Mostrando las entradas con la etiqueta martirio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta martirio. Mostrar todas las entradas

jueves, enero 30, 2014

La vocación cristiana como martirio, según Hans Urs von Balthasar



Puesto que Jesús, Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por él y por sus hermanos (cf. I Jn 3, 16; Jn XV, 13). Pues bien: ya desde los primeros tiempos, algunos cristianos se vieron llamados, y otros se verán llamados siempre, a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores. El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a él en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, 5, 42.
¿Por qué no predijo Jesucristo a sus seguidores otro destino que el suyo: persecución, fracaso y pasión? Cierto que, brillantemente estilizado por el Espíritu Santo, el gran discurso de misión al final de Mateo, da un mandato universal que abarca todos los tiempos y espacios, todas las civilizaciones de la actualidad y del futuro. Pero un mandato no es de por sí lo mismo que una garantía de que se llevará a cabo hasta el fin. Las más grandes obras humanas son a menudo las que hacen barruntar algo enorme, y luego, prematuramente, se interrumpen. Además hay en este mandato una exigencia tal sobre las fuerzas humanas, que se acerca ya mucho a la idea de la pasión. Sobre todo si se considera que los cristianos son enviados como corderos entre lobos, imagen espantosa si se toma uno el trabajo de reflexionar un momento sobre lo que enuncia: no sólo la ausencia de toda ayuda y de toda arma del cordero enviado, sino la voracidad natural y, por ende, infalible e inextirpable del lobo. El discurso de misión de Mateo X, que contiene las instrucciones de ejecución, realistas y detalladas, para el idealismo de Mateo XXVIII, 19-20, toma ocasión de la sentencia sobre lobos y corderos para una doble serie de dichos que se entrelazan entre sí como un mechón de cabellos. La una está bajo la advertencia: «¡Cuidado!», y contiene las más sombrías predicciones: X, 17.18.21.22.34.35.36; la otra bajo el mandato: «¡No temáis!», y contiene las más bellas promesas: X, 19-20.26.28.31.40-42.

Annibale Carracci, La lapidación de San Esteban, 1604.

Ambas series parecen contradecirse claramente, pues en las advertencias se incluye siempre, abierta o implícitamente, la situación de la muerte. Ya en la sentencia sobre corderos y lobos está claramente insinuada. El que no la encuentre con bastante univocidad en la entrega (parádosis) a los tribunales, en las flagelaciones y comparecencias ante gobernadores y reyes, ahí tiene a Juan que se lo aclara: «Todo el que os mate creerá que presta un servicio a Dios» (16, 2). Sin embargo, en el v. 21 la parádosis como tal se designa como entrega a la muerte: el hermano entrega a la muerte a su hermano, el padre al hijo, los hijos a los padres. En el v. 8 se habla de «matar el cuerpo» en contraste con «matar el alma», cosa que sólo compete a Dios (por la condenación). La espada (v. 34 s) que separa a los hombres no quita importancia a la situación de muerte, sino que muestra sus supuestos y proporciones internas: el odio (v. 22; Jn XV, 18), lo insoportable de la confesión de la fe (martyrion, Mt X, 18; cf. 32-33).

Mientras la serie de advertencias habla indubitablemente de la situación de muerte, la serie de promesas parece excluirla de nuevo: «Mas el que perseverare hasta el fin, se salvará» (v. 22); los pájaros están en manos del Padre, cuánto más el confesor del Hijo (v. 29-31). Es como si al Señor, al hablar así, no le importara ver aquí la contradicción, y mucho menos resolverla. Y así el lugar desde el que habla y emite uniformemente las sentencias entretejidas, el lugar que hace así inteligible el conjunto, es el lugar en que está él mismo. «Si el mundo os aborrece, sabed que antes me ha aborrecido a mí», se aclara en Juan y se remite expresamente al discurso de misión en Mateo: «Recordad la palabra que os dije: no es el criado más que su amo. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn XV, 18.20).

