miércoles, marzo 16, 2011

Testamento de siete hombres libres

Para A., J. y S., compañeros de liberación

Los siete mártires trapenses de Tibhirine

Cuando un A-Dios se vislumbra…

Si me sucediera un día (y ese día podría ser hoy)
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar
en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios
y a este país.

Que ellos acepten que el único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.

Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra vida.

Tampoco tiene menos.



En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.

He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los Hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón,
a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado,
sin distinción, de mi asesinato.

Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás,
la “gracia del martirio”,
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad
a lo que él cree ser el Islam.

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear
a los argelinos tomados globalmente.

Conozco también las caricaturas del Islam
fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila,
identificando este camino religioso
con los integrismos de sus extremistas.

Argelia y el Islam, para mí son otra cosa,
es un cuerpo y un alma.

Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien
todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos
el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre,
mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces,
en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que
me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
“¡que diga ahora lo que piensa de esto!”
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada
mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere,
hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con ÉL a sus hijos del Islam tal como ÉL
los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de su pasión, inundados por el don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Dom Christian de Chergé†
f. Luc Dochier†
p. Christophe Lebreton†
f. Michel Fleury†
p. Bruno Lemarchand†
p. Célestin Ringeard†
f. Paul Favre-Miville†


Por esta vida perdida, totalmente mía
y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios
que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho,
de ahora en más, sobre mi vida,
yo los incluyo, por supuesto,
amigos de ayer y de hoy y a vosotros,
amigos de aquí,
junto a mi madre y a mi padre,
mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante,
que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS,
y este “A-Dios” en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido reencontrarnos,
ladrones bienaventurados,
en el paraíso, si así lo quiere Dios,
Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN!

Argel, 1 de diciembre de 1993
Tibhirine, 1 de enero de 1994
(Abierta en el domingo de Pentecostés de 1996)

Dom Christian de Chergé, OCSO

Cómo encontrar a Dios, según Helen Prejean, CSJ

Para S.

El camino más directo que he encontrado para llegar a Dios es en el rostro de los pobres y de aquellos que están luchando por salir de algún problema. A mí fue eso precisamente lo que me llevó a involucrarme en los proyectos Santo Tomás para encontrar albergue a los necesitados y después con los condenados a muerte, y, luego, con las familias de las víctimas asesinadas.

No fue sino hasta los 40 años que me di cuenta de la relación entre el Jesús que dijo ‘Estuve preso y me visitaron, hambriento y me alimentaron’, entre esto, y la experiencia de la vida real de estar en circunstancias en las cuales me enfrenté verdaderamente con personas que tenían hambre, que estaban en prisión o que padecían por el racismo que prevalece en esta sociedad. Tuve la sensación de llegar a casa. Encontrar a Dios fue como llegar a mi hogar; entonces te preguntas a ti misma: ¿Dónde habías estado toda tu vida?

Recuerdo una ocasión en que estuve en un albergue para los sin-hogar: un comedor público. Mi trabajo consistía en servir agua fresca al principio de la fila que la gente hacía para recibir el alimento. Ése fue el primer acto consciente que hice en el que tuve que estar en contacto con personas menesterosas. Se acercó un joven, un muchacho guapo, que se parecía a Mr. Joe College. Era bien parecido, rubio y de ojos azules, y la temblaba la mano al extender la taza. Me dijo en un susurro: ‘Tiene que ayudarme. Es la primera vez que vengo aquí’. Me conmoví hasta las lágrimas y pensaba: Dios mío, ¿qué hace este joven aquí? Eso te despierta una energía tremenda y dones que ni sospechas tener.

La imagen que tengo de encontrar a Dios es la de que nuestros barquitos flotan en el río. Con frecuencia se ahoga el motor. Aguardamos y nada se mueve. Y todo parece permanecer igual en nuestra vida. Pero cuando nos involucramos en una situación como ésta (para mí eso implicó involucrarme con los pobres) es como si nuestro barquito empezara a moverse siguiendo esta corriente. El viento empieza a soplar a través de nuestra cabellera, y adquiere energía y vida. Esto fue lo que me llevó directamente a la cámara de ejecuciones. Como ven, fue muy rápida la transición entre involucrarme con la gente pobre en los proyectos de albergue Santo Tomás y escribirle a un hombre condenado a muerte, para visitarlo y estar allí con él hasta el desenlace final, pues no tenía a nadie más que le acompañara. Y esa experiencia de estar allí con él es realmente la esperanza de ver actuar la vida contra sí misma: es la vida o la muerte. La compasión o la venganza. Toda la vida se destila entonces hasta su esencia.

En esa situación, experimenté una tremenda fuerza y presencia de Dios; sentí que Dios estaba presente en este hombre al que la sociedad quería repudiar y matar. Y comprendí plenamente las palabras de Jesús de que ‘los últimos serán los primeros’. Eso es lo que esas palabras significan: que Dios habita en las personas de la comunidad de las que más nos queremos deshacer. Esto es lo construye la familia humana y la comunidad de los Hombres. Pues lo que hace posible que sigan sucediendo cosas como la pena de muerte, el racismo que perdura todavía en nuestra sociedad, la opresión de los pobres, es la falta de contacto con la gente.


Para mí, encontrar a Dios es encontrar a toda la familia humana. Nadie puede quedar desconectado de nosotros. Lo cual es otra forma de hablar del Cuerpo Místico de Cristo, del que todos formamos parte.

Y siento que todos necesitamos estar en contacto con los pobres. Y que, como dijo Jim Wallis, de la revista Sojourners, tenemos que admitir, que una de las disciplinas espirituales del cristianismo (así como la lectura de la Biblia, la oración y el resto de la liturgia) es el contacto físico con los pobres. Es un ingrediente esencial. Si nunca estamos en presencia de ellos, si nunca comemos con ellos, si jamás hemos escuchado sus historias, si siempre hemos estado apartados de ellos, entonces me parece que nos hace falta algo vital.

De hecho, pienso que éste es uno de los mayores problemas de nuestra sociedad actual. Se dice que el día de más segregación de la semana es el domingo, porque las iglesias participan muy activamente en la segregación. Han incorporado ese sistema a su funcionamiento y así las personas asisten a la iglesia con otras personas similares a ellas.

La ‘parte de Dios en nosotros’ es siempre la que camina por encima, para andar sobre las aguas y correr el riesgo. Nos impulsa a ir a lugares que están más allá de lo que quiere ir la ‘parte de nosotros mismos’, que prefiere estar a salvo y segura, permaneciendo en lo confortable y lo conocido. Sólo echemos un vistazo a todos los caminos espirituales, inclusive el viaje a través del desierto, para llegar a la Tierra Prometida. Pensemos en Jesús que dice: ‘Yo los precederé en Galilea’. Concretamente pienso que este viaje hacia el interior de Dios nos traslada a hacer el viaje hacia los proyectos del albergue, los barrios pobres, las ciudades perdidas, los lugares en que la gente padece de SIDA, hacia los presos condenados a muerte, hacia las esposas golpeadas; lugares todos en donde está presente el sufrimiento humano.

Me gustaría añadir algo a todo este asunto de cómo encontrar a Dios y es que el viaje, a donde quiera que nos lleve (en mi caso, me llevó a los pobres y a los que luchan con algún problema), debe ser acompañado de una reflexión y de un ubicarse en lo más importante, lo cual se obtiene en la oración y la meditación. Es muy importante asimilar lo que va sucediendo en nuestras vidas. Yo me doy cuenta de que no puedo funcionar adecuadamente si no tengo ese sentido que me ubica en el centro de mí misma, en el alma de mi alma, de manera que yo actúe realmente desde mi interior. Y es muy importante avanzar por el propio camino, porque fácilmente somos atrapados por los remolinos de los demás en el río de la vida, y esto nos conduce a un patrón de estímulo-respuesta. Es tan factible el ni siquiera darnos cuenta de que realmente estamos siendo movidos por la visión que otros tienen de la vida, por su modo de comprender las cosas, por sus programas de vida, que nos veamos arrastrados de una corriente a otra, como si no tuviéramos timón en nuestro propio barco.


Cuando te topas con algo tan grande cómo esto, con algo que sabes que te sobrepasa (como trabajar por la justicia en el mundo o tratar de relacionar la fe con el ir contra los sistemas poderosos y afianzados) tienes la sensación de que estás haciendo tu parte. Pero entonces también necesitas ser capaz de dejar que las cosas sigan su curso, capaz de dejar que sea Dios quien rija el universo, de modo que puedas también ponerte a tocar el clarinete, que puedas estar con tus amigos o cultivar tu jardín.

