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martes, noviembre 30, 2010

La incapacidad de la experiencia (Agamben)


Ron Mueck, s/t

¡Oh, matemáticos, aclaren el error!

El espíritu no tiene voz, porque
donde hay voz hay cuerpo.
Leonardo

En la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable. Pues así como fue privado de su biografía, al hombre contemporáneo se le ha expropiado su experiencia: más bien la incapacidad de tener y transmitir experiencias quizá sea uno de los pocos datos ciertos de que dispone sobre sí mismo. Benjamin, que ya en 1933 había diagnosticado con precisión esa 'pobreza de experiencia' de la época moderna, señalaba sus causas en la catástrofe de la guerra mundial, de cuyos campos de batalla 'la gente regresaba enmudecida... no más rica, sino más pobre en experiencias compartibles... Porque jamás ha habido experiencias tan desmedidas como las estratégicas por la guerra de trincheras, las económicas por la inflación, las corporales por el hambre, las morales por el tirano. Una generación que había ido a la escuela en tranvías tirados por caballos, estaba parada bajo el cielo en un paisaje en el cual solamente las nubes seguían siendo iguales y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de corrientes destructivas y explosiones, estaba el frágil y minúsculo cuerpo humano'.

Sin embargo, hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe y que para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana de una gran ciudad. Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo contemplan desde una insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un auto en un enbotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en el tren subterráneo, ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se dispia lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al país de Jauja del supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el ómnibus. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos —divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros— sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia.

Esa incapacidad para traducirse en experiencia es lo que vuelve hoy insportable —como nunca antes— la existencia cotidiana, y no una supuesta mala calidad o insignificancia de la vida contemporánea respecto a la del pasado (al contrario, quizás la existencia cotidiana nunca fue más rica en acontecimientos significativos).Es preciso aguardar al siglo XIX para encontrar las primeras manifestaciones literarias de la opresión de lo cotidiano. Si algunas célebres páginas de El ser y el tiempo sobre la 'banalidad' de lo cotidiano —en las cuales la sociedad europea de entreguerras se sintió demasiado inclinada a reconocerse— simplemente no hubieran tenido sentido apenas un siglo antes, es precisamente porque lo cotidiano —y no lo extraordinario— constituía la materia prima de la experiencia que cada generación le transmitía a la siguiente (a esto se debe lo infundado de los relatos de viaje y de los bestiarios medievales, que no contienen nada de 'fantástico', sino que simplemente muestran cómo en ningún caso lo extraordinario podría traducirse en experiencia). Cada acontecimiento, en tanto que común e insignificante, se volvía así a la partícula de impureza en torno a la cual la experiencia condensaba, como una perla, su propia autoridad. Porque la experiencia no tiene su correlato necesario en el conocimiento, sino en la autoridad, es decir, en la palabra y el relato. Actualmente ya nadie parece disponer de autoridad suficiente para garantizar una experiencia y, si dispone de ella, ni siquiera es rozado por la idea de basar en una experiencia el fundamento de su propia autoridad. Por el contrario, lo que caracteriza al tiempo presente es que toda autoridad se fundamenta en lo inexperimentable y nadie podría aceptar como válida una autoridad cuyo único título de legitimación fuese una experiencia. (El rechazo a las razones de la experiencia por parte de los movimientos juveniles es una prueba elocuente de ello).

De allí la desaparición de la máxima y del proverbio, que eran las formas en que la experiencia se situaba como autoridad. El eslogan que los ha reemplazado es el proverbio de una humanidad que ha perdido la experiencia. Lo cual no significa que hoy ya no existan experiencias. Pero éstas se efectúan fuera del hombre. Y curiosamente el hombre se queda contemplándolas con alivio. Desde este punto de vista, resulta particularmente instructiva una visita a un museo o a un lugar de peregrinaje turístico. Frente a las mayores maravillas de la tierra (por ejemplo, el Patio de los leones en la Alhambra), la aplastante mayoría de la humanidad se niega a adquirir una experiencia: prefiere que la experiencia sea capturada por la máquina de fotos. Naturalmente, no se trata de deplorar esta realidad, sino de tenerla en cuenta. Ya que tal vez en el fondo de ese rechazo en apariencia demente se esconda un germen de sabiduría donde podamos adivinar la semilla en hibernación de una experiencia futura. La tarea que nos proponemos —recogiendo la herencia del programa benjaminiano 'de la filosofía venidera'— es preparar el lugar lógico donde esa semilla pueda alcanzar su maduración.

Giorgio Agamben, introducción a Identidad e Historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2007.

martes, mayo 11, 2010

Filosofía estoica para metrosexuales


‘Conoce primero quién eres y adórnate de acuerdo con eso. Eres hombre, es decir, animal mortal capaz de servirte de las representaciones. Ese “racionalmente”, ¿qué significa? De modo acorde con la naturaleza y cumplidamente. ¿Qué tienes de extraordinario? ¿Lo animal? No. ¿Lo mortal? No. ¿La capacidad de servirte de las representaciones? No. Lo que tienes de extraordinario es lo racional: adorna y embellece eso. La cabellera, déjasela a Quien te la modeló como Él quiso. ¡Ea! ¿Qué otros apelativos tienes? ¿Eres hombre o mujer? Hombre. Embellece entonces a un hombre, no a una mujer. Aquélla es por naturaleza suave y delicada. Y si tuviera muchos pelos sería un monstruo y con los monstruos la exhibirían en Roma. Lo mismo es en el caso de un hombre el no tenerlos. Y si al no tenerlos por naturaleza es un monstruo, si él mismo se los afeita y se los arranca, ¿qué haremos con él? ¿Dónde lo exhibiremos y qué cartel lo pondremos? Os mostraré un hombre que prefiere ser mujer a hombre. ¡Tremendo espectáculo! Nadie dejará de admirarse ante el cartel. Creo, ¡por Zeus!, que los mismos que se depilan hacen lo que hacen sin saber que consiste en eso. Hombre, ¿qué tienes que reprochar a tu naturaleza? ¿Que te engendró varón? Entonces, ¿qué? ¿Era menester que a todas las engendrase mujeres? ¿Que no te agrada ese asunto? Pues hazlo por completo. Quítate… ¿cómo decirlo?... la causa de los pelos. Hazte mujer en todo, para que no nos engañemos; no medio hombre, medio mujer. ¿A quién quieres agradar? ¿A las mujercitas? Agrádales como hombre. “Sí, pero les gustan imberbes”. ¡Vete y ahórcate! ¿Y si les gustaran los maricas, te harías marica? [...]

A ti ahora te dicen los dioses esto, “mandándote a Hermes el que ve de lejos, matador de Argos”: que no revuelvas lo que está bien ni te metas en lo que no te concierne, sino que dejes al hombre, hombre, y a la mujer, mujer, y al hombre hermoso como hombre hermoso y al feo como hombre feo. Porque no eres carne y pelo, sino albedrío. Si tu albedrío es bello, entonces serás bello. Que hasta ahora no me atrevo a decirte que seas feo; parece, en efecto, que estás dispuesto a oír cualquier cosa antes que esto. Pero, mira: ¿qué dice Sócrates al más bello y más apuesto de todos, a Alcibíades? “Así que intenta ser bello”. ¿Qué es lo que le está diciendo? ¿“Arréglate el cabello y depílate las piernas”? Claro que no, sino: “Adorna tu albedrío, arranca las opiniones viles”.

