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lunes, septiembre 10, 2012

Réquiem por don Ernesto de la Peña

A Ernesto de la Peña Muñoz (1927-2012), in memoriam

‘Y puesto que estoy en la vena de los recuerdos, cuyo envés son las confesiones, debo aclarar ante ustedes que, si por una parte heredé esta faceta estudiosa y perseverante, por la misma parte me fue trasmitido algo que aprecio a la par del arte y el conocimiento: la autoconciencia de la propia pequeñez, la dolorosa certeza de que nuestros mejores esfuerzos, nuestra constancia más inquebrantable no podrán colmar siquiera un rincón oscuro y omitido del mar de la cultura.’

Ernesto de la Peña, 2007


La última vez que vi al Maestro, enjuto en vez de rozagante, tambaleante y no pícaro, lo oí profesar —para mi gusto, si bien no sorpresa— su fe, creyente piadoso, ya nunca más agnóstico socarrón. Confesó, frente a la grey de Euterpe, en el templo de Orfeo, al otorgársele el galardón del Sumo Sacerdote, cuya liturgia solemne celebramos a continuación(1): ‘Yo suscribo el Credo de Wagner: “Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven”’.

Quizá, al final, ya ‘hombre huidizo’, ‘sentado, irresoluto, a la vera del morir, viendo hacia atrás, regurgitando las cúspides del cuerpo los contornos del ayer’,(2) como tantos otros grandes ‘caballeros extinguidos’(3) que le han precedido y se reconocieron, a regañadientes y sólo en sus postrimerías, deletreados por Alguien, acabó rindiéndose ante el Misterio que luchó más de ocho décadas por descifrar: en las religiones, en los textos sagrados, en la poesía, en las literaturas de un sinnúmero de culturas, en el cine, en decenas de lenguas y otros tantos lenguajes, acaso los trascendentes por excelencia, como la amistad y el amor, la comida y la música…

Ernesto de la Peña hizo religión su arar concienzudo y su cultivo del espíritu humano. Su apostolado fue el estudio ingente y solitario; su proselitismo, siempre amable y de altura —como el de fray Bernardino o el de los hermanos Cirilo y Metodio—, sus clases, cápsulas y programas de radio y televisión; su mortificación, el temor y temblor de una pluma humilde que a base de saber tanto se atreve apenas a decir muy poco; su recompensa en el Paraíso, la Sinfonía Eterna del Dios de Bach, de Mozart y de Beethoven, que es, a la sazón, el mismo de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Conocí tarde y mal a don Ernesto, mas tuve la suerte de crecer en melomanía pegado a sus palabras en la radio —cosa insólita: sus comentarios superaban, con creces, la valía de la obra de turno que, accidentalmente, comentaba—, dejarme convertir por él a la religio vera del wagnerismo y contemplar, en vivo y cara a cara, la esencia del Humanismo y la dignidad del Maestro —nunca olvidaré una clase en que, al dudar de un dato sobre historia militar, se volvió hacia mí, a la postre dieciochoañero, y, frente a toda la clase y pese a que tenía razón, pidió que lo corroborara o corrigiera—. No obstante las seis décadas de diferencia, Ernesto era mi contemporáneo —hombre de su tiempo, a la vez que libre con respecto a cualquier atadura de aquél— y mi correligionario: gracias a él he podido hablar de tú a tú con Wagner y Verdi, Hugo y Goethe, burlarme de Rossini y de Schiller, denostar a Puccini y a Dumas. Pero, sobre todo y muy especialmente, me tendió un puente con mi propio abuelo, a quien él sí, y yo no, tuvo la suerte de conocer, aquel ‘licenciado Jolly’ de quien elogiaba su sarcasmo y buen francés, aquel erudito políglota —guardadas las proporciones con el propio Ernesto—, aquel agnóstico mordaz y ‘jacobino’ burlón cuyo mejor amigo era el párroco, cuya biblioteca incluye aún Biblias, sanagustines y la Summa Theologiæ —subrayadas y comentadas—, de cuya esposa sufragaba enemil caridades; en corto: aquel hombre justo que, como el Maestro De la Peña y el nieto que escribe estas líneas, buscaba la Verdad, la Bondad y la Belleza —que algunos llaman Dios— no en el Cielo, sino en el corazón del Hombre.

Querido Ernesto, si bien este México sin casi nada a qué asirse —menos aún de eruditos y sabios— te echará harto en falta, yo me regocijo, pues mi Maestro, luego de una vida larga y rica dedicada a ennoblecer el espíritu humano, tiene ahora mismo al Misterio, que buscó incansablemente en su paso por la vida, frente a frente, ya no para intentar descifrarlo ni tratar de entenderlo, sino para dejarse abrazar por Él.

G. G. Jolly, septiembre, MMXII A. D.


(1) En la entrega del Premio Mozart, en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, durante la que se tocó, en su honor, la Gran Misa en Si menor de Mozart.
(2) Ernesto de la Peña, ‘Así te vas por la vejez’, en Id., Palabras para el desencuentro, México, CONACULTA, 2005. p. 34.
(3) Ibid.

David Caspar Friedrich, La abadía de Cloister bajo la nieve, 1817-19.

Ahora, para despedirlo, ¿qué mejor que el réquiem que él mismo dedicó a otros, anónimos pero no menos sentidamente?

Réquiem


In memoriam de cualquier Hombre muerto

No podremos saber, ni siquiera en el alba de la vida
cuando todo está abierto y es secreto
y no tiene secretos
ni a mitad de algún astro que por nosotros vino
adornado de nube, vecino predilecto de galaxias
ni en los momentos sabios del amor
en que cobra sentido cada rincón del ser
y se arrebata y sube y crece y hace música
para que ésta estación perecedera
este siempre habitar en el andén sin vuelta
en un gesto sin posible figura permanente
junto a una playa larga que no torna jamás por sus arenas
sentados en bajeles con las proas hacia fuera, hacia el silencio.

Otro cuerpo vencido ya soltó sus amarras
ya se abrieron sus poros y su sangre
y un crepitar temible de terror y vacío
devastó sus entrañas
entró a saco en sus vísceras humildes
y le rompió la risa y lo hizo ausencia.

Hay Hombres que tenemos el alma intemperie
campana estremecida que suena a todo viento
en un largo crepúsculo de muertos
que la llenan de ayes agobiados
y de adioses inmóviles y eternos.

Yo pregunto sombrío, con sílabas dolidas
dónde están las ciudades teologales
dónde el amor y el brillo que dimos en la tierra
y que nacieron yertos y extinguidos
hijos de sonrisa volátil y ruido mudo.

Alguna vez tuvimos cuerpo y voz y permanencia
y llevamos un nombre hecho de viento
asentado en registros oficiales
un nombre que sonó cuando vivimos
y no tiene respuesta con los muertos.

Breve país el nuestro de Hombres momentáneos
de luces como un faro detenido cuando no nos miraba
de cánticos oídos cuando pasaban lejos, entonados por locos
y quebrados por siempre en un escollo eterno.

Los Hombres somos raza de muy breve vigencia
de rápido estertor y ausencia larga
de creer que vivimos y estar yéndonos
hacia donde las fuerzas se detienen
y la escarcha nos borra
y el cierzo desbarata nuestras bocas.

Corto país de paso sin sonidos
cárcel abierta pronto a un campo desolado
pudridero del Hombre, falaz mansión de dioses
sólo despierta huecos y vacíos
deshabitada eterna
masa total de lumbre que no quema
inexplorada costa que nunca desemboca
remo hendiendo la niebla para siempre encallar
casa del Hombre, sitial del Hombre, recodo de sus dioses
lugar de sus falacias,
templo erguido de ciencia de la nada:
por todos tus veneros corre el licor hediondo de la nada
la sustancia vacía, la ambiciosa sustancia de la nada
de la nada de dios, del hueco que dejó en los que vivimos,
de la garra que hincó en nuestros corazones
buscando ser, él mismo, entre nosotros.

¿En qué célula, en cuál ojiva atormentada
nos nació el alma y nos creció el amor
y nos manaron las preguntas
que volvieron sin rostro hasta nosotros
a no descansar nunca y a no encontrar su voz que preguntaba?

¿En qué lugar, por qué, hacia dónde,
dios que retumba sus aullidos en muros sin respuesta,
nos fue naciendo muerte y podredumbre
y sostuvimos diálogos insólitos
sin saber que la voz se coagulaba
y se quedaba, absorta y solitaria
suspendida y no dicha y desplomada?

Ya se quebró tu corazón, Hombre cualquiera, antes que el nuestro,
ya se apagó el torrente de tu sangre
se detuvo el perfil que te animaba
y eres sólo la arena que se escurre
o el agua que se va o el viento irregresable.

Nadie te oyó morir, porque el ruido absoluto de la muerte
es inaudible como estallido de galaxias o chirrido de soles,
incendio de planetas que provocan a dios
o el morir del insecto en medio del desierto.

¿En qué lugar puedes estar y para qué?
¿A repetir tu vida terrenal te fuiste?
¿A que en otro lugar te contaminen
de rutinas más altas
o de sonidos nuevamente abocados al silencio?

¿A volver a morir antes que el astro
sin ver a dios ni romper sus secretos
sin que tu paso entre la verdad más alta
y finalmente entender por qué las nubes
y los vientos y el mar y la resaca
y las aves que cruzan por el cielo
y las ramas del árbol que nutren al espacio
y dan su sombra al Hombre que pregunta?

Ernesto de la Peña

Y éste otro, que es el mejor homenaje que puede hacérsele y la plegaria más efectiva para encomendarle...


lunes, mayo 31, 2010

‘Misterio’ de Karl Rahner, SJ

David Kaspar Friedrich, Aparición de la luna sobre el mar, 1821.

