martes, agosto 09, 2011

Por qué NO defender la ‘filosofía’ en las escuelas públicas


La supuesta, prevista, negada y, a la mera hora, confusa (¿y qué no en México?) eliminación de las materias filosóficas (ética, lógica, estética y filosofía) del programa educativo de bachillerato elucubrada por la SEP no ha hecho otra cosa que atizar a los comentócratas y promover el ‘activismo’ de las redes sociales, ambos, con su consabido moralismo y tono pontificante. La realidad es que estas reacciones, como síntomas del principal producto de la educación pública en México (en todos sus niveles), i. e. la mediocridad, no son razones en contra, sino a favor de que se destierren esas materias de una vez y para siempre (y, ya que estamos encarrerados, a la SEP y la educación pública con ellas).

Me explico, antes de que los susodichos (que estudiaron, en su inmensa mayoría, en escuelas privadas y/o bajo el programa de preparatoria de la UNAM, más favorable a las humanidades) se rasguen las vestiduras y me armen un proceso inquisitorial.

En primer lugar, éste es un problema inevitable cuando el Estado se adjudica la potestad de configurar e imponer estructuras, métodos y contenidos en todos los niveles de la educación pública y privada, al avalar y garantizar (eso, en caso de que el Estado tuviese credibilidad de algún tipo) todo certificado o título expedido por las instituciones educativas. Más aún si a este monopolio estatal sobre la educación le añadimos el monopolio sobre el Estado de sindicatos, partidos políticos y mafias, valga la redundancia… Disculpen ustedes si sueno como Lutero y cuestiono el dogma infalible de si es posible la salvación fuera del Estado, en contra de la santísima trinidad: ‘laica, gratuita y obligatoria’. ¿Por qué no, por una vez en la vida, dejamos de lado lo ideológico y echamos un vistazo a la realidad (y miren que yo soy el filósofo, supuestamente en las nubes especulando sobre abstracciones inútiles)?


Que la educación en México sea pública (que no es lo mismo que gratuita, porque la pagan los onerosos impuestos sobre la clase media) y obligatoria, en la práctica quiere decir que el señor Lujambio, la señora Elba Esther y la hidra burocrática fuerzan a los niños pobres, cuyos padres no pueden pagar escuelas privadas (un tanto menos peores que las públicas), a estudiar lo que a ellos les dé la gana de enseñar; tonterías como: ‘Hidalgo bueno, Iturbide malo’; ‘Juárez santo, Díaz demonio’; ‘El Himno Nacional Mexicano es el más bonito del mundo… después de La Marsellesa’; ‘ciencia es la que sigue el método empírico-experimental’. Y todo, por encima de sus padres y sus valores (ya lo de ‘laico’ lo dejo para otra ocasión). Y así, si al ‘ogro filantrópico’, como bien bautizó Octavio Paz al Estado postrevolucionario que aún padecemos, se le ocurre un día desterrar para siempre a la filosofía como asignatura, lo hará con la mano en la cintura. Al fin y al cabo a los padres de familia (pobres) jamás se les ha consultado sobre qué se les enseña a sus hijos ni a los pocos contribuyentes tampoco se les pide su opinión sobre sus impuestos (y su cobro es el único acto que nuestro Estado no descuida demasiado). Ambos grupos, sin embargo, sólo cuentan como una cifra, un vulgar porcentaje, cada que hay elecciones.

En segundo lugar, defender a la ‘filosofía’ y el ‘espíritu crítico’ son políticamente correctos, obedecen muy bien a la lógica progre, porque ‘saber es poder’ y porque ‘al Estado le interesa que el pueblo esté desinformado y, por tanto, dócil’, y demás clichés, migajas del 68 y de los filósofos de la sospecha. (Lean si no a este idiota, que hasta la nefanda mano del Vaticano ve conspirando para promover el obscurantismo antifilosófico). Y no estoy diciendo que en el fondo no tengan razón: como lugares comunes y clichés en sentido estricto, tienen algo de verdad. Sin embargo, ese espíritu reivindicativo y moralista, ese saber superfluo y general, denota precisamente el fracaso del monopolio estatal sobre la educación, que ha producido generaciones enteras de moralistas laicos, filósofos de Güemes, lectores esporádicos (de libros de texto y autoayuda), historiadores de monografía de papelería, periodistas metidos a catedráticos y profesionistas cuantiosos en número y descomunales en mediocridad.

En tercer lugar, esa mentada ‘filosofía’ que se quiere erradicar, tal como está diseñada (y yo cursé esas materias, en el sistema abierto de la SEP, así que nadie me lo contó), adolece del mismo problema que otras asignaturas, menos afines al gran público y a los predicadores laicos de la izquierda, salvo a los cientificistas de la secta dawkiniana (física, química, biología, matemáticas): todas ellas están insertas en un modelo educativo ilustrado no sólo perverso, sino, además, caduco y pasado de moda. Desde el siglo XVIII, la educación, vista como la herramienta por excelencia para alcanzar el desarrollo (¿qué es eso?) pleno (¿hasta qué punto?) de la Humanidad, dejó de ser paideia (formación del carácter personal en la virtud, en aras al bienestar individual y comunitario) para volverse technē (una colección de datos abstractos, ‘científicos’, entre más enciclopédicos, mejor, que capacitan para contribuir mejor y en mayor medida al progreso técnico y que son cuantificables y conmensurables: se evalúan con números: calificaciones; y se recompensan con números: salarios). Ya no se educa a las personas para la vida feliz, sino a la fuerza laboral para la eficacia técnica. Si no me creen, presten atención a la retahíla de sandeces empresariales sobre la ‘formación permanente’, ‘diversificación’, ‘productividad’, ‘competitividad’, etcétera. Los efectos humanos y sociales están a la vista de todos, y son desastrosos: estrés, depresión, sedentarismo, outsourcing, salarios mínimos y desempleo permanente después de los cincuenta años... No ahondaré, por ahora, en las causas: los males de la Ilustración, la Modernidad y, uno de sus peores bastardos, el capitalismo global, como tampoco en el fracaso de los métodos didácticos del modelo ilustrado, que siguen en pie no obstante el derrumbe de sus cimientos: la autoridad, la memoria a largo plazo, la universalidad del saber (en tiempos de democracia, Internet y redes sociales o especialización extrema). Para esto, me remito a la breve charla animada de Sir Ken Robinson, teórico de la educación:



De esta manera, la filosofía, lo lógica, la estética y la ética son prostituidas por el sistema educativo vigente: son las credenciales ‘humanistas’ de un modelo radicalmente antihumanista (y deshumanizante, si se me permite añadir). Así, son reducidas, como las demás disciplinas (pensemos, si no, cómo la educación física no es un mens sana in corpori sano, sino una habilidad más que se evalúa de 0 a 10; y la orientación vocacional, que es un sistema teórico y abstracto de toma de decisiones… que también se califica numéricamente), a un mero cúmulo de datos abstractos a ser aprendidos de memoria, sin referencia a la cotidianeidad y despojados de todo contenido vivencial (y aquí, por ejemplo, sí cabe advertir que lo ‘laico’ de la educación pública cercena a la filosofía de varios de sus mayores problemas: la existencia de Dios y la pregunta por el sentido de la vida; asimismo, casi llega a omitir del currículum doce de los veintiséis siglos de su historia, debido a que la filosofía medieval está irremediablemente contaminada de ese germen supuestamente proscrito de las aulas llamado teología). Como si la filosofía científica ya de por sí y por propia culpa no estuviese suficientemente encerrada en sí misma, en las academias y libros para iniciados, relegada de las dudas cotidianas sobre la vida y la muerte, el amor y la libertad, el bien y la justicia, tanto en la vida de la gente de a pie como en las grandes discusiones públicas (mercado, aborto, eutanasia, multiculturalismo). Y me remito al curioso artículo de Stanley Fish del New York Times, ‘Does Philosophy Matter?’ (I y II).


En un país como México, sumido en la pobreza extrema, la desigualdad indignante, la violencia aberrante, estancado económica, política y culturalmente desde hace décadas, en plena decadencia social y moral, ¿no necesita de personas prudentes, virtuosas, críticas y creativas más que de pseudoilustrados, malos resúmenes del Pequeño Larousse Ilustrado? Si bien la gente común puede repetir algunas ideas y datos sueltos que, por azaroso milagro, puede recordar de sus interminables días encerrada en las aulas (y eso explica por qué nuestro nivel de debate es siempre paupérrimo), es extremadamente raro hallar personas con actitudes (es decir, formación humana) de creatividad, crítica, investigación, argumentación, sensibilidad estética, memoria histórica y sentido moral elevado (en este campo, la única verdadera formación no fue la ética teórica, sino la moralina barata, pero práctica, de los medios de comunicación, como Disney y el Cantinflas viejo, y de un deficiente catecismo religioso y/o familiar). No sorprende, por tanto, que México sea un país rezagado en todo (salvo en obesidad, violencia y corrupción), que nada inventa, nada resuelve y nada investiga a fondo por sí mismo. No es casualidad que esos mismos títulos que avala la SEP ya no signifiquen nada. Hoy, decenas de miles de profesionistas que no leen libros ni saben escribir se gradúan cada año: comunicólogos que no tienen nada que comunicar, internacionalistas que no saben ni historia ni geografía, administradores sin empresas que administrar, contadores que no hallan riquezas que contar, abogados y médicos que sirven al dinero y no a la justicia o la gente… por no hablar de los millones de graduados de las escuelas públicas, calificadísimos cajeros de Wal-Mart, ambulantes, viene-vienes, microbuseros…

Si ya es bastante malo que los grandes genios de la ciencia que EE. UU. produce y entrena en el MIT, Harvard o Princeton acaben en Wall Street o alguna gran corporación farmacéutica o armamentística, sin contribuir nada a la sociedad (más bien, ayudando a su destrucción), por lo menos habrá uno que gane un Nobel haciendo algo bueno. Aquí, nuestros ‘ilustrados’ nomás opinan y opinan (la contrario de la verdadera ciencia, según Aristóteles) y ‘defienden’ la ‘filosofía’... por Internet y tuiter.

