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jueves, mayo 16, 2013

‘El Reino’ de Hans-Urs von Balthasar


¡Cárcel de finitud! También el Hombre, como todo ser, ha nacido en la prisión; el alma, el cuerpo, el pensamiento, su vislumbre, su deseo: todo en él tiene sus límites, él mismo es limitación palpable, todo es esto, no aquello, distinto, separado de lo demás. Todos miran hacia lo que es extraño desde las enrejadas ventanas de los sentidos; y aun cuando su espíritu vuele a través de los espacios como un pájaro: él nunca será este espacio, y el surco que deja al pasar se disuelve una vez más y no deja rastro alguno permanente. ¡Qué distancia tan grande de una cosa a la que le está próxima! Y si llegan a amarse y se hacen caso de una isla a la otra, si tratan de intercambiar su soledad y engañarse mutuamente interpretándola como unidad: con cuánto más dolor les sorprende la desilusión, pues palpan las barreras invisibles, las frías paredes de cristal contra las que se arrojan como pájaros enjaulados. Nadie puede romper su abandono, nadie sabe quién es el otro. El Hombre se limita a presentir a la mujer, el niño al Hombre, quizá con menos seguridad que el Hombre presiente al animal. Las cosas son extrañas entre sí, y aun cuando se encuentren bastante cerca y se complementen como los colores, como el agua y la roca, como el sol y la nube, aun cuando juntamente realicen la armonía tonal del universo: lo polícromo paga el precio de la más amarga separación. El mero hecho de existir un individuo es ya renuncia. Roto el límpido espejo, la imagen infinita se esparce por todo el mundo, el mundo queda convertido en un montón de residuos. Pero de todos modos cada una de las ruinas es todavía algo precioso; de cada uno de los fragmentos parte un rayo del misterio original; en cada uno de los bienes creados se percibe un bien infinito, una promesa de más, el quizá de un riesgo, un halago, tan dulce, que ante ese violento placer se nos detienen los pulsos al situarse desnuda y desvestida del envoltorio de ceniza que es la costumbre y dejarse ver de este modo ante nuestra mirada por un momento: llenándonos de una felicidad maravillosa, sin límites. El sello del origen, el beso de lo original, la garantía de la unidad perdida. El meollo de la felicidad es siempre impalpable pero sigue siendo constantemente misterioso; si corremos tras ella, no la podemos alcanzar; ella mantiene en la mano la manzana de Adán, no el fruto infinito del árbol de la vida. La imagen celestial se desliza sonriendo tristemente, se apaga, se disuelve en el aire. Lo que se apareció como sin límites vuelve ahora a mostrar sus barreras concretas, y tanto el buscador como lo buscado, se deslizan ambos hacia una estrecha prisión. Y nuevamente nos encontramos frente a todo, siendo parte de una parte, y lo que tenemos es algo que compartimos con todo lo demás, ni las sacudidas ni las lágrimas rompen los muros de la cárcel. 

 

Pero mira: existe esa realidad fluctuante, que se desliza incomprensiblemente, el tiempo. Es la barca invisible que va de orilla a orilla. Un vuelo de una cosa a la otra. Monta sobre el tiempo, éste empieza a correr, te lleva, no sabes cómo, no sabes a dónde, el suelo firme que hay bajo tus pies se mueve y vacila, el camino firme se convierte en deslizante y vivo, comienza a fluir como el maravilloso curso de un río, las orillas se transforman y cambian —ahora son bosques, más tarde se trata de amplios campos, de ciudades de Hombres—, la corriente misma cambia de forma y se transforma a cada momento; de pronto se desliza como un suave susurro, de repente se eriza formando grandes cataratas, y termina por amansarse y convertirse en un lago tranquilo: ahora el movimiento se ha hecho imperceptible, y a lo largo de la orilla el agua vuelve a encresparse formando olas hasta que una vez más el ímpetu del centro de las aguas llega hasta las orillas. 

 
El espacio es frío y rígido, pero el tiempo es vivo; el espacio separa, pero el tiempo lleva todo hasta todo. El tiempo no corre fuera de ti, tú no nadas como un tronco que se desliza sobre el agua, el tiempo fluye a través de ti, tú mismo fluyes. Tú eres el río. ¿Te sientes triste? Confía en el tiempo: pronto reirás. ¿Ríes? No mantendrás por siempre tu risa: pronto llorarás. El tiempo te lleva de sentimiento en sentimiento, de este estado a otro estado, de la vigilia al sueño y del sueño una vez más a la vigilia. No puedes caminar largo tiempo, nuevamente te pones a descansar, te cansas, sientes hambre, tienes que sentarte, comes, te levantas nuevamente, y comienzas una vez más a caminar. Sufres: desde lejos, como algo inalcanzable contemplas la acción que quieres emprender; pero siempre te arrastra la corriente y una mañana llega por fin la hora de la acción. Tú eres un niño, y nunca, piensas, te sustraerás a la debilidad de la infancia, que te encierra entre cuatro muros sin ventanas. Pero mira, tus muros mismos son movedizos y cuarteables y todo tu ser se transforma modelándose en un joven. De tu mismo seno surgen manantiales ocultos en ti, y un día el mundo brotará en torno a ti. Poco a poco el tiempo te lleva de curva en curva, perspectivas, horizontes pasan de largo ante tu mirada: empiezas a vivir la transformación, empiezas a descifrar una aventura desmesurada. Experimentas una dirección, sientes una partida, olfateas el mar. Y ves que lo que cambia en ti es lo mismo que cambia en todo lo que hay en torno a ti: todo punto, por el que tú pasas rozando, está asimismo en movimiento. Un torbellino se debate sobre él desde todas partes, toda su larga historia se desata sobre él, pero al igual que tú, tampoco él sabe dónde termina esa historia. Miras al cielo: los soles giran altos, pero en conexión con sus sistemas de planetas, como racimos de uvas, ruedan deslizándose hacia las distancias creadas de antemano y hacia los espacios inescrutables. Tú desintegras los átomos: forman éstos un enjambre más confuso que un disperso montón de hormigas. Tú buscas un apoyo y una ley estable en el centro de nuestra tierra, pero también ésta es puro acontecer e historia, nadie puede predecirte de antemano y contar con las nubes de la próxima semana. 

 

Es cierto que existe una ley, pero se trata de la misteriosa ley del cambio, cuyo único fundamento está en aquél que cambia. No puedes llevar el río a la orilla seca, para capturar como un pez la ley de su fluir. Y sólo en el agua puedes aprender a nadar. Los sabios que existen entre los Hombres tratan de buscar el fundamento de la existencia, pero no pueden hacer otra cosa que descubrir una ola de esa corriente; en su pintura el fluir se ha hecho rígido, y sólo resulta verdadera si nuevamente abandonan la imagen al cambio y al movimiento. Los que sintieron avidez emprendieron muchas cosas, y arrojaron rocas al mar, para detener la corriente, con sus sistemas trataron de descubrir un islote de la eternidad e hincharon su corazón como globos para capturar la eternidad en una hora feliz. Pero ellos sólo capturaron aire y estallaron, o hechizados por una idea imaginaria, olvidaron vivir bien y la corriente arrastró suavemente sus cadáveres. No, la ley está en movimiento, y sólo corriendo puedes llegar a capturarla. La perfección está en la plenitud de lo que llega. Por eso nunca pienses que la has conseguido; olvida lo que queda tras de ti, lánzate hacia aquello que está delante de ti: finalmente, te convertirás en aquello que tú ansías en medio del cambio en el que pierdes lo ganado. 

