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viernes, marzo 07, 2008

Nuestro nuevo prepósito general (videos)

Primero que nada, un honroso adiós al rvdo. p. Peter-Hans Kolvenbach, SJ. El Sumo Pontífice, la Iglesia entera, los hijos de san Ignacio y tanta gente beneficiada por su obra y la de la orden que dirigió con tanto ahínco, le están profundamente agradecidos.


Foto: Don Doll, SJ

Y damos la bienvenida al rvdo. p. Adolfo Nicolás, SJ, XXIX sucesor de San Ignacio de Loyola al frente de la Compañía de Jesús, por lo que presento, primero, un breve video en que el mismo padre Nicolás habla de su experiencia espiritual y, después, una serie de tres videos en que la periodista Carmen Aristegui interroga al eminente teólogo Luis del Valle, SJ y al sociólogo de las religiones Bernardo Barranco sobre la figura de la nueva cabeza de los jesuitas y los retos que éstos enfrentan de cara al siglo XXI y a la jerarquía eclesiástica.







jueves, febrero 07, 2008

Doble adiós en la Iglesia

Finalmente, tras una larga ausencia debido a las misiones navideñas, las vacaciones y los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (¡un mes entero en completo silencio y aislamiento!), hago mi retorno poco triunfal a este espacio electrónico.

Y quisiera empezar el año haciendo mención de dos renombrados hombres de Iglesia, si bien no podrían ser más distintos uno de otro: me refiero al padre Marcial Maciel Degollado, LC, fundador y superior general de la Legión de Cristo y del movimiento laico Regnum Christi, fallecido el pasado 30 de enero; y al padre Peter-Hans Kolvenbach, SJ, prepósito general de la Compañía de Jesús entre 1983 y 2008.

Maciel nació en el pueblo de Cotija, Michoacán, en 1920. Seminarista desde los dieciséis años y ordenado sacerdote muy joven por uno de sus tíos obispos, fundó la Legión de Cristo en 1941, una congregación religiosa de sacerdotes, cuyo modelo a seguir fue la Compañía de Jesús preconciliar. La Legión, de manera vertigionosa y constante, en especial bajo el pontificado de Juan Pablo II, ha gozado de un crecimiento inusitado en adeptos, simpatizantes, obras apostólicas, influencia y detractores. Hoy día, con varias universidades, decenas de colegios, parroquias, los aproximadamente 75 mil miembros del Regnum Christi, presencia en más de veinte países, 800 sacerdotes y 2.500 novicios y religiosos en formación (además de tres obispos egresados de sus filas), se ha convertido en una de las congregaciones más influyentesy, en definitiva, el mayor aporte de México a la Iglesia universal en los últimos tiempos. Ése es el legado tangible y loable del padre Maciel. Sin embargo, las denuncias de abuso sexual, presentadas contra él por ex legionarios en los años noventa y la definitiva (aunque tardía) sentencia vaticana en el 2005 han manchado para siempre, y quizá de forma irreparable, la imagen de ‘santo’ y el legado personal del fundador, sin mencionar lo discutido de algunos aspectos del carisma legionario: la llamada ‘teología de la prosperidad’, el tradicionalismo de sus formas y doctrinas o su enorme cercanía con las clases dominantes…

Peter-Hans Kolvenbach, por su parte, es oriundo de Druten, Holanda. Hijo de un empleado de banco holandés y una italiana. Entró en la Compañía de Jesús a la edad de veinte años, en 1948, y, tras estudiar filosofía en Nimega, fue enviado al Líbano, donde pasaría la mayor parte de su vida apostólica. Hizo la teología en la Universidad de San José, en Beirut, y realizó diversos estudios en Francia y Estados Unidos. Es especialista en lengua y literatura armenias, además de ser sacerdote de rito armenio, y por tanto de una profunda espiritualidad oriental. Profesor de lingüística y viceprovincial, vive en carne propia la guerra en el Líbano, hasta que, en 1981, Pedro Arrupe, general de los jesuitas, le designa rector del Pontificio Instituto Oriental de Roma. Tras la incapacidad de Arrupe y la imposición, por parte del Papa, de un delegado apostólico para gobernar la orden, la XXXIII Congregación General le elige para suceder a aquél, el 13 de noviembre de 1983.

Estuvo al frente de la orden de San Ignacio (es decir, gobernando sobre 20 mil jesuitas) durante un cuarto de siglo, hasta que, reunido el pleno de la XXXV Congregación General y aceptada la renuncia al cargo, supuestamente ad vitam, por S. S. Benedicto XVI, le sucedió el español Adolfo Nicolás. Kolvenbach tomó las riendas de la orden en un momento delicadísimo; puso fin al estado de excepción en el gobierno interno, renovó y mejoró las tensas y frías relaciones con Juan Pablo II, al mismo tiempo que se mantenía fiel a la renovación del Vaticano II, de Arrupe y de la XXXII Congregación General, con su famoso decreto IV, el de la ‘promoción de la justicia’. También insistió en la renovación espiritual y en adaptar la formación religiosa a las nuevas exigencias de la época, ayudó a superar los conflictos y divisiones posconciliares dentro de la Compañía, supo dar libertad a la innovación (a los apostolados de frontera que elogiaba Pablo VI) y acotar los excesos. En pocas palabras: con callada prudenca oriental y no poco valor llevó a la Compañía de Jesús al siglo XXI, fiel al sucesor de San Pedro, fiel a sí misma y fiel a los signos de los tiempos: testimonio de ello son los 28 jesuitas que sufrieron una muerte violenta durante su generalato. Sus 20 mil hijos y la Iglesia toda le estamos sumamente agradecidos.