G. G. Jolly

domingo, julio 31, 2011

La nueva historia de Francisco (IV)

Continuación (aquí la III parte).

Días y meses


Volvió a casa. Aquello era su casa. Aquel fárrago acomodado y climatizado, donde las cosas, ya de por sí muy historiadas, perdían su valor a fuerza de estar amontonadas. Aquella mesa tan inútilmente larga, cuidadosamente puesta, donde hermana agua era una criatura perdida.


Aquél era su padre, Pietro Bernardone. Quería vivir muchos años y bien; por eso iba periódicamente al médico y al dentista, hacía ‘yoga’ cada mañana y ‘relax’ cada noche. Era franco, comprensivo, amable, trabajador, cuidadoso de las relaciones humanas, débil con las trastadas del hijo y enternecido cuando le hablaba de su porvenir. A veces era como un niño y se reía con los mismos chistes que hacen reír a los niños. Pero en la oficina, tras su trinchera de teléfonos, era capaz de morder como una fiera. Dinero y trabajo, trabajo y dinero.


Aquélla era su madre, Pica. Hermosa, triste y callada, una sombra discreta y amable, desconocida y sola. Una pobre mujer vencida que no había sabido convertir su soledad en nada positivo que dar a los demás, a su hijo. Callaba y miraba, pero no sabía hacerse cercana.


Aquéllos eran sus amigos. Ponían discos, bailaban, bebían, discutían de angustia y estructuras. Esperaban que Cesco les asombrase con su inagotable atolondramiento y les hiciese creer que pensaban, proponiéndoles alguna paradoja ingeniosa. Y él se había convertido en un mal compañero de jarana; pronto se encontró solo.


Aquél era su trabajo; los exámenes. Tuvo que rellenar de garabatos, como en sueños, cantidades de papel. Le suspendieron, a él, tan preparado, tan suficiente en otro tiempo. Pietro no lo podía creer y soltó a Cesco un largo discurso, de hombre a hombre, como decía él, sobre el trabajo, la recapitulación de los propios fallos y el optimismo de no dejarse vencer por los fracasos. Pica no dijo nada.


Su casa y Asís. Todo era como un sueño.

Cayó enfermo y le mandaron al campo. Horas, días y meses de estar en cama. Luchaba como podía contra el tedio, por lo menos garabateando monigotes en un papel, como los párvulos en la escuela. Horas, días y meses. A su alrededor, como una alucinación geométrica, aquel ambiente que procuramos a los enfermos y que, quizás, sea lo que más les perjudica: un mundo aséptico, perfecto, limpio, concreto, unas paredes blancas sin mancha alguna que pueda fácilmente asemejarse a un caballo o a un mapa de Inglaterra. Horas, días y meses. Como en sueños, tocaba las sábanas y buscaba sentir en ellas el tacto de madera vieja, con relieves de vetas y nudos, de los bancos de San Damián; miraba y quería percibir la absoluta belleza que con cuatro maderos y una mano de cal pueden lograr los pobres de espíritu. Horas, días y meses. Aquellos frailes y aquellas monjas ya no eran del tiempo de San Francisco y Santa Clara, pero conservaban algo de él, como la triste gran iglesia guardaba en su interior las viejas paredes de la primera Porciúncula. Horas, días y meses. No dejarse vencer por la tristeza al ver que los amigos, los pocos amigos que venían, eran muy amables y traían algún regalo, pero no conseguían disimular el miedo al contagio. Horas, días y meses. No dejarse dominar por los fervores noveles del descubrimiento de Asís. No soñar y saber que todo es tan duro como las viejas piedras de la ciudad, las que habían visto pasar a San Francisco. Horas y horas de cama, días y días de cama, meses y meses de cama. Cuando se terminaron no sabía explicar cómo los había pasado, no podía hacer con ellos ninguna historia porque el tiempo parecía soterrado bajo una masa gris de días iguales; pero se encontraba en el interior de un silencio inteligible y pleno. A pesar de que al encontrar de nuevo a la gente se sintiese turbado y sus manos no pudiesen evitar un tic nervioso, a pesar de no haber podido vencer todavía su vehemencia acostumbrada, llevaba ya este silencio. Se había convertido para siempre en un contemplativo.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 37-39.

domingo, julio 10, 2011

‘Iglesia y homosexualidad (diez tesis en profundidad)’ de Xabier Pikaza

Con inmensa pena voy leyendo, casi día a día, los informes sobre temas de homosexualidad en la iglesia católica, relacionados casi siempre con posibles conductas delictivas del clero, como si este fuera, junto con las indemnizaciones de dinero, el tema básico del cristianismo. Desde ese fondo, de manera personal, casi en forma de confesión, me atrevo a presentar en alta voz mis pensamientos, sin más autoridad que la que me concede mi amor al pueblo de Dios y mis largos años pasados de religioso y presbítero, en tiempos de profundo cambio social y religioso. Desde ese fondo, partiendo de mi propia experiencia y de mi cariño a la vida, en su rica y misteriosa, gozosa y dolorosa variedad, quiero presentar en voz alta algunos de mis pensamientos sobre el tema:

1. Dentro de la iglesia católica, la homosexualidad, tanto masculina como femenina, es un hecho, lo mismo que fuera de ella. No es buena ni es mala. Simplemente existe: la vida nos ha hecho así, y así la debemos aceptar, como un elemento de nuestra complejísima y hermosa existencia. Por eso empiezo dando gracias a Dios por los homosexuales cristianos (y no cristianos), especialmente por aquellos que he conocido y querido. Me siento muy contento porque, en medio de grandes dificultades, muchos de ellos han podido salir del armario en que estaban encerrados hasta hace poco, para vivir sin más, es decir, como personas, con sus valores y sus problemas, que es claro que los tienen, como los otros grupos de personas. Si un cristiano se avergüenza de los homosexuales se avergüenza del mismo Dios, blasfema de la vida compleja y hermosa que ese Dios ha creado.
2. Todo el mundo sabe que dentro del clero (y de la vida religiosa) el porcentaje de homosexuales es más alto que en el resto de la sociedad, quizá por el mismo tipo de vida célibe de sus miembros pero también por una forma especial de filantropía y de sensibilidad ante la vida que ellos, los homosexuales, muestran. No tengo porcentajes fiables de la iglesia mundial, pero sí de la americana, según un libro de D. B. Cozzens (The Changing face of the Priesthood, Liturgical Press, Collegeville MN 2000), que ha sido uno de los responsables de la formación de los presbíteros católicos en USA, dentro de la mejor tradición jerárquica de aquella iglesia. Cozzens muestra y admite, sin ningún problema, que la mitad de los seminaristas y presbíteros de USA son homosexuales. Eso no es bueno ni es malo, es un hecho y sigo dando gracias a Dios o a la vida por ello. De todas formas, me gustaría que los porcentajes fueran los promedios dentro del contexto social, es decir, entre un 10 y un 15 por ciento, de tal manera que en el clero se diera el mismo número de homosexuales y heterosexuales, de hombres y de mujeres, que en la vida real exterior. Pero en las actuales circunstancias de reclutamiento clerical eso es imposible: mientras el clero siga siendo como en la actualidad, habrá en su interior una media más alta de homosexuales que el resto de la sociedad.

3. La mayor parte de los presbíteros y religiosos homosexuales han llevado y llevan una vida digna, trabajan a favor de los demás con honradez, son buenos presbíteros de la iglesia, son profesionales al servicio del evangelio. Es evidente que tienen sus problemas afectivos, lo mismo que los heterosexuales y que, a veces, sus dificultades de integración social son mayores. Pero también suelen ser mayores sus aportaciones de tipo creativo (en lo social, afectivo o espiritual). Le doy gracias a Dios y quiero darles gracias a ellos, sobre todo a los que he conocido y conozco, a los que debo una parte considerable de mi experiencia cristiana.

4. Algunos homosexuales, que son minoría, han realizado prácticas que resultan delictivas, seduciendo a menores, sobre todo allí donde el contexto social resulta más cerrado o asfixiante, en seminarios, internados y grupos juveniles. Pero eso, sin dejar de ser muy grave como lo sabe todo el mundo, sucede también en otros contextos parecidos (lo mismo que en algunos grupos familiares). Gran parte de esos casos, que pudieran acabar siendo delictivos, se resuelven, como en el resto de la sociedad, sin necesidad de acudir a los tribunales, con el tiempo, a veces con la ayuda de personas más expertas o amigas (médicos, sicólogos etc). Todos los que andamos por la vida hemos conocido, en familias o grupos cercanos a los nuestros, casos de dificultad que se han resuelto con cierto éxito. Pero en otros casos los responsables pueden y deben acabar en los tribunales. Debe ser así cuando la víctima así lo requiera. En caso de escándalo que tenga cierta base, sean culpables o no, los clérigos implicados (presbíteros y obispos, religiosos o religiosas) deberían abandonar su función pública, por amor a la transparencia, ya que la vida clerical no es un honor, ni una ventaja, sino un servicio. Pero, abandonen o no su función, ellos deben responder ante la sociedad como el resto de los ciudadanos, sin acudir a ninguna protección clerical o de defensa del grupo.