Confía en el tiempo. El tiempo es música, y el espacio a partir del cual suena, es el futuro. Compás tras compás se va creando la sinfonía en una dimensión que se va descubriendo a sí misma, y que siempre pone a disposición una provisión inagotable de tiempo. Con frecuencia falta espacio: la piedra es exigua para la estatua, la plaza no permite ya ser ocupada por más gente. Pero ¿cuándo ha faltado tiempo? ¿Cuándo se ha salido como un nudo que es demasiado corto? El tiempo es tan largo como la gracia. Entrégate a la gracia del tiempo. No puedes interrumpir la música para atraparla y recogerla: déjala que fluya y vuele, de otro modo no la comprenderás. No la puedes empaquetar en un bello acorde y poseerla para siempre. La paciencia es la virtud primera de quien quiere percibir. Y la segunda, la renuncia. Pues mira: no comprendes el movimiento de la melodía hasta que suena su último tono. Sólo ahora, que ha concluido todo, captas las perspectivas de los acentos misteriosos, los arcos de la tensión y las curvas de lo profundo; sólo lo que perece al oído, penetra en el corazón. Y, sin embargo: no puedes captar en la unidad del espíritu de manera invisible lo que de manera perceptible no experimentas en la multiplicidad de los sentidos. De este modo lo eterno está por encima del tiempo y es como la cosecha del tiempo, y sin embargo la eternidad llega a ser y a realizarse sólo con el cambio del tiempo. 


¡Qué clase de seres somos! Tenemos que creer sumergidos en el paso del tiempo. Llegamos a la madurez, nos enriquecemos sólo mediante la renuncia a una hora y a la otra. Tenemos que soportar la duración. Cuando tratamos de detenernos lesionamos la ley de la vida de la naturaleza. Cuando perdemos la paciencia de la existencia temporal, caemos por eso mismo en la nada. Mientras caminamos nos llega el susurro de una voz en alas del viento contrario que cortamos; pero si nos detenemos para oírla mejor, la voz se convierte en silencio. El tiempo es a la vez amenaza y promesa maravillosa: avanza, nos dice, ¡de lo contrario no vendrás conmigo! ¡Avanza, muestra tus manos vacías, de lo contrario no te las podré llenar! De lo contrario pasaré de largo junto a ti con mi fresco don y te abandonaré a tu ya rancia bagatela. Créeme que eres más rico cuando puedes concluir y destruir tu felicidad y tus horas de elevación; eres más rico cuando puedes ser pobre, y permanecer abierto en lugar de ser un pordiosero a la puerta del futuro. ¡No te detengas, no te encierres, no te pegues a nada! ¡No puedes acaparar el tiempo, aprende de él la prodigalidad! Sé pródigo por propia voluntad y reparte aquello que de otro modo se te arrebatará a la fuerza. Entonces serás tú, que te quejas de haber sido robado, más rico que un rey. El tiempo es la escuela de la exaltación, la escuela de la magnanimidad. 

Es la universidad del amor. El tiempo es el suelo de nuestra existencia. El tiempo es existencia que fluye como una corriente; el amor es la vida que se convierte a sí misma en corriente. El tiempo es indefenso, es existencia desposeída de sí misma sin que haya sido interrogada; el amor se enajena a sí mismo y se deja desarmar voluntariamente. La existencia no puede manifestar el amor de otro modo que fluyendo —ésa es su ley y su naturaleza. Y de este modo puede ser libremente, por sí mismo, el amor. Tenemos que ser pacientes, aun cuando sintamos perecer de impaciencia, pues nadie puede aumentar un solo palmo de la medida de su amor a no ser que se vaya creciendo —con el tiempo. Tenemos que renunciar, y aunque llenos de convulsiva avaricia apretemos fuertemente nuestra posesión, el mortífero tiempo suelta suavemente nuestros dedos, para esparcir por el suelo los tesoros alcanzados. Lo que al fin el último momento nos obliga a realizar por la fuerza, todo momento nos aconseja suavemente que lo llevemos a cabo: que descubramos el misterio de la duración como el dulce meollo de nuestra vida: la oferta de un amor inagotable. Cosa extraña: podemos ser aquello que pretendemos con afán, pero en vano. En el existir podemos realizar lo que en el saber y en el querer se nos escapa con dolor. Quisiéramos entregarnos —y estamos ya entregados. Buscamos a aquél a quien pudiéramos entregarnos— y ya hemos sido aceptados hace tiempo. Y cuando el corazón se encoge al considerar la vanidad de todo lo que se ha vivido, surge el temor de la esposa en la noche de bodas, cuando se le priva del último velo.

 

 Hemos sido proyectados como seres que pueden lograr voluntariamente lo que deben querer contra su voluntad. Pero ¿qué puede comunicarnos más felicidad, que pensamiento puede ser más embriagador que éste: ya el existir es una obra de amor? ¿De manera que yo lucharía en vano por no ser lo que ya soy? De manera que aunque grite: ¡no! con toda la fuerza de la garganta, con todas las venas de mi cuerpo agitadas por el temor: ¡no!, en el último rincón más profundo un eco traidor dice: ¡sí, sí! Cuando después de muchas muertes morimos por última vez, entonces en ese acto de vida suprema la existencia ha dejado de morir. Sólo una cosa es siempre mortal: no querer morir mientras se vive. Toda muerte realizada voluntariamente es origen de la vida. Así el cáliz del amor está mezclado de vida y de muerte. Es un milagro que no amemos: el amor es sello de agua en el pergamino de nuestra existencia. Nuestros miembros se mueven de acuerdo con su melodía. Quien ama, obedece a la tendencia de la vida temporal; el que se niega a amar lucha (en vano) contra la corriente. ¡Qué fácil nos resulta el gesto de donación cuando corre a través de nosotros constantemente, el agua del ser, como por la boca de un pozo! ¡Qué fácil nos resulta la enajenación, al bañarnos en la riqueza del futuro que corre de una manera inagotable! ¡Qué fácil es para nosotros la fidelidad, pues el tiempo infiel nos ha colocado en el dedo el anillo de la indisolubilidad! ¡Qué fácil es la muerte, pues cada hora sentimos qué bienaventuranza, qué ventaja supone incluso el perecer! Y hasta el envejecer, lo que nos infunde temor, y nos encoge nuestro ánimo, nos ofrece en compensación de la obscuridad exterior la interior claridad de la pobreza. Nada es trágico en nosotros, pues toda renuncia recibe un premio sobreabundante, y cuanto más nos acercamos al centro de la pobreza, tanto más íntimamente tomamos posesión de nosotros mismos, con tanta mayor seguridad nos pertenecen todas las cosas. 

