Es una ficción escribirte, pero quizás de este modo nos digamos a nosotros mismos cosas que pueden ser importantes. Y con ello también quisiera ambientar un poco el aniversario de su martirio. Te voy a hablar de tres cosas de actualidad, tal como las veo, que tienen que ver con lo que tú fuiste y dijiste.
1. El ‘siempre’ del pueblo crucificado. Ya no se habla mucho de ‘pueblos crucificados’, como lo hicieron tú y Monseñor Romero, llegando a esa genial formulación, creo que independientemente el uno del otro, y guiados del mismo espíritu salvadoreño y cristiano. Y menos aún se insiste en que ese pueblo crucificado es ‘siempre’ el signo de los tiempos como lo escribiste en el exilio de Madrid. La razón para ese silencio no es que vuelva a estar en boga el pensamiento utópico de Ernst Bloch, filósofo, o de Teilhard de Chardin, teólogo. Tampoco es que el mundo esté mejorando, pues sigue gravemente enfermo, como dijiste en tu último discurso. Creo que la razón es que hoy hay menos profetas y que ha empeorado la honradez con lo real. Hablar del ‘siempre’ no solo no es políticamente correcto, sino que es locura impensable. Pero no hay que darle vueltas. Siguen existiendo Haití y Somalia, y entre nosotros se ha propagado una nueva epidemia: el homicidio. De 12 a 15 asesinatos diarios en los últimos años. Es la enfermedad que produce más muertes. Lo light ha avanzado mucho en el modo de pensar y lo políticamente correcto se ha apoderado del lenguaje: ‘vulnerabilidad’, ‘los menos favorecidos’, ‘países en vías de desarrollo’. Nada suena mal.
Por ello, mencionar el ‘siempre’ del pueblo crucificado parece ser cosa de masoquistas irredentos. Pero no es así. En el país siempre llueve cada año, y siempre hay torrentes, destrucción y muerte. Pero también siempre son los mismos los que sufren las consecuencias, los que viven en quebradas, en champas y casas pobres. La pregunta de Gustavo Gutiérrez sigue siendo la pregunta fundamental: ‘¿dónde dormirán los pobres?’. Hay pueblos depredados como el Congo, pueblos ignorados como Haití, pueblos inundados, como los nuestros... Siguen siendo el pueblo crucificado.
¿Y los ricos y poderosos? Siempre sufren algunos daños, pero casi siempre los superan sin mucho costo. Y nada digamos de las crisis financieras. Se invierten miles de millones de dólares o euros para que no se hunda el sistema. El pueblo crucificado no da la vida por supuesto, pero los pueblos ricos sí, y además tienen la profunda convicción de ser los elegidos: dan por supuesto la vida, y están convencidos de que el buen vivir les es debido. Si a ellos les ocurre algo grave elevan la realidad a escándalo metafísico. Pero si ocurren cosas mucho más graves en África o en el Bajo Lempa, no hay tal escándalo. Pertenece al existencial histórico de haber nacido pobres. Es el ‘siempre’ del pecado.
Pero quiero añadir, Ellacu, e insistir, en que hay también otro ‘siempre’. Hay mucha gente honrada que trabaja para que ‘el pueblo inundado’ —hablamos de El Salvador— no acabe muriendo como ‘pueblo desplazado’ o como ‘pueblo ahogado’. La entrega y la bondad también tienen su ‘siempre’. Es el siempre de la gracia.
Y a veces surge un Dean Brackley, SJ. Cuando le dicen que muchos rezan por él, contesta con toda sencillez: ‘Recen por los que tienen cáncer y no pueden tener la atención médica que yo tengo. Y recen por los que estos días se han quedado sin casa y sin comida’. Volveremos a Dean.
2. ‘Qué hacer con los buenos’. La pregunta puede extrañar, pero se me ha impuesto, debido al revuelo que ha causado la audiencia de Madrid. Trabajar para que se juzgue a los responsables últimos de tantos asesinatos en este país, los de ustedes y los de dos mujeres inocentes, es cosa muy buena y muy necesaria. Puede traer muchos bienes. Puede ser una gran ayuda, y muy necesaria, para que se acabe, o disminuya, la impunidad.
Por cierto, no ha salido en las noticias, pero mucho nos hemos alegrado de que los militares argentinos que en 1976 ordenaron el asesinato del obispo Enrique Angelelli vayan a ser juzgados 35 años después. Es un ejemplo, poco extendido, de que la verdad puede triunfar sobre la mentira y el encubrimiento, que tienen millones de dólares y armas sofisticadas a su servicio; que la justicia puede triunfar sobre la crueldad y la vileza; que la civilización de la impunidad, muy afín a la civilización de la riqueza contra la que nos advertiste tercamente hasta el final, se vea un poco frenada. Con el juicio de los militares argentinos no desaparecen todos los males, y el mundo del capital, aun con algunos avances y algo de democracia, sigue produciendo víctimas impunemente. Y ha conseguido crear una civilización de encubrimiento, aunque siempre hay quien lo desenmascara de diversas formas: obispos como Casaldáliga, ‘los indignados’... Esperamos que la audiencia de Madrid tenga éxito, y que en El Salvador ocurra lo de Argentina, aunque, evidentemente, hay fuerzas poderosísimas que están en contra de que eso ocurra.
En esta situación, me ha venido a la mente una pregunta que puede parecer rara. Dicho con sencillez, parece que sabemos qué hacer ‘con los malos’, de modo que nuestro proceder con ellos produzca bienes, por supuesto: instaurar verdad y justicia en el país, llegar a ofrecer perdón —aunque más difícil que perdonar es dejarse perdonar—. Y hay gente muy buena que trabaja por ello. También sabemos, al menos en principio, qué hacer con las víctimas: lo que Puebla dice que Dios hace con los pobres, ‘tomar su defensa y amarlos’. Y éstas no son, en absoluto, palabras inocentes, pues tomar su defensa supone inevitablemente entrar en graves conflictos con quienes los oprimen. Significa entrar ‘en la lucha por la justicia’, ‘la lucha crucial de nuestro tiempo’, como dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús]. No muchos lo hacen, pero la idea queda clara.
Pero ¿sabemos qué hacer ‘con los buenos’, con los santos? Ciertamente, ponerlos a producir, aprender de ellos, sus ideas y convicciones, sus modos de actuar... Y agradecerles. Es lo que solemos decir y procuramos hacer.
¿Pero nos planteamos de verdad qué hacer con ellos? Estos días nos topamos con la pregunta de qué hacer con Dean Brackley. Hemos velado y acompañado su cadáver. El amor y el agradecimiento se han desbordado, con lágrimas y gozo, en muchas celebraciones, en el cementerio.
Pero me queda el desasosiego de saber bien qué hacer con Dean, con Monseñor Romero, con gente como ustedes. Con Jesús de Nazaret. La respuesta es sencilla: ser como ellos, seguirlos en su hacer y en su ser, imitarlos, historizadamente, como tú decías. En definitiva, dejarnos afectar por ‘los buenos’ y los santos en nuestro hacer. Y más profundamente todavía en nuestro ser.
Entiéndeme bien, Ellacu. Bueno y necesario es saber reaccionar ante lo que hacen ‘los malos’, y actuar adecuadamente con ellos. Bastantes personas e instituciones lo hacen. Pero creo que debemos avanzar en reaccionar como es debido ante ‘los buenos’, intentando ser como ellos. Difícil, sí. Pero necesario para humanizar este mundo. Y también esta Iglesia.
3. Dean Brackley. Ellacu, estas palabras te sonarán. ‘Con Dean Brackley, Dios pasó entre nosotros’. Pienso que no hay mayor confesión de fe que afirmar que Dios sigue pasando por nuestro mundo. Es la fe que más me llena. Y como Dios se hace presente en seres humanos, ellas y ellos, jóvenes y viejos, salvadoreños y norteamericanos, mártires y confesores, como se decía antes, el misterio se desdobla de muchas formas, convergentes, y así es un misterio mayor. Dios pasó con Monseñor y Dios pasó con Dean.