5. El número de clérigos que han seducido a menores me parece el “promedio” según las estadísticas (lo mismo que fuera del clero), tanto en el caso de heterosexuales como de homosexuales. Pero esa seducción resulta más dolorosa, porque se hace utilizando el prestigio sacerdotal o religioso y se puede herir de un modo más intenso a las víctimas. Conozco algunos casos que han llegado al intento de suicidio (y al mismo suicidio) entre las personas implicadas, sobre todo entre las victimas, y he sentido y siento una inmensa rabia por ello. Este ha sido, y quizá sigue siendo, un delito sangrante, pues se supone que su misma opción evangélica debería haber transformado a los clérigos o aspirantes, haciéndoles hombres y mujeres de gratuidad. Pero, como todo el mundo sabe, la vida ofrece sus dificultades y, en ciertos ambientes de reclusión afectiva, suelen producirse reacciones violentas. Ciertamente, también conozco casos duros de intentos de suicidio en ambientes no clericales, por este mismo motivo, con intentos de homicidio contra los pretendidos o reales seductores. Sea como fuere, esos casos no deben llevar a la condena del clero en su conjunto, ni de todos los homosexuales que lo componen. Igualmente, porque algunos heterosexuales han fallado en esa misma dirección, no se condena a la heterosexualidad como conjunto.


6. No me parece aconsejable que los clérigos homosexuales “salgan del armario” a bombo y platillo, pues en muchas circunstancias, como en el conjunto de la vida afectiva, lo mejor sigue siendo la discreción bondadosa, sin mentiras, pero sin alardes, siempre que no haya habido delitos graves. Por eso, tampoco me gusta que algunos medios de comunicación insistan de manera monotemática en estos problemas del clero, en vez de poner de relieve otros rasgos personales y sociales, culturales y espirituales más importantes de muchos de sus componentes. De todas formas, la que sí tiene que salir del armario, ya, desde ahora mismo, es la estructura clerical, si que es que no quiere perder su credibilidad: ella no tiene que airear sus problemas interiores, pero tampoco ocultar sus problemas. El clérigo, como hombre público en la iglesia, tiene que estar dispuesto a que su vida se conozca. Una estructura institucional, empeñada en defenderse a sí misma, protegiendo su poder y su secreto, es digna de ser condenada y de acabar disolviéndose a sí misma (o de ser abandonada por el conjunto de los fieles), sin más retrasos, para bien del evangelio y, sobre todo, de la sociedad en su conjunto.

7. Considero aberrante, si es que fuere cierta, la noticia que se ha dado en algunos medios de comunicación, donde se nos dice que altas instancias del Vaticano, dirigidas por un Cardenal que ha dirigido el Dicasterio dedicado al Clero, quieren prohibir el acceso de los homosexuales a los seminarios y a las funciones ministeriales de presbítero y obispo. ¿Cómo van a distinguir a unos y otros? ¿Qué van a hacer con los miles de presbíteros y obispos homosexuales que ejercen con toda honradez su ministerio? El tema no está en que los ministros sean homosexuales o heterosexuales (que también pueden ser peligrosos), sino en que ejerzan bien su tarea de evangelio, según la palabra de Jesús y la vida de sus comunidades, en libertad gozosa y servicio humano.

8. Lo que me preocupa no es que haya homosexuales en el clero (que eso es normal, según las estadísticas), sino la forma de vida del conjunto de la iglesia. Estoy convencido de que, al menos en occidente, ha terminado una fase clerical del cristianismo. El celibato de los presbíteros, que ha tenido en otro tiempo una función social, ya no lo tiene: lo que importa no es que el presbítero sea célibe o no, sino si es fiel al amor y a la vida, si es persona de gozo y evangelio, de hondura personal y de servicio cercano y libre a los demás. En esa línea, la iglesia está perdiendo y tiene que perder su estructura ministerial jerárquica, para convertirse en federación de comunidades autónomas, que sean capaces de elegir sus propios ministros, para toda la vida o por un tiempo, varones o mujeres, célibes o casados, homosexuales o heterosexuales, buscando sólo la fidelidad al evangelio y el anuncio de Dios, es decir, el gozo de la verdadera vida. El celibato será opcional, para quienes quieran vivirlo como carisma o como resultado de unos caminos peculiares, quedando vinculado de un modo especial con las diversas formas de comunidades religiosas, de tipo carismático. Vincular el celibato a un tipo de poder clerical constituye un riesgo humano, me parece contrario al evangelio, por más que se sigan buscando razones de tipo ideológico o espiritualista.

9. Pasando a otro plano, quiero añadir que casi todos los “cazadores de homosexuales” que conozco son, por desgracia, homosexuales que no admiten su identidad sexual y humana, descargando su resentimiento contra otros compañeros mejor afortunados o más honrados. Jesús no se portó de esa manera. El evangelio le presenta como amigo de publicanos y prostitutas, como un hombre que era capaz de poner como ejemplo a los “eunucos” biológicos o sexuales, hombres y mujeres con dificultad en este campo (Mateo XIX, 12). El mismo evangelio le presenta “curando” al amante homosexual del Centurión de Cafarnaúm (Mateo VIII, 5-13). ¡No hará falta decir que, en aquel tiempo, los cuarteles eran lugares de homosexualidad habitual, porque los legionarios no se casaban antes de licenciarse, ya de mayores!. Y perdonen los homosexuales y mujeres, si doy la impresión de marginarles, poniéndoles en esta compañía, con publicanos y prostitutas. Dicho esto, debo añadir que en el camino de Jesús no hay diferencia entre homo y heterosexuales, mujeres y varones, pues todos somos “uno en Cristo” (Gal III, 28).

10. Quiero terminar dando gracias a Dios y a la vida por ser lo que soy, homo-o-hetero sexual. No me avergüenzo, ni me enorgullezco por ello. Así como soy, tengo unos valores; si fuera otra cosa tendría otros (igual que si fuera mujer; me ha tocado ser varón, me va bien, no me enorgullezco por ello, pero estoy contento, como estaría contento de ser mujer, si lo fuera). No me ha costado demasiado ser lo que soy aunque en mi vida de seminario y después (¡cómo es normal en estos casos!) he debido superar “tentaciones” de diverso tipo. Pero, en conjunto, las vidas clerical y religiosa se han portado conmigo de una forma espléndida. Por eso, doy gracias a Dios y a todos los que me han recibido y tratado como a una persona, aunque ahora, pasados los años, me gustaría contribuir a cambiar la estructura de la vida clerical, por cariño a la vida, por amor al Evangelio, para atravesar con gozo los nuevos y hermosos, pero difíciles caminos de la vida.

Por eso, leyendo día a día los problemas que se airean en la prensa (¡evidentemente con cierta razón!) me gustaría que ella, la iglesia institucional, se trasformara en línea de verdad, aceptando lo que son sus miembros, y en esperanza de evangelio. Quiero que la iglesia, con otros muchos hombres y mujeres no creyentes, abra un camino de humanidad, en esta nueva travesía de la historia que se inicia. Mientras sigo esperando en ello, acabo como empezaba, dando gracias a tantos homosexuales y ahora también a tantos heterosexuales cristianos y clérigos por su servicio difícil, muchas veces menospreciado, al servicio del evangelio.

martes, mayo 10, 2011

Sobre la marcha nacional por la paz


Lo que me gustó de la marcha (mi primera y espero que última) es que el dolor de un poeta marginal haya podido convocar una marcha de semejantes proporciones y diversidad. Sí, había muchos grupos 'radicales' con las mismas propuestas 'tontas' de siempre, pero algo me quedó claro ayer: tengan razón o no, sus agravios son legítimos, sus problemas no han sido resueltos aún y sus propuestas (con las que podemos estar de acuerdo o no) no han podido materializarse (por uno u otro motivo) en iniciativas legales. Lo que han dicho algunos columnistas o intelectuales, repitiendo las críticas de siempre contra el populismo de la izquierda mexicana y la 'democracia totalitaria' de los mítines multitudinarios, suena muy bien. Es la respuesta sensata de siempre: los cambios suceden a través de la vía legal, institucional, lenta pero genuinamente democrática. Yo solía estar de acuerdo con eso, pero hoy ya no estoy tan seguro.

¿Pueden, en el punto actual de las cosas, resolverse tantos y tan graves crímenes y agravios de forma institucional? ¿No pasamos ha mucho esas circunstancias, como que el Congreso legalizara las drogas, regulara los monopolios, propuesiera una Reforma integral del Estado, los partidos y las finanzas públicas? Ante semejantes problemas que se agravan cada día en circunstancias cada vez más difíciles (no estamos ya en tiempos de Fox, cuando, mal que bien, había estabilidad económica, 'boom' petrolero, esperanza de renovación institucional), ¿se puede esperar un cambio desde dentro de las instituciones? ¿De verdad México se puede renovar desde los medios de comunicación convencionales, desde los partidos políticos concretos, de las elecciones y las 'reformas'? Sí, así debería ser, porque así se hacen las cosas en una democracia verdadera. Pero, tal como decía Ignacio Ellacuría, SJ en los años ochenta sobre El Salvador: 'Los salvadoreños llevan medio siglo eligiendo libremente a sus gobernantes y no han mejorado en nada su situación: siguen muriendo de hambre y siguen siendo asesinados. ¿Con qué cara les podemos pedir que sigan yendo a las urnas?'. Quizá se le pueda pedir a Sicilia o a Wallace que esperen a la democracia y su lento actuar, pero ¿qué hay de las Abejas de Chiapas y otros grupos indígenas? ¿Cuánto llevan ya esperando a que los 'cauces institucionales' resuelvan algo? Yo, al menos, no veo claro cómo pueda reformarse el sistema político desde el sistema actual de partidos. Y sólo hace falta, para confirmarlo, ver los nombres de la gente que ambiciona la Silla para el 2012. Preguntémonos sinceramente, ¿qué puede esperarle a un hombre honesto y honrado que se afilie a los partidos existentes?

