viernes, febrero 23, 2007

‘Confesiones de un liberal’ de Mario Vargas Llosa

Una confesión con la que concuerdo completamente:


‘En este discurso, pronunciado al recibir el premio Irving Kristol, que otorga anualmente el Instituto American Enterprise a las personalidades que contribu- yen a defender la democracia en el mundo, Mario Vargas Llosa hace una apasionada defensa de la libertad, al tiempo que explica su credo político.

Estoy especialmente recono- cido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América Latina y España, lo usual es que, cuando alguien o alguna institución elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir "pese a que discrepe de", "aunque no siempre coincida con", o "esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político". Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute y al Premio Irving Kristol, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy —sería más prudente decir "creo que soy"— un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, "liberal" quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del "liberal" era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. "¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?" "A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!" No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.

Aquí, en Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América Latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal —o, lo que es más grave, neoliberal— para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo —amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión— reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que en boca de un progresista quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.

Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta.

Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gay, o al aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.

Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquélla, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas —entre las que, desde luego, puede incluirse la religión— la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que —la frase es de Isaiah Berlin— "los lobos se coman a todos los corderos". El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable, que sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.

René Magritte, Le promesse, 1928.

Pues bien, el liberal que yo trato de ser, cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América Latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras, respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Ésta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas "desarrollistas" fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón.

Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.

No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social.

La defensa del individuo es conse cuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella "libertad negativa" como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo. El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo, la raza, por ejemplo, la clase social, la religión, o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas —el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo—, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura general, compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos. Hay mucho de verdad en esta teoría. Y así, en nuestro tiempo hemos visto el caso de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron reformas profundamente liberales, en tanto que, en nuestros días, corresponde más bien a dirigentes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido y Ricardo Lagos, en Chile, llevar a cabo unas políticas económicas y sociales que sólo se pueden calificar de liberales.

Aunque la palabra "liberal" sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. No otra es la razón de que, en estos últimos años, pese a las crisis económicas, a la corrupción, al fracaso de tantos gobiernos para satisfacer las expectativas puestas en ellos, las democracias que tenemos en América Latina no se hayan desplomado ni sido reemplazadas por dictaduras militares. Desde luego, todavía está allí, en Cuba, ese fósil autoritario, Fidel Castro, quien ha conseguido ya, en los 46 años que lleva esclavizando a su país, ser el dictador más longevo de la historia de América Latina. Y la desdichada Venezuela padece ahora a un impresentable aspirante a ser un Fidel castro con minúsculas, el comandante Hugo Chávez. Pero ésas son dos excepciones en un continente en el que, vale la pena subrayarlo, nunca en el pasado hubo tantos gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, como ahora. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula, en el Brasil, quien, antes de ser elegido Presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado, y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización, aunque se equivoca al oponerse al ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Americas). En Argentina, aunque con una retórica más encendida y llena a veces de bravatas, el Presidente Kirchner está siguiendo sus pasos, afortunadamente, aunque a veces parezca hacerlo a regañadientes y dé algún tropezón. Y, asimismo, hay indicios de que el gobierno que asumirá el poder próximamente en Uruguay, presidido por el doctor Tabaré Vázquez, se dispone, en política económica, a seguir el ejemplo de Lula en vez de la vieja receta estatista y centralista que tantos estragos ha causado en nuestro continente. Incluso, esa izquierda no ha querido dar marcha atrás en la privatización de las pensiones —que han llevado a cabo hasta el momento once países latinoamericanos—, en tanto que la izquierda de Estados Unidos, más atrasada, se opone a privatizar aquí el Social Security. Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social, pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América Latina deje por fin, atrás, el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América Latina de nuestros días, es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente, ha disminuido considerablemente. La verdad es que el antinorteamericanismo es hoy día más fuerte en países como España y Francia, que en México o en el Perú. De hecho, la guerra en Iraq, por ejemplo, ha movilizado en Europa a vastos sectores de casi todo el espectro político, cuyo único denominador común parecía ser, no el amor por la paz, sino el rencor o el odio hacia los Estados Unidos. En América Latina, esa movilización ha sido marginal y prácticamente confinada a los sectores más irreductibles de la ultra izquierda. El cambio de actitud hacia Estados Unidos obedece a dos razones, una pragmática y otra principista. Los latinoamericanos que no han perdido el sentido común entienden que, por razones geográficas, económicas y políticas, una relación de intercambios comerciales fluida y robusta con los Estados Unidos es indispensable para nuestro desarrollo. Y, del otro lado, el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, mantenga ahora una línea constante de sostén a las democracias y de rechazo a los intentos autoritarios, ha contribuido mucho a reducir la desconfianza y hostilidad de los sectores democráticos de América Latina hacia el poderoso vecino del Norte. Este acercamiento y colaboración son indispensables, en efecto, para que América Latina pueda quemar etapas en su lucha contra la pobreza y el atraso.