Entonces el cuerpo, ¿cómo? Como nació. De eso ya se ocupó otro; déjaselo a él. Entonces, ¿qué? ¿Hay que ser sucio? Claro que no, sino que sé limpio tal cual eres y naciste: que el hombre sea limpio como hombre; la mujer, como mujer; el niño, como niño.

No; pues entonces arranquemos la melena al león para que no sea sucio, y la cresta al gallo, pues también él ha de ser limpio. Pero como gallo; y el león, como león; y el perro de caza, como perro de caza.’

Flavio Arriano, en Disertaciones de Epicteto, III, I, 24-32; 39-45. Traducción de Paloma Ortiz García (Madrid, Gredos, 1993).

viernes, enero 08, 2010

Breve historia familiar de Occidente...

Grecolatina

Había una vez una muchacha, hermosa como nunca ha habido otra, llamada Grecolatina. Su padre, Imperio, era un soldado alto, fuerte y guapo, bien instruido en leyes, ingeniería y administración. Su madre, Helenia, era bella y culta, versada en poesía, teatro, filosofía y medicina. Para gran escándalo de sus padres, Grecolatina fue cortejada largo tiempo y finalmente conquistada por Judeo, un rudo hombre de clase baja, de piel tostada por el sol del desierto y de larga barba rizada, celosísimo de su religión, pero sabio y bueno.

Imperio, Helenia y Judeo

De la joven pareja nacieron Cristián y Cristiano, unos impetuosos gemelos que, al principio, eran inseparables, casi siameses. Ambos heredaron la bella elegancia de Grecolatina y la justa sabiduría de Judeo, aunque Cristián, muy dado a los libros y a largas charlas de sobremesa, se parecía más a su abuela Helenia, mientras que Cristiano salió como Imperio, ordenado e hiperactivo. Ha de decirse que los gemelos nunca se llevaron bien con su padre; incluso de repente su madre desesperaba de ellos. Sin embargo, una vez que Judeo se exilió de la casa, Grecolatina pasó sus últimos días mimando a sus hijos, sobre todo a Cristián, a quien le dejó toda su herencia. Éste último contrajo nupcias algo tarde, con una pobre y bella campesina, callada y misteriosa, de nombre Eslavia.

Cristiano, por su parte, se casó a temprana edad, con una rubia y terca mujer llamada Bárbara. Desheredado él y sin dote ella, pasaron una época algo obscura. Peleaban mucho y salían poco. Tuvieron una hija llamada Media, niña fea que se compuso ya grandecita. A la niña tampoco le gustaba salir mucho y se entretenía revisando y copiando los viejos libros de sus bisabuelos. Aunque rezaba mucho, no pudo evitar enfermarse de peste ni pelearse con un pariente lejano del lado de su abuelo Judeo, el primo Islamo, lo cual la volvió algo irritable. No sabemos cómo ni de quién, pero quedó embarazada, ¡y de trillizos! Murió durante un largo y doloroso parto que los médicos llamaron, de forma exagerada, renacimiento…

Media

Los trillizos, sin embargo, sobrevivieron. La primogénita fue Roma, una hermosa, aunque regordeta, mujer. Alguien la describió como una versión exagerada de su bisabuela Grecolatina, con lo piadosa y malgeniuda de su madre. Hasta la fecha, es la solterona de la familia. El segundo hermano fue Humanio, hombre muy culto, pero tímido, que no dio mucho de qué hablar, a pesar de sus esfuerzos de explotar lo mejor de sus genes sin causarle problemas a nadie. Se casó con una intelectual, del linaje de Helenia, llamada Ciencia. El último, Reformo, fue siempre impetuoso, rebelde y trabajador; estaba empecinado en imitar en todo a su abuelo Cristiano, lo que le llevó a enfrentarse a pellizcos y puntapiés con Roma. Halló esposa al otro lado del Atlántico: una muchacha algo desabrida, Puritania.

Roma, Humanio y Reformo

Mientras Roma y Reformo se peleaban a muerte, Humanio y Ciencia criaron, lejos de los problemas familiares, a su hija Ilustria, que resultó ser una muchacha cultísima, inteligente e inconformista… Por fortuna, tras una ardua búsqueda, pudieron hallarle un marido que la soportara, pues sólo le interesaban el trabajo y los negocios. Se trataba del vástago de Reformo y Puritania, su primo, Mercadio.

Y allí es donde se empezó a fastidiar la cosa, pues Mercadio e Ilustria trajeron al mundo a varios hijos muy peculiares. Primero vino Liberalia, buena mujer —¡ni quién lo niegue!—, pero quizás por eso mismo algo ingenua; todos la quieren, pues se vive muy bien en su acogedora casa, a pesar de su mal gusto. Luego vino Marxia, una bellísima pelirroja. Ésa sí atraía a todos con su carácter vigoroso y contestatario, además de que prometía el sol, la luna y las estrellas a quien la cortejase. Por desgracia, su lucha contra lo establecido lo único que le granjeó fue varios hijos ilegítimos —antipáticos todos ellos— y la enfermedad venérea que la llevó a la tumba. El tercero fue un niño regordete y feo: Fascio. Con mal carácter y cuerpo de gorila, se dedicó a hacerle la vida imposible a sus dos hermanas: desde la cuna ya pataleaba y berreaba, haciendo desesperar a Marxia y suspirar a Liberalia. Al principio, se dejaba arrullar por la vieja y gorda tía Roma, que no tenía nada mejor que hacer más que inmiscuirse en los asuntos ajenos: criticaba la poca clase de Liberalia y aborrecía las costumbres disolutas de Marxia. Después, en cambio, Fascio la despreció también a ella y se largó de la casa para hacer de las suyas, hasta que, entre toda la familia, lo pusieron en orden. Las dos hermanas enfriaron sus relaciones durante buen tiempo, justo cuando nacía el benjamín de la familia, tras muchos años. Lo llamaron Posmo.

Posmo

Y así llegamos al presente, cuando, muerta ya Marxia, Fascio retirado y Liberalia anciana y achacosa, el cabeza de familia no es otro que el inmaduro, hedonista y despilfarrador Posmo. Si sus antepasados, de Grecolatina a Ilustria pudiesen ver en manos de quién ha quedado toda la fortuna familiar, se revolcarían en sus tumbas…

G. G. Jolly

jueves, febrero 12, 2009

Un filósofo para dinamitar la posmodernidad

Entre los acontecimientos intelectuales de cierta notoriedad en el último año, uno muy importante fue el descubrimiento de Slavoj Žižek, filósofo y psicoanalista esloveno, la incorrección política en su máximo apogeo: un marxista (pero en serio, no sólo de izquierdas) leninista (no se queda en la teoría, quiere subvertir el orden establecido), con importantes toques de Hegel y Heidegger, y, sobre todo, que lee todo a través del psicoanálisis lacaniano, por lo que su pensamiento llega a profundidades insospechadas. Además, interpreta todo con ejemplos extraídos de la literatura, la música y el cine. Un genio...

Helo aquí, en un video en el que sintetiza algo de su pensamiento, profundo a la vez que claro y no carente de cierta pasión...



martes, abril 01, 2008

Motivos del filósofo aullador original

Con esta entrada, su humilde filósofo alcanza su centésimo aullido en este espacio y cumple dos años de ulular. Muchas gracias a todos mis lectores y contribuyentes. Les dejo, pues, unas citas de E. M. Cioran, el escritor cuya frase escogí como epígrafe y leitmotiv de este blog.
‘No es el conocimiento lo que nos acerca a los santos, sino el despertar de las lágrimas que duermen en lo más profundo de nosotros mismos. Entonces únicamente, a través de ellas, tenemos acceso al conocimiento y comprendemos cómo se puede llegar a ser santo después de haber sido hombre.’

