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miércoles, septiembre 01, 2010

Sobre el matrimonio civil (réplica a D. I. R. M.)

Albert Anker, Un matrimonio civil en la Suiza del XIX, 1887.


Querido Diego:

Tu respuesta a mi entrada anterior acerca del ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo no sólo me llenó de honra —te agradezco que consideres lo que escribo como digno de ser comentado—, sino que me obligó, siguiendo la mejor tradición dialéctica, a distanciarme de mis propias ideas, criticarlas, reconsiderarlas, pulirlas y echarlas nuevamente al ruedo. Sirva este post para devolver el cumplido y detonar, si es el caso, una nueva discusión. Aprovecho también para responder a Enrique y Juan Manuel, quienes se unieron después al debate.

En efecto, yo sostengo que no debería de existir el matrimonio civil, y una de las justificaciones que encuentro para ello es que el Estado no puede, legítimamente, inmiscuirse en las relaciones interpersonales de la población, tanto menos cuanto más íntimas sean éstas. Me queda claro que, al menos en teoría, el Estado mexicano no regula ni la sexualidad ni mucho menos los sentimientos de las personas —¡faltaba más, en estas tierras de derecho positivo!—. En la práctica, sin embargo, no estaría tan seguro, pues, si bien el adulterio no es sancionado, la bigamia o poligamia oficiales son ilegales; de la misma manera, las relaciones sexuales que no son mutuamente consensuadas o con menores de 16 años están penadas —sobra decir que no estoy en desacuerdo con esta regulación, ya que afecta de forma directa a la integridad física y psíquica de los involucrados—. Es decir, que, en aras de salvaguardar las relaciones de justicia entre las personas, el Estado sí regula, en algunos casos, las relaciones interpersonales, incluso íntimas, sentimentales y sexuales.

Esto me lleva al corazón del problema: si esta justicia que debe existir en las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito moral —fidelidad, responsabilidad, paternidad, educación, etc.— como en el social —propiedad, dependencia económica, seguridad social, etc.—, debe de ser la base de un contrato legal avalado y respaldado por la autoridad del Estado. Sigo creyendo que no.

Las relaciones comerciales no son equiparables a las relaciones afectivas e íntimas; difieren en objeto, fin y principios. Los contratos comerciales o laborales parten de un interés económico o material común, que se distribuye según previo acuerdo de los interesados. En un país civilizado —entre los que, precisamente en este punto, no figura México—, la única condición y garantía para entablar un negocio es la protección legal que el Estado provee, no la buena voluntad, la confianza o la amistad entre las partes. Me limito a obviar que no es ése el caso de las amistades, los vínculos familiares o conyugales. Las obligaciones propias de las relaciones interpersonales, las cuales son, ante todo, morales, atañen a otro tipo de justicia, no a la que pueda ejercer el Estado. Un matrimonio no puede reducirse a ser un mero contrato oficial en el que un par de sujetos iteresados se comprometen a llevar una vida juntos en tales y cuales circunstancias, porque, en ese caso, ¿quién y por qué habrá de decidir los criterios morales de dicho contrato? ¿Acaso el Estado juzgará sobre los votos matrimoniales, si se fue fiel o no —y creo que todos estuvimos de acuerdo en quitarle al Estado la atribución de penar el adulterio—, y sancionará la falta de compromiso en la adversidad, la pobreza y la enfermedad?

Por el contrario, los ‘derechos’ emanados de una relación conyugal oficialmente reconocida por un contrato, como son la propiedad, la herencia o la seguridad social, son equiparables o están cercanos a las relaciones estrictamente comerciales, por lo que podría, aquí sí, admitir una gestión estatal. Sin embargo, como ya dije, me parece que son cuestiones secundarias y no necesariamente propias de un matrimonio o sociedad de convivencia —no es éste el momento para pronunciarme en contra de la seguridad social directamente proporcionada por el Estado—.

Como ves, suscribo la distinción que hace Juan Manuel entre lo ético y lo legal —que presupone lo ético, pero no lo crea—. De este modo, me parece que no es atribución del Estado estipular y mucho menos juzgar o sancionar los criterios morales por los que la gente decida regirse en su vida privada —incluida la misma definición de un matrimonio, entre personas de uno u otro sexo—, al mismo tiempo que los derechos de propiedad, herencia o seguridad social entre los ciudadanos no pertenecen, necesariamente, a la esfera en cuestión, la de la vida íntima, afectiva y sexual.