En los muchos testimonios de esta Carta a las Iglesias —‘Amor y Testimonios’ lo titulamos— se narra ese paso de Dios. Elijo sólo uno, el de la doctora Miny: ‘Dean, I love you so much... for ever’. Es lenguaje bello y de eternidad. Lenguaje que remite a Misterio. También Dean, semanas antes de morir, habló en su testamento del paso de Dios, en él, con gran humildad, sencillez y lucidez. Ahora, en otro lenguaje, más conceptual, pero espero que comprensible, quiero hablarte de Dean ante Dios y de Dean con Dios.
Lo primero es que Dean murió empapado de Dios. Así lo veo, aunque en ese misterio solo se puede entrar de puntillas. En su último libro cuenta Dean sus problemas con Dios, sus épocas de agnosticismo, que no fue cosa de poca monta. Me recordó unas palabras tuyas de junio de 1969 que he citado muchas veces: ‘Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe’, y pensé que algo semejante te ocurría a ti. Pero a lo largo del libro, Dean ofrece su propia fe, honda y sencilla, y muy real. Y los lectores quedan sorprendidos al leer el prólogo escrito por la encargada de la editorial para juzgar sobre la calidad del libro. Se reconoce agnóstica, sin que el asunto de Dios le preocupe gran cosa. Pero confiesa que, leyendo el texto, su interés profesional se convirtió en interés existencial, personal. El texto le llevó a Dios, y Dean la bautizó un año después. Luchando con Dios, como Jacob, o dejándose seducir por Dios, como Jeremías, Dean llegó a Dios. Y quedó empapado de Dios.
En ese proceso Dean confiesa con inmensa gratitud que se encontró con los pobres. Cuántas veces escribiste, Ellacu, que los pobres son el lugar del evangelio y el lugar de Dios. Y también recuerdo las palabras de Porfirio Miranda: ‘El problema no es buscar a Dios, sino buscarlo allá donde Él dijo que estaba. En los pobres’. Es cierto que no siempre se encuentra a Dios, aun estando entre los pobres, pues entre ellos y trabajando por ellos, hay agnósticos que son espléndidos seres humanos, y siguen siendo agnósticos. Pero en la mejor tradición de Jesús, el Dios que se encuentra entre los pobres tiene un sabor especial. Pienso que la misericordia se puede hacer más delicada, la justicia más firme, la verdad más sin componendas y la fidelidad más sin medir los costos.
El Dean empapado de Dios fue un ejemplo notable de interesarse por todas y cada una de las personas con quienes convivió y a quienes buscó. Todas y cada una de ellas, compañeros jesuitas, familiares, feligreses de Jayaque y de la UCA, amigos y amigas, salvadoreños, norteamericanos y europeos, y por supuesto los desheredados y pequeños, tenían un nombre muy concreto para él. Cada uno era inintercambiable con otros. Eso hizo que su servicio fuese de gran finura. Y me recuerda al Jesús que conocía a todas sus ovejas por sus nombres.
Y su Dios fue, de verdad, el de la creación. No por moda, algunas de las cuales son muy buenas, Dean puso gran interés en la mujer y el feminismo, en el ecumenismo, y era muy amigo de gente de otras iglesias, en la ecología, y creo que hasta en las causas indígenas. Los argumentos fundamentales no eran categoriales, ni tomados de normas de la jerarquía ni de la doctrina social. Creo que para Dean el gran argumento era que Dios es un Dios de todos.
Dean me ha recordado unas palabras de Monseñor Romero que he citado muchas veces. Son del 10 de febrero de 1980, en medio de la barbarie que reinaba en el país. Dijo Monseñor. ‘¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!’. Para Monseñor Romero Dios no empequeñecía al hombre, pero para el hombre era bueno empequeñecerse ante Dios.
Esto me recuerda a Dean. Nunca pensó que era grande. Nunca se puso en primer lugar, ni hablaba de sí mismo cuando las cosas salían bien —‘ha sido un éxito’—, aunque las hubiera hecho él. Simplemente, se alegraba del bien. Me recordaba a Pablo en su Carta a los corintios: ‘El amor es paciente, es afable, el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre’. En esto Dean me recordaba al gran Padre Arrupe. Creo que siempre pensó en los demás antes que en sí mismo. Nunca se preocupó de que reconocieran lo bueno que hacía. No es frecuente, y por eso sorprende e impacta. Y ayuda también a desabsolutizarnos y a vivir con alegría nuestra pequeñez ante Dios, como decía Monseñor.
Una ultima reflexión. Ellacu, Dean no murió mártir como ustedes, pero sus últimos meses fueron un martirio, de cuerpo, por los sufrimientos de un cáncer de páncreas muy doloroso, y de alma, cuando le asaltaban miedos, sentirse solo, que no le recordasen. No murió crucificado, pero vivió hasta el final participando activamente en las cruces de este mundo. Trabajó con poder, es decir, con fuerza y energía, para bajarlos de la cruz. Y murió con amor silente e indefenso. Como el Dios crucificado.
Las últimas palabras de Dean son palabras de gratitud, a fondo perdido, sin poder poner pie en tierra firme. Pero la gratitud vive de otros y para otros, de Dios y para Dios. Los agradecidos pueden hacer que la realidad sea gracia. Ellacu, si me permites la expresión —creo que es un neologismo— los agradecidos pueden ‘buenear’ la realidad. Es lo que hizo Dean.
Ellacu, ya ves que, en medio de muchos males y a pesar de todo, estamos contentos. Ustedes, Julia Elba y Celina, Jon Cortina y el padre Ibisate, ahora nuestro querido Dean Brackley, han estado con nosotros. Y con ustedes Dios ha estado con nosotros. No se puede pedir más.
‘Hace veinte años asesinaron a mis hermanos jesuitas de la UCA, a Julia Elba y Celina. Yo estaba en Tailandia, y de regreso a El Salvador tenía que pasar por San Francisco. En el aeropuerto me esperaban, con rostros impávidos, Steve Prevett y Peggy O’Grady. En las calles de San Francisco, con un parlante en la mano, Paul Locatelli condenaba los asesinatos, y Tessa Rouverol le acompañaba. Me trajeron a la universidad de Santa Clara. La comunidad me acogió como a un hermano y en ella pasé varias semanas. Al llegar me encontré con ocho cruces plantadas delante de la Iglesia. Y cuando un desalmado las arrancó, Paul Locatelli inmediatamente las volvió a plantar. Nunca lo olvidaré. Por eso, ahora tengo un sentimiento de “volver a casa”.
Sobre estos mártires quiero hablarles, con agradecimiento por lo que fueron e hicieron, pero también con la convicción de que es vital mantenerlos vivos y de que sería fatal dejarlos morir. Los mártires, ellos y ellas, nos confrontan con nosotros mismos sin escapatoria, iluminan las realidades más profundas de nuestro mundo y lo que hay que hacer con él. Tenemos que enfrentarnos a los ídolos que exigen víctimas en el tercer mundo, aunque sus raíces más hondas están en el primero, y tenemos que trabajar por revertir la historia, y salvar así a una civilización que está gravemente enferma, como decía Ignacio Ellacuría, a un mundo en trance de muerte, como dice Jean Ziegler. A los cristianos los mártires nos señalan, mejor que nada y sin temor a equivocarnos, el camino a seguir. Son los que más nos empujan al seguimiento de Jesús y mejor nos introducen en el misterio de su Dios.
En el mundo que llamamos de abundancia la palabra “mártir” produce extrañeza, incluso repulsión, pero entre nosotros —y aquí asoma la paradoja cristiana— también produce luz, ánimo y agradecimiento. Por eso no debiéramos permitir que la palabra “mártir” pierda su vigor. Debe mantenerse como referente cristiano y social insustituible para humanizar a este mundo. Exactamente como la cruz de Jesús. Por esa razón hablaré ahora sobre los ocho mártires de la UCA.
Para ponerlo en un contexto, no sólo académico, sino humano, comienzo recordando cuál fue la reacción ante sus muertes de dos personas bien conocidas. Uno, el Padre Arrupe. Cuando los mataron, estaba ya en cama prácticamente sin poder pronunciar palabra ni comunicarse. Cuenta el enfermero que, al darle la noticia, “el Padre Arrupe se echó a llorar”. Era todo lo que podía hacer, pero en el llanto el Padre Arrupe se dio a sí mismo por entero. El otro, Noam Chomsky. Al cumplir 80 años en marzo de este año, un periodista le preguntó qué le daba fuerza para continuar en la lucha. “Imágenes como ésa”, respondió. Y señaló con la mano un cuadro en el que aparece el arzobispo Romero y los seis jesuitas de la UCA.