Así como es fácil que la marcha, tan variopinta y multitudinaria, rebasara sus propios fines y cayera en el lugar común, lo mismo pasa con quienes, aprovechándose de eso, caen en la tentación de ignorar el trasfondo y las motivaciones que uno podía respirar al nivel de la calle: hay mucha, mucha gente que, por distinta que pueda ser y por diferente que pueda pensar, tiene algo en común: se siente agraviada, enojada y, sobre todo, impotente. Verla simplemente como una marcha contra Calderón y a favor de pactar con el narco es inadecuado e injusto (en dado caso, fue la señora Wallace la que culpó a las autoridades del asesinato de su hijo). Pero algo está claro: la gente que marchó está, en el mejor de los casos, sumamente decepcionada de las autoridades, comenzando por el presidente, que inició una ‘guerra’ frontal (quizás, eso sí, impostergable) contra el crimen organizado, por razones equivocadas, sin consultar a nadie, con una estrategia errónea (y los militares concuerdan), métodos equivocados y resultados funestos. Sí, claro que Felipe Calderón no ha torturado y mutilado a nadie con sus manos, pero ¿cómo puede pretender (él o sus defensores a ultranza) que no es responsable del desastre ya acaecido (¡35 mil muertos!) y del fracaso de su estrategia? Que lo niegue y se empecine en continuar es indignante y, me atrevo a decir, pecaminoso: demoníaco. Si nadie clamó contra el crimen organizado, los secuestradores y los asesinos es porque a ellos no puede exigírseles cuentas de nada, replanteamientos estratégicos, legalidad de ningún tipo. El crimen y la violencia se alimenta y se reproduce en sí mismo: allí no hay nada que hacer, salvo pedirles (aunque hagan caso omiso) que su crueldad no sea gratuita, que respeten a los ‘civiles’. En cambio, sí se le puede reprochar a Calderón, por quien muchos de los asistentes a la marcha votamos en 2006, que no estaba en sus promesas de campaña ninguna ‘guerra’, que la inició sin tener los medios adecuados (la cooperación municipal y estatal de la que se queja), que, simple y llanamente, cometió un error tras otro y que le ha legado, en la práctica, una ‘guerra civil’ a México.

Ahora bien, hay una cosa más que quisiera yo decir. Sicilia es, a todas luces, un ingenuo políticamente: ésa es su mayor cualidad y más grande defecto. Él, a diferencia de Martí, Vargas o Wallace, no proviene de la oligarquía económico-social mexicana: es un poeta relativamente poco conocido sin pretensiones electorales o económicas, católico sencillo, automarginado por convicción. Hay quienes han insinuado que lo que está haciendo es porque quiere vender más libros y obtener un ‘hueso’ en la política. Son gente que ignora de dónde viene, cómo es y que a su hijo y sus amigos los secuestraron, molieron a golpes hasta desfigurarlos y asfixiaron con bolsas de plástico. ¡Claro, todo por unos cuantos libros más y una alcaldía de pacotilla! Yo creo que lo que molesta a esta gente, más que el que no tome los ‘cauces institucionales’ (¡porque no tiene dinero ni influencias, que es lo único que puede mover los cauces institucionales para hacer oír y valerla propia voz en este país!), es que se ha atrevido a ir más allá, decir que no cree en esos cauces, porque están infestados e infectados de los mismos males que dicen combatir. Y peor aún: él, como un simple poeta que preferiría estar en Cuernavaca, escribiendo, orando y viendo crecer tranquilamente a su hijo Juan, ha tocado las fibras de los pobres, los zapatistas, los jóvenes, los ‘marihuanos’, los gays y tantos otros grupúsculos que la misma oligarquía institucional quisiera desaparecer. En el fondo, que Sicilia no sea un Martí o un Wallace le pesa a la gente 'bien', como Martí o Wallace, porque las marchas son de mal gusto, para los ‘nacos’ y los ‘radicales’, para aquellos que no creen en las instituciones (porque las instituciones los han despreciado toda la vida).


Qué bueno que Javier ha tenido toda una vida de cristianismo arraigado y de profunda mística personal. Sea lo que sea que pase, es para estos acontecimientos que Dios le había concedido tanta gracia.

G. G. Jolly

domingo, marzo 20, 2011

La nueva historia de Francisco (III)

Continuación (aquí la II parte).

El ratón


Andaba con su mochila por los lugares franciscanos.

Ya no era un turista, pero no llegaba a peregrino.

En Greccio, el fraile charlaba y charlaba y charlaba, con el incontenible afán del que se ve obligado a callar largos ratos. Pero Cesco veía el sol poniente, los cipreses, el huerto como un jardincillo, el convento pobre, las lejanas aldeas pegadas al terruño. Después de completas le dejaron solo en su celda exigua y rústica. Poco más sabía de aquel Francisco del siglo XIII; pero el sol poniente, los cipreses, el huerto como un jardincillo, el convento pobre, las lejanas aldeas pegadas al terruño, le habían sumido en un pasmo silencioso. Por primera vez supo que el verdadero silencio es imperceptible.


Volvió a Asís. Se inclinó ante una iglesia sin darse cuenta de que ahora era un cine.

Bajó a San Damián. Pasillos estrechos, empinadas escaleras y portezuelas bajas hasta el jardincillo de Santa Clara; un retazo de patio con algunos poyos, plantas emparradas y macetas con flores. En la pared de la derecha, bajo el arco que cobijaba un nido de golondrinas, estaba escrito el cántico al sol. Un balcón con poyo se abría a la llanura y, al atardecer, entre olivos y cipreses, el aire tenía el color quemado de los robles en invierno.

Cesco estaba quieto.


Una niña leía el cántico a sus compañeras; era agradable oír la cantinela. Y las palabras de San Francisco dichas por la niña parecían tan silenciosas como la vez primera que fueron cantadas allí mismo.

Cesco estaba aún más quieto.

De pronto le dio un arrebato. No era una ventolera loca como otras veces. Ahora le brotaba de las muchas horas de andar solo, y de las honduras del Espíritu santo.

Subió corriendo hasta la ciudad voceando trozos del cántico:

Altissimu, omnipotente, bon signore.

Encontró la habitación del hotel muy ordenada, con sus ficheros, sus libros, sus notas, su gran pizarra llena de fórmulas. Todo bien alineado. Los ficheros, los libros, las notas, la pizarra, ya no le servían. Algo más que todo aquello había en el aire de Greccio.

Laudato sí, missignore, per frate vento.

Abrió la ventana y empezó a echar los libros por ella. Cantaba, gritaba, no sabía lo que se hacía.

So aqua, la quale e multo utile et humile et pretiosa et casta.

Libros y ficheros por la ventana. No sabía lo que se decía.

Frate focu robusto et jocundo et forte.

Más libros por la ventana, la pizarra también y, tras ella, los libros sobre San Francisco. Ya no servían; algo más que todo aquello flotaba en el aire de San Damián.

Frate sole, lo quale iorna et allumini noi per loi.

Podía ser un arrebato, podía ser el Espíritu.

Llamaron a la puerta.

Eran los guardias municipales.

A poco estaba tendido bocabajo, encerrado en los sótanos del viejo caserón. Algún duende maligno le había echado a perder el día con aquella ventolera. Mordisqueaba una rebanada de pan, y algunas migas caían al suelo. De un agujero de la pared salió un ratón, cogió la migaja más grande y volvió a esconderse rápidamente. Cesco quedó sorprendido: puso un buen pedazo de pana su alcance y el ratón repitió el juego. Pasó la tarde tendido en el suelo dando migajas de pan al ratón.


Missignore, cum tucte le tue creatura. Empiezo a entenderte, Francisco, soy capaz de entretenerme con un ratón.

Ya no pensaba en ningún duende maligno.

La luz de la calle le deslumbró al salir; cuando pudo mirarla, le pareció nueva. Los hombres también parecían nuevos; mercaderes, albañiles, mujeres de la limpieza, el botones del hotel, el viajero gordo. Lo nuevo era él, como si le estuviese naciendo la ternura.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 34-36.

miércoles, marzo 16, 2011

Testamento de siete hombres libres

Para A., J. y S., compañeros de liberación

Los siete mártires trapenses de Tibhirine

Cuando un A-Dios se vislumbra…

Si me sucediera un día (y ese día podría ser hoy)
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar
en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios
y a este país.

Que ellos acepten que el único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.

Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra vida.

Tampoco tiene menos.



En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.

He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los Hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón,
a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado,
sin distinción, de mi asesinato.

Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás,
la “gracia del martirio”,
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad
a lo que él cree ser el Islam.

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear
a los argelinos tomados globalmente.

Conozco también las caricaturas del Islam
fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila,
identificando este camino religioso
con los integrismos de sus extremistas.

Argelia y el Islam, para mí son otra cosa,
es un cuerpo y un alma.

Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien
todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos
el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre,
mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces,
en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que
me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
“¡que diga ahora lo que piensa de esto!”
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada
mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere,
hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con ÉL a sus hijos del Islam tal como ÉL
los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de su pasión, inundados por el don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Dom Christian de Chergé†
f. Luc Dochier†
p. Christophe Lebreton†
f. Michel Fleury†
p. Bruno Lemarchand†
p. Célestin Ringeard†
f. Paul Favre-Miville†


Por esta vida perdida, totalmente mía
y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios
que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho,
de ahora en más, sobre mi vida,
yo los incluyo, por supuesto,
amigos de ayer y de hoy y a vosotros,
amigos de aquí,
junto a mi madre y a mi padre,
mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante,
que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS,
y este “A-Dios” en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido reencontrarnos,
ladrones bienaventurados,
en el paraíso, si así lo quiere Dios,
Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN!

Argel, 1 de diciembre de 1993
Tibhirine, 1 de enero de 1994
(Abierta en el domingo de Pentecostés de 1996)

Dom Christian de Chergé, OCSO

Cómo encontrar a Dios, según Helen Prejean, CSJ

Para S.

El camino más directo que he encontrado para llegar a Dios es en el rostro de los pobres y de aquellos que están luchando por salir de algún problema. A mí fue eso precisamente lo que me llevó a involucrarme en los proyectos Santo Tomás para encontrar albergue a los necesitados y después con los condenados a muerte, y, luego, con las familias de las víctimas asesinadas.

No fue sino hasta los 40 años que me di cuenta de la relación entre el Jesús que dijo ‘Estuve preso y me visitaron, hambriento y me alimentaron’, entre esto, y la experiencia de la vida real de estar en circunstancias en las cuales me enfrenté verdaderamente con personas que tenían hambre, que estaban en prisión o que padecían por el racismo que prevalece en esta sociedad. Tuve la sensación de llegar a casa. Encontrar a Dios fue como llegar a mi hogar; entonces te preguntas a ti misma: ¿Dónde habías estado toda tu vida?

Recuerdo una ocasión en que estuve en un albergue para los sin-hogar: un comedor público. Mi trabajo consistía en servir agua fresca al principio de la fila que la gente hacía para recibir el alimento. Ése fue el primer acto consciente que hice en el que tuve que estar en contacto con personas menesterosas. Se acercó un joven, un muchacho guapo, que se parecía a Mr. Joe College. Era bien parecido, rubio y de ojos azules, y la temblaba la mano al extender la taza. Me dijo en un susurro: ‘Tiene que ayudarme. Es la primera vez que vengo aquí’. Me conmoví hasta las lágrimas y pensaba: Dios mío, ¿qué hace este joven aquí? Eso te despierta una energía tremenda y dones que ni sospechas tener.

La imagen que tengo de encontrar a Dios es la de que nuestros barquitos flotan en el río. Con frecuencia se ahoga el motor. Aguardamos y nada se mueve. Y todo parece permanecer igual en nuestra vida. Pero cuando nos involucramos en una situación como ésta (para mí eso implicó involucrarme con los pobres) es como si nuestro barquito empezara a moverse siguiendo esta corriente. El viento empieza a soplar a través de nuestra cabellera, y adquiere energía y vida. Esto fue lo que me llevó directamente a la cámara de ejecuciones. Como ven, fue muy rápida la transición entre involucrarme con la gente pobre en los proyectos de albergue Santo Tomás y escribirle a un hombre condenado a muerte, para visitarlo y estar allí con él hasta el desenlace final, pues no tenía a nadie más que le acompañara. Y esa experiencia de estar allí con él es realmente la esperanza de ver actuar la vida contra sí misma: es la vida o la muerte. La compasión o la venganza. Toda la vida se destila entonces hasta su esencia.

En esa situación, experimenté una tremenda fuerza y presencia de Dios; sentí que Dios estaba presente en este hombre al que la sociedad quería repudiar y matar. Y comprendí plenamente las palabras de Jesús de que ‘los últimos serán los primeros’. Eso es lo que esas palabras significan: que Dios habita en las personas de la comunidad de las que más nos queremos deshacer. Esto es lo construye la familia humana y la comunidad de los Hombres. Pues lo que hace posible que sigan sucediendo cosas como la pena de muerte, el racismo que perdura todavía en nuestra sociedad, la opresión de los pobres, es la falta de contacto con la gente.


Para mí, encontrar a Dios es encontrar a toda la familia humana. Nadie puede quedar desconectado de nosotros. Lo cual es otra forma de hablar del Cuerpo Místico de Cristo, del que todos formamos parte.

Y siento que todos necesitamos estar en contacto con los pobres. Y que, como dijo Jim Wallis, de la revista Sojourners, tenemos que admitir, que una de las disciplinas espirituales del cristianismo (así como la lectura de la Biblia, la oración y el resto de la liturgia) es el contacto físico con los pobres. Es un ingrediente esencial. Si nunca estamos en presencia de ellos, si nunca comemos con ellos, si jamás hemos escuchado sus historias, si siempre hemos estado apartados de ellos, entonces me parece que nos hace falta algo vital.

De hecho, pienso que éste es uno de los mayores problemas de nuestra sociedad actual. Se dice que el día de más segregación de la semana es el domingo, porque las iglesias participan muy activamente en la segregación. Han incorporado ese sistema a su funcionamiento y así las personas asisten a la iglesia con otras personas similares a ellas.

La ‘parte de Dios en nosotros’ es siempre la que camina por encima, para andar sobre las aguas y correr el riesgo. Nos impulsa a ir a lugares que están más allá de lo que quiere ir la ‘parte de nosotros mismos’, que prefiere estar a salvo y segura, permaneciendo en lo confortable y lo conocido. Sólo echemos un vistazo a todos los caminos espirituales, inclusive el viaje a través del desierto, para llegar a la Tierra Prometida. Pensemos en Jesús que dice: ‘Yo los precederé en Galilea’. Concretamente pienso que este viaje hacia el interior de Dios nos traslada a hacer el viaje hacia los proyectos del albergue, los barrios pobres, las ciudades perdidas, los lugares en que la gente padece de SIDA, hacia los presos condenados a muerte, hacia las esposas golpeadas; lugares todos en donde está presente el sufrimiento humano.

Me gustaría añadir algo a todo este asunto de cómo encontrar a Dios y es que el viaje, a donde quiera que nos lleve (en mi caso, me llevó a los pobres y a los que luchan con algún problema), debe ser acompañado de una reflexión y de un ubicarse en lo más importante, lo cual se obtiene en la oración y la meditación. Es muy importante asimilar lo que va sucediendo en nuestras vidas. Yo me doy cuenta de que no puedo funcionar adecuadamente si no tengo ese sentido que me ubica en el centro de mí misma, en el alma de mi alma, de manera que yo actúe realmente desde mi interior. Y es muy importante avanzar por el propio camino, porque fácilmente somos atrapados por los remolinos de los demás en el río de la vida, y esto nos conduce a un patrón de estímulo-respuesta. Es tan factible el ni siquiera darnos cuenta de que realmente estamos siendo movidos por la visión que otros tienen de la vida, por su modo de comprender las cosas, por sus programas de vida, que nos veamos arrastrados de una corriente a otra, como si no tuviéramos timón en nuestro propio barco.


Cuando te topas con algo tan grande cómo esto, con algo que sabes que te sobrepasa (como trabajar por la justicia en el mundo o tratar de relacionar la fe con el ir contra los sistemas poderosos y afianzados) tienes la sensación de que estás haciendo tu parte. Pero entonces también necesitas ser capaz de dejar que las cosas sigan su curso, capaz de dejar que sea Dios quien rija el universo, de modo que puedas también ponerte a tocar el clarinete, que puedas estar con tus amigos o cultivar tu jardín.

Llevar una vida plena es sumamente importante. Creo que la plenitud es parte del ser divino. Pienso que no es tanto la limpieza y el orden lo más cercano a Dios, ¡lo es la plenitud! Hay que tener una vida bien integrada, hay que tener una vida intelectual desarrollada, una vida en la que haya oportunidad de leer, de pensar y de discutir diversos temas. Hay que tener una vida emocional intensa que permita ofrecer intimidad a la gente y recibirla también. Hay que cultivar amistades como se cultiva un jardín. Porque ya no hay cabida para esos ‘llaneros solitarios’ que pretenden salvar al mundo por sí mismos.


Tomado de: James Martin, SJ [ed.], ¿Cómo puedo encontrar a Dios?, trad. Guillermo Cervantes Ramírez, SJ, México, Buena Prensa, 2000. pp. 15-18.

viernes, marzo 11, 2011

Cómo San Antonio predicó a los peces, y por este milagro convirtió a los herejes

Para A.


Queriendo Cristo poner de manifiesto la gran santidad de su siervo San Antonio y acreditar su predicación y su doctrina santa para que fuese escuchada con devoción, se sirvió en cierta ocasión de animales irracionales, como son los peces, para reprender la necedad de los infieles herejes, del mismo modo como en el Antiguo Testamento había reprendido la ignorancia de Balaam.

Fue en ocasión que San Antonio se hallaba en Rímini, donde había una gran muchedumbre de herejes [cátaros]. Durante muchos días había tratado de conducirlos a la luz de la verdadera fe y al camino de la verdad, predicándoles y disputando con ellos sobre la fe de Jesucristo y de la Sagrada Escritura. Pero ellos no sólo no aceptaron sus santos razonamientos, sino que, endurecidos y obstinados, no quisieron ni siquiera escucharle; por lo que un día San Antonio, por divina inspiración, se dirigió a la desembocadura del río junto al mar y, colocándose en la orilla entre el mar y el río, comenzó a decir a los peces como predicándoles:

—Oíd la palabra de Dios, peces del mar y del río, ya que esos infieles herejes rehúsan escucharla.