G. G. Jolly, nSJ

viernes, noviembre 02, 2007

‘¡Ya voy, Señor, ya voy!’


El 31 de octubre, la Iglesia y, especialmente, la Compañía de Jesús celebraron la fiesta del hermano San Alonso Rodríguez, SJ y, con él, a todos los demás hermanos coadjutores de la orden. Quisiera, pues, dar a conocer su testimonio ejemplar presentando su biografía y una alocución del actual general de los jesuitas, el p. Peter-Hans Kolvenbach, SJ.

Biografía

San Alonso Rodríguez (Segovia, España, 1533 – Palma de Mallorca, España 1571) era hijo de un acomodado comerciante de lanas y paños. Cuando el Beato Pedro Fabro, SJ fue a Segovia a dar una misión (1541), se hospedó en casa de los Rodríguez y preparó a Alonso para su primera comunión. Cuando tenía unos trece años, fue con su hermano mayor, Diego, a estudiar a Alcalá, pero antes de acabar el curso murió su padre (hacia 1546). Su madre, no pudiendo llevar sola el negocio t sus nueve hijos pequeños, le pidió que volviese a casa para ayudarla. En 1558, se casó con María Juárez y tuvo tres hijos. Pero su vida matrimonial no duró mucho: en dos o tres años murió su hijo Gaspar, luego su hija María, poco después su esposa (hacia 1567) y, por fin, su hijo menor Alonso. Además, su negocio declinó tanto que tuvo que cerrarlo. En su desgracia, buscó guía espiritual en los jesuitas Luis de Santander y Juan B. Martínez. A través de estos tristes sucesos, Dios lo llevó a una vida de unión íntima con Él. Durante estos meses de soledad, oración y penitencias, creció en Alonso el deseo de hacerse jesuita. Pidió, pues, su admisión en la Compañía de Jesús, pero se le dijo que era demasiado viejo (de unos treinta y cinco años), no gozaba de suficiente salud y carecía de los estudios necesarios para el sacerdocio.

Decepcionado aunque no vencido, fue (1568) a Valencia, adonde habían destinado a Santander, su padre espiritual, que le animó a estudiar para el sacerdocio y pedir luego su admisión. A los dos años, Alonso la solicitó, añadiendo que, si no podía ser sacerdote, aceptaría con gusto ser hermano. Una vez más, sus examinadores dieron una respuesta negativa, pero el provincial, Antonio Cordeses, desoyó esta opinión y, al parecer, dijo: ‘¡Vaya, recibámosle para santo!’.

Hechos seis meses de novicio en el colegio San Pablo de Valencia, fue enviado (agosto 1571) al de Montesión de Palma de Mallorca, donde permaneció hasta su muerte, cuarenta y seis años después. Tuvo diversos cargos domésticos hasta que empezó (1579) su oficio de portero. En el desempeño de su cargo, animaba a los estudiantes, aconsejaba a los atribulados, consolaba a los enfermos y distribuía limosna a los necesitados. Trabajó en la portería quince años —una actividad monótona y repetitiva que requería humildad y santidad—. Ya con sesenta y un años, y de precaria salud, fue dispensado de largas horas de portería y permitido ser el asistente del nuevo portero.

Nadie —fuera un estudiante seglar o un jesuita— fue a Montesión sin dejar sentir su influjo. Cuando San Pedro Claver, SJ llegó al colegio en 1605, hablaba con él sobre la oración y el seguimiento. Fue Rodríguez quien lo urgió a pedir las misiones de la América española. En 1615, ya débil y encorvado, se confinó a su cama, y sólo se levantaba de vez en cuando para asistir a misa. Murió dos años después.

La calidad y profundidad de su vida de oración fue conocida sólo por pocos durante su vida; y solamente, tras su muerte, al descubrirse sus memorias y apuntes espirituales (catorce cuadernos), se supo que Alonso se vio favorecido por notables gracias místicas, éxtasis y visiones. Su espiritualidad es cristocéntrica, llegando a hablar expresamente de ser introducido en al Corazón de Jesús. La fuente básica de sus escritos fue su propia experiencia: sus apuntes tratan de la oración, presencia de Dios, mortificación, obediencia, etc., y sus memorias, redactadas por orden de su superior, se inician con las palabras: ‘Memoria de algunas de las cosas, las que han acontecido a aquella persona’. Se publicaron bajo el título de Autobiografía, y se han traducido a varias lenguas. Tofos sus escritos los editó Jaime Novell en tres volúmenes. El proceso de beatificación empezó a los dos años de su muerte (1619). Beatificado por León XII el 20 de mayo de 1825, fue canonizado por León XIII el 15 de enero de 1888.

Tomado de: E. Anel, en Charles O’Neill, SJ y Joaquín María Domínguez, SJ [editores], Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, IV, Institutum Historicum S. I. y Universidad Pontificia Comillas, Madrid, 2001. p. 3393.

