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viernes, marzo 03, 2017

‘El amor da una última oportunidad’ de Hans-Urs von Balthasar



Arthur Robins, Jesus Curses the Fig Tree, s/f.

En el Cantar de los Cantares leemos estas palabras: ‘Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo’ (VIII, 6). Hay dichos de Jesús que recuerdan estas palabras, aunque no cuadran mucho con la imagen almibarada que muchos se hacen del hombre de Nazaret. Tenemos que acostumbrarnos a oír palabras drásticas como éstas. En el Evangelio de hoy nos da la oportunidad de oírlas. Lo leo:

‘En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: «Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro». «Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?». Pero él respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás»”’ (Lc XIII, 1-9).

Dos verdades se contraponen frente a frente en estas palabras de Jesús. La primera se refiere al delito político del gobernador humano, pero también aquella desgracia en Siloé, al derrumbamiento de una torre, que sepultó bajo sí a dieciocho personas. ¿Podían interpretarse estas catástrofes como signo de la culpa de los que habían perecido, como los fariseos inclinaban a admitir? Jesús responde categóricamente: ‘No’. La segunda verdad se refiere a los mismos episodios, examinando los más extensamente en la parábola de la higuera: ¿Son inocentes los afectados por la desgracia? ‘No’, dice Jesús, y han sido pecadores del mismo modo que vosotros, los que preguntáis, y estáis expuestos al castigo del mismo modo e igual que los que ya han sido alcanzados por él. También, vosotros, de esas noticias de los periódicos en la sección de ‘accidentes y crímenes’, sólo podéis sacar una lección razonable: conversión, cambio de vida radical, giro de 180 grados. Y, ciertamente, no en cualquier momento en el futuro, cuando a vosotros os convenga, la recesión sea más fuerte y los medios de vida más escasos, sino ahora, porque ahora le viene bien a Dios y por ello, como dice Juan el Bautista, ya está puesta el hacha a la raíz de vuestro árbol. Para la higuera es el momento ideal de dar el fruto que se espera impacientemente de ella; incluso el mirador que pide un aplazamiento tiene que admitir el próximo año puede ser demasiado tarde, y sin duda será demasiado tarde si el árbol sigue siendo mucho tiempo infecundo y esquilma a la tierra como un parásito.

No se puede afirmar de ningún modo que en este evangelio no es posible percibir el amor de Dios. Aparece incluso de múltiples formas, aunque en cierto modo como un amor está tan cansado de los Hombres, que parece que ha llegado al final de su paciencia y tiene que adoptar la forma de la advertencia.

En primer lugar, Jesús dice que Dios no remunera a los pecadores sólo por sus acciones, en el sufrimiento que le sea de ningún modo se puede ver la magnitud de su culpabilidad. Otros pueden haber cometido un pecado peor y, a pesar de todo, se les ha respetado la vida.

En segundo lugar, deja abierta una posibilidad a los que le interrogan. Sí, considerando la desgracia de los otros, deben considerarse advertidos, deben entenderla como una señal de Dios, deben cambiar la orientación de su vida. Observemos con qué énfasis habla Jesús aquí que ‘los demás habitantes de Jerusalén’, que, si no se convierten, eres eran todos del mismo modo: prevé la pronta y terrible ruina de la ciudad obstinada. En tercer lugar, según las palabras de Jesús, es propio de la naturaleza de la higuera que tenga que dar fruto. Dios ha puesto en su interior esta posibilidad para el bien y la utilidad. Luego el Hombre sólo tiene que seguir un impulso natural para responder a la exigencia de Dios de producir frutos.

En cuarto lugar, hay un intercesor bueno, que pide un último aplazamiento y que cavando y estercolando quiere hacer todo lo posible para conseguir fruto del recalcitrante.

Y, en quinto lugar, está la condescendencia del señor, que asiente este último aplazamiento.