De este modo podemos ser lo que queremos. En el agua misteriosa del tiempo en el que nos bañamos, lo que somos por nosotros mismos, la profunda resistencia llena de rencor que anida en los corazones se disuelve, queda superada en esta fluidez del ser. Sólo lo rígido es problemático, lo impenetrable, lo que se opone a todo espíritu y mirada. Pero el ojo es fluido y el espíritu penetrante, y de este modo resulta transparente y diluye lo que es rígido. Mientras en el exterior vamos colocando las cosas de modo que sus envoltorios se toquen y nos blindamos contra las inexorables exigencias de la vida, la fuente sigue manando en lo más íntimo del individuo y quebranta los muros y va minando nuestra más dura fortaleza. Nadie resiste hasta el final el incesante empuje de este oleaje: nos va reblandeciendo día tras día, va carcomiendo guijarro tras guijarro de la orilla ya desgastada: al final nos derrumbamos. Con el tiempo, hasta el más estúpido comprende el tiempo. El tiempo va cavando para sí mismo un lecho en él y con su redondo vientre lo va limando como el torrente que se precipita lamiendo el glaciar. 

Tú sientes el tiempo así, y él te introduce en su más elevado misterio. Tú sientes el ritmo del ímpetu y de la calma del tiempo. Como futuro se acerca a ti, te llena de dones sin medida, pero también te roba, lo exige todo de ti. Te quiere rico y pobre a la vez, cada vez más rico y más pobre. Te quiere cada vez más amoroso. Y si cumplieras plenamente la ley y el mandamiento de tu ser y fueras plenamente tú mismo, vivirías tan sólo a partir de este don, que fluye hasta ti (y que eres tú mismo) y que tú volverías a donar santamente sin haberlo contaminado por tu posesión. Tu vida sería un hálito, en el doble movimiento reposado e inconsciente de tus pulmones. Y tú mismo serías el aire inspirado y espirado en el movimiento cambiante de esa manera. Tú serías como la sangre en el puso de un corazón, que mueve tu organismo y te mantiene preso en el círculo y en la ruta de sus venas. 

Tú sientes el tiempo —¿y no sentirías este corazón? Tú sientes el torrente de la gracia, que penetra en ti, cálido, rojo —¿y no sentirías cómo eres amado? Buscas una prueba —y sin embargo, tú mismo eres la prueba. Tratas de captarlo, al Desconocido, en las mallas de tu conocimiento —y sin embargo eres tú el capturado en la red inextricable de su poder. Querrías comprender —pero eres tú el que eres comprendido. Querrías imponerte —y sin embargo eres dominado. Tú planeas buscar —y sin embargo has sido encontrado largo tiempo ya y desde el principio. Tú te palpas a través de mil ropajes en tu cuerpo viviente —¿afirmas que no sientes la mano que, desnuda, toda tu alma desnuda? Te mueves de un lado para otro con el ímpetu de tu inquieto corazón y llamas a esto religión, pero en verdad no se trata sino de movimientos del pez que boquea en la barca. Querrías encontrar a Dios, aun cuando para ello sufrieras mil dolores: qué humillación que tu esfuerzo sea vano, ya que él desde hace tiempo te sostiene con su mano. Pon el dedo para percibir el pulso vivo del ser. Siente el latido de que un solo acto de la creación a la vez te impone una exigencia y te libera. En el tremendo fluir de la existencia esto determina a la vez la medida exacta del abismo: así como debes amarle como a aquel que es el más próximo a ti, debes hundirte ante él como ante el Altísimo. Al igual que él en el mismo acto te viste por amor y te desnuda por amor. Al igual que él pone en tu mano con la existencia de todos los tesoros y la alhaja más preciosa: responderle con tu amor, poder devolver su don, y sin embargo (no después, en un segundo momento, en un segundo paso) él te arrebata nuevamente todo lo que te dio, para que no ames el don, sino al donador y hasta en la donación sepas que no eres más que una ola de su corriente. En el mismo instante de la existencia estás cerca y lejos, en el mismo momento se te pone un amigo y un señor. En el mismo instante eres hijo y siervo. Siendo lo que fuiste, vives en la eternidad; pues aun cuando tu virtud, tu sabiduría, tu amor se elevaran de una manera inconmensurable y emergieras por encima de los Hombres y de los ángeles, y subieras directamente atravesando todos los cielos: nunca te alejas de tu salida. Pero nada es más bienaventurado que esta realidad original primera; y en el más amplio arco de la evolución vuelves nuevamente a esta maravilla de tu origen; pues el ser del amor es incomprensiblemente magnífico. 


Y naturalmente la vida camina hacia adelante a partir de su origen, se busca a sí misma y cree hallarse allí donde está segura ante la amenaza de su comienzo. La semilla aparece demasiado insegura, y necesita de una corteza o envoltura más fuerte, y el momento de la concepción se parece demasiado a la nada. Pero una ley férrea hace retornar todas a las cosas al círculo más derechamente que una flecha. En ese arco grande y esbelto, la vida se erige hacia sí misma mediante el crecimiento, quiere afirmarse poderosamente a través de la estrecha puerta de la vida y aniquila el corazón y el cerebro del individuo avasallado por la obstinación y su misión, y sus manos orgullosas como si fueran su propia creación distribuyen y reparten lo que a ellas les llegó de otra parte, de la especia, desde raíces desconocidas. Pero ya se ha alcanzado la cima, y mientras en otras partes todavía el sol asciende, su camino empieza a declinar, en los frescos bosques se sumerge la tarde, y nuevamente se vuelve a oír el murmullo, primeramente un riachuelo, un recuerdo casi desprendido de los primeros tiempos le sobreviene, se añoran dulcemente los tiempos primitivos, el ansia nos oprime, se impone el amor, y de manera imprevista, repentinamente, una cascada se precipita al vacío, la noche del principio. Todo lo que el ser extraordinario tenía de maravilloso se deshace, como el curso de distintos ríos en un mar de muerte y de vida. En un mismo mar se levantan y hunden las olas, los cuerpos fluctúan unos junto a otros, las formas y las especies, siglo tras siglo, deshechos en espuma en la postración de los más increíbles homenajes en la lisa arena de la playa de la eternidad. 


Significado de nuestra vida: demostrar mediante el conocimiento que no somos Dios. Así morimos en Dios, pues Dios es vida eterna; ¿cómo llegaríamos a su contacto sino a través de la muerte? La muerte en nuestra vida es la garantía de que alcanzamos lo que está por encima de la vida. La muerte es la reverencia de la vida, la ceremonia de la proskynesis ante el trono del Creador. Y como lo más íntimo de los seres consta de alabanza, servicio y respeto que deben las cosas a su creador, así una gota de muerte está mezclada en todo momento del ser. Pero como el tiempo y el amor están tan estrechamente entrelazados, aman también su muerte, y su existencia no se opone al ocaso. Y si la exigua vida siente temor, la obscura voluntad se opone a la muerte, la existencia misma, el profundo curso del mar, que levante y sumerge esa existencia, conoce a su señor y se somete gustosamente. Pues sabe por una especie de presentimiento: el otoño sólo existe porque se prepara la primavera y en este mundo se agosta gustosamente lo que la esperanza trae para que florezca en Dios. 