Alocución del Padre General en el 1er. Centenario de la Canonización de San Alonso Rodríguez, SJ

‘Como Hermano, era plenamente miembro de la Compañía de Jesús, participando estrechamente en la vocación y misión única de todo jesuita’ (Lc XIV,1.7-11).

Al celebrar hoy alrededor de la mesa del Señor el primer centenario de la canonización de San Alonso Rodríguez, la Iglesia nos propone el Evangelio que proclama esta bienaventuranza: ‘El que se enaltece, será humillado, y el que se humilla será enaltecido.’ La vida y la actividad de San Alonso están profundamente marcadas por esta bienaventuranza. Puesto que nosotros tenemos tanta dificultad en tomarla en serio, el Señor recurre a nuestro buen sentido. Todavía en el Próximo Oriente el principio de un banquete es com­plicado, pues todos intentan ponerse en un puesto, todos tratan de sentarse delante. Una vez conquistado un sitio preferente, llega un huésped de más categoría, y hay que abandonado: uno se siente humillado. Al contrario, dice el Señor, cuando uno se pone en el último puesto, será invitado por el dueño de la casa a ocupar un puesto mejor, y será enaltecido.

Los que oían a Jesús hablar pensaban probablemente que este consejo era demasiado bello para ser verdadero. El que escoge el último puesto en la mesa tiene gran peligro de quedarse allí definitivamente, pues hay tantos candidatos para los primeros puestos, que hace falta un dueño de casa verda­deramente excepcional: para apreciar la humildad. Precisamente el Señor es ese dueño excepcional: aprecia al hombre en su justo valor, en lo que es ver­dad, verdaderamente. Al que se enaltezca, será Dios quien le humille; al que se humille, Dios le enaltecerá. Nuestra Señora lo canta en el Magníficat: ‘Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’.

No debemos pensar que San Alonso era conocido en la Isla de Mallorca como un ‘minus habens’, como un ignorante o un incapaz. Antes de entrar en la Compañía había tenido su experiencia en la vida como estudiante y como comerciante. Durante muchos años desempeñó en el Colegio de Mon­tesión el cargo delicado y complejo de portero. No sólo tenía una gran fami­liaridad con Dios, sino que sabía expresarla en palabras escritas —verdade­ros tratados de espiritualidad— y en palabras de hombre a hombre, ayudan­do a tantas personas a encontrar el camino hacia Dios. Como Hermano, era plenamente miembro de la Compañía de Jesús, participando estrechamente en la vocación y misión única de todo Jesuita. Su grandeza y santidad no consistieron en ser menos hombre, sino en ser —como él mismo lo dice­: hombre en la verdad de Dios, el único que nos hace verdaderamente hom­bres—. San Alonso encuentra palabras desconcertantes para confesar la verdad de nuestro origen: hemos surgido de la mano de Dios… para confesar la rea­lidad de nuestra existencia humana: sin Dios no podemos hacer nada… para confesar el único sentido de nuestra vida: ‘Él conmigo, yo con Él para siem­pre’. En la luz gozosa y estremecedora de esta verdad, San Alonso medía su nada, pero también su corazón de hombre, siempre tentado de olvidar su ori­gen y su fuente en busca de primeros puestos, a los que en ningún modo tiene derecho.

Inspirado por los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, Alonso medía su verdadero valor —ninguno— y de ahí la desconcertante gratuidad de Jesús que quiso tener a Alonso como compañero… quiso tener necesidad de él para continuar su obra de salvación entre los estudiantes del Colegio, los jesuitas de la comunidad de Montesión y los habitantes de la Isla. Los dones huma­nos y el valor espiritual que San Alonso poseía, no se los arrogó él para ocu­par un primer puesto: reconoció que todo lo había recibido y entonces dejó al Señor disponer de todo y fue Él el que le dijo: ‘Alonso, amigo mío, sube más arriba’.

Vivir la humildad, decía la gran Santa Teresa de Ávila, es vivir en la ver­dad. Para San Ignacio la humildad era vivir como compañero la verdad de Cristo, queriendo y eligiendo, por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores... San Alonso vivía esta humildad que abaja quizá al hombre en nuestras falsas perspectivas y según nuestras medi­das engañosas, pero que eleva al hombre a los ojos de Dios y de todos los que viven en esta verdad. Alonso vivió como Hermano Coadjutor esta voca­ción, como más tarde su hijo espiritual —uno entre tantos otros—, San Pedro Claver, viviría una humildad igual como sacerdote.

Según las palabras del Provincial que decidía la admisión de Alonso en la Compañía, contra la opinión de sus Consultores, Alonso tenía demasiada edad para poder ser Sacerdote en la Compañía, y su salud no era suficiente para admitirle como Hermano; en tal caso, sería admitido para Santo. En efecto, dejándose transformar por Cristo, testimoniaba esa inversión de valo­res que anuncia el mismo Señor en el Evangelio de hoy. Para el Señor no se trata de unas hermosas palabras, sino de la elección de Dios, del camino pas­cual que el Padre ha escogido amorosamente para su Hijo y para nuestra sal­vación. El más grande entre vosotros es el que sirve a la mesa. El que es el Verbo de Dios se ha abajado hasta la cruz y el Padre lo ha elevado hasta la gloria. Es ese camino pascual que san Alonso encarna en su trabajo y en su oración, en su aventura espiritual y en el apostolado de su conversación.