Un abrazo de vuelta, con mi admiración y agradecimiento,




G. G. Jolly

jueves, abril 22, 2010

Beethoven o la quintaesencia de lo humano

A mi hermana

W. J. Mähler, Retrato de Beethoven, 1804.

Si el crítico literario Harold Bloom puede hablar de que con Shakespeare se da la ‘invención de lo humano’, yo me atrevo a decir que con Beethoven asistimos a la más pura expresión, a lo más noble de aquello que se inventó con Shakespeare. También es cierto eso de que, si Bach es Dios y Mozart es Dios hablándole al Hombre, Beethoven es el Hombre hablándole a Dios. La aspiración a la trascendencia desde la humilde, aunque trascendente, terrenalidad. Eso es Beethoven para mí.

Ejemplos sobran: el ‘Adagietto’ de la 7ª sinfonía y la 9ª entera —aunque admito que está algo gastada a mis oídos—, la fantasía para piano, coro y orquesta, la sonata ‘Hammerklavier’y tantas otras, los últimos cuartetos... pero hay un ejemplo excepcional: su única ópera, Fidelio, estrenada en 1805. La música es elegante, apasionada, sutil y sublime. Sin embargo, la trama —del drama Léonore, ou l’amour conjugal de Jean-Nicolas Bouilly, de 1798— y la lírica —del poeta Joseph Sonnleithner— de la obra concuerdan a la perfección no sólo con la música, sino con el espíritu del mismo Beethoven, con un alma arquetípica del romanticismo decimonónico, con la quintaesencia de lo más noblemente humano del ser humano.

Florestán, que luchó contra la tiranía y en pos de los ideales ilustrados, con la conciencia tranquila por haber hecho lo recto y justo, se pudre en la cárcel. Sufre y añora a su amada esposa, Leonore, pero es un hombre que no ha perdido la fe, que, al igual que Job, reconoce a Dios precisamente en los infiernos.

Veamos, primero, la versión de Ben Heppner, con la orquesta del Teatro Metropolitan de Nueva York, bajo James Levine:



Florestan: Gott! Welch Dunkel hier! O grauenvolle Stille!
Öd’ ist es um mich her. Nichts lebet ausser mir.
O schwere Prüfung! -
Doch gerecht ist Gottes Wille!
Ich murre nicht! Das Mass der Leiden steht bei dir.

In des Lebens Frühlingstagen
Ist das Glück von mir geflohn!
Wahrheit wagt ich kühn zu sagen,
Und die Ketten sind mein Lohn.
Willig duld’ ich alle Schmerzen,
Ende schmählich meine Bahn;
Süsser Trost in meinem Herzen:
Meine Pflicht hab’ ich getan!
Und spür’ ich nicht linde, sanft säuselnde Luft?
Und ist nicht mein Grab mir erhellet?
Ich she’, wie ein Engel im rosigen Duft
Sich tröstend zur Seite mir stellet,
Ein Engel, Leonoren, der Gattin, so gleich,
Der führt mich zur Freiheit ins himmlische Reich.

Enseguida, la versión de Simon O’Neill y la Orquesta West East Divan, dirigidos por Daniel Barenboim:



Florestán: ¡Dios! ¡Qué oscuridad hay aquí!
¡Qué silencio aterrador!
La nada me rodea y nada,
nada vive a mi alrededor.
¡Dios, qué dura prueba!
¡Tu voluntad es justa!
¡No me lamento, oh
Dios que mides los pesares!
En los días de la primavera
de la vida,
la felicidad ha huido lejos de mí.
Me atreví a gritar la verdad
y mi recompensa fueron las cadenas.
Soportaré los sufrimientos,
mi vida se extingue con vergüenza.
Pero mi corazón alienta
un dulce consuelo,
he cumplido con mi deber.
¿No siento el murmurar,
la dulzura de una brisa?
¿No es la claridad
que ilumina mi tumba?
Veo aparecer un ángel
todo irisado de rosa,
situarse junto a mi, consolador,
tiene los rasgos de Leonora,
mi esposa.
¡Un ángel!
Viene para ayudarme y consolarme,
hasta conducirme a la libertad
del reino de los cielos.

