jueves, abril 22, 2010
martes, abril 03, 2007
‘¿Dónde estás, Adán?’
Ary Stillman, Rabbi.
—Crees tú —contestó el rabino— que las escrituras son eternas y que todas las épocas, todas las generaciones y todos los hombres están incluidos en ella?
—Creo que sí —dijo el otro—.
—Pues bien —dijo el zaddik (nombre que reciben los líderes o rabinos de las comunidades jasídicas)—, en cada época Dios llama a cada hombre: ‘¿dónde estáis en vuestro mundo? Tantos años y días han pasado y, ¿cuán lejos habéis avanzado en vuestro mundo?’ Dios dice algo así como: ‘Has vivido 46 años, y ¿cuán lejos has llegado?’.
Cuando el jefe de los gendarmes le oyó mencionar su edad tuvo un sobresalto, apoyó la mano en el hombro del rabino y dijo: ‘¡Bravo!’, pero su corazón temblaba’.
¿Qué ocurre con este cuento?
Al principio nos recuerda ciertos cuentos talmúdicos en los cuales un romano o algún pagano interroga acerca de un fragmento bíblico con la intención de señalar una supuesta contradicción en la doctrina religiosa judía. Normalmente se responde explicando que tal contradicción no existe, o se refuta de alguna otra manera, agregando algunas veces a la respuesta una advertencia. Pero de inmediato advertimos una gran diferencia entre aquellos cuentos talmúdicos y esta narración jasídica. Esta diferencia consiste en el hecho de que en el cuento jasídico la respuesta está dada en un nivel distinto al que fue planteada.
El jefe quiere indicar una contradicción en la doctrina judía. Los judíos creen en un Dios que todo lo sabe, pero en la Biblia Dios hace preguntas que son características de aquel que quiere aprender algo que no conoce. Dios busca a Adán que se ha escondido. Lo llama en el jardín, preguntando dónde está; puede parecer entonces que lo ignora, que es posible esconderse de su presencia, y en consecuencia, que Dios no es omnisciente. Ahora, en lugar de explicar el fragmento y resolver la aparente contradicción, el rabino toma el texto sólo como un punto de partida desde donde procede a cuestionar al jefe de su vida pasada, su falta de seriedad, su inconsistencia y su irresponsabilidad. Una pregunta impersonal que, aun con toda la seriedad con que pudiera ser formulada, no es en realidad una pregunta genuina, sino meramente una forma de controversia, pide una respuesta personal, o más bien, una admonición personal en lugar de una respuesta. Por lo tanto, nos da la impresión de que lo único que perdura en este tipo de respuestas talmúdicas es la advertencia que muchas veces la acompañaba.
Pero examinemos la anécdota más de cerca. El jefe quiere informarse acerca de un fragmento de las historias de Adán. La respuesta del rabino significa, efectivamente: ‘Tú mismo eres Adán, tú eres el hombre a quien Dios pregunta: ¿dónde estás?’. De este modo puede parecer que la respuesta no da ninguna explicación del fragmento como tal. Sin embargo, arroja luz no sólo sobre la situación de Adán, sino sobre la de todo hombre en todo lugar y momento. Porque tan pronto como el jefe escucha y comprende que la pregunta bíblica está dirigida a él, es inevitable que vea el significado que vea el significado de la pregunta de Dios: ¿dónde estás?, ya sea que la pregunta esté dirigida a Adán o a cualquier otro hombre. Al preguntar, Dios no espera aprender algo que no conoce; lo que anhela es producir un efecto en el hombre que sólo una pregunta de esta índole puede producir. Busca llegar al corazón del hombre siempre y cuando el hombre le permita llegar a su corazón.
Adán se esconde para evitar rendir cuentas, para escapar de la responsabilidad por su modo de vivir. Todo hombre se esconde con el mismo propósito, porque todo hombre es Adán y se encuentra en su situación. Para escapar de la responsabilidad de su vida, el hombre convierte la existencia en un sistema de ocultamientos. Y al esconderse de este modo una y otra vez ‘de la presencia de Dios’, el ser humano se sumerge en una alineación cada vez más profunda. De este modo surge una nueva situación, que se vuelve cada vez más cuestionable con cada nuevo escondite. Esto puede definirse concisamente del siguiente modo: el hombre no se puede escapar de la visión de Dios, pero al tratar de esconderse de Él, se está escondiendo de sí mismo. Es cierto que dentro del hombre también hay algo que busca, pero él lo hace cada vez más difícil para que ese algo lo encuentre. Esta pregunta está formulada para despertar al hombre y destruir su sistema de ocultamientos; es para mostrar al hombre la posición en que se encuentra y despertar en él la fuerza de voluntad para salir de ella.