Que San Alonso nos inspire para encarnar en nosotros, según nuestra vocación personal y según la misión sacerdotal, religiosa o laica, que el Señor nos ha confiado, esta humildad, que es la verdad de Cristo. El que se abaje, será elevado en la participación del Cuerpo y la Sangre del Señor, que se ha humillado para enaltecemos.

Peter-Hans Kolvenbach, SJ, Palma de Mallorca, 31 de octubre de 1988.

viernes, marzo 16, 2007

Carta del p. Jon Sobrino, SJ al p. Peter-Hans Kolvenbach, SJ

Querido p. Kolvenbach:

Ante todo le agradezco la carta que me escribió el 20 de noviembre y todas las gestiones que ha hecho para defender mis escritos y mi persona. Ahora me dice el p. Idiáquez que le escriba a usted sobre mi postura ante la notificatio y las razones por las que no me adhiero -"sin reservas", dice usted en su carta- a ellas. En un breve texto posterior expondré mi reacción ante la notificatio, pues, como usted dice, lo normal es que la noticia aparezca en los medios y que los colegas de la teología esperen una palabra mía.

1. La razón fundamental.

La razón fundamental es la siguiente. Un buen número de teólogos han leído mis dos libros antes de que fuese publicado el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2004. Varios de ellos leyeron también el texto de la Congregación. Su juicio unánime es que en mis dos libros no hay nada que no sea compatible con la fe de la Iglesia. El primer libro, Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, fue publicado en español en 1991, hace 15 años, y ha sido traducido al portugués, inglés, alemán e italiano. La traducción portuguesa tiene el imprimatur del Cadenal Arns, del 4 de diciembre de 1992. Que yo sepa ninguna recensión o comentario teológico oral cuestionó mi doctrina. El texto del segundo libro, La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, fue publicado en 1999, hace siete años, y ha sido traducido al portugués, inglés e italiano. Fue examinado muy cuidadosamente, antes de su publicación, por varios teólogos, en algunos casos por encargo del p. Provincial, Adán Cuadra, y en otros a petición mía. Son los pp. J. I. González Faus, J. Vives y X. Alegre, de San Cugat; el p. Carlo Palacio, de Bello Horizonte; el pbro. Gesteira, de Comillas; el pbro. Javier Vitoria, de Deusto; el p. Martin Maier, de Stimmen der Zeit. Varios de ellos son expertos en teología dogmática. Uno, en exégesis. Y otro, en patrística.
Recientemente, el p. Sesboué, a petición de Martin Maier, en el año 2005 tuvo la gentileza de leer el segundo libro, La fe en Jesucristo, conociendo también, según entiendo, el texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2004. El p. Maier le pidió que se fijase si había algo en mi libro contra la fe de la Iglesia. Su respuesta de 15 páginas en conjunto es laudatoria para el libro. Y no encontró nada criticable desde el punto de vista de la fe. Sólo encontró un error, que él llama técnico, no doctrinal. "Mon intention est de 0montrer le centre de gravité de l'ouvrage et combien il prend au serieux les affirmations conciliares, comme les titres de Crist dans le N.T. Je n'ai trouvè qu'une erreure réelle, s'est son interpretation de la communication des idiomes, mais c'este une errer technique en non doctrinale". (Afirmo desde ahora que no tengo ningún inconveniente en esclarecer, en la medida de mis posibilidades, ese error técnico).

Sobre el modo de analizar mi texto por parte de la congregación dice lo siguiente: "Je n'ai pas voulu répondre avec trop de précision au document de la CDF qui vise aussi le premier livre de Sobrino et me paraît tellement exagéré qu'il est sans valeur. Talleyrand avait ce mot: "Ce qui est exagéré est insignifiant!. Avec cette méthode délibérément soupçonneuse je peux lire bien des hérésies dans les encycliques de J.P. II! J'en ai tout de même tenu compte dans mon évaluation. J'ai voulu dire que ce livre me paraît plus rigoureux dans ses formulations que le précédent. J'ai aussi cité des textes de la tradition, ou contemporains, ou même des papes qui vont dans le sens de Sobrino (en cela je suis la méthode de la CDF!)." Entregué una copia del texto del p. Sesboué al p. Idiáquez y al p. Valentín Menéndez. Todos estos teólogos son buenos conocedores del tema cristológico, al nivel teológico y doctrinal. Son personas responsables. Se han fijado explícitamente en posibles errores doctrinales míos. Son respetuosos de la Iglesia. Y no han hallado errores doctrinales ni afirmaciones peligrosas. Entonces no puedo comprender cómo la notificatio lee mis textos de manera tan distinta y aun contraria.
Ésta es la primera y fundamental razón para no suscribir la notificatio: "no me siento representado en absoluto en el juicio global de la notificatio". Por ello no me parece honrado suscribirla. Y además, sería una falta de respeto a los teólogos mencionados.

2. 30 años de relaciones con la jerarquía

El documento de 2004 y la notificatio no son una total sorpresa. Desde 1975 he tenido que contestar a la Congregación para la Educación Católica, bajo el cardenal Garrone, en 1976, y a la Congregación para la Doctrina de la Fe, primero bajo el cardenal Šeper y después, varias veces, bajo el cardenal Ratzinger. El p. Arrupe, sobre todo, pero también el p. Vincent O'Keefe, como vicario general, y el p. Paolo Dezza, como delegado papal, siempre me animaron a responder con honradez, fidelidad y humildad. Me agradecieron mi buena disposición a responder y me daban a entender que el modo de proceder las curias vaticanas no siempre se distinguía por ser honrado y muy evangélico. Mi experiencia, pues, viene de lejos. Y usted conoce lo que ha ocurrido en los años de su generalato.