Así, pues, el amor está ahí absolutamente presente, brilla por todas las rendijas; pero, por la tibieza y la insensibilidad de los Hombres y por su obsesión por hacer sospechosos de pecado a los demás, disculpándose a sí mismos, tiene que presentar los caracteres de una fuerza necesariamente enérgica. ‘Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo’. Hay sin duda alguna un punto en el que la longanimidad de Dios se agota, si el Hombre no utiliza el plazo que se le ha dado. Entonces, el amor de Dios tiene que recurrir a otros medios. Entiéndanlo bien: el amor de Dios. No digo que el amor de Dios esté limitado internamente, por ejemplo por su justicia. Muchos se lo imaginan así. Pero ninguno de los atributos de Dios está limitado, y mucho menos su amor. Lo mismo que su justicia y tampoco su misericordia. Todos ellos se compenetran recíproca e ilimitadamente. No se puede acusar a Dios, cuando en la parábola de los trabajadores en la viña paga a los que han llegado los últimos lo mismo que a los que han trabajado desde el amanecer, que sea por estado injusto. Que la justicia y del amor coinciden en Dios fue uno de los hallazgos felices de Santa Teresita. Pero desde luego coinciden de tal modo, que, desde un punto de vista concreto, el amor de Dios, para lograr sus fines, tiene que emplear medios duros. El juicio por el que tienen que pasar todos los pecadores, y que no los dejará pasar si no se han purificado a la corta o a la larga, este juicio tiene que ser inflexible. Absolutamente sin perdón, precisamente porque en él se ventila la posibilidad del perdón definitivo.

Vale la pena detenerse un momento en esta idea del juicio. Los católicos admiten la existencia de un purgatorio, de un tiempo de purificación. San Pablo hablar de él de un modo muy explícito en la I Carta a los corintios: ‘La obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego’ (III, 13-15). Aquí encontramos exactamente este carácter drástico del amor. Sólo que ahora no advirtiendo en el tiempo, sino interviniendo en el umbral del eternidad. El purgatorio no es otra cosa que una dimensión del juicio, el paso por éste, el sometimiento y adecuación a la norma inflexible, con la que hay que coincidir, para que se puede entrar en el reino de la vida eterna. Y a él debemos llegar. Por tanto, el fuego del amor divino debe quemar en nosotros todo lo que no sea conforme a él. Y esto, según como hayamos vivido aquí abajo, será más o menos doloroso, y quizá sea una aflicción muy horrible. Puede suceder entonces que todo nuestro edificio terrenal, todo con lo que pensábamos que debíamos identificarnos aquí abajo, se deshará en llamas y que sus ruinas ardientes caigan sobre nosotros, como ocurrió con la torre de Siloé. ‘Sufrirá el daño’, dice San Pablo, lamentará lo inútil y absurdo de su vida y, con ignominia y oprobio, tendrá que ponerse entre los párvulos para aprender el ABC del amor verdadero. Hasta ahora sólo sabía el ABC del egoísmo por fuera. ¿Qué puede hacer la misericordia divina con alguien así? Ni siquiera le entendería, ni siquiera la sabría aceptar. Se necesita una especie de lavado de cerebro del pecador, para que aprenda a ver qué tipo de ideología es el amor de Dios. Pero, al final, las ideas que Dios tiene son las únicas verdaderas, y en último término hay que conformarse sin duda ellas. En el juicio y en su fuego se pasará de lentamente a la última idea vida, la intuición última de Dios, y esta intuición es el Hijo crucificados Dios. Él es la verdad, y esta verdad tengo que dejármela decir. La verdad del pecado: ésta la has hecho tú. La verdad de la gracia: ésta la ha hecho Dios para ti. La conversión es siempre un proceso doloroso y solitario. Nadie puede hacerlo por mí, y yo tengo que aprender a amar exactamente lo que hasta ahora no quería y a abandonar exactamente lo que hasta ahora me gustaba.