De este modo la criatura muere en Dios y resucita en Dios. Revoloteamos atraídos por la luz y extasiados; pero el fuego, al que nadie puede acercarse, nos mantiene hechizados. Nos arrojamos a las llamas, nos quemamos, pero la llama no mata, se convierte en luz y arde en nosotros como amor. El amor, que conoce profundamente lo que vive en nosotros se erige en nosotros como centro, del que vivimos, lo que nos llena y nos nutre, nos mantiene hechizados, se viste de nosotros como si de un abrigo se tratara, que nuestra alma necesita como de un órgano; no es que nosotros seamos esto, lo es, en una proximidad máxima que casi no se distingue de nosotros, lo es el Señor en nosotros —y mediante el amor crece en nosotros el temor, que una y otra vez y con urgencia nos impulsa a arrodillarnos, nos empuja al polvo de la nada. Golpea con fuerza, con más estruendo todavía que el tiempo, el corazón del amor. Late uniendo dos seres en uno y separando uno en dos seres. Así vivimos partiendo de Dios: él nos atrae poderosamente hacia su ardiente centro, él nos arrebata con dominio todo centro que no es el suyo. Pero nosotros no somos Dios; y para mostrarnos con más vigor la fuerza de su centro, nos aparta imperiosamente —pero no nos deja solos, desfallecidos, sino que nos hace donación de nuestro propio centro y nos comunica la fuerza de su misión. Dios no exige celosamente, él nos quiere para sí y para su exclusiva gloria. Pero cargados con su amor, y viviendo de su gloria, nos devuelve al mundo. Pues no es ritmo de su creación, que el mundo salga de Dios en un movimiento de egresión y vuelva a él en regresión de donde procede. Más bien ambas cosas son una sola, no menos condicionada la salida que la entrada; no menos querida por Dios la misión que el anhelo. Y quizá más divina todavía que la vuelta a Dios, en la salida de Dios, pues lo más grande de todo no es que nosotros conozcamos a Dios reflejándolo como espejos relucientes, sino que lo demos a conocer, como antorchas encendidas dan a conocer la luz. Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, y sin mí no podéis hacer nada. Y no hay luz alguna, ni Dios alguno fuera de mí. Pero vosotros sois la luz del mundo, luz escondida pero no falsa, sino ardiente de mi llama, debéis prender fuego al mundo con mi fuego. 


Salid a las tinieblas más obscuras, llevad mi amor como ovejas en medio de lobos, llevad mi mensaje a aquellos que caminan en la obscuridad y en la sombra de la muerte. Salid y aventuraros fuera del redil custodiado; una vez os recogí, cuando, ovejas errantes, ensangrentadas entre espinas, os conduje al hogar sobre los hombros del buen pastor; pero ahora el redil ha quedado abierto, la puerta del aprisco se ha ensanchado: ¡es la hora de la misión! ¡Fuera!, separaos de mí, pues yo estoy en medio de vosotros hasta el fin del mundo. Pues yo mismo he salido del Padre y alejándome de él me hice obediente hasta la muerte, y obedeciendo me hice la imagen más perfecta de su amor hacia mí. La salida misma es el amor, la salida misma es ya el retorno. Así como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros. Saliendo de mí como sale el rayo del sol, el agua de la fuete, permanecéis en mí, pues yo mismo soy el rayo, que centellea de brillo, soy el torrente que brota del Padre. Así como yo recibo el caudal del Padre, así vosotros debéis recibir de mí vuestro caudal. Volved hacia mí vuestro rostro hasta tal punto que yo pueda volverlo hacia el mundo. Debéis salir de vuestros propios caminos hasta tal punto que yo pueda situaros sobre el camino que soy yo. 


He aquí un nuevo misterio insospechable para la pequeña criatura: que incluso la lejanía de Dios y la frialdad del temor son una imagen y símbolo para Dios y para la vida divina. Lo más incomprensible es la verdadera realidad: precisamente en lo que tú eres no Dios, en eso te asemejas a Dios. Y precisamente en lo que estás fuera de Dios, en eso estás en Dios. Pues el hecho mismo de estar frente a Dios es algo divino. En lo incomparable de tuyo reflejas la unicidad de Dios. Pues incluso en la unidad de Dios hay distancia y reflejo y eterna misión: El Padre y el Hijo opuestos entre sí y sin embargo uno en el Espíritu y en la naturaleza que sella a los tres. Dios no es sólo la imagen original, es también semejanza y trasunto. No sólo la unidad absoluta, también es divino ser dos, si el tercero los une. Por eso en este segundo ha sido creado el mundo, y en este tercero se afinca en Dios. 


Pero el sentido de la creación permanece incomprensible mientras el velo cubra la imagen eterna. Si el latido del ser no resonara en la vida eterna, en la vida trinitaria, esta vida sería sólo fatalidad, este tiempo sería tan sólo tristeza, todo amor se limitaría a ser transitoriedad. Sólo ahora comienza a brotar en nosotros la fuente de la vida, y nos habla de la Palabra, se convierte ella misma en palabra y lenguaje, nos comunica, como saludo de Dios, la misión de que debemos anunciar al Padre en el mundo. Sólo ahora se ha disuelto la maldición de la soledad, pues el enfrentarse es algo divino, y todo ser, Hombre y mujer, y animal y piedra ya no se excluyen por su peculiaridad de ser, de la vida universal, sino que más bien coordinados en sus formas, ya liberados de la obscura cárcel, dispuestos a evadirse a lo infinito partiendo del obscuro anhelo, más bien como mensajeros de Dios y formando un cuerpo en plenitud magnífica, un cuerpo cuya cabeza descansa en el seno del Padre. 

¡Sigue, pues, latiendo, corazón de la existencia, pulso del tiempo! ¡Instrumento del amor eterno! Tú enriqueces y nos devuelves una vez más a nuestra pobreza; nos atraes y nos repeles nuevamente, pero nosotros, en este flujo y reflujo, somos tu regalo. Tú bramas sobre nosotros en majestad, tú guardas un silencio profundo con tus estrellas, tú nos llenas sobreabundantemente hasta el borde y nos vacías absolutamente hasta el fondo. Y bramando, callando, llenando, vaciando, tú eres el Señor y nosotros somos tus siervos.

Tomado de: Hans-Urs von Balthasar, El corazón del mundo, Madrid, Ediciones Encuentro, 2009. pp. 7-23.

jueves, abril 25, 2013

Los periodistas, según Milan Kundera

El undécimo mandamiento

En otros tiempos había un gran nombre que simbolizaba la fama de un periodista: Ernest Hemingway. Toda su obra, su estilo conciso y concreto, tenía sus raíces en los reportajes que enviaba cuando era joven a un periódico de Kansas City. Ser periodista significaba entonces acercarse más que nadie a la realidad, recorrer todos sus rincones ocultos, ensuciarse las manos con ella. Hemingway estaba orgulloso de que sus libros estuvieran tan abajo, junto a la tierra misma, y al mismo tiempo tan alto, en el cielo del arte. 
Pero cuando dice para sus adentros la palabra «periodista» (y esa palabra denomina hoy en Francia incluso a los redactores de radio y televisión y hasta a los fotógrafos de prensa), Bernard no se imagina a Hemingway, y el género en el que ansia destacar no es el reportaje. Más bien sueña con publicar en un semanario influyente artículos ante los que tiemblen todos los colegas de su padre. O entrevistas. ¿Quién es, por lo demás, el periodista más memorable de los últimos tiempos? No es Hemingway, quien escribía sobre sus experiencias en las trincheras del frente; no es Orwell, quien pasó un año de su vida con los pobres de París; no es Egon Erwin Kisch, conocedor de las prostitutas de Praga, sino Oriana Falacci, quien entre 1969 y 1972 publicó en el semanario italiano L'Europeo un ciclo de conversaciones con los más famosos políticos de la época. Aquellas conversaciones eran algo más que simples conversaciones; eran duelos. Los poderosos políticos, antes de advertir que se estaban batiendo en condiciones desiguales —porque las preguntas podía hacerlas ella y ellos no— ya se retorcían K.O. sobre la lona del ring. 