Llevar una vida plena es sumamente importante. Creo que la plenitud es parte del ser divino. Pienso que no es tanto la limpieza y el orden lo más cercano a Dios, ¡lo es la plenitud! Hay que tener una vida bien integrada, hay que tener una vida intelectual desarrollada, una vida en la que haya oportunidad de leer, de pensar y de discutir diversos temas. Hay que tener una vida emocional intensa que permita ofrecer intimidad a la gente y recibirla también. Hay que cultivar amistades como se cultiva un jardín. Porque ya no hay cabida para esos ‘llaneros solitarios’ que pretenden salvar al mundo por sí mismos.


Tomado de: James Martin, SJ [ed.], ¿Cómo puedo encontrar a Dios?, trad. Guillermo Cervantes Ramírez, SJ, México, Buena Prensa, 2000. pp. 15-18.

viernes, marzo 11, 2011

Cómo San Antonio predicó a los peces, y por este milagro convirtió a los herejes

Para A.


Queriendo Cristo poner de manifiesto la gran santidad de su siervo San Antonio y acreditar su predicación y su doctrina santa para que fuese escuchada con devoción, se sirvió en cierta ocasión de animales irracionales, como son los peces, para reprender la necedad de los infieles herejes, del mismo modo como en el Antiguo Testamento había reprendido la ignorancia de Balaam.

Fue en ocasión que San Antonio se hallaba en Rímini, donde había una gran muchedumbre de herejes [cátaros]. Durante muchos días había tratado de conducirlos a la luz de la verdadera fe y al camino de la verdad, predicándoles y disputando con ellos sobre la fe de Jesucristo y de la Sagrada Escritura. Pero ellos no sólo no aceptaron sus santos razonamientos, sino que, endurecidos y obstinados, no quisieron ni siquiera escucharle; por lo que un día San Antonio, por divina inspiración, se dirigió a la desembocadura del río junto al mar y, colocándose en la orilla entre el mar y el río, comenzó a decir a los peces como predicándoles:

—Oíd la palabra de Dios, peces del mar y del río, ya que esos infieles herejes rehúsan escucharla.

No bien hubo dicho esto, acudió inmediatamente hacia él, en la orilla, tanta muchedumbre de peces grandes, pequeños y medianos como jamás se habían visto, en tan gran número, en todo aquel mar ni en el río. Y todos, con la cabeza fuera del agua, estaban atentos mirando al rostro de San Antonio con gran calma, mansedumbre y orden: en primer término, cerca de la orilla, los más diminutos; detrás, los de tamaño medio, y más adentro, donde la profundidad era mayor, los peces mayores. Cuando todos los peces se hubieron colocado en ese orden y en esa disposición, comenzó San Antonio a predicar solemnemente, diciéndoles:

—Peces hermanos míos: estáis muy obligados a dar gracias, según vuestra posibilidad, a vuestro Creador, que os ha dado tan noble elemento para vuestra habitación, porque tenéis a vuestro placer el agua dulce y el agua salada; os ha dado muchos refugios para esquivar las tempestades. Os ha dado, además, el elemento claro y transparente, y alimento con que sustentaros. Y Dios, vuestro creador cortés y benigno, cuando os creó, os puso el mandato de crecer y multiplicaros y os dio su bendición. Después, al sobrevenir el diluvio universal, todos los demás animales murieron; sólo a vosotros os conservó sin daño. Por añadidura, os ha dado las aletas para poder ir a donde os agrada. A vosotros fue encomendado, por disposición de Dios, poner a salvo al profeta Jonás, echándolo a tierra después de tres días sano y salvo. Vosotros ofrecisteis el censo a nuestro Señor Jesucristo cuando, pobre como era, no venía con qué pagar. Después servisteis de alimento al rey eterno Jesucristo, por misterio singular, antes y después de la resurrección. Por todo ello estáis muy obligados a alabar y bendecir a Dios, que os ha hecho objeto de tantos beneficios, más que a las demás creaturas.

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

—Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Ante semejante milagro comenzó a acudir el pueblo de la ciudad, y vinieron también los dichos herejes; viendo éstos un milagro tan maravilloso y manifiesto, cayeron de rodillas a los pies de San Antonio con el corazón compungido, dispuestos a escuchar la predicación. Entonces, San Antonio comenzó a predicar sobre la fe católica; y lo hizo con tanta nobleza, que convirtió a todos aquellos herejes y los hizo volver a la verdadera fe de Jesucristo; y todos los fieles quedaron confortados y fortalecidos en la fe. Hecho esto, San Antonio licenció a los peces con la bendición de Dios y todos partieron con admirables demostraciones de alegría; lo mismo hizo el pueblo.

Después, San Antonio se detuvo en Rímini muchos días, predicando y haciendo fruto espiritual en las almas.

En alabanza de Cristo. Amén.

Florecillas de San Francisco de Asís, capítulo XL.

miércoles, marzo 09, 2011

La nueva historia de Francisco (II)

Continuación de la I parte.

La clínica


Dios se complace en los Hombres mucho antes de que ellos lo sepan.


No es posible forjar leyendas sobre el nacimiento de Cesco porque nació en una clínica; perfecta, limpia, aséptica, organizada y eficiente, sin ratones. Ni pajas de pesebre, ni animales junto a él, ni pastores a su alrededor. Los ángeles estarían allí, pero no debieron de atreverse a cantar. Ni protección paterna ni ternura materna: el padre estaba ocupado y la madre, en trance de muerte. No era un niño que nacía, era el 214 que llegaba al quirófano. Con su número sujeto al bracito por un esparadrapo, le metieron en una incubadora. Estaba entre dos niños más: el 213 y el 215. Hoy muchos niños nacen así.

Un presagio de pobreza.


Le enseñarían, cómo no, la lista de los emperadores bizantinos y los sistemas cristalográficos. Aprendió solito a atrapar moscas, a hacer fuelles para esparcir polvo de tiza, a fabricar flechas voladoras de papel y cerbatanas para disparar arvejas. Una noche tenían tagarninas: ‘que si eres hombre, que si no eres un hombre’, ‘que si lo fumas, que si no lo fumas’, acabaron mareados. Al día siguiente, por la mañana, el busto del señor importante que presidía la escalera principal del colegio, apareció con la nariz pintada de rojo. Ante el inquisidor que buscaba al culpable, Cesco supo confesar que lo había hecho él, porque él lo había hecho.

Dar la cara.

De niño quería ser pastorcillo de montaña, después descubridor del polo, después esperaba llegar a la luna; luego quiso ser aviador, marinero, guía en los Alpes, senador, ingeniero, físico. Cuantas veces soñó en lo que haría de mayor sentía siempre dentro un empuje hacia arriba; nunca pensó en vivir con zapatillas y poltrona, protegido y asegurado por el negocio de una tiendecilla.

Apuntar alto.

Muy joven todavía, hubo guerra y le mandaron al frente. Antes de conocer el amor y el odio de los hombres, quedó marcado por la redención de la sangre. Vio morir a aquel aprendiz del carpintero, a aquel cerrajero primerizo, a aquel desconocido que le había dado la mitad de su chusco, a aquel niño bien que llegaba a primera línea con su pijama de seda en el macuto, a aquel compañero de colegio. Cesco volvió a casa, pero Mingo no volvió; había quedado en alguna parte, con los ojos desorbitados de sorpresa infantil, cristalizados para siempre jamás en la inocencia. Después de la guerra sólo tenía dos cosas; la marca de sangre de su generación inocente y ‘la flor de la esperanza, minúscula y tenaz’ —como había dicho un poeta de su generación antes de morir—. Con los años, nuevas generaciones trajeron nuevos vientos de esperanza; y era algo hermoso de ver. Les entendía bien, porque él pertenecía a la sangre de Mingo.

La fidelidad a la generación inocente.


Le mandaron a infantería. Llegó al frente de noche, en un gran silencio; un silencio estremecedor, mucho más estremecedor que el estallido de las bombas. Todos eran niños y los ojos se las abrían como la primera vez que les mandaron a buscar algo al cuarto obscuro. De nuevo, ojos despavoridos y miedo en el corazón a la primera noche que estuvo de escucha, silencioso y agachado, con el fusil entre las piernas, unos metros más allá de las líneas. Nunca se libró por completo del miedo; siempre lo tuvo, incluso cuando ya sabía distinguir el estallido de los obuses del de las bombas, cuando ya conocía, por el ruido, qué aviones se acercaban. Con mucho miedo, sin embargo, nunca se hizo el remolón cuando tocaba salir de la trinchera: avanzaba, sin perder el tino de avanzar resguardándose.

Avanzar, a pesar del miedo.

Siempre tuvo amigos. Era de buen carácter, y a su lado nadie se aburría. Generoso: nunca guardó para sí, en el colegio, los turrones que le mandaban por navidad; si tenía dinero lo gastaba, pero nunca él solo. Era fiel, se peleaba con los que se burlaban de un amigo giboso. Un día, en el frente, estaban los otros dos allá arriba, bien parapetados; largas horas de combate, Cesco ya no sabía si tenía o no tenía miedo. Estruendo de las explosiones: chim-pum (los cañones de ellos), chim-pam (los cañones nuestros); agacharse, saltar, esconderse; saltar, agacharse, y esconderse. Encontró al otro apoyado en un árbol, el fusil inservible en las manos: ‘Toma, bebe un trago de mi cantimplora’.