Esta palabra, aquí recordada, tiene en Mateo una latitud casi magnificente: 
No es. el discípulo más que su maestro, ni el criado más que su amo. Bástale al discípulo llegar a ser como su maestro, y al criado como su amo. Sí al amo de casa lo motejaron de Beelzebul, ¡cuánto más a su familia! (v. 24-25).
Esta gradación («¡cuánto más!») pudiera sorprender, pues a juzgar por lo que se dice de maestro y discípulo, pudiera pensarse que Jesús no sería alcanzado nunca o difícilmente por sus seguidores. Pero esta vez, por desgracia, es más que alcanzado: «Si a mí me aborrecen sin razón» (Jn XV, 25), también para vosotros será gracia y honor supremo «ser aborrecidos por todos por mi nombre» (Mt X, 22), por mucha razón que haya para aborreceros por otras razones y llamaros príncipes de los demonios.

Sin embargo, no es esto lo que ahora aparece en primer término, sino el dicho final, que da la clave para el conjunto:

El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo y a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que gane su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa mía, la ganará (Mt X, 37-39).
Aquí se ve claro que la advertencia contra los hombres («¡guardaos de los hombres!», Mt X, 17) no significa una eventualidad, sino lo inevitable, pues a par de la decisión absoluta por Cristo, se toma la otra de «odio del mundo». ¿Por qué? Pudiera desde luego pensarse que el asunto entre «hijo y padre, hija y madre, nuera y suegra» (v. 35) no tendría por qué arreglarse de esta manera hostil; pudiera, en efecto, componerse todo por las buenas en un mundo tolerante y pluralista con espíritu recíproco de «vivir y dejar vivir», y quién sabe si no será este uno de tantos puntos en que la cristiandad evolucionada de hoy ha ido más allá que su propio fundador. Pero desafortunadamente, el fundador de la cristiandad deshace el sueño de «ir más allá» (v. 25), lo mismo que el de la «coexistencia pacífica» por el hecho de que declara intemporal, por encima del tiempo, su «cruz» histórica (v. 38) y hace de ella forma permanente de vida para quienes quieran seguirle. El que quiere seguirle, prefiere a Jesús, que vale más que padre y madre, hijo e hija, v. 37; y el que prefiere a Jesús, escoge la cruz como el lugar en que el morir no es eventualidad, sino tan seguro como la muerte.

Y, a esta luz, la frase final ilumina la paradoja de todo el discurso: «El que quiera ganar su vida, la perderá». El que quiere meter junto a Cristo, como conditio sine qua non, a sí mismo y su familia, sus amigos, su profesión, sus preocupaciones por el pueblo, el estado, la cultura, el mundo, lo presente y lo por venir (mellonta, Rm VIII, 38), so pretexto de que, a la postre, todo eso son cosas buenas creadas por Dios y que el orden de la redención no puede estar en pugna con el de la creación, como que Dios mismo aspira a una síntesis de ambos, el Hombre tiene derecho a hacer lo mismo; es más, el orden de la redención nos instruye sobre preocuparnos de todo eso, señaladamente de nuestro prójimo; ese tal, decimos (o dice el Señor), perderá su vida, entiéndase lo que se quiera por esa vida: la existencia en medio de todos esos bienes terrenos, dignos de estimación (con exclusión de Jesús) o, lo que realmente viene a parar a lo mismo, la vida entre esos bienes dentro de una síntesis dispuesta por uno mismo y sentada como conditio sine qua non (con inclusión de Jesús). En el primer caso, perderá uno su vida terrena, a más tardar, en la hora de la muerte; y en el segundo, la perderá aún más a fondo y dolorosamente, pues aquella síntesis de propio cuño está muerta en sentido malo y estéril y, partiendo de ella, no puede vivirse ni auténtica vida de mundo ni auténtica vida cristiana. «Mas el que pierda su vida por causa mía, la ganará» (Mt XVI, 25; Mc VIII, 34-35; Lv 17, 33). «Por causa mía» es lo tajante (la «espada», Mt X, 34) que engendra por sí la inesperada unificación y síntesis: el que apuesta a lo uno, lo gana todo; de forma, eso sí, que tenga que contar con la pérdida de todo lo que no sea lo uno. 

El punto desde el que aquí se habla y al que expresamente se nos invita, es la cruz. Aquí resulta indiferente que se hable de la pérdida de todo lo terreno, incluso de la vida, o de la inesperada conservación, salvación final y seguridad en manos del Padre; ambas cosas han venido a ser hasta tal punto una y misma cosa, que ya no tiene importancia la manera como se exprese. Es el punto en Jesucristo y, por él, en nosotros, en que de la muerte sale la vida; en que de la entrega del espíritu al Padre, sale el Espíritu Santo:

Mas cuando os entregaren, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis, pues en aquel momento se os dará lo que hayáis de hablar. Porque no sois vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros (Mt 10, 19-20).[1]

Tomado de: Hans Urs von Balthasar, Seriedad con las cosas, Salamanca, Sígueme, 1968. pp. 13-18.