Aquellos duelos eran el signo de los tiempos: la situación había cambiado. El periodista comprendió que lo de hacer preguntas no era simplemente el método de trabajo de un reportero, que realiza sus investigaciones modestamente con una libreta y un lápiz en la mano, sino un modo de ejercer el poder. Periodista no es aquel que pregunta, sino aquel que tiene el sagrado derecho de preguntar, de preguntarle a quien sea lo que sea. ¿Acaso no tenemos todos ese derecho? ¿Y no es acaso la pregunta un puente de comprensión tendido de hombre a hombre? Quizá. Por eso precisaré mi afirmación: el poder del periodista no está basado en el derecho a preguntar, sino en el derecho a exigir respuestas. 

Fíjense bien, por favor, en que Moisés no incluyó entre los diez mandamientos el de «¡No mentirás!». ¡No fue una casualidad! Porque quien dice «¡No mientas!» tiene que decir antes «¡Responde!», y Dios no le dio a nadie el derecho a exigir de otro una respuesta. «¡No mientas!», «¡Di la verdad!», son palabras que un hombre no debería decirle a otro si lo considera un igual. Quizá Dios sea el único en tener derecho a decírselas, pero no tiene ningún motivo para hacerlo porque todo lo sabe y no le hace falta nuestra respuesta. 

Entre el que da órdenes y el que tiene que obedecerlas no hay una desigualdad tan radical como entre quien tiene derecho a exigir una respuesta y quien tiene la obligación de responder. Por eso el derecho a exigir una respuesta se otorgaba desde siempre sólo en casos excepcionales. Por ejemplo al juez que investiga un delito. En nuestro siglo se adjudicaron este derecho los Estados fascistas y comunistas, y no en situaciones excepcionales, sino para siempre. Los ciudadanos de esos países saben que en cualquier momento puede producirse una situación en la que serán llamados a responder: qué hicieron ayer; qué piensan en lo más oculto de su alma; de qué hablan cuando se encuentran con A; ¿es cierto que mantienen una relación íntima con B? Precisamente ese imperativo sacralizado «¡Di la verdad!», ese decimoprimer mandamiento, a cuya fuerza no supieron resistir, los convirtió en masas de miserables infantilizados. Claro que a veces aparecía algún C que no quería por nada del mundo decir de qué había hablado con A, y para rebelarse (con frecuencia era la única rebelión posible) decía en lugar de la verdad una mentira. Pero la policía lo sabía y montaba en secreto en su casa micrófonos ocultos. No lo hacía por motivos reprobables, sino para enterarse de la verdad que el mentiroso C escamoteaba. Sencillamente reivindicaba su sagrado derecho a exigir una respuesta. En los países democráticos, cualquiera le respondería sacando la lengua al policía que se atreviera a preguntarle de qué ha hablado con A y si mantiene relaciones íntimas con B. No obstante, aquí también el gobierno del decimoprimer mandamiento se ejerce con toda energía. ¡Algún ripndamiento tiene que gobernar a la gente en nuestro siglo, cuando los Diez Mandamientos de Dios ya casi han caído en el olvido! Toda la estructura moral de nuestra época se apoya en el decimoprimer mandamiento, y el periodista ha comprendido que gracias a una resolución secreta de la historia debe convertirse en su administrador, con lo cual adquirirá un poder con el que no soñaban ni Hemingway ni Orwell. 

La primera vez que esto quedó demostrado con total claridad fue cuando los periodistas norteamericanos Cari Bernstein y Bob Woodward descubrieron con sus preguntas el juego sucio del presidente Nixon durante las elecciones y obligaron así al hombre más poderoso del planeta primero a mentir en público, después a reconocer en público que mentía y finalmente a marcharse con la cabeza gacha de la Casa Blanca. Todos aplaudimos, porque se hacía justicia. Paul aplaudía además porque en aquel episodio intuía un gran cambio histórico, un hito, un momento inolvidable en el que se producía un cambio de guardia; aparecía un nuevo poder, el único capaz de destronar al viejo profesional del poder, que hasta entonces era el político. Destronarlo no por las armas o con intrigas, sino mediante la mera fuerza de la pregunta. 

«Dime la verdad», dice el periodista y nosotros naturalmente podemos preguntar cuál es el contenido de la palabra verdad para aquel que administra la institución del decimoprimer mandamiento. Para que no haya confusiones, subrayamos que no se trata de la verdad divina por la que murió en la hoguera Jan Hus, ni de la verdad de la ciencia y el libre pensamiento, por la que quemaron a Giordano Bruno. La verdad que corresponde al decimoprimer mandamiento no se refiere ni a la fe ni al pensamiento, es una verdad de la planta baja de la ontología, la verdad puramente positivista de los hechos: qué hizo C ayer; qué es lo que de verdad piensa en lo más profundo de su alma; de qué habla cuando se reúne con A; y ¿mantiene relaciones íntimas con B? No obstante, aunque esté en la planta baja de la ontología, es la verdad de nuestra época y tiene la misma fuerza explosiva que en otros tiempos tuvieron la verdad de Hus o la de Giordano Bruno. «¿Ha tenido relaciones íntimas con B?», pregunta el periodista. C miente y dice que no conoce a B. Pero el periodista sonríe en silencio porque un fotógrafo de su periódico hace ya tiempo que fotografió secretamente a B, desnuda, en brazos de C y sólo de él depende cuándo se hará público el escándalo, incluidas las frases del mentiroso C cuando afirma con cobardía y descaro que no conoce a B. 

Empieza la campaña electoral, el político salta del avión al helicóptero, del helicóptero al coche, se esfuerza, suda, engulle su almuerzo a la carrera, grita por el micrófono, pronuncia discursos de dos horas, pero al final, siempre dependerá de Bernstein o de Woodward cuál de las cincuenta mil frases que pronunció llegará a las páginas de los periódicos o será citada en la radio. Por eso el político querrá aparecer en la radio o la televisión en directo, sólo que eso no es posible más que por medio de Oriana Fallacci, que es dueña y señora del programa y que será quien le hará las preguntas. El político querrá aprovechar el momento en que por fin lo ve toda la nación y decir enseguida lo que siente, pero Woodward sólo le va a preguntar por lo que no siente en lo más mínimo, por lo que no quiere ni mencionar. Se encuentra así en la situación clásica del bachiller al que han convocado a la pizarra y que intenta emplear el viejo truco: pondrá cara de responder a la pregunta pero en realidad hablará de lo que para la emisión preparó en su casa. Pero si este truco valía hace tiempo para el profesor, no vale ya para Bernstein, quien le recuerda implacable: «¡No ha respondido a mi pregunta!». 


¿A quién le iba a interesar hoy la carrera de político? ¿Quién iba a querer que estuvieran—toda la vida convocándolo a la pizarra?

Tomado de: Milan Kundera, La inmortalidad, trad. Fernando Valenzuela, México, Tusquets, 2009. pp. 134-138.

martes, febrero 26, 2013

De un obispo poeta a otro

Deja la Curia, Pedro


a Juan Pablo II

Deja la Curia, Pedro,
desmantela el sinedrio y la muralla,
ordena que se cambien las filacterias impecables
por palabras de vida, temblorosas.