Repartirse el agua de la cantimplora con el otro.

Cayó prisionero. Hambre y piojos de vergüenza. Por la noche, los prisioneros se sentían cercados por el alerta de los centinelas, un grito que se repetía cada cuarto de hora, rodeándoles. Pasaban el día echados, inermes; no parecían seres vivos. Algún compañero murió junto a él, tal vez más de vergüenza que de hambre. Hubieran preferido el frente, donde se jugaban la vida, sí, pero donde podían sentirse libres, luchando. Ahora callaban. ‘No nos dejemos abatir, cantemos. Aunque sigamos hambrientos, no seremos unos vencidos’.

No dejarse vencer.

Antes había tenido que realizar una gran retirada. Ambulancias, puentes volados, hombres tendidos en las cunetas, muertos tal vez, vuelos rasantes de la aviación contraria. Volatería suelta, lejos de sus corrales. Aldeanos huyendo con la mujer y los hijos, el carro, la mula, el colchón y la vaca. Soldados sin oficiales amontonados en camiones; oficiales sin soldados, en pequeños coches. Un niño tirando de una cabra, solo con su cabra. Una muchacha, sola, lloraba; los compañeros quisieron meterse con ella. Cesco era como todos, pero cargó el fusil: ‘Nadie la tocará, está llorando’.

Respetar a la mujer, porque la mujer es signo de contradicción. Quien sea capaz de respetarla, será también capaz de todos los demás gestos de hombre. Y al revés.

Quizás hayamos olvidado que respetar a la mujer y los demás gestos es lo normal, lo que todo hombre haría si no se torciese. Cesco era un muchacho normal, no asquerosamente perfecto, con unos defectos muy suyos: atolondrado, vanidoso, manirroto, demasiado simpático. Muy inmaduro y quizás muy pecador.

Pero no era un encogido.

Hay defectos que encogen y llevan al resentimiento como cuando se quiere encubrir la trampa con la prudencia, la cobardía con la mansedumbre, los complejos con la justicia, el abatimiento con las alergias, el egoísmo con la cordura, el alma de solterón con la continencia.

Mal camino. Donde incluso la gracia puede desviarse, porque la gracia llega a todas partes, pero si el encogido la recibe sin enderezarse, queda falseada, sin integración, sin unidad en el hombre. Como zapatos estrechos que dan mala andadura.

Cesco no era un encogido.


Hay defectos que no encogen y conducen a la virtud normal, de una manera normal. La violencia está más cerca de la suavidad cristiana, que la cobardía; una lúcida conciencia del propio valer, incluso con su matiz de orgullo, está más cerca de la humildad que la pusilanimidad escrupulosa; la imprudencia está más cerca de la prudencia que la falsa cordura del hombre instalado; la intransigencia está más cerca de la caridad que la condescendencia débil; el derroche está más de cerca de la pobreza que la avaricia; el pecado hecho con cierto respeto a la mujer está más cerca de la castidad que la continencia atormentada y reprimida en falso del alma del solterón.

Buen camino. La gracia de Dios puede avanzar por él normalmente, porque dar la cara, avanzar, repartirse el agua de la cantimplora, no dejarse vencer, respetar a la mujer, son gestos que tienen su realización normal cristiana en el hecho de afrontar la verdad de Dios, esperar la vida eterna, comprometerse en esta vida temporal, partir el pan, asumir la cruz de Jesucristo, encontrar la virginidad del alma.

Mal camino. Buen camino.

Y por encima de todos la gracia de Dios que hurga, busca, importuna, pincha, empuja, hasta que nos hace descubrir que tanto si hemos nacido en una barraca, como en el fondo de una mina, como en una clínica, todos hemos nacido desnudos. Hasta que nos hace descubrir qué sentido tenía aquel presagio de pobreza.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 29-33.

domingo, febrero 27, 2011

La nueva historia de Francisco (I)

A todos mis queridos compañeros peregrinos

La mochila



El Espíritu sopla donde quiere.

Asís.

Peregrinos y campanas.

Campanas y peregrinos, como setecientos años atrás.

El turista penetró en la ciudad por una puerta de la muralla y subió, por los empinados callejones góticos. La plaza de las basílicas, una larga calle estrecha, la plaza comunal, un poco de cuesta, otra calle estrecha, una bajada escalonada. Santa Clara, otra puerta en la muralla, otro callejón angosto. Había pasado por delante de un cine sin darse cuenta de que, antes, fuera una iglesia.

Compró un borriquillo de barro cocido en la feria cercana a la plaza mayor. Las aldeanas iban tocadas con pañuelos de vivos colores y regateaban las mercancías. Ellos eran chaparros, un tanto adustos y asentaban bien sus pies en el suelo, como limpia raza de mercaderes algo montañeses. A menudo pasaban grupos de frailes, frailes por todas partes. Un viejo cura con bastón, teja de telarañas, sotana apolillada y pañuelo de hierbas, gesticulaba y se reía con los labradores.

Él, era sólo un turista en tierra de peregrinos.

Bajó hasta San Damián y se hizo amigo de los frailes. Fray Pacífico, fray Junípero, fray León, fray Maseo; nombres, también, de setecientos años atrás.

—Yo me llamo Cesco. Completo: Francesco Bernardone.

Sí, sí, se llamaba Gian-Francesco Bernardote y en casa le llamaban Cesco. No, no era de por allí. Habíha venido por curiosidad, para conocer el país del que tan a menudo le hablaba su abuelo italiano. Allí se proponía descansar y estudiar.

—Te llamas como San Francisco.

—Pues no lo conozco. No sé quién es.

El pobre de Asís, nuestro padre fundador, el caballero de dama Pobreza. Siglo XIII, la guerra con Perugia, las pinturas del Giotto. Las basílicas, Spoletto, el sepulcro. Santa Clara, el belén de Greccio, Alvernia y los estigmas. Los juglares, la predicación de los pájaros, el hermano lobo. Las alondras, las palomas, el cántico al sol.

Los frailes se quitaban la palabra de la boca. Cesco sólo entendió que, antaño, alguien importante te llamó como él y que le invitaban a cenar.

Bajo una noble bóveda de aristas, el refectorio olía a sombra y a garbanzos recocidos. Largas mesas y largos bancos de madera desgastada, un ramo de flores allí donde un día se sentara Santa Clara, mugre, platos despostillados, sopa hirviente y ligera.

Rezaron brevemente y se sentaron a la mesa. Se escaldó con la sopa. Todos callaban mientras un fraile leía la Biblia; continuaron callados mientras leían algo con frecuentes alusiones a ‘nuestro padre San Francisco’. Un fraile joven le miraba y le sonreía cada vez que salía este nombre. Daba la impresión de que los frailes no escuchaban mucho y prestaban más atención a la sopa; cuando él no había tomado aún las primeras cucharadas, los demás habían ya terminado. Esperaban pacientemente que acabase. Cuando se disponía a cargar la pipa, se levantaron y rezaron unos salmos más largos que los del principio.

Salieron al jardincillo. Aquellos frailes eran como niños y reían por cualquier cosa.

—Te llamas como San Francisco. No te queda más remedio que hacerte fraile.

Olor a garbanzos recocidos y sopa hirviente para el resto de su vida.

O quién sabe si algo más.

San Francisco. Los conventos, los cultivos, la ciudad, los pájaros y hasta el viento estaban llenos de aquel nombre. Quiso saber quién era aquel Francisco y leyó montones y montones de libros.


Fuentes, bibliografía, categorías metodológicas. Condicionamientos geográficos de la personalidad de Umbría, juego de relieves y depresiones, módulos hidrográficos, vocación de los suelos; estructuras económicas de la Asís del XIII, conflictos latentes entre economías complementarias, la doble función de la estructura, circulación y población; estructuración histórico-dialéctica, grupos de presión, el feudalismo decadente, la nueva presión burguesa, mercados extranjeros, condiciones agrícolas y económicas de intercambio, los niveles sociales. Esto no explicaba casi nada. Categorías filosóficas y teológicas de la época, humanismo medieval, las escuelas, el prenominalismo, los universales, hipóstasis y físis, presencia eucarístico-sacrificial, Inocencio III, la investidura, la espiritualidad, los cátaros, albigenses, pobres de Lyón, fraticelli, incibatatti, el carisma. Esto explicaba muy poco. El sol y la lluvia, los atardeceres, los olivos, los viñedos y los cipreses. Celano, la leyenda de los tres compañeros, las fioretti, el billete a fray León, el cántico al sol, Santa Clara. Esto no lo explicaba todo.


Tomó la mochila.