‘Para mí mismo y para el mundo, yo soy una pregunta infinita. Resulta a mi juicio evidente que ni siquiera la experiencia que los hombres logren alcanzar en el futuro más lejano y, de un modo derivado, tampoco la ciencia, llegarán a situarse en un nivel desde el que puedan responder a todas las preguntas, y en el que puedan elaborar y finalmente resolver todos los problemas. Me causa en verdad admiración el hecho de que la mayoría de mis contemporáneos compartan conmigo este convencimiento, incluidos quienes niegan la existencia de aquello o de aquel a lo que yo o a quien yo llamo Dios.

Pues bien, en contra de eso, yo pienso que este tipo de personas (no creyentes) deberían estar convencidas de que el hombre, esta realidad particular que yo mismo soy, podría llegar de un modo radical hasta el fondo de todas y cada una de las cosas, de manera que, en último término, debería ser capaz de descubrirlo todo, porque para él (para el hombre no creyente) la totalidad se encuentra constituida por la suma de cosas particulares (que vamos conociendo por la ciencia). De esa forma, al final, una vez que hubiéramos penetrado en todo, podríamos dejar que todo cayera en su banalidad, es decir, en la Nada. En sí misma, esa Nada a la que uno viene a ser conducido a través de esas preguntas no plantearía ya más preguntas ni más explicaciones, porque realmente esa nada es sólo nada; y con esa palabra (nada), que no guarda en sí secreto alguno, no queremos señalar ninguna cosa que sea “totalmente distinta” (ganz anderes).

A mí, en cambio, me domina y me perfora el Misterio eterno, el Misterio infinito, que es algo “totalmente distinto” (alles andere) de una especie de conglomerado donde se vinculan todas aquellas cosas que aún no conocemos ni experimentamos, el Misterio que en su infinitud y densidad se encuentra, al mismo tiempo, en lo más exterior y en lo más interno de las realidades separadas que componen eso que nosotros llamamos el mundo de nuestra experiencia. Este Misterio se encuentra ahí y se expresa en la medida en que se mantiene silencioso; ese Misterio-Secreto deja que queden serenas (gelassen) a un lado las palabras y las explicaciones, porque hablar sobre el Misterio sin más se convierte en palabrería sin sentido (sinnloses Geschwätz).

Puedo comprender el enfado y nerviosismo de los que hablan así (sobre el Misterio); porque allí donde ese Misterio, que todo lo abarca callando, no es objeto de amor, se convierte en algo escandaloso. Está ahí y no deja que podamos dominarlo. Parece simplemente que calla, elevándose por encima de nuestras precisiones y seguridades. Quien no se entrega a él con amor, puede negarlo con enojo, si se toma tiempo para ello, o puede reprimirlo, refugiándose en los negocios cotidianos y, en último término, concede a esos negocios más peso que el que le conceden por sí mismos, verdaderamente, los fugitivos y los moribundos.

A este Misterio, que confiere un fundamento a cada realidad concreta y que abre un espacio y horizonte para cada conocimiento, yo lo llamo Dios. Él no necesita que andemos probando su existencia sin cesar: esa existencia de Dios ha sido presupuesta y asumida desde siempre (por la humanidad), antes de que nosotros hayamos comenzado a hablar sobre mil cosas en los mercados de la vida cotidiana y en las aulas de las universidades. Cuando yo me sitúo en mi interior y callo, cuando un Fundamento (Grund), cuando dejo que todas las preguntas se vengan a centrar en la Pregunta, a la que no se puede responder con las respuestas que se dan a las preguntas concretas, sino que dejo que el Misterio infinito se exprese a sí mismo, entonces el Misterio está presente ahí; y entonces, en último término, ya no me preocupa el hecho de que la ciencia racionalista se crea capacitada para hablar sobre Dios de un modo escéptico. En ese momento, estoy convencido de que no me he perdido en un “sentimiento” irracional, sino que he llegado a situarme en el punto focal del espíritu, de la razón y de la comprensión, punto del que brota en último término toda racionalidad.’

jueves, abril 22, 2010

‘Dios’ de Martin Buber

Marc Chagall, El sacrificio de Isaac, 1931.

‘Dios. La palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada y tan dilacerada… Las generaciones humanas han cargado el peso de su vida angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones religiosas han dilacerado esta palabra; han matado y se han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra “Dios”; se asesinan unos a otros y dicen hacerlo en nombre de Dios… Debemos respetar a aquellos que evitan este nombre, porque es un modo de rebelarse contra la injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la autoridad de Dios.’

Martin Buber (1878-1965)

martes, junio 23, 2009

Una cruz y un crucificado; dos poetas

Cristo en la cruz

Antonio Saura, Crucifixión, 1959.

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro con los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

Jorge Luis Borges (1899-1986)

Viernes Santo

Paul Gaugin, Cristo amarillo, 1889.

I

Clavado en el madero, Cristo calla.
Su cruz es burda e idéntica a las otras
donde cuelgan maltrechos dos ladrones.
La barba y el cabello por el polvo,
la sangre y los sudores se le enredan
sobre el pecho desnudo. Un estertor
de muerte lo recorre, mientras busca
con ansia entre la plebe la mirada
de aquellos que lo amaron. No hay ninguno.
La mañana es atroz y él está solo
con el hirviente hierro de los clavos
(casi no logro distinguir su rostro
ni sus ásperos rasgos de judío).
Fatigado se hunde en el desorden
de sus largos y múltiples recuerdos:
piensa en el Reino que clamó y lo espera,
en sus burdos y míseros discípulos
y en su doctrina del perdón que salva.
El suplicio es atroz y él desespera;
al dolor de los clavos y del tétanos
se agrega la tortura del pecado:
siente en su carne el peso de otra herida
inmemorial y vasta como el hombre
(que Borges nunca vio y nunca supo
cuando en Kioto dictaba su poema):
el odio de Caín, las arduas guerras,
las espadas de Roma, los sicarios,
el fardo de la Ley, los saduceos,
la traición del amigo aquella noche
del garrote, la cuerda y la agonía,
el Imperio Cristiano de Occidente,
el fasto y la lujuria del papado,
la conversión de indios por la espada,
el cadalso, la guerra, las mazmorras,
el suplicio de Hus, Borgia y su estirpe,
el anatema, el Index, las intrigas,
los campos alemanes de exterminio,
las bombas de Hiroshima y Nagasaki,
los Gulags, el Mercado, sordo y ciego,
los pecados que haré, los que ya he hecho…
Sabe que su suplicio es casi eterno,
que no hay consuelo alguno en ese instante.
Han dado ya las tres sobre la cima.
Su espíritu abatido busca al Padre
que entre sus sombras de fe lo aguarda.
Nadie se ha dado cuenta que ya ha muerto,
ni sabe los vínculos secretos
que en el cosmos su muerte habrá tejido.
El aire huele a sangre y a carroña.
¿Qué puedo yo decir, que no soy nada,
yo que gozo en mi vida sus dolores?
Sólo Dios pudo amarme de esa forma.

Marc Chagall, Crucifixión blanca, 1938.

II

Soy del hombre que cuelga en esta tarde
el clavo de su mano, la derecha;
soy la lanza, la punta que lo acecha,
en su carne el flagelo que más arde;
soy el madero y soy de aquel judío,
que muere con la tarde, su lamento,
sus llagas soy, su sed, su amargo aliento,
su purulenta sangre y su vacío;
soy la plebe que yede y con su salva
de befas lo contempla en esta hora
que es la sexta, la hora más amarga,
la terrible, la obscura, la que embarga.
Soy lo peor de su muerte ayer y ahora,
soy su sangre vertida que me salva.

Javier Sicilia (1956-)

martes, abril 07, 2009

Nota extraordinaria

Ya tenía una entrada planeada para el día de hoy, pero tendrá que esperar, puesto que apenas esta tarde me llevé una grata sorpresa en mi revista predilecta, Letras Libres: ¡publicaron una carta que les escribí! ¡Mis palabras y mi nombre aparecen entre sus finas páginas y en su elegante tipografía, casi un sueño hecho realidad! Por cuestiones de espacio, editaron la carta, y se me ha ocurrido la idea de publicarla completa aquí.

Su número de marzo tenía como tema principal la existencia (o no) de Dios, y sus consecuencias...

Éstos son los artículos, altamente recomendables:
Y, a propósito de ellos, mi carta completa:
‘¿Qué tal?

Habiéndome animado el mes pasado a escribir para felicitarles por el X aniversario de la revista, lo hago ahora porque leí con especial avidez su último número. Me atrapó y cautivó desde la portada y el título, que inmediatamente me recordó la polémica de los autobuses en Gran Bretaña (que, a su vez, me hizo pensar que 'Dios no existe y Dawkins es su, ¿el?, profeta') y en España (con su guerra abierta entre Iglesia y Estado).

En los últimos años, Letras Libres ha sido una guía certera en mi camino intelectual y humano, por lo que siempre busco con ansia y considero con seriedad lo que tiene que decir sobre cualquier tema. Más aún en este caso, pues, como creyente que soy, el solo hecho de que abordara el tema me emocionó. Y, en efecto, disfruté mucho su lectura, en especial del diálogo entre Zagal y Fadanelli, y los artículos de John Gray y Pedro Chavarría Xicoténcatl; de estos, el primero por su realismo, y el segundo, igualmente por su realismo: por no conformarse con que la materia subsista en sistemas complejos, sino que más bien siga esa tendencia misteriosa (¿artística?, ¿de diseño inteligente?, ¿divina?) llamada vida, y su consecuencia, la de una subjetividad inexplicable para las ciencias exactas.