Estos seres humanos tocan las fibras más hondas de cualquier persona honrada. Son un referente vivificante. Ciertamente los seis jesuitas. Y también Julia Elba y Celina, aunque éstas siempre nos dejan sin palabra. En ellas se hace presente el mysterium iniquitatis.
1. Quiénes fueron
La injusticia da muerte a gente inocente de formas distintas. Mata a personas como Monseñor Romero y Martin Luther King. Y lenta o violentamente, da muerte a grandes mayorías, a los campesinos de El Mozote en El Salvador; antaño a los esclavos de las plantaciones de algodón.
Los jesuitas de la UCA, mártires jesuánicos
Comenzamos con los seis jesuitas. Después de Medellín, 1968, y tocados por el sufrimiento del pueblo, “se convirtieron”. Aceptaron que ser jesuita es “luchar”, no sólo trabajar. “Luchar por la fe”, y más sorprendente aún, “luchar por la justicia”. Así lo exigía la realidad y así lo dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús] (D 2. 2). Su muerte confirmó lo que la misma congregación había previsto lúcidamente: “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio” (D 4. 46).
Los mártires de la UCA lo hicieron cada uno según sus talentos, y es bueno recordarlo para que todos nos podamos sentir cuestionados y animados. Permítanme detallarlo mínimamente. Ellacuría, 59 años, filósofo y teólogo, rector. Repensó la universidad desde y para los pueblos crucificados. Puso todo su peso para combatir la opresión y represión, y para conseguir una paz negociada. Segundo Montes, 56 años, sociólogo, fundador del Instituto de Derechos Humanos. Se concentró en el drama de los refugiados dentro del país y sobre todo de los que tenían que abandonarlo, los emigrantes, que entonces huían de la represión violenta y ahora del hambre y la falta de trabajo. Los visitaba en los campos de refugiados en Honduras. Ignacio Martín-Baró, 44 años, psicólogo social, pionero de la psicología de la liberación, fundador del Instituto de Opinión Pública de la UCA para facilitar que se conociese la verdad y dificultar que ésta quedara oprimida por la injusticia. Cada fin de semana visitaba comunidades suburbanas y campesinas con las que celebraba la eucaristía. Juan Ramón Moreno, 56 años, profesor de teología, maestro de novicios y maestro del espíritu, acompañante de comunidades religiosas. En Nicaragua participó en la campaña de alfabetización. Amando López, 53 años, profesor de teología, antiguo rector del seminario de San Salvador y de la UCA de Managua. En ambos países defendió a perseguidos por regímenes criminales, a veces escondiéndolos en su propia habitación. Por último Joaquín López y López, 71 años, el único salvadoreño de nacimiento, hombre sencillo y de talante popular. Trabajó en el colegio y fue el primer secretario de la UCA en 1965. Después fundó Fe y Alegría, institución de escuelas populares para los más pobres.
Fueron muy distintos, pero todos ellos fueron seguidores de Jesús y jesuitas. Es lo que nos dejan. En ellos podemos mirarnos para saber lo que debemos ser y hacer. Digamos una palabra sobre lo que fue más suyo.
Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. “Hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”. Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo. Su bautismo fue de Espíritu de sangre y siguieron a Jesús.
Con el espíritu de san Ignacio. En este punto me voy a detener un poco más pues hoy se habla mucho de espiritualidad ignaciana. Creo que nos pueden ayudar a historizar a san Ignacio ciertamente en el tercer mundo y a hacerlo útil para comprender mejor a Jesús.
El otro Ignacio, Ellacuría, hizo una relectura de los Ejercicios desde la realidad del tercer mundo. Tres puntos me parecen fundamentales, y pueden fungir como presupuestos ignacianos de la opción por los pobres y la lucha por la justicia. 1) Mirar la realidad de nuestro mundo y captarla como “pueblos que están crucificados”. Ante ellos la reacción fundamental —sin necesidad de discernimiento— es “hacer redención”. 2) Ser honrados con nosotros mismos, jesuitas, y preguntarnos “qué hemos hecho para que esos pueblos estén crucificados y qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz”. 3) Tomar en serio —quizás lo más difícil y menos frecuente— que hay dos modos de caminar en la vida, de ser jesuitas, construir la sociedad y la universidad. Son caminos opuestos y están en pugna. Uno es el camino de la pobreza, que lleva a oprobios y menosprecios; hoy diríamos humillaciones, difamaciones, amenazas; y de ahí a la humildad, a la hondura de lo humano, a la verdadera vida. El otro es el camino de la riqueza, que lleva a los honores mundanos y vanos; hoy diríamos al prestigio entre los grandes de este mundo; y de ahí a la arrogancia, a una vida falseada, personal e institucional. En resumen, uno conduce a la salvación —humanización— y el otro a la perdición —deshumanización—. Se trata de ganar o perder la vida, como dice Jesús. Y de estar dispuestos a pagar el precio.
En términos de estructuras, Ellacuría insistía en que hay que elegir entre una civilización de la pobreza—afín a una civilización del trabajo—y una civilización de la riqueza—afín a una civilización del capital—. Ésta, que predomina en el mundo, ha generado una civilización gravemente enferma. Aquélla, la que hay que construir, puede revertir la historia y sanar la civilización.
Estos tres puntos: pueblo crucificado, necesidad de liberación, camino de la pobreza —más la honradez con nosotros mismos— son, en mi opinión, lo que más resplandece en la ignacianidad de los mártires de la UCA y lo que mejor explica por qué que acabaron como acabaron. En la tradición de san Ignacio ciertamente hay otras muchas cosas importantes a tener en cuenta: el “magis”, “a mayor gloria de Dios”, “en todo amar y servir”, “el bien cuanto más universal más divino” —todo lo que se menciona con frecuencia en la explosión ambiental de ignacianidad que hoy existe—. Los tres puntos que hemos mencionado son más fácilmente comprensibles, también por los no iniciados en ignacianidad, y ciertamente por los pobres. Y en mi opinión tienen menos peligro de perderse en el ámbito de lo conceptual e intencional. Expresan realidades claramente históricas y verificables.
En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios permanecer en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir. Ni se les ocurrió. Para ver cuánto de explícitamente ignaciano había en ese proceder pienso que hay que ir al primer tiempo de hacer elección: “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios n. 175). Hay que preguntarse “que movía y atraía la voluntad”. Si era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma, como en la formulación de san Ignacio, o si eran realidades históricas: “el sufrimiento del pueblo”, que no dejaba vivir en paz; “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”; “la fuerza cohesionante de la comunidad”; “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cuatro religiosas asesinadas”; incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. En el lenguaje de los ejercicios, en ello y a través de ello Dios estaba realmente causando el sin dubitar ni poder dubitar. Pero Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino de las que hemos mencionado.
El Espíritu de Dios mueve a caminar, pero su fuerza pasaba a través del pueblo sufriente. Así ha parafraseado Pedro Casaldáliga el conocido poema de Antonio Machado: “Camino que uno es,/ que uno hace al andar./ Para que los atascados/ se puedan reanimar./ Haz del canto de tu pueblo/ el ritmo de tu marchar”.
Así, pienso yo, discirnieron los jesuitas de la UCA. Se dejaron atraer y llevar por la realidad. Es la sinergia de Dios y del pueblo sufriente. Y no se me ocurre otra manera de explicar por qué se quedaron.
Quisiera terminar esta reflexión sobre su ser jesuitas recordando que “murieron en comunidad”. Pudo no haber sido así, y pudiera haber sido asesinado sólo Ellacuría, el enemigo principal. Pero hay una verdad importante —providencial si se quiere—, en que su muerte fuese “en comunidad”. Así había sido su vida y trabajo, con alegrías y tensiones, con virtudes y pecados, pero siguiendo una sola línea bien trazada. Y así expresaron que la Compañía está hecha de “todos”. Es “cuerpo”, no suma de individuos, algunos de ellos geniales, otros normales.
