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jueves, septiembre 03, 2009

A 70 años de la guerra que había que ganar

‘Si el siglo XVIII se define como el de la racionalidad,
el siglo XX sin duda se llamará la era de la irracionalidad.’
Imre Kertész


Declaración de guerra. Discurso radiofónico de Sir Neville Chamberlain, Primer Ministro de Gran Bretaña, 3 de septiembre de 1939.

La historia es lo que más me ha apasionado desde niño. La historia bélica en especial y la historia de la II Guerra Mundial en particular. Vaya, su estudio me ha acompañado a lo largo de la vida y, de hecho, ha detonado sus momentos y transformaciones cruciales. Puedo decir que la guerra del 39 al 45 me afecta directamente, en el sentido de que me mueve a algo, de infinitas maneras… Habiéndola estudiado con gran profundidad, habiendo conocido a algunos de sus supervivientes de primera mano, habiendo reconocido sus implicaciones históricas, sociales, económicas, filosóficas y religiosas, cuyas secuelas aún padece el mundo, considero un deber personal dedicarle un ensayo precisamente el día de hoy, cuando se cumplen 70 años de que Francia y Gran Bretaña (seguida, días después, por varias naciones de la Commonwealth) iniciasen, contra su voluntad, una guerra para librar a Europa del Apocalipsis.

Gracias a este interés por la historia y las investigaciones que he realizado, siempre he dudado de las historias oficiales y de los retratos en blanco y negro; léase la ‘Edad Obscura’, olvidada y denostada; la Inquisición Española, deformada por una leyenda negra antiespañola; la Conquista de América Latina, donde los indígenas son la ‘raza cósmica’, ‘humillada y corrompida’ por el ‘pérfido invasor’… Sin embargo… el involucrarme, profundizar y comprometerme con el estudio de la II Guerra Mundial ha vuelto forzoso que haga una excepción. La ‘guerra que había que ganar’ sí es un episodio histórico en blanco y negro, o por lo menos con una gama de grises muy limitada en el medio. Las opiniones contrarias tienen, para mi gusto, un tufillo a prejuicio —¿fascismo?— o, de plano, a estupidez. Ésta no sólo fue la conflagración de mayor escala y brutalidad en toda la historia humana —50 millones de muertos—, fue también única desde sus causas, motivaciones y métodos; el nivel de barbarie, inmoralidad e inhumanidad que alcanzó el Hombre no tiene paralelo alguno.

Londres bajo las bombas alemanas, 1940.

Comencemos por citar un fragmento del prólogo al libro del que tomé el nombre para este ensayo:
‘La II Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero de la historia moderna. Fue una matanza de soldados como la I Guerra Mundial, pero con la añadidura de ataques directos contra civiles a una escala que no se había visto en Europa desde la Guerra de los 30 Años tres siglos antes. En el frente oriental sus horrores sobrepasaron las peores batallas de la I Guerra Mundial. A veces la lucha a muerte entre las fuerzas de la Wehrmacht y el Ejército Rojo parecía no terminar nunca.

La ferocidad de la guerra entre las grandes —y pequeñas— naciones del mundo aumentó al añadirse la ideología racial al nacionalismo, el deseo de gloria, la codicia, el miedo y el afán de venganza que han caracterizado la guerra en todas las épocas. La Alemania Nazi abrazó una concepción ideológica del mundo (Weltanschauung) basada en la creencia de una revolución mundial de carácter “biológico”, una revolución que Adolf Hitler persiguió con torva obsesión desde comienzos del decenio de 1920 hasta que se suicidó en el Führerbunker en abril de 1945. El objetivo de los nazis era eliminar a los judíos y otras razas “infrahumanas”, esclavizar a los polacos, los rusos y otros pueblos eslavos y devolver a la raza aria —es decir, a los alemanes— su legítimo lugar como gobernante del mundo. Al terminar la contienda, los nazis habían asesinado o matado a fuerza de trabajo a por lo menos 12 millones de civiles y prisioneros no alemanes.’(1)
A diferencia de la I Guerra Mundial, donde la lucha de poder entre todas las potencias europeas tarde o temprano culminaría en una guerra, aceptada por todos con gusto, la II Guerra Mundial no era inevitable. A pesar de la tensión entre comunismo y fascismo y de ambos con el liberalismo, de las consecuencias de la paz de Versalles y de la crisis económica del 29, la guerra del 39 tiene como causa principal la megalomanía de un solo hombre, Adolf Hitler, y la megalomanía de un pueblo, el alemán, que se entregó en cuerpo y alma al proyecto de su Führer. Un proyecto que, además, perseguía como fin último el genocidio, pues la condición sine qua non para supremacía aria era la desaparición de los judíos y el sometimiento absoluto de eslavos y latinos. Ni siquiera el comunismo de Stalin perseguía el exterminio por sí mismo, a pesar de que se cobró tantas o más víctimas que el nazismo. Quizá Buchenwald y Dachau nacieron gemelos de Lubianka y el Gulag, pero Auschwitz, Treblinka y Sobibor no tienen su equivalente soviético. Hitler tenía claro que su guerra era una guerra racial, ideológica y bélica, en ese orden de prioridad. Por ello, justo en el momento que fracasaba la ofensiva frente a Moscú y EE. UU. se involucraba directamente en el conflicto, cuando Alemania más tendría que aprovechar sus limitados recursos, Hitler emprendió, sin importarle el costo, su guerra principal: el exterminio del pueblo judío.


Millones han muerto masacrados, torturados o de inanición a lo largo de la Historia, por causa de guerras y tiranos. Quizás Mao y Stalin se lleven el premio a la mayor cantidad. Y, no obstante, el Holocausto de Hitler, con sus 11 millones de víctimas, es muy distinto. Nunca jamás se había emprendido un programa semejante de exterminio por exterminio —sin fines utilitarios—, planificado puntual y metódicamente desde el aparato estatal, utilizando los conocimientos científicos y técnicos más avanzados para hacer el proceso rápido, eficiente y limpio. Es decir, que ‘Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de la Shoah. Aquel intento de acabar programadamente con todo un pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad’.(2)


Todo esto inserto, además, en la estructura de terror de una dictadura y la inercia barbárica de una guerra. Es decir, que a la ‘Solución Final’ hay que sumar, por supuesto, la represión política de la disidencia alemana, el programa de eutanasia y esterilización forzadas, la esclavitud y el saqueo de los países conquistados, la atroz guerra ‘antipartisana’, el bombardeo indiscriminado a civiles inaugurado por la misma Alemania —Guernica, Varsovia, Rótterdam, Londres, Coventry, Leningrado, Stalingrado—, la guerra de conquista y exterminio desatada contra los pueblos de Europa —en especial, aquella contra la Unión Soviética— y, por supuesto, las mil y un atrocidades en el campo de batalla. Esto y exclusivamente esto es cuanto representaba la Alemania de Hitler: terror, terror y más terror, la negación absoluta de Dios y del ser humano. Y contra esto reaccionaron las naciones aliadas.

