandono, llamándolo ‘el primer gran cisma de la Iglesia’. Según él, fue precisamente esa ruptura la que privó al cristianismo de su más grande fundamento ético-social: el Antiguo Testamento. Esa sensibilidad ante la realidad terrena, la injusticia social y la sensibilidad hacia los problemas comunes de la gente que tanto proclaman Boff y la teología de la liberación estuvieron ausentes durante muchos siglos en el cristianismo a causa de la ruptura radical con el manantial de la tradición judía. No creo que sea buena idea cometer el mismo error otra vez, siendo que aún no se ha resuelto el primero.
(1) v. Ernesto Cavassa, SJ, ‘Un mensaje alentador’.

G. G. Jolly

martes, diciembre 05, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M.(III)

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‘En la oración del Señor encontramos prácticamente la correcta relación entre Dios y el hombre, el cielo y la tierra, lo religioso y lo político, manteniendo la unidad del único proceso. La primera parte dice respecto a la causa de Dios: el Padre, la santificación de su nombre, su reinado, su voluntad santa. La segunda parte concierne a la causa del hombre: el pan necesario, el perdón indispensable, la tentación siempre presente y el mal continuamente amenazador. Entre ambas partes constituyen la misma y única oración de Jesús. Dios no se interesa sólo de lo que es suyo —el nombre, el reinado, la voluntad divina—, sino que se preocupa también por lo que es el hombre —el pan, el perdón, la tentación, el mal—. Igualmente, el hombre no sólo se apega a lo que le importa —el pan, el perdón, la tentación, el mal—, sino que se abre también a lo concerniente al Padre: la santificación de su nombre, la llegada de su reinado, la realización de su voluntad.

En la oración de Jesús, la causa de Dios no es ajena a la causa del hombre, y la causa del hombre no es extraña a la causa de Dios. El impulso con el que el hombre se levanta hacia el cielo y suplica a Dios, se curva también hacia la tierra y atañe a las urgencias terrestres. Se trata del mismo movimiento profundamente unitario, y esta mutua implicación es justo lo que produce la transparencia en la oración del Señor.

Lo que Dios unió —la preocupación por Dios y el reinado de Satanás. El Padre está cercano (nuestro), pero también lejano (en los cielos). En la boca de los hombres hay blasfemias, y por eso es preciso santificar el nombre de Dios. En el mundo impera toda suerte de maldades que exaspera el ansia por la venida del reinado de Dios que es de justicia, de amor y de paz. La voluntad de Dios es desobedecida, e importa realizarla en nuestras obras. Pedimos el pan necesario porque muchos, por el contrario, no lo tienen. Imploramos que Dios nos perdona todas las interrupciones de la fraternidad porque, si no, somos incapaces de perdonar a quienes nos han ofendido. Suplicamos fuerza contra las tentaciones, pues de otro modo caemos míseramente. Gritamos que nos libre del mal porque, de lo contrario, apostamos definitivamente. Y bien, a pesar de esta densa conflictividad, la oración del Señor está transida de un aura de confianza alegre y de sereno abandono, porque de todo ese contenido —integralmente— hace objeto de encuentro con el Padre.

Si nos fijamos bien, el Padrenuestro tiene que ver con todas las grandes cuestiones de la existencia personal y social de todos los hombres en todos los tiempos. En él no hay ninguna referencia a la Iglesia, y ni siquiera se habla de Jesucristo, de su muerte o de su resurrección. El centro lo ocupa Dios juntamente con el otro centro que es el hombre necesitado. Ahí radica lo esencial. Todo lo demás es una consecuencia o comentario, concedido al lado de lo esencial. “Pedid cosas grandes, y Dios os dará las pequeñas”: ésta es una frase de Jesús transmitida fuera del Evangelio por Clemente de Alejandría (140-211). Es una hermosa lección: hay que ensanchar la mente allende nuestro pequeño horizonte y el corazón allende nuestros límites. Entonces encontraremos lo esencial, tan bien expresado por Jesús en la oración que nos enseñó, el Padrenuestro.

El orden de las peticiones no es arbitrario. Se empieza por Dios y sólo después se pasa al hombre; porque a partir de Dios, de su óptica, es como nos preocupamos de nuestras necesidades; y en medio de nuestras miserias es desde donde debemos preocuparnos de Dios. La pasión por el cielo se articula con la pasión por la tierra. Toda verdadera liberación, en perspectiva cristiana, arranca de un profundo encuentro con Dios que nos lanza a la acción comprometida. Justo ahí oímos su voz que nos lanza a la acción comprometida. Justo ahí oímos su voz que nos dice continuamente: ¡vete! Todo proceso de liberación que no llegue a dar con el motor último de toda actividad, Dios no logra su intento y no alcanza la integralidad. En el Padrenuestro encontramos esta feliz relación. No sin razón la esencia del mensaje de Jesús —el Padrenuestro— ha sido formulada no en una doctrina, sino en una oración.’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 12-14.

lunes, noviembre 27, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M. (II)

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Ni teologismo ni secularismo

‘Hay que evitar dos peligros sobre los que tanto Pablo VI en la Evangelii nuntiandi como los obispos de Puebla (1979) nos llamaron la atención. El primero de ellos es el reductismo religioso (teologismo), que se limita, en la acción de la fe y de la Iglesia, al campo estrictamente religioso, al culto, la piedad, la doctrina. El papa Pablo VI sostuvo claramente que “la Iglesia no puede circunscribir su misión únicamente al campo religioso, como si se desinteresara de los problemas temporales del hombre” (Evangelii nuntiandi, 34). Puebla fue todavía más contundente: “El cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. [La Iglesia] critica por esto a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuvieran allí relevancia” (515). Se subraya, pues, la necesidad de comprender adecuadamente el cristianismo, no como una región de la realidad (el campo religioso), sino justo como un proceso de encarnación de toda la realidad para redimirla y hacerla materia del reinado de Dios. La fe ha de ser verdadera y salvífica, y es tal cuando se hace amor. Y el amor que nos hace apropiarnos de la salvación no es una teoría; es una práctica. Sólo la fe que pasa por la práctica del amor merece ese nombre. Es imprescindible, pues, articular la fe con las demás realidades de la vida.