‘Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición.’

‘Hubo una época en que los hombres podían dirigirse en cualquier momento a un Dios acogedor que enterraba en su Nada los suspiros humanos. Hoy nos hallamos desconsolados por no tener a quién confesar nuestros tormentos. ¿Cómo dudar de que antaño este mundo haya estado en Dios? La Historia se divide en un antaño en el que los hombres se sentían atraídos por el vacío vibrante de la Divinidad y un hoy en el que la nimiedad del mundo carece de aliento divino.’

‘En el Juicio Final sólo se pesarán las lágrimas.’

‘“No puedo diferenciar las lágrimas de la música” (Nietzsche). Quien no comprende esto instantáneamente, no ha vivido nunca en la intimidad de la música. Toda verdadera música procede del llanto, puesto que ha nacido de la nostalgia del paraíso.’

‘Después de todo, podríamos habernos dispensado de la obsesión de la santidad. Cada uno de nosotros se hubiera dedicado a sus ocupaciones, soportando alegremente sus imperfecciones. La frecuentación de los santos engendra un tormento estéril, su compañía es un veneno cuya virulencia crece a medida que aumenta nuestra soledad. ¿No nos han corrompido acaso mostrándonos mediante el ejemplo que los infortunios tenían una finalidad? Nosotros estábamos acostumbrados a sufrir sin objetivo, fascinados por la inutilidad de nuestros dolores, felices de contemplarnos en nuestras propias heridas.’

‘El órgano expresa el estremecimiento interior de Dios. Comulgando con sus vibraciones nos autodivinizamos, nos desvanecemos en Él.’

‘Job, lamentaciones cósmicas y sauces llorones… Llagas abiertas de la naturaleza y del alma… Y el corazón humano —llaga abierta de Dios.’

‘¿Lograré un día no citar más que a Dios? Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee. Pero, ¿qué sabemos nosotros de Él, sino que es una desesperación que comienza donde acaban todas las demás?’

‘Las enfermedades han acercado el cielo y la tierra. Sin ellas se hubieran ignorado mutuamente. La necesidad de consuelo ha superado a la enfermedad, y en la intersección del cielo con la tierra ha dado origen a la santidad.’

‘El límite de cada dolor es un dolor aún mayor.’

‘La muerte objetiva, exterior, para un Rilke, no significa nada. Para Novalis tampoco. Pero después de todo, ¿existe algún poeta que haya muerto una sola vez?

‘Soy como un Anteo de la desesperación. La mía aumenta tras cada contacto con la tierra. ¡Ah, si pudiera dormirme en Dios a fin de morir para mí mismo!
El único olvido verdadero es el sueño en la Divinidad.’

‘Sólo creemos en Dios para evitar el torturador monólogo de la soledad. ¿A quién, si no, dirigirse? Al parecer, Él acepta de buena gana el diálogo y no nos guarda rencor por haberle escogido como pretexto teatral de nuestros abatimientos.’

‘Cuando hemos aniquilado el mundo y nos quedamos solos, orgullosos de nuestra hazaña, Dios, rival de la Nada, aparece como una última tentación.’

‘Con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa concesión. El desprecio del destino nos es igualmente ajeno, dado que carecemos demasiado e sabiduría para no amarlo con una pasión dolorosa.’

‘¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.’

‘El vino ha hecho más por acercar los hombres a Dios que la teología. Hace tiempo que los borrachos tristes —¿y los hay que no lo sean?— han superado a los eremitas.’

‘¿Por qué los santos escriben tan bien? ¿Es únicamente porque están inspirados? Lo cierto es que poseen un estilo particular cada vez que describen a Dios. Les resulta fácil escribir estando como están a la escucha de los susurros divinos. Sus obras poseen una sencillez sobrehumana, pero como en ellas no tratan del mundo, no pueden considerarse escritores. No les reconocemos como tales pues no nos hablamos en ellos.’

Creer en la filosofía es un signo de buena salud. Lo que no lo es, es ponerse a pensar.’

E. M. Cioran (1911-1995)

lunes, junio 25, 2007

Los valores de la posmodernidad

Minimalismo visual, el arte posmoderno por excelencia.

Tanto en mis escritos de este blog como en otros y en mi conversación usual, tiendo a ser altamente crítico, hostil incluso, a la posmodernidad y sus males: el relativismo, el narcisismo, la indiferencia absoluta, la desesperanza y el vacío perpetuo. Sin embargo, tras cierto periodo de reflexión e introspección, me he dado cuenta de que la posmodernidad ya está allí, y que yo nací en ella, formo parte de ella. Soy un ente esencialmente posmoderno, y muchas de mis ideas, creencias, gustos y aficiones lo confirman (el tema o leitmotiv de este blog, que se escucha al fondo, es la música minimalista del posmoderno Philip Glass).

Por otra parte, el cristiano de hoy debe alzarse como los profetas de Israel (en palabras del jesuita Sergio Cobo), como hombres de su tiempo, es decir, como hombres posmodernos; y con un afán de denuncia y de proposición desde el testimonio. A esto añado lo que hube oído del teólogo Raúl Cervera, SJ, con el que tomé un taller sobre teología de la liberación. Él afirma que la segunda y actual fase de esta corriente teológica tiene como premisa principal la de la inculturación, el diálogo recíproco entre las distintas culturas, para mayor conocimiento mutuo y para poder emprender, así, una verdadera acción de transformación social. Joseph Ratzinger, por su parte, dice: ‘la fe, para poder subsistir, tiene que inculturizarse en la moderna cultura tecnológica y racional [posmoderna]’.(1) Ambos teólogos están de acuerdo en la misma necesidad: la evangelización para, por y desde la perspectiva de la posmodernidad.

Así, me surgió la idea de plasmar los valores que indudablemente tiene la posmodernidad, que bien, sin saberlo, tienen raíces cristianas, o que incluso pueden impregnar de manera positiva al mismo cristianismo y ayudarle en su propia evolución interna. Partiendo de los criticados ‘antivalores’ de la posmodernidad para obtener verdaderos valores, fundamentales para la consecución de un mundo más justo, expongo lo que tiene que ofrecer de bueno el mundo que nos ha tocado vivir en el siglo XXI.

-Desesperanza causada por la decepción con los sueños y las utopías, los fracasos históricos del movimiento juvenil-estudiantil de 1968 y del experimento del socialismo, principalmente, así como los aberrantes excesos de la tecnología y las ideas en el siglo XX: las guerras mundiales, las armas nucleares, la Shoah… sin olvidarnos de la decepción generalizada con los sistemas democráticos liberales, cuyo tedio y lentitud para el cambio ha llenado a sociedades enteras de apatía. La consecuencia positiva de la desesperanza es la desconfianza en los radicalismos y las revoluciones. La generación del 68, en palabras de Sergio Cobo, SJ, es una generación mesiánica, de redentores, dueños de las soluciones. Las generaciones posmodernas, en cambio, desconfían de aquellos redentores con soluciones únicas y radicales, lo cual las hace realistas, críticas y más aptas para abordar los problemas desde distintas perspectivas, con metas más modestas, realizables.

-Indiferencia. Dentro de la segunda revolución individualista (v. Gilles Lipovetsky, La era del vacío), ese ensimismamiento en lo propio, la indiferencia hacia lo complejo, el rechazo al compromiso y la incredulidad ante las verdades absolutas, contiene algo muy necesario hoy día: una vacuna contra los fanatismos y fundamentalismos.