Había estudiado las estructuras del XIII y no le bastó; había entrado en la cultura del XIII y no le bastó; había sentido el espíritu del XIII y de la franciscanada y no le bastó. Se había maravillado con las inefables Florecillas de San Francisco y no le bastó. Éste es el paso más difícil: llegar hasta las Florecillas y no quedarse en ellas complacido y embelesado, sin más. Tomar la mochila y caminar. En este paso el Hombre se lo juega todo: o lo da o se hunde. Porque los libros no son nada, incluso las Fioretti no son nada; nada es nada si no nos empuja a caminar. Sólo hacemos verdadera a la verdad cuando la caminamos y el Hombre es solamente Hombre cuando es capaz de ver qué andadura le exige la verdad, pequeña o grande, que encuentra; cuando no se detiene a calibrar, saborear y sentir la verdad que encuentra, sino que la carga sobre sus espaldas y camina con ella.

El turista es quien pasa sin carga ni dirección.

El caminante es quien ha tomado la mochila y busca.

El peregrino es quien, además de ir cargado y de buscar, sabe arrodillarse cuando es preciso.

Cesco ya no era un turista, pero no llegaba aún a peregrino.


San Damián, la Porciúncula, las Carceri, Fonte Colombo, las Celle, Gubbio, Alvernia, Greccio, Rieti, Perugia, Spoletto.

Había empezado.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 25-28.

lunes, febrero 14, 2011

Para el cristiano no hay mérito alguno: San Agustín

Suele suceder que, en ambientes píos o entre filósofos medianamente informados, se habla mucho de San Agustín (como de tantos otros) sin haberlo leído en profundidad y extensión, con lo cual se difunde una visión caricaturizada, edulcorada y apologética del obispo de Hipona que poco o nada tiene que ver con la realidad. Un ejemplo típico es que no fue el peor de los disolutos ni un depredador sexual; eso lo dicen quienes han oído mentar las Confessiones, mas nunca se han tomado el trabajo de leerlas con calma. Tampoco sostendría de suyo (quizá sólo por obediencia) muchas de las tesis del catolicismo actual ni mucho menos algunas de las doctrinas que se le atribuyen, como que nunca afirmó un primado jurídico de la sede romana, no sostenía una visión tan equilibrada entre fe y razón como Tomás de Aquino o Juan Pablo II, se opondría vehementemente a toda ética y espiritualidad de mérito y obras, fue siempre un pesimista antropológico y existencial, se reiría de todas las utopías religiosas y seculares, le extrañaría la división entre Iglesia y Estado y, sobre todo, negaría radicalmente la capacidad humana para hacer el bien: ante las terribles consecuencias del pecado original, el Hombre caído ha de ser rescatado y auxiliado por la gracia para creer, obrar y ser fiel, aun en contra de su voluntad (¡predestinación!). Me remito a incluir aquí una prueba, un pasaje de una obra relativamente poco conocida, que deja muy en claro cómo la voluntad humana, para ser en verdad libre, no debe sino reconocerse inútil (por iniciativa de la gracia) y permitir que la gracia misma actúe sobre ella, sin ninguna clase de mérito suyo.

José de Ribera, Santo eremita, c. 1650.

‘Supongamos un Hombre que nada busca y vive conforme a su vida vieja en una seguridad engañosa. No piensa que haya nada después de esta vida, que algún día se ha de acabar. Es negligente y desidioso. Tiene el corazón embotado por los atractivos del mundo y adormecido con deleites mortíferos. Para que ese tal sea excitado a buscar la gracia de Dios, para que se haga solícito y despierte de su sueño, ¿no tiene que despertarle la mano de Dios? Sin embargo, él ignora quién es el que le despierta. Mas comienza ya a ser de Dios, cuando empieza a reconocer la verdad de la fe. Ya antes de conocerla se duele de su error; se reconoce en error, quiere conocer la verdad: llama a donde puede, tantea lo que puede, vaga por donde puede, y también padece hambre de la misma verdad. Luego la primera tentación es la de error y hambre. Cuando, fatigado en esta tentación clama a Dios, es conducido al camino de la fe, desde donde empieza a caminar hacia la ciudad del reposo: es, pues, conducido a Cristo que dijo: “Yo soy el camino”.

Supongamos que ya está en el camino y que sabe lo que debe observar. Con frecuencia se atribuye poderes que no tiene, y presume de fuerzas. Comienza a querer combatir los pecados y a ser vencido por la soberbia. Se encuentra atado por las dificultades que le presentan sus propias apetencias; ve que no puede andar su camino a causa de las trabas. Se siente amarrado a la dificultad de los vicios, y se encoge como si se levantara un muro de dificultades ante él. Ve cerradas las puertas, y no halla por dónde pasar a vivir bien. Ya sabe cómo vivir. Si antes estaba en error y padecía hambre de verdad, ya recibió el manjar de la verdad y ya está en el camino. Escúchame, vive bien según lo que sabes, vive en conformidad con lo que sabes. Antes no sabías cómo tenías que vivir. Pero lo has recibido y ya lo sabes. El desgraciado se esfuerza y no lo logra. Se siente atado y clama al Señor. La segunda tentación es, pues, la dificultad en el bien obrar, como la primera era la del error y la del hambre. También en esa tentación el Hombre clama al Señor, y el Señor le libra de las dificultades; rompe los lazos de la dificultad, y le coloca en el camino de obrar la equidad. Comienza a serle fácil lo que antes se le hacía difícil, a abstenerse del mal, a no adulterar, ni hurtar, ni cometer sacrilegio, ni padecer lo ajeno. Ya es facilidad lo que otrora fuera dificultad. El Señor pudo facilitarlo. Claro que si esto lo hubiésemos obtenido sin dificultad, no reconoceríamos al dador de este bien. Si ya al principio, con sólo querer, el pecador pudiera, y no sintiera contra sí las apetencias renitentes, ni el alma chocase trabada con sus ataduras, atribuiría a propias fuerzas lo que siente que puede, y no “confesará al Señor sus misericordias”.

Tras estas dos tentaciones, la primera de error y de falta de verdad, y la segunda de dificultad en el bien obrar, asalta al Hombre la tercera. Hablo al que ya ha pasado por las dos primeras. Os prevengo que esas dos tentaciones las conocen muchos, ¿Quién ignora que ha venido de la ignorancia a la verdad, del error al camino, del nombre de sabiduría a la palabra de la fe? También luchan muchos atados con las dificultades de sus vicios, y atados aún por la costumbre viven como encerrados y trabados. Reconocen esta tentación, aunque ya digan, si acaso lo dicen: “Hombre infeliz de mí, ¿quién me liberará del cuerpo de esta muerte?”. Mira las ataduras estrechísimas: “La carne”, dice, “apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne, para que aquellas cosas que no queréis, eso hagáis”. Hay quien ha recibido ayuda en su espíritu para no desear ser adúltero, y para no serlo de hecho, para no desear ser ladrón, y para no serlo, y lo mismo en los demás órdenes que los Hombres quisieran superar, y muchas veces se sienten abatidos y derrotados ante ellos. De este modo se ven en la precisión de clamar a Dios, y los saca de sus apuros y los liberta, y así confiesan a Dios sus misericordias. Quien sea tal, y haya vencido tales dificultades, y viva ya entre los Hombres, sin queja de malas costumbres, va a parar en la tercer atentación. Esa tentación es una suerte de tedio en la peregrinación de esta vida. A veces llega hasta el punto de que ni le deleita el leer ni el orar, y resulta que la tercera tentación es opuesta a la primera. Ahora peligras de hastío, como antes peligrabas por hambre. Y ¿de dónde proviene ese estado, sino de un principio de languidez del alma? Ya no te deleita el adulterio, pero tampoco te deleita la palabra de Dios. Ha pasado el peligro de la ignorancia y de la concupiscencia. Estás contento de haberte evadido de esos dos peligros; ¡cuida ahora de que no te arruinen la acedia y el hastío! No es ésta una leve tentación. Reconócete dentro de ella y clama al Señor, para que también aquí te libre de tus necesidades, y cuando hayas sido librado “le confieses sus misericordias”

Si ya te deleita la palabra de Dios, no te lo arrogues como obra tuya, ni te infles por ello con orgullo. Al sentirse ávido de manjar, no te engrías contra aquellos que peligran en el hastío.’