Sin embargo, y aquí está el pero que acota los elogios, me parece que la postura secular (laicista por momentos) estuvo demasiado bien representada, mientras que la creyente fue apagada y descolorida. Esto me sorprende, puesto que Letras Libres no es una revista políticamente correcta. Así como es de las pocas voces que, en el México infectado por decenios de estatismo, populismo y rancio nacionalismo, ha abogado por la libertad en todas sus formas (de expresión, económica, política...) y por la responsabilidad del individuo sobre la de el Estado, me extraña (y me duele hasta cierto punto), no encontrar de la misma forma una voz inteligente que abogue sin tapujos, abiertamente, por la fe y la religión como sanas propuestas de sentido y motores loables de transformación social. Contra todo pronóstico, creo que esas voces existen en México, y que abogan por una fe humanizadora en el marco de la democracia liberal, sin nada que ver con el clero ignorante o su brazo político yunquista. Pienso en Javier Sicilia, el mismo Héctor Zagal (en una postura firme, y no tímida, como lo he leído otras veces) o Bárbara Andrade, Mauricio Beuchot... o quizá Jean Meyer o Gabriel Zaid, que al menos están bien empapados de las razones de la fe... O bien intelectuales creyentes de todo el mundo: ya publicaron una vez a Joseph Ratzinger, ¿por qué no hacerlo también con Carlo Maria Martini, Christoph Schönborn, Jacob Neusner, Hans Küng, Angelo Scola o incluso Jon Sobrino o Enrique Dussel (aunque aquí ya pongo en duda lo puramente liberal, además de que el segundo no es internacional)?

Recuerdo un artículo sobre la situación de la Iglesia española escrito por un jesuita en la revista Sal Terrae, en el que se lamenta de la irracionalidad del conflicto con el Estado y la ausencia de diálogo serio en ambas partes (aunque peores espectáculos hemos visto en México, a propósito del aborto o del 'presidente legítimo'...). Compara, desfavorablemnete, a España con Italia, donde senadores y alcaldes dictan conferencias y escriben libros codo a codo con cardenales y eclesiásticos ilustres, por no mencionar el debate de altura que sostuvieron Umberto Eco y Carlo Maria Martini... Al final y con un suspiro, acepta la obscura realidad: existe una gran disparidad de nivel entre los dos países, porque ni el cardenal Rouco es el cardenal Martini ni Savater o Goytisolo son Eco. Me queda claro que en México no existen Martinis, pero esperaba encontrar a los Ecos en Letras Libres. Creo que esta vez se quedaron cortos.

Los saludo, felicito y agradezco su atención.’

G. G. Jolly

(1) Porquería, un blog de Guillermo J. Fadanelli
(2) Apócrifos de Zagal
(3) Página de Fernando Savater

jueves, abril 17, 2008

Diez años sin Paz. Entrevista de Carlos Castillo Peraza a Octavio Paz


Hermandad

‘Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en ese mismo instante
alguien me deletrea.’

Octavio Paz Lozano (1914-1998)
Cuando solicitamos la entrevista, nos dijo: ‘Soy pagano’. ‘Su respuesta —le dijimos— despierta en cualquier espíritu católico los instintos paulinos’. Y fuimos a hablar con él a su aerópago: una casa-museo-biblioteca tal vez parecida al templo del dios desconocido.

Carlos Castillo Peraza: ¿Por qué dice ser un pagano?

Octavio Paz: Fue un desafío. Es absurdo decirse pagano cuando se ha nacido dentro de una sociedad católica, en la que los valores en que se cree son cristianos o son consecuencia del cristianismo. Pero sí siento nostalgia del paganismo, sobre todo por lo que tenía de tolerante. Ningún filósofo de la Antigüedad pensó que sus ideas, aunque le pareciesen verdaderas, le daban derecho para legislar sobre las creencias de los otros. Tampoco la cultura griega desconoce del todo la libertad. Los héroes de la tragedia son víctimas del destino de su casa y sufren consecuencias pero, como lo dice Sófocles y lo ha subrayado Simone Weil, llegan a tener conciencia de su libertad. La tienen gracias a su conciencia del hado, es decir, a su interiorización del destino. La tragedia griega no es el único ejemplo. Los estoicos sabían que podía decir no. Epicuro afirmaba la libertad, no era un credo.

CCP: Cuando usted dice ‘alguien me deletrea’, nos parece escuchar a Kafka: trasladado de una prisión a otra, le queda la creencia de que ‘El Señor pasará casualmente por el pasillo y dirá: a éste no debéis encerrarle de nuevo, viene a verme’.

OP: Para mí la vida no es una prisión. Cuando dije: ‘alguien me deletrea’ no sabía exactamente qué quería decir. Al releerme, como un lector más, me digo: una de dos, o ese alguien es otro como yo o ese alguien está más allá de los hombres. Alguna vez creí que en Oriente, en el budismo, encontraría una respuesta, el nombre o un vislumbre del nombre de ese alguien. Pero descubrí que de Oriente me separa algo más hondo que el cristianismo: no creo en la reencarnación. Creo que aquí nos lo jugamos todo, no hay otras vidas. Sin embargo, en Oriente descubrí una ‘vacuidad’ que no es la nada y que me hace pensar en el Uno de Plotino, una realidad que está antes del ser y del no ser. Tal vez ese Uno puede ser el que me deletrea. Pero de él no podemos decir nada.

CCP: Sin embargo, como todos los que dicen que nada se puede decir de Dios, ya dijo usted mucho de Él…

OP: Es fascinante comprobar cómo son parlanchines los partidarios del silencio. Por ejemplo, los místicos. No es menos impresionante ver cómo los pesimistas y los obsesionados con la muerte, como Quevedo, se preocupan por la perfección de la forma. Sucede lo mismo con los corrosivos aforismos de un escritor que admiro, Cioran: están escritos en un francés clásico, del siglo XVII. Las civilizaciones atraídas por la muerte se enamoran, por compensación, de la forma y erigen hermosos mausoleos que son templos vacíos. Templos a la negación.

CCP: ¿Cuáles han sido sus relaciones con la religión católica?

OP: Un día, en Goa, en el centro de una civilización que no era la mía, entré en la vieja catedral. Celebraba la misa un sacerdote portugués, en portugués. La escuché con fervor. Lloré. No sé todavía si descubrí algo. Tampoco si recordé mi infancia —yo iba a misa— o si reviví mi vida en la parroquia de Mixcoac. Pero sentí la presencia de eso que han dado en llamar la otredad. Mi ser otro dentro dentro de una cultura que no era la mía. Mi identidad histórica.

CCP: ¿Tiene algo que ver su identidad histórica con el catolicismo?

OP: La gran revolución que se ha hecho en México, la más profunda y radical, fue la de los misioneros españoles. En el ser del mexicano está el pasado prehispánico indígena pero, sobre todo, está el gran logro de los evangelizadores: hicieron que un pueblo cambiara de religión. En esto ha fracasado el liberalismo y ha fracasado la modernidad. Esto yo no lo sabía, pero lo adiviné cuando escribí El laberinto de la soledad. Esta obra mía es un intento de diálogo con mi ser de mexicano y en el centro de ese diálogo está la religión, como lo está en mi ensayo sobre la poesía, El arco y la lira. No soy creyente pero dialogo con esa parte de mí mismo que es más grande que el hombre que soy porque está abierta al infinito. En fin, en México se logró la gran revolución cristiana. Ahí están los templos, ahí está la Virgen de Guadalupe y ahí está mi emoción en la catedral de Goa. El diálogo de un no creyente mexicano con ustedes es un diálogo con una parte de nosotros mismos.

CCP: Usted parece decir que el problema esencial del hombre es religioso…

OP: El problema esencial del hombre es que, siendo hombre, no es sólo eso. Hay en los hombres una parte abierta hacia el infinito, hacia la otredad. Las estrellas que miro, en mi poema, iluminan la hermandad de los huérfanos. O la verdad que vieron en el cielo estrellado el neoplatónico Ptolomeo y el cristiano San Juan y que nos trasciende a todos. Mirada hacia el cielo, el infinito y también su mirada hacia la muerte.

CCP: ¿No cae usted en el gnosticismo?

OP: Tal vez. Pero lo que quiero decir es que las respuestas filosóficas no son suficientes. Yo tengo una amiga que es monja católica y que vivió muchos años en la India. Ella dice ahora que no se sabe qué es, salvo que es contemplativa…

CCP: ¿Por qué rompió usted con el catolicismo?

OP: Para mí el cristianismo era el orden y la burguesía. Soy ‘hijo de mi siglo’ y mi rebelión juvenil tenía que ser obra de demolición.

CCP: ¿Es usted ateo?

OP: Hay palabras muy gastadas. Con los surrealistas aprendí que hay fervor y fe en algunos ateísmos. Breton era un temperamento religioso a pesar de que era violentamente ateo. Él me dijo alguna vez que su ateísmo era como la apuesta de Pascal, pero al revés. No era un escéptico. El surrealismo fue un síntoma del vacío de la cultura de Occidente y una rebelión contra ese vacío. Por esto fue también un momento importante de la crítica a la modernidad. Breton creía en el ocultismo y estaba fascinado, en el sentido fuerte de la palabra, por la tradición hermética. A mí, en cambio, esta tradición me atrae y me intriga pero no me conquista. Soy escéptico. Mi rebelión contra el cristianismo fue contra la modernidad.

CCP: Pero el catolicismo es para usted poco moderno, según ha dicho.

OP: Tiene usted razón. En realidad, mi rebelión fue contra la institución. Eran los años en que la Iglesia de España estaba muy cerca de Franco. Después de la guerra y del estalinismo, vino la decepción del marxismo y no me quedó sino la poesía. Creí en la frase de Rimbaud: la poesía podía cambiar la vida.

CCP: ¿Qué le satisface hoy?

OP: No puedo responder. Van respondiendo mis obras. Dije que ‘alguien me deletrea’: dialogo conmigo mismo, con esa parte de mí mismo que no se reduce a la razón.

CCP: ¿Qué le critica ahora a la modernidad?

OP: Al capitalismo, lo mismo que decía Marx: haber enfriado la vida humana en las aguas del cálculo egoísta. Al comunismo, querer imponer la comunión obligatoria. Sin embargo, cuando critico al capitalismo no me olvido de que el liberalismo es la democracia, la herencia liberal tolerante del siglo XVIII. Y aquí me entra la nostalgia por el paganismo tolerante…

CCP: ¿No son liberalismo y marxismo frutos de la misma matriz?