¿Cómo puede, entonces, ser equivalente la lucha de un soldado alemán a la de un polaco, cuyo país fue invadido, destruido y sangrado gratuitamente? ¿Y la de un checo, un griego, un yugoslavo, un belga, un francés, un noruego? ¿Y cómo la de un británico, canadiense o estadounidense, que lucharon precisamente por devolverle la independencia a países conquistados, la libertad a pueblos tiranizados? Incluso, ¿cómo equivale la del alemán a la del soviético, que, a pesar de defender un régimen igual de despreciable, cometiendo no pocos crímenes también, vio su patria invadida y su pueblo aniquilado? La respuesta es que en ningún caso pueden ser equivalentes los esfuerzos de guerra de una nación durante la II Guerra Mundial. A menos de que neguemos los derechos humanos básicos y despreciemos al único régimen político que vela por ellos, la democracia liberal, esta postura es insostenible: la invasión que sufrió Francia por parte de Alemania en mayo de 1940 difiere totalmente de la que le ocurrió en junio de 1944 por parte de los Aliados occidentales; el sitio de Leningrado no es igual al de Berlín; el bombardeo de Dresde y Hamburgo, más mortíferos, no ostentan el nivel de un crimen, como sí lo tienen el de Varsovia y Rótterdam; es más, la dictadura comunista de Europa Oriental no equivale a la ocupación nazi. ¿Por qué? Por el simple hecho de que cada bala disparada por un Tommy, un G.I. Joe o un Iván contra un pecho alemán aumentaba las esperanzas y evitaba la extinción de pueblos enteros, ‘condenados a muerte’,(3) bien Israel, bien Polonia, bien Yugoslavia…

Aunque ya lo he citado en otra ocasión, mi postura la resume esta frase del mariscal británico Lord Slim:
‘Si alguna vez un Ejército hubo peleado por una causa justa, nosotros [los Aliados] lo hicimos. No ambicionábamos el país de nadie; no deseábamos imponer ninguna forma de gobierno sobre ninguna nación. Nosotros peleamos por lo puro, lo decente, las cosas libres de la vida; por el derecho de vivir nuestras vidas a nuestra propia manera, y para que otros pudieran vivirla conforme a la suya; para adorar a Dios en la fe que deseemos; para ser libres en cuerpo y mente; y para que nuestros hijos y sus hijos sean libres.’
Se puede afirmar incluso que los Aliados lucharon no sólo por la liberación de los países de Europa de Alemania, sino por la liberación de Alemania de sí misma, como lo expresó el entonces cardenal Ratzinger en las playas de Normandía el 6 de junio de 2004:
‘Agradecemos la liberación que tuvo lugar [de parte de los Aliados]. Y no nada más las naciones que sufrieron la ocupación de tropas alemanas y fueron así liberadas del terror nazi. También nosotros, alemanes, agradecemos que por esta acción nos fueron restauradas la libertad, la ley y la justicia. Si bien no la hay en ningún otro caso en la Historia, sí es claramente en el de la invasión Aliada: una guerra justa funcionó a favor del mismo pueblo contra el que se peleó’.(4)

Cualquier persona que piense que el totalitarismo perfecto es preferible a la democracia mediocre, que un dictador carismático es preferible a un parlamento corrupto, que Polonia aún existiría de haber triunfado el proyecto por el que Hitler desató la II Guerra Mundial, es un imbécil que no merece sino lástima. Un imbécil que puede permitirse el lujo de pensar en ello porque tiene la fortuna de vivir bajo un régimen que protege su integridad física y su libertad de expresión, de culto y de asociación, porque vive en paz y su vida no está amenazada por motivos de religión u origen…
‘¡Que nunca más se repita en ningún rincón de la tierra lo que experimentaron los hombres y mujeres que lloramos desde hace sesenta [hoy setenta] años!’(5).


G. G. Jolly

(1) Williamson Murray y Allan R. Millet, La guerra que había que ganar, Barcelona, Crítica, 2002. p. 9.
(2) Juan Pablo II, ‘Discurso en el LX aniversario de la liberación de Auschwitz Birkenau’, Roma, 27 de enero de 2005.
(3) Juan Pablo II, Memoria e Identidad, México, Planeta, 2005. p. 109.
(4) Joseph cardenal Ratzinger, ‘En pos de la libertad. Contra la Razón enfermiza y la religión abusada. Discurso en el LX aniversario del desembarco aliado en Normandía’, Normandía, 6 de junio de 2004.
(5) Juan Pablo II, ‘Discurso en el LX aniversario de la liberación de Auschwitz Birkenau’, Roma, 27 de enero de 2005.

lunes, agosto 17, 2009

Una vida por otra vida

‘El Holocausto es un valor porque condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable; por eso esconde también una reserva moral inconmensurable.’
Imre Kertész(1)


El viernes 14 de agosto, la Iglesia conmemora la festividad y celebra la vida no sólo de un santo, sino de uno de los más grandes héroes del siglo XX: el polaco San Maximiliano María Kolbe, OFM Conv. Su historia es bastante simple (al menos de la forma en que voy a contarla aquí, de pasada), y quizá por eso tan contundente: tras cuarenta y seis años de una vida rebosante de energía, ambiciosa, volcada enteramente a ganar el mundo entero para la causa de la Inmaculada y del Reino de Dios, fue apresado por la Gestapo y enviado a Auschwitz, que era apenas un campo como cualquier otro del archipiélago concentracionario nazi (faltaba tiempo aún para que creciera hasta convertirse en la peor industria de asesinato en la Historia).