Lo que quiero añadir ahora es que no sólo he tenido serias advertencias y acusaciones de esas congregaciones, sobre todo la de la fe, sino que desde muy pronto se creó un ambiente en el Vaticano, en varias curias diocesanas y entre varios obispos, en contra de mi teología -y en general, contra la teología de la liberación-. Se generó un ambiente en contra de mi teología, a priori, sin necesidad de leer muchas veces mis escritos. Son 30 largos años de historia. Sólo voy a mencionar algunos hechos significativos. Lo hago no porque ésa sea una razón fundamental para suscribir la notificatio, sino para comprender la situación en que estamos y qué difícil es, al menos para mí, y aun poniendo lo mejor de mi parte, tratar honrada, humana y evangélicamente, el problema. Y para ser sincero, aunque ya he dicho que no es una razón para no adherirme a la notificatio, siento que no es ético para mí "aprobar o apoyar" con mi firma un modo de proceder poco evangélico, que tiene dimensiones estructurales, en una medida, y que está bastante extendido. Pienso que avalar esos procedimientos para nada ayuda a la Iglesia de Jesús, ni a presentar el rostro de Dios en nuestro mundo, ni a animar al seguimiento de Jesús, ni a la "lucha crucial de nuestro tiempo", la fe y la justicia. Lo digo con gran modestia.

Algunos hechos del ambiente generalizado que se ha generado contra mi teología, más allá de las acusaciones de las congregaciones, son los siguientes:

Monseñor Romero escribe en su Diario el día 3 de mayo de 1979: "Visité al p. López Gall. Me dijo con sencillez de amigo el juicio negativo que se tiene en algunos sectores para con los escritos teológicos de Jon Sobrino". Por lo que toca a Monseñor Romero, pocos meses después me pidió que le escribiera el discurso que pronunció en la Universidad de Lovaina el 2 de febrero de 1980 -en 1977 ya había redactado para él la segunda carta pastoral "La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia"-. Escribí el discurso de Lovaina. Le pareció muy bien, lo leyó íntegramente y me lo agradeció. Antes de su cambio como obispo, Monseñor me había acusado de peligros doctrinales, lo que muestra que sabía moverse en esa problemática (también escribió un juicio crítico contra la "Teología Política" de Ellacuría en 1974). Pero después, nunca me avisó de tales peligros. Creo que mi teología le parecía correcta doctrinalmente -al menos en lo sustancial-. (Sé muy bien que en el Vaticano un problema para su canonización ha sido mi posible influjo en sus escritos y homilías. Escribí un texto de unas 20 páginas sobre ellos. Y lo firmé).

Cuando Alfonso López Trujillo fue nombrado cardenal, dijo poco después en un grupo, más o menos públicamente, que iba a "acabar" con Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ronaldo Muñoz y Jon Sobrino. Así me lo contaron, y me parece muy verosímil. Las historias de López Trujillo con el p. Ellacuría -con Monseñor Romero, sobre todo- y conmigo son interminables. Continúan hasta el día de hoy. Y empezaron pronto. Creo que en 1976 ó 1977 habló en contra de la teología de Ellacuría y de la mía en una reunión de la Conferencia Episcopal de El Salvador, a cuya reunión se autoinvitó. Después, en carta a Ellacuría, negó tajantemente que hubiera hablado de él y de mí en dicha conferencia. Pero nosotros teníamos el testimonio, de primera mano, de monseñor Rivera, quien estuvo presente en la reunión de la conferencia episcopal.

En 1983 el cardenal Corripio, arzobispo de México, prohibió la celebración de un congreso de teología. Lo organizaban los pasionistas para celebrar, según su carisma, el año de la redención, que estaba siendo propiciado por Juan Pablo II. Querían tratar teológicamente el tema de la cruz de Cristo y la de nuestros pueblos. Me invitaron y acepté. Después me comunicaron la prohibición del cardenal. La razón, o una razón importante, era que yo iba a tener dos conferencias en el congreso.
En Honduras, el arzobispo regañó a un grupo de religiosas porque habían ido a una diócesis cercana a escuchar una conferencia mía. Me había invitado el obispo. Creo que su nombre era monseñor Corrivau, canadiense.

Sólo un ejemplo más para no cansarle. En 1987 ó 1988, más o menos, recibí una invitación a hablar a un numeroso grupo de laicos en Argentina, en la diócesis de monseñor Hesayne. Se trataba de revitalizar a los cristianos que habían sufrido durante la dictadura. Y acepté. Poco después recibí una carta de monseñor Hesayne diciéndome que mi visita a su diócesis había sido objeto de debate en una reunión de la Conferencia Episcopal. El cardenal Primatesta dijo que le parecía muy mal que yo fuese a hablar a Argentina. Monseñor Hesayne me defendió como persona y defendió mi ortodoxia. Le preguntó al cardenal si había leído algún libro mío, y reconoció que no. Sin embargo, el obispo se vio obligado a cancelar la invitación. Me escribió y se disculpó con mucho cariño y humildad, y me pidió que comprendiese la situación. Le contesté que la comprendía y que le agradecía.