OP: El marxismo es el tiro por la culata de la Enciclopedia. Trata de realizar en la historia el reino de la razón y la libertad pero acaba por imponer la superstición y la esclavitud. Es una fe militante como el Islam. Sólo que el Islam afirma que todos los hombres son hijos de Dios y deja puertas abiertas al infinito mientras que el marxismo-leninismo es una pseudorreligión. O más exactamente: una ideología, una creencia y que cree que es ciencia.

CCP: ¿Concibe usted la lucha por una sociedad plural sin los católicos? ¿Puede haber pluralismo real si la vida pública es sólo para los laicos?

OP: Durante algún tiempo fue necesario laicizar la vida política mexicana, dado el carácter religioso militante del Estado español. Ya no. Hay que integrar. En México, los católicos se aislaron. No siempre fue así: la Independencia tuvo detrás a los jesuitas, los liberales tuvieron interlocutores católicos de altura. Sin embargo, desde la mitad del siglo pasado los católicos se automarginaron. Sólo los poetas, como López Velarde, se atrevieron a ser católicos. Después hubo también pensadores. Pero Vasconcelos es más romántico que católico. Esta marginación debe desaparecer. No por donde piensan los teólogos de la liberación; más bien debe recuperarse la herencia de las teologías de la libertad. Pienso en los teólogos españoles del siglo XVI. Esto nos haría más fácil a los no creyentes dialogar porque nos pondría ante una parte sepultada de nosotros mismos. Algo tenemos que hacer todos los verdaderos liberales para sacar a este desdichado país del monólogo en que vive.

CCP: ¿Qué monólogo?

OP: En realidad son varios monólogos: el monólogo del poder, e, monólogo del marxismo, el monólogo de los católicos marxistas que sólo se oyen a sí mismos como el padre Cardenal, el monólogo de los que estamos fuera de la Iglesia, el monólogo de los católicos…

CCP: ¿Tiene usted una obsesión antieclesiástica?

OP: Es fruto de mi pasado intelectual. De mi rebelión juvenil contra una estructura jerárquica y contra una administración. Veo en la Iglesia no sólo una comunidad de fieles sino a una institución cuyo modelo histórico fue el Imperio romano. Por otra parte, en lo esencial, en lo íntimo, estoy más cerca de Pelagio que de San Agustín, y más cerca de Molina que de Pascal.

CCP: ¿No le parece un angelismo pedir una que una comunidad de fieles carezca de una jerarquía?

OP: Sí, pero las rebeliones juveniles como la mía son angélicas… o diabólicas…

CCP: ¿Por qué siempre que habla de ángeles en seguida menciona a los demonios y cuando se refiere a Dios inmediatemente menciona al diablo? ¿Es para darse una protección de intelectual liberal?

OP: Un hombre con mi pasado tiene que ser cuidadoso para no desatar ciertas iras. Además, el diablo es una realidad en la existencia humana. Es la presencia del mal. Y el mal es un misterio para el que no tienen respuesta ni Marx ni los liberales ni Epicuro, que se resigna ante él pero que no lo explica.

CCP: ¿Cuál es la gran herejía de nuestro siglo?

OP: Haber substituido a Dios por la historia. Si se es ateo, hay que vivir en la negación o en la privación de Dios, no inventar sucedáneos quiméricos que son verdaderos testaferros afectivos o intelectuales. La historia, por lo demás, en un sentido riguroso realmente no existe: no es una substancia ni una entelequia. La historia es nosotros, los hombres. Divinizar a la historia es divinizarnos a nosotros mismos. La historia es horrible como un ídolo y también, como todos los ídolos, fascinante. Pero no existe: es una ilusión, una proyección de nuestros sueños y terrores. No niego, claro, al pasado ni a los procesos históricos: los hombres, las sociedades, las culturas. En cuanto a la vieja pregunta: ¿la sucesión de actos y de obras que llamamos historia es racional?, contesto: creo que a estas alturas nadie se atrevería a afirmarlo. Tampoco digo que sea un proceso enteramente irracional. La historia no carece de sentido o, mejor dicho, de sentidos. La historia no es una: es plural. Hay tantas historias como civilizaciones y, dentro de cada proceso histórico, aparecen distintos sentidos y caminos, unos convergentes y otros divergentes. La sociedad humana es, como el universo, una realidad enigmática y difícilmente descifrable. Sin embargo, no es el resultado de la ciega casualidad. Lo dijo Einstein: Dios no juega a los dados con el universo. Esto es, quizá, lo que también quiso decir Mallarmé en su célebre poema: el azar obedece a una lógica que desconocemos. En fin, hay algo que me conturba como a todos los que se han asomado a la física moderna: sabemos muchas cosas del universo, pero todavía ignoramos cómo nació y cómo morirá. Desconocemos la última y la primera palabra. Son los vulgarizadores de la ciencia los que pretenden que ésta tiene una solución para todo.

CCP: ¿Es usted optimista en relación con América Latina?

OP: Sí y no. Las democracias vuelven, las dictaduras terminan. La democracia no es la solución de todos los problemas pero sí es el camino para, entre todos, buscar soluciones. Usted debe aceptar, sin embargo, porque es cristiano, que la historia es perdición.

CCP: No. Los cristianos sabemos que la historia es salvación.

OP: La historia es valle de lágrimas, es el tiempo de la prueba, el lugar de la prueba. La salvación y la condenación personales son posibles para los cristianos pero la historia es lugar de prueba…

CCP: ¿Se siente usted hombre de fe, hombre de religión, hombre de Iglesia?

OP: No lo sé. Mentiría si digo que lo sé. Yo sigo buscando. Alguien me deletrea…

Tomado de: Carlos Castillo Peraza, El porvenir posible, México, F. C. E., 2007.

martes, abril 01, 2008

Motivos del filósofo aullador original

Con esta entrada, su humilde filósofo alcanza su centésimo aullido en este espacio y cumple dos años de ulular. Muchas gracias a todos mis lectores y contribuyentes. Les dejo, pues, unas citas de E. M. Cioran, el escritor cuya frase escogí como epígrafe y leitmotiv de este blog.
‘No es el conocimiento lo que nos acerca a los santos, sino el despertar de las lágrimas que duermen en lo más profundo de nosotros mismos. Entonces únicamente, a través de ellas, tenemos acceso al conocimiento y comprendemos cómo se puede llegar a ser santo después de haber sido hombre.’

‘Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición.’

‘Hubo una época en que los hombres podían dirigirse en cualquier momento a un Dios acogedor que enterraba en su Nada los suspiros humanos. Hoy nos hallamos desconsolados por no tener a quién confesar nuestros tormentos. ¿Cómo dudar de que antaño este mundo haya estado en Dios? La Historia se divide en un antaño en el que los hombres se sentían atraídos por el vacío vibrante de la Divinidad y un hoy en el que la nimiedad del mundo carece de aliento divino.’

‘En el Juicio Final sólo se pesarán las lágrimas.’

‘“No puedo diferenciar las lágrimas de la música” (Nietzsche). Quien no comprende esto instantáneamente, no ha vivido nunca en la intimidad de la música. Toda verdadera música procede del llanto, puesto que ha nacido de la nostalgia del paraíso.’

‘Después de todo, podríamos habernos dispensado de la obsesión de la santidad. Cada uno de nosotros se hubiera dedicado a sus ocupaciones, soportando alegremente sus imperfecciones. La frecuentación de los santos engendra un tormento estéril, su compañía es un veneno cuya virulencia crece a medida que aumenta nuestra soledad. ¿No nos han corrompido acaso mostrándonos mediante el ejemplo que los infortunios tenían una finalidad? Nosotros estábamos acostumbrados a sufrir sin objetivo, fascinados por la inutilidad de nuestros dolores, felices de contemplarnos en nuestras propias heridas.’

‘El órgano expresa el estremecimiento interior de Dios. Comulgando con sus vibraciones nos autodivinizamos, nos desvanecemos en Él.’

‘Job, lamentaciones cósmicas y sauces llorones… Llagas abiertas de la naturaleza y del alma… Y el corazón humano —llaga abierta de Dios.’

‘¿Lograré un día no citar más que a Dios? Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee. Pero, ¿qué sabemos nosotros de Él, sino que es una desesperación que comienza donde acaban todas las demás?’

‘Las enfermedades han acercado el cielo y la tierra. Sin ellas se hubieran ignorado mutuamente. La necesidad de consuelo ha superado a la enfermedad, y en la intersección del cielo con la tierra ha dado origen a la santidad.’

‘El límite de cada dolor es un dolor aún mayor.’

‘La muerte objetiva, exterior, para un Rilke, no significa nada. Para Novalis tampoco. Pero después de todo, ¿existe algún poeta que haya muerto una sola vez?

‘Soy como un Anteo de la desesperación. La mía aumenta tras cada contacto con la tierra. ¡Ah, si pudiera dormirme en Dios a fin de morir para mí mismo!
El único olvido verdadero es el sueño en la Divinidad.’

‘Sólo creemos en Dios para evitar el torturador monólogo de la soledad. ¿A quién, si no, dirigirse? Al parecer, Él acepta de buena gana el diálogo y no nos guarda rencor por haberle escogido como pretexto teatral de nuestros abatimientos.’

‘Cuando hemos aniquilado el mundo y nos quedamos solos, orgullosos de nuestra hazaña, Dios, rival de la Nada, aparece como una última tentación.’

‘Con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa concesión. El desprecio del destino nos es igualmente ajeno, dado que carecemos demasiado e sabiduría para no amarlo con una pasión dolorosa.’

‘¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.’

‘El vino ha hecho más por acercar los hombres a Dios que la teología. Hace tiempo que los borrachos tristes —¿y los hay que no lo sean?— han superado a los eremitas.’

‘¿Por qué los santos escriben tan bien? ¿Es únicamente porque están inspirados? Lo cierto es que poseen un estilo particular cada vez que describen a Dios. Les resulta fácil escribir estando como están a la escucha de los susurros divinos. Sus obras poseen una sencillez sobrehumana, pero como en ellas no tratan del mundo, no pueden considerarse escritores. No les reconocemos como tales pues no nos hablamos en ellos.’