El segundo peligro es el reductionismo político (secularismo), que restringe la importancia de la fe y de la Iglesia al espacio estrictamente político, reduciendo su misión “a las dimensiones de un proyecto meramente temporal; sus objetivos, a una visión antropocéntrica; la salvación de la que es mensajera y sacramento la Iglesia, a un bienestar material; su actividad ─olvidando todas las preocupaciones espirituales y religiosas─, a iniciativas de orden político y social” (Evangelii nuntiandi, 32; Puebla, 483). La fe tiene ciertamente una cara vuelta hacia la sociedad, pero no se agota en es; su mirada originaria se orienta hacia la eternidad y desde ahí contempla la actividad política y permea la acción social. Anuncia y señala ya dentro de la historia una salvación que la historia no puede producir, una liberación tan plena que engendra la perfecta libertad, pero que empieza ya ahora aquí en la tierra.

Estos dos reductismos desgarran la transparencia y la unidad del proceso encarnacional. Hay que superar este dualismo antitético y establecer una correcta articulación y una relación adecuada entre la liberación humana y la salvación en Jesucristo: “La Iglesia se esfuerza por insertar siempre la lucha cristiana a favor de la liberación en el plan global de la salvación que ella misma anuncia” (Evangelii nuntiandi, 38; Puebla, 483; ver también Evangelii nuntiandi, 35; Puebla, 485).

El postulado de la historia y de la fe consiste en buscar una liberación integral que abrace todas las dimensiones de la vida humana: corpo-espiritual, personal-colectiva, histórico-trascendente. Cualquier reductismo, ya por el lado del espíritu, ya por el lado de la materia, no se ajusta a la libertad del hombre, al único designio del Creador y a la realidad central del anuncio de Jesús, el reinado de Dios, que abarca la totalidad de la creación.’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 10-12.

domingo, noviembre 12, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M. (I)

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‘La encarnación no sólo constituye uno de los misterios axiales de la fe cristiana, sino que abre también una nueva forma de entender la realidad, pues significa la mutua presencia de lo divino y lo humano, la intercompenetración de lo histórico y lo eterno. Cada una de estas dimensiones conserva su propia identidad, pero entrando al mismo tiempo en la composición de otra realidad. Jesucristo, hombre y Dios a la vez, constituye la realidad de la encarnación, paradigmática y suprema. Para comprender la novedad de esta realidad no bastan las categorías de trascendencia e inmanencia, claves del pensamiento griego, que captan, sí, el momento diferencial de cada una de esas dimensiones —lo humano no es lo divino y lo divino no es la humano—, pero no consiguen dar la razón de la coexistencia y de la mutua inclusión de ambas en el mismo y único ser. Es necesaria la ayuda de una categoría diferente, la transparencia, la cual intenta traducir la presencia de la trascendencia dentro de la inmanencia, haciendo que la una sea transparente a la otra. Lo humano es el lugar de la realización de lo divino: éste transfigura a aquél; surge una nueva realidad en tensión, compuesta por otras dos de naturaleza diferente.

1. La ley de la encarnación

El cristianismo hay que entenderlo como la prolongación del proceso encarnacional de Dios. Igual que el Hijo lo asumió todo para liberarlo todo, así la fe mira a encarnarse en todo para transfigurarlo todo. En este sentido decimos que todo, en cierto modo, pertenece al reinado de Dios; porque todo está objetivamente conectado con Dios y avocado a pertenecer a la realidad del reinado de Dios. De ahí que la fe no se interesa solamente por las realidades llamadas espirituales y sobrenaturales, sino que valora también las materiales e históricas. Todas ellas pertenecen al mismo y único proyecto encarnacional, en fuerza del cual lo divino penetra lo humano y lo humano entra en lo divino.

Debido a esta compenetración, la comunidad cristiana se compromete en la liberación del hombre en su integralidad y no sólo en su dimensión espiritual. También la corporalidad (que en su sentido pleno entraña la dimensión infraestructural económica, social, política y cultural) está llamada a la absoluta realización en Dios y a formar el reinado del Padre. Por eso la comunidad cristiana, sobre todo en estos últimos años, se ha comprometido cada vez más en la liberación de los oprimidos, de los condenados “a quedarse en los márgenes de la vida, con hambre, enfermedades crónicas, analfabetismo, empobrecimiento...”. La Iglesia —proclamó Pablo VI y lo repitió Puebla— “tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización” (Puebla, 26; Evangelii nuntiandi, 30). Y se compromete en esta tarea temporal porque tiene conciencia de que lo temporal está grávido de gracia y de realidades que pertenecen al reinado de Dios y que son transparentes y sacramentales. Con razón cantaba el poeta: “Barrendero que barres las calles, tú estás barriendo el Reino de los cielos” (D. Marcos Barbosa).’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 9-10.