Vamos al Huerto de las bananeras,
revestidos de noche, a todo riesgo,
que allí el Maestro suda la sangre de los Pobres.

La túnica inconsútil es esta humilde carne destrozada,
el llanto de los niños sin respuesta,
la memoria bordada de los muertos anónimos.

Legión de mercenarios acosan la frontera de la aurora naciente
y el César los bendice desde su prepotencia.
En la pulcra jofaina Pilatos se abluciona, legalista y cobarde.

El Pueblo es sólo un ‘resto’,
un resto de Esperanza.
No Lo dejemos sólo entre guardias y príncipes.
Es hora de sudar con Su agonía,
es hora de beber el cáliz de los Pobres
y erguir la Cruz, desnuda de certezas,
y quebrantar la losa —ley y sello— del sepulcro romano,
y amanecer
de Pascua.

Diles, dinos a todos,
que siguen en vigencia indeclinable
la gruta de Belén,
las Bienaventuranzas
y el Juicio del amor dado en comida.



¡No nos conturbes más!
Como Lo amas,
ámanos,
simplemente,
de igual a igual, hermano.
Danos, con tus sonrisas, con tus lágrimas nuevas,
el pez de la Alegría,
el pan de la Palabra,
las rosas del rescoldo...
...la claridad del horizonte libre,
el Mar de Galilea ecuménicamente abierto al Mundo.

jueves, enero 03, 2013

‘The Rime of the Ancient Mariner’ de Samuel Taylor Coleridge

Para A., viejo marinero errantes con hartos versos que compartir.
G. G. Jolly 

(Se sugiere seguir la lectura y escucharla en la espléndida versión de Sir Richard Burton, Robert Hardy yJohn Neville: partes I-III, partes IV y V, partes VI y VII).

Las ilustraciones son de Gustave Doré (1832-1883).
 

Argument

How a Ship having passed the Line was driven by storms to the cold Country towards the South Pole; and how from thence she made her course to the tropical Latitude of the Great Pacific Ocean; and of the strange things that befell; and in what manner the Ancyent Marinere came back to his own Country.

PART I

It is an ancient Mariner,
And he stoppeth one of three.
'By thy long grey beard and glittering eye,
Now wherefore stopp'st thou me? 


The Bridegroom's doors are opened wid
And I am next of kin;
The guests are met, the feast is set:
May'st hear the merry din.'

He holds him with his skinny hand,
'There was a ship,' quoth he.
'Hold off! unhand me, grey-beard loon!'
Eftsoons his hand dropt he.

He holds him with his glittering eye—
The Wedding-Guest stood still,
And listens like a three years' child:
The Mariner hath his will. 


The Wedding-Guest sat on a stone:
He cannot choose but hear;
And thus spake on that ancient man,
The bright-eyed Mariner.

'The ship was cheered, the harbour cleared,
Merrily did we drop
Below the kirk, below the hill,
Below the lighthouse top.

The Sun came up upon the left,
Out of the sea came he!
And he shone bright, and on the right
Went down into the sea.

Higher and higher every day,
Till over the mast at noon—'
The Wedding-Guest here beat his breast,
For he heard the loud bassoon. 


The bride hath paced into the hall,
Red as a rose is she;
Nodding their heads before her goes
The merry minstrelsy.

The Wedding-Guest he beat his breast,
Yet he cannot choose but hear;
And thus spake on that ancient man,
The bright-eyed Mariner.

And now the STORM-BLAST came, and he
Was tyrannous and strong:
He struck with his o'ertaking wings,
And chased us south along. 


With sloping masts and dipping prow,
As who pursued with yell and blow
Still treads the shadow of his foe,
And forward bends his head,
The ship drove fast, loud roared the blast,
And southward aye we fled. 


And now there came both mist and snow,
And it grew wondrous cold:
And ice, mast-high, came floating by,
As green as emerald.

And through the drifts the snowy clifts
Did send a dismal sheen:
Nor shapes of men nor beasts we ken—
The ice was all between.


The ice was here, the ice was there,
The ice was all around:
It cracked and growled, and roared and howled,
Like noises in a swound!

At length did cross an Albatross,
Thorough the fog it came;
As if it had been a Christian soul,
We hailed it in God's name.
 

It ate the food it ne'er had eat,
And round and round it flew.
The ice did split with a thunder-fit;
The helmsman steered us through!

And a good south wind sprung up behind;
The Albatross did follow,
And every day, for food or play,
Came to the mariner's hollo!

In mist or cloud, on mast or shroud,
It perched for vespers nine;
Whiles all the night, through fog-smoke white,
Glimmered the white Moon-shine.' 


'God save thee, ancient Mariner!
From the fiends, that plague thee thus!—
Why look'st thou so?'—With my cross-bow
I shot the ALBATROSS.

PART II
 
The Sun now rose upon the right:
Out of the sea came he,
Still hid in mist, and on the left
Went down into the sea.

And the good south wind still blew behind,
But no sweet bird did follow,
Nor any day for food or play
Came to the mariner's hollo!


And I had done a hellish thing,
And it would work 'em woe:
For all averred, I had killed the bird
That made the breeze to blow.
Ah wretch! said they, the bird to slay,
That made the breeze to blow!

Nor dim nor red, like God's own head,
The glorious Sun uprist:
Then all averred, I had killed the bird
That brought the fog and mist.
'Twas right, said they, such birds to slay,
That bring the fog and mist.

The fair breeze blew, the white foam flew,
The furrow followed free;
We were the first that ever burst
Into that silent sea.

Down dropt the breeze, the sails dropt down,
'Twas sad as sad could be;
And we did speak only to break
The silence of the sea!

All in a hot and copper sky,
The bloody Sun, at noon,
Right up above the mast did stand,
No bigger than the Moon.

Day after day, day after day,
We stuck, nor breath nor motion;
As idle as a painted ship
Upon a painted ocean.


Water, water, every where,
And all the boards did shrink;
Water, water, every where,
Nor any drop to drink.

The very deep did rot: O Christ!
That ever this should be!
Yea, slimy things did crawl with legs
Upon the slimy sea.


About, about, in reel and rout
The death-fires danced at night;
The water, like a witch's oils,
Burnt green, and blue and white.

And some in dreams assurèd were
Of the Spirit that plagued us so;
Nine fathom deep he had followed us
From the land of mist and snow.


And every tongue, through utter drought,
Was withered at the root;
We could not speak, no more than if  
We had been choked with soot. 

Ah! well a-day! what evil looks 
Had I from old and young! 
Instead of the cross, the Albatross   
About my neck was hung.

PART III
 
There passed a weary time. Each throat
Was parched, and glazed each eye.
A weary time! a weary time!
How glazed each weary eye,

When looking westward, I beheld
A something in the sky.

At first it seemed a little speck,
And then it seemed a mist;
It moved and moved, and took at last
A certain shape, I wist. 


A speck, a mist, a shape, I wist!
And still it neared and neared:
As if it dodged a water-sprite,
It plunged and tacked and veered.

With throats unslaked, with black lips baked,
We could nor laugh nor wail;
Through utter drought all dumb we stood!
I bit my arm, I sucked the blood,
And cried, A sail! a sail!