‘Creer en la filosofía es un signo de buena salud. Lo que no lo es, es ponerse a pensar.’

E. M. Cioran (1911-1995)

miércoles, enero 17, 2007

Cuando se pierde la fe...

‘Un día, un joven jasid fue a ver a rabí Pinjás de Koretz, famoso por su sabiduría y compasión, y le suplicó:

—¡Ayúdame! Necesito tu consejo y, todavía más, necesito tu intercesión. Mi angustia es tan grande y tan pesada que no puedo soportarla. Haz que se disipe, Maestro. En torno a mí y en mí el mundo se hunde bajo el peso de su tristeza y la mía. Haz que vuelva a alzarse, Maestro. Los hombres no son humanos; la vida ya no es sagrada. Las palabras están vacías: vacías de verdad, vacías de fe. Ya no sé hacia quién volverme ni de qué apartarme. Las dudas me asaltan, y lo hacen con tanto poder que ya no sé quién soy ni por qué existo, y lo que es peor: ni siquiera me importa ya saberlo. Maestro, ¿qué debo hacer? Dime, te suplico: ¿qué debo hacer?

—Ve y estudia la Torá —respondió rabí Pinjás de Koretz—. La Torá es el único remedio. Siempre lo ha sido. Ella contiene todas las respuestas. Ella es la respuesta. ¿Acaso lo has olvidado?

—No, no lo he olvidado —exclamó desesperado el discípulo—. Pero, desgraciado de mí, soy incapaz de estudiar. Mis certezas se tambalean; mi ímpetu se ha quebrado. Mi alma no sabe a qué aferrarse, dónde refugiarse: se va por el mundo errante y yo me quedo allá, abandonado como un desecho. Abro una página del Talmud y me quedo mirándola sin objetivo ni finalidad, todo el rato la misma página. Todas las frases me son opacas; cada palabra es un obstáculo, una pared más alta que el cielo. Soy incapaz de avanzar, de terminar un pensamiento. ¿Qué haré, rabí? ¿Qué debo hacer para avanzar?

Cuando un judío, aunque sea un rabí, no puede contestar, puede, al menos, contar una historia. Eso hizo el rabí de Koretz, e invitó a su visitante a que se acercara.

—Escucha —le dijo sonriendo—, lo que te pasa también me ocurrió a mí. Cuando tenía tus años, tropecé con los mismos obstáculos y me encontré esos mismos escollos. Conocí tus angustias. Fue un milagro que el corazón no se me rompiera, de tanta incertidumbre y tanto miedo. No entendía nada: el hombre y su destino, la creación y su destino... Luchaba contra tantas fuerzas tan negras, que me era imposible dar un paso. Iba quedando adherido a la niebla de las dudas y la desesperación me tragaba. Intenté orar, estudiar, meditar; fue en vano. Probé con la penitencia, la soledad, el silencio. En vano. Mis preguntas seguían amenazándome como antes. Era imposible avanzar hacia el futuro; ni siquiera podía imaginármelo. Un día oí que rabí Israel Baal Shem-Tov en persona, el Maestro del Buen Nombre, iba a venir a mi ciudad. Fui por curiosidad a la posada donde recibía a sus fieles. Los encontré en mitad de la oración. El Baal-Shem acababa de terminar la Amidá, la oración silenciosa. Retrocedió tres pasos. Me vio. Yo estaba seguro de que me no me veía más que a mí. Ante la intensidad de su mirada, tuve que bajar los ojos. De repente, me sentí menos solo. Volví a mi casa. Me fue posible abrir de nuevo el Talmud y continuar el estudio por donde lo había abandonado. Fíjate —dijo a su discípulo el rabí de Koretz—: las preguntas seguían abiertas y las dudas seguían angustiándome; pero podía continuar.’

Tomado de: Elie Wiesel, Contra la melancolía, Madrid, Caparrós, 1996. pp. 7-8.

martes, octubre 17, 2006

Un coloquio con Dios de Elie Wiesel

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‘Señor del Universo, hagamos las paces. Ya es hora. ¿Cuánto más podemos seguir enojados? Más de cincuenta años han transcurrido desde que terminó la pesadilla. Muchas cosas, buenas y menos buenas, les han pasado desde entonces a los que sobrevivieron a ella. Aprendieron a construir sobre las ruinas. Se recreó la vida familiar. Nacieron hijos, se entablaron amistades. Aprendieron a tener fe en su entorno, incluso en sus semejantes.

La gratitud ha reemplazado a la amargura en su corazón. Nadie es tan capaz de agradecimiento como ellos. Agradecimiento hacia cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus relatos y convertirse en su aliado en la batalla contra la apatía y el olvido. Para ellos cada momento es una gracia. Oh, no perdonan a sus asesinos ni a los cómplices de éstos, ni deberían hacerlo. Ni tampoco deberías hacerlo tú, Señor del Universo. Pero ya no miran con recelo a todo el que pasa. Ni ven en cada mano un puñal.

¿Significa esto que las heridas de su alma han sanado? Nunca sanarán. Mientras una sola chispa de las llamas de Auschwitz y Treblinka brille en su memoria, mi alegría estará incompleta.

¿Qué hay de mi fe en ti, Señor del Universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allí, durante las horas más oscuras de mi vida. No sé por qué seguí susurrando mis oraciones diarias, y las reservadas para el Sabbath, y para los días festivos, pero las recitaba, a menudo con mi padre y, en la víspera de Rosh Hashanah, con cientos de prisioneros de Auschwitz. ¿Era porque las oraciones seguían siendo un lazo con el mundo desaparecido de mi infancia?

Hagamos las paces... Pero mi fe ya no era pura. ¿Cómo podía serlo? Estaba llena de angustia en lugar de fervor, de perplejidad más que de piedad. En el reino de la eterna noche, en los Días del Temor, que son los Días del Juicio, mis plegarias tradicionales estaban dirigidas a ti y también contra ti, Señor del Universo. ¿Qué me hirió más: tu ausencia o tu silencio?

En mi testimonio escribí palabras duras, palabras ardientes, sobre tu papel en nuestra tragedia. No las repetiría hoy. Pero las sentía entonces. Las sentía en cada célula de mi ser. ¿Por qué dejaste, si no permitiste, que el asesino día tras día, noche tras noche, torturara, matara y aniquilara a decenas de miles de niños judíos? ¿Por qué fueron abandonados por tu Creación? Estos pensamientos de ningún modo estaban dirigidos a disminuir la culpa de los culpables. Su culpabilidad establecida es irrelevante con respecto a mi problema contigo, Señor del Universo. En mi niñez, no esperaba demasiado de los seres humanos. Pero esperaba todo de ti. ¿Dónde estabas, Dios de la Bondad, en Auschwitz? ¿Qué pasaba en el cielo, en el tribunal celestial, mientras tus hijos eran elegidos para la humillación, el aislamiento y la muerte sólo porque eran judíos? Estas preguntas me han perseguido por más de cinco décadas.

Tienes muchos defensores de palabra, sabes. Se me dieron muchas respuestas teológicas, tales como: Dios es Dios. Sólo Él sabe lo que hace. Uno no tiene derecho a cuestionarlo a Él o a Sus acciones. O: Auschwitz fue un castigo por los pecados de asimilación y/o sionismo de los judíos europeos. Y: ¿Acaso Israel no es la solución? Sin Auschwitz, no hubiera habido Israel. Rechazo todas estas respuestas. Auschwitz deber ser y será para siempre un signo de pregunta: no puede ser concebido ni con Dios ni sin Dios. Llegado un punto, empecé a preguntarme si no era injusto contigo. Después de todo, Auschwitz no era algo que viniera armado del cielo. Fue concebido por hombres, implementado por hombres, manejado por hombres. Y su objetivo no sólo era destruirnos a nosotros sino también a ti. ¿No deberíamos pensar en tu dolor también? Al ver a tus hijos sufrir a manos de tus otros hijos, ¿no has sufrido tú también? Mientras los judíos otra vez empezamos a celebrar el Año Nuevo, preparándonos para orar por un año de paz y felicidad para nuestro pueblo y todos los pueblos, hagamos las paces, Señor del Universo. ¿A pesar de todo lo que pasó? Sí, a pesar de todo. Hagamos las paces: para el niño que hay en mí, es insoportable estar separado de ti durante tanto tiempo.’

Tomado de: Elie Wiesel (1928-), citado en el blog El Pensadero, del diácono bonaerense Eduardo Mangiarotti.

El sentido del ateísmo

Marc Chagall, Sol sobre París, ?.

Según un relato jasídico:

‘Una vez, un discípulo se dirigió a su rabí:
—Maestro, ¿todo en este mundo tiene un motivo?
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el propósito para que exista el ateísmo?
—Cuando un pobre hombre se dirige a ti y pide ayuda, ¡entonces sé un ateo! ¡No le digas a esa persona que Dios le ayudará! ¡Actúa como si no existiese nadie que pueda ayudar, excepto tú!’.

martes, mayo 30, 2006

'¿Por qué permanezco en la Iglesia?' de Joseph Ratzinger


Existen hoy muchos y opuestos motivos para no permanecer en la iglesia. En nuestros días están tentados de volver la espalda a la Iglesia no sólo aquellos a quienes se les ha hecho extraña la fe de ésta, a quienes aparece demasiado retrógrada, demasiado medieval, demasiado hostil al mundo y a la vida, sino también aquellos que amaron la imagen histórica de la Iglesia, su liturgia, su independencia de las modas pasajeras, el reflejo de lo eterno visible en su rostro. Estos tienen la impresión de que la Iglesia está a punto de traicionar su especificidad, de venderse a la moda del tiempo y de este modo perder su alma. Están desilusionados como el amante traicionado y por eso piensan seriamente en volverle la espalda.