San Agustín, Enarrationes in Psalmos, CVI, 4ss.


miércoles, febrero 02, 2011

La caída en el Edén (II)

Ya en una entrada anterior, habíamos explorado la naturaleza del pecado original, en el bellísimo y tragiquísimo prólogo de la película Anticristo (2010) de Lars von Trier. Añado, ahora, la lamentación que sobre ello hace San Anselmo de Aosta, OSB, Arzobispo de Canterbury y Doctor de la Iglesia:

Domenichino, Adán y Eva, s. XVII

‘¡Oh, mísera suerte del Hombre cuando perdió aquello para lo que fue creado! ¡Oh, duro y funesto suceso aquél! ¡Ay! ¿Qué perdió y qué encontró? ¿De qué se le privó y qué le ha quedado? Perdió la felicidad para la que fue hecho, y encontró la miseria para la que no fue hecho. Perdió aquello sin lo cual nadie es feliz, y le quedó aquello por lo cual no se es sino mísero. Entonces comía el Hombre el pan de los ángeles, del que ahora está hambriento; ahora come el pan de los dolores, que entonces desconocía. ¡Ay, público luto de los Hombres! ¡Universal llanto de los hijos de Adán! Éste nadaba en la abundancia, nosotros suspiramos hambrientos. Él era rico, nosotros mendigamos. Él era feliz y se extravió míseramente; nosotros carecemos infelizmente y miserablemente deseamos, y ¡ay! en el vacío permanecemos. ¿Por qué él, que pudo hacerlo con facilidad, no nos guardó de aquello de lo que tan lamentablemente carecemos? ¿Por qué nos privó de la luz y nos llevó a las tinieblas? ¿Para qué nos quitó la vida y nos causó la muerte? ¡Desgraciados! ¡De dónde hemos sido arrojados, en dónde enterrados! De la patria al exilio; de la visión de Dios a nuestra ceguera; de la alegría de la inmortalidad a la amargura y el dolor de la muerte. ¡Miserable mutación de tan gran bien a tan gran mal! Grave daño, grave dolor, grave todo.

Mas, ¡ay, mísero de mí, uno entre los demás míseros hijos de Eva alejados de Dios! ¿Qué intenté? ¿Qué hice? ¿A dónde iba? ¿A dónde llegué? ¿A qué aspiraba? ¿Por qué suspiro? Buscaba el bien, y ¡he aquí la turbación! Iba hacia Dios y caí sobre mí mismo. Buscaba el descanso en mi soledad y encontré en mi intimidad la tribulación y el dolor. Quería reír por el gozo de mi mente y me vi obligado a gemir por el gemido de mi corazón. Esperaba la alegría y he aquí que se agolpan los suspiros.

Y Tú, ¿hasta cuándo, Señor, nos olvidarás? ¿Hasta cuándo desviarás tu faz de nosotros? ¿Cuándo nos mirarás y nos escucharás? ¿Cuándo iluminarás nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo nos volverás a Ti? Míranos, Señor, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Vuélvete a nosotros para que tengamos el bien sin el cual tan mal estamos. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para alcanzarte; nada valemos sin Ti. Tú nos llamas, ayúdanos. Te lo ruego. Señor: mi corazón está amargado en su desolación; endúlzale con tu consuelo. Hambriento comencé a buscarte; te suplico, Señor, que no acabe ayuno de Ti; famélico me dirigí a Ti; que no vuelva insatisfecho. Pobre, acudí al rico; mísero, al misericordioso; haz que no regrese vacío y despreciado. Y si antes de que pueda comer, suspiro, dame algún alimento que comer después de los suspiros. Señor, estoy encorvado, no puedo mirar sino hacia abajo; enderézame para que pueda dirigirme hacia arriba. Mis iniquidades se han alzado sobre mi cabeza, me rodean y me abruman como una pesada carga. Líbrame, descárgame de ellas; que su abismo no apriete su boca sobre mí. Permíteme ver tu luz desde lejos o desde lo profundo. Enséñame a buscarte, y muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas, ni encontrarte si no te muestras. Te buscaré amándote, te amaré encontrándote.

Te confieso, Señor, y te doy las gracias porque creaste en mí tu imagen, para que me acuerde de Ti, te piense, te ame. Pero de tal modo está borrada por el contacto con los vicios, de tal modo oscurecida por el humo de los pecados, que no puede hacer aquello para lo que fue hecha, si Tú no la renuevas y reformas. No intento, Señor, llegar a tu altura, porque de ningún modo puedo comparar con ella mi entendimiento, pero deseo entender de alguna manera tu verdad que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino creo para entender. Y también creo esto; que si no creyera, no entendería.’

miércoles, enero 05, 2011

‘Riqueza y pobreza’ por San Ambrosio de Milán

Última parte del sermón (aquí, la I, II y III partes):


‘El que abunda en todo se cree el más pobre, porque estima que le falta todo lo que es poseído por otros. De todo el mundo carece aquél a quien para saciar su codicia no le basta el mundo entero; pero el fiel posee todas las riquezas de la tierra. Quien considerando su conciencia teme ser capturado, huye de todos los hombres. Por eso, según la historia, Ajab dijo a Elías, pero, según el sentido oculto, el rico al pobre: “Me hallaste, enemigo mío.” ¡Qué conciencia más mísera que se duele de ser descubierta!


Y le dijo Elías: “Te hallé porque hiciste mal ante los ojos del Señor.” Se trataba de un rey, Ajab, rey de Samaria, y de Elías, pobre, que carecía de pan y hubiese muerto de hambre, a no haber sido sustentado por los cuervos. Mas tan abyecta era la conciencia del rey pecador, que ni siquiera el fasto del poder real le podía dar dignidad. Por eso como persona vil e indigna dijo: “Me encontraste, enemigo mío.” Descubriste en mí las cosas que creía ocultas, nada se te esconde de mi espíritu: me hallaste, te son patentes mis pecados, soy cautivo tuyo. El pecador es descubierto cuando su iniquidad es proclamada; pero el justo dice: “Me probaste con el fuego y no hallaste en mí iniquidad” (Sal XVI, 3). Adán fue descubierto cuando se escondía; pero nadie ha encontrado la sepultura de Moisés. Fue hallado Ajab, pero no Elías. Y la sabiduría de Dios dice: “Me buscarán los malos y no me encontrarán” (Pr I, 28). Por eso, según el Evangelio, también buscaban a Jesús y no le encontraban (Jn VII, 21). Es la culpa, pues, la que descubre a su autor. Por lo cual Elías dijo a Ajab: “Hallé que hiciste mal en la presencia de Dios,” porque el Señor entrega a los reos de culpa, pero a los inocentes no les abandona al poder de sus enemigos. En fin, Saúl buscaba a David y no podía encontrarle; pero David, que no le buscaba, encontró al rey Saúl, porque se lo entregó Dios a su arbitrio. La riqueza, pues, nos hace esclavos; la pobreza, libres.

Difusión de las riquezas, comunicación y justicia

Vosotros, ricos, sois esclavos, y vuestra esclavitud es miserable porque servís al error, a la concupiscencia y a la avaricia que nunca se sacia. La avaricia es como un abismo sin fondo que hunde cada vez más lo que agarra, y como un pozo que, cuando rebosa, se llena de cieno y cae la tierra alrededor, infectándose más y más. También os conviene sacar una enseñanza de este ejemplo. En efecto, si de un pozo no se extrae nada, fácilmente se corrompe el agua por la inactividad y la hondura; por lo contrario, el sacarla frecuentemente hace al agua límpida y potable. Así sucede con un conjunto de riquezas, montón de polvo si no se utiliza, se hace precioso por el uso y permanece inútil si se mantiene guardado. Extrae, pues, algo de este pozo. El agua apaga el fuego ardiente y la limosna borra los pecados; pero el agua estancada pronto cría gusanos. No permanezca inmóvil tu tesoro, a fin de que no te rodee continuamente el fuego. Y te rodeará si no empleas tu tesoro en obras de misericordia. Considera, rico! en qué incendio estas metido. Tu voz es la de aquél que decía: “Padre Abrahán, di a Lázaro que moje el extremo de su dedo en agua y humedezca mi lengua” (Lc XVI, 24).


A ti mismo te aprovecha lo que dieres al necesitado; para ti mismo aumenta lo que disminuye tu hacienda. Te alimenta a ti el pan que dieres al pobre, porque quien se compadece del pobre se sustenta a sí mismo de los frutos de su humanidad. La misericordia se siembra en la tierra y germina en el cielo. Se planta en el pobre y se multiplica delante de Dios. “No digas —te ordena el Señor— mañana daré” (Pr III, 28). Quien no sufre que tú digas “Mañana daré,” ¿cómo podrá soportar que contestes “No daré”? No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común y ha sido dado para el uso de todos, lo usurpas tú solo. La tierra es de todos, no sólo de los ricos; pero son muchos menos los que gozan de ella que los que gozan. Pagas, pues, un débito, no das gratuitamente lo que no debes. “Presta atención, sin enojarte, al pobre, y paga tu deuda, y respóndele con benignidad y mansedumbre” (Si IV, 8).