Allí, fue esclavizado y torturado junto a otros tantos miles de hombres (disidentes, intelectuales y miembros de la resistencia polaca, en su mayoría) hasta que, un día, el Lagerführer quiso escarmentar a los presos luego de una fuga; seleccionó al azar diez hombres por cada uno de los prófugos para encerrarlos y matarlos de hambre. El padre Kolbe dio un paso al frente y pidió tomar el lugar de un hombre desconocido, esposo y padre de familia, que suplicó piedad. De esta forma, al intercambiar su vida, ese templo de Antihumanidad, de Negación absoluta, fue demolido precisamente por la humanidad y afirmación absolutas, tal y como alguna vez aconteció en el Gólgota. En un discurso pronunciado en Auschwitz mismo, Juan Pablo II dijo de él:
‘En este lugar que fue construido para negar la fe —la fe en Dios y la fe en el Hombre— y para aplastar definitivamente no sólo el amor, sino todos los signos de la dignidad humana, de la humanidad, ese hombre logró la victoria mediante el amor y la fe.’
G. G. Jolly

(1) Imre Kertész, ‘El Holocausto como cultura’, en Un instante de silencio en el paredón. El Holocausto como cultura, Barcelona, Herder, 2002. p. 85.




jueves, noviembre 15, 2007

Un jesuita que no calló

La fiesta del Beato Rupert Mayer, SJ es el 3 de noviembre. Debí de haber escrito este post hace unos días, pero no estaba ni remotamente cerca de una computadora ni siquiera consciente de que este gran hombre era celebrado… Más vale tarde que nunca.

Nació el 23 de enero de 1876 en Stuttgart, Alemania. Conoció a la Compañía de Jesús mientras estudiaba la secundaria en Ravensburg e hizo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, tras lo que decidió unirse a la orden. Su padre, sin embargo, le pidió que pospusiese su entrada hasta que terminase los estudios. Entre 1894 y 1898 estudió filosofía, teología, historia y catequesis en las universidades de Friburgo (Suiza), Múnich y Tubinga. En 1898 ingresó al seminario diocesano de Rottenburg y, ya terminada su formación y ordenado sacerdote, trabajó como coadjutor en Spaichingen. Entró al noviciado jesuita de Feldkirch/Tisis y, un año después, fue enviado a Valkenburg, Holanda, para profundizar sus estudios de filosofía y teología.

En 1911 fue destinado a Múnich para atender a emigrantes del campo, desarraigados y sin empleo. Pronto se distinguió por su empeño en organizaciones de caridad, cooperación con las autoridades públicas y el cuidado personal a las personas. Fundó, junto con dos colaboradores diocesanos, a las Hermanas de la Sagrada Familia, en 1914, para continuar con su labor social.

Al estallar la I Guerra Mundial, se alistó como voluntario en el ejército, donde fungió como enfermero y luego como capellán. Por su valentía, fue el primer sacerdote católico en obtener la Cruz de Hierro, aunque, en 1916, sufrió una herida en Rumania que le costaría la amputación de una pierna por encima de la rodilla.

A pesar de su discapacidad, continuó con renovado fervor su apostolado social y pastoral. Se interesó también por el movimiento sindical católico y pronto comenzó a hablar y predicar sobre ello: en 1922, se dirigió a 40 mil personas en la Königsplatz de Múnich. Sus misas para viajeros en la estación central de la ciudad también atraían grandes multitudes.

Era un hombre al que le gustaba estar al día en política. Desde el año en que estalló la guerra, leía la prensa socialista y asistía a sus mítines políticos, para exponer el punto de vista social católico en contraposición. Lo mismo hizo con el movimiento nacionalsocialista: reconoció que Hitler era un excelente orador, pero sin mayor interés por la verdad. Ya en 1923 negó que un católico pudiese ser nacionalsocialista, para ira de los nazis, quienes llegaron a culparle del fracaso de su golpe de Estado ese año, a pesar de que Rupert se había ofrecido a ayudar a los heridos.

Cuando Hitler y su Partido llegaron al poder, las denuncias de Meyer contra la ideología nazi, racista y anticlerical, se incrementaron. Se le seguía de cerca y pronto se le prohibió predicar, excepto en su ‘base’, la iglesia St. Michael de Múnich. En 1937 fue arrestado por atacar maliciosamente al gobierno y al partido y por utilizar el púlpito como herramienta política. Se le condenó a seis meses de prisión, mas su provincial arregló con la corte la libertad de Meyer a cambio de la autocensura. Sin embargo, él se dio cuenta de que el silencio sería interpretado como cobardía o como consentimiento: volvió al púlpito y fue arrestado nuevamente en 1938. Se le concedió el indulto después de la anexión de Austria y la Compañía reconoció su valentía al concederle la profesión perpetua en ella, algo inusual para alguien que se había hecho jesuita ya siendo sacerdote.

En 1939, ya comenzada la guerra, fue aprehendido por supuestos contactos con grupos monárquicos de resistencia. Se negó, aludiendo al secreto de confesión, a proveerle a la policía ningún nombre y fue enviado al campo de concentración de Sachsenhausen. Su salud declinó y, dada su condición sacerdotal y de héroe de guerra, los nazis temieron crear un mártir, por lo que lo confinaron al monasterio benedictino de Ettal, en completo aislamiento. Poco después de la liberación, de vuelta en Múnich, ocupado en labores de reconstrucción y ayuda a la gente necesitada, azotada por la guerra, sufrió un derrame cerebral y murió el 1º de noviembre de 1945.

El Papa Juan Pablo II lo beatificó el 3 de mayo de 1987, en Múnich.

P. D. Éste es un caso atípico entre los jesuitas alemanes; si acaso se me ocurren los nombres de Alfred Delp, SJ (1907-1945) y de Josef Spiekler, SJ (1893-1968). El primero, ahorcado por su activa participación en el círculo de resistencia que intentó derrocar a Hitler en 1944, y el segundo, convicto en prisiones y campos de concentración por sus atrevidos sermones y sentencias, como la de que ‘¡Alemania tiene un solo Führer: Jesucristo!’. Los cientos de jesuitas restantes, a pesar de estar ellos mismos en la mira de la campaña anticatólica nazi, callaron, agacharon la cabeza o voltearon la mirada hacia otro lado mientras Hitler y los suyos se empeñaban en la destrucción de Dios y de su Pueblo en Auschwitz. El insigne Karl Rahner, SJ, el teólogo de mayor talla del siglo, sorprende por su sepulcral silencio y el ensimismamiento en comunes labores pastorales y elaboradas reflexiones y debates sobre temas de teología… El Padre General, Jean-Baptiste Janssens, SJ, preocupado por mantener la disciplina y el status quo, al igual que la jerarquía católica alemana; la Compañía, como la Iglesia universal, contemplándose el ombligo mientras el mundo ardía, denunciando la injusticia sólo cuando sus propios fueros se veían amenazados… una minoría valiente nada más, resistía, el Beato Rupert Meyer entre ellos.