De lo que he dicho hasta ahora sobre Argentina tengo certeza. Lo que sigue lo oí a dos sacerdotes, no sé si de Argentina o de Bolivia, que pasaron por la UCA. Al verme, me dijeron que conocían en lo que había ocurrido en Argentina. En resumen, en la reunión de la Conferencia Episcopal le habían dicho a monseñor Hesayne que tenía que elegir: o invitaba a Jon Sobrino a su diócesis, y el Papa no pasaría por ella en la próxima visita a Argentina, o aceptaba la visita del Papa a su diócesis y Jon Sobrino no podía pasar por allí.

No quiero cansarle más, aunque créame que podría contar más historias. También de obispos que se han opuesto a que dé conferencias en España. Esta "mala fama" no creo que fuese algo específicamente personal, sino parte de la campaña contra la teología de la liberación.

Y ahora formulo mi segunda razón para no adherirme. Tiene que ver menos directamente con los documentos de la Congregación para la Doctrina de la fe, y más con el modo de proceder del Vaticano en lo últimos 20 ó 30 años. En esos años, muchos teólogos y teólogas, gente buena, con limitaciones por supuesto, con amor a Jesucristo y a la Iglesia, y con gran amor a los pobres, han sido perseguidos inmisericordemente. Y no sólo ellos. También obispos, como usted sabe, monseñor Romero en vida (todavía hay quien no le quiere en el Vaticano, al menos no quieren al monseñor Romero real, sino a un monseñor Romero aguado), Don Helder Camara tras su muerte, y Proaño, don Samuel Ruiz y un muy largo etcétera. Han intentado descabezar, a veces con malas artes, a la CLAR, y a miles de religiosas y religiosos de inmensa generosidad, lo que es más doloroso por la humildad de muchos de ellos. Y sobre todo, han hecho lo posible para que desaparezcan las comunidades de base, los pequeños, los privilegiados de Dios.

Adherirme a la notificatio, que expresa en buena parte esa campaña y ese modo de proceder, muchas veces claramente injusto, contra tanta gente buena, siento que sería avalarlo. No quiero pecar de arrogancia, pero no creo que ayudaría a la causa de los pobres de Jesús y de la iglesia de los pobres.

3. Las críticas a mi teología del teólogo Joseph Ratzinger

Este tema me parece importante para comprender dónde estamos, aunque no es una razón para no suscribir la notificatio.

Poco antes de publicar la primera Instrucción sobre algunos aspectos de la "Teología de la liberación", corrió, en forma manuscrita, un texto del cardenal Joseph Ratzinger sobre dicha teología. El p. César Jerez, entonces Provincial, recibió el texto de un jesuita amigo, de Estados Unidos. El texto fue publicado después en 30 giorni III/3 (1984) pp. 48-55. Yo lo pude leer, ya publicado, en Il Regno. Documenti 21 (1984) pp. 220-223. En este artículo se mencionan los nombres de cuatro teólogos de la liberación: Gustavo Gutiérrez, Hugo Assmann, Ignacio Ellacuría y el mío, que es el más frecuentemente citado. Cito textualmente lo que dice sobre mí. Las referencias son de mi libro Jesús en América Latina. Su significado para la fe la cristología, San Salvador, 1982.

a) Ratzinger: "Respecto a la fe dice, por ejemplo, J. Sobrino: La experiencia que Jesús tiene de Dios es radicalmente histórica. 'Su fe se convierte en fidelidad'. Sobrino reemplaza fundamental- mente, por consiguiente, la fe por la 'fidelidad a la historia' (fidelidad a la historia, 143-144).

Comentario. Lo que yo digo textualmente es: "su fe en el misterio de Dios se convierte en fidelidad a ese misterio". con lo cual quiero recalcar la procesualidad del acto de fe. Digo también que "la carta [de los Hebreos] resume admirablemente cómo se da en Jesús la fidelidad histórica y en la historia a la práctica del amor a los hombres y la fidelidad al misterio de Dios" (p. 144). La interpretación de Ratzinger de remplazar la fe por la fidelidad a la historia está injustificada. Repito varias veces: "fidelidad al misterio de Dios".

b) Ratzinger: "'Jesús es fiel a la profunda convicción de que el misterio de la vida de los hombres. es realmente lo último.' (p. 144). Aquí se produce aquella fusión entre Dios y la historia que hace posible a Sobrino, conservar con respecto a Jesús la fórmula de Calcedonia pero con un sentido totalmente alterado: se ve cómo los criterios clásicos de la ortodoxia no son aplicables al análisis de esta teología".

Comentario. El contexto de mi texto es que "la historia hace creíble su fidelidad a Dios, y la fidelidad a Dios, a quien le instituyo, desencadena la fidelidad a la historia, al 'ser a favor de otros'" (p. 144). Para nada confundo Dios y la historia. Además, la fidelidad no es a una historia abstracta, o alejada de Dios y absolutizada, sino que es la fidelidad al amor a los hermanos, lo que tiene una ultimidad específica en el Nuevo Testamento y es mediación de la realidad de Dios.

c) Ratzinger: "Ignacio Ellacuría insinúa este dato en la tapa del libro sobre este tema: Sobrino dice de nuevo que Jesús es Dios, pero añadiendo inmediatamente que el Dios verdadero es sólo el que se revela histórica y escandalosamente en Jesús y en los pobres, quienes continúan su presencia. Sólo quien mantiene tensa y unitariamente esas dos afirmaciones es ortodoxo".