Pero dejemos ahora el purgatorio y volvámonos al mundo. Como cristianos, no podemos explicar el sufrimiento en el mundo de otro modo que como un ocultamiento del rostro del amor divino ante la tremenda inclinación del mundo al pecado. Quizá pensamos que podemos afirmar que los menos pecadores tienen que sufrir más. Es probable entonces que esto suceda vicariamente por los demás. Los galileos de los que se habla en el evangelio habían ido precisamente a sacrificar a sus víctimas en el templo, cuando ellos mismos fueron sacrificados junto con ellas. Eran, comparados con otros, pecadores temerosos de Dios. Los menos culpables pueden ser encerrados en el campo de concentración y quemados en el Archipiélago Gulag. Desde el punto de vista de la cruz de Jesús, lo que ocurre sexto: que los mejores pueden sufrir vicariamente por los malos. Nosotros preferimos decir: deben sufrir. Y sufrir sin duda con verdadero rigor. Esto tendríamos que recordarlo, cuando lleguemos en el sufrimiento o al límite de nuestra paciencia, y evitar así la amargura.

En cualquier caso, de las palabras de Jesús deberíamos retener sobre todo la fuerza de su advertencia: ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. En este ‘si’ está la posibilidad de apartar la desgracia. Jerusalén hubiera podido convertirse. Todos nosotros podríamos convertirnos; entonces nuestro destino futuro sería distinto. El hacha está colocada la raíz de los árboles; pero con las palabras del Bautista se convierten muchos y se dejan bautizar. La higuera podría el año siguiente —el último que se le deja— dar fruto y evitar la ruina.

Tiene sentido, sin duda, aplicar todo esto también a nuestro país. Si Dios hubiera encontrado en Sodoma diez justos, la ciudad se habría salvado por la intención de Abraham. ¿Quién sabe cuántos justos y cuantos intercesores quedan en este país? Pero, ciertamente, si nosotros nos convirtiéramos, habría más, y quizá entonces bastantes. Sin embargo, una ligera sospecha nos dice que son probablemente menos que antes, cuando se rezaba más, se hacía más penitencia, se creía con más esperanza. Cuando se ennegrecía menos papel de sínodos y episcopados y de todos los posibles gremios dirigentes, para tirarlo a la papelera, pero nuestras parroquias estaban llenas de un sentido cristiano más auténtico. Cuando todavía no existía la rivalidad destructora entre la izquierda diluida y la derecha rígida e irritada. Entonces —en la última guerra— pareció grande la mano protectora de nuestro Abraham intercesor, de nuestro padre de la patria, del santo hermano Nicolás de Flue, bendiciendo y custodiando nuestra tierra.

‘Estáis salvados por su gracia’ (Ef II, 8). De esto deberíamos acordarnos, y de que de aquí no puede concluirse de ningún modo que la próxima vez volveremos a ser salvados por la gracia. ‘Os digo que no’, dice el Señor a los que le preguntan, y en este ‘os digo que no’ revela su omnipotencia de juez: ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. De la misma manera que los millones que ha perecido por nosotros, del norte, del sur, del oeste y del este. Nos va bien, estamos cubiertos con el oro que se refugia en nosotros y que acumulamos para otros y para nosotros mismos. Pero habría que preguntarse si este oro es realmente el abono evangélico que nos ayuda a dar fruto. Y esta denuncia afecta también a toda nuestra prosperidad que se ha convertido en nuestro estilo de vida y en la meta, casi involuntaria, de todas nuestras acciones y esfuerzos.