Esta comunidad de “seis jesuitas” se integró en una comunidad mayor, el cuerpo de la Compañía universal. 49 son los jesuitas que han muerto en el tercer mundo, asesinados de una u otra forma, después de la CG XXXII. Entre ellos se cuentan tres estadounidenses. Francis Louis Martiseck, 66 años, nacido en Export, Pennsylvania, muerto por arma de fuego en Mokame, India, 1979; Raymond Adams, 54 años, nacido en Nueva York, muerto por arma de fuego en Cape Coast, Ghana, 1989; Thomas Gafney, 65 años, nacido en Cleveland Ohio, asesinado en Katmandú, Nepal, 1997.
No es infrecuente recordar “las glorias de la Compañía”, las reducciones del Paraguay, Mateo Ricci en China… Hoy, estos mártires, unos más famosos, otros menos, son la gloria de la Compañía. Y sobre todo son ellos los que mantienen a la Compañía con vida. Una semana después del asesinato del Padre Rutilio Grande el Padre Arrupe escribió:
“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977).
Julia Elba y Celina: el pueblo crucificado
Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Sobre Julia Elba hace unos días escuché este testimonio de una mujer que la conoció bien:
“Le digo que era muy humana porque sentía el dolor de los demás. Yo viví un tiempo en la casa de ella. Era una persona bien amistosa, sabía llevarse con los demás. Ella tenía 33 años y yo 19. Ella y yo teníamos muchas cosas en común; comenzamos a trabajar desde muy chiquitas. Ella había trabajado desde los 10 años en los cafetales […] Era una mujer muy fuerte. Siempre me enseñó a que no me dejara, que no me acobardara ante los problemas. Fue una mujer sufrida pero fuerte. Me enseñó a ser una mujer de valía, que no dependiera de los otros si no de mí misma”.
Como Julia Elba hay centenares de millones de hombres y mujeres en nuestro mundo. Son inmensas mayorías que perpetúan una historia de siglos: en la América conquistada y depredada por los españoles en el siglo XVI; en el África esclavizada ya en el siglo XVI y expoliada sistemáticamente por los europeos en el siglo XIX; en el planeta que sufre hoy la globalización opresora bajo la égida de Estados Unidos. Mueren la muerte rápida de la violencia y de la represión, y sobre todo la muerte lenta de la pobreza y de la opresión. Sin comparación posible sufren más que nadie las consecuencias de nuestros desmanes. En guerras e invasiones: Afganistán, Irak, Palestina; en el manejo de la medicina y farmacia: malaria, sida; en pésima ecología: inundaciones, desertificación, pérdidas en la agricultura; en las catástrofes naturales: la inmensa mayoría de quienes mueren en los terremotos no pueden construir casas con acero suficiente, viven en la laderas de los montes y en las riberas de los ríos, o junto a las vías del tren…
“Hay más riqueza en la Tierra, pero hay más injusticia. África ha sido llamada “el calabozo del mundo”, una “Shoá” continental. 2.500 millones de personas sobreviven en la Tierra con menos de 2 dólares al día y 25.000 personas mueren diariamente de hambre, según la FAO. La desertificación amenaza la vida de 1.200 millones de personas en un centenar de países. A los emigrantes les es negada la fraternidad, el suelo bajo los pies”.
Estas palabras de Pedro Casaldáliga son del año 2006. Ni el G-7, ni el G-8, ni ahora el G-20, han hecho nada significativo para revertir esta historia. Recordar hoy los ideales del milenio es burla y ofensa a los pobres. En un año el número de hambrientos ha aumentado en cien millones, y cada cinco segundos un niño muere de hambre, asesinado, puntualiza Jean Ziegler, pues es muy posible eliminar el hambre.
Son “el siervo doliente de Yahvé” en nuestros días; “el pueblo crucificado”, lenguaje que no es usado, y que políticamente es “totalmente incorrecto”. Sus hombres y mujeres mueren inocentemente, pues no han cometido el “pecado” de Monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, simplemente estaban allí. Mueren cruelmente, con gran frecuencia después de una vida de grandes sufrimientos. Viven y mueren anónimamente. Son desconocidos los cinco millones de hombres y mujeres que han muerto en el Congo, en una guerra fabricada para que el coltan termine en el mundo de abundancia en las megaempresas de misiles, telefonía y computación. Y mueren indefensamente. En serio, ¿quién defiende a esos pueblos? ¿Quién arriesga algo importante para bajarlos de la cruz?
Los mártires jesuánicos —algunos— son conocidos y venerados, pero no el pueblo crucificado. Peor aún, si, aun sin pretenderlo, aquéllos ocultan a éstos. Ellacuría no vivió ni murió para que el brillo de su figura opaque el rostro de Julia Elba.
Puede parecer absurdo, pero me he preguntado quién es más mártir, Ellacuría o Julia Elba, quién reproduce más la cruz de Jesús. Los mártires jesuánicos expresan mejor la decisión y la libertad para arriesgar la vida, pero expresan menos la negrura de la injusticia cotidiana, la dificultad simplemente de vivir.La muerte de las mayorías asesinadas, por su parte, expresa menos el carácter activo de lucha, pero expresa más la inocencia histórica, pues nada han hecho para merecer la muerte, y la indefensión, pues ni posibilidad física han tenido de evitarla. Esas mayorías son las que más cargan con un pecado que las ha ido aniquilando poco a poco en vida y definidamente en muerte. Son las que mejor expresan el ingente sufrimiento del mundo. Sin pretenderlo y sin saberlo, “completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. No “añaden”, como puntualizan los exegetas, pero sí “reproducen”.
Los jesuitas de la UCA no fueron asesinados por fidelidad kantiana a ideales universales de verdad y justicia, sino por defender a estos pueblos crucificados. Sin recordar a los millones de crucificados no se les entiende. Sería como pretender entender la cruz de Jesús sin recordar a los pobres desgraciados a los que ayudó Jesús en su postración y a quienes defendió de fariseos, escribas, herodianos y sumos sacerdotes.
Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: “fuera de los pobres —y de las víctimas— no hay salvación”.
Para terminar este punto, permítanme dos breves reflexiones. La primera es que entre los victimarios, asesinos directos o constructores y gestores de estructuras opresoras, hay cristianos bautizados, a veces educados por instituciones cristianas. La segunda es que al parecer en los procesos de canonización, no saben qué hacer con los mártires jesuánicos, los mártires por la justicia. Y ciertamente en esos procesos no hay lugar para las mayorías de hombres y mujeres de los pueblos crucificados. Ojalá se repiensen estos procesos. Y, canonizados o no, ojalá la Iglesia se desviva por dar dignidad a las mayorías que han cargado con la cruz en vida y en muerte. Son los preferidos de Dios.
2. Qué piden y qué dan los mártires de la UCA
Para ellos no piden nada. Nuestra conciencia es la que nos apremia: “algo hay que hacer”. Es importante no olvidarnos de ellos, guardarles cariño y agradecimiento. También es importante trabajar y exigir que se esclarezca la verdad de los asesinatos y se juzgue a sus responsables, pues no hay modo de arreglar este mundo si la mentira, el encubrimiento y la impunidad siguen intactos. Pero no basta. Debemos dejarnos interpelar y preguntarnos qué nos piden los mártires.
En mi opinión nos piden, en virtud de ser lo que han sido, “proseguir su ser y hacer”. Y comenzar como ellos, sin temor a plantear la vida, la vocación y el trabajo en términos de con-versión, correlativa a la tarea de re-vertir la historia. Ejemplo insigne de “conversión”, de “vuelco” en el modo de ser y hacer —ya que no le gustaba que se hablara de él en término de conversión, fue Monseñor Romero—. De la conversión de los mártires de la UCA —en unos lejanos ejercicios de 1969— surgieron modos fundamentales de ser y de actuar: la honradez con lo real, la misericordia consecuente sin medir costos, el trabajo por una civilización de la pobreza. Y sorprendentemente, también dejarnos salvar por los pobres.
Vamos a ejemplificarlo concentrándonos en lo que para ellos fue y exigió la universidad, aunque análogamente creo que pudiera decirse del trabajo pastoral, asistencial, de derechos humanos… Y fue una exigencia seria, pues no suele ocurrir que se asesine a jesuitas que trabajan en una universidad.
El 12 de junio de 1982 esta universidad otorgó al P. Ignacio Ellacuría un doctorado honoris causa, y al recibirlo pronunció un importante discurso. Releído hoy, aun teniendo en cuenta las diferencias de tiempo y lugar, sigue ofreciendo luz, dirección e impulso para construir una universidad jesuita de inspiración cristiana. Habrá que adaptar sus palabras creativamente, pero sería temeridad ignorarlas. Veamos brevemente algunos de sus elementos más novedosos, cuestionantes y fructíferos, citando algunas de sus palabras.