G. G. Jolly, nSJ

domingo, julio 01, 2007

Tres sacerdotes infames

En esta ocasión, quiero presentar el caso de tres sacerdotes particularmente infames.(*)


Pbro. Athanase Seromba (1963-). El padre Seromba era el titular de una parroquia en Nyange, en la provincia de Kibuye de Ruanda occidental. Durante el atroz genocidio de ese país, en el que perecieron entre 800,000 y 1’000,000 de personas, en 1994, alrededor de 2,000 refugiados (incluyendo ancianos, mujeres y niños) de la etnia tutsi (perseguidos por la etnia hutu) buscaron refugio en la iglesia de Nyange. Seromba, un hutu fanático, autorizó a la milicia hutu que utilizara bulldozers y derrumbar su propio templo con los refugiados dentro. Una vez hecho esto, ordenó a los milicianos eliminar a toda persona aún con vida entre los escombros, con balas o machetes. Tras esconderse en Europa usando un nombre falso, se entregó al Tribunal Criminal Internacional para Ruanda en 2002, aunque se declaró inocente de los cargos de genocidio, complicidad en un genocidio, conspiración para cometer genocidio y exterminación y crímenes contra la humanidad. Tras dos años de juicio, fue hallado culpable y sentenciado a 15 años de prisión.

Pbro. John Geoghan (1935-2003). Graduado del Seminario Cardenal O’Connell de la Arquidiócesis de Boston y ordenado sacerdote en 1962, durante 30 años de servicio como sacerdote en seis parroquias distintas, se le acusó de haber abusado sexualmente de más de 130 menores de edad. Finalmente, fue sujeto a tratamiento psiquiátrico y psicoanálitico especial y, más tarde, destinado a un hogar para sacerdotes jubilados. En 1991, a Geoghan se le imputaron cargos de amedrentación, de los que fue hallado culpable en 2002, por lo que se le sentenció a entre nueve y diez años de prisión. Además, en 1998 concluyó un juicio canónico en su contra, que le removió sus órdenes sagradas y lo retornó al estado laico. El 23 de agosto de 2003, John Geoghan fue extrangulado por otro interno en el Centro Correccional de Sousa-Baranowski, en Shirley, Massachussets.

El caso de Geoghan formó parte importante del escándalo que azotó a la Arquidiócesis de Boston en 2001. Hay evidencias de que las autoridades eclesiásticas, enteradas de las quejas por abuso sexual a manos de algunos sacerdotes, encubrieron el asunto y los transfirieron de parroquia en parroquia, ayudando así a que el número de víctimas creciera. Esto llevó a la ignominiosa renuncia del titular de la arquidiócesis, Francis Bernard Cardenal Law, y a una serie de batallas legales y millonarios acuerdos con más de 542 personas afectadas, 86 de las cuales sufrieron abusos sexuales de John Geoghan.

Monseñor Jozef Tiso (1887-1947). Nacido en Veľká Bytč, en la actual Eslovaquia, estudió teología en Viena y fungió como capellán militar del Ejército Austro-Húngaro en la I Guerra Mundial. Más tarde, fue director del Seminario Teológico y profesor en una secundaria, ambos en el pueblo de Nitra. Entre 1921 y 1924 fue maestro y secretario del obispo rector en el Seminario de la Divinidad, también en Nitra, hasta que se volvió párroco de Bánovce nad Bebravou.

De forma paralela a su ministerio eclesiástico, Tiso estaba inmerso en el Partido Popular Eslovaco, fundado como agrupación católica en 1913 por el padre Andrej Hlinka (1864-1938), de corte altamente nacionalista, autoritario y antisemita. A la muerte de éste, monseñor Tiso se convirtió en el líder de facto del partido, y luego líder oficial, el 1º de octubre de 1939. Ya antes había ocupado una curul en el parlamento de Praga (1925-1939) e incluso varias carteras en el gobierno checoslovaco: Ministro para la Salud y los Deportes (1927-1929) y Ministro para Asuntos Eslovacos (1938). Sin embargo, es el papel crucial que jugó en el drama que destruyó al Estado Checoslovaco en 1938 y 1939 y posteriormente como primer ministro (1939) y presidente de la I República Eslovaca (1939-1945), el que le granjeó un lugar infame en la Historia.(1)

Monseñor Tiso y su primer ministro, el también devoto católico Vojtech Tuka (1880-1946), encabezaron un gobierno fascista, por completo servil a los intereses de la Alemania Nazi. El mismo Tiso, líder absoluto de los eslovacos, adoptó el título de Vodca (‘líder’ en eslovaco; similar al Führer alemán, Duce italiano y Caudillo español), en 1942, y al tanto que ejercía sus regulares deberes sacramentales en la parroquia de Bánovce nad Bebravou, fue directamente responsable de la deportación a territorio alemán de 58,000 judíos eslovacos, la mayoría de los cuales murió a causa de trabajos forzados o asesinada en Auschwitz-Birkenau.

En abril de 1945, cuando el Ejército Rojo conquistó los últimos remanentes de Eslovaquia, el presidente Tiso fue derrocado y capturado. Dos años después, la Corte Nacional lo encontró culpable de ‘traición interna, traición al Levantamiento Nacional Eslovaco y colaboración con los nazis’. Fue ahorcado el 18 de abril de 1947.

G. G. Jolly

(1) v.
Historia de Eslovaquia.

(*) Advertencia: Creo que todos los católicos, en mayor o menor medida, guardamos cierto respeto, incluso cariño, por el clero, ya sea secular o religioso: diáconos, presbíteros y obispos. Y claro que debería de ser así. La jerarquía de la Iglesia se basa en la sucesión apostólica y las potestades que ésta otorga a quienes les son conferidas las órdenes sagradas, sin los cuales la vida sacramental sería imposible. Sin embargo, existe también la generalizada tendencia, tanto de laicos como del mismo clero, a tener un concepto demasiado idealizado o plenamente falso de lo que significa, en realidad, la vida como un Cristo-sacerdote. Durante muchos siglos, incluso, la comunidad eclesial ha padecido de un fortísimo clericalismo que ha inflado el ego de los ministros ordenados, así como ha deformado el verdadero papel de los laicos como cristianos. Son más que visibles ciertas formas eclesiales demasiado jerárquicas, verticales, autoritarias y, sobre todo, clericales, aun hoy, 40 años después de la clausura del Concilio Vaticano II, que destruyó las falsas barreras y dignidades que separaban la misión de los cristianos laicos y los consagrados. Por desgracia, aún es muy común toparse con miembros del clero que se sienten ‘especiales’ o ‘superiores’ a los demás bautizados, al igual que con laicos que idealizan o idolatran al clero: ‘¡Háblale de “usted” al padre’; ‘¡El excelentísimo señor obispo!’, etcétera. Y no digo que no existan ciertas dignidades que requieren respeto ni que no haya sacerdotes admirables merecedores de elogios (¡muy al contrario!). Tampoco niego el llamado a la santidad al que son requeridos los presbíteros, diáconos y obispos (¡al igual que todos los cristianos bautizados!). No obstante, una ingenua idealización del clero, al enfrentarse cara a cara con la realidad de la Iglesia pecadora (y, por tanto, de un clero igualmente pecador), suscita desilusiones, dolor, desesperanza y hasta apostasía. Un hombre no se vuelve santo nada más porque recibe las órdenes sagradas. Más bien, es un hombre que, en palaras de San Ignacio de Loyola, a pesar de saberse pecador, se sabe, a la vez, llamado por Dios, con sus cualidades y defectos, a Su servicio. Bien lo sabemos: ‘de todo hay en la viña del Señor’. El Pueblo de Dios está conformado, en su totalidad, por seres humanos pecadores; si bien unos lo son más que otros, claro está. Podemos ver cómo el mismo Jesús convocó a sus doce primeros discípulos aun a sabiendas de que uno lo traicionaría, otro lo negaría, alguno más dudaría de Él y que el resto huiría y lo abandonaría en su peor hora. Y así, a lo largo de la larga historia de esta comunidad bimilenaria, veremos que cristianos bautizados son asesinos, ladrones, violadores y mentirosos, desde el más despreciable de los narcotraficantes y secuestradores hasta los cardenales, obispos y papas más corruptos.