[1] Josef Schmid resume el contenido del discurso con bella sencillez: «La idea capital es que el sufrir de múltiples formas, el desprendimiento de los seres más queridos, la persecución y, finalmente, el martirio entran en el destino de los discípulos. Que ello sea así, tiene su razón en la persona de Jesús que fuerza a los hombres a decidirse por él o contra él. El es, por su persona y su palabra, la revelación de Dios que nadie puede ignorar. Por eso, a los que le confiesan, los persigue necesariamente el odio de todos los otros. Serán aborrecidos de todos por razón de su nombre (v. 22). Ello quiere decir que los mártires no los hace una mala inteligencia de los hombres, sino una necesidad divina. El martirio, en que culmina, de un lado, el odio del «mundo» contra los discípulos y, de otro, la cualidad de ser discípulos, tiene su razón de ser en el escándalo que son para el mundo la persona de Jesús y el evangelio. Ahora bien, como nadie puede hacerse discípulo de Jesús, sin ser llamado por éste, de ahí que no hagan mártires las convicciones humanas ni siquiera el fervor humano por la fe; no, es Jesús mismo el que llama al martirio y hace así de éste una gracia especial. Y por esta razón, las palabras que el mártir pronuncia delante de los órganos del poder público, no son palabras humanas, mera confesión de una convicción humana, sino palabras que dice el Espíritu Santo por boca de los confesores de Jesús» (v. 20). Cfr. J. Schmid, El evangelio según san Mateo. Herder, Barcelona, 1967.

viernes, agosto 30, 2013

El martirio de las religiosas estadounidenses Maura, Ita, Dorothy y Jean


 (en sentido del reloj): Ita Ford, MM, Jean Donovan, 
Maura Clarke, MM & Dorothy Kazel, OSU

En presencia de los cadáveres de Maura (Clarke, MM), Ita (Ford, MM), Dorothy (Kazel, OSU) y Jean (Donovan) hemos sentido lo que tantas otras veces desde el asesinato de Rutilio Grande, hace ya casi cuatro años. Los mártires fueron entonces un sacerdote jesuita, amigo y compañero, y dos campesinos de Aguilares. Los mártires son ahora dos hermanas de Maryknoll, una hermana ursulina y una promotora social de la diócesis de Cleveland. Entre ambos martirios, una interminable lista de sacerdotes, seminaristas, estudiantes, campesinos, maestros, obreros, profesionales e intelectuales.

Aunque la muerte se ha hecho ya triste compañera del pueblo de El Salvador, cada vez que nos reunimos a despedir a nuestros mártires y testigos de la fe surgen los mismos sentimientos. Por una parte, indignación y tristeza, y la oración del salmo: «¿Hasta cuándo, Señor?». Por otra parte, la decisión y firmeza, y la promesa del Señor: «Alégrate, Jerusalén. La liberación está cerca».

Esta vez, sin embargo, nadie podía ocultar una sensación nueva y distinta. Desde el asesinato de mons. Romero, nunca se ha producido una conmoción semejante ni dentro ni fuera del país, nunca ha habido un repudio tan universal y nunca ha existido la sensación de que se ha colmado ya la paciencia de Dios y de que estos martirios son preanuncios de la liberación cercana.

Los 300 sacerdotes y religiosas que nos reunimos en el Arzobispado oímos la voz de mons. Rivera, que sonaba nueva y distinta, denunciando, desenmascarando y responsabilizando a los cuerpos de seguridad y a la Junta demócrata cristiana. La verdad volvía a resonar limpia y clara. Y con la verdad, la fortaleza y la decisión cristiana de permanecer unidos junto al pueblo masacrado, aunque de nuevo la Iglesia caminase hacia la cruz.