-Narcisismo. El vacío y la soledad del individualismo devenido en narcisismo ha traído un renacimiento del valor de la amistad y del espíritu comunitario, un retorno al sano individualismo de la Ilustración, que erige a cada persona como sujeto autónomo e inteligente, con propia conciencia y responsabilidad. Esto, a su vez, además de estar en perfecta sintonía con la concepción judeo-cristiana de libre albedrío y responsabilidad, previene contra la instauración de estructuras autoritarias y promueve el liderazgo horizontal, consensuado.

-Relativismo. La renuncia al concepto de Verdad es la castración de la razón humana, al menos en ciertos campos, como la filosofía, la ética o la teología. Sin embargo, ‘se define también positivamente partiendo de los conceptos de la tolerancia, del conocimiento a través del diálogo y de la libertad […] y aparece así como el fundamento filosófico de la democracia’.(2) En el terreno de la política del día a día, ‘esta concepción tiene buena parte de razón. No existe una única opción política que sea la correcta’.(3) De esta manera, en las acciones concretas que exige la fe, se incorporan medios indispensables (y muy cristianos) como el pluralismo, la diversidad, la tolerancia, el espíritu crítico y la sospecha ante el fanatismo (la absolutización sin más de una sola verdad).

-Vacío. Toda la serie de estructuras posmodernas que llevan al vacío, como el narcisismo, el hedonismo y el aislamiento, acarrean, tras funestas consecuencias, muchos valiosos cuestionamientos y subsiguientes búsquedas. Ya el tratar de encontrar el propio camino en la vida es un bien en sí mismo, pero, además, está la búsqueda de sentido de la vida, con sus grandes preguntas, que, tarde o temprano, abren la puerta hacia la trascendencia. Si el camino es completo, llevará, en último término, a tomar conciencia y salir al encuentro del otro, donde convergen, verdaderamente, el sentido de la vida, la trascendencia y la construcción de un mundo mejor.

G. G. Jolly

(1) Joseph Cardenal Ratzinger, Fe, Verdad y Tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo, Salamanca, Sígueme, 2005. p. 54.
(2) Ibid., Id. p. 105.
(3) Ibid., Id. p. 105. Ver también, en este mismo blog: Aryeh Neier, ‘Por qué somos liberales’, I, II y III; o en Letras Libres 91, julio 2006. pp. 30-33.

miércoles, mayo 09, 2007

Sobre el aborto en México (II)

Hace un par de semanas, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, la capital del país, aprobó la propuesta de ley que despenaliza el aborto hasta la 12ª semana, sin motivos especiales. Hasta ese momento, sólo era posible recurrir a un aborto legal en cuatro circunstancias: riesgo de vida para la madre, malformación congénita del feto, embarazo producto de una violación y ‘resultado de una conducta culposa de la mujer embarazada’ (¿alguien tiene alguna idea de qué rayos significa eso?).

Es un hecho: los ‘valores’ (¿pseudovalores?, ¿antivalores?) de la posmodernidad han alcanzado México, para bien y para mal. En el Distrito Federal ya son legales el aborto y las ‘sociedades de convivencia’ (que reconoce ante la ley a las uniones familiares de facto, sean del tipo que sean). Y, si no me equivoco, algunos asambleístas capitalinos ya han amenazado con introducir una propuesta de ley sobre la eutanasia. Incluso, en el mismo lapso de tiempo, se aprobaron las dos leyes mencionadas y el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick batió récord, retratando a 18 mil mexicanos desnudos en el Zócalo, la plaza mayor, de la Ciudad de México. Así, en unos cuantos meses, México se ha hecho consciente, de manera pública y abierta, de temas que generan polémica y que estaban vedados por la hipocresía y cierto puritanismo malsano. Finalmente, se rompieron los tabúes y las cosas se discutieron a la luz, como debe hacerse en toda sociedad libre. Esto es importante, ya que la Ciudad de México no es sólo la capital del país, sino su centro neurálgico, político, social, económico y cultural: lleva la delantera en las discusiones políticas del país y lo que se discute en ella se convierte prontamente en un debate nacional.

En este espacio, sin embargo, quiero destacar el nefasto papel que la Iglesia Católica mexicana tuvo en el debate de las legislaciones sobre el aborto y las ‘sociedades de convivencia’. Tal como predije en la primera parte de este escrito, la Iglesia sufrió la primera de una serie de inevitables derrotas, despeñándose miserablemente por el acantilado que está en el camino que ha de llevar a México hacia el siglo XXI. Guiada por el cardenal Norberto Rivera Carrera, titular de la Arquidiócesis de México y primado de la nación, la Iglesia (o, al menos, ciertas instituciones y sectores de ésta) tomó el debate sobre el aborto como una declaración de guerra y una cruzada a favor de la vida. No hubo casi apertura al diálogo honesto y abierto, muestra alguna a la tolerancia y al entendimiento del otro; es más, ni siquiera hubo respeto. Resultó muy claro que uno de los peores males del mexicano, la intolerancia y el nulo respeto por la ley o por el derecho del otro a disentir (que tan claramente vimos en el 2006 durante el acalorado conflicto postelectoral), existe, arraigado, en el seno de la Iglesia mexicana.

En las sociedades verdaderamente democráticas, es decir, en aquellas sociedades donde los asuntos se debaten pública y abiertamente, con leyes claras y dentro de marcos institucionales, ningún debate puede ser legítimo (y, obviamente, llegar a nada) si no es mediante el respeto por el otro y la tolerancia hacia su derecho a no estar de acuerdo, tal como menciona Federico Reyes Heroles: ‘la democracia supone que durante la discusión unos y otros se comporten como “animales domesticados”, es decir que no agredan a las contrapartes, que respeten las diferencias. No ha sido así. En todas y cada una de estas discusiones ha habido grupos radicales que recurren a la violencia igual en contra de Serrano Limón que de los asambleístas de la capital. Violencia light que es violencia’.(1)

La Iglesia mexicana, instada y coordinada por su jerarquía, comenzó el ‘debate’ (más bien, respondió a la propuesta de debate) con amenazas de excomunión. Jamás ofreció espacios propios de discusión ni propuso alternativas viables para analizar el problema y elaborar una solución conjunta a partir de allí. Cayó en la descalificación y la confrontación; luego, tomó las calles de la misma forma aberrante que el ‘Mesías Tropical’ el año pasado: socavando las instituciones democráticas y el estado de derecho al remplazar el diálogo con las consignas callejeras y la mesa de diálogo por las aceras unilaterales.