With throats unslaked, with black lips baked,
Agape they heard me call:
Gramercy! they for joy did grin,
And all at once their breath drew in.
As they were drinking all.

See! see! (I cried) she tacks no more!
Hither to work us weal;
Without a breeze, without a tide,
She steadies with upright keel!

The western wave was all a-flame.
The day was well nigh done!
Almost upon the western wave
Rested the broad bright Sun;
When that strange shape drove suddenly
Betwixt us and the Sun.

And straight the Sun was flecked with bars,
(Heaven's Mother send us grace!)
As if through a dungeon-grate he peered
With broad and burning face.

Alas! (thought I, and my heart beat loud)
How fast she nears and nears!
Are those her sails that glance in the Sun,
Like restless gossameres?

Are those her ribs through which the Sun
Did peer, as through a grate?
And is that Woman all her crew?
Is that a DEATH? and are there two?
Is DEATH that woman's mate?

Her lips were red, her looks were free,
Her locks were yellow as gold:
Her skin was as white as leprosy,
The Night-mare LIFE-IN-DEATH was she,
Who thicks man's blood with cold. 


The naked hulk alongside came,
And the twain were casting dice;
'The game is done! I've won! I've won!'
Quoth she, and whistles thrice.

The Sun's rim dips; the stars rush out;
At one stride comes the dark;
With far-heard whisper, o'er the sea,
Off shot the spectre-bark.

We listened and looked sideways up!
Fear at my heart, as at a cup,
My life-blood seemed to sip!
The stars were dim, and thick the night,
The steersman's face by his lamp gleamed white;
From the sails the dew did drip—
Till clomb above the eastern bar
The hornèd Moon, with one bright star
Within the nether tip.  


One after one, by the star-dogged Moon,
Too quick for groan or sigh,
Each turned his face with a ghastly pang,
And cursed me with his eye.

Four times fifty living men,
(And I heard nor sigh nor groan)
With heavy thump, a lifeless lump,
They dropped down one by one.

The souls did from their bodies fly,—
They fled to bliss or woe!
And every soul, it passed me by,
Like the whizz of my cross-bow!

PART IV
 
'I fear thee, ancient Mariner!
I fear thy skinny hand!
And thou art long, and lank, and brown,
As is the ribbed sea-sand.

I fear thee and thy glittering eye,
And thy skinny hand, so brown.'—
Fear not, fear not, thou Wedding-Guest!
This body dropt not down.

Alone, alone, all, all alone,
Alone on a wide wide sea!
And never a saint took pity on
My soul in agony.

The many men, so beautiful!
And they all dead did lie:
And a thousand thousand slimy things
Lived on; and so did I.


I looked upon the rotting sea,
And drew my eyes away;
I looked upon the rotting deck,
And there the dead men lay.

I looked to heaven, and tried to pray;
But or ever a prayer had gusht,
A wicked whisper came, and made
My heart as dry as dust.

I closed my lids, and kept them close,
And the balls like pulses beat;
For the sky and the sea, and the sea and the sky
Lay dead like a load on my weary eye,
And the dead were at my feet.

The cold sweat melted from their limbs,
Nor rot nor reek did they:
The look with which they looked on me
Had never passed away. 


An orphan's curse would drag to hell
A spirit from on high;
But oh! more horrible than that
Is the curse in a dead man's eye!
Seven days, seven nights, I saw that curse,
And yet I could not die.


The moving Moon went up the sky,
And no where did abide:
Softly she was going up,
And a star or two beside—

Her beams bemocked the sultry main,
Like April hoar-frost spread;
But where the ship's huge shadow lay,
The charmèd water burnt alway
A still and awful red.


Beyond the shadow of the ship,
I watched the water-snakes:
They moved in tracks of shining white,
And when they reared, the elfish light
Fell off in hoary flakes.

Within the shadow of the ship
I watched their rich attire:
Blue, glossy green, and velvet black,
They coiled and swam; and every track
Was a flash of golden fire.

O happy living things! no tongue
Their beauty might declare:
A spring of love gushed from my heart,
And I blessèd them unaware:
Sure my kind saint took pity on me,
And I blessed them unaware.

The self-same moment I could pray;
And from my neck so free
The Albatross fell off, and sank
Like lead into the sea. 

PART V
 
Oh sleep! it is a gentle thing,
Beloved from pole to pole!
To Mary Queen the praise be given!
She sent the gentle sleep from Heaven,
That slid into my soul.

The silly buckets on the deck,
That had so long remained,
I dreamt that they were filled with dew;
And when I awoke, it rained.

My lips were wet, my throat was cold,
My garments all were dank;
Sure I had drunken in my dreams,
And still my body drank.

I moved, and could not feel my limbs:
I was so light—almost
I thought that I had died in sleep,
And was a blessed ghost.

And soon I heard a roaring wind:
It did not come anear;
But with its sound it shook the sails,
That were so thin and sere.

The upper air burst into life!
And a hundred fire-flags sheen,
To and fro they were hurried about!
And to and fro, and in and out,
The wan stars danced between.


And the coming wind did roar more loud,
And the sails did sigh like sedge,
And the rain poured down from one black cloud;
The Moon was at its edge.

The thick black cloud was cleft, and still
The Moon was at its side:
Like waters shot from some high crag,
The lightning fell with never a jag,
A river steep and wide.

The loud wind never reached the ship,
Yet now the ship moved on!
Beneath the lightning and the Moon
The dead men gave a groan.


They groaned, they stirred, they all uprose,
Nor spake, nor moved their eyes;
It had been strange, even in a dream,
To have seen those dead men rise.

The helmsman steered, the ship moved on;
Yet never a breeze up-blew;
The mariners all 'gan work the ropes,
Where they were wont to do;
They raised their limbs like lifeless tools—
We were a ghastly crew.

The body of my brother's son
Stood by me, knee to knee:
The body and I pulled at one rope,
But he said nought to me.

'I fear thee, ancient Mariner!'
Be calm, thou Wedding-Guest!
'Twas not those souls that fled in pain,
Which to their corses came again,
But a troop of spirits blest:

For when it dawned—they dropped their arms,
And clustered round the mast;
Sweet sounds rose slowly through their mouths,
And from their bodies passed.

Around, around, flew each sweet sound,
Then darted to the Sun;
Slowly the sounds came back again,
Now mixed, now one by one.

Sometimes a-dropping from the sky
I heard the sky-lark sing;
Sometimes all little birds that are,
How they seemed to fill the sea and air
With their sweet jargoning!

And now 'twas like all instruments,
Now like a lonely flute;
And now it is an angel's song,
That makes the heavens be mute.


It ceased; yet still the sails made on
A pleasant noise till noon,
A noise like of a hidden brook
In the leafy month of June,
That to the sleeping woods all night 
Singeth a quiet tune.

Till noon we quietly sailed on,
Yet never a breeze did breathe:
Slowly and smoothly went the ship,
Moved onward from beneath.

Under the keel nine fathom deep,
From the land of mist and snow,
The spirit slid: and it was he
That made the ship to go.
The sails at noon left off their tune,
And the ship stood still also.

The Sun, right up above the mast,
Had fixed her to the ocean:
But in a minute she 'gan stir,
With a short uneasy motion—
Backwards and forwards half her length
With a short uneasy motion.


