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martes, abril 03, 2007

‘¿Dónde estás, Adán?’

Ary Stillman, Rabbi.

El rabino Shnuer Zalman, de Rusia del norte, muerto en 1813, fue encarcelado en San Petersburgo porque sus adversarios habían denunciado sus principios y su modalidad de vida. Se hallaba esperando el juicio cuando el jefe de los gendarmes entró en su celda. El rabino, con su majestuosa y tranquila expresión, estaba a tal punto sumido en sus meditaciones, que al principio no percibió la llegada de su visita. El jefe, un hombre perceptivo, se dio cuenta de la clase de persona que tenía ante sí. Comenzó a conversar con el prisionero y trajo una serie de cuestiones que le habían surgido mientras leía las escrituras. Finalmente interrogó: ‘¿Cómo debemos entender el hecho de que Dios, que todo lo sabe, pregunte a Adán: “¿Dónde te encuentras?”’ [Gn III, 9].

—Crees tú —contestó el rabino— que las escrituras son eternas y que todas las épocas, todas las generaciones y todos los hombres están incluidos en ella?

—Creo que sí —dijo el otro—.

—Pues bien —dijo el zaddik (nombre que reciben los líderes o rabinos de las comunidades jasídicas)—, en cada época Dios llama a cada hombre: ‘¿dónde estáis en vuestro mundo? Tantos años y días han pasado y, ¿cuán lejos habéis avanzado en vuestro mundo?’ Dios dice algo así como: ‘Has vivido 46 años, y ¿cuán lejos has llegado?’.

Cuando el jefe de los gendarmes le oyó mencionar su edad tuvo un sobresalto, apoyó la mano en el hombro del rabino y dijo: ‘¡Bravo!’, pero su corazón temblaba’.

¿Qué ocurre con este cuento?

Al principio nos recuerda ciertos cuentos talmúdicos en los cuales un romano o algún pagano interroga acerca de un fragmento bíblico con la intención de señalar una supuesta contradicción en la doctrina religiosa judía. Normalmente se responde explicando que tal contradicción no existe, o se refuta de alguna otra manera, agregando algunas veces a la respuesta una advertencia. Pero de inmediato advertimos una gran diferencia entre aquellos cuentos talmúdicos y esta narración jasídica. Esta diferencia consiste en el hecho de que en el cuento jasídico la respuesta está dada en un nivel distinto al que fue planteada.

El jefe quiere indicar una contradicción en la doctrina judía. Los judíos creen en un Dios que todo lo sabe, pero en la Biblia Dios hace preguntas que son características de aquel que quiere aprender algo que no conoce. Dios busca a Adán que se ha escondido. Lo llama en el jardín, preguntando dónde está; puede parecer entonces que lo ignora, que es posible esconderse de su presencia, y en consecuencia, que Dios no es omnisciente. Ahora, en lugar de explicar el fragmento y resolver la aparente contradicción, el rabino toma el texto sólo como un punto de partida desde donde procede a cuestionar al jefe de su vida pasada, su falta de seriedad, su inconsistencia y su irresponsabilidad. Una pregunta impersonal que, aun con toda la seriedad con que pudiera ser formulada, no es en realidad una pregunta genuina, sino meramente una forma de controversia, pide una respuesta personal, o más bien, una admonición personal en lugar de una respuesta. Por lo tanto, nos da la impresión de que lo único que perdura en este tipo de respuestas talmúdicas es la advertencia que muchas veces la acompañaba.

Pero examinemos la anécdota más de cerca. El jefe quiere informarse acerca de un fragmento de las historias de Adán. La respuesta del rabino significa, efectivamente: ‘Tú mismo eres Adán, tú eres el hombre a quien Dios pregunta: ¿dónde estás?’. De este modo puede parecer que la respuesta no da ninguna explicación del fragmento como tal. Sin embargo, arroja luz no sólo sobre la situación de Adán, sino sobre la de todo hombre en todo lugar y momento. Porque tan pronto como el jefe escucha y comprende que la pregunta bíblica está dirigida a él, es inevitable que vea el significado que vea el significado de la pregunta de Dios: ¿dónde estás?, ya sea que la pregunta esté dirigida a Adán o a cualquier otro hombre. Al preguntar, Dios no espera aprender algo que no conoce; lo que anhela es producir un efecto en el hombre que sólo una pregunta de esta índole puede producir. Busca llegar al corazón del hombre siempre y cuando el hombre le permita llegar a su corazón.