A quién se debe la universidad. Toda universidad tiene que ver “con el saber y con un determinado ejercicio de la realidad intelectual”, y en ello las universidades jesuitas no se distinguen de otras. También lo pensaba Ellacuría y exigía que el saber fuese lo más riguroso posible y que la investigación y la docencia fuesen de calidad. Esto lo damos por sentado y no vamos a insistir en ello. Pero insistía también en algo que no es tan evidente ni comúnmente aceptado. “La universidad es una realidad social y una fuerza social, marcada históricamente por lo que es la sociedad en la que vive y destinada a iluminar y transformar, como fuerza social que es, esa realidad en la que vive, de la que vive y para la que debe vivir”.
Esto lleva, entre otras, a una pregunta crucial: a quién se debe y ante quién es responsable la universidad. Condición de su existencia son una variedad de realidades y agentes sociales: los jesuitas y su tradición universitaria, la institución eclesial que, según los casos, dará su aprobación, la comunidad académica e intelectual en el pasado y en el presente, los que la hacen factible económica y financieramente —a veces políticamente—, el estudiantado… A todo esto hay que atender, pero la universidad no se debe últimamente a nada de ello. Y para responder no bastan respuestas universales o que se piensan ser conocidas de antemano.
En el caso de todo el tercer mundo, mayoría en la humanidad, distinto y antagónico a las minorías del planeta, a pesar del ideal de equidistancia que sugiere el término “globalización”, la realidad a la que se debe la universidad y a la que tiene que servir es un mundo de pobreza e ignominia, en muy buena parte un mundo de opresión y represión —y a esa conclusión se llega sin dubitar ni poder dubitar—. Los medios e instrumentos de servir deben ser estrictamente universitarios, pero lo central del servicio sale de la universidad: liberar de todo tipo de opresión. En definitiva “bajar de la cruz a esos pueblos crucificados”. Sin dar prioridad a ese servicio, una universidad puede ser un centro de saber, junto a otros, más o menos competente y competitivo, pero no es una universidad de inspiración cristiana. Y no hay que darlo por supuesto pues la tentación de lo contrario siempre está al acecho.
En términos cristianos es la opción de la universidad por los pobres y las víctimas. La tarea de la universidad es lograr que “los pobres”, los que no dan la vida por supuesto, tengan vida; y que “las víctimas”, los que tienen a los poderes de este mundo en contra, estén defendidos de cualquier poder opresor. Eso lo debe hacer la universidad como un todo, haciendo el mejor uso de la razón en su docencia, investigación, proyección y comportamiento social —y sin confundirlo con la asistencia a estudiantes desfavorecidos, por benemérito que esto sea, por otros capítulos—.
“Ciencia de los que no tienen voz”. Decía Ellacuría: “la universidad debe encarnarse entre los pobres intelectualmente”, lo cual en la realidad, e incluso en el concepto, es de difícil comprensión. Pero se hace más comprensible al mencionar la finalidad de tal encarnación: “ser ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que en su realidad misma tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero que no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”.
Entre nosotros en El Salvador esas palabras recuerdan a las de Monseñor Romero: “Estas homilías quieren ser la voz de los sin voz” (Homilía del 29 de julio, 1979). Y la razón era para defenderlos de los que tienen demasiado voz. Es notable que al buscar un punto de contacto entre razón universitaria y palabra eclesial, Ellacuría no incursionarse en la temática de teoría y praxis, de falibilidad o infalibilidad, duda o certeza, sino en el ámbito de la defensa de oprimidos y víctimas. Aquí la analogía entre palabra pastoral y palabra universitaria se convierte en univocidad.
Monseñor Romero prosiguió: “Por eso, sin duda, [estas palabras] caen mal a aquéllos que tienen demasiado voz”, y la Iglesia de Monseñor Romero fue duramente perseguida. Lo mismo ocurre con la razón universitaria propuesta por Ellacuría. En su discurso recordó las amenazas, ataques y persecución a la UCA en aquellos años. Lo importante, sin embargo, es su reflexión programática, válida hasta el día de hoy: “en un mundo donde reina la falsedad, la injusticia, la represión, una universidad que luche por la verdad, por la justicia y por la libertad no puede menos de verse perseguida”. Por esa razón es importante preguntarse cuánto de persecución sufre o no sufre una universidad cristiana; de parte de quién la sufre y de parte de quién recibe halagos. Y cómo se comporta ante una cosa u otra.
Cuando la razón y la palabra, universitaria o pastoral, no es light y amorfa, sino que tiene peso y aristas, es más cortante que espada de dos filos. Y entonces el mundo que se presenta como tolerante, defensor de la libertad de pensamiento y de expresión, busca defenderse de una razón compasiva y de la palabra de un Dios de los pobres. Hace cuarenta años, hasta la CIA buscó defenderse de Medellín y de la teología de la liberación, pues les daba miedo —“ponen en peligro nuestros intereses”, se decía en el informe Rockefeller—. En América Latina gobiernos y fuerzas armadas asesinaron a docenas de sacerdotes, entre ellos cuatro obispos. Ese mismo miedo pueden generar las universidades a los poderosos.
Universidad “en pobreza y “sin poder”. Es lo que lo que Jesús pide a los discípulos cuando los envía a realizara la misión, es decir, a realizar una tarea. “No tomen nada para el camino”. “No sean como los señores de este mundo que oprimen con su poder”. Esto hay que historizarlo adecuada y realistamente, pero no se de ignorar eficazmente como si no tocase en nada la labor de una universidad.
En la meditación de las dos banderas san Ignacio es muy claro en que pobreza y sin poder son caminos de perfección, pero también caminos de vida, humanización. E insiste en que ambas cosas están en oposición dialéctica a la riqueza y el poder. Éste es el san Ignacio de Manresa. Después, como general de la Compañía, tuvo que historizarlo —y no fue fácil—. El apostolado exigía recursos y los jesuitas entraron, como por necesidad, en relación con bienhechores. Esto les acercó al mundo de la riqueza, de los honores y del poder: reyes, damas de la nobleza, cardenales… A san Ignacio le ocupó seriamente el problema, y buscó soluciones. Un ejemplo conocido es la recomendación a Laínez y Salmerón cuando fueron como teólogos al Concilio de Trento, mundo de poder, ciertamente eclesiástico e indirectamente también civil. Y les ordenó vivir y pasar las noches en hospitales de pobres. Era una forma de vivir las dos banderas en una situación objetiva de riqueza y de poder.
Hoy, por lo que toca a servir en pobreza, se debiera alcanzar el nivel de austeridad, rechazar lujos en edificios y templos, y huir de solemnidades mundanas y vanas, aunque sea lo aceptado e incluso esperado socialmente. Y ciertamente, evitar —en comparación con pobres y clases medias bajas— desigualdades lacerantes en el modo de comportarse.
Por lo que toca al sin poder, no se debe ceder el poder que proviene del “saber”, pues de esa forma el saber queda en manos de quienes normalmente lo usan para ocultar la verdad y oprimir. Pero hay que evitar la arrogancia y el sometimiento de otros que genera el poder. Y el gusto, que más o menos conscientemente produce el acercamiento a los poderes reales, civiles o eclesiásticos.
Por lo que toca a la arrogancia, no hay mejor remedio que dejar que los pobres sean nuestra buena noticia, sobre todo cuando, sin decirlo, nos perdonan. Y asumido con humildad, mucho ayuda la persecución y el martirio.
Y una última reflexión, en forma de aclaración, sobre la “excelencia académica”. Forma parte de la tradición de la educación de la Compañía, pero cualquier maestro de la sospecha se preguntará si hoy no se está encubriendo algo al insistir en ella, y en qué consiste. Para mí el problema está en adecuar, sin discusión, excelencia académica y excelencia universitaria —y de querer acercarse a otras afamadas instituciones universitarias—. Aquélla es necesaria para que exista ésta, pero no es lo mismo. Y peor aún si la insistencia en la excelencia académica llevara a que disminuya la excelencia universitaria. Ya hemos dado nuestra opinión sobre cómo se mide la excelencia de una universidad: configure a una sociedad en la línea de la verdad, la justicia, la liberación y la humanización. Para ello la academia es necesaria y sumamente importante, pero no es la finalidad última. En una universidad es instrumento esencial pero no el fin esencial.