Excomuniones, amenazas, insultos, pancartas que rezaban: ‘¡Cobardes!, ¡Asesinos!’... Ejemplos claros de que el ocaso de la Iglesia tal como la habíamos conocido ha llegado al segundo país católico del mundo, al bastión guadalupano, en gran parte debido a la misma Iglesia, cuya jerarquía, al parecer, no ha comprendido aún el sentido del Concilio Vaticano II: ‘liberar la Iglesia de muchas estructuras sobreañadidas a través de los siglos, para acercarla más al servicio de la Humanidad que le señala el Evangelio: más servidora que señora, menos encerrada en sí misma y más apostólica, menos cercana a los sistemas de poder en este mundo y más solidaria con los pobres, con la mirada menos puesta en su interior y más en la misión, menos cerrada en su propia verdad y más abierta al diálogo con los seres humanos y sus culturas’.(1)

Es un hecho que la voz de los obispos latinoamericanos ha perdido volumen y contundencia en los últimos años, por dos razones principales:

La primera, porque provienen, en su mayoría, de un clero ignorante y de deficiente formación, por lo que desconocen o no saben cómo asimilar los valores de la democracia liberal y del capitalismo contemporáneos, ni sus ventajas ni desventajas. La Iglesia latinoamericana, acostumbrada tanto tiempo a vivir en medio de regímenes autoritarios, a veces oprimida y otras consentida por los mismos, no ha hallado su papel en la transición a la democracia pluralista y la economía de mercado del continente. Por lo tanto, tampoco ha ayudado a aminorar las deficiencias de dicho sistema ni a potenciar o encausar sus virtudes. Así, países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia han caído en las recetas populistas del pasado, gracias a que la empobrecida gente se siente abandonada y desesperada.

La segunda, que los pastores de la Iglesia Latinoamericana tienen muy poco o nulo contacto con las necesidades reales de su grey. Y en esto tiene bastante culpa Roma, que ha buscado la ortodoxia doctrinal y la uniformidad de liderazgo por sobre la autonomía de las distintas iglesias. No estoy diciendo que la uniformidad doctrinal, cuya referencia principal sea Roma, sea del todo mala, pero los obispos mexicanos y su clero tienen poca iniciativa y ni siquiera son buenos difusores de la doctrina del Magisterio Romano, por bien formulada que ésta pueda estar. El mejor ejemplo de ello es el debate del aborto, cuyo tono y profundidad se parecía a todo menos a la encíclica de Juan Pablo II El Evangelio de la vida o a la doctrina contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica. Se asemejaba más, en cambio, como lo percibió la enorme mayoría de los periodistas, ensayistas e intelectuales seculares, a una obstinación fanática y a una medieval e inquisitoria cruzada.

Siendo la Iglesia Católica quizá la más importante y determinante de las instituciones de América Latina durante su historia, es poco esperanzador cómo la ignorancia de su jerarquía y de su grey, una completa falta de cultura autocrítica y democrática, han hecho que fallara en los retos que la han enfrentado las décadas pasadas: la escasez de sacerdotes, la deficiente formación de los pocos que tiene, la obstinación en modelos eclesiales caducos, la prioridad de lo meramente cúltico y ceremonial, la difusión defectuosa de su doctrina moral y social, la insensibilidad hacia las necesidades reales de la gente, falta de diálogo ecuménico con las otras confesiones y con el mundo secular, incongruencia para promover la íntegra defensa de los derechos humanos, etcétera.

En los albores del siglo XXI, el ocaso eclesial de la Iglesia Americana es menos evidente que el de la Iglesia Europea, pero tal vez igualmente inevitable. Aun con los golpes que el Espíritu y la iniciativa de un pontífice implacable que se puedan presentar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida, Brasil, una jerarquía sin brújula, una Iglesia-pueblo poco educada, estructuras eclesiales torpes y pesadas y un mundo cada vez más ateísta, secularizante, laicista, relativista, narcisista y hostil a la ‘Gran ramera de las siete colinas’, es muy probable que veamos, en los próximos 50 años, la contracción y purificación de la Iglesia, minoritaria y algo más dinámica, como ya se vislumbran hoy las Iglesias europeas y norteamericanas. Y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella, sí, mas no viviremos para ver la futura expansión y el nuevo amanecer la barca de Pedro en el futuro lejano.

(1) Federico Reyes Heroles, ‘¿Cobardes?’, 24 de abril de 2007, en El siglo de Torreón.
(2) Carlos Ignacio González, SJ, Seguir a Jesús en América Latina. Rutas de las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, México, Buena Prensa, 2006. p. 8.


G. G. Jolly

viernes, abril 06, 2007

Por una ética sexual humanista (II)

Continuación de la primera parte:

La era del vacío

En la era posmoderna, o ‘del vacío’ en palabras de Gilles Lipovetsky,(1) el sexo parece haber desplazado a la sexualidad. ¿Cómo es posible, si el sexo es sólo un acto y la sexualidad un todo acerca de nuestro ser-persona, respecto a quiénes y cómo somos y nuestras relaciones con los demás?(2) Precisamente porque esta última ha sido despojada de su complejidad y reducida a una serie de actos, se ha materializado, simplificado y desvirtuado, en detrimento no de algo tan subjetivo como ‘las buenas costumbres’ o la ‘correcta moral’, sino de algo tan objetivo como la dignidad de la persona humana.

Gracias al desarrollo del capitalismo y la democracia liberal en la posguerra, la Humanidad —al menos en los países más desarrollados— atraviesa su segunda revolución individualista. Los valores liberales e ilustrados del siglo XVIII han sido rebasados y llevados a alturas inusitadas. El individuo, soberano de sí mismo y del mundo que le rodea, sigue siendo el centro de esta cosmovisión, aunque sin el marco de normas, instituciones y responsabilidades que hasta hace algunos años eran elementos inseparables del sistema democrático liberal.

Hoy día, el individuo, en todo lo que hace, requiere un mínimo de coacciones y un máximo de elecciones, una mínima austeridad y una mayor comprensión, un máximo deseo y una mínima represión. Vivimos en una sociedad basada en la estimulación y la satisfacción de necesidades, del sexo y del culto a lo ‘natural’. Asimismo, el siglo XXI es el siglo de las decepciones, de pérdida de las utopías, de la esperanza en el futuro. Mauricio Beuchot, OP, filósofo, gran conocedor de la era posmoderna, la define así: ‘Es el universo de la decepción, del desengaño, que se expresa a través de una literatura de crisis, de una sensación de estar instalados en la angustia y en la depresión culturales, y descreer de cualquier propuesta que busque conservar el conocimiento o poner reglas claras de conducta ética. La posmodernidad, con diferentes matices, rechaza el núcleo de la modernidad que es la razón y, en consecuencia, la filosofía del hombre y de la ética’.(3) Lipovetsky coincide ampliamente con él: ‘Sociedad posmoderna: cambio de rumbo histórico de los objetivos y modalidades de la socialización, actualmente bajo la égida de dispositivos abiertos y plurales; el individualismo hedonista y personalizado [yo preferiría el término atomizado] se ha vuelto legítimo y ya no encuentra oposición; la era de la revolución, del escándalo, de la desesperanza futurista, inseparable del modernismo, ha concluido. La sociedad posmoderna es aquella en la que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en el que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable’.(4) De esta forma, el individuo posmoderno busca tranquilidad, satisfacción inmediata, particularidad en vez de universalismo.

Es decir, la segunda revolución individualista nos ha llevado no a un individualismo mejorado, sino al narcisismo. Entre más energías se invierten en el Yo, mayor es la angustia de la soledad, la incertidumbre y la interrogación, así como menor es la responsabilidad hacia el otro. Lo más importante para Narciso es la liberación del Yo; amarse tanto para no necesitar ser amado por nadie más. No obstante, el Narciso moderno, en lugar de quedar prendido de su propia belleza, no puede enfrentarse a sí mismo tal como es y busca, entonces, la autorrealización individual ad infinitum, en cada aspecto de su vida: en el trabajo, en la familia, en la vida ‘espiritual’, en la apariencia, en el deporte, en las artes y, por supuesto, en la vida amorosa.