Luego, la del joven tenor Jonas Kaufmann con la Casa de la Ópera de Zúrich, bajo la batuta de Nikolaus Harnoncourt:



Finalmente, la de Jon Vickers y Zubin Mehta, con la orquesta del Teatro Antiguo de Orange:



G. G. Jolly

viernes, febrero 23, 2007

‘Confesiones de un liberal’ de Mario Vargas Llosa

Una confesión con la que concuerdo completamente:


‘En este discurso, pronunciado al recibir el premio Irving Kristol, que otorga anualmente el Instituto American Enterprise a las personalidades que contribu- yen a defender la democracia en el mundo, Mario Vargas Llosa hace una apasionada defensa de la libertad, al tiempo que explica su credo político.

Estoy especialmente recono- cido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América Latina y España, lo usual es que, cuando alguien o alguna institución elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir "pese a que discrepe de", "aunque no siempre coincida con", o "esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político". Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute y al Premio Irving Kristol, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy —sería más prudente decir "creo que soy"— un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, "liberal" quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del "liberal" era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. "¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?" "A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!" No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.

Aquí, en Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América Latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal —o, lo que es más grave, neoliberal— para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo —amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión— reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que en boca de un progresista quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.

Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta.

Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gay, o al aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.

Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquélla, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas —entre las que, desde luego, puede incluirse la religión— la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que —la frase es de Isaiah Berlin— "los lobos se coman a todos los corderos". El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable, que sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.

René Magritte, Le promesse, 1928.

Pues bien, el liberal que yo trato de ser, cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América Latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras, respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Ésta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas "desarrollistas" fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón.

Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.

No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social.

La defensa del individuo es conse cuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella "libertad negativa" como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo. El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo, la raza, por ejemplo, la clase social, la religión, o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas —el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo—, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura general, compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos. Hay mucho de verdad en esta teoría. Y así, en nuestro tiempo hemos visto el caso de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron reformas profundamente liberales, en tanto que, en nuestros días, corresponde más bien a dirigentes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido y Ricardo Lagos, en Chile, llevar a cabo unas políticas económicas y sociales que sólo se pueden calificar de liberales.

Aunque la palabra "liberal" sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. No otra es la razón de que, en estos últimos años, pese a las crisis económicas, a la corrupción, al fracaso de tantos gobiernos para satisfacer las expectativas puestas en ellos, las democracias que tenemos en América Latina no se hayan desplomado ni sido reemplazadas por dictaduras militares. Desde luego, todavía está allí, en Cuba, ese fósil autoritario, Fidel Castro, quien ha conseguido ya, en los 46 años que lleva esclavizando a su país, ser el dictador más longevo de la historia de América Latina. Y la desdichada Venezuela padece ahora a un impresentable aspirante a ser un Fidel castro con minúsculas, el comandante Hugo Chávez. Pero ésas son dos excepciones en un continente en el que, vale la pena subrayarlo, nunca en el pasado hubo tantos gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, como ahora. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula, en el Brasil, quien, antes de ser elegido Presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado, y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización, aunque se equivoca al oponerse al ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Americas). En Argentina, aunque con una retórica más encendida y llena a veces de bravatas, el Presidente Kirchner está siguiendo sus pasos, afortunadamente, aunque a veces parezca hacerlo a regañadientes y dé algún tropezón. Y, asimismo, hay indicios de que el gobierno que asumirá el poder próximamente en Uruguay, presidido por el doctor Tabaré Vázquez, se dispone, en política económica, a seguir el ejemplo de Lula en vez de la vieja receta estatista y centralista que tantos estragos ha causado en nuestro continente. Incluso, esa izquierda no ha querido dar marcha atrás en la privatización de las pensiones —que han llevado a cabo hasta el momento once países latinoamericanos—, en tanto que la izquierda de Estados Unidos, más atrasada, se opone a privatizar aquí el Social Security. Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social, pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América Latina deje por fin, atrás, el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América Latina de nuestros días, es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente, ha disminuido considerablemente. La verdad es que el antinorteamericanismo es hoy día más fuerte en países como España y Francia, que en México o en el Perú. De hecho, la guerra en Iraq, por ejemplo, ha movilizado en Europa a vastos sectores de casi todo el espectro político, cuyo único denominador común parecía ser, no el amor por la paz, sino el rencor o el odio hacia los Estados Unidos. En América Latina, esa movilización ha sido marginal y prácticamente confinada a los sectores más irreductibles de la ultra izquierda. El cambio de actitud hacia Estados Unidos obedece a dos razones, una pragmática y otra principista. Los latinoamericanos que no han perdido el sentido común entienden que, por razones geográficas, económicas y políticas, una relación de intercambios comerciales fluida y robusta con los Estados Unidos es indispensable para nuestro desarrollo. Y, del otro lado, el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, mantenga ahora una línea constante de sostén a las democracias y de rechazo a los intentos autoritarios, ha contribuido mucho a reducir la desconfianza y hostilidad de los sectores democráticos de América Latina hacia el poderoso vecino del Norte. Este acercamiento y colaboración son indispensables, en efecto, para que América Latina pueda quemar etapas en su lucha contra la pobreza y el atraso.