Se repetía la primera pascua cristiana. El horror, el abandono y la soledad de la cruz de Jesús llevaron a sus discípulos a esconderse en el cenáculo. Pero el espíritu de Jesús, más fuerte que la muerte, abrió las puertas, y de allí salieron confortados y decididos a predicar la resurrección y la vida, a anunciar la buena noticia del reino de los pobres. El Arzobispado se convirtió en un nuevo cenáculo. Allí se hizo presente el Dios de la vida, más fuerte que la muerte, que la opresión y la represión, más fuerte que nosotros mismos y nuestros propios miedos y temores. Allí se hizo presente la paradoja cristiana en presencia de los cuatro cadáveres. En verdad, donde abundó el crimen y el pecado sobreabundó la vida y la gracia.

Ciertamente, esta última pascua que celebramos ha tenido algo especial. Con este asesinato se han rebasado las fronteras de la iniquidad, se han roto las reglas del mal. Aun quienes en El Salvador hemos visto ya todo y ninguna barbarie nos sorprende, nos hemos sentido sobrecogidos. De nuevo sentimos que han asesinado al justo y al inocente. Pero esta vez el Cristo que ha muerto han sido cuatro mujeres, religiosas y estadounidenses. Y por ello, la negrura del crimen va acompañada de una especial luz.

El martirio de Maura, Ita, Dorothy y Jean, en la película Salvador (1986) de Oliver Stone.

El Cristo muerto son cuatro mujeres. En el mundo y en la Iglesia en que vivimos, los protagonistas son los hombres. Todos somos iguales y diferentes ante Dios; pero ni la igualdad ni la diferencia la encontramos fácilmente en nuestra historia. Estos cuatro cadáveres, sin embargo, algo nos dicen de ello. Hombres y mujeres son oprimidos y reprimidos en El Salvador; hombres y mujeres han elevado su plegaria a Dios para que oiga los gritos que les arrancan los explotadores; hombres y mujeres se han decidido a la lucha por la liberación; y hombres y mujeres han caído en esa lucha. Ahí se da, en el sufrimiento y en la esperanza, la más profunda igualdad.

Las cuatro hermanas se han unido al pueblo salvadoreño al unirse a la mujer salvadoreña. La mujer es procreadora de la humanidad, pero es también creadora de humanidad de una forma específica suya, con la finura de su servicio, la entrega sin límites y el contacto afectivo y efectivo con el pueblo y la compasión que no racionaliza el sufrimiento de los pobres. La mujer es creadora de fortaleza que no abandona al que sufre, como no abandonaron a su pueblo las cuatro hermanas, a pesar de las serias amenazas. La mujer es más indefensa físicamente, y ello resalta y desenmascara más la barbarie de su asesinato y la sencillez y gratuidad de su entrega.

El Cristo muerto son cuatro religiosas. Cuando hoy se habla tanto de renovación de la vida religiosa en El Salvador y en otras partes, cuando tanto se discute del carisma y de los votos, estos cuatro cadáveres nos muestran lo fundamental de lo que hoy significa una vida consagrada a Dios. Sin grandes aspavientos, sin declaraciones grandilocuentes, nos muestran cómo han discernido lo fundamental de cualquier carisma religioso: el servicio. Las religiosas, hoy, se han ido desplazando paulatinamente hacia los lugares más perdidos, allá donde otros no pueden o no quieren llegar; se han acercado de verdad a los pobres de los barrios marginados, a las zonas obreras y, sobre todo, a los campesinos. Consagración a Dios significa hoy servicio y entrega a sus pobres.

Calladamente, también han ejercido su carisma profético de la vida religiosa, denunciando con su presencia y actuación el instalamiento de otros sectores de la Iglesia, el alejamiento del pueblo cristiano de altos jerarcas y, sobre todo, el pecado que da muerte al pueblo salvadoreño. Por ello han sufrido el destino de los profetas y han compartido la misma suerte del pueblo: el martirio. Con ello, también las religiosas tienen sus representantes entre los mártires que mueren entre todos los grupos sociales que han optado por los pobres.

El Cristo muerto son cuatro estadounidenses. Los Estados Unidos son omnipresentes en El Salvador. Existen hombres de negocios y expertos militares; existe una embajada en la que se decide el destino de los salvadoreños sin preguntarles a ellos qué es lo que quieren. Existen armas de fabricación estadounidense y helicópteros desde los que se bombardea y persigue a la población civil. Pero existen también cristianos estadounidenses, sacerdotes y religiosas, que nos han traído lo mejor de los Estados Unidos: la fe en Jesús, no en el dólar; el amor al hombre, no al designio imperialista; el anhelo de justicia, no la explotación. Con estas cuatro estadounidenses, Cristo, aunque vino de fuera, no fue un extranjero en El Salvador, sino que pronto se hizo salvadoreño.