Todavía somos libres; tenemos que responder del gran donde la libertad, sin parangón en el mundo actual, por nosotros y por los otros. Pero en nuestras filas aumenta el número de los que codician las cebollas de Egipto, la casa de la esclavitud, y que desean hormiguear en la abundancia general, como dice nuestro Spitteler; que no quieran aprender ninguna lección de los árboles acostados de Europa, a los que se les ha quitado la libertad de dar fruto; que no esquilman la tierra, sino que ellos mismos son esquilmados; y para los que el sistema de los explotadores y capataces egipcios ya no significa ninguna atracción y fascinación. Las peras se pudren por dentro; sólo abriéndolas se ve su podredumbre. ¿Quién nos defenderá de la podredumbre de la inteligencia nuestro país? Una vez que se ha propagado lo bastante, difícilmente tendrá ya sentido extender una mano protectora sobre ella.



Pero no queremos ser fatalistas como estos fascinados; al contrario, dejémonos decir que la actitud personal, el cambio personal puede decidirlo todo. ‘Señor, déjala todavía este año, a ver si da fruto. Si no’, en nombre de Dios y para su mayor gloria, y para que deje sitio a otra mejor, ‘la cortas’.

Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, ‘Tú coronas el año con tu Gracia’. Meditaciones radiofónicas, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 48-53.


sábado, marzo 26, 2016

‘Chivo expiatorio y Trinidad’ de Hans-Urs von Balthasar


                       Andrea Mantegna, Lamentación sobre Cristo muerto, c. 1480-90.

¿Por qué este proceso, con un desenlace fatal para el condenado, que ocurrió hace casi dos mil años, no ha dejado tranquila a la Humanidad hasta hoy? ¿No se han producido otros innumerables simulacros de proceso, igualmente espectaculares, incluso en nuestros días, y precisamente en ellos, cuya injusticia manifiesta debería también sublevarnos y preocuparnos permanentemente, como el viejísimo proceso en el tiempo de la Pascua en Jerusalén? Sin embargo, todo el horror de los campos de exterminio y del archipiélago Gulag —a juzgar por la marea de libros y discusiones sobre Jesús, siempre muy alta, e incluso cada vez más en aumento— preocupan menos a la Humanidad que la ejecución de este único Inocente, del que la Biblia dice que Dios mismos tomó partido por él visiblemente —con su resurrección de los muertos— y ratificó que tenía razón.

¿Habrá sido, por tanto, claramente —y esto está en discusión— el único, grande y definitivo chivo expiatorio de la Humanidad, que cargó sobre él todas sus culpas y que quitó este pecado como el Cordero de Dios? Así lo afirma un etnólogo actual, René Girard, cuyos libros, en los últimos años, han tenido un gran éxito en América, Francia y ahora también en Alemania. Según él, toda cultura humana se habría construido desde el principio sobre el mecanismo del chivo expiatorio, es decir, sobre el astuto descubrimiento de los Hombres de que pueden superar sus agresiones mutuas, y lograr una paz al menos temporal, concentrando estas agresiones en un chivo expiatorio, elegido de algún modo al azar, y destinándolo a ser víctima, con la que se reconciliarían con una divinidad supuestamente encolerizada. Pero esta ira divina, según Girard, no sería otra cosa que la hostilidad mutua entre los Hombres. Y si este mecanismo, después de un tiempo de relativa pacificación, hay que repetirlo una y otra vez, para que la Historia universal pueda avanzar más o menos provechosamente, con el rechazo general de Jesús por los paganos, los judíos y también los cristianos habría alcanzado su cima absoluta: los pecados de todos, cargados sobre Jesús, habrían sido tomados y quitados por él realmente, de tal modo que, el que cree en esto, puede vivir en paz desde ahora con su hermano.

Las ideas de Girard son interesantes; actualizan de una manera nueva el proceso de Jesús. Pero hay que hacerle también esta pregunta: ¿por qué precisamente este asesinato, después de tantos otros, debe ser el acontecimiento definitivo de la Historia universal, el comienzo de la escatología? Si los Hombres han arrojado sus culpas sobre múltiples chivos expiatorios inocentes, ¿por qué este único portador de los pecados ha producido un giro tan radical para todo el mundo?