El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos —el país natal, no lo olvidemos de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky—, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América Latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco. Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni muchos menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplique esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada Ley Seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros.

La presencia, en Estados Unidos, de unos cuarenta millones de ciudadanos de origen latinoamericano, desde mi punto de vista, no atenta contra la cohesión social ni la integridad de la nación; más bien, la refuerza añadiéndole una corriente cultural y vital de gran empuje, donde la familia es sagrada, que, con su voluntad de superación, su capacidad de trabajo y deseo de triunfar, esta sociedad abierta aprovechará exitosamente. Sin renunciar a sus orígenes, esta comunidad se va integrando con lealtad y con amor a su nueva patria y va forjando un vínculo creciente entre las dos Américas. Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Ángeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en el Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes amigos. Cuando mi padre falleció, yo creí que ella volvería al Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse aquí, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.

Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad.

Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

Washington, D.C., 2 de marzo de 2005.’

Aparecido en la revista Letras Libres

miércoles, agosto 23, 2006

‘Por qué somos liberales’ de Aryeh Neier (III)

Tercera y última parte (aquí están la primera parte y la segunda).

‘En tanto que liberales, solemos reconocer que las relaciones con los otros nos traen grandes beneficios. Nuestra salud, educación, vida cultural, seguridad y prosperidad son posibles y tienen sentido únicamente en tanto consecuencia de nuestras relaciones con otros, o así lo entendemos la mayoría. Por ende, por eso creemos que somos responsables para con ellos. Esto no significa que debamos negarnos los privilegios de los que gozamos por azares del nacimiento, de las relaciones, o como consecuencia de nuestros propios logros; a menos que dichos privilegios sean particularmente grandes, cederlos por completo o en parte no hará gran cosa por los demás. Asimismo, reconocemos que los incentivos parea que todos prosperen generan beneficios sustanciales. Pero nuestra responsabilidad hacia los otros comporta la disposición a ayudar a quienes padecen las mayores cadencias y a proteger a los débiles. Esta responsabilidad se exacerba, según creemos casi todos nosotros, cuando las carencias se pueden atribuir a un estatus sobre el cual ellos carecen de control, como es la raza, la etnia o el género. Por lo general, los liberales creen que asegurarse de que tales características no se conviertan en impedimentos es una responsabilidad común a toda la humanidad.

Casi siempre los liberales reconocemos que nuestra responsabilidad para con los otros no puede abordarse exclusivamente a través de la caridad. La mayoría de nosotros coincide en que el Estado, actuando en nuestro nombre, debe asumir la responsabilidad primaria en lo que respecta a la educación, los servicios de salud y la asistencia social para todos. Pensamos que se debe dar un mayor cuidado a quienes así lo requieren, por ejemplo a los que son muy jóvenes, muy viejos o a quienes estén impedidos física o mentalmente. Puesto que para nosotros todas las personas valen por igual, consideramos importante el esfuerzo que se realiza para que estos servicios y prestaciones alcancen el nivel más alto posible.

Como liberales, sostenemos que nuestra responsabilidad hacia los otros no se limita a nuestros connacionales. Consideramos que nuestras obligaciones también se extienden a quienes padecen carencias en otras tierras. Pocos entre nosotros creemos que esta responsabilidad llegue al punto de intentar que todos en todas partes alcancen el nivel de vida del que disfrutamos en nuestros países. Esto sería muy poco práctico y si alguien intentara realizarlo ocasionaría una baja generalizada de dicho nivel. Tampoco podemos poner mucho énfasis en el así llamado “derecho al desarrollo”. Sin embargo, casi todos pensamos que los países más prósperos son capaces de hacer más y deberían de hacer más para mejorar las circunstancias en los países menos prósperos en todo el mundo.