Con ellas se hermanaron la Iglesia de El Salvador y la Iglesia de los Estados Unidos, según la fórmula cristiana de ayudarse y llevarse mutuamente, no de imponer, chantajear con la ayuda económica o infantilizar con el paternalismo. El Salvador les dio a las cuatro hermanas los ojos nuevos para ver el cuerpo crucificado de Cristo en su pueblo y las manos nuevas para curar sus heridas. Los Estados Unidos nos han dado cuatro mujeres que abandonaron su patria para dar con sencillez y para dar hasta su propia vida.

Lo que ha unido a estas dos iglesias, lo que hace que las diversas iglesias vayan construyendo la única Iglesia extendida por todo el mundo, son los pobres y el servicio hacia ellos. Es muy conmovedor escuchar de Peggy Healy, hermana de Maryknoll y amiga de las hermanas asesinadas, que los altos dignatarios enviados por Carter a El Salvador no deben ir sólo a investigar la muerte de cuatro ciudadanas estadounidenses, sino el genocidio de 10,000 salvadoreños. Hoy, como ayer, no existe ninguna otra fórmula cristiana para construir la Iglesia ni para unificar a las diversas iglesias extendidas por el mundo que salirse de sí mismas y dedicarse a los otros, a los más pobres, a los oprimidos, a los torturados, a los desaparecidos, a los asesinados. Cuando existe esa actitud, la Iglesia de El Salvador sólo puede dar la bienvenida a los cristianos de la hermana Iglesia de los Estados Unidos. Y cuando esa actitud lleva hasta el martirio, sólo puede agradecerlo desde lo más profundo de su corazón.


Diciembre, 1980.

Maura, Ita, Dorothy y Jean son el Cristo muerto hoy. Pero son también el Cristo resucitado, que mantiene viva la esperanza de la liberación. Su asesinato ha conmovido e indignado al mundo. Pero a los cristianos este asesinato nos dice también algo de Dios, porque esas mujeres nos dicen algo de Dios. Los cristianos creemos que la salvación nos viene de Jesús, pero quizá sea éste el momento de tomar en serio lo que en la teología se ha dicho de forma en exceso espiritualista y académica: que la salvación pasa también por una mujer, María, la Virgen de la Cruz y del Magníficat. La salvación nos viene por todos los hombres y mujeres que aman más la verdad que la mentira, que están más dispuestos a dar que a recibir, que tienen el supremo amor de dar la vida más que guardársela para sí. Ahí se hace presente Dios. Por ello, aunque estos cuatro cadáveres llenan de dolor e indignación, nuestra última palabra tiene que ser: gracias. Con Maura, Ita, Dorothy y Jean, Dios pasó por El Salvador.

Jon Sobrino, SJ, enero de 1981.

sábado, noviembre 05, 2011

Carta de Jon Sobrino, SJ a Ignacio Ellacuría, SJ†

Querido Ellacu:


Es una ficción escribirte, pero quizás de este modo nos digamos a nosotros mismos cosas que pueden ser importantes. Y con ello también quisiera ambientar un poco el aniversario de su martirio. Te voy a hablar de tres cosas de actualidad, tal como las veo, que tienen que ver con lo que tú fuiste y dijiste.

1. El ‘siempre’ del pueblo crucificado. Ya no se habla mucho de ‘pueblos crucificados’, como lo hicieron tú y Monseñor Romero, llegando a esa genial formulación, creo que independientemente el uno del otro, y guiados del mismo espíritu salvadoreño y cristiano. Y menos aún se insiste en que ese pueblo crucificado es ‘siempre’ el signo de los tiempos como lo escribiste en el exilio de Madrid. La razón para ese silencio no es que vuelva a estar en boga el pensamiento utópico de Ernst Bloch, filósofo, o de Teilhard de Chardin, teólogo. Tampoco es que el mundo esté mejorando, pues sigue gravemente enfermo, como dijiste en tu último discurso. Creo que la razón es que hoy hay menos profetas y que ha empeorado la honradez con lo real. Hablar del ‘siempre’ no solo no es políticamente correcto, sino que es locura impensable. Pero no hay que darle vueltas. Siguen existiendo Haití y Somalia, y entre nosotros se ha propagado una nueva epidemia: el homicidio. De 12 a 15 asesinatos diarios en los últimos años. Es la enfermedad que produce más muertes. Lo light ha avanzado mucho en el modo de pensar y lo políticamente correcto se ha apoderado del lenguaje: ‘vulnerabilidad’, ‘los menos favorecidos’, ‘países en vías de desarrollo’. Nada suena mal.