La respuesta es sencilla para el creyente: lo decisivo aquí no fue que nosotros descargáramos gustosamente nuestras culpas una vez más sobre alguien. Naturalmente, nadie tiene la culpa de la condena: Pilato se lava las manos y se declara inocente; los judíos se escudan detrás de su Ley, que les exige condenar a un blasfemo: obran como Hombres piadosos y temerosos de Dios; el mismo Judas se arrepiente de su acción, devuelve el dinero de la sangre y, como no quieren aceptárselo, se lo arroja a los sumos sacerdotes. Nadie tiene la culpa. Pero precisamente porque todos quieren lavarse las manos, son declarados por Dios como también culpables de la muerte de este Justo. No es lo que los Hombres hacen lo que, en último término, tiene importancia.

Sino que hay aquí uno que está dispuesto, y también lo puede, a cargar sobre sí los pecados de los Hombres. Esto no lo ha podido ninguno de los otros chivos expiatorios. Y para asumir esa responsabilidad, según la concepción del Nuevo Testamento, el Hijo de Dios se hizo Hombre. Para vivir de cara a la ‘hora’ que le espera al final de su existencia; para el terrible bautismo con el que tiene que ser bautizado, como él dice; para la hora que no sólo le esposa externamente y lo lleva ante los tribunales, no sólo desgarra su cuerpo con azotes y le clava en el madero, sino que penetra en su alma, su espíritu, su relación más íntima con Dios, su Padre, y lo llena todo con la soledad y el espanto mortal de estar abandonado, como con una sustancia de veneno mortal, completamente extraña para él, hostil, que le impide cualquier acceso a la fuente de lo que él vive.

En el horror de estas tinieblas, de esta pérdida de Dios, se pronuncian en el Monte de los Olivos estás palabras: ‘Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz’. El cáliz del que se habla aquí es bien conocido en el Antiguo Testamento: es el vaso lleno de la ira y la cólera de Dios, que tiene que ser vaciado por los pecadores hasta las heces y con el que muchas veces se amenaza, o se le obliga a tomarlo a la infiel Jerusalén o también a los pueblos enemigos, como Babilonia. Con el mismo horror de esta oscuridad en el alma se profiere en la cruz el grito, la pregunta de por qué Dios ha abandonado al torturado. El que grita sólo sabe que está abandonado; el por qué no puede saberlo en plena oscuridad. No puede saberlo en absoluto, porque la sola idea de que pudiera ser un sufrir vicariamente las tinieblas de los otros sería ya un resplandor, un momento de lucidez. Pero tal cosa no se concede ahora, ya que se trata, absolutamente en serio, de purificar la relación entre Dios y el mundo culpable.

El que padece la noche es el Inocente por excelencia; ningún otro podría soportarla eficazmente en sustitución vicaria. ¿Qué Hombre normal o extraordinario tendría en sí mismo precisamente un espacio tan grande, como para dar cabida a todas las culpas del mundo? Tal espacio sólo puede tenerlo en sí uno que, en una distancia divina, esté cara a cara con el Padre eterno, o sea, el Hijo que, también como Hombre, es Dios.

Es esto un misterio insondable, porque existe de hecho una diferencia infinita entre el seno engendrador de Dios Padre y el fruto engendrado, el Hijo, aunque los dos, en el Espíritu Santo, son un único Dios. Muchos teólogos dicen hoy con razón: esta diferencia se hace completamente clara precisamente en la cruz; precisamente en ella se manifiesta plenamente el misterio de la Trinidad divina. La distancia es tan grande —porque en Dios todo es infinito—, que toda la alienación y el pecado del mundo tiene sitio en ella, que el Hijo puede asumirlos en su relación con el Padre, sin que el mutuo amor eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo sufra daños por eso, o se modifique. El pecado se consume en cierto modo en el fuego de este amor, porque Dios, dice la Escritura, es un fuego devorador, que no tolera en sí nada impuro, sino que lo abrasa.