Casi todos los liberales creen que es preciso esforzarse, hasta donde sea posible, para resolver las disputas pacíficamente. Aunque pocos somos pacifistas y la mayoría aceptamos que existen circunstancias extremas en las que la violencia se justifica, por lo general pensamos que debe ser el último recurso. Aparte de la defensa propia y de la intervención para defender a los que son atacados, los liberales creen que las fuerzas militares sólo se deben usar para detener la perpetración inminente de un gran mal, como es el genocidio; y esto sólo cuando todos los demás medios para detener el mal se han aplicado y han fracasado, cuando la intervención no empeoraría la situación, y cuando la intervención se conduce lo más humanamente posible.

La mayoría de los liberales cree en la necesidad de instituciones multilaterales que aborden estos asuntos. Necesitamos de organismos internacionales para resguardar los derechos, para asistir a quienes sufren de carencias, para promover el desarrollo económico, para proteger nuestra salud, para mantener la paz y para regular y supervisar las acciones militares cuando los medios pacíficos para lidiar con las emergencias ya han fracasado. Si bien muchos de nosotros vemos muchas fallas en la Organización de las Naciones Unidas, nos inclinamos a apoyarla como institución porque reconocemos sus múltiples logros, y porque creemos que socavarla o descartarla hará que las cosas empeoren.

Al sostener que los peligros más grandes para la libertad y el liberalismo provienen de doctrinas basadas en la certeza, aceptamos que las posturas liberales son debatibles. Además, como resulta obvio, incluso si uno acepta dichas posturas en principio, su aplicación en circunstancias particulares siempre será materia de controversia. ¿acaso el contenido de una expresión determina si ésta causa un dalo directo e inmediato a otros, y cuándo lo causa? ¿Cuáles son los elementos de la justicia? ¿Qué es exactamente lo que se excluye al prohibir la crueldad? ¿Cuál es la dimensión de nuestra responsabilidad para con los otros? ¿Cuándo se decide que todos los medios distintos a la intervención armada se han agotado en el intento por detener el mal? ¿Acaso nuestras instituciones internacionales funcionan en verdad, o son algunas de ellas meras burocracias autocomplacientes?

Las ideas centrales del liberalismo fueron desarrolladas en los textos filosóficos escritos hace dos siglos y medio por Immanuel Kant, Benjamin Constant, Alexis de Tocqueville, John Stuart Mill y, más recientemente, Sir Karl Popper, Sir Isaiah Berlin, John Rawls y, entre los más prominentes de hoy día, Amartya Sen. Probablemente las ideas más importantes, entre todas, son las que el poder debe estar acotado, y que hay aspectos de la vida humana en los que uno no debe de intervenir. Desde esta perspectiva, la libertad no sólo es un medio para un fin: es un fin en sí mismo. O, como Sen escribiera, “la libertad no es sólo una vía al desarrollo, es una parte constitutiva del desarrollo”.

Desde que ha sido posible hablar del liberalismo como una visión del mundo, el liberalismo ha sido atacado. A menudo, los liberales han sido objeto de burlas y desprecio por parte de quienes se suman a las corrientes postotalitarias de pensamiento que se han manifestado con gran fervor en nuestra época. En realidad, el liberalismo se puede prestar al escarnio porque se define en parte aceptando su propia falibilidad, y porque se apresura a reconocer que no posee el monopolio de la verdad ni la virtud. El liberalismo tiene afirmaciones modestas. Aunque no esté seguro de tener la razón, está bastante seguro de que quienes no albergan dudas similares no están en lo correcto.’

Tomado de: Letras Libres 91, julio 2006, Aryeh Neier, ‘Por qué somos liberales’. pp. 32-33.

martes, agosto 15, 2006

‘Por qué somos liberales’ de Aryeh Neier (II)

Continúa, de la primera parte de este artículo.

‘Es cierto que los liberales discrepamos a menudo entre nosotros mismos, pero acaso sea posible trazar un bosquejo panorámico de la perspectiva liberal en torno a los asuntos públicos contemporáneos. Si existe un primer principio que los liberales comparten, éste es que rechazamos las ideologías basadas en la certeza. Cualesquiera que sean nuestras creencias, y muchas de ellas son muy firmes, no nos sentimos con derecho a imponerlas a otros. Los liberales se esfuerzan en persuadir a otros y, a su vez, son susceptibles de ser persuadidos. Nosotros estamos dispuestos a mejorar nuestro pensamiento y nuestra comprensión a través de la información y el intercambio de ideas. De la misma manera, esperamos contribuir a las concepciones que otros sostienen. En su discurso de 1944 sobre “el espíritu de la libertad”, el juez Hand fue más allá y dijo: “[ése] es el espíritu que busca comprender el pensamiento de otros hombres y mujeres; el espíritu de la libertad es el que sopesa esos intereses junto con los propios sin ningún prejuicio”.