De hecho, así ha sido en las universidades de los jesuitas. Los saberes han sido instrumentos importantes para defender la fe, para que la Iglesia tenga reconocimiento y prestigio, para elevar el nivel de conocimiento de determinados grupos sociales… Y para ello se ha necesitado excelencia académica. Pero lo que hemos propuesto va más allá. Bajar de la cruz al pueblo crucificado significa que sea posible la vida, la dignidad, la fraternidad en el mundo de pobres y oprimidos. Y además desde esta perspectiva se puede volver a retomar la excelencia académica, ahora como un elemento de la excelencia universitaria, de manera que se transforme en excelencia académica “integral”.
La razón está en que en nuestro mundo reina la falsedad, no sólo la ignorancia. Buscar la verdad no es entonces sólo hacer avanzar el saber, sino desenmascarar la mentira establecida. Predomina además la ideología, que tiene una dimensión estructural-institucional, y que quiere defender con el saber intereses muy frecuentemente injustos. La excelencia del conocimiento, en cuanto conocimiento, exige entonces conversión de la inteligencia para superar falsedad e ideología. Y eso se logra, pienso yo, cuando nos dejamos afectar, también intelectualmente, por la realidad crucificada. Y no sólo para sanar la realidad, sino para sanar nuestro conocimiento, y expandir sus horizontes. Esto cuestiona la manera ordinaria —ingenua en el mejor de los casos— de entender la excelencia académica y le ofrece una nueva dirección. El servicio universitario a la liberación de un mundo oprimido lejos de minarla la robustece.
Y no hay que olvidar que a la excelencia académica convencional ya empuja el establishment, que busca generar ideologías a su favor y graduados altamente competentes para mantener el status quo. Mucho más difícil es encontrar fuerzas y dinamismos sociales que muevan a transformar la realidad y sean asumidos por una universidad. Estos dinamismos vienen de los pobres, las víctimas, los mártires.
3. La gracia de los mártires
Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son —pueden ser— una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.
En navidad decimos que en Jesús de Nazaret “ha aparecido la benignidad de Dios”. En semana santa escuchamos en boca de Pilato que ese Jesús es “el hombre verdadero”, “el que cargó con la realidad por amor a los pequeños”. De ahí el “ecce homo”. Ambas cosas, la aparición de Dios y de lo humano en un mundo en oscuridad es una buena noticia.
Eso es lo que celebramos en este acto universitario. Los seis jesuitas de la UCA nos llevan en su fe, de la que podemos tener alguna noticia, aunque sea caminando en silencio y de puntillas. Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar hasta el fondo en su misterio. Pero Dios sí les conoce y ellos —Dios sabe cómo— nos llevan a Dios.
Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo ha teorizado muy bien: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.
Termino. Quiero agradecer muy sinceramente a la Universidad de Santa Clara por la oportunidad que me ha dado de dirigirles estas palabras. Me han permitido hacer presente de algún modo el sufrimiento y la esperanza de un pueblo admirable y la memoria de mis hermanos y hermanas de la UCA. También quiero agradecerles el honor personal que me hacen. Me remite al cariño que me mostraron hace veinte años. Y lo interpreto como símbolo de solidaridad de esta Universidad con la UCA y con todo el pueblo salvadoreño.
Mis palabras finales son las que escribí aquí hace veinte años.
“Descansen en paz Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Matín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, compañeros de Jesús. Descansen en paz Julia Elba y Celina. hijas muy queridas de Dios. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz”.’
Pedro Arrupe logró una profunda renovación de la vida religiosa, lo cual nos permite, desde una experiencia muy real, hacer unas cuantas reflexiones sobre el carácter más universal que, sin duda, tuvo como renovador no sólo de la vida religiosa de los jesuitas, sino también en buena medida de la vida religiosa en general. No sería exagerado decir que lo que Juan XXIII supuso para la renovación de la vida eclesial, en general, lo ha supuesto el Padre Arrupe para la renovación de los religiosos, en particular. En ambos casos parece alentar el mismo espíritu, aunque en cada uno de ellos en forma distinta, pero con el mismo vigor. Quizá hoy, en un momento en que esa fuerza renovadora de la Iglesia, en general, y de la vida religiosa, en particular, se ve con algún recelo por los peligros que tiene —sin fijarse en lo que tiene la promesa de futuro—, conviene resaltar algunos puntos esenciales que hicieron posible y prometedora dicha renovación.
a) Ante todo, hay que ver la renovación como obra del Espíritu. Pocos, si es que hay alguno, se atreverán a dudar de la intensa y profunda espiritualidad del Padre Arrupe. Otras cosas se habrán puesto en duda y aun bajo sospecha, pero difícilmente puede disimularse su recia y consistente espiritualidad. Esa espiritualidad es ignaciana por sus cuatro costados, aunque también todos esos costados estaban abiertos, como la propia espiritualidad ignaciana lo exige, a las distintas novedades que el Espíritu va creando sobre la faz de la tierra. No me toca a mí insistir, y menos analizar, cuáles son las características que la espiritualidad ignaciana adopta en la experiencia personal del Padre Arrupe y en sus directrices como General de la Compañía. Pero sí quiero subrayar el hecho de que fue en un largo proceso de profundización espiritual donde él buscó (y reclamó que los demás buscasen) la renovación de la vida religiosa.
Arrupe ha sido un hombre de Dios, por encima de todas las cosas; y quería que los jesuitas también lo fueran de verdad. Pero ‘de verdad’. Ese ‘de verdad’ implica que era a Dios a quien él buscaba, no cualquier otra cosa que quiera hacerse pasar por Dios, incluso en ambientes religiosos y eclesiásticos. No sustituía a Dios por nada; un Dios más grande que los hombres; un Dios más grande que las Constituciones y la estructura histórica de la Compañía de Jesús; un Dios más grande que la Iglesia y todas sus jerarquías; un Deus semper major et semper novus, que sigue siendo el mismo, pero que nunca se repite; que necesita ser expresado en fórmulas dogmáticas, pero que nunca es agotado en ellas. Un Dios, en definitiva, imprevisible por un lado, pero inmanipulable por otro.
En la experiencia cotidiana de este Dios, al que dedicaba muchas horas de búsqueda, es donde se despertaba su gran libertad de espíritu, su gran amor a todos, su constante disponibilidad y humildad, y también su clarividencia religiosa. Una experiencia que, por una parte, era estrictamente trinitaria, como la de San Ignacio, pero que, sin dejar nunca de serlo, era también, por otra parte, siempre estrictamente cristológica y apegada a lo que es el Jesús histórico de los evangelios y el Jesús historizado de los Ejercicios Espirituales. Hombre de Dios, seguidor de Jesús, que no excluía otras mediaciones, pero que sabía subordinarlas a lo que es principio y fundamento, a lo que es criterio último, a lo que, en definitiva, es fin y no medio.
b) Desde esta solidísima base —que no se tiene de una vez por todas, sino que, por su misma naturaleza, ha de renovarse día a día—, Arrupe vivía abierto a la historia y, en la historia, a los signos de los tiempos. Hombre de Dios, pero también hombre de los hombres, hombre de la historia. La novedad de Dios se percibe en gran manera en la novedad de la historia. Las nuevas realidades plantean nuevas exigencias. No se trata de abandonar el pasado y sostener que cualquier pasado fue peor; pero tampoco se trata de repetir el pasado con pequeñas acomodaciones al presente, como si el presente actual de la humanidad y de su conciencia fuera tan sólo una pequeña novedad respecto de lo que esa misma humanidad y conciencia fueron no ya hace siglos, sino simplemente hace cincuenta años. Se trata de discernir en los signos de los tiempos, tan nuevos y tan desafiantes, la voluntad de Dios; una voluntad que no es ajena a los hechos históricos.
Pero, para discernir esos signos, es menester estar abierto a la universalidad del mundo. Muchos dicen estarlo; pero para ello se requiere no sólo mirar al mundo todo, sino, en lo posible, mirar desde todo el mundo. Y esto último es algo que no se hace, pero que Arrupe intentó hacer de modo excepcional. El universalismo de Arrupe, ejercitado desde sus primeros años de madurez (al final de sus estudios en la Compañía), sometido a la ruptura cultural del Oriente y, ya de Superior General, cultivándolo generosamente, es un universalismo no tanto de objeto cuanto, sobre todo, de perspectiva. Veía el mundo desde Roma, pero también desde las naciones noratlánticas; y menos, pero también, desde las naciones sometidas al socialismo real.