Jesús, el crucificado, padece en nuestro lugar nuestra lejanía y oscuridad interna de Dios, y esto tanto más dolorosamente, cuanto menos ha tenido él la culpa de ella. Para él, como ya se ha dicho, no tiene nada de familiar, sino que es lo extraño, lo lleno de horror por excelencia. Sí, sufre algo más profundo que lo que un Hombre normal, aunque fuera condenado por Dios; puede sufrir, porque sólo el Hijo, el que se hizo Hombre, sabe quién es en verdad el Padre y lo que significa tener que estar privado de Él, haberle perdido aparentemente para siempre. No tiene sentido llamarle infierno a este sufrimiento, porque en Jesús no existe ningún odio a Dios; sólo un dolor más profundo y más intemporal que el que podría soportar un Hombre normal en la vida o después de la muerte.

Tampoco se puede decir de ninguna manera que Dios Padre ‘castiga’ en lugar nuestro al Hijo doliente. No se trata de castigo, porque la obra que aquí se lleva a cabo entre el Padre y el Hijo bajo la acción del Espíritu Santo es amor puro, purísimo y, por eso, también obra de la voluntad más pura, por parte del Hijo lo mismo que por la del Padre y del Espíritu. El amor de Dios es tan rico, que puede asumir también esta forma de oscuridad, por amor a nuestro mundo oscuro.

Y nosotros, ¿qué podemos hacer? ‘Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde’. Como si el cosmos sintiera lo que aquí acontece de decisivo, como si participara en el oscurecimiento del alma de Cristo. Nosotros no necesitamos oscurecernos; somos ya bastante extraños y oscuros. Basta que en el mundo oscuro que nos rodea nos mantengamos en la fe y hagamos que para nosotros sea verdad que toda la luz interior, toda la alegría y seguridad interior, toda la confianza en la vida se debe a la oscuridad del Gólgota, y que nunca olvidemos dar gracias a Dios por esto.

En este agradecimiento, muy junto a él, debe expresarse también la súplica que podemos compartir, si Dios lo permite, una pequeñísima parte del sufrimiento de la cruz, de su miedo interno y su oscuridad, si eso puede contribuir a la reconciliación del mundo con Dios. Que es posible compartir la cruz con él nos lo dice el mismo Jesús, cuando nos invita a cargar diariamente con nuestra cruz. Y lo dice San Pablo, cuando afirma que sufre por él y los cristianos, completando en su carne los dolores de la cruz de Cristo. Debemos tener confianza cuando la vida nos resulta difícil y aparentemente sin salida. También estas tinieblas nuestras pueden ser incorporadas a la gran oscuridad de la redención, a través de la cual brilla la luz de Pascua. Y si alguna vez nos parece demasiado duro lo que se nos pide, si los dolores son insoportables y el destino que se nos exige nos parece verdaderamente absurdo, precisamente entonces estamos muy cerca del Hombre clavado en el Calvario, porque justamente esto lo pasó él antes por nosotros con una intensidad inimaginable. No podemos exigir entonces que en lo que se nos presente como absurdo se nos dé un sentido que nos tranquilice; sólo podemos perseverar hasta el final, silenciosos, como el crucificado, sin ver nada, frente al oscuro abismo de la muerte. Detrás de este abismo nos espera algo que ahora no podemos ver, y probablemente tampoco considerar verdadero: un abismo distinto de luz, en el que todo el sufrimiento del mundo queda albergado en el corazón siempre abierto de Dios. Entonces se nos permitirá meter, con el apóstol Tomás, nuestra mano en esa herida abierta —la herida en la que físicamente palpamos que el amor de Dios desborda todo sentido humano— para decirle rezando al igual que el discípulo: ‘Señor mío y Dios mío’.