Esto no quiere decir que los liberales no tengan convicciones. Entre las creencias que defendemos con ahínco están las relativas a nuestra concepción de la libertad: que todos son libres de expresarse en el mayor grado posible, siempre y cuando no dañen directa o indirectamente a otros; que todos poseen el derecho a ser tratados con justicia por los que ejercen el poder público; que todos valen lo mismo frente a la ley; que nadie ha de ser tratado jamás con crueldad por el Estado; y que todos tienen derecho a una zona de privacidad, que cuando el Estado busca invadir esta zona es su tarea demostrar que hay razones de fuerza mayor para hacerlo, y que sólo lo ha de hacer con una gran reserva tal como la ley lo prescribe.(1)

Sin duda, la mayoría de los liberales reconocemos que al defender derechos para todos asumimos un riesgo: quienes rechazan todo aquello en lo que creemos pueden tomar el poder e instaurar un sistema de gobierno que encontremos aborrecible. Al pugnar por los derechos de expresión, brindamos la oportunidad de persuadir a otros y de organizar junto con ellos el derrocamiento de un Estado o de las instituciones de un Estado en el que los derechos son protegidos. Si otros recurren a la violencia, nuestro compromiso con la justicia y nuestra negativa al uso de la crueldad en contra de ellos pueden darles las armas para eludir o soportar el castigo. Circunscribir nuestro gobierno y nuestras propias personas de esta manera amplía la posibilidad de que el mal triunfe. Pero abandonar tales reservas sobre el ejercicio del poder parece aún más peligroso. La mayoría de nosotros rechaza la opinión de los que insisten en que los enemigos de la libertad no tienen derecho al beneficio de la libertad. No son sólo los fines lo que importa para los liberales; también importan los medios para obtener esos fines. Por lo tanto, el liberalismo es arriesgado, y nosotros aceptamos los riesgos.

(1) Popper escribió: “…por supuesto, es imposible negar que los individuos son, como todo en este mundo, desiguales en muchos aspectos… Pero todo esto simplemente no tiene relación con la pregunta de si debemos o no tratar a los hombres, particularmente en asuntos políticos, como iguales, o tan igualmente como sea posible, esto es, con derechos iguales y con un trato igual; y tampoco tiene relación con la pregunta de si debemos construir nuestras instituciones políticas en consecuencia. La “igualdad ante la ley” no es un hecho, sino un requerimiento político basado en una decisión moral, y es en verdad independiente de la teoría —que quizás sea falsa— según la cual “todos los hombres nacen iguales”.’

Tomado de: Letras Libres 91, julio 2006, Aryeh Neier, ‘Por qué somos liberales’. pp. 31-32.

domingo, agosto 13, 2006

‘Por qué somos liberales’ de Aryeh Neier (I)


‘El espíritu de la libertad es el espíritu que no está totalmente seguro de tener la razón.’
Juez Billings Learned Hand (1872-1961)