Igualdad del rico y el pobre. El oro prueba al hombre

¿Por qué, pues, rico! eres soberbio? ¿Por qué dices al pobre: “No me toques”? ¿Acaso no has sido concebido y has nacido como él? ¿Por qué te jactas de la nobleza de tu progenie? Soléis examinar también el origen de vuestros perros, como el de los ricos, e igualmente la nobleza de vuestros caballos, como la de los cónsules. Aquél fue engendrado por tal padre y nació de tal madre; aquél se gloría de tal abuelo; el otro se envanece de su bisabuelo. Pero todo esto de nada sirve al caballo que corre: no se da la palma de la victoria a la nobleza de origen, sino a la velocidad del caballo. ¡Más sujeta está al deshonor una vida en la cual se pone a prueba también la nobleza de origen! Ten cuidado, rico, no deshonres en ti los méritos de tus mayores, para que no se les pueda decir: “¿Por qué elegisteis a tal heredero?” No consiste el mérito del heredero en los artesonados dorados ni en las mesas de pórfido. Este mérito no es de los hombres, sino de las minas, en las cuales los hombres son castigados. Son los pobres quienes excavan el oro, a quienes después se les niega. Pasan fatigas para buscar y descubrir lo que después nunca podrán poseer.


Me admiro, ricos, de que creáis poder envaneceros tanto en el oro, pues es más materia de tropiezo que don recomendable. “Piedra de escándalo es el oro, ¡y ay de los que van tras él! Bienaventurado es el rico que es hallado sin mancha y no corre tras el oro ni espera en los tesoros” (Si XXI, 8). Pero como si no existiese sobre la tierra un tal hombre, quiere representárselo: “Quién es éste —dice— y le alabaremos”: hizo algo digno de gran admiración, que debemos reconocer como desusado. Quien en las riquezas ha sido probado es verdaderamente perfecto y digno de gloria. “Porque pudo pecar y no pecó; hacer mal y no lo hizo” (Si XXI, 18). El oro, en el cual hay tanto peligro de pecado, no es, pues, para vosotros motivo de gracia, sino de castigo.

Inmunidad de los ricos. Uso recto de la riqueza

¿Os enorgullece acaso la amplitud de vuestros palacios, la cual más bien os debiera afligir, porque aunque pudieran albergar a todo el pueblo os aíslan de los clamores de los pobres? Si bien de nada os serviría oírlos, ya que, una vez oídos, nada hacéis. Vuestros mismos palacios deberían ser motivo de vergüenza para vosotros, porque, edificando, queréis superar vuestras riquezas y, sin embargo, no las vencéis. Vosotros revestís vuestras paredes y desnudáis a los hombres. El pobre desnudo gime ante tu puerta, y ni le miras siquiera. Es un hombre desnudo quien te implora y tú sólo te preocupas de los mármoles con que recubrirás tus pavimentos. El pobre te pide dinero y no lo obtiene; es un hombre que busca pan y tus caballos tascan el oro bajo sus dientes. Te gozas en los adornos preciosos, mientras otros no tienen qué comer. ¡Qué juicio más severo te estás preparando, oh rico! El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros; el pueblo implora y tú exhibes tus joyas. ¡Desgraciado quien tiene facultades para librar a tantas vidas de la muerte y no quiere! Las vidas de todo un pueblo habrían podido salvar las piedras de tu anillo.


Escucha qué modo de hablar conviene al rico: “Libré al pobre de la mano del poderoso y ayudé al huérfano que no tenía quien mirara por él. Caía sobre mí la bendición del miserable y la boca de la viuda me glorificaba. Vestíame de justicia; era ojo para los ciegos y pies para el cojo” (Jb XXIX, 13-6). Y continúa un poco después: “No se quedaba fuera de mi casa el extranjero y abría mi puerta al viandante. Si pequé imprudente, no oculté mi culpa ni temí a la multitud de la plebe, de modo que no la reconociera ante los presentes. Si consentí que el enfermo saliera de las puertas de mi casa, vacío. Si tuve algún depósito de deudor y no lo devolví sin retraso, aun sin recuperación de la deuda” (Jb XXXI, 32-4).

Mas, ¿por qué repetir que él confesó que lloraba con los que lloraban y se dolía cuando veía a un hombre necesitado y a sí mismo lleno de bienes? Entonces se sentía más desdichado, cuando veía que él poseía y los demás estaban en la indigencia. Si esto dijo aquel que nunca hizo llorar a las viudas, ni comió su pan solo, sin dar parte de él al huérfano, al cual desde su juventud cuidó, aumentó y educó con el afecto de un padre; que nunca menospreció al desnudo, que enterró al muerto, que calentó a los enfermos con los vellones de sus ovejas, que no oprimió al huérfano, que nunca se deleitó en las riquezas ni se congratuló en la caída de sus enemigos; si quien esto hizo se vio necesitado teniendo tan grandes riquezas y nada sacó de tan gran patrimonio, excepto el fruto de la misericordia, ¿qué puedes esperar tú, que no sabes usar tu patrimonio, que en tantas riquezas llevas una vida miserable, porque a nadie socorres ni ayudas?


Tú, que entierras el oro, eres, por tanto, guardia de tu hacienda, no señor de ella; eres administrador de él, no árbitro. Pero donde está tu tesoro allí está tu corazón. Por eso con el oro entierras tu corazón. Vende más bien el oro y compra la salvación; vende la piedra preciosa y compra el reino de los cielos; vende tu campo y asegúrate la vida eterna. Te propongo la verdad, atestiguada por las palabras del Señor: “Si quieres ser perfecto —dice—, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo (Mt XIX, 21). Procura no entristecerte al oír estas palabras para que no se te diga como a aquel joven rico: “Cuán difícilmente entrarán en el reino de los cielos los que tienen dinero” (Mc X, 32). Cuando leas estas palabras considera más bien que la muerte te puede arrebatar todo lo que posees y que puede quitártelo quien está sobre ti, porque aspiras a cosas pequeñas en lugar de grandes, a caducas en vez de eternas, a tesoros de dinero en lugar de tesoros de gracia. Aquéllos se corrompen, éstos son eternos.

Considera que no posees tú solo estos tesoros; los posee también la carcoma y el orín que consume al dinero. Estos son los compañeros que te proporciona la avaricia. Mira, por el contrario, a quienes te ofrecen la generosidad como deudores: “Muchos serán los labios de los justos que te bendigan como espléndido en pan, y los que darán testimonio de tu bondad” (Si XXXI, 28). La generosidad hace deudor tuyo a Dios Padre, quien por toda dádiva con que se socorre al pobre paga usura, como deudor de buen crédito. Hazte deudor al Hijo de Dios, que dice: “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me cubristeis” (Mt XXV, 35-6). Declara que se le entrega a Él mismo lo que se haga a uno de sus pequeños sobre la tierra.


Tú, hombre, no sabes atesorar riquezas. Si quieres ser rico, sé pobre en este mundo para que seas rico en Dios. Es rico en Dios quien es rico en la fe; es rico en Dios quien es rico en misericordia; es rico en Dios quien es rico en simplicidad; es rico en Dios quien es rico en sabiduría y en ciencia. Hay quienes son ricos en la pobreza, y quienes son pobres en la riqueza. Son ricos los pobres cuya extrema pobreza abundó en la riqueza de su simplicidad; pero los ricos padecieron necesidad y tuvieron hambre. Pues no en vano está escrito: “Los pobres serán antepuestos a los ricos y los siervos darán prestado a sus propios señores” (Pr XVII, 2), porque los ricos y los señores siembran lo malo y superfluo, de lo cual no recogen frutos, sino espinas. Por eso los ricos serán súbditos de los pobres y los siervos prestarán a sus dueños en lo espiritual, como aquel rico que suplicaba al pobre Lázaro le diera una gota de agua. Puedes hacer tú también, ¡oh rico!, que se cumpla el sentido de esta sentencia: da con largueza al pobre y prestarás a Dios, pues quien es liberal con el pobre da prestado a Dios.

Declara expresamente el Profeta quiénes son todos éstos al decir: “Todos los varones de riquezas” (Sal LXXV, 6); todos, dice, no exceptúa a ninguno. Y acertadamente les da el nombre de varones de riquezas, no riquezas de varones para dar a entender que no son poseedores de sus riquezas, sino al revés, poseídos por ellas. La posesión debe ser del poseedor, no el poseedor de la posesión. Pues todo el que no usa de su patrimonio como poseedor, que no sabe dar con largueza y repartir a los pobres, es siervo de su hacienda, no señor de ella, porque guarda las riquezas ajenas como criado y no usa de ellas como señor.

Por tanto, en este sentido decimos que el hombre es de las riquezas, no las riquezas del hombre. El entendimiento es bueno para los que usan de él; pero quien no entiende no puede reclamar la gracia del entendimiento y por eso le adormece el sueño de la ebriedad. De este modo, los varones duermen su sueño; es decir, el suyo, no el de Cristo. Y porque no duermen el sueño de Cristo no poseen su paz, ni resucitarán con Él, que dijo: “Yo dormí, reposé y resucité porque el Señor me acogió” (Sal III, 6).