Adán se esconde para evitar rendir cuentas, para escapar de la responsabilidad por su modo de vivir. Todo hombre se esconde con el mismo propósito, porque todo hombre es Adán y se encuentra en su situación. Para escapar de la responsabilidad de su vida, el hombre convierte la existencia en un sistema de ocultamientos. Y al esconderse de este modo una y otra vez ‘de la presencia de Dios’, el ser humano se sumerge en una alineación cada vez más profunda. De este modo surge una nueva situación, que se vuelve cada vez más cuestionable con cada nuevo escondite. Esto puede definirse concisamente del siguiente modo: el hombre no se puede escapar de la visión de Dios, pero al tratar de esconderse de Él, se está escondiendo de sí mismo. Es cierto que dentro del hombre también hay algo que busca, pero él lo hace cada vez más difícil para que ese algo lo encuentre. Esta pregunta está formulada para despertar al hombre y destruir su sistema de ocultamientos; es para mostrar al hombre la posición en que se encuentra y despertar en él la fuerza de voluntad para salir de ella.

Todo depende ahora de si el hombre enfrenta la pregunta. Por supuesto, el corazón de cada hombre, así como el del jefe, va a temblar cuando escuche la pregunta. Pero su sistema de ocultamiento lo ayudará a sobreponerse a esta emoción. Esto sucede porque la Voz no viene como un trueno que amenaza la existencia del hombre; sino como un suave y pequeño murmullo, fácil de ahogar. En tanto esto ocurra, la vida del hombre no se convertirá en un camino. Sea cual fuere el éxito o el placer que pueda lograr, las acciones que realice o el poder que consiga, su vida deambulará sin camino, en tanto no enfrente la voz. Adán la enfrenta, percibe el grado de sumergimiento y confiesa ‘Estuve escondido’. Éste es el comienzo del camino del hombre. La decisiva búsqueda dentro de nuestro corazón es una y otra vez el comienzo del camino en la vida del hombre. Esta búsqueda dentro de nuestro corazón es decisiva sólo si se convierte en el camino. Hay también una búsqueda estéril de uno mismo que no conduce a otra cosa que al sufrimiento, a la desesperación y a un sumergimiento aún mayor. Cuando el rabino de Ger enseñaba las escrituras se encontró con las palabras con que Jacob se dirigió a su criado: ‘Cuando Esaú, mi hermano, te encuentre y te pregunte: “¿Quién eres, adónde vas y quiénes son estos hombres que te rodean?”’, él le decía a sus discípulos: ‘Observen con atención cuán similares son las preguntas de Esaú con los dichos de nuestros sabios: “Sabed de dónde venís, hacia dónde vais y quién tendréis que rendir cuentas”. Se debe ser muy cuidadoso en la consideración de estas cuestiones, porque bien puede ocurrir que el mismo Esaú formule las preguntas y suma al hombre en la desesperación’.

Hay una pregunta demoníaca, espuria, que imita la pregunta de Dios, la pregunta por la Verdad. Su característica es que no se detiene en la frase ‘¿dónde estás?’, sino que continúa: ‘no hay salida del lugar a donde has llegado’. Esta es una búsqueda equivocada dentro del corazón de uno, no alienta al hombre a cambiar, ni le pone en camino. Esta falta de esperanza y la representación como algo completamente imposible, lleva al hombre a vivir en sus sistemas de ocultamientos sostenido únicamente por un orgullo alienante.

Tomado de: Martin Buber, ‘El camino del hombre según las enseñanzas del jasidismo’, en El camino del hombre, Buenos Aires, Altamira, 2003. pp. 59-63.

miércoles, enero 17, 2007

Cuando se pierde la fe...

‘Un día, un joven jasid fue a ver a rabí Pinjás de Koretz, famoso por su sabiduría y compasión, y le suplicó:

—¡Ayúdame! Necesito tu consejo y, todavía más, necesito tu intercesión. Mi angustia es tan grande y tan pesada que no puedo soportarla. Haz que se disipe, Maestro. En torno a mí y en mí el mundo se hunde bajo el peso de su tristeza y la mía. Haz que vuelva a alzarse, Maestro. Los hombres no son humanos; la vida ya no es sagrada. Las palabras están vacías: vacías de verdad, vacías de fe. Ya no sé hacia quién volverme ni de qué apartarme. Las dudas me asaltan, y lo hacen con tanto poder que ya no sé quién soy ni por qué existo, y lo que es peor: ni siquiera me importa ya saberlo. Maestro, ¿qué debo hacer? Dime, te suplico: ¿qué debo hacer?

—Ve y estudia la Torá —respondió rabí Pinjás de Koretz—. La Torá es el único remedio. Siempre lo ha sido. Ella contiene todas las respuestas. Ella es la respuesta. ¿Acaso lo has olvidado?