domingo, febrero 11, 2007

En el LXII aniversario de la liberación de Auschwitz

La puerta de Auschwitz I, con la leyenda: ‘El trabajo hace la libertad’.

El pasado 27 de enero, se conmemoraron 62 años desde que el Ejército Rojo entró al complejo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau-Monowitz, con sus casi 40 subcampos, terminando así, la peor pesadilla en la Historia humana. Allí, entre 1.000.000 y 1.500.000 de personas, en su mayoría judíos, fueron asesinados como consecuencia de la ‘Solución Final al Problema Judío’ de la Alemania Nazi. Aunque las matanzas continuaron hasta que terminó la guerra en Europa, tres meses más tarde, se acordó que este día fuese el Día del Holocausto, de la Shoah —‘masacre’, en hebreo—, y se recordara, así, a los casi siete millones de judíos y cinco millones de otras minorías étnicas, víctimas del totalitarismo nazi.

Quise escribir algo al respecto el mismo 27 de enero, mas no hallé qué, al contrario de Mendigo, cuyo excelente post fue secuestrado por comentarios antisemitas infames e intolerables, lo que hace aún más necesario recordar la Shoah, en su justa medida y significado. Sin embargo, el texto que finalmente encontré fue éste:

‘En Polonia, no lejos de Cracovia, se levanta la ciudad de Oświęcim. Un amplio trecho de terreno conserva aún la estructura y el nombre del campo de concentración [en realidad, el término adecuado es de exterminio] alemán donde, hace cincuenta [60, hoy día], fueron exterminados los judíos: Auschwitz-Birkenau. Allí fueron enviados a las cámaras de gas mártires y héroes, niños y ancianos. Aunque otros muchos inocentes, polacos y de otras nacionalidades europeas —entre ellos San Maximilian Kolbe—, gitanos y homosexuales encontraron en aquel campo una muerte horrenda, Auschwitz, se ha erigido en el lugar simbólico de la Shoah, el genocidio del pueblo judío en Europa.

Pero se puede considerar también como el mayor símbolo de una barbarie y de un plan criminal que se difundió por toda Europa y multiplicó los gestos gratuitos de crueldad. Porque, como escribe Giuseppe Dossetti en su introducción a Le querce di Montesole: “Auschwitz no es un mero episodio aislado, aunque tremendo, ni tampoco un cierto periodo de la historia moderna, sino un punto decisivo, una nueva era en la que el progreso tecnológico, la planificación política, los sistemas burocráticos actuales y la desaparición total de los vínculos morales tradicionales se combinan para hacer de la destrucción humana de masas una posibilidad siempre presente”.

En junio de 1979, el Papa Juan Pablo II, en uno de sus primeros peregrinajes, se dirigió a Auschwitz para rendir homenaje a las víctimas de la Shoah, y para testimoniar que sólo recordando y cultivando la memoria podremos abrirnos a la conversión, al perdón y a la esperanza. Los monstruos del nacionalismo, el racismo, el fanatismo ideológico y religioso pueden fascinar todavía a nuevas generaciones si les privamos de memoria.

En la aurora del tercer milenio de la redención, también nosotros somos llamados a Auschwitz, cual estación dolorosa en el camino hacia el Sinaí y hacia Jerusalén. El camino del encuentro fraterno con Israel pasa necesariamente por Auschwitz. Y por él transcurren asimismo numerosas vías de encuentro entre hombres y mujeres de finales de este siglo. En Auschwitz se mantiene silencio, se reflexiona y se ora, de ahí mana el compromiso de construir juntos un mundo de paz.’

Tomado de: Carlo Maria Cardenal Martini, SJ, ‘El camino del encuentro fraterno con Israel pasa por Auschwitz’, en Hacia Jerusalén, Barcelona, Herder, 2002. pp. 155-156.


martes, octubre 17, 2006

Un coloquio con Dios de Elie Wiesel

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‘Señor del Universo, hagamos las paces. Ya es hora. ¿Cuánto más podemos seguir enojados? Más de cincuenta años han transcurrido desde que terminó la pesadilla. Muchas cosas, buenas y menos buenas, les han pasado desde entonces a los que sobrevivieron a ella. Aprendieron a construir sobre las ruinas. Se recreó la vida familiar. Nacieron hijos, se entablaron amistades. Aprendieron a tener fe en su entorno, incluso en sus semejantes.

La gratitud ha reemplazado a la amargura en su corazón. Nadie es tan capaz de agradecimiento como ellos. Agradecimiento hacia cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus relatos y convertirse en su aliado en la batalla contra la apatía y el olvido. Para ellos cada momento es una gracia. Oh, no perdonan a sus asesinos ni a los cómplices de éstos, ni deberían hacerlo. Ni tampoco deberías hacerlo tú, Señor del Universo. Pero ya no miran con recelo a todo el que pasa. Ni ven en cada mano un puñal.

¿Significa esto que las heridas de su alma han sanado? Nunca sanarán. Mientras una sola chispa de las llamas de Auschwitz y Treblinka brille en su memoria, mi alegría estará incompleta.