No bien hubo dicho esto, acudió inmediatamente hacia él, en la orilla, tanta muchedumbre de peces grandes, pequeños y medianos como jamás se habían visto, en tan gran número, en todo aquel mar ni en el río. Y todos, con la cabeza fuera del agua, estaban atentos mirando al rostro de San Antonio con gran calma, mansedumbre y orden: en primer término, cerca de la orilla, los más diminutos; detrás, los de tamaño medio, y más adentro, donde la profundidad era mayor, los peces mayores. Cuando todos los peces se hubieron colocado en ese orden y en esa disposición, comenzó San Antonio a predicar solemnemente, diciéndoles:

—Peces hermanos míos: estáis muy obligados a dar gracias, según vuestra posibilidad, a vuestro Creador, que os ha dado tan noble elemento para vuestra habitación, porque tenéis a vuestro placer el agua dulce y el agua salada; os ha dado muchos refugios para esquivar las tempestades. Os ha dado, además, el elemento claro y transparente, y alimento con que sustentaros. Y Dios, vuestro creador cortés y benigno, cuando os creó, os puso el mandato de crecer y multiplicaros y os dio su bendición. Después, al sobrevenir el diluvio universal, todos los demás animales murieron; sólo a vosotros os conservó sin daño. Por añadidura, os ha dado las aletas para poder ir a donde os agrada. A vosotros fue encomendado, por disposición de Dios, poner a salvo al profeta Jonás, echándolo a tierra después de tres días sano y salvo. Vosotros ofrecisteis el censo a nuestro Señor Jesucristo cuando, pobre como era, no venía con qué pagar. Después servisteis de alimento al rey eterno Jesucristo, por misterio singular, antes y después de la resurrección. Por todo ello estáis muy obligados a alabar y bendecir a Dios, que os ha hecho objeto de tantos beneficios, más que a las demás creaturas.

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

—Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Ante semejante milagro comenzó a acudir el pueblo de la ciudad, y vinieron también los dichos herejes; viendo éstos un milagro tan maravilloso y manifiesto, cayeron de rodillas a los pies de San Antonio con el corazón compungido, dispuestos a escuchar la predicación. Entonces, San Antonio comenzó a predicar sobre la fe católica; y lo hizo con tanta nobleza, que convirtió a todos aquellos herejes y los hizo volver a la verdadera fe de Jesucristo; y todos los fieles quedaron confortados y fortalecidos en la fe. Hecho esto, San Antonio licenció a los peces con la bendición de Dios y todos partieron con admirables demostraciones de alegría; lo mismo hizo el pueblo.

Después, San Antonio se detuvo en Rímini muchos días, predicando y haciendo fruto espiritual en las almas.

En alabanza de Cristo. Amén.

Florecillas de San Francisco de Asís, capítulo XL.

miércoles, marzo 09, 2011

La nueva historia de Francisco (II)

Continuación de la I parte.

La clínica


Dios se complace en los Hombres mucho antes de que ellos lo sepan.


No es posible forjar leyendas sobre el nacimiento de Cesco porque nació en una clínica; perfecta, limpia, aséptica, organizada y eficiente, sin ratones. Ni pajas de pesebre, ni animales junto a él, ni pastores a su alrededor. Los ángeles estarían allí, pero no debieron de atreverse a cantar. Ni protección paterna ni ternura materna: el padre estaba ocupado y la madre, en trance de muerte. No era un niño que nacía, era el 214 que llegaba al quirófano. Con su número sujeto al bracito por un esparadrapo, le metieron en una incubadora. Estaba entre dos niños más: el 213 y el 215. Hoy muchos niños nacen así.

Un presagio de pobreza.


Le enseñarían, cómo no, la lista de los emperadores bizantinos y los sistemas cristalográficos. Aprendió solito a atrapar moscas, a hacer fuelles para esparcir polvo de tiza, a fabricar flechas voladoras de papel y cerbatanas para disparar arvejas. Una noche tenían tagarninas: ‘que si eres hombre, que si no eres un hombre’, ‘que si lo fumas, que si no lo fumas’, acabaron mareados. Al día siguiente, por la mañana, el busto del señor importante que presidía la escalera principal del colegio, apareció con la nariz pintada de rojo. Ante el inquisidor que buscaba al culpable, Cesco supo confesar que lo había hecho él, porque él lo había hecho.

Dar la cara.

De niño quería ser pastorcillo de montaña, después descubridor del polo, después esperaba llegar a la luna; luego quiso ser aviador, marinero, guía en los Alpes, senador, ingeniero, físico. Cuantas veces soñó en lo que haría de mayor sentía siempre dentro un empuje hacia arriba; nunca pensó en vivir con zapatillas y poltrona, protegido y asegurado por el negocio de una tiendecilla.

Apuntar alto.

Muy joven todavía, hubo guerra y le mandaron al frente. Antes de conocer el amor y el odio de los hombres, quedó marcado por la redención de la sangre. Vio morir a aquel aprendiz del carpintero, a aquel cerrajero primerizo, a aquel desconocido que le había dado la mitad de su chusco, a aquel niño bien que llegaba a primera línea con su pijama de seda en el macuto, a aquel compañero de colegio. Cesco volvió a casa, pero Mingo no volvió; había quedado en alguna parte, con los ojos desorbitados de sorpresa infantil, cristalizados para siempre jamás en la inocencia. Después de la guerra sólo tenía dos cosas; la marca de sangre de su generación inocente y ‘la flor de la esperanza, minúscula y tenaz’ —como había dicho un poeta de su generación antes de morir—. Con los años, nuevas generaciones trajeron nuevos vientos de esperanza; y era algo hermoso de ver. Les entendía bien, porque él pertenecía a la sangre de Mingo.

La fidelidad a la generación inocente.


Le mandaron a infantería. Llegó al frente de noche, en un gran silencio; un silencio estremecedor, mucho más estremecedor que el estallido de las bombas. Todos eran niños y los ojos se las abrían como la primera vez que les mandaron a buscar algo al cuarto obscuro. De nuevo, ojos despavoridos y miedo en el corazón a la primera noche que estuvo de escucha, silencioso y agachado, con el fusil entre las piernas, unos metros más allá de las líneas. Nunca se libró por completo del miedo; siempre lo tuvo, incluso cuando ya sabía distinguir el estallido de los obuses del de las bombas, cuando ya conocía, por el ruido, qué aviones se acercaban. Con mucho miedo, sin embargo, nunca se hizo el remolón cuando tocaba salir de la trinchera: avanzaba, sin perder el tino de avanzar resguardándose.

Avanzar, a pesar del miedo.

Siempre tuvo amigos. Era de buen carácter, y a su lado nadie se aburría. Generoso: nunca guardó para sí, en el colegio, los turrones que le mandaban por navidad; si tenía dinero lo gastaba, pero nunca él solo. Era fiel, se peleaba con los que se burlaban de un amigo giboso. Un día, en el frente, estaban los otros dos allá arriba, bien parapetados; largas horas de combate, Cesco ya no sabía si tenía o no tenía miedo. Estruendo de las explosiones: chim-pum (los cañones de ellos), chim-pam (los cañones nuestros); agacharse, saltar, esconderse; saltar, agacharse, y esconderse. Encontró al otro apoyado en un árbol, el fusil inservible en las manos: ‘Toma, bebe un trago de mi cantimplora’.

Repartirse el agua de la cantimplora con el otro.

Cayó prisionero. Hambre y piojos de vergüenza. Por la noche, los prisioneros se sentían cercados por el alerta de los centinelas, un grito que se repetía cada cuarto de hora, rodeándoles. Pasaban el día echados, inermes; no parecían seres vivos. Algún compañero murió junto a él, tal vez más de vergüenza que de hambre. Hubieran preferido el frente, donde se jugaban la vida, sí, pero donde podían sentirse libres, luchando. Ahora callaban. ‘No nos dejemos abatir, cantemos. Aunque sigamos hambrientos, no seremos unos vencidos’.

No dejarse vencer.

Antes había tenido que realizar una gran retirada. Ambulancias, puentes volados, hombres tendidos en las cunetas, muertos tal vez, vuelos rasantes de la aviación contraria. Volatería suelta, lejos de sus corrales. Aldeanos huyendo con la mujer y los hijos, el carro, la mula, el colchón y la vaca. Soldados sin oficiales amontonados en camiones; oficiales sin soldados, en pequeños coches. Un niño tirando de una cabra, solo con su cabra. Una muchacha, sola, lloraba; los compañeros quisieron meterse con ella. Cesco era como todos, pero cargó el fusil: ‘Nadie la tocará, está llorando’.

Respetar a la mujer, porque la mujer es signo de contradicción. Quien sea capaz de respetarla, será también capaz de todos los demás gestos de hombre. Y al revés.

Quizás hayamos olvidado que respetar a la mujer y los demás gestos es lo normal, lo que todo hombre haría si no se torciese. Cesco era un muchacho normal, no asquerosamente perfecto, con unos defectos muy suyos: atolondrado, vanidoso, manirroto, demasiado simpático. Muy inmaduro y quizás muy pecador.

Pero no era un encogido.

Hay defectos que encogen y llevan al resentimiento como cuando se quiere encubrir la trampa con la prudencia, la cobardía con la mansedumbre, los complejos con la justicia, el abatimiento con las alergias, el egoísmo con la cordura, el alma de solterón con la continencia.

Mal camino. Donde incluso la gracia puede desviarse, porque la gracia llega a todas partes, pero si el encogido la recibe sin enderezarse, queda falseada, sin integración, sin unidad en el hombre. Como zapatos estrechos que dan mala andadura.