Por ello, mencionar el ‘siempre’ del pueblo crucificado parece ser cosa de masoquistas irredentos. Pero no es así. En el país siempre llueve cada año, y siempre hay torrentes, destrucción y muerte. Pero también siempre son los mismos los que sufren las consecuencias, los que viven en quebradas, en champas y casas pobres. La pregunta de Gustavo Gutiérrez sigue siendo la pregunta fundamental: ‘¿dónde dormirán los pobres?’. Hay pueblos depredados como el Congo, pueblos ignorados como Haití, pueblos inundados, como los nuestros... Siguen siendo el pueblo crucificado.

¿Y los ricos y poderosos? Siempre sufren algunos daños, pero casi siempre los superan sin mucho costo. Y nada digamos de las crisis financieras. Se invierten miles de millones de dólares o euros para que no se hunda el sistema. El pueblo crucificado no da la vida por supuesto, pero los pueblos ricos sí, y además tienen la profunda convicción de ser los elegidos: dan por supuesto la vida, y están convencidos de que el buen vivir les es debido. Si a ellos les ocurre algo grave elevan la realidad a escándalo metafísico. Pero si ocurren cosas mucho más graves en África o en el Bajo Lempa, no hay tal escándalo. Pertenece al existencial histórico de haber nacido pobres. Es el ‘siempre’ del pecado.

Pero quiero añadir, Ellacu, e insistir, en que hay también otro ‘siempre’. Hay mucha gente honrada que trabaja para que ‘el pueblo inundado’ —hablamos de El Salvador— no acabe muriendo como ‘pueblo desplazado’ o como ‘pueblo ahogado’. La entrega y la bondad también tienen su ‘siempre’. Es el siempre de la gracia.


Y a veces surge un Dean Brackley, SJ. Cuando le dicen que muchos rezan por él, contesta con toda sencillez: ‘Recen por los que tienen cáncer y no pueden tener la atención médica que yo tengo. Y recen por los que estos días se han quedado sin casa y sin comida’. Volveremos a Dean.

2. ‘Qué hacer con los buenos’. La pregunta puede extrañar, pero se me ha impuesto, debido al revuelo que ha causado la audiencia de Madrid. Trabajar para que se juzgue a los responsables últimos de tantos asesinatos en este país, los de ustedes y los de dos mujeres inocentes, es cosa muy buena y muy necesaria. Puede traer muchos bienes. Puede ser una gran ayuda, y muy necesaria, para que se acabe, o disminuya, la impunidad.

Por cierto, no ha salido en las noticias, pero mucho nos hemos alegrado de que los militares argentinos que en 1976 ordenaron el asesinato del obispo Enrique Angelelli vayan a ser juzgados 35 años después. Es un ejemplo, poco extendido, de que la verdad puede triunfar sobre la mentira y el encubrimiento, que tienen millones de dólares y armas sofisticadas a su servicio; que la justicia puede triunfar sobre la crueldad y la vileza; que la civilización de la impunidad, muy afín a la civilización de la riqueza contra la que nos advertiste tercamente hasta el final, se vea un poco frenada. Con el juicio de los militares argentinos no desaparecen todos los males, y el mundo del capital, aun con algunos avances y algo de democracia, sigue produciendo víctimas impunemente. Y ha conseguido crear una civilización de encubrimiento, aunque siempre hay quien lo desenmascara de diversas formas: obispos como Casaldáliga, ‘los indignados’... Esperamos que la audiencia de Madrid tenga éxito, y que en El Salvador ocurra lo de Argentina, aunque, evidentemente, hay fuerzas poderosísimas que están en contra de que eso ocurra.