¿Qué hay de mi fe en ti, Señor del Universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allí, durante las horas más oscuras de mi vida. No sé por qué seguí susurrando mis oraciones diarias, y las reservadas para el Sabbath, y para los días festivos, pero las recitaba, a menudo con mi padre y, en la víspera de Rosh Hashanah, con cientos de prisioneros de Auschwitz. ¿Era porque las oraciones seguían siendo un lazo con el mundo desaparecido de mi infancia?

Hagamos las paces... Pero mi fe ya no era pura. ¿Cómo podía serlo? Estaba llena de angustia en lugar de fervor, de perplejidad más que de piedad. En el reino de la eterna noche, en los Días del Temor, que son los Días del Juicio, mis plegarias tradicionales estaban dirigidas a ti y también contra ti, Señor del Universo. ¿Qué me hirió más: tu ausencia o tu silencio?

En mi testimonio escribí palabras duras, palabras ardientes, sobre tu papel en nuestra tragedia. No las repetiría hoy. Pero las sentía entonces. Las sentía en cada célula de mi ser. ¿Por qué dejaste, si no permitiste, que el asesino día tras día, noche tras noche, torturara, matara y aniquilara a decenas de miles de niños judíos? ¿Por qué fueron abandonados por tu Creación? Estos pensamientos de ningún modo estaban dirigidos a disminuir la culpa de los culpables. Su culpabilidad establecida es irrelevante con respecto a mi problema contigo, Señor del Universo. En mi niñez, no esperaba demasiado de los seres humanos. Pero esperaba todo de ti. ¿Dónde estabas, Dios de la Bondad, en Auschwitz? ¿Qué pasaba en el cielo, en el tribunal celestial, mientras tus hijos eran elegidos para la humillación, el aislamiento y la muerte sólo porque eran judíos? Estas preguntas me han perseguido por más de cinco décadas.

Tienes muchos defensores de palabra, sabes. Se me dieron muchas respuestas teológicas, tales como: Dios es Dios. Sólo Él sabe lo que hace. Uno no tiene derecho a cuestionarlo a Él o a Sus acciones. O: Auschwitz fue un castigo por los pecados de asimilación y/o sionismo de los judíos europeos. Y: ¿Acaso Israel no es la solución? Sin Auschwitz, no hubiera habido Israel. Rechazo todas estas respuestas. Auschwitz deber ser y será para siempre un signo de pregunta: no puede ser concebido ni con Dios ni sin Dios. Llegado un punto, empecé a preguntarme si no era injusto contigo. Después de todo, Auschwitz no era algo que viniera armado del cielo. Fue concebido por hombres, implementado por hombres, manejado por hombres. Y su objetivo no sólo era destruirnos a nosotros sino también a ti. ¿No deberíamos pensar en tu dolor también? Al ver a tus hijos sufrir a manos de tus otros hijos, ¿no has sufrido tú también? Mientras los judíos otra vez empezamos a celebrar el Año Nuevo, preparándonos para orar por un año de paz y felicidad para nuestro pueblo y todos los pueblos, hagamos las paces, Señor del Universo. ¿A pesar de todo lo que pasó? Sí, a pesar de todo. Hagamos las paces: para el niño que hay en mí, es insoportable estar separado de ti durante tanto tiempo.’

Tomado de: Elie Wiesel (1928-), citado en el blog El Pensadero, del diácono bonaerense Eduardo Mangiarotti.

jueves, junio 22, 2006

Reflexiones sobre Dios (III)

Marc Chagall, Gólgota, 1912.

‘Yo rechazaría este buen Dios, pues es una caricatura que puede ser válida para niños de seis años, y quizás para ciertos adultos infantiles’. Pero un Dios del amor no es el buen Dios. El buen Dios suena a diocesillo al que se puede acariciar. Pero Él no me acaricia y tampoco yo a Él. Esto es una especie de “teología de la avestruz”, que suprime los aspectos desconocidos de Dios para tenerlo a mano a base de cumplimientos. Pero un Dios del amor que quiere lo bueno y me da la libertad también para lo malo es un Dios que puedo aceptar y en el que puedo creer.

Si nuestro Dios es un Dios del amor, también ha de ser un Dios celoso, un Dios que da, pero también toma; que perdona, pero también castiga, animado y exigiendo a la vez.[*] Un Dios sin ira por el pecado, sin celo por la justicia, sería un apático Dios griego, sentado en su elevado trono celeste, que no quiere saber nada de los sufrimientos del mundo. Un Dios que no distingue entre criminales y justos, entre santos y genocidas, sería un Dios de la indiferencia, que está bien el Olimpo o en el panteón romano, pero no es compatible con los apasionados profetas del antiguo Israel, a los que se sentía estrechamente vinculado el temperamental Jesús. Pero si usted rechaza la teodicea en cuanto antropomorfismo que convierte a Dios en supremo policía, Señor de los ejér-citos o alcalde que gobierna desde el cielo, existe sin duda un puente entre la teodicea que usted rechaza y la antropodicea de la que yo hablo, que me atrevería a calificar, con algunos rabinos, como teopatía. Si Dios vive en mí, de lo que estoy convencido, puede existir un Dios paradójico que desmiente toda nuestra minúscula sabiduría humana, y es suficientemente grande para hacerse pequeño, suficientemente omnipotente para anonadarse, suficientemente libre para ligarse a nosotros y compadecerse de sus criaturas. Así, sufrió en Auschwitz al lado de sus judíos y padeció con ellos hambre en Treblinka. Por eso, no sólo puedo reconocer a Dios como Creador, sino también como un Dios que camina a mi lado, como dicen los Salmos [v. Sal CXIX, por ejemplo], incluso por el valle de la muerte para hacerse en mí más humano que el hombre. Quizás sea ésta una imagen de Dios que, después de Auschwitz, podría llevarnos más lejos en la línea de nuestra maduración de las imágenes de Dios.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 94-95.

[*] Me he tomado la molestia de reunir varias citas sobre esto: Dt IV, 24; Dt V 9-10; Dt VII, 9-19; Sal C, 5; Ct II, 4; 1 Jn IV, 7-8.16; Is LIV, 8; Is LX, 8; Ex XX, 20.

martes, junio 20, 2006

Tres poemas sobre Auschwitz

Para complementar lo dicho aquí anteriormente en: Reflexiones sobre Dios (II) y La almohada de Ruth.


‘Después de Auschwitz no hay teología:
de las chimeneas del Vaticano sube humo blanco
señal de que los cardenales eligieron un papa.
De los crematorios de Auschwitz sube humo negro
señal de que los dioses todavía no eligen
al pueblo elegido.
Después de Auschwitz no hay teología:
los números sobre los antebrazos de los prisioneros de exterminio
son los números de teléfono de los dioses
números de los que no hay respuesta
y ahora están desconectados, uno por uno.