Comentario. No veo qué tiene de malo las palabras de Ellacuría.

d) Ratzinger: "El concepto fundamental de la predicación de Jesús es 'Reino de Dios'. Este concepto se encuentra también en el núcleo de las teologías de la liberación, pero leído sobre el trasfondo de la hermenéutica marxista. Según J. Sobrino el reino no debe comprenderse de modo espiritualista, ni universalista, ni en el sentido de una reserva escatológica abstracta. Debe ser entendido en forma partidista y orientado hacia la praxis. Sólo a partir de la praxis de Jesús, y no teóricamente, se puede definir lo que significa el reino; trabajar con la realidad histórica que nos rodea para transformarla en el Reino" (166).

Comentario. Es falso que yo hable del reino de Dios en el transfondo de la hermenéutica marxista. Sí es cierto que doy importancia decisiva a reproducir la praxis de Jesús para obtener un concepto que pueda acercarnos al que tuvo Jesús. Pero esto último es problema de epistemología filosófica, que tiene también raíces en la comprensión bíblica de lo que es conocer. Como dicen Jeremías y Oseas: "hacer justicia, ¿no es eso conocerme?".

e) Ratzinger: "En este contexto quisiera también mencionar la interpretación impresionante, pero en definitiva espantosa, de la muerte y de la resurrección que hace J. Sobrino. Establece ante todo, en contra de las concepciones universalistas, que la resurrección es, en primer lugar, una esperanza para los crucificados, los cuales constituyen la mayoría de los hombres: todos estos millones a los cuales la injusticia estructural se les impone como una lenta crucifixión (176). El creyente toma parte también en el reinado de Jesús sobre la historia a través de la implantación del Reino, esto es, en la lucha para la justicia y por la liberación integral, en la transformación de las estructuras injustas en estructuras más humanas. Este señorío sobre la historia se ejerce, en la medida en que se repite en la historia el gesto de Dios que resucita a Jesús, esto es, dando vida a los crucificados de la historia (181). El hombre asumió las gestas de Dios, y en esto se manifiesta toda la transformación del mensaje bíblico de modo casi trágico, si se piensa cómo este intento de imitación de Dios se ha efectuado y se efectúa".Comentario. Si la resurrección de Jesús es la de un crucificado, me parece al menos plausible comprender teológicamente la esperanza en primer lugar para los crucificados. En esta esperanza podemos participar 'todos en la medida en que participemos en la cruz'. Y 'repetir en la historia el gesto de Dios' es obviamente lenguaje metafórico. Nada tiene que ver con hybris y arrogancia. Hace resonar el ideal de Jesús: 'sean buenos del todo como el Padre celestial es bueno'".

Hasta aquí el comentario a las acusaciones de Ratzinger. No reconozco mi teología en esta lectura de los textos. Además, como usted recordará, el p. Alfaro escribió un juicio sobre el libro del que Ratzinger saca las citas, sin encontrar error alguno en su artículo "Análisis del libro Jesús en América Latina de Jon Sobrino", Revista Latinoamericana de Teología 1, 1984, pp. 103-120. Por lo que toca a la ortodoxia concluye textualmente: "a) Expresa y repetida afirmación de fe en la divinidad (filiación divina) de Cristo a lo largo de todo el libro; b) reconocimiento creyente del carácter normativo y vinculante de los dogmas cristológicos, definidos por el magisterio eclesial en los concilios ecuménicos; c) fe en la escatología cristiana, iniciada ya ahora en el presente histórico como anticipación de su plenitud venidera meta-histórica (más allá de la muerte); d) fe en la liberación cristiana como 'liberación integral', es decir, como salvación total del hombre en su interioridad y en su corporalidad, en su relación a Dios, a los otros, a la muerte y al mundo. Estas cuatro verdades de la fe cristiana son fundamentales para toda cristología. Sobrino las afirma sin ninguna ambigüedad" (p. 117-118).

Y es grave que, sin citar mi nombre, la Instrucción de 1984, IX. Traducción "teológica de este núcleo", repite algunas ideas que Ratzinger piensa haber encontrado en mi libro. "Algunos llegan hasta el límite de identificar a Dios y la historia, y a definir la fe como 'fidelidad a la historia'" (n. 4). Creo que el cardenal Ratzinger, en 1984, no entendió a cabalidad la teología de la liberación, ni parece haber aceptado las reflexiones críticas de Juan Luis Segundo, Teología de la liberación. Respuesta al cardenal Ratzinger, Madrid, 1985, y de I. Ellacuría, "Estudio teológico-pastoral de la Instrucción sobre algunos aspecto de 'la teología de la liberación'", Revista Latinoamericana de Teología 2 (1984) 145-178. Personalmente creo que hasta el día de hoy le es difícil comprenderla. Y me ha disgustado un comentario que he leído al menos en dos ocasiones. Es poco objetivo y puede llegar a ser injusto. La idea es que "lo que buscan los (algunos) teólogos de la liberación es conseguir fama, llamar la atención".