En esta situación, me ha venido a la mente una pregunta que puede parecer rara. Dicho con sencillez, parece que sabemos qué hacer ‘con los malos’, de modo que nuestro proceder con ellos produzca bienes, por supuesto: instaurar verdad y justicia en el país, llegar a ofrecer perdón —aunque más difícil que perdonar es dejarse perdonar—. Y hay gente muy buena que trabaja por ello.
También sabemos, al menos en principio, qué hacer con las víctimas: lo que Puebla dice que Dios hace con los pobres, ‘tomar su defensa y amarlos’. Y éstas no son, en absoluto, palabras inocentes, pues tomar su defensa supone inevitablemente entrar en graves conflictos con quienes los oprimen. Significa entrar ‘en la lucha por la justicia’, ‘la lucha crucial de nuestro tiempo’, como dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús]. No muchos lo hacen, pero la idea queda clara.

Pero ¿sabemos qué hacer ‘con los buenos’, con los santos? Ciertamente, ponerlos a producir, aprender de ellos, sus ideas y convicciones, sus modos de actuar... Y agradecerles. Es lo que solemos decir y procuramos hacer.

¿Pero nos planteamos de verdad qué hacer con ellos? Estos días nos topamos con la pregunta de qué hacer con Dean Brackley. Hemos velado y acompañado su cadáver. El amor y el agradecimiento se han desbordado, con lágrimas y gozo, en muchas celebraciones, en el cementerio.

Pero me queda el desasosiego de saber bien qué hacer con Dean, con Monseñor Romero, con gente como ustedes. Con Jesús de Nazaret. La respuesta es sencilla: ser como ellos, seguirlos en su hacer y en su ser, imitarlos, historizadamente, como tú decías. En definitiva, dejarnos afectar por ‘los buenos’ y los santos en nuestro hacer. Y más profundamente todavía en nuestro ser.

Entiéndeme bien, Ellacu. Bueno y necesario es saber reaccionar ante lo que hacen ‘los malos’, y actuar adecuadamente con ellos. Bastantes personas e instituciones lo hacen. Pero creo que debemos avanzar en reaccionar como es debido ante ‘los buenos’, intentando ser como ellos. Difícil, sí. Pero necesario para humanizar este mundo. Y también esta Iglesia.

3. Dean Brackley. Ellacu, estas palabras te sonarán. ‘Con Dean Brackley, Dios pasó entre nosotros’. Pienso que no hay mayor confesión de fe que afirmar que Dios sigue pasando por nuestro mundo. Es la fe que más me llena. Y como Dios se hace presente en seres humanos, ellas y ellos, jóvenes y viejos, salvadoreños y norteamericanos, mártires y confesores, como se decía antes, el misterio se desdobla de muchas formas, convergentes, y así es un misterio mayor. Dios pasó con Monseñor y Dios pasó con Dean.

En los muchos testimonios de esta Carta a las Iglesias —‘Amor y Testimonios’ lo titulamos— se narra ese paso de Dios. Elijo sólo uno, el de la doctora Miny: ‘Dean, I love you so much... for ever’. Es lenguaje bello y de eternidad. Lenguaje que remite a Misterio. También Dean, semanas antes de morir, habló en su testamento del paso de Dios, en él, con gran humildad, sencillez y lucidez. Ahora, en otro lenguaje, más conceptual, pero espero que comprensible, quiero hablarte de Dean ante Dios y de Dean con Dios.

Lo primero es que Dean murió empapado de Dios. Así lo veo, aunque en ese misterio solo se puede entrar de puntillas. En su último libro cuenta Dean sus problemas con Dios, sus épocas de agnosticismo, que no fue cosa de poca monta. Me recordó unas palabras tuyas de junio de 1969 que he citado muchas veces: ‘Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe’, y pensé que algo semejante te ocurría a ti. Pero a lo largo del libro, Dean ofrece su propia fe, honda y sencilla, y muy real. Y los lectores quedan sorprendidos al leer el prólogo escrito por la encargada de la editorial para juzgar sobre la calidad del libro. Se reconoce agnóstica, sin que el asunto de Dios le preocupe gran cosa. Pero confiesa que, leyendo el texto, su interés profesional se convirtió en interés existencial, personal. El texto le llevó a Dios, y Dean la bautizó un año después. Luchando con Dios, como Jacob, o dejándose seducir por Dios, como Jeremías, Dean llegó a Dios. Y quedó empapado de Dios.