Hans-Urs von Balthasar, ‘Viernes Santo’, en ‘Tú coronas el año con tu Gracia’, Madrid, Encuentro, 1997, pp. 73-77.

viernes, agosto 18, 2006

Día de San Alberto Hurtado, SJ


He de admitir que el domingo pasado no fui a misa y que mi ‘voy en la semana’ no se había concretado hoy viernes. Para mi fortuna, hoy fui a comer a una comunidad jesuita en el centro de la ciudad y, previo a la comida (un pescado delicioso y acompañado con vino, sentado a la mesa con jesuitas de varias generaciones, con un invitado argentino y otro estadounidense), asistí a una misa en la capillita de la casa, ¡y vaya coincidencias de la fiesta y las lecturas de hoy! Un santo jesuita y actual y mis pasajes favoritos del Nuevo Testamento:

‘¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen de sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué nos sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe”’. De la Carta del apóstol Santiago, II, 14-18.

‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y a los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y mi disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí”. Entonces los justos responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?”. El Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”’. De la Buena noticia según San Mateo, XXV, 31-40.

El padre Luis Alberto Hurtado Cruchaga, SJ (Viña del Mar 1901 – Santiago 1952) fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 1994 y reconocido en el catálogo de los santos por Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005.

Estudió la carrera de leyes en la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero entró al noviciado de la Compañía de Jesús en 1923 y fue ordenado sacerdote diez años más tarde.

El padre Hurtado es un ejemplo perfecto de las enseñanzas de la Escritura y de la ‘promoción de la fe en la justicia’ proclamada por la Compañía de Jesús: fue capellán del grupo Acción Católica, donde trabajó con jóvenes, ganándose su admiración y cariño, y fundó El hogar de Cristo, un refugio para niños y niñas desposeídos. Entre sus labores apostólicas destaca la creación de la prestigiosa revista Mensaje y del Sindicato Chileno, asociación que abogaba por los derechos de los trabajadores y el respeto de su dignidad, pero desde una perspectiva de valores cristianos.

Hace unos días discutía con mi querido amigo sudafricano, Christian Uitzinger (pronto a comenzar su formación para el sacerdocio de la Iglesia Anglicana), sobre mi limitado espíritu ecuménico. No lo niego: mi respeto o cariño por otras religiones (sobre todo el judaísmo y el Islam) termina ante las puertas de los hijos de Lutero, Calvino, Zwinglio y compañía… Los únicos que considero legítimos hermanos separados son los ortodoxos y los anglicanos. Y así como Chris tiene un gran cariño por Roma, yo lo tengo por Lambeth (el palacio sede del Arzobispo de Canterbury), a pesar de nuestras muchas diferencias. Aunque no nos pongamos de acuerdo, podemos discutir muy a gusto sobre la ordenación de mujeres, moral sexual o el legado de Juan Pablo II… no fue así cuando, hablando sobre los protestantes, llegamos al tema de la Salvación. ¿Salvación por la fe o por las obras o por la fe y las obras?

Mi teología es muy veterotestamentaria (judaizante, quizá) y es por eso que soy católico, porque para mí los dos pasajes de la Escritura citados arriba resumen tanto el mensaje evangélico como la Ley de la antigua Alianza. El Reino de Dios no es nada más para el final de los tiempos, sino para el aquí y al ahora; el Paraíso se gana aquí y ahora. El Dios bíblico no quiere que crean en Él, lo adoren y lo alaben, sino que se siga su santa Voluntad, por medio de la cual no sólo seremos felices aquí y ahora, sino que obtendremos la vida eterna junto a Él. A un Dios que es amor no se puede llegar sino por medio del amor.

No cabe duda de que el padre Hurtado creía en Dios y profesaba su fe todos los días. Mas, ¿habría tenido una vida santa sin su amor derramado sobre los jóvenes, los niños desamparados o los obreros sumidos en la injusticia y tentados por el marxismo?

G. G. Jolly