Después de Auschwitz hay una nueva teología:
los judíos que murieron en el Holocausto
se volvieron semejantes a su dios
que no tiene la figura del cuerpo y que no tiene cuerpo.
Ellos tampoco tienen la figura del cuerpo ni tienen cuerpo.

* * *

Yo no fui uno de los seis millones
que murieron en el Holocausto y ni siquiera estuve entre los sobrevivientes
ni entre las sesenta miríadas que salieron de Egipto
pero llegué a la tierra prometida desde el mar,
yo no estuve entre todos ellos pero el fuego y el humo
en mí permanecieron, y las columnas de fuego y las columnas de humo me indican
el camino de noche y de día, y se quedó en mí la loca búsqueda
de salidas de emergencia y lugares tiernos,
de zonas indefensas para fugarme en la flaqueza
y en la esperanza y se quedó en mí la avidez de buscar
el agua de la vida susurrando a la piedra y con golpes de locura.
Después silencio sin preguntas ni respuestas.
La historia judía y la historia mundial
me trituran entre sí, a veces hasta pulverizarme
como entre piedras de molienda, y el año solar y el año lunar
se anticipan uno a otro o se retrasan uno tras otro
y saltan dándole un movimiento constante a mi vida
y yo a veces caigo en el espacio que hay entre ellos
para esconderme en él o para hundirme.’

Yehuda Amijái (1924-2000)

Tomado de: Letras Libres 23, noviembre 2000, México. p. 31 (Traducción del hebreo de Claudia Kerik).


A. Siciliano, Primo Levi, 2005.

‘Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío y el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.’

Primo Levi (1919-1987)

Tomado de: Primo Levi, Si esto es un hombre, en Trilogía de Auschwitz, Barcelona, El Aleph, 2005. p. 29.

domingo, junio 18, 2006

Reflexiones sobre Dios (II)

‘El Dios en quien yo creo es un Dios de la libertad, en el doble sentido de la palabra. Es libre en sí mismo, es decir, no se atiene a nuestras reglas del juego, y al mismo tiempo nos ha otorgado el tremendo don de darle a Él nuestro sí o nuestro no; puede ser, como usted escribe, el inconsciente Dios en nuestro interior, y cuando hacemos ruido o gritamos demasiado no podemos oír la suave voz dentro de nosotros. Ésta es la libertad que nos ha dado. Siendo esto así, preguntas como ¿por qué tolera Dios esto, por qué permite esto o lo otro? son antropomorfismos no menores que los de toda la teodicea. En el fondo, Dios sería así el supremo gendarme del cuelo que puede tolerar y prohibir, permitir y aprobar. Considero que estas imágenes de Dios, propias más bien de la infancia de la humanidad, han muerto en Auschwitz, y no sé si he de guardar luto por ello. El Dios que ciertamente ha muerto en Auschwitz es el bondadoso abuelo de larga barba blanca. Dios, como viejo notario que anota diariamente las buenas y las malas acciones de un hombre, ha sido incinerado en Auschwitz. El Dios de los ejércitos, que avanza siempre con los batallones más fuertes, yace en la misma tumba de familia que el Dios de los sempiternos poseedores del derecho y de los dueños del saber. Considero que Auschwitz nos ha ayudado a purificar nuestras imágenes de Dios.

“Dios ha muerto”, dijo Nietzsche antes de sumirse en su demencia. Tenía toda la razón, si con ello se refería a las representaciones de Dios infantiles y pueriles a la vez, que lo presentan como el celestial apagafuegos, cumplidor de las plegarias y concesionario del éxito. ¡Mas aún! Debemos dar gracias a los críticos de la religión porque nos han liberado de mucho culto idolátrico enmascarado y nos han obligado a luchar por conseguir una idea de Dios más alta y más madura. En pocas palabras, si tu Dios puede ser descrito, definido, discutido o confirmado, sólo es un Dios suplente, no el Dios de la Biblia.’

Tomado de: Viktor Frankl y Pinchas Lapide, Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona, Herder, 2005. pp. 85-86.

viernes, abril 14, 2006

La almohada de Ruth

Éste es un pequeño cuento que escribí hace un año y que, creo, vale la pena rescatar y poner al alcance de más gente. Disfrútenlo.

‘La almohada de Ruth

“Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento.”
Ap. XVI, 18

La pequeña Ruth dormía tranquila en su cama, abrazando una almohada blanca y grande.

Su almohada era su única amiga y juguete. Con ella reía cuando su madre jugaba con ella o cuando su bisabuelo le contaba historias. En ella lloraba cuando no había comido y le dolía el estómago o veía llorar a su madre —algo muy frecuente—, y con ella se regocijaba el día que había pan blanco, porque no había casi nada de comida y, mucho menos aún, dinero para comprarla. Por supuesto, tampoco había lindos vestidos o zapatos nuevos, ni muñecas, ni pelotas. Pero Ruth no extrañaba nada de eso, porque nunca había comido carne, ni probado la mermelada o el chocolate, ni había visto jamás un lindo vestido, zapatos nuevos, pelotas o muñecas. Ruth era feliz al lado de su almohada, sus padres y su bisabuelo.

A Ruth la despertaron fuertes golpes en la puerta del cuarto maltrecho y obscuro en el que vivía con su familia: su hogar. La puerta se abrió abrupta y violentamente, y entraron cuatro personas, altas, fuertes y robustas como su padre, pero vestidas con abrigos grises, sombreros como de hojalata y unos maderos largos y delgados al hombro. La pequeña Ruth se asustó, pues aquellas personas gritaban y alzaban la voz y decían cosas que ella no comprendía, jamás había oído hablar a alguien de esa forma. Su madre corrió hacia ella y la alzó de la cama y ella abrazó a su almohada.

Su padre trató de golpear a uno de aquellos hombres, y, aunque era fuerte y ágil —tenía apenas 23 años y era un hombre muy apuesto, de ojos negros y abundante pelo rizado—, ellos le golpearon y lo halaron fuera del cuarto. Le siguieron su abuelo y su esposa con su hija en brazos. Ruth sintió alfilerazos en su rostro cuando salieron del cuarto y del edificio; la sensación no era nueva, era igual a las noches en las que se había movido mucho en su cama y tirado su frazada al suelo, pero mucho más intensa. Ella vio el inmenso techo azul sobre su cabeza y al gran foco amarillo que le lastimaba los ojos, un círculo gigante y luminoso.