En ese proceso Dean confiesa con inmensa gratitud que se encontró con los pobres. Cuántas veces escribiste, Ellacu, que los pobres son el lugar del evangelio y el lugar de Dios. Y también recuerdo las palabras de Porfirio Miranda: ‘El problema no es buscar a Dios, sino buscarlo allá donde Él dijo que estaba. En los pobres’. Es cierto que no siempre se encuentra a Dios, aun estando entre los pobres, pues entre ellos y trabajando por ellos, hay agnósticos que son espléndidos seres humanos, y siguen siendo agnósticos. Pero en la mejor tradición de Jesús, el Dios que se encuentra entre los pobres tiene un sabor especial. Pienso que la misericordia se puede hacer más delicada, la justicia más firme, la verdad más sin componendas y la fidelidad más sin medir los costos.

El Dean empapado de Dios fue un ejemplo notable de interesarse por todas y cada una de las personas con quienes convivió y a quienes buscó. Todas y cada una de ellas, compañeros jesuitas, familiares, feligreses de Jayaque y de la UCA, amigos y amigas, salvadoreños, norteamericanos y europeos, y por supuesto los desheredados y pequeños, tenían un nombre muy concreto para él. Cada uno era inintercambiable con otros. Eso hizo que su servicio fuese de gran finura. Y me recuerda al Jesús que conocía a todas sus ovejas por sus nombres.

Y su Dios fue, de verdad, el de la creación. No por moda, algunas de las cuales son muy buenas, Dean puso gran interés en la mujer y el feminismo, en el ecumenismo, y era muy amigo de gente de otras iglesias, en la ecología, y creo que hasta en las causas indígenas. Los argumentos fundamentales no eran categoriales, ni tomados de normas de la jerarquía ni de la doctrina social. Creo que para Dean el gran argumento era que Dios es un Dios de todos.


Dean me ha recordado unas palabras de Monseñor Romero que he citado muchas veces. Son del 10 de febrero de 1980, en medio de la barbarie que reinaba en el país. Dijo Monseñor. ‘¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!’. Para Monseñor Romero Dios no empequeñecía al hombre, pero para el hombre era bueno empequeñecerse ante Dios.

Esto me recuerda a Dean. Nunca pensó que era grande. Nunca se puso en primer lugar, ni hablaba de sí mismo cuando las cosas salían bien —‘ha sido un éxito’—, aunque las hubiera hecho él. Simplemente, se alegraba del bien. Me recordaba a Pablo en su Carta a los corintios: ‘El amor es paciente, es afable, el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre’. En esto Dean me recordaba al gran Padre Arrupe. Creo que siempre pensó en los demás antes que en sí mismo. Nunca se preocupó de que reconocieran lo bueno que hacía. No es frecuente, y por eso sorprende e impacta. Y ayuda también a desabsolutizarnos y a vivir con alegría nuestra pequeñez ante Dios, como decía Monseñor.

Una ultima reflexión. Ellacu, Dean no murió mártir como ustedes, pero sus últimos meses fueron un martirio, de cuerpo, por los sufrimientos de un cáncer de páncreas muy doloroso, y de alma, cuando le asaltaban miedos, sentirse solo, que no le recordasen. No murió crucificado, pero vivió hasta el final participando activamente en las cruces de este mundo. Trabajó con poder, es decir, con fuerza y energía, para bajarlos de la cruz. Y murió con amor silente e indefenso. Como el Dios crucificado.

Las últimas palabras de Dean son palabras de gratitud, a fondo perdido, sin poder poner pie en tierra firme. Pero la gratitud vive de otros y para otros, de Dios y para Dios. Los agradecidos pueden hacer que la realidad sea gracia. Ellacu, si me permites la expresión —creo que es un neologismo— los agradecidos pueden ‘buenear’ la realidad. Es lo que hizo Dean.

Ellacu, ya ves que, en medio de muchos males y a pesar de todo, estamos contentos. Ustedes, Julia Elba y Celina, Jon Cortina y el padre Ibisate, ahora nuestro querido Dean Brackley, han estado con nosotros. Y con ustedes Dios ha estado con nosotros. No se puede pedir más.