El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos —el país natal, no lo olvidemos de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky—, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América Latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco. Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni muchos menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplique esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada Ley Seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros.

La presencia, en Estados Unidos, de unos cuarenta millones de ciudadanos de origen latinoamericano, desde mi punto de vista, no atenta contra la cohesión social ni la integridad de la nación; más bien, la refuerza añadiéndole una corriente cultural y vital de gran empuje, donde la familia es sagrada, que, con su voluntad de superación, su capacidad de trabajo y deseo de triunfar, esta sociedad abierta aprovechará exitosamente. Sin renunciar a sus orígenes, esta comunidad se va integrando con lealtad y con amor a su nueva patria y va forjando un vínculo creciente entre las dos Américas. Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Ángeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en el Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes amigos. Cuando mi padre falleció, yo creí que ella volvería al Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse aquí, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.

Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad.

Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

Washington, D.C., 2 de marzo de 2005.’

Aparecido en la revista Letras Libres

domingo, febrero 11, 2007

En el LXII aniversario de la liberación de Auschwitz

La puerta de Auschwitz I, con la leyenda: ‘El trabajo hace la libertad’.

El pasado 27 de enero, se conmemoraron 62 años desde que el Ejército Rojo entró al complejo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau-Monowitz, con sus casi 40 subcampos, terminando así, la peor pesadilla en la Historia humana. Allí, entre 1.000.000 y 1.500.000 de personas, en su mayoría judíos, fueron asesinados como consecuencia de la ‘Solución Final al Problema Judío’ de la Alemania Nazi. Aunque las matanzas continuaron hasta que terminó la guerra en Europa, tres meses más tarde, se acordó que este día fuese el Día del Holocausto, de la Shoah —‘masacre’, en hebreo—, y se recordara, así, a los casi siete millones de judíos y cinco millones de otras minorías étnicas, víctimas del totalitarismo nazi.

Quise escribir algo al respecto el mismo 27 de enero, mas no hallé qué, al contrario de Mendigo, cuyo excelente post fue secuestrado por comentarios antisemitas infames e intolerables, lo que hace aún más necesario recordar la Shoah, en su justa medida y significado. Sin embargo, el texto que finalmente encontré fue éste:

‘En Polonia, no lejos de Cracovia, se levanta la ciudad de Oświęcim. Un amplio trecho de terreno conserva aún la estructura y el nombre del campo de concentración [en realidad, el término adecuado es de exterminio] alemán donde, hace cincuenta [60, hoy día], fueron exterminados los judíos: Auschwitz-Birkenau. Allí fueron enviados a las cámaras de gas mártires y héroes, niños y ancianos. Aunque otros muchos inocentes, polacos y de otras nacionalidades europeas —entre ellos San Maximilian Kolbe—, gitanos y homosexuales encontraron en aquel campo una muerte horrenda, Auschwitz, se ha erigido en el lugar simbólico de la Shoah, el genocidio del pueblo judío en Europa.

Pero se puede considerar también como el mayor símbolo de una barbarie y de un plan criminal que se difundió por toda Europa y multiplicó los gestos gratuitos de crueldad. Porque, como escribe Giuseppe Dossetti en su introducción a Le querce di Montesole: “Auschwitz no es un mero episodio aislado, aunque tremendo, ni tampoco un cierto periodo de la historia moderna, sino un punto decisivo, una nueva era en la que el progreso tecnológico, la planificación política, los sistemas burocráticos actuales y la desaparición total de los vínculos morales tradicionales se combinan para hacer de la destrucción humana de masas una posibilidad siempre presente”.

En junio de 1979, el Papa Juan Pablo II, en uno de sus primeros peregrinajes, se dirigió a Auschwitz para rendir homenaje a las víctimas de la Shoah, y para testimoniar que sólo recordando y cultivando la memoria podremos abrirnos a la conversión, al perdón y a la esperanza. Los monstruos del nacionalismo, el racismo, el fanatismo ideológico y religioso pueden fascinar todavía a nuevas generaciones si les privamos de memoria.