‘El juez Hand dijo esto en mayo de 1944, cuando la guerra mundial contra los nazis aún estaba en curso y cuando Stalin aún gobernaba la Unión Soviética. Las ideologías totalitarias de aquella época proclamaban su certeza. El comunismo soviético se pretendía científico y los nazis también se empeñaban en demostrar que sus teorías racistas se basaban en la ciencia. Seguros de estar en lo correcto, nazis y soviéticos no dudaban en imponer sus concepciones a otros, no sólo dentro de sus propios países, sino también en otras tierras. Los nazis detonaron la II Guerra Mundial apoderándose del territorio de varios estados independientes. Al finalizar la guerra, los soviéticos colonizaron toda la Europa del Este. Los imperios que ambos planeaban establecer no se parecían a los creados en períodos anteriores por otras potencias europeas. Los nazis y los comunistas se concentraban ante todo en magnificar el territorio dentro del cual sus ideologías predominaran (y, en el caso de los nazis, en anexar territorios donde algunos integrantes del Volk sentaran sus raíces), y no en la explotación económica de las tierras conquistadas, aunque por supuesto no se abstenían de ejercer ciertas prerrogativas imperiales. Ambos recalcaban que todos estaban obligados a mostrar una y otra vez su lealtad a los sistemas totalitarios establecidos y a los líderes que personificaban dichos sistemas —de ahí la repetición constante del “Heil, Hitler!” en la Alemania nazi y las imágenes ubicuas de Stalin en los países dominados por Moscú.
La derrota del nazismo sobrevino por la vía militar en 1945; el comunismo soviético perduró por más de cuatro décadas, pero con el paso del tiempo ese imperio se colapsó al llegar el punto en que ni siquiera sus líderes mantuvieron el compromiso ideológico con sus principios. Antes de expirar, causaron la muerte de decenas de millones de personas. Varias decenas de millones más murieron en China cuando se impulsó allí otro sistema de certeza como un retoño del comunismo soviético.
La obra clásica de Karl Popper La sociedad abierta y sus enemigos se publicó por vez primera en Inglaterra —casi al unísono, en Estados Unidos, el juez Hand pronunciaba su discurso—, y en ella se proporcionaba un extenso análisis filosófico sobre la relación entre la certeza y la negación de la libertad. El libro fue escrito bajo lo que Popper describiría más tarde como “un estado de depresión”, pues, mientras trabajaba en él durante aquellos años de guerra, el triunfo del totalitarismo parecía del todo posible. Un análisis complementario apareció en el famoso ensayo de Isaiah Berlin “Dos conceptos de libertad”, publicado cerca de una década y media después. Para entonces, por supuesto, los nazis habían sido derrotados y casi nadie en Alemania o en cualquier otro lugar profesaba aún simpatía por sus concepciones. Sin embargo, el comunismo soviético y el chino mantenían su fortaleza, e Isaiah Berlin consideraba que el peligro más grande que enfrentaba la libertad todavía emanaba de aquellos individuos que no albergaban dudas sobre la corrección y la virtud de las ideologías con las que estaban comprometidos; el peligro era eso que él llamaba “doctrinas políticas y sociales sostenidas fanáticamente”.
El comunismo soviético se ha ido junto con el nazismo. El comunismo chino ya no puede caracterizarse de manera doctrinal: es tan sólo un vehículo para que la institución burocrática, el Partido Comunista, mantenga el monopolio del poder. Y sin embargo, aun cuando casi todo el mundo es consciente de que el inmenso dolor del siglo XX bien puede atribuirse a las doctrinas basadas en certeza, todavía no estamos más allá de la época en que las ideologías caracterizadas por la intolerancia ante el disentimiento o la duda representaban un papel protagónico en el conflicto y el sufrimiento. La década de los noventa estuvo marcada por el ascenso del nacionalismo étnico que llevó la mutilación a la ex Yugoslavia, Ruanda y otros lugares. El fundamentalismo religioso bajo una forma eminentemente política –sobre todo, claro está, el islamista, pero con sus contrapartes de mucha menor escala en la cristiandad, el judaísmo y el hinduismo- crece día con día. […] Si bien carecen del carácter totalitario de los sistemas establecidos durante el siglo XX, los sistemas de gobierno y las perspectivas mundiales basadas en las doctrinas nacionalistas, fundamentalistas y supremacistas de nuestro tiempo constituyen un anatema para los liberales.’

Tomado de: Letras Libres 91, julio 2006, Aryeh Neier, ‘Por qué somos liberales’. pp. 30-31.

viernes, agosto 11, 2006

‘Un liberal en aprietos’ por Federico Reyes Heroles

‘Contra la impresión común , un auténtico liberal económico es una persona muy preocupada por la prosperidad general y no sólo por la propia.’

‘Está apunto de aterrizar en la Ciudad de México cuando se acuerda de la tarifa por llegar a Poza Rica: casi equivalente a lo que hubiera pagado para Nueva York. Los cielos deberían abrirse, sólo así bajarían las tarifas. Desde la ventanilla se observa el servicio de abastecimiento de combustible y cabila sobre un mercado energético en el cual el monopolio estatal domina varios puntos. Si hubiera varios oferentes, piensa. En los pasillos del aeropuerto se topa con las larguísimas hileras de turistas en espera de pasar migración. Por su cabeza atraviesa, es incontenible, la idea de que la demanda de ese servicio es perfectamente rutinaria “ya saben cuándo llegan los Jumbos de Lufthansa, de Air France, de British Airways, casi todos a la vez, ¡por qué no destinar más personal ―oferta― y evitar la pérdida de tiempo!