Por otra parte, también existen motivos contradictorios para permanecer en la Iglesia. Permanecen en ella no sólo los que creen firmemente en su misión o quienes no quieren abandonar una antigua y entrañable costumbre (aunque hagan poco uso de ella), sino sobre todo y especialmente quienes rechazan toda su realidad histórica y combaten abiertamente el contenido que sus ministros tratan de darle y de conservar. A pesar de querer eliminar lo que la Iglesia fue y es, no intentan salir fuera de ella, porque esperan trasformarla en lo que a su juicio debe ser.

1. Reflexiones preliminares sobre la situación de la Iglesia

De todo esto resulta que la Iglesia se encuentra en una situación de confusionismo, en la que los motivos a favor o en contra no sólo se entremezclan de la manera más extraña, sino que parece imposible llegar a un entendimiento. Reina la desconfianza sobre todo porque el permanecer en la Iglesia no tiene ya el carácter claro e inequívoco de antes y nadie cree en la sinceridad de los demás. Las palabras llenas de esperanza de Romano Guardini en 1921 ('un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la iglesia despierta en las almas'), parecen ya anacrónicas. Al contrario, hoy habría que cambiar la frase de este modo: 'Un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la Iglesia se apaga en las almas y se disgrega en las comunidades'. En medio de un mundo que tiende a la unidad, la Iglesia se dispersa en resentimientos nacionalistas, en la exaltación de lo propio y en la denigración de lo ajeno. Entre los defensores de la secularidad y la reacción de quienes están demasiado apegados al pasado y a lo externo, entre el desprecio de la tradición y la fidelidad exagerada a la letra parece que no existe ninguna posibilidad de equilibrio. La opinión pública asigna inexorablemente a cada uno su propio puesto; tiene necesidad de posiciones claras y precisas y no puede entretenerse en ninguna clase de matices: quien no está a favor del progreso está contra él; o se es conservador o progresista. Gracias a Dios, la realidad es distinta: entre estos dos extremos existen también hoy creyentes silenciosos y casi sin voz, quienes con toda sencillez realizan la verdadera misión de la Iglesia incluso en este momento de confusión: la adoración y la paciencia de la vida cotidiana, la palabra de Dios. Sin embargo, en la imagen que se tiene de la Iglesia éstos no tienen sitio; esa verdadera Iglesia no es invisible, pero está profundamente escondida a las maniobras de los hombres.

De este modo queda esbozada una primera indicación sobre el contexto en donde se sitúa la pregunta: ¿por que permanezco en la Iglesia? Para dar una respuesta adecuada debemos analizar en primer lugar ese contexto, en el que la palabra 'hoy' entra de lleno en el tema, y posteriormente profundizar en los motivos de la situación actual.

¿Cómo se ha podido llegar a una tan extraña situación de confusión en el momento en que se esperaba un nuevo pentecostés? ¿Cómo ha sido posible que precisamente cuando el Concilio Vaticano II parecía recoger los frutos maduros de los últimos decenios, esta plenitud haya dado paso de repente a un vacío desconcertante? ¿Qué ha sucedido para que del gran impulso hacia la unidad haya surgido la disgregación? Quisiera intentar responder recurriendo en principio a una comparación que puede hacernos descubrir cuál es nuestra tarea y, al mismo tiempo, dejar entrever los motivos que hacen posible un sí o un no. Parece como si en nuestro esfuerzo por llegar a una comprensión de la Iglesia, siguiendo las huellas del concilio que ha luchado denodadamente por ello, nos hubiéramos acercado tanto a la Iglesia, que ya no fuéramos capaces de verla en su conjunto; como si los primeros edificios nos impidieran ver la ciudad y los primeros árboles nos estorbaran para abarcar con nuestra mirada todo el bosque. La situación a la que nos ha llevado la ciencia a propósito de muchos aspectos de la realidad, se repite también ahora con la iglesia. Vemos los detalles tan cercana y minuciosamente que no somos capaces de contemplar el todo. Lo que hemos ganado en precisión lo hemos perdido en verdad. Cuando observamos al microscopio un trozo de árbol, lo que vemos es sin duda exacto, pero podría a la vez esconderse la verdad si se olvidase que un detalle no es sólo un detalle, sino que existe en un todo, que aunque no sea visible al microscopio, es igualmente verdadero, incluso más verdadero que el detalle tomado aisladamente.

Pero dejemos a un lado las comparaciones. La perspectiva contemporánea ha determinado nuestra mirada sobre la Iglesia, de tal modo que hoy prácticamente sólo vemos la Iglesia desde el punto de vista de la eficacia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella. Los prolongados esfuerzos por reformar a la Iglesia han hecho olvidar todo lo demás. Para nosotros hoy no es nada más que una organización que se puede trasformar y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la hagan 'más eficaz' para los objetivos particulares que cada uno se propone. Planteando de esta manera la cuestión, el concepto de reforma ha sufrido en la conciencia colectiva profundas degeneraciones, que lo han privado de su núcleo central. Pues reforma, en su significado original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la Iglesia. Esta vive como Iglesia en la medida en que renueva sin cesar su conversión al Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus propias costumbres más queridas, tan fácilmente contrarias a la verdad. Cuando la reforma es arrancada de este contexto, del esfuerzo y el deseo de conversión, cuando se espera la salvación solamente del cambio de los demás, de la trasformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos, quizá se llegue de momento a cierta utilidad inmediata, pero en el conjunto la reforma se convierte en una caricatura de sí misma, capaz de cambiar únicamente las realidades secundarias y menos importantes de la Iglesia. No es de extrañar, por tanto, que la misma Iglesia aparezca en definitiva como algo secundario. Todo esto nos ayuda a entender la paradoja que surge de los intentos de renovación propios de nuestra época: los esfuerzos para suavizar la rígidez de las estructuras, para corregir las formas del aparato eclesiástico provenientes de la edad media o más aún de los tiempos del absolutismo, para liberar a la Iglesia de tales interferencias y capacitarla para un servicio más simple y más conforme con el espíritu del evangelio, han conducido en realidad a una sobrevaloración del elemento institucional de la Iglesia sin precedentes en su historia. Las instituciones y los aparatos eclesiásticos son sin duda objeto de una crítica radical como jamás ha existido, pero también absorben la atención con una exclusividad más acentuada que antes, de tal manera que para muchos la Iglesia queda reducida a esa realidad institucional. La pregunta sobre la Iglesia se plantea en términos de organización. No se quiere que un mecanismo tan bien montado quede infructuoso, pero se le encuentra desde muchos puntos de vista inadecuados para conseguir los objetivos que se le asignan.

Detrás de todo eso se perfila el problema central de la crisis de la fe. Por su radio de acción, la Iglesia ejerce sociológicamente su influencia más allá del círculo de sus fieles, y la institucionalización de esta situación falsa la aliena profundamente en su verdadera naturaleza. La publicidad derivada del concilio y la perspectiva de un posible acercamiento entre creyentes y no creyentes, que ha dado fatalmente la impresión de realidad, ha radicalizado al máximo esta alienación. Muchas veces el Concilio fue aplaudido también por aquellos que no tenían intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero que saludaron este 'progreso' de la Iglesia como una confirmación de sus propias opciones y de los caminos recorridos por ellos. Al mismo tiempo hay que reconocer que dentro de la Iglesia la fe ha entrado en una agitada fase de efervescencia. El problema de la mediación histórica sitúa el antiguo credo en una luz incierta y ambigua, con la que las verdades pierden sus propios contornos; por otra parte, las objeciones de las ciencias naturales y más aún de la concepción moderna del mundo avivan este proceso. Los límites entre la interpretación y la negación de las verdades principales se hacen cada vez más difíciles de reconocer. Por ejemplo, ¿qué es lo que significa realmente 'resucitado de entre los muertos'? ¿Quiénes son los que creen, interpretan o niegan? Y mientras se discute hasta dónde pueden llegar los límites de la interpretación, se hace cada vez más borroso el rostro de Dios. La 'muerte de Dios' es un proceso totalmente real, que se instala hoy en el mismo corazón de la Iglesia. Dios muere en la cristiandad, así al menos parece. De hecho allí donde la resurrección se convierte en un acontecimiento de una misión vívida en una imagen superada, Dios no actúa ya. Pero, ¿Dios actúa verdaderamente? Ésta es la pregunta que surge de inmediato. Mas, ¿puede haber alguien tan reaccionario que acepte literalmente la afirmación '(Jesucristo) ha resucitado'? De este modo lo que para uno sólo es progreso, es para otro increencia y lo que antes era inconcebible, es hoy algo normal; personas que desde hace tiempo habían abandonado el credo de la Iglesia, se consideran de buena fe como auténticos cristianos progresistas. Según éstos el único criterio para juzgar a la Iglesia es su eficiencia. Queda, sin embargo, por establecer cuál sea la verdadera eficiencia y para qué objetivos se deba usar. ¿Para criticar la sociedad, para ayudar al desarrollo, para fomentar la revolución? ¿O quizá para celebraciones comunitarias? De cualquier forma hay que comenzar desde los cimientos, porque inicialmente la Iglesia no había sido concebida para esto y efectivamente en su forma actual no está preparada para esos objetivos. Y de este modo aumenta el malestar tanto en los creyentes como en los no creyentes. El derecho de ciudadanía que la incredulidad ha adquirido en la Iglesia hace la situación cada vez más insoportable tanto para unos como para otros. Especialmente trágico es el hecho de que todo esto haya situado el programa de reforma en una ambigüedad extraordinariamente equívoca y para muchos insoluble.