Dirigiéndose a vosotros, el Profeta os dice: “Orad y convertíos al Señor, nuestro Dios” (Sal LXXV, 12); es decir, no queráis desentenderos, el tiempo apremia, orad por vuestros pecados, devolved por los beneficios recibidos los bienes que tenéis. De Él recibisteis lo que ofrecéis: de Él mismo es lo que le pagáis. “Dones míos —dice— (I Cr XXIX, 14) y dádivas mías son todo esto que me ofrecéis; yo os lo di y doné.” En fin, el Profeta dice: “No necesitáis de mis bienes” (Sal XV, 2); por tanto, te ofrezco lo tuyo, porque no tengo nada que no me hayas dado. La fe es la que ofrece los dones; la humildad, la que los hace agradables. Abel ofreció a Dios con fe muchas hostias, y las ofrendas de Abel agradaron a Dios más que los dones de Caín, porque su fe era superior. ¿Por qué razón, en efecto, agrada a Dios la ofrenda del pobre más que la del rico? Porque el pobre es más rico en fe y sobriedad, y aun cuando sea pobre, de él es de quien se dice: “Te ofrecen presentes reales” (Sal LXVII, 30).


El Señor Jesús no se compadece en los que le hacen ofrendas vestidos de púrpura, sino en los que dominan sus propios movimientos, a la sensualidad del cuerpo con la fuerza del espíritu. Por tanto, orad, ricos. No poseéis en vuestras obras lo que agrada a Dios. Orad por vuestros pecados y crímenes y restituid los dones a Dios nuestro Señor. Restituidle en el pobre, pagadle en el necesitado, prestadle en el indigente, pues no podéis aplacarle por vuestros delitos de otra forma. A quien teméis como vengador, hacedle deudor. “Yo no recibiré becerros de tu casa, ni machos cabríos de tus rebaños, porque son mías todas las bestias de los bosques” (Sal XLIX, 9-10). Lo que me ofrecieres, mío es, porque todo el universo es mío. No os exijo lo que es mío, sino lo que me podéis ofrecer vuestro, el afecto de devoción y de fe. No me deleito en el deseo de sacrificios: únicamente, ¡oh hombre!, “ofrece a Dios sacrificios de alabanza y cumple tus votos al Altísimo” (Sal XLIX, 14).’

‘Uso social de las riquezas’ por San Ambrosio de Milán

Continúa la homilía del doctor de la Iglesia (aquí I y II):


‘Y dijo el rico: “Esto haré: destruiré mis graneros.” Ni siquiera pasó por su imaginación decir: “Abriré mis graneros para que entren quienes no pueden remediar su hambre; vengan los necesitados, entren los pobres, llenen sus senos; destruiré las paredes que excluyen al hambriento. ¿Por qué voy a esconder lo que Dios hace abundar para comunicarlo? ¿Para qué voy a cerrar con cerrojos el trigo, con el cual Dios ha llenado toda la extensión de los campos, donde nace y crece sin custodia?”

La esperanza del avaro se desvanece. Los graneros viejos revientan con la nueva cosecha. Pero ni aun así dice: “Tuve bienes y los guardé en vano; he recolectado mucho más, ¿para qué los voy a almacenar? He buscado ávidamente hacer subir el precio y he perdido toda la ganancia que esperaba. ¿Cuántas vidas de los pobres pudo preservar el trigo de los años anteriores? Ya no más guardaré estos bienes hasta que suban los precios, pues se ha de estimar más la gracia que el dinero. Imitaré a José en su pregón de humanidad; clamaré con gran voz: Venid, pobres, comed de mi pan, ensanchad vuestros senos, recibid el trigo.” La abundancia del rico, la fecundidad de toda la tierra, debe ser un bien de todos. Pero tú no hablas así, sino que dices: “Destruiré mis graneros.” Con razón dices los destruyes, ya que no revierten en el pobre agobiado. Tus graneros son receptáculos de iniquidad, no instrumentos de la caridad. En verdad, destruye quien no sabe edificar sabiamente. Destruye sus bienes todo rico que olvida lo eterno. Destruye sus graneros porque no sabe repartir su trigo, sino encerrarlo.

“Y los haré —dice— mayores.” Infeliz, mejor sería que distribuyeras entre los pobres lo que te vas a gastar en la edificación. Al mismo tiempo que rechazas el beneficio de la liberalidad sufres de grado el coste de la edificación.


Y añade: “Reuniré en él todos los frutos que he recolectado y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes.” El avaro se siente arruinado por la abundancia de las cosechas, cuando considera el bajo precio de los alimentos. La fecundidad es un bien para todos, pero la mala cosecha sólo es ventajosa al avaro. Se goza más de la enormidad de los precios que de la abundancia de productos y prefiere tener algo solo que vender a todos. Obsérvalo. Teme la superabundancia de trigo que, rebosando de los hórreos, vaya a parar a manos de los pobres y sea ocasión para los necesitados de adquirir algún bien. El rico reclama para sí sólo el producto de las tierras, no porque quiera usarlo él, sino para negarlo a los demás.

“Tienes —dice— muchos bienes.” No sabe enumerar el avaro otros bienes que los que son lucrativos. Pero le concedo que sean bienes las riquezas. ¿Por qué, pues, os servís de lo que es bueno para hacer el mal, cuando debierais hacer el bien con lo que es malo? Escrito esta: “Haceos amigos de las riquezas de iniquidad” (Lc XVI, 9). Por tanto, para aquellos que las saben usar son bienes, y para los que no, males ciertamente. “Distribuyó, dio a los pobres, su justicia permanece eternamente” (Sal CXI, 3). Son bienes si las distribuyes entre los pobres, y de este modo constituyes a Dios en deudor tuyo de un préstamo de piedad. Son bienes si abres los graneros de tu justicia y te haces pan de los pobres, vida de los necesitados, ojos de los ciegos, padre de los niños huérfanos.


Tienes posibilidad de hacerlo, ¿qué temes? Estoy de acuerdo con tus palabras. Tienes muchos bienes guardados para muchos años; luego podéis abundar en ellos no sólo tú, sino todos los demás. Tienes en tus manos el bienestar de todos, ¿por qué entonces destruyes tus graneros? Yo te muestro dónde puedes guardar mejor tu trigo, dónde puedes estar seguro que no te lo arrebatarán los ladrones. Dalo a los pobres; en ellos no lo consume el gorgojo ni lo corrompe el trascurso del tiempo. Tienes almacenes a tu disposición: el seno de los necesitados, las casas de las viudas, las bocas de los niños, donde se te pueda decir: “En las bocas de los niños y lactantes hallaste perfecta alabanza” (Sal VIII, 3). Estos son los graneros que duran eternamente; éstos son los graneros a los cuales las cosechas futuras no pueden hacer pequeños.


Porque, ¿qué harías nuevamente si otra vez tuvieras una cosecha abundantísima el próximo año? De nuevo tendrías que destruir los graneros que piensas edificar este año y hacerlos mayores. Dios te concede la prosperidad para vencer o condenar tu avaricia, a fin de que no puedas tener excusa. Pero lo que Él hizo nacer por tu medio para muchos te lo reservas para ti solo, y ciertamente para ti mismo lo pierdes, pues más ganarías tú mismo si lo repartieras entre los demás. El fruto de estos dones revierte en los mismos que los comunican, y la gracia de la liberalidad la recibe el liberal. Puesto que está escrito: “Sembrad para la justicia” (Os X, 12), sé agricultor espiritual, siembra lo que te sea provechoso. Si la tierra te devuelve frutos superiores a la simiente que recibe, cuanto más el premio de la misericordia te devolverá multiplicado lo que dieres.

Muerte, riquezas y comunicación

En fin, hombre cualquiera que seas, ¿no sabes que el día de la muerte puede adelantarse a la cosecha, pero que la misericordia excluye de la muerte al que la ha merecido? Ya están presentes quienes requieren tu alma, y tú todavía difieres el fruto de tus buenas obras. ¿Crees que aún te queda largo tiempo de vida para cambiar? “Necio, esta noche te pedirán tu alma” (Lc XII, 20). Dice bien “esta noche,” pues de noche será exigida el alma del avaro: empieza en tinieblas y permanece en ellas. Para el avaro siempre es noche, y día para el justo. De éste se dijo: “En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc XXIII, 34). “El necio cambia como la luna” (Si XXVII, 12). “Pero los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt XIII, 43). Con razón es acusado de necedad quien coloca su esperanza en comer y beber. Y por eso les urge el tiempo de la muerte, según la frase de los que sirven a la gula: “Comamos y bebamos, mañana moriremos” (Is XXII, 13). Se le llama necio acertadamente, porque proporciona lo corporal a su alma e ignora para quién guarda las cosas a las que sirve.