Mientras se lava las manos recuerda que el nuevo aeropuerto no se construyó y, claro, las erosionadas tierras del lago de Texcoco no encontraron mejor fin y, claro, la central aeroportuaria no podrá ofrecer más y mejores servicios y, claro, dejará entrar inversión y, claro, las compañías no podrán operar con plena eficiencia y, claro, seremos menos competitivos y, claro, habrá otro país que aproveche la coyuntura de inseguridad de Estados Unidos y, claro, una vez más dejamos ir oportunidades de generar empleos productivos en perjuicio de todos y beneficio de quién sabe quién. Pone su equipaje sobre un carrito y se encamina rumbo a la salida cuando se topa con uno de esos tubos cromados cuya única misión es impedir que el ciudadano ejercite su derecho de llevar el equipaje hasta donde lo desee, para así garantizar la “chamba” a los “maleteros”. Él piensa que hay lugar para todos, siempre habrá necesidad de ese trabajo para ancianos, niños, madres o personas con capacidades distintas o simplemente con problemas de espalda. Lo que le irrita hasta la médula es que le impongan el servicio imponiéndole usar las ruedas por sí mismo. Eso atenta en contra de sus libertades.

Pero todavía le falta un trago muy amargo. Es viernes por la noche y está lloviendo. La hilera para abordar el taxi se mete a la Terminal, debe de tener unos 300 metros de largo. Cientos, miles de personas durante horas, tirando la energía de su vida, energía que podría estar usando en generar ideas, ingresos o simplemente energía para estar con sus familiares y gozar. Tiempo perdido, desperdiciando vida que se va al caño. Eso piensa mientras los zapatos le aprietan y el portafolio en la mano le pesa. Ha sido un día largo y todavía falta lo peor, por lo menos para él: ese espectáculo de auténtico sadismo consistente en ver a los taxis de la ciudad llegar al aeropuerto a dejar pasaje, justo a unos metros de donde cientos de personas esperan transporte y verse impedidos de recoger a los que esperan. ¡Genial! No, en México los taxis que entran con pasaje se van vacíos y los que salen con pasaje regresan vacíos. ¡Qué gran idea; más contaminación, más desgaste de las máquinas, de nuevo tiempo y recursos perdidos! Resultado, menos productividad, menos crecimiento del pastel, una sociedad más pobre.

Nuestro amigo, que podría llamarse Manuel o Everardo o Federico, padece una enfermedad: es un liberal. Su enfermedad tiene varios síntomas, le puede a uno subir la presión del coraje, los derrames de bilis son frecuentes, los enojos y la irritabilidad también se presentan. Pero lo más terrible es el impacto psicológico. Comienza por el desencanto y puede llegar a la depresión profunda. Doctor, dice desesperado el liberal desde el diván, simplemente no entiendo. No entiendo por qué no podemos dedicarnos a producir aquello en donde tenemos ventajas, por qué ofuscarnos en ramas donde la tenemos perdida. Por qué guardar los hidrocarburos como si fueran un tesoro cuando en realidad son un instrumento más para poder generar riqueza. Por qué no podemos premiar a los que hacen bien su trabajo y jalarles las orejas a los otros, estímulos, vamos. Por ejemplo, en educación, demos bonos educativos y que las familias con información adecuada decidan qué quieren. Lo mismo en los servicios médicos. Por qué, doctor, no confiamos en el criterio de la gente, por qué todo el tiempo inventamos figuras paternales que le colgamos al Estado. Por qué nunca pensamos en el consumidor, que somos todos. Por qué nos gusta amafiarnos en sindicatos que destruyen a las empresas, siendo que viven de ellas, o en auténticas guildas de notarios que encarecen todas las transacciones. Por qué le tenemos miedo a cambiar de trabajo, a buscar algo mejor, a progresar, por qué. El terapeuta escucha con paciencia a su paciente y llega a la conclusión de que el viaje a Poza Rica le afectó más de lo normal. Explique, doctor, ¿qué acaso estoy loco?, pregunta con verdadera angustia nuestra personaje.

La enfermedad es grave, aunque no es muy común porque los liberales económicos no pululan. El liberalismo auténtico es una forma de ver el mundo en el cual el beneficio general va primero. Las libertades individuales se someten a esa consideración mayor. No es una defensa de la libertad por la libertad misma, tampoco del mercado como fin. La libertad individual y el mercado pueden ser el mejor camino para disminuir esa vergüenza que es la miseria. Contra la impresión común , un auténtico liberal económico es una persona muy preocupada por la prosperidad general y no sólo por la propia. Para detectar el mal sugiero: Economía mexicana para desencantados, de Manuel Sánchez González, F. C. E., 2006. Claro y sin desperdicio. Atrévase a encontrar el mal en usted.’

Federico Reyes Heroles