Naturalmente se puede objetar que no todo el panorama se presenta con nubarrones tan negros. En los últimos años han nacido y madurado muchas realidades positivas que no es justo silenciar: la nueva liturgia más accesible al pueblo, la sensibilidad para los problemas sociales, el mejor entendimiento entre los cristianos separados, la disminución del miedo debido a una falsa concepción literal de la fe y muchas otras cosas más. Esto sin duda es verdadero y no se puede minimizar; pero no refleja exactamente la atmósfera general de la Iglesia. Al contrario, también todo esto ha sido inficcionado por la ambigüedad debida a la desaparición de los límites precisos entre fe e incredulidad. Solamente al principio pareció que la consecuencia de esta desaparición pudiera ser considerada como algo liberador. Hoy es claro que de semejante proceso, a pesar de todos los signos de esperanza, en vez de una Iglesia moderna ha surgido una profundamente desgarrada y problematizada. Hemos de admitirlo sin restricciones: el Vaticano I había descrito la Iglesia como el signum levatum in nationes, como el estandarte escatológico visible desde lejos que convocaba y reunía a los hombres. Según el concilio de 1870 ella era el signo esperado por Isaías XI, 12, la señal que incluso desde lejos todos podían reconocer y que a todos indicaba claramente el camino a recorrer. Con su maravillosa porpagación, su eminente santidad, su fecundidad para todo lo bueno y su profunda estabilidad, ella representaba el verdadero milagro del cristianismo, la mejor prueba de su credibilidad ante la historia(1). Hoy parece verdadero todo lo contrario: no una comunidad maravillosamente difundida, sino una asociación estancada, que no ha sido capaz de superar realmente los confines del espíritu europeo y medieval; no ya una profunda santidad, sino un conjunto de debilidades humanas, una historia vergonzosa y humillante, en la que no ha faltado ningún escándalo, desde la persecución de herejes y procesos contra las brujas, desde la persecución de los judíos y el servilismo de las conciencias hasta el autodogmatismo y la resistencia contra la evidencia científica, de tal modo que quien pertenece a esa historia no puede hacer otra cosa que cubrirse vergonzosamente la cara; finalmente no ya una estabilidad indestructible, sino condescendencia con todas las corrientes de la historia, con el colonialismo, el nacionalismo y recientemente los intentos de hacer las paces con el marxismo y hasta de identificarse con él... De este modo, la Iglesia no aparece ya como el signo que invita a la fe, sino precisamente como el obstáculo principal para su aceptación.

Da la impresión de que la verdadera teología consiste sólo en quitarle a la Iglesia sus predicados teológicos, para considerarla y tratarla bajo un aspecto puramente político. No se la mira ya como una realidad de fe, sino como una organización de creyentes, puramente casual y poco accesible, que hay que remodelar lo antes posible según los más modernos criterios de la sociología. 'La confianza es buena, el control mejor', tal es el eslogan que después de tantas desilusiones se prefiere adoptar en relación con la estructura eclesiástica. El principio sacramental no es ya suficientemente claro, solamente el control democrático aparece digno de fe(2): en definitiva, el Espíritu santo es totalmente inaferrable. Quien no tiene miedo de mirar al pasado sabe muy bien que las humillaciones de la historia se derivan precisamente de que en un momento determinado el hombre creyó deber asumir los plenos poderes y considerar como única y verdadera realidad solamente sus propias empresas.

2. La naturaleza de la Iglesia simbolizada en una imagen

Una Iglesia que, contra toda su historia y su naturaleza, sea considerada únicamente desde un punto de vista político, no tiene ningún sentido y la decisión de permanecer en ella, si es puramente política, no es leal, aunque se presente como tal. Ante la situación presente, ¿cómo se puede justificar la permanencia en la Iglesia? En otros términos: la opción por la Iglesia para que tenga sentido tiene que ser espiritual. Pero, ¿en qué puede apoyarse una opción espiritual? Quisiera dar una primera respuesta utilizando una imagen y volviendo a los términos que usamos al principio para describir la situación. Hemos dicho que en nuestros estudios nos hemos acercado tanto a la Iglesia que no somos capaces de verla en su conjunto. Vamos a profundizar este pensamiento tomando una imagen con la que los padres nutrieron su meditación simbólica sobre el mundo y sobre la Iglesia. Los padres decían que en el mundo cósmico la luna era la imagen de lo que la Iglesia representaba para la salvación del mundo espiritual. Tomaban así un antiguo simbolismo constantemente presente en la historia de las religiones (los padres no hablaron nunca de 'teología de las religiones', pero la han actuado concretamente) en el que la luna era el símbolo de la fecundidad y de la fragilidad, de la muerte y de la caducidad de las cosas, pero también de la esperanza en el renacimiento y en la resurrección, era la imagen 'patética y al mismo tiempo consoladora' (3) de la existencia humana. El simbolismo lunar y el telúrico se mezclan frecuentemente. Por su fugacidad y por su reaparición la luna representa el mundo de los hombres, el mundo terreno caracterizado por la necesidad de recibir y por su indigencia, y que obtiene su propia fecundidad de otro, es decir, del sol. De este modo el simbolismo se convierte en símbolo del hombre y de la naturaleza humana, como se manifiesta en la mujer que concibe y es fecunda en virtud de la semilla de vida que recibe.

Los padres han aplicado el simbolismo de la luna a la Iglesia sobre todo por dos razones: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería obscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro(4). Es obscuridad y luz al mismo tiempo. Aunque por sí misma es obscuridad, da luz en virtud de otro de quien refleja la luz. Precisamente por esto simboliza la Iglesia, que resplandece aunque de por sí sea obscura; no es luminosa en virtud de la propia luz, sino del verdadero sol, Jesucristo, de tal modo que siendo solamente tierra (también la luna solamente es otra tierra) está en grado de iluminar la noche de nuestra lejanía de Dios: 'la luna narra el misterio de Cristo'(5).

Mas no hemos de forzar los símbolos; su eficacia está en la inmediatez plástica que no se puede encuadrar en esquemas lógicos. Sin embargo, en esta época nuestra de viajes lunares surge espontáneamente profundizar esta comparación, que al confrontar el pensamiento físíio con el simbólico evidencia mejor nuestra situación específica respecto a la realidad de la Iglesia. La sonda lunar y los astronautas descubren la luna únicamente como una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma sólo desierto, arena y rocas. Sin embargo, aunque no por ella, por otro y en función de otro, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales. Es lo que no es en sí misma. Pero esto otro, que no es suyo, también es realidad suya. Existe la verdad física y la simbólico-poética que no se excluyen mutuamente. Este es el momento de plantearnos la pregunta: ¿no es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. Todo esto es suyo, pero no se representa aún su realidad específica. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor: lo que no es suyo es verdaderamente suyo, su realidad más profunda, más aún su naturaleza es precisamente la de no valer por sí misma sino sólo por lo que en ella no es suyo; existe en una expropiación continua; tiene una luz que no es suya y sin embargo constituye toda su esencia. Ella es luna (mysterium lunae) y como tal interesa a los creyentes porque precisamente así exige una constante opción espiritual.

Como el significado contenido en esta imagen me parece de una importancia decisiva, antes de traducirlo en afirmaciones de principio, prefiero clarificarlo mejor con otra observación. Después de la utilización de la lengua propia en la liturgia de la misa, antes de la última reforma, encontraba siempre una dificultad ante un texto que me parece esclarecedor para lo que estamos tratando. En la traducción del suscipiat se dice: 'El Señor reciba de tus manos este sacrificio... para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia'. Siempre estuve tentado de decir 'y el de toda nuestra santa Iglesia'. Reaparece aquí todo el problema y el cambio obrado en este último período. En lugar de su Iglesia hemos colocado la nuestra, y con ella miles de iglesias; cada uno la suya. Las iglesias se han convertido en empresas nuestras, de las que nos enorgullecemos o nos avergonzamos, pequeñas e innumerables propiedades privadas, puestas una junto a otra, iglesias solamente nuestras, obra y propiedad nuestra, que nosotros conservamos o trasformamos a placer. Detrás de 'nuestra Iglesia' o también de 'vuestra Iglesia' ha desaparecido 'su Iglesia'. Pero ésta es la única que realmente interesa; si ésta no existe ya, también la 'nuestra' debe desaparecer. Si fuese solamente nuestra, la Iglesia sería un castillo en la arena.

3. ¿Por qué permanezco en la Iglesia?

En lo ya expuesto está implícita la respuesta al interrogante que nos hemos planteado al principio: yo estoy en la Iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de 'nuestra Iglesia' vive 'su Iglesia' y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su Iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino 'suya'.

En términos muy concretos: es la Iglesia la que no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora. Henri de Lubac ha expresado de este modo esta verdad: 'Incluso los que la desprecian [a la Iglesia], si todavía admiten a Jesús, ¿saben de quién lo reciben?... Jesús está vivo para nosotros. Pero, ¿en medio de qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina, sin la continuidad visible de su iglesia?... "Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula". ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?'(6). El primer y más elemental principio que hemos de establecer es que cualquiera que sea o haya sido el grado de infidelidad de la Iglesia, así como es verdad que ésta tiene continuadamente necesidad de confrontarse con Cristo, también es cierto que entre Cristo y la Iglesia no hay ningún contraste decisivo. Por medio de la Iglesia él, superando las distancias de la historia, se hace vivo, nos habla y permanece en medio de nosotros como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad. Dándonos a Jesucristo, haciéndolo vivo y presente en medio de nosotros, regenerándolo continuamente en la fe y en la oración de los hombres, la Iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y una norma sin los que no podríamos entender el mundo. Quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella.

Todo lo dicho nos lleva a la conclusión de que si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano.(7) No se puede creer en solitario. La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre los hombres de procedencia y de historia diversas. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido, porque me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero no podría nunca superar los límites de mi yo. Por eso una Iglesia, una comunidad que se hiciese a si misma, que estuviese fundada sólo sobre la propia gracia, sería una contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga poder y sea superior a mí y no una creación mía ni el instrumento de mis propios deseos.

Todo esto se puede formular también desde un punto de vista más histórico: o Jesús fue un ser superior al hombre, dotado de un poder que no era fruto del propio arbitrio, sino capaz de extenderse a todos los siglos, o no tuvo tal poder ni pudo por tanto dejarlo en herencia a los demás. En tal caso yo estaría al arbitrio de mis reconstrucciones mentales y él no sería nada más que un gran fundador, que se hace presente a través de un pensamiento renovado. Si en cambio Jesús es algo más, él no depende de mis reconstrucciones mentales sino que su poder es válido todavía hoy.