Lo anterior nos lleva al punto de las relaciones de pareja posmodernas, dominadas por el consumo. Erich Fromm describió acertadamente este fenómeno, en el que existe un mercado en el que se consigue pareja y en el que el poder adquisitivo radica en el número de cualidades que uno pueda tener, una mezcla de popularidad y sex-appeal.(5) Y todo se reduce a un sencillo problema: ‘Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar’.(6) Es decir, la autorrealización laboral, espiritual, social y estética nos provee del ‘capital’ para buscar una persona con las mayores cualidades posibles dentro de nuestro ‘presupuesto’. Sin embargo, esta clase de uniones por conveniencia, en aras de la autorrealización, no es intensa y violenta, no tiene la fuerza suficiente para desterrar la angustia de la soledad, la incertidumbre y la interrogación. La apatía anímica de Rollo May,(7) la indiferencia hacia el otro de Lipovetsky y la vergüenza por la separación humana de Fromm continúan y se incrementan.

Y justamente la sexualidad desvirtuada, el sexo, es el mejor ejemplo de ello, pues el acto sexual desligado del amor nunca puede eliminar el abismo, la separatidad, con el otro, ni autorrealizarse de ninguna manera, ni mucho menos darle sentido a la vida.

Es acertado, para proseguir con la tercera parte de este artículo, considerar las advertencias de Viktor Frankl: ‘La autorrelización sólo cabe conseguirse per effectum, nunca per intentionem’; y de Pinchas Lapide, que, en el mismo diálogo, concuerda con aquél: ‘No se puede amar a uno mismo si se es incapaz de amar algo o a alguien que está fuera de uno. El Yo necesita amor hacia fuera, el amor-extra-nos para la propia autorrealización. Quien es capaz de “salir de la propia piel” para amar a otro —hasta la negación de sí mismo— es verdaderamente fiel a su propio ser’.(8)

(1) Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 2006.
(2) Ver la primera parte de este artículo:
‘Por una ética sexual humanista (I)’
(3) Javier Sicilia, ‘Dios posmoderno. Entrevista con Mauricio Beuchot’, en Letras Libres 12, diciembre 1999. p. 46. En línea: aquí.
(4) Gilles Lipovetsky, Op. cit. p. 9.
(5) Erich Fromm, El arte de amar, Barcelona, Paidós, 2004. p. 13-17.
(6) Erich Fromm, Op. cit. p. 13.
(7) Rollo May, Love and Will, Nueva York, Collins, 1974.
(8) Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005.

G. G. Jolly


viernes, marzo 09, 2007

‘Pero yo no necesito la bondad’ de Gregory Corso

I


¡He conocido a las extrañas enfermeras de la Bondad,
las he visto besar a los enfermos, atender a los viejos,
darle caramelos a los locos!
¡Las he visto en la noche, oscuras y tristes,
empujando sillas de ruedas a orillas del mar!
¡He conocido a los gordos pontífices de la Bondad,
la viejecita de cabellos grises,
el cura del barrio,
el célebre poeta,
la madre,
a todos he conocido!
Los he visto en la noche, oscuros y tristes,
pegando carteles de misericordia
en los rígidos postes de la desesperación.

II

¡He conocido a la misma Bondad Todopoderosa!
¡Me he reclinado en Sus blancos y puros pies
ganando Su confianza!
No hablamos de nada desagradable,
pero una noche fui atormentado por esas extrañas enfermeras,
esos gordos pontífices.
¡La viejecita pasó un coche erizado sobre mi cabeza!
El cura me abrió el estómago, puso sus manos en mí,
y gritó: ¿Dónde está tu alma? ¡Dónde está tu alma!
¡El célebre poeta me levantó
y me arrojó por la ventana!
¡La madre me abandonó!
¡Corrí hacia la Bondad, irrumpí en Su alcoba,
y la profané!
¡Con un innombrable cuchillo le di mil puñaladas
y las inflingí con porquería!
¡La cargué sobre la espalda, como un vampiro!
¡Bajo la noche subterránea!
¡Los perros aullaron! ¡Los gatos huyeron! ¡Todas las ventanas cerradas!
¡La cargué por diez vuelos de escaleras!
La arrojé sobre el suelo de mi pequeño cuarto,
y de rodillas ante Ella, lloré. Lloré.

III

Pero, ¿qué es la Bondad? He matado a la Bondad.
Pero, ¿qué es?
Tú eres bueno porque vives una buena vida.
San Francisco fue bueno.
El dueño de la tierra es bueno.
Una caña es buena.
¿Puedo decir que la gente, sentada en los parques, es más bondadosa?

Gregory Corso (1930-2001)

viernes, marzo 02, 2007

Mi compositor favorito

Es tiempo ahora de que un melómano irredento como yo, al fin, les comparta algo de mi gran afecto desordenado. Empiezo con las Metamorfosis para piano, interpretadas por Branka Parlic, del compositor estadounidense Philip Glass (1937-), máximo exponente del minimalismo musical.

‘Metamorfosis I’



‘Metamorfosis II’



‘Metamorfosis III’



‘Metamorfosis IV’



‘Metamorfosis V’

miércoles, septiembre 20, 2006

¿Otra vez Santa Cruzada vs. Yihad?

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Me tiene muy preocupado esta situación en el mundo, que suena a película de aventuras: ‘El Papa en apuros’. No sólo porque compruebo que, desgraciadamente, un aberrante choque de civilizaciones es cada vez más real, sino porque también, ahora, la seguridad misma del Santo Padre y del Vaticano son inciertas... No es que desconfíe yo de los fornidos y disciplinadísimos suizos en sus coloridos atuendos, pero, ¿recuerdan aquella anécdota en la que, cuando Juan Pablo II recibió una llamada de la Casa Blanca, nadie sabia qué era una ‘línea segura’? Si le pudieron pegar al Pentágono...

Dudo mucho que la enorme mayoría de quienes, en el mundo musulmán, protestan, queman efigies del Papa y atentan contra iglesias (una anglicana y una ortodoxa, por cierto...) hayan leído la ponencia completa, considerado el contexto y su intención durante la conferencia (‘Mi intención no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación’) y seguido de cerca el mensaje de la visita pastoral de Benedicto XVI a su natal Baviera. Sé que es demasiado pedir de esa gente.

La cita del emperador bizantino Manuel II es tan solo una de muchas partes del discurso del Santo Padre en la Universidad de Regensburg, en la que desplegó una vez más su talento y pasión para las cátedras universitarias y empezó diciendo cómo el ambiente de una verdadera cátedra universitaria, en un dies academicus, hace que muchos especialistas que a primera vista parecen no tener nada en común comparezcan juntos y formen un ‘todo de la única razón con sus diferentes dimensiones’. Y confesó: ‘Uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios’, pero que ‘incluso frente a un escepticismo así de radical seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición de la fe cristiana’.

Viene, pues, la tan controvertida cita: ‘De manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”’.

El Papa prosigue, comentando el trabajo de Khoury: ‘Para el emperador, como buen bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad’.

Lo anterior, por tanto, no es gratuito, como han dicho algunos, porque enseguida viene lo importante: ‘La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o es válido siempre por sí mismo?’ Según el cristianismo, lo segundo. Al igual que tantas otras veces, como al comentar la encíclica de su predecesor, Fides et Ratio, Joseph Ratzinger prosiguió exponiendo cómo ‘la fe bíblica, durante la época helenística, salía interiormente al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco’, como por ejemplo, en la traducción griega del Antiguo Testamento o ‘de los 70’. ‘Se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión’. Sin embargo, esto ha sido –afirma– cuestionado, primero, durante la Reforma y, luego, en la Ilustración moderna, en un periodo en el que se ha intentado deshelenizar el cristianismo, apartar la Biblia de la metafísica y separar al Dios de Abraham, Isaac y Jacob del Dios de los filósofos.