El bisabuelo Szimon, mientras tanto, encorvado y apoyándose sobre un bastón, caminaba lentamente y con dificultad porque estaba enfermo. Cayó al suelo cuando uno de aquellos hombres de gris le empujó. Su larga barba cayó sobre el suelo, de un color blanco que Ruth jamás había visto. Él trataba de levantarse, apoyándose en su brazos, pero tres de aquellos hombres de gris le golpearon muy fuerte con sus pies, envueltos en zapatos negros muy altos y brillosos, y con los maderos largos que llevaban al hombro, hasta que no se movió más y se quedó boca abajo, como si estuviese dormido. Su madre rompió en llanto y su padre comenzó a maldecir. Ruth estaba asustada y no sabía por qué: “¿Qué no va a venir el bisabuelo con nosotros, mami?”, preguntó la niñita.

Ruth estaba impresionada por ver a tanta gente; jamás creyó que hubiese más mundo que el cuarto y más gente que su familia, mas había niños como ella, hombres y mujeres como sus padres y gente con el pelo blanco y piel arrugada como el abuelo —aunque algunas de esas personas lucían más como su madre, pero con las mismas características que su bisabuelo. También había muchos hombres de gris y algunos halaban de una cadena a unas cosas peludas que se movían y hacían un feo ruido y enseñaban dientes largos y puntiagudos. De pronto, un estruendo horrible le asustó y le hizo llorar: vio a un hombre de gris alzando el madero esbelto y, a unos pasos de él, una silueta durmiendo sobre el suelo blanco, que, pronto —para gran asombro de Ruth—, se volvió rojo, como en los cuentos de magia que le contaba el bisabuelo Szimon.

¿Qué eran todas esas cajas grandes y altas de donde salía y a donde entraba gente? ¿Qué eran esos palos altos y gruesos con muchas laminillas verdes arriba? ¿Y aquella ancha franja verde-azulosa que reflejaba todo y se veía a lo lejos? ¿Era agua acaso? No, no era posible que pudiese existir tanta agua, porque, entonces, los baños hubiesen podido ser mucho más seguido y no hubiesen tenido sed nunca. ¿Y esa mole gris obscuro que hacía tanto ruido y echaba al aire columnas de humo negro y espeso y que arrastraba cajas de madera muy grandes en forma de rectángulo? ¡Qué fascinante y qué aterrador era para Ruth todo aquello! Su universo desde que tenía memoria hasta ese momento había sido su familia y el cuarto: ahora… ¡el mundo entero, con sus colores, formas y sonidos, apareció repentinamente ante ella!

Ruth estrechó su almohada cuando llegó la obscuridad una vez que entró con su familia y con mucha gente a una de las grandes cajas de madera. Lloró como nunca había llorado: el movimiento brusco; su fiel acompañante, el hambre, volvióse insoportable; aún más, la sed; el cansancio y el dolor de no poder recostarse; el tiempo que no acababa y que no terminaba de pasar. Pero allí estaban su madre y su almohada. Y también estaba su padre, que le acariciaba los cabellos y las mejillas y le procuraba el agua que escurría desde arriba. Ruth, al fin, sucumbió al sueño y no despertó sino hasta que sintió un fuerte movimiento y luego su ausencia total.

Poco tiempo después, todos salieron de la gran caja de madera y se hallaron en medio de una planicie blanca y con una que otra de esas cajas con gente dentro —y que no se movían. ¿Cómo era posible que hubiese cambiado la vista así como así? Uno entraba a la caja de madera que se movía y cuando salía, los palos con laminillas verdes arriba, la ancha franja verde-azulosa y todas las cajas grises con personas dentro habían desaparecido, y en su lugar aparecía un campo llano y blanco con cajas bajas y todo rodeado por palos con hilos de metal. ¡Debía de ser más magia de los cuentos del bisabuelo Szimon!

“¿Dónde está el bisabuelo, papi?”, no obtuvo respuesta. Su padre clavó sus ojos negros en ella y, aunque lo intentó, no pudo sonreír; había agua en ellos y parecía que iba a llorar como su madre o como ella misma, pero, no, no era posible. Su padre no hacía eso. Mientras pensaba y entre los gritos de su madre, dejó de verle a él, porque fue apartado de ellas dos por uno de aquellos hombres de gris.

Ruth se asustó mucho cuando una persona, una chica como su madre pero de pelo amarillo y vestida también de gris, le gritaba y ella no entendía. La mujer le arrebató la almohada y ella lloró, gritó y pataleó, y quiso recuperarla, pero su madre la detuvo. Después, se hincó delante de su hija, la acarició y le regaló una sonrisa —hacía mucho tiempo que no hacía eso—, y entonces comenzó a desabotonarle la blusa para desvestirla, al tanto que le hablaba de las maravillas del agua, del perfume del jabón y la alegría de una ducha. ¡Una ducha! ¡Otra cosa nueva! ¡Vaya día! “¿Y mi almohada, mami?”, preguntó Ruth, preocupada.

“Ella te va a estar esperando, mi amor”, le contestó su madre, sonriéndole y con lágrimas en los ojos. Ruth sonrió, muy aliviada, y, con confianza, volteó a ver a su almohada en el piso. Cogió a su madre de la mano y cruzó una gran puerta de metal.

La almohada blanca sobresalía en la cima de una gran pila de vestidos, zapatos, blusas y pantalones. El gélido aire soplaba y depositaba pequeños copos, no de nieve, sino de ceniza negra-rojiza, no de madera ni carbón…

El silencio imperturbable de la almohada sobre la gran pila de ropa, junto con el soplo del gélido aire y la apacible caída de la ceniza, cantaban. Cantaban un réquiem para la Humanidad, porque había habido un gran terremoto —que aún no terminaba— y la había destruido para siempre.

“Gélido camino hacia el futuro
de cenizas frías.
Efímero destino esperando en dos filas
con la piel convertida en número de serie.
Trabajos, más forzados que forzosos,
donde la dignidad cuesta la vida
pero vale menos que la muerte.

La esperanza encuentra su hipocresía
en el humo y en el alto voltaje.
Espejo del infierno sin cristal,
reflejo del hombre negándose a sí mismo
en una espiral cuadrada.”

Leafar.’

Por supuesto, existirán los imbéciles, como éste, que niegan que la historia de Ruth y de muchas otras personas sean ciertas. Mas yo tuve el enorme privilegio, la semana pasada, de conocer a un gran ser humano, prueba viviente de que sí sucedió, el señor Shie Gilbert (la foto la tomé yo):


Sirva esta entrada como homenaje a este hombre y a las millones de víctimas de ese apocalipsis.

G. G. Jolly