—No, no lo he olvidado —exclamó desesperado el discípulo—. Pero, desgraciado de mí, soy incapaz de estudiar. Mis certezas se tambalean; mi ímpetu se ha quebrado. Mi alma no sabe a qué aferrarse, dónde refugiarse: se va por el mundo errante y yo me quedo allá, abandonado como un desecho. Abro una página del Talmud y me quedo mirándola sin objetivo ni finalidad, todo el rato la misma página. Todas las frases me son opacas; cada palabra es un obstáculo, una pared más alta que el cielo. Soy incapaz de avanzar, de terminar un pensamiento. ¿Qué haré, rabí? ¿Qué debo hacer para avanzar?

Cuando un judío, aunque sea un rabí, no puede contestar, puede, al menos, contar una historia. Eso hizo el rabí de Koretz, e invitó a su visitante a que se acercara.

—Escucha —le dijo sonriendo—, lo que te pasa también me ocurrió a mí. Cuando tenía tus años, tropecé con los mismos obstáculos y me encontré esos mismos escollos. Conocí tus angustias. Fue un milagro que el corazón no se me rompiera, de tanta incertidumbre y tanto miedo. No entendía nada: el hombre y su destino, la creación y su destino... Luchaba contra tantas fuerzas tan negras, que me era imposible dar un paso. Iba quedando adherido a la niebla de las dudas y la desesperación me tragaba. Intenté orar, estudiar, meditar; fue en vano. Probé con la penitencia, la soledad, el silencio. En vano. Mis preguntas seguían amenazándome como antes. Era imposible avanzar hacia el futuro; ni siquiera podía imaginármelo. Un día oí que rabí Israel Baal Shem-Tov en persona, el Maestro del Buen Nombre, iba a venir a mi ciudad. Fui por curiosidad a la posada donde recibía a sus fieles. Los encontré en mitad de la oración. El Baal-Shem acababa de terminar la Amidá, la oración silenciosa. Retrocedió tres pasos. Me vio. Yo estaba seguro de que me no me veía más que a mí. Ante la intensidad de su mirada, tuve que bajar los ojos. De repente, me sentí menos solo. Volví a mi casa. Me fue posible abrir de nuevo el Talmud y continuar el estudio por donde lo había abandonado. Fíjate —dijo a su discípulo el rabí de Koretz—: las preguntas seguían abiertas y las dudas seguían angustiándome; pero podía continuar.’

Tomado de: Elie Wiesel, Contra la melancolía, Madrid, Caparrós, 1996. pp. 7-8.

martes, octubre 17, 2006

El sentido del ateísmo

Marc Chagall, Sol sobre París, ?.

Según un relato jasídico:

‘Una vez, un discípulo se dirigió a su rabí:
—Maestro, ¿todo en este mundo tiene un motivo?
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el propósito para que exista el ateísmo?
—Cuando un pobre hombre se dirige a ti y pide ayuda, ¡entonces sé un ateo! ¡No le digas a esa persona que Dios le ayudará! ¡Actúa como si no existiese nadie que pueda ayudar, excepto tú!’.

jueves, abril 13, 2006

¿Existe Dios?

Marc Chagall, Laubhüttenfest, 1916.

‘Uno de los ilustrados, un hombre muy instruido, que había oído hablar de Berditschewer, fue un día a buscarlo para, como solían hacer, disputar con él y machacar sus obsoletas pruebas a favor de la verdad de su fe. Cuando entró en el aposento del Zaddik, lo vio pasear por la habitación con un libro en las manos y sumido en profunda meditación. Ni siquiera se dio cuenta de que había llegado alguien. Por fin lo miró de soslayo y le dijo: “Quizá sea verdad”. El hombre instruido trató en vano de conservar la serenidad: el Zaddik le parecía tan terrible, su frase tan sencilla le resultó tan tremenda, que le empezaron a temblar las piernas. El rabí Levi Jizchak se volvió totalmente hacia él y le dijo muy sereno: “Amigo mío, los grandes de la Torá, con los que has disputado, se han prodigado en palabras; y tú, cuando te ibas, te has echado a reír. No han podido ponerte a Dios ni a su Reino encima de la mesa. Pero piensa esto: quizá sea verdad”. El ilustrado movilizó todas sus fuerzas más íntimas para contrarrestar el ataque; pero aquel “quizá”, que de vez en cuando retumbaba en sus oídos, oponía resistencia.’

Martin Buber, citado por Joseph Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo, Barcelona, Sígueme, 2005.