Desde allí, Benedicto se lanza fieramente contra su enemigo más acérrimo, la jaula de un cientifismo demasiado racional, la castración de una filosofía que se cierra a la Verdad y las atroces consecuencias que esto le puede traer a un Hombre cerrado a la trascendencia:

‘Los interrogantes propiamente humanos, es decir, “de dónde” y “hacia dónde”, los interrogantes de la religión y la ética no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la “ciencia” entendida de este modo [‘la certeza que resulta de la sinergia entre matemática y empirismo’ y sujeta a la utilidad y la verificación mediante la experimentación] y tienen que ser colocados en el ámbito de lo subjetivo. El sujeto decide entonces, basándose en su experiencia, lo que considera que es materia de la religión, y la “conciencia” subjetiva se convierte en el único árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y la ética ya no interesan. Intentos de construir la ética a partir de las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo simplemente inadecuados’.

Es decir, la crítica principal del Papa no es al Islam, sino a la ilustración mal concebida de Occidente, la cual, precisamente, es uno de los factores que obstaculizan el diálogo ecuménico profundo con el mundo musulmán: ‘Las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas’.

Finalmente, concluye el Santo Padre: ‘“No actuar razonablemente (con “logos”) es contrario a la naturaleza de Dios”, dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de Dios, en respuesta a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran “logos”, esta amplitud de la razón. Es la gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente’.

¿Dónde está, pregunto yo, lo insultante? Este discurso dista mucho de parecerse a las malas caricaturas danesas; no es una burla, sino una reflexión de altura y la invitación a un diálogo inteligente y abierto. Y sí, una condena muy fuerte (que buena falta hace) al extremismo religioso: un Dios que es Logos, Razón Creadora, al mismo tiempo que Caritas, Amor (ver su encíclica) es imcompatible con la violencia.

Ahora bien, si hoy día ni siquiera se puede nombrar a Mahoma ni al Islam sin que se vuelen cosas, quemen iglesias y maten monjas es que Manuel II puede no haber estado tan errado...

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G. G. Jolly

martes, mayo 16, 2006

‘Deseo’ de Elfriede Jelinek

Tenía esto un poco abandonado, así que ahora he de agregar las citas que más me han llamado la atención de un libro, excelente todo, que hay que leer completo para entenderlo, apreciarlo y ser 'atacado' por él en lo más íntimo. Se trata de la novela Deseo de la ganadora del Nobel de Literatura 2004, Elfriede Jelinek (Austria, 1946), una escritora de prosa poética, poderosa y mucho muy polémica.

Espero que les gusten:
‘A menudo esas manchas, lo único que queda de lo que nos parece lo mejor, ya no salen.’

‘Toda imagen descansa mejor en la memoria que la vida misma.’

‘Nos merecemos todo lo que podemos soportar.’

‘Duele, y sin embargo es también lenguaje, tal como el animal lo entiende.’

‘A suelo inflamado queremos volver siempre, y arrancar nuestro papel de regalo, bajo el que hemos enmascarado y escondido como nuevo lo conocido de antiguo. Y nuestra estrella en declive no nos enseña nada.’

‘Pero qué más queremos. Recibimos nuestro salario en la bolsa de nuestro fracaso, es decir, seguro que queremos llegar a algo y seguro que queremos poder ser un poquito más, por lo menos sobre el papel. Y no puede faltar la sensación de que es culpa nuestra que estemos sentados en nuestra casa y sólo el teléfono sea nuestro invitado.’

‘Si podemos vivir bien, es como mucho en el recuerdo de un animal querido al que alimentábamos; o de una persona amada de la que nos hemos alimentado.’

‘Estos jóvenes usurpan el mundo y consumen sus productos, por los que viven y a la vez son consumidos. En primer lugar los pulmones. En torno a ellos viven activamente, aprenden y reposan. Sin que nunca los haya cubierto la sombra del dolor, neófitos, pueden dormir, y cuando despiertan bajan la vista hacia ellos mismos: ¡Hay ahí una, dos partes que se entienden!’

‘No, por el momento no hay repuestos. La tormenta que parte de nuestro dios, el sexo, nos hará correr a todos hacia nuestra perdición por el camino más corto. ¡Pero dejemos al hombre los sentidos, para que pueda meditar en calma sobre sí mismo! Nosotras, las mujeres, simplemente tenemos que arreglarnos mejor y escuchar después el silencio, que retumba a lo lejos, de sus inanimados aparatos, señores, aparatos que aún tiemblan bajo la suave tensión del certificado de garantía esperando que su plazo no expire. ¡En nosotras los hombres sólo piensan en último lugar!’

‘A todos nos gusta vivir para nosotros, y nos mantenemos a cubierto como nuestros propios y mansos animales. De vez en cuando, tomamos un trago vacilante de otro, que dice estar repleto de una dulce necesidad. ¡Pero cuando de verdad se necesita algo, no se consigue de él!’

martes, abril 25, 2006

Duelo de poesía

Para N.

¿Quién podría creer que una conversación en el Messenger pudiese desatar pasiones y ponerle la piel de gallina a alguien? Pues es que quizá haya algo mejor (y mucho menos soez y profano) que el cyber-sexo… ¡un duelo de poesía!

Presento aquí uno, original, verídico y espontáneo, que combina algo de Sabines y algo de Neruda e interpretaciones libres y líneas originales… es la conversación de dos almas en sintonía. Además, ¿no se dice por allí que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa?

¿Cursi? Tal vez, pero todos deberíamos probarlo... porque prueba lo que ha dicho mi escritor favorito en la primera entrada de este blog.


Robert Doisneau, Le Baiser du trottoir, 1950.

Él: ‘Per me la vita è un orrendo peso! L'universo intero è un deserto per me senza lei’. (De la ópera Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti)

Ella: ‘¡Qué fácil es la ausencia!
En las hojas del tiempo
esa gota del día
resbala, tiembla.

El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.’

¿Tú cuánto mides?

Él: Como un universo vacío de añoro, de deseo...

Ella: Te encuentras en estas palabras: ‘El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable’.

Él: Yo soy esto: ‘Abandono, cambio, olvido’.

Ella: ‘El amor es la prórroga perpetua
siempre el paso siguiente, el otro, el otro’

Él: ‘los amorosos son los INSACIABLES’

Ella: ‘Los amorosos no pueden dormir’

Él: ‘Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo

Nadie ha de resignarse

dicen que nadie ha de resignarse

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación’

Ella: ‘Los amorosos juegan a coger el agua

a tatuar el humo’

Él: ‘a no irse’

Ella: ‘Juegan el largo, el triste juego del amor’

Él: ‘Lloran hasta (y EN) la madrugada’

Ella: ‘Y se van llorando, llorando’

Él: ‘en que trenes y gallos se DESPIDEN DOLOROSAMENTE’

Ella: ‘la hermosa vida.’

[pausa]

Ella: ‘Ven ami sed. Ahora

Quiero esa tensa humedad que te palpita’


Él: ‘mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo último viaje

Aún podemos morirnos uno en otro’

Ella: ‘La piel de un beso entre mis senos

es tuyo y mío ese lugar de nadie

veneno, llama, ausencia

Ausencia’

Él: ‘Quiero esa arpa honda que en tu vientre arrulla niños salvajes

cada célula es hembra, tierra abierta, agua abierta, cosa que se abre’

Ella: Tú también, y no es tarde

Él: ‘Yo nací para entrarte. Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante’

Ella: ‘veneno, llama, ausencia’

Él: ‘Por conocerte estoy, grano de angustia en corazón de ave.’