Cesco no era un encogido.


Hay defectos que no encogen y conducen a la virtud normal, de una manera normal. La violencia está más cerca de la suavidad cristiana, que la cobardía; una lúcida conciencia del propio valer, incluso con su matiz de orgullo, está más cerca de la humildad que la pusilanimidad escrupulosa; la imprudencia está más cerca de la prudencia que la falsa cordura del hombre instalado; la intransigencia está más cerca de la caridad que la condescendencia débil; el derroche está más de cerca de la pobreza que la avaricia; el pecado hecho con cierto respeto a la mujer está más cerca de la castidad que la continencia atormentada y reprimida en falso del alma del solterón.

Buen camino. La gracia de Dios puede avanzar por él normalmente, porque dar la cara, avanzar, repartirse el agua de la cantimplora, no dejarse vencer, respetar a la mujer, son gestos que tienen su realización normal cristiana en el hecho de afrontar la verdad de Dios, esperar la vida eterna, comprometerse en esta vida temporal, partir el pan, asumir la cruz de Jesucristo, encontrar la virginidad del alma.

Mal camino. Buen camino.

Y por encima de todos la gracia de Dios que hurga, busca, importuna, pincha, empuja, hasta que nos hace descubrir que tanto si hemos nacido en una barraca, como en el fondo de una mina, como en una clínica, todos hemos nacido desnudos. Hasta que nos hace descubrir qué sentido tenía aquel presagio de pobreza.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 29-33.

domingo, febrero 27, 2011

La nueva historia de Francisco (I)

A todos mis queridos compañeros peregrinos

La mochila



El Espíritu sopla donde quiere.

Asís.

Peregrinos y campanas.

Campanas y peregrinos, como setecientos años atrás.

El turista penetró en la ciudad por una puerta de la muralla y subió, por los empinados callejones góticos. La plaza de las basílicas, una larga calle estrecha, la plaza comunal, un poco de cuesta, otra calle estrecha, una bajada escalonada. Santa Clara, otra puerta en la muralla, otro callejón angosto. Había pasado por delante de un cine sin darse cuenta de que, antes, fuera una iglesia.

Compró un borriquillo de barro cocido en la feria cercana a la plaza mayor. Las aldeanas iban tocadas con pañuelos de vivos colores y regateaban las mercancías. Ellos eran chaparros, un tanto adustos y asentaban bien sus pies en el suelo, como limpia raza de mercaderes algo montañeses. A menudo pasaban grupos de frailes, frailes por todas partes. Un viejo cura con bastón, teja de telarañas, sotana apolillada y pañuelo de hierbas, gesticulaba y se reía con los labradores.

Él, era sólo un turista en tierra de peregrinos.

Bajó hasta San Damián y se hizo amigo de los frailes. Fray Pacífico, fray Junípero, fray León, fray Maseo; nombres, también, de setecientos años atrás.

—Yo me llamo Cesco. Completo: Francesco Bernardone.

Sí, sí, se llamaba Gian-Francesco Bernardote y en casa le llamaban Cesco. No, no era de por allí. Habíha venido por curiosidad, para conocer el país del que tan a menudo le hablaba su abuelo italiano. Allí se proponía descansar y estudiar.

—Te llamas como San Francisco.

—Pues no lo conozco. No sé quién es.

El pobre de Asís, nuestro padre fundador, el caballero de dama Pobreza. Siglo XIII, la guerra con Perugia, las pinturas del Giotto. Las basílicas, Spoletto, el sepulcro. Santa Clara, el belén de Greccio, Alvernia y los estigmas. Los juglares, la predicación de los pájaros, el hermano lobo. Las alondras, las palomas, el cántico al sol.

Los frailes se quitaban la palabra de la boca. Cesco sólo entendió que, antaño, alguien importante te llamó como él y que le invitaban a cenar.

Bajo una noble bóveda de aristas, el refectorio olía a sombra y a garbanzos recocidos. Largas mesas y largos bancos de madera desgastada, un ramo de flores allí donde un día se sentara Santa Clara, mugre, platos despostillados, sopa hirviente y ligera.

Rezaron brevemente y se sentaron a la mesa. Se escaldó con la sopa. Todos callaban mientras un fraile leía la Biblia; continuaron callados mientras leían algo con frecuentes alusiones a ‘nuestro padre San Francisco’. Un fraile joven le miraba y le sonreía cada vez que salía este nombre. Daba la impresión de que los frailes no escuchaban mucho y prestaban más atención a la sopa; cuando él no había tomado aún las primeras cucharadas, los demás habían ya terminado. Esperaban pacientemente que acabase. Cuando se disponía a cargar la pipa, se levantaron y rezaron unos salmos más largos que los del principio.

Salieron al jardincillo. Aquellos frailes eran como niños y reían por cualquier cosa.

—Te llamas como San Francisco. No te queda más remedio que hacerte fraile.

Olor a garbanzos recocidos y sopa hirviente para el resto de su vida.

O quién sabe si algo más.

San Francisco. Los conventos, los cultivos, la ciudad, los pájaros y hasta el viento estaban llenos de aquel nombre. Quiso saber quién era aquel Francisco y leyó montones y montones de libros.


Fuentes, bibliografía, categorías metodológicas. Condicionamientos geográficos de la personalidad de Umbría, juego de relieves y depresiones, módulos hidrográficos, vocación de los suelos; estructuras económicas de la Asís del XIII, conflictos latentes entre economías complementarias, la doble función de la estructura, circulación y población; estructuración histórico-dialéctica, grupos de presión, el feudalismo decadente, la nueva presión burguesa, mercados extranjeros, condiciones agrícolas y económicas de intercambio, los niveles sociales. Esto no explicaba casi nada. Categorías filosóficas y teológicas de la época, humanismo medieval, las escuelas, el prenominalismo, los universales, hipóstasis y físis, presencia eucarístico-sacrificial, Inocencio III, la investidura, la espiritualidad, los cátaros, albigenses, pobres de Lyón, fraticelli, incibatatti, el carisma. Esto explicaba muy poco. El sol y la lluvia, los atardeceres, los olivos, los viñedos y los cipreses. Celano, la leyenda de los tres compañeros, las fioretti, el billete a fray León, el cántico al sol, Santa Clara. Esto no lo explicaba todo.


Tomó la mochila.

Había estudiado las estructuras del XIII y no le bastó; había entrado en la cultura del XIII y no le bastó; había sentido el espíritu del XIII y de la franciscanada y no le bastó. Se había maravillado con las inefables Florecillas de San Francisco y no le bastó. Éste es el paso más difícil: llegar hasta las Florecillas y no quedarse en ellas complacido y embelesado, sin más. Tomar la mochila y caminar. En este paso el Hombre se lo juega todo: o lo da o se hunde. Porque los libros no son nada, incluso las Fioretti no son nada; nada es nada si no nos empuja a caminar. Sólo hacemos verdadera a la verdad cuando la caminamos y el Hombre es solamente Hombre cuando es capaz de ver qué andadura le exige la verdad, pequeña o grande, que encuentra; cuando no se detiene a calibrar, saborear y sentir la verdad que encuentra, sino que la carga sobre sus espaldas y camina con ella.

El turista es quien pasa sin carga ni dirección.

El caminante es quien ha tomado la mochila y busca.

El peregrino es quien, además de ir cargado y de buscar, sabe arrodillarse cuando es preciso.

Cesco ya no era un turista, pero no llegaba aún a peregrino.


San Damián, la Porciúncula, las Carceri, Fonte Colombo, las Celle, Gubbio, Alvernia, Greccio, Rieti, Perugia, Spoletto.

Había empezado.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 25-28.

lunes, febrero 14, 2011

Para el cristiano no hay mérito alguno: San Agustín

Suele suceder que, en ambientes píos o entre filósofos medianamente informados, se habla mucho de San Agustín (como de tantos otros) sin haberlo leído en profundidad y extensión, con lo cual se difunde una visión caricaturizada, edulcorada y apologética del obispo de Hipona que poco o nada tiene que ver con la realidad. Un ejemplo típico es que no fue el peor de los disolutos ni un depredador sexual; eso lo dicen quienes han oído mentar las Confessiones, mas nunca se han tomado el trabajo de leerlas con calma. Tampoco sostendría de suyo (quizá sólo por obediencia) muchas de las tesis del catolicismo actual ni mucho menos algunas de las doctrinas que se le atribuyen, como que nunca afirmó un primado jurídico de la sede romana, no sostenía una visión tan equilibrada entre fe y razón como Tomás de Aquino o Juan Pablo II, se opondría vehementemente a toda ética y espiritualidad de mérito y obras, fue siempre un pesimista antropológico y existencial, se reiría de todas las utopías religiosas y seculares, le extrañaría la división entre Iglesia y Estado y, sobre todo, negaría radicalmente la capacidad humana para hacer el bien: ante las terribles consecuencias del pecado original, el Hombre caído ha de ser rescatado y auxiliado por la gracia para creer, obrar y ser fiel, aun en contra de su voluntad (¡predestinación!). Me remito a incluir aquí una prueba, un pasaje de una obra relativamente poco conocida, que deja muy en claro cómo la voluntad humana, para ser en verdad libre, no debe sino reconocerse inútil (por iniciativa de la gracia) y permitir que la gracia misma actúe sobre ella, sin ninguna clase de mérito suyo.

José de Ribera, Santo eremita, c. 1650.