Termino. No es fácil dialogar con la Congregación de la Doctrina de la Fe. A veces parece imposible. Parece que está obsesionada por encontrar cualquier limitación o error, o por tener por tal lo que puede ser una conceptualización distinta de alguna verdad de la fe. En mi opinión, hay aquí, en buena medida, ignorancia, prejuicio y obsesión para acabar con la teología de la liberación. Sinceramente no es fácil dialogar con ese tipo de mentalidad. Cuántas veces he recordado el presupuesto de los Ejercicios [Espirituales de San Ignacio]: "todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla". Y estos días he leído en la prensa un párrafo del libro de Benedicto XVI, de próxima aparición, sobre Jesús de Nazaret: "Creo que no es necesario decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda personal del 'rostro del Señor' (Sal XXVII), Por lo tanto, cada quien tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las lectoras y a los lectores el anticipo de simpatía sin la cual no existe comprensión posible". Personalmente le ofrezco al Papa simpatía y comprensión. Y deseo vehementemente que la Congregación de la Doctrina de la Fe trate a los teólogos y teólogas de la misma manera.

4. Problemas de fondo importantes

En mi respuesta de marzo de 2005 traté de explicar mi pensamiento. Ha sido en vano. Por eso ahora no voy a comentar, una vez más, las acusaciones que me hace la notificatio, pues fundamentalmente son las mismas. Sólo quiero mencionar algunos temas importantes, sobre los que en el futuro podamos ofrecer algunas reflexiones.

1. Los pobres como lugar de hacer teología. Es un problema de epistemología teológica, exigido o al menos sugerido por la Escritura. Personalmente, no dudo de que desde los pobres se ve mejor la realidad y se comprende mejor la revelación de Dios.

2. El misterio de Cristo siempre nos desborda. Mantengo como fundamental el que sea sacramento de Dios, presencia de Dios en nuestro mundo. Y mantengo como igualmente fundamental el que sea un ser humano e histórico concreto. El docetismo me parece que sigue siendo el mayor peligro de nuestra fe.

3. La relacionalidad constitutiva de Jesús con el reino de Dios. En las palabras más sencillas posibles, éste es un mundo como Dios lo quiere, en el que haya justicia y paz, respeto y dignidad, y en el que los pobres estén en el centro de interés de los creyentes y de las iglesias. Igualmente, la relacionalidad constitutiva de Jesús con un Dios que es Padre, en quien confía totalmente, y en un Padre que es Dios ante quien se pone en total disponibilidad.

4. Jesús es hijo de Dios, la palabra hecha sarx. Y en ello veo el misterio central de la fe: la trascendencia se ha hecho transdecendencia para llegar a ser condescendencia.

5. Jesús trae la salvación definitiva, la verdad y el amor de Dios. La hace presente a través de su vida, praxis, denuncia profética y anuncio utópico, cruz y resurrección. Y Puebla, remitiéndose a Mt XXV, afirma Cristo "ha querido identificarse con ternura especial con los más débiles y pobres" (n. 196). Ubi pauperes ibi Christus.

6. Muchas otras cosas son importantes en la fe. Sólo quiero mencionar una más, que Juan XXIII y el cardenal Lercaro proclamaron en el Vaticano II: La Iglesia como "Iglesia de los pobres". Iglesia de verdadera compasión, de profecía para defender a los oprimidos y de utopía para darles esperanza.
7. Y en un mundo gravemente enfermo como el actual proponemos como utopía que "extra pauperes nulla salus".

De éstos y de muchos otros temas hay que hablar más despacio. Creo que es bueno que todos dialoguemos. Personalmente estoy dispuesto a ello.

Querido Padre Kolvenbach, esto es lo que quería comunicarle. Bien sabe usted que, aunque estas cosas son desagradables, puedo decir que estoy en paz. Esta viene del recuerdo de innumerables amigos y amigas, muchos de ellos mártires. Estos días, el recuerdo del p. Jon Cortina nos trae de nuevo la alegría. Si me permite hablarle con total sinceridad, no me siento "en casa" en ese mundo de curias, diplomacias, cálculos, poder, etc. Estar alejado de "ese mundo", aunque yo no lo haya buscado, no me produce angustia. Si me entiende bien, hasta me produce alivio. Sí siento que la notificatio producirá algún sufrimiento. Por decirlo con sencillez, algo sufrirán mis amigos y familiares, una hermana que tengo, muy cercana a monseñor Romero y a los mártires. Pienso también que hará la vida más difícil, por ejemplo a mi gran amigo el p. Rafael de Sivatte. Si no fuesen pocos los problemas que ya tiene para mantener con seriedad el Departamento de Teología -que lo mantiene muy bien por su gran capacidad, dedicación y ciencia- tendrá ahora que buscar otro profesor de cristología, y, como usted sabrá, también tendrá que buscar otro profesor de Historia de la Iglesia, pues, injustamente, el p. Rodolfo Cardenal no va a dar clases, pues no es bien visto por la jerarquía del país.

No sé si esta larga carta le ayudará en sus conversaciones con el Vaticano. Ojalá así sea. He procurado ser lo más sincero posible. Y le agradezco todos los esfuerzos que ha hecho para defendernos.

Le recuerdo con afecto ante el Señor,

Jon Sobrino, SJ.