Y cada vez más, fue viéndolo desde las naciones del Tercer Mundo y desde los pobres de toda la tierra. Veía el mundo desde la jerarquía eclesiástica, pero también desde los intelectuales, desde las culturas más diversas —él, tan preocupado por la inculturación, no sólo para encarnar la fe, sino para que la fe se enriqueciera en esas sucesivas encarnaciones—, desde las clases medias; pero sobre todo, y cada vez más, desde los más desprotegidos. La riqueza de este universalismo le enseñaba la riqueza de Dios y le ponía en mejor disposición para encontrar su voluntad.
c) Sobre esos dos fundamentos, el principal de los cuales era el propio Dios, pero cuyo correlato era el mundo en su historia, acabó entendiendo el gran desafío del mundo actual. La evangelización, como anuncio de la buena nueva revelada en Jesús para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia, sigue siendo, en su formalidad, la misión principal de la Iglesia y, en ella, de los jesuitas. Pero esa evangelización tiene un destinatario principal, que son las inmensas mayorías del mundo a las que la vida les resulta casi imposible, para las que el mero sobrevivir es la cuestión fundamental. De ahí que aquella indicación tan simple como la de evangelizar a los pobres, aquella advertencia que ya Juan XXIII repetía de que la Iglesia debe ser, ante todo, una Iglesia de los pobres, se va a convertir en punto fundamental de la renovación de la Iglesia y de la vida religiosa. A esta luz cobraba nuevas dimensiones aquella insistente y grave preocupación de San Ignacio por dar la espalda a los honores y riquezas de este mundo para abrazarse con la pobreza, las humillaciones y los sufrimientos que traen consigo el aprecio de éstos y el desprecio de aquéllos. Los jesuitas iban a dejar de ser los amigos de los ricos para convertirse en aliados y colaboradores de los más pobres.
La evangelización y liberación de los más pobres, entendida no de un modo exclusivo (y menos aún de un modo que supusiera el fenómeno de la lucha de clases), sino entendida de modo preferencial, cobraba un sentido estrictamente teologal, un sentido que tenía que ver directamente con Dios y con la donación de Dios a los hombres. Arrupe no era en modo alguno dualista en este punto, aunque algunas de sus manifestaciones escritas, en razón de la tradición en la que se había educado doctrinalmente, pudieran hacerlo creer. La lucha en favor de la evangelización integral de las mayorías populares, a la que forzosamente pertenecía la lucha en favor de las mismas, era algo que tenía que ver directamente con Dios, al menos con el Reino de Dios.
d) La misión, entonces, era clara: ir preferencialmente a los pobres para, desde ellos y con ellos, evangelizar el mundo, liberar a la humanidad de todas sus cadenas, sin olvidar, ni mucho menos, las cadenas del pecado y las causas de las mismas. La vida religiosa volvía a entenderse desde la misión a la que el Rey eterno invita a sus fieles seguidores, pero teniendo muy en cuenta lo que es la bandera del ‘enemigo de natura humana’ y lo que es la bandera de quien, ‘en suma pobreza’ y en suma contradicción con los valores de este mundo, hace el llamamiento a seguirle.
La vida religiosa tenía su centro fuera de sí; no era algo en y para sí misma, sino que era algo en y para la misión. Pero no una misión abstracta para una evangelización abstracta, sino una misión y una evangelización que tenían muy en cuenta la situación de nuestro mundo y que daban prioridad a lo que significaban las demandas de los más pobres. Este doble acento (el de poner la vida religiosa en función de la misión y el de entender la misión desde la opción preferencial por los pobres, sin olvidar en ningún momento lo que de más sólido y santificante tiene la espiritualidad ignaciana y el modo auténtico de proceder de los jesuitas) es la raíz de una auténtica renovación religiosa que busca a Dios y su voluntad donde mejor se puede encontrar; que busca lo que ‘más’ conduce al fin para que fuimos creados, tal como ese fin y esos medios son iluminados por la vida de Jesús.
Nada había en ello de no ignaciano, aunque pudiera verse como poco ‘jesuítico’, si por ‘jesuítico’ entendemos todas las adherencias que el ambiente y los comportamientos áulicos y / o institucionales de la Iglesia y del mundo habían ido produciendo en la Compañía de Jesús so capa de buen sentido, de moderación y madurez, de buenas formas curiales y conventuales.
e) Volvió entonces a recuperar la vida religiosa su talante profético, y con ello un cierto sentido de confrontación no en todos los religiosos, pero sí en buena parte de ellos e incluso entre los propios superiores, que por lo general habían estado más a cuidar de lo institucional que a fomentar la libertad y la creatividad del espíritu.
Arrupe pretendió ser fiel a la jerarquía, pero sin que esta fidelidad derivada le impidiera alentar a quienes se sentían llamados a arriesgar e innovar. Propulsó toda suerte de experimentos, sin dejar que se perdiera nunca lo esencial (una profunda vida espiritual alimentada en métodos y prácticas ignacianas; una gran seriedad en los estudios; un permanente discernimiento que iluminara pero no negara lo fundamental de la obediencia). El torbellino de la experimentación fue en ocasiones demasiado violento, y en su propio generalato llegó el momento de poner cautela a los experimentos y de asegurar ciertas líneas comunes. Pero no por miedo a la novedad y al riesgo, sino por buen juicio de no equivocar la actividad con la agitación, de no confundir el prurito de la novedad con la seriedad de la innovación.
Podría decirse que en lo nuevo, en cuanto nuevo, veía Arrupe algo divino, algo que muestra el Espíritu haciendo nuevas todas las cosas; pero sabía que no podía darse una novedad absoluta que rompiese con todo el pasado, en el que también se había hecho presente el Espíritu de Jesús (y por lo que se refería a su propio caso y al de todos los jesuitas, especialmente en el San Ignacio de los Ejercicios y de las Constituciones). Difícil tensión ésta entre lo nuevo y lo viejo, entre lo espiritual y lo institucional, entre la tradición, que viene de atrás, y la profecía, que mira hacia adelante, entre la obediencia a Dios y la obediencia a los hombres.
Esta tensión fue la que le causó dificultades con muchos estamentos jerárquicos y la que le originó los mayores disgustos con la Santa Sede, mientras eran numerosísimos los obispos, superiores religiosos, teólogos y pastoralistas que veían en él un signo de los tiempos y una luz alentadora de empresas eclesiales siempre nuevas, siempre audaces, incapaces de buscar el reposo antes de haber recorrido el largo camino de la experimentación, la escucha de las necesidades del mundo y la respuesta desde el Evangelio.
f) Pero nada de esto impedía que la vida religiosa siguiera siendo vida en comunidad. La vida comunitaria no es en la vida religiosa un fin en sí misma ni es tampoco un puro medio; es, más bien, una parte integrante de ella. Pero se ha propendido a entender la vida comunitaria como si se redujera a una comunidad de bienes, a una comunidad de obediencia y a una comunidad de ordenamientos externos. Hacer todas las cosas al mismo tiempo, conforme a un ‘orden del día’, se tomaba por ‘vida en común’; el estar sometido a unos mismos reglamentos se consideraba lo esencial de la vida comunitaria. Esto daba lugar a vidas paralelas, más que a vidas comunitarias; a la comunicación de lo exterior, más que a la comunicación de lo interior: algo muy alejado de poner la vida en común y de hacer buena parte de la vida en común, donde ‘vida’ ya no es la práctica exterior, sino aquello que fundamentalmente hace el hombre.
Ciertamente, Arrupe no es un dualista, ni es tampoco un despreciador de aquellas cosas externas que ayudan a ordenar la vida en común. Pero mucho menos es un reduccionista que entienda por vida en común lo que no es vida y lo que no merece la pena de ser comunicado. No confundía el fondo con la forma ni lo esencial con lo accidental; y mucho menos hacía cuestión máxima de lo que es mínimo y mínima de lo que es máximo. Incluso en actos al parecer tan solitarios como su misa diaria en su pequeña ‘catedral’ (de la que existen espléndidos testimonios personales), él se esforzaba muy vivamente por estar en comunidad real con todos los jesuitas a él encomendados. No se sentía solo; estaba allí para comunicar y para recibir, para dar y para aceptar. Lo que era ‘misión’ en su concepción de la vida apostólica era ‘comunicación’ en su concepción de la vida comunitaria. Pero era más feliz dando que recibiendo, a pesar de su inmensa humildad de superior que a todos preguntaba para enriquecer sus propios puntos de vista.