Todo depende ahora de si el hombre enfrenta la pregunta. Por supuesto, el corazón de cada hombre, así como el del jefe, va a temblar cuando escuche la pregunta. Pero su sistema de ocultamiento lo ayudará a sobreponerse a esta emoción. Esto sucede porque la Voz no viene como un trueno que amenaza la existencia del hombre; sino como un suave y pequeño murmullo, fácil de ahogar. En tanto esto ocurra, la vida del hombre no se convertirá en un camino. Sea cual fuere el éxito o el placer que pueda lograr, las acciones que realice o el poder que consiga, su vida deambulará sin camino, en tanto no enfrente la voz. Adán la enfrenta, percibe el grado de sumergimiento y confiesa ‘Estuve escondido’. Éste es el comienzo del camino del hombre. La decisiva búsqueda dentro de nuestro corazón es una y otra vez el comienzo del camino en la vida del hombre. Esta búsqueda dentro de nuestro corazón es decisiva sólo si se convierte en el camino. Hay también una búsqueda estéril de uno mismo que no conduce a otra cosa que al sufrimiento, a la desesperación y a un sumergimiento aún mayor. Cuando el rabino de Ger enseñaba las escrituras se encontró con las palabras con que Jacob se dirigió a su criado: ‘Cuando Esaú, mi hermano, te encuentre y te pregunte: “¿Quién eres, adónde vas y quiénes son estos hombres que te rodean?”’, él le decía a sus discípulos: ‘Observen con atención cuán similares son las preguntas de Esaú con los dichos de nuestros sabios: “Sabed de dónde venís, hacia dónde vais y quién tendréis que rendir cuentas”. Se debe ser muy cuidadoso en la consideración de estas cuestiones, porque bien puede ocurrir que el mismo Esaú formule las preguntas y suma al hombre en la desesperación’.
Hay una pregunta demoníaca, espuria, que imita la pregunta de Dios, la pregunta por la Verdad. Su característica es que no se detiene en la frase ‘¿dónde estás?’, sino que continúa: ‘no hay salida del lugar a donde has llegado’. Esta es una búsqueda equivocada dentro del corazón de uno, no alienta al hombre a cambiar, ni le pone en camino. Esta falta de esperanza y la representación como algo completamente imposible, lleva al hombre a vivir en sus sistemas de ocultamientos sostenido únicamente por un orgullo alienante.
Tomado de: Martin Buber, ‘El camino del hombre según las enseñanzas del jasidismo’, en El camino del hombre, Buenos Aires, Altamira, 2003. pp. 59-63.
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miércoles, mayo 31, 2006
'Los libros y las personas' de Martin Buber
Jean-Honoré Fragonard, Muchacha leyendo.
Si me hubieran preguntado en mi juventud si prefería estar con los libros o con las personas, mi respuesta hubiera sido, sin lugar a dudas, favorable a los libros. En la medida en que han pasado los años fui cambiando de opinión. No porque haya tenido mejores experiencias con los hombres que con los libros; muy por el contrario, aparecieron por mi camino más libros encantadores que personas encantadoras. Pero muchas de las malas experiencias que tuve con los hombres han nutrido las praderas de mi vida como no lo ha hecho el más noble de los libros, y las buenas experiencias han fertilizado la tierra de mi jardín. Por el otro lado, los libros pueden llevarme al paraíso de los grandes espíritus, pero desde la profundidad, mi corazón nunca se olvida y tampoco desea permanecer mucho tiempo ahí. Debo aclarar que esto es así porque desde lo más íntimo de mi corazón amo más el mundo que el espíritu. No me he entragado a la vida como podría haberlo hecho, y en mis relaciones con el mundo he fracasado una y otra vez. Una y otra vez soy culpable de haberme quedado corto con la respuesta que esperan de mí, y esto es, en parte, porque estoy comprometido con el espíritu. Estoy comprometido con el espíritu como lo estoy conmigo mismo, pero no estoy, estrictamente hablando, enamorado del espíritu, así como tampoco me amo a mí mismo. En realidad no amo a aquello que me ha atrapado de una forma sublime, más bien amo el mundo que una y otra vez me extiende su mano.
Ambos tienen frutos para compartir. El primero me riega con su maná. El segundo me exiende su pan negro cuya corteza rompo con mis dientes, un pan que nunca puedo tener suficiente: las personas. ¡Ay, esas cabezas a veces desordenadas, buenas para nada, cómo las amo! Reverencio a los libros, aquellos que realmente leo, pero demasiado como para poder amarlos. En cambio en las personas venerables siempre encuentro más para amar que para reverenciar. Encuentro en ellas algo de este mundo que lo espiritual simplemente no puede tener. El espíritu está por arriba de mí y poderosamente vuelca su exaltado don de las palabras y los libros. ¡Qué glorioso y qué extraño! Sin embargo, el mundo humano con solo brindarme una sonrisa silenciosa logra que no pueda vivir sin él. Toda la conversación de los hombres no brinda una palabra que suene como aquellas que salen de los libros. Pero penetro en todo el orden de las palabras para percibir a través de ellas el silencio de la criatura. ¡Precisamente esa criatura humana que implica una mezcla! Los hombres son una mezcla y los libros son puros, son hechos de espíritu puro y mundo purificado. Los hombres están hechos de palabras habladas y de silencio, pero su silencio no es aquel de los animales. Desde el silencio humano, detrás de las palabras pronunciadas, el espíritu nos susurra como un alma: el amado es el mundo.
Ésta es la prueba infalible: imaginémosnos en una situación donde estamos solos, totalmente solos en la tierra, y nos ofrecen por optar por una de dos alternativas: los libros o las personas. Muchas veces escucho a los hombres alabar su soledad, pero eso es así porque todavía hay personas en algún lugar de la tierra, aunque ese lugar sea muy lejano. No sabía nada de libros cuando salí del útero de madre, y voy a morir sin libros, con una mano humana entre las mías. Es cierto que muchas veces cierro mi puerta y me entrego a un libro, pero sólo porque puedo volver a abrir la puerta y ver a una persona que me está mirando.
Tomado de: Martin Buber, 'Los libros y las personas' en El camino del hombre, Buenos Aires, Altamira, 2003. pp. 251-253.
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jueves, abril 13, 2006
¿Existe Dios?

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