Then like a pawing horse let go,
She made a sudden bound:
It flung the blood into my head,
And I fell down in a swound.


How long in that same fit I lay,
I have not to declare;
But ere my living life returned,
I heard and in my soul discerned
Two voices in the air.

'Is it he?' quoth one, 'Is this the man?
By him who died on cross,
With his cruel bow he laid full low
The harmless Albatross.

The spirit who bideth by himself
In the land of mist and snow,
He loved the bird that loved the man
Who shot him with his bow.'

The other was a softer voice,
As soft as honey-dew:
Quoth he, 'The man hath penance done,
And penance more will do.'

'But tell me, tell me! speak again,
Thy soft response renewing—
What makes that ship drive on so fast?
What is the ocean doing?'

'Still as a slave before his lord,
The ocean hath no blast;
His great bright eye most silently
Up to the Moon is cast—

If he may know which way to go;
For she guides him smooth or grim.
See, brother, see! how graciously
She looketh down on him.' 


'But why drives on that ship so fast,
Without or wave or wind?'

'The air is cut away before,
And closes from behind.

Fly, brother, fly! more high, more high!
Or we shall be belated:
For slow and slow that ship will go,
When the Mariner's trance is abated.'

I woke, and we were sailing on
As in a gentle weather:
'Twas night, calm night, the moon was high;
The dead men stood together.

All stood together on the deck,
For a charnel-dungeon fitter:
All fixed on me their stony eyes,
That in the Moon did glitter.

The pang, the curse, with which they died,
Had never passed away:
I could not draw my eyes from theirs,
Nor turn them up to pray.

And now this spell was snapt: once more
I viewed the ocean green,
And looked far forth, yet little saw
Of what had else been seen—

Like one, that on a lonesome road
Doth walk in fear and dread,
And having once turned round walks on,
And turns no more his head;
Because he knows, a frightful fiend
Doth close behind him tread.

But soon there breathed a wind on me,
Nor sound nor motion made:
Its path was not upon the sea,
In ripple or in shade.

It raised my hair, it fanned my cheek
Like a meadow-gale of spring—
It mingled strangely with my fears,
Yet it felt like a welcoming.

Swiftly, swiftly flew the ship,
Yet she sailed softly too:
Sweetly, sweetly blew the breeze—
On me alone it blew.

Oh! dream of joy! is this indeed
The light-house top I see?
Is this the hill? is this the kirk?
Is this mine own countree?

We drifted o'er the harbour-bar,
And I with sobs did pray—
O let me be awake, my God!
Or let me sleep alway.


The harbour-bay was clear as glass,
So smoothly it was strewn!
And on the bay the moonlight lay,
And the shadow of the Moon.

The rock shone bright, the kirk no less,
That stands above the rock:
The moonlight steeped in silentness
The steady weathercock.


And the bay was white with silent light,
Till rising from the same,
Full many shapes, that shadows were,
In crimson colours came.

A little distance from the prow
Those crimson shadows were:
I turned my eyes upon the deck—
Oh, Christ! what saw I there!

Each corse lay flat, lifeless and flat,
And, by the holy rood!
A man all light, a seraph-man,
On every corse there stood.


This seraph-band, each waved his hand:
It was a heavenly sight!
They stood as signals to the land,
Each one a lovely light;

This seraph-band, each waved his hand,
No voice did they impart—
No voice; but oh! the silence sank
Like music on my heart.

But soon I heard the dash of oars,
I heard the Pilot's cheer;
My head was turned perforce away
And I saw a boat appear.

The Pilot and the Pilot's boy,
I heard them coming fast:
Dear Lord in Heaven! it was a joy
The dead men could not blast.

I saw a third—I heard his voice:
It is the Hermit good!
He singeth loud his godly hymns
That he makes in the wood.
He'll shrieve my soul, he'll wash away
The Albatross's blood.

PART VII
 
This Hermit good lives in that wood
Which slopes down to the sea.
How loudly his sweet voice he rears!
He loves to talk with marineres
That come from a far countree.

He kneels at morn, and noon, and eve—
He hath a cushion plump:
It is the moss that wholly hides
The rotted old oak-stump.


The skiff-boat neared: I heard them talk,
'Why, this is strange, I trow!
Where are those lights so many and fair,
That signal made but now?'

'Strange, by my faith!' the Hermit said—
'And they answered not our cheer!
The planks looked warped! and see those sails,
How thin they are and sere!
I never saw aught like to them,
Unless perchance it were

Brown skeletons of leaves that lag
My forest-brook along;
When the ivy-tod is heavy with snow,
And the owlet whoops to the wolf below,
That eats the she-wolf's young.'

'Dear Lord! it hath a fiendish look—
(The Pilot made reply)
I am a-feared'—'Push on, push on!'
Said the Hermit cheerily.

The boat came closer to the ship,
But I nor spake nor stirred;
The boat came close beneath the ship,
And straight a sound was heard.

Under the water it rumbled on,
Still louder and more dread:
It reached the ship, it split the bay;
The ship went down like lead.

Stunned by that loud and dreadful sound,
Which sky and ocean smote,
Like one that hath been seven days drowned
My body lay afloat;
But swift as dreams, myself I found
Within the Pilot's boat.



Upon the whirl, where sank the ship,
The boat spun round and round;
And all was still, save that the hill 
Was telling of the sound.




I moved my lips—the Pilot shrieked
And fell down in a fit;
The holy Hermit raised his eyes,
And prayed where he did sit.

I took the oars: the Pilot's boy,
Who now doth crazy go,
Laughed loud and long, and all the while
His eyes went to and fro.
'Ha! ha!' quoth he, 'full plain I see,
The Devil knows how to row.'

And now, all in my own countree,
I stood on the firm land!
The Hermit stepped forth from the boat,
And scarcely he could stand.




'O shrieve me, shrieve me, holy man!'
The Hermit crossed his brow.
'Say quick,' quoth he, 'I bid thee say—
What manner of man art thou?'

Forthwith this frame of mine was wrenched
With a woful agony,
Which forced me to begin my tale;
And then it left me free.
Since then, at an uncertain hour,
That agony returns:
And till my ghastly tale is told,
This heart within me burns.


I pass, like night, from land to land;
I have strange power of speech;
That moment that his face I see,
I know the man that must hear me:
To him my tale I teach.




What loud uproar bursts from that door!
The wedding-guests are there:
But in the garden-bower the bride
And bride-maids singing are:
And hark the little vesper bell,
Which biddeth me to prayer!


O Wedding-Guest! this soul hath been
Alone on a wide wide sea:
So lonely 'twas, that God himself
Scarce seemed there to be.

O sweeter than the marriage-feast,
'Tis sweeter far to me,
To walk together to the kirk
With a goodly company!—

To walk together to the kirk,
And all together pray,
While each to his great Father bends,
Old men, and babes, and loving friends
And youths and maidens gay!

Farewell, farewell! but this I tell
To thee, thou Wedding-Guest!
He prayeth well, who loveth well
Both man and bird and beast.

He prayeth best, who loveth best
All things both great and small;
For the dear God who loveth us,
He made and loveth all.



The Mariner, whose eye is bright,
Whose beard with age is hoar,
Is gone: and now the Wedding-Guest
Turned from the bridegroom's door.

He went like one that hath been stunned,
And is of sense forlorn:
A sadder and a wiser man,
He rose the morrow morn.