Ella: ‘Escribiste en la tabla de mi corazón: desea

Y yo anduve días y días

loco y aromado y triste’.


[pausa]

Él: ‘Amor mío, mi amor, amor hallado

De pronto en la ostra de la muerte,

Quiero comer contigo, estar, amar contigo,

Quiero tocarte, verte’.

Ella: ‘No se dice. Acude a nuestros ojos, a nuestras manos, tiembla, se resiste. Dices que esperas —te esperas— desde entonces, y sabes que el adiós es inútil y triste

SE RESISTE

Es inútil y triste’.


Él: ‘Te quiero, amor, amor, absurdamente

Tontamente, perdido, iluminado,

Soñando rosas e inventando estrellas

Y DICIÉNDOTE ADIÓS YENDO A TU LADO

Te quiero desde el poste de la esquina,

Desde la alfombra de ese cuarto a solas,

En las sábanas tibias de tu cuerpo

Donde se duerme un agua de amapolas

Cabellera al aire desvelado,

Río de noche, platanar oscuro,

Colmena ciega, amor desenterrado,

Voy a seguir tus pasos hacia arriba,

De tus pies a tu muslo y tu costado’.

[pausa]

Ella: Cuéntame una fantasía suficientemente irreal para ser aun fantasía…

Él: Mi fantasía es simple. Lo ha sido toda mi vida. Hablando de la finitud infinita del amor. Que, al menos una vez, lo primero que vea al despertar en la mañana sea los ojos que más amo en el mundo. Y que se claven en mí, en un instante que valga una vida.

Ella: Es una linda fantasía, ¿estás dispuesto a realizarla?

Él: ¿Y le preguntas a un poeta si está dispuesto a hacer valer su vida en un instante?

Ella: ¿O tienes miedo, de la huella que un momento así te puede dejar?

Él: Huella indeleble... No, jamás he temido el darme entero...

Ella: …y posiblemente tremendamente dolorosa.

Él: He sido cobarde, le he temido a la posibilidad.

Porque la posibilidad es siempre más inquietante y dolorosa.

El hecho es infinito e inmenso.

Incluso el dolor más intenso, si es de hecho, le puede dar sentido a una vida...

El dolor es como las ruinas de un templo... es prueba viviente de la gloria pasada e imperecedera.

Ella: ‘No lo salves de la tristeza, soledad, no lo cures de la ternura que lo enferma. Dale dolor, apriétalo en tus manos...’

Él: ¡Por supuesto que estoy dispuesto a entregarme, a volverme templo y ruinas!

Ella: ‘Muérdele el corazón hasta que aprenda. No lo consueles, déjalo tirado sobre su lecho como un haz de yerba’.

Él: Que sangre...

Y que yo me desangre deliciosamente.

Ella: ‘Boca del llanto

me llaman tus pupilas negras

me reclaman.

Tus labios sin ti me besan’.

Él: ‘Te desnudas igual que si estuvieras sola

Y de pronto descubres que estás conmigo.

¡Cómo te quiero entonces

Entre las sábanas y el frío!

Te pones a flirtearme como a un desconocido

Y yo te hago la corte ceremonioso y tibio.

Pienso que soy tu esposo

Y que me engañas conmigo.

¡Y cómo nos queremos entonces en la risa

De hallarnos solos en el amor prohibido!’.

[pausa y fin de Sabines]

Él: ‘No te quiero sino porque te quiero

Y de quererte a no quererte llego

Y de esperarte cuando no te espero

Pasa mi corazón del frío al fuego’ (P. N.)

[pausa]

Él: ‘Amo el amor que se reparte

En besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno

Y puede ser fugaz. Amor que quiere libertarse

Para volver a amar. Amor divinizado que se acerca

Amor divinizado que se va’ (P. N.)

[pausa y fin de Neruda]

Él: ‘Sí es tu cuerpo, toda tú...

sí es tu piel, tus ojos y tu vientre...

Sí es tu boca, y la reunión exacta de tus pechos’

Ella: ‘…y tus brazos tímidos, temblorosos y tercos

donde por efímeros minutos estuve

entera

cuerpo, mente, toda’

Él: Y ahora te apoderas de mi cuerpo y mente, todo...

‘No es que muera de amor, MUERO DE TI.

muero de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel por ti’

Ella: ‘de mi piel por ti’

Él: ‘de mi alma de ti y de mi boca y del INSOPORTABLE que soy yo sin ti’

sábado, abril 22, 2006

¿Conocemos el mal?


‘Cada uno conoce el mal por la experiencia personal de su propia fragilidad, por la experiencia familiar de las cosas que no funcionan, que no nos gustan en el ámbito de la familia o de los amigos, de la Iglesia o de la sociedad.

Pero Jesús llora por el “pecado del mundo”, no llora por los crímenes particulares, por los errores de las personas, sino por un pecado colectivo, por las raíces profundas del mal.

Los crímenes particulares son aquellos que degradan a la humanidad (homicidios, crueldades, estupros, infidelidades, traiciones, robos, pillaje corrupción administrativa y política, deshonestidad). La historia está llena de los mismos y los recogemos a menudo en el ministerio de la confesión, cada día somos testigos de tales crímenes.

Todos estos males, encerrados en el corazón traspasado de Cristo, son el primer peldaño.

A partir de éstos, y en conexión con ellos, existen los crímenes colectivos, en los que grupos, categorías y clases históricas se convierten en dinamismos del pecado y desgarran a la humanidad: odios étnicos, odios raciales, políticos (las grandes dictaduras con sus fechorías), sociales y de clase (las revoluciones con sus carnicerías), las formas de prejuicio organizado y las mismas organizaciones para delinquir, es decir, las múltiples estructuras, abiertas o subrepticias, de pecado.

He aquí que el mal que Jesús ve al contemplar la ciudad y, en ésta, todas nuestras ciudades.

Los crímenes racionalizados, que Jesús advierte, son los más terribles, los crímenes colectivos elevados a doctrina: las ideologías, las filosofías, la degradación de las religiones y los finales culturales de todo tipo, que llaman bien al mal y lo justifican.

De ahí nacen las catástrofes que derrocan a las sociedades y perturban periódicamente el curso de la historia. Pueden asumir el aspecto de una catástrofe lenta, casi como una peste que destruye poco a poco y desde el interior a una sociedad. Pensemos en las filosofías y las razones que conducen al nihilismo, al relativismo moral y a las ideologías racistas, nacionalistas y dictatoriales; no son únicamente estructuras organizadas de pecado, sino estructuras de pensamiento que producen pecado y generan el mal. De ahí también las persecuciones contra la fe, la muerte sistemática de la esperanza en los corazones humanos y la destrucción del amor.

¿Mensaje cristiano?

Me parece que a Jesús deben impresionarle en particular las aberraciones religiosas, cuando la religión cambia el bien por el mal y el mal por el bien, de modo que un sistema religioso termina por convertirse en cómplice de un sistema de mal y de pecado. Jesús es abatido por tal desorden; su pasión es precisamente este ser abatido por el desorden de males religiosos y políticos racionalizados, diversamente coaligados.’

Tomado del libro de Carlo Maria cardenal Martini, SJ, Hacia Jerusalén, Barcelona, Herder, 2005.