‘Supongamos un Hombre que nada busca y vive conforme a su vida vieja en una seguridad engañosa. No piensa que haya nada después de esta vida, que algún día se ha de acabar. Es negligente y desidioso. Tiene el corazón embotado por los atractivos del mundo y adormecido con deleites mortíferos. Para que ese tal sea excitado a buscar la gracia de Dios, para que se haga solícito y despierte de su sueño, ¿no tiene que despertarle la mano de Dios? Sin embargo, él ignora quién es el que le despierta. Mas comienza ya a ser de Dios, cuando empieza a reconocer la verdad de la fe. Ya antes de conocerla se duele de su error; se reconoce en error, quiere conocer la verdad: llama a donde puede, tantea lo que puede, vaga por donde puede, y también padece hambre de la misma verdad. Luego la primera tentación es la de error y hambre. Cuando, fatigado en esta tentación clama a Dios, es conducido al camino de la fe, desde donde empieza a caminar hacia la ciudad del reposo: es, pues, conducido a Cristo que dijo: “Yo soy el camino”.

Supongamos que ya está en el camino y que sabe lo que debe observar. Con frecuencia se atribuye poderes que no tiene, y presume de fuerzas. Comienza a querer combatir los pecados y a ser vencido por la soberbia. Se encuentra atado por las dificultades que le presentan sus propias apetencias; ve que no puede andar su camino a causa de las trabas. Se siente amarrado a la dificultad de los vicios, y se encoge como si se levantara un muro de dificultades ante él. Ve cerradas las puertas, y no halla por dónde pasar a vivir bien. Ya sabe cómo vivir. Si antes estaba en error y padecía hambre de verdad, ya recibió el manjar de la verdad y ya está en el camino. Escúchame, vive bien según lo que sabes, vive en conformidad con lo que sabes. Antes no sabías cómo tenías que vivir. Pero lo has recibido y ya lo sabes. El desgraciado se esfuerza y no lo logra. Se siente atado y clama al Señor. La segunda tentación es, pues, la dificultad en el bien obrar, como la primera era la del error y la del hambre. También en esa tentación el Hombre clama al Señor, y el Señor le libra de las dificultades; rompe los lazos de la dificultad, y le coloca en el camino de obrar la equidad. Comienza a serle fácil lo que antes se le hacía difícil, a abstenerse del mal, a no adulterar, ni hurtar, ni cometer sacrilegio, ni padecer lo ajeno. Ya es facilidad lo que otrora fuera dificultad. El Señor pudo facilitarlo. Claro que si esto lo hubiésemos obtenido sin dificultad, no reconoceríamos al dador de este bien. Si ya al principio, con sólo querer, el pecador pudiera, y no sintiera contra sí las apetencias renitentes, ni el alma chocase trabada con sus ataduras, atribuiría a propias fuerzas lo que siente que puede, y no “confesará al Señor sus misericordias”.

Tras estas dos tentaciones, la primera de error y de falta de verdad, y la segunda de dificultad en el bien obrar, asalta al Hombre la tercera. Hablo al que ya ha pasado por las dos primeras. Os prevengo que esas dos tentaciones las conocen muchos, ¿Quién ignora que ha venido de la ignorancia a la verdad, del error al camino, del nombre de sabiduría a la palabra de la fe? También luchan muchos atados con las dificultades de sus vicios, y atados aún por la costumbre viven como encerrados y trabados. Reconocen esta tentación, aunque ya digan, si acaso lo dicen: “Hombre infeliz de mí, ¿quién me liberará del cuerpo de esta muerte?”. Mira las ataduras estrechísimas: “La carne”, dice, “apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne, para que aquellas cosas que no queréis, eso hagáis”. Hay quien ha recibido ayuda en su espíritu para no desear ser adúltero, y para no serlo de hecho, para no desear ser ladrón, y para no serlo, y lo mismo en los demás órdenes que los Hombres quisieran superar, y muchas veces se sienten abatidos y derrotados ante ellos. De este modo se ven en la precisión de clamar a Dios, y los saca de sus apuros y los liberta, y así confiesan a Dios sus misericordias. Quien sea tal, y haya vencido tales dificultades, y viva ya entre los Hombres, sin queja de malas costumbres, va a parar en la tercer atentación. Esa tentación es una suerte de tedio en la peregrinación de esta vida. A veces llega hasta el punto de que ni le deleita el leer ni el orar, y resulta que la tercera tentación es opuesta a la primera. Ahora peligras de hastío, como antes peligrabas por hambre. Y ¿de dónde proviene ese estado, sino de un principio de languidez del alma? Ya no te deleita el adulterio, pero tampoco te deleita la palabra de Dios. Ha pasado el peligro de la ignorancia y de la concupiscencia. Estás contento de haberte evadido de esos dos peligros; ¡cuida ahora de que no te arruinen la acedia y el hastío! No es ésta una leve tentación. Reconócete dentro de ella y clama al Señor, para que también aquí te libre de tus necesidades, y cuando hayas sido librado “le confieses sus misericordias”

Si ya te deleita la palabra de Dios, no te lo arrogues como obra tuya, ni te infles por ello con orgullo. Al sentirse ávido de manjar, no te engrías contra aquellos que peligran en el hastío.’

San Agustín, Enarrationes in Psalmos, CVI, 4ss.


miércoles, febrero 02, 2011

La caída en el Edén (II)

Ya en una entrada anterior, habíamos explorado la naturaleza del pecado original, en el bellísimo y tragiquísimo prólogo de la película Anticristo (2010) de Lars von Trier. Añado, ahora, la lamentación que sobre ello hace San Anselmo de Aosta, OSB, Arzobispo de Canterbury y Doctor de la Iglesia:

Domenichino, Adán y Eva, s. XVII

‘¡Oh, mísera suerte del Hombre cuando perdió aquello para lo que fue creado! ¡Oh, duro y funesto suceso aquél! ¡Ay! ¿Qué perdió y qué encontró? ¿De qué se le privó y qué le ha quedado? Perdió la felicidad para la que fue hecho, y encontró la miseria para la que no fue hecho. Perdió aquello sin lo cual nadie es feliz, y le quedó aquello por lo cual no se es sino mísero. Entonces comía el Hombre el pan de los ángeles, del que ahora está hambriento; ahora come el pan de los dolores, que entonces desconocía. ¡Ay, público luto de los Hombres! ¡Universal llanto de los hijos de Adán! Éste nadaba en la abundancia, nosotros suspiramos hambrientos. Él era rico, nosotros mendigamos. Él era feliz y se extravió míseramente; nosotros carecemos infelizmente y miserablemente deseamos, y ¡ay! en el vacío permanecemos. ¿Por qué él, que pudo hacerlo con facilidad, no nos guardó de aquello de lo que tan lamentablemente carecemos? ¿Por qué nos privó de la luz y nos llevó a las tinieblas? ¿Para qué nos quitó la vida y nos causó la muerte? ¡Desgraciados! ¡De dónde hemos sido arrojados, en dónde enterrados! De la patria al exilio; de la visión de Dios a nuestra ceguera; de la alegría de la inmortalidad a la amargura y el dolor de la muerte. ¡Miserable mutación de tan gran bien a tan gran mal! Grave daño, grave dolor, grave todo.

Mas, ¡ay, mísero de mí, uno entre los demás míseros hijos de Eva alejados de Dios! ¿Qué intenté? ¿Qué hice? ¿A dónde iba? ¿A dónde llegué? ¿A qué aspiraba? ¿Por qué suspiro? Buscaba el bien, y ¡he aquí la turbación! Iba hacia Dios y caí sobre mí mismo. Buscaba el descanso en mi soledad y encontré en mi intimidad la tribulación y el dolor. Quería reír por el gozo de mi mente y me vi obligado a gemir por el gemido de mi corazón. Esperaba la alegría y he aquí que se agolpan los suspiros.

Y Tú, ¿hasta cuándo, Señor, nos olvidarás? ¿Hasta cuándo desviarás tu faz de nosotros? ¿Cuándo nos mirarás y nos escucharás? ¿Cuándo iluminarás nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo nos volverás a Ti? Míranos, Señor, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Vuélvete a nosotros para que tengamos el bien sin el cual tan mal estamos. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para alcanzarte; nada valemos sin Ti. Tú nos llamas, ayúdanos. Te lo ruego. Señor: mi corazón está amargado en su desolación; endúlzale con tu consuelo. Hambriento comencé a buscarte; te suplico, Señor, que no acabe ayuno de Ti; famélico me dirigí a Ti; que no vuelva insatisfecho. Pobre, acudí al rico; mísero, al misericordioso; haz que no regrese vacío y despreciado. Y si antes de que pueda comer, suspiro, dame algún alimento que comer después de los suspiros. Señor, estoy encorvado, no puedo mirar sino hacia abajo; enderézame para que pueda dirigirme hacia arriba. Mis iniquidades se han alzado sobre mi cabeza, me rodean y me abruman como una pesada carga. Líbrame, descárgame de ellas; que su abismo no apriete su boca sobre mí. Permíteme ver tu luz desde lejos o desde lo profundo. Enséñame a buscarte, y muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas, ni encontrarte si no te muestras. Te buscaré amándote, te amaré encontrándote.

Te confieso, Señor, y te doy las gracias porque creaste en mí tu imagen, para que me acuerde de Ti, te piense, te ame. Pero de tal modo está borrada por el contacto con los vicios, de tal modo oscurecida por el humo de los pecados, que no puede hacer aquello para lo que fue hecha, si Tú no la renuevas y reformas. No intento, Señor, llegar a tu altura, porque de ningún modo puedo comparar con ella mi entendimiento, pero deseo entender de alguna manera tu verdad que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino creo para entender. Y también creo esto; que si no creyera, no entendería.’