Fue así, con su ejemplo, con sus directrices y exhortaciones, un gran renovador de la vida comunitaria, impulsando los discernimientos comunitarios y la Eucaristía en común, donde lo importante no era estar materialmente juntos, sino espiritualmente comunicados, abiertos a la escucha y a la corrección, prontos a dar lo mejor de uno mismo, pero siempre desde la perspectiva de la misión apostólica, del hacer bien a los demás, de la evangelización. La verdad de la vida comunitaria debía contrastarse con lo que era el trabajo apostólico que, cuanto más arduo y peligroso, más necesidad tenía de intensa vida comunitaria y, sobre todo, de estrecha relación del hombre con Dios. La comunidad, no obstante, debía constituirse en lugar privilegiado, en mediación excepcional de esa estrecha relación, que podía verse sometida a autoengaño sin el contraste comunitario.
g) Nada de esto anulaba tampoco el valor y la necesidad de la autoridad y la obediencia, sino que situaba ambas en su exacto lugar. Tal vez en este punto fundamental del modo cristiano de ejercer la autoridad y de animar a la obediencia es donde —quizá más con el ejemplo que con grandes disquisiciones teóricas o con normas de gobierno— da el Padre Arrupe un mayor impulso a la vida religiosa. No puede desconocerse el hecho de que un buen grupo de jesuitas (los más conservadores y los más opuestos al cambio) opuso fuerte resistencia a la autoridad del Padre Arrupe y fue buscando escapatorias teóricas y procedimientos prácticos para evadir el cambio que había suscitado el Vaticano II y que Arrupe, junto con otros, procuró que se viviese de modo especial en la vida religiosa. Los que tenían la mirada puesta atrás no comprendieron fácilmente el nuevo rumbo, pero sí lo hicieron los que miraban hacia adelante.
Por eso, no debe considerarse a Arrupe como un conservador de las formas antiguas de la vida religiosa, sino como un profundo renovador, al que el futuro dará la razón y sabrá medir con equidad. No es que siguiera el gusto de unos y se opusiera a los modos de otros. A quienes ansiaban la renovación como una necesidad imperiosa, también los sometió a prueba y no dejó que campasen por sus respetos. Pero, en general, éstos aceptaron su autoridad e interiorizaron sus orientaciones.
Dicho brevemente: Arrupe ejercía la autoridad de un modo evangélico. Suelen decirlo muchos superiores, pero no son tantos los que lo ponen en práctica. Podría asegurarse que tenía del todo presente el mandato evangélico de no ejercer la autoridad con la Iglesia como se ejerce en el mundo: los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen; pero, entre los discípulos, el que vaya a estar arriba y haya de actuar como primero, ha de ser servidor y esclavo, porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de todos (Mc, X, 42-45; Mt XX,25-28).
El Padre Arrupe ejercía su ministerio de superior —real, efectiva y afectivamente— como quien sirve hasta dar su vida por los demás. Ambas notas son características de él, y en su unidad muestran el idealismo cristiano de la forma de ser superior: no sólo dar la vida, sino darla como quien sirve; no sólo servir, sino servir dando la vida; jamás aprovechar la condición de superior para ser alabado, para ser servido, para estar delante de los demás. Esto, junto a su capacidad profética y su don de comunicación y de animación, hizo que los superiores generales de otras Órdenes le eligieran reiteradamente, hasta el último momento, presidente de la Unión de Superiores Generales.
Como Superior General, daba directrices y buscaba que se cumplieran; daba órdenes, a veces dolorosas, y exigía su cumplimiento. Pero, con anterioridad, no sólo escuchaba a quien quería representarle otro punto de vista, sino que llamaba paternalmente para que la orden en cuestión surgiera como resultado de un conocimiento iluminado. No había entonces tanta dificultad en obedecer, sino porque la forma de encontrar la voluntad de Dios, la forma de mandar, era buena, era conforme al espíritu del Evangelio. La cual hacía que, con el tiempo, pudieran cambiarse sus decisiones, porque no se consideraba infalible ni tenía miedo a perder autoridad. Sabía que quien quiere ser el primero en el Reino ha de situarse con los últimos, para que sea el Señor, no los hombres, quien le invite a subir más cerca de él.
No deja de ser significativo de este espíritu el hecho de haber sido el primer General de la Compañía de Jesús que, en pleno uso de sus facultades, ha pretendido presentar su renuncia. Sólo lo ha hecho un Papa en la Iglesia, y sólo lo ha hecho el Padre Arrupe en la Compañía. Creen algunos que su renuncia vino forzada por la enfermedad. No es así. Arrupe había querido preparar una Congregación General para presentar ante ella su renuncia al generalato. Juan Pablo II se lo impidió, y en el intervalo se desató el fulminante ataque cerebral, al regreso de un viaje a Filipinas, adonde había ido, como superior, a conocer mejor la vida de sus súbditos, a escuchar sus problemas, a animarles en sus empresas, a estar con ellos en medio de la persecución. En sus viajes como superior, el Padre Arrupe escuchaba muchísimas horas, con lo que sus palabras ya no eran palabras traídas de fuera, sino respuesta a los problemas y a las preguntas que se le presentaban antes y durante el mismo viaje.
h) Arrupe está también persuadido de la vigencia de la vida religiosa en el momento actual y para el futuro. Estaba persuadido de que la vida religiosa era indispensable para la santificación de muchos cristianos con esa concreta vocación, para que la fe y la gracia resplandecieran en toda su fuerza, para que la Iglesia pudiera cumplir mejor con su misión santificadora y evangelizadora, pero también (y no en último lugar) para que el mundo fuera realmente más humano, a la vez que más divino.
A pesar de las sacudidas que el desafío y la libertad del Vaticano II, junto con la irrupción de los valores del mundo en la conciencia actual, causaron en distintas órdenes y congregaciones religiosas, no excluida la Compañía de Jesús, el Padre Arrupe no dudó de la vitalidad de la vida religiosa ni de su enorme utilidad, siempre que se renovara como lo exigía el Concilio y como lo demandaban la nueva realidad histórica y su conciencia correspondiente. Seguía pensando —y así lo iba transmitiendo por dondequiera que iba— que la vida religiosa ofrecía las máximas posibilidades para la realización del Reino de Dios entre los hombres, que incluye tanto la presencia sa1vífica de Dios entre ellos como la realización de un mundo conforme al designio de Dios. Concluyamos ya este argumento de Arrupe como gran renovador de la vida religiosa. Muchas más cosas podrían decirse y, sobre todo, podrían estudiarse sus escritos sobre este tema para poder perfilar, desarrollar y fundamentar y ampliar lo que aquí se ha dicho. El método seguido ha sido otro mostrar cómo se veía la acción del Padre Arrupe, por lo que se refiere a la vida religiosa. No en todas partes se pide lo mismo hoy de la vida religiosa; pero si no aparecieran, en la forma que fuere, algunos de los aspectos que aquí se han tratado, no sólo podría decirse que se está olvidando y desvirtuando el gran aporte de Arrupe a la vida religiosa, sino que (lo que es más grave) se estaría impidiendo la renovación misma de la vida religiosa y, con ello, lo que ésta puede aportar a la salvación y liberación de los hombres.
Tomado de: Ignacio Ellacuría, SJ, ‘Dios, mundo, misión: el sentido de la renovación arrupista’, en Norberto Alcover, SJ [ed.], Pedro Arrupe. Memoria siempre viva, Bilbao, Mensajero, 2001. pp. 59-69.
Hombre del siglo XIII, perdido en el XXI, con aspiraciones posmodernas, poco éxito y, por tanto, mucha frustración. Teólogo. Esteta. Historiador. Filósofo cuando estoy de malas (en la escuela). Melómano irredento. Anarcofranciscano. En política sólo tengo una consigna: 'Estaríamos mejor con Carlos V'.