Por tanto, se le dice: “Los bienes que allegaste, ¿para quién serán?” (Lc XII, 20). ¿Por qué todos los días mides, cuentas y pones sello a tu dinero? ¿Por qué pesas diariamente el oro y la plata? ¡Cuánto más te valdría ser dispensador liberal que guarda solícito! ¡Cuánto más te aprovecharía para la gracia que tuvieras selladas tus muchas balanzas en un saco! Pues el dinero lo dejamos en este mundo, pero la gracia de las buenas obras nos acompañará como mérito en el Juicio final.

Pero quizá repliques lo que vosotros los ricos soléis decir generalmente: “Que no debemos socorrer al que Dios maldice y quiere que sufra necesidad.” Pero no han sido malditos los pobres, ya que de ellos está escrito: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt V, 3). No del pobre, sino del rico dice la Escritura: “El que recibe usura del trigo será maldito” (Pr XI, 26). Tú no debes, por otra parte, considerar los méritos de cada uno. Pertenece a la misericordia no juzgar los méritos, sino ayudar en las necesidades: socorrer al pobre. No examinar la justicia. Pues está escrito: “Bienaventurado quien entiende en el necesitado y el pobre” (Sal XL, 2). ¿Quién es el que entiende? Quien le compadece, quien advierte que es participante de su misma naturaleza, quien sabe que Dios hizo al rico y al pobre, quien cree que santifica sus frutos si destina alguna parte de ellos para los pobres. Por consiguiente, cuando tengas de dónde hacer bien, no te retrases diciendo: “Mañana daré,” a fin de que no pierdas la prosperidad que te permite dar. Es peligroso diferir el socorro a otro. Puede suceder que, mientras dilatas tu ayuda, muera el necesitado. Apresúrate más que la muerte, no sea que mañana te domine la avaricia y desistas de tus promesas.

Jezabel es figura de la avaricia

Pero, ¿por qué decirte que no demores la liberalidad? Ojalá no te apresures para la rapiña, ni arrebates lo que ambicionas, ni exijas lo que no es tuyo, ni te apoderes de lo que te niegan; ojalá soportes pacientemente la negativa y no escuches la voz de aquella Jezabel, que es la avaricia, que te dice con cierto dejo de vanidad: “Yo te proporcionaré la viña que deseas. Estás triste porque quieres observar, como medida de la justicia, no apoderarte de lo ajeno. Yo tengo mis derechos y mis leyes; acusaré falsamente al pobre para robarle y le quitaré la vida, si es preciso, para arrebatarle su posesión.”

¿Qué otra cosa se quiere describir en esta historia a no ser la avaricia del rico, que es un torrente que todo lo arrolla y destroza? Jezabel representa esta avaricia, y no hay una sola, sino muchas, ni es solamente de una época, sino de todos los tiempos. Ella dice a todos, como la Jezabel de la historia dijo a su marido, Ajab: “Levántate, come y vuelve en ti; yo te daré la viña de Nabot de Jezrael.”

Y escribió ella unas cartas en nombre de Ajab y las selló con el sello de éste y se las mandó a los ancianos y a los magistrados que vivían con Nabot. He aquí lo que escribió en las cartas: “Promulgad un ayuno y traed a Nabot delante del pueblo y preparad dos malvados que depongan contra él diciendo: Tú has maldecido a Dios y al rey; y sacadle luego y lapidadle hasta que muera.”

Falso e inútil ayuno de los ricos. Su hipocresía


¡Cuán vivamente expresa la Sagrada Escritura el modo de obrar de los ricos! Se entristecen si no pueden robar lo ajeno: dejan de comer, ayunan, no para reparar sus pecados, sino para preparar el crimen. Y tal vez les ves venir a la iglesia oficiosos, humildes, asiduos, para obtener que se lleve a efecto su delito. Pero les dice Dios: “El ayuno que me agrada no es encorvar la cabeza como junco y acostarse en saco y ceniza. No llaméis a este ayuno aceptable. ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? —dice el Señor—. Romper todas las ataduras de la injusticia, deshacer los vínculos opresores, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo inicuo; que partas tu pan con el hambriento, que acojas en tu casa al pobre sin techo, que si ves al desnudo le vistas y no desprecies a tus hermanos. Entonces brillará tu luz como la aurora y se dejará ver pronto tu salud y te precederá la justicia y la gloria de Dios te rodeará; entonces llamarás al Señor y te oirá. Aún no habréis acabado de hablar y te dirá: Aquí estoy” (Is LVIII, 5-9).


¿Oyes, rico, lo que dice el Señor? Y tú vienes a la iglesia, no para distribuir algo al pobre, sino para quitárselo; ayunas, no para que el gasto de tu comida vaya en beneficio de los pobres, sino para apoderarte incluso de sus despojos. ¿Qué pretendes con el libro, las cartas, el sello, las anotaciones y el vínculo de la ley? ¿No has oído? “Rompe todas las ligaduras de la injusticia, deshaz los vínculos opresores, deja ir a los oprimidos y quebranta todo yugo inicuo. Tú me ofreces las tablas en que está escrita la ley, yo te opongo la ley de Dios; tú escribes con tinta, yo te repito los oráculos de los profetas, escritos bajo inspiración de Dios; tú preparas falsos testimonios, yo pido ci testimonio de la conciencia, de cuyo juicio no puedes huir ni librarte, cuyo testimonio no podrás recusar en el día en que Dios revelará las obras ocultas de los hombres. Tú dices: “Destruiré mis graneros” (Lc XII, 18); pero Dios dice: “Despréndete más bien de lo que encierra el granero, dalo a los pobres, que aprovechen estos recursos los necesitados.” Tú dices: “Los haré mayores y reuniré en ellos mis cosechas por grandes que sean.” Pero el Señor te dice: “Parte tu pan con el hambriento.” Tú dices: “Quitaré a los pobres su casa.”Pero el Señor te dice: “Recibe en tu casa a los necesitados que no tienen techo.” ¿Cómo quieres, rico, que Dios te oiga, cuando tú no piensas que debes escuchar a Dios? Si no se acepta la arbitrariedad del rico, se inventa una causa y se estima injuria a Dios la negativa a la petición del rico.

“Nabot ha maldecido —dice— a Dios y al rey.” Equipara a las personas para que parezca igual la ofensa. “Maldijo —dice— a Dios y al rey.” Se buscaron dos testigos inicuos. También por dos testigos fue apetecida Susana, y dos testigos encontró también la Sinagoga que depusieron contra Jesús falsamente, y con dos testimonios es asesinado el pobre. “Luego sacaron a Nabot fuera de la ciudad y le lapidaron.” ¡Si al menos hubiese podido morir entre los suyos! Pero el rico quiere quitar al pobre hasta la sepultura.


“Y sucedió que como oyese Ajab la muerte de Nabot, rasgó sus vestiduras y se vistió de cilicio. Y después de esto se levantó y descendió a la viña de Nabot de Jezrael para tomar posesión de ella.” Los ricos, si no obtienen lo que desean, para hacer daño se airan y calumnian. Después fingen pesar; sin embargo, tristes y como afligidos, no de corazón, sino de rostro, marchan al lugar de la rapiña a tomar posesión inicua del fruto de su agresión.

Este hecho conmueve a la justicia divina, que condena al avaro con merecida severidad. “Mataste —se le dice— y te adueñaste de la heredad. Por eso en el lugar en el que los perros lamieron la sangre de Nabot lamerán también la tuya propia y las meretrices se lavarán en ella.” ¡Cuán justa y cuán severa sentencia, que la muerte acerba que el rey causó la sufriera él mismo con todo su horror! Dios ve al pobre insepulto y establece que quede también sin sepultura el rico; Él quiere que pague, también muerto, sus iniquidades, porque no tuvo piedad ni siquiera de un muerto. El cadáver del rey, empapado en la sangre de sus heridas, muestra, con este género de muerte violenta, la crueldad de su vida. Cuando sufrió esta muerte el pobre fue inculpado el rico; cuando la recibió el rico fue vengada la muerte del pobre.

¿Y qué significa que las meretrices se lavaran en su sangre, sino la perfidia propia de las prostitutas en que cayó el rey con su egoísmo salvaje, o la lujuria cruenta de él, que fue tan lujurioso hasta desear las hortalizas y tan sanguinario que por ellas mató a Nabot? Digna pena castiga al avaro y a la avaricia. En fin, también a Jezabel la devoraron los perros y las aves del cielo para dar a entender qué fin espera al rico en su sepultura. Huye, pues, rico, de las muertes de esta clase. Pero huirás de ellas si huyes de estos crímenes. No quieras ser otro Ajab, de modo que ambiciones la posesión del vecino. No cohabite contigo Jezabel, aquella avaricia feroz, pues te persuadirá para que mates, no refrenará tu codicia, sino la excitará; te hará más desgraciado aunque logres alcanzar lo que desea, te hará desnudo aunque seas rico.’