Pero volvamos al pensamiento anterior según el cual solamente se puede ser cristiano dentro de la Iglesia, no fuera ni junto a ella. No tengamos miedo de plantearnos con toda objetividad esta pregunta patética: ¿qué sería el mundo sin Cristo? ¿Sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer? La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios. Sus esfuerzos se reducen a un experimento absurdo, sin perspectivas ni criterios de acción. Aunque en su larga historia el cristianismo haya concretamente faltado (y siempre lo ha hecho de modo desconcertante) al mensaje contenido en él, no ha dejado jamás de proclamar los criterios de justicia y de amor, frecuentemente contra la misma Iglesia y no obstante jamás sin el secreto poder que hay depositado en ella.

En otros términos: yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Éste vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho, donde ya no hay Dios (y un Dios que calla no es Dios) no existe tampoco la verdad que es anterior al mundo y al hombre. Pero en un mundo sin verdad no se puede vivir por mucho tiempo. Donde se renuncia a la verdad, se continúa viviendo porque ésta aún no se ha apagado totalmente, como la luz del sol continúa aún brillando por algún tiempo, antes de que la noche cerrada cubra el mundo.

El mismo pensamiento puede ser expresado de otro modo: yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre. Puede parecer una frase muy tradicional, dogmática e irreal, pero en cambio es totalmente objetiva y realista. En nuestro mundo lleno de inhibiciones y de frustraciones el deseo de salvación ha reaparecido en toda su primordial vehemencia. Los esfuerzos de Freud y de C. G. Jung no son otra cosa que intentos de salvar a quienes se sienten irredentos. Partiendo de otras premisas, Marcuse, Adorno, Habermas, continúan a su modo buscando y anunciando la salvación. También el problema de Marx es en el fondo un problema de salvación. Cuanto más libre, clarificado y poderoso se convierta el hombre, tanto más le atormentará el deseo de salvación y tanto más esclavizado se encontrará. Marx, Freud, Marcuse, tienen todos en común la búsqueda de la salvación, la aspiración hacia un mundo sin dolor, enfermedad y miseria. El gran ideal de nuestra generación es uno sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia; a esto apuntan las turbulentas explosiones de los jóvenes y el resentimiento de los viejos al ver que la tiranía, la injusticia y el dolor continúan como siempre. La lucha contra el dolor y la injusticia brota de un impulso fundamentalmente cristiano, pero el pensar que a través de las reformas sociales y la eliminación del dominio y del ordenamiento jurídico se puede conseguir aquí y ahora un mundo libre de dolor, es una doctrina errónea, profundamente desconocedora de la naturaleza humana. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. El sufrimiento no es el único peso que el hombre ha de descargarse de las espaldas. Quien piensa así, tiene que refugiarse en el mundo ilusorio de los estupefacientes, para encontrarse después más abatido y en contraste con la realidad. Sólo soportándose a sí mismo y liberándose de la tiranía del propio egoísmo, el hombre se encuentra a sí mismo, su propia verdad, su propia alegría y su propia felicidad. La crisis de nuestro tiempo depende principalmente del hecho de que se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es. Un hombre que sea privado de toda fatiga y trasportado a la tierra prometida de sus sueños, pierde su autenticidad y su mismidad. En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos del mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso. La esperanza del cristianismo y la suerte de la fe dependen de algo muy simple, de su capacidad de decir la verdad. La suerte de la fe es la suerte de la verdad; ésta puede ser oscurecida y pisoteada, pero jamás destruida.


Llegamos al último punto. Un hombre ve únicamente en la medida en que ama. Ciertamente existe también la clarividencia de la negación y del odio. Sin embargo, éstos solamente pueden ver lo que entra dentro de sus perspectivas: lo negativo. Sin duda pueden preservar al amor de una ceguera que les haca olvidar sus límites y los peligros que corre, pero no son capaces de construir algo positivo. Sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe. Quien osa arriesgarse no tiene necesidad de esconder ninguna de las debilidades de la Iglesia, porque descubre que ésta no se reduce solamente a ellas; descubre que junto a la historia de los escándalos existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de todos los siglos en grandes figuras como Agustín, Francisco de Asís, el dominico Bartolomé de las Casas con su apasionada lucha por los indios, Vicente de Paúl, Juan XXIII. Quien afronta este riesgo del amor descubre que la Iglesia ha proyectado en la historia un haz de luz tal que no puede ser apagado. También la belleza surgida bajo el impulso de su mensaje, y que vemos plasmada aún hoy en incomparables obras de arte, se convierte para él en un testimonio de verdad: lo que se traduce en expresiones tan nobles no puede ser solamente tinieblas. La belleza de las grandes catedrales, la belleza de la música nacida al calor de la fe, la magnificencia de la liturgia eclesiástica, principalmente la realidad de la fiesta que no la puede hacer uno mismo sino sólo acoger(8), la organización del año litúrgico, en el que se funden en un conjunto el ayer y el hoy, el tiempo y la eternidad, todas estas cosas no son, a mi juicio, algo casual. La belleza es el resplandor de la verdad, ha dicho Tomás de Aquino, y podríamos añadir que la ofensa a la belleza es la autoironía de la verdad perdida. Las expresiones en que la fe ha sabido darse a lo largo de la historia, son testimonio y confirmación de su verdad.

Me permito aún añadir una observación, aunque pueda parecer muy subjetiva. Si se tienen los ojos abiertos, también hoy se pueden encontrar personas que son un testimonio viviente de la fuerza liberadora de la fe cristiana. Y no es una vergüenza ser y permanecer cristianos en virtud de estos hombres, que viviendo un cristianismo auténtico, nos lo hacen digno de fe y de amor. A fin de cuentas el hombre es víctima de una ilusión cuando pretende hacer de sí una especie de sujeto trascendental que considera válido únicamente lo que no es fortuito. Ciertamente es un deber reflexionar sobre semejantes experiencias, examinar su grado de responsabilidad, purificarlo y darle una nueva plenitud. Pero en el curso de este proceso necesario de objetivación ¿no figura acaso como una prueba relevante en favor del cristianismo el hecho de que haga más humanos a los hombres en el mismo momento en que los une a Dios? ¿Este elemento subjetivo no es también al mismo tiempo un dato objetivo del cual no hemos de avergonzarnos ante nadie?
Concluyamos con una última observación. Cuando, como aquí, se afirma que sin el amor no se puede ver y por tanto para conocer la Iglesia es también necesario amarla, muchos se inquietan. ¿El amor no es acaso lo contrario de la crítica? ¿No es quizá ésta la excusa a la que cuantos tienen el poder en la mano recurren gustosamente para eliminar la crítica y mantener a su favor la situación de hecho? ¿Se ayuda más a los hombres tratando de tranquilizarles y de paliar la realidad, o quizás interviniendo a su favor contra las injusticias habituales o contra el predominio de las estructuras? Se trata ciertamente de cuestiones muy importantes, pero no podemos ahora tratarlas. Una cosa es sin embargo cierta, que el amor no es estático ni acrítico. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la Iglesia? Basta con mirar la historia reciente: durante la renovación litúrgica y teológica de la primera mitad de este siglo ha madurado un verdadero movimiento de reforma que ha llevado a trasformaciones positivas. Esto solamente fue posible porque surgieron hombres con el don del discernimiento, que amaron la iglesia con corazón atento y vigilante, con espíritu crítico, y dispuestos a sufrir por ella. Si hoy no somos capaces de realizar algo es porque estamos demasiado ocupados en afirmarnos sólo a nosotros mismos. No valdría la pena permanecer en una Iglesia que, para ser acogedora y digna de ser habitada, tuviera necesidad de ser hecha por nosotros; sería un contrasentido. Permanecer en la Iglesia porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y trasformada por el amor en lo que debe ser, es el camino que también hoy nos enseña la responsabilidad de la fe.

Tomado del libro: ¿Por qué soy cristiano?; ¿Por qué permanezco en la Iglesia? de Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger, Salamanca, Sígueme, 2005. pp. 81-113.

(1) H. Denzinger y P. Hünermann, Enchiridion symbolorum, Freiburg 1963, n. 3013 s. (El magisterio de la Iglesia, Barcelona, 2000).
(2) En esta exigencia se esconden ciertamente elementos justificables y en muchos aspectos conciliables con el carácter sacramental de la jerarquía eclesiástica. Todo esto es expuesto con las debidas distinciones y clarificaciones en J. Ratzinger y H. Maier, Democracia en la iglesia, Madrid 1972.
(3) M. Eliade, Die Religionen und das Heilige, Salzburg 1954, 215; cf. también el capítulo 'Mond und Mondmystik', 180-216.
(4) Cf. H. Rahner, Griechische Mythen in christlicher Deutung, Darmstadt, 1957, 200-224; Id., Symbole der Kirche, Salzburgo, 1964, 89-173. Es interesante la observación según la cual la ciencia antigua discutió ampliamente si la luna tenía o no luz propia. Los padres sostuvieron la tesis negativa, más tarde común, y la interpretaban en un sentido teológico-simbólico (cf. especialmente la página 100).
(5) Ambrosio, Exameron IV 8, 23: CSEL 32, 1, página 137, Z 27 s.; H. Rahner, Griechische Mythen, 201.
(6) H. de Lubac, Paradoja y misterio de la iglesia, Salamanca, 1967, 20 s.; cf. 16 s.
(7) v. '¿Por qué soy cristiano?' de H. U. von Balthasar, en ¿Por qué soy cristiano?; ¿Por qué permanezco en la Iglesia? de H. U. von Balthasar y J. Ratzinger, Salamanca, 2005. pp. 11-79.
(8) Cf. sobre este tema especialmente J. Pieper, Musse und Kult, Múnich, 1948.