En la aurora del tercer milenio de la redención, también nosotros somos llamados a Auschwitz, cual estación dolorosa en el camino hacia el Sinaí y hacia Jerusalén. El camino del encuentro fraterno con Israel pasa necesariamente por Auschwitz. Y por él transcurren asimismo numerosas vías de encuentro entre hombres y mujeres de finales de este siglo. En Auschwitz se mantiene silencio, se reflexiona y se ora, de ahí mana el compromiso de construir juntos un mundo de paz.’

Tomado de: Carlo Maria Cardenal Martini, SJ, ‘El camino del encuentro fraterno con Israel pasa por Auschwitz’, en Hacia Jerusalén, Barcelona, Herder, 2002. pp. 155-156.


viernes, enero 26, 2007

VT VNVM SINT


Cada año, la Iglesia de Cristo —término extensible más allá de Roma— celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos entre el 18 y el 25 de enero. Por primera vez en mi vida —aunque lo intenté el año pasado—, me uní al Pueblo de Dios en oración para tal propósito. Y he de confesar que esto no es cualquier cosa para alguien de un ecumenismo tan limitado como yo —por lo menos en lo referente al amplísimo término ‘protestantes’—.

Afortunadamente, en esta ocasión, los textos que prepararon conjuntamente el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias trataba sobre un tema no sólo de mi interés, sino que coincide con mi mayor acercamiento ecuménico con los ‘hermanos separados’: la Iglesia de Sudáfrica. Resulta ser que uno de mis mejores amigos —y no uso esta palabra a la ligera— de la red, Christian Uitzinger —que aparece en la fotografía junto al célebre Arzobispo anglicano de Johannesburgo y Premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu—, está en proceso de convertirse en un ministro-sacerdote anglicano.

Nuestra amistad se ha desarrollado en un constante compartir de experiencias, búsqueda de Dios y los distintos caminos de fe. Por más que estemos en desacuerdo sobre más de una cosa —muchas, en realidad—, nos respetamos y apreciamos tal cual somos y estamos siempre dispuestos a explorar lo que haya de santo y bueno en nuestras respectivas iglesias; un ejemplo es que yo le regalé el libro Dios y el mundo del entonces cardenal Ratzinger y él me dio Dios tiene un sueño de monseñor Tutu. Ambos quedamos muy enriquecidos y contentos.

Ahora bien, reflexionando los textos con los que las iglesias tratan de acercarse unas a otras para volver a conformar la verdadera y única Iglesia de Cristo, me he dado cuenta de que las divisiones entre los cristianos son un obstáculo mayúsculo para la construcción del Reino, una incongruencia inmensa con el Evangelio y una terrible forma de desprestigio para las instituciones eclesiales.

La Iglesia en África es un ejemplo contundente de ello: una cristiandad dividida no puede hacer frente a la enorme miseria, la inequidad, la ignorancia, la violencia, la desintegración familiar y el SIDA que afectan a millones de personas, especialmente a los más pobres. Sin embargo, es precisamente entre los más pobres, casi siempre entre miembros de distintas iglesias, que ‘las iniciativas locales a pequeña escala, a menudo de tipo ecuménico, hacen del Reino de Dios una realidad que consigue romper el silencio sobre la pobreza, la enfermedad, la violencia y la desesperación’.

Aunque en Sudáfrica, donde vive mi amigo Chris y el arzobispo Tutu, y donde el 10% de la población vive con VIH; aún se dejen ver los muros invisibles del racismo y la segregación, también podemos contemplar un ecumenismo vivo, de facto, así como los frutos de una de las reconciliaciones más grandiosas de la Historia, en la que oprimidos y torturados le tendieron la mano en perdón a sus opresores y torturadores.

¿Qué se podría lograr cuando metodistas, anglicanos, bautistas y católicos fueran ‘uno’, se aceptaran como lo que son: la Iglesia, el Pueblo de Dios

G. G. Jolly

lunes, enero 22, 2007

‘La vocación jesuita hoy’ de Pedro Arrupe, SJ

‘A un joven que quisiera ser jesuita yo le diría:

Quédate en tu casa
si esta idea te pone inquieto y nervioso.

No vengas a nosotros si es que amas
a la Iglesia como una madrastra
y no como a una madre;
no vengas si piensas que con ello
vas a hacer un favor a la Compañía de Jesús.

Ven si para ti el servicio a Cristo
es el centro de tu vida.

Ven si tienes unas espaldas anchas
suficientemente fuertes,
un espíritu abierto,
una mente razonablemente abierta
y un corazón más grande que el mundo.

Ven si sabes ser bromista y reírte con otros
y... en ocasiones, reírte de ti mismo.’

miércoles, enero 17, 2007

Cuando se pierde la fe...

‘Un día, un joven jasid fue a ver a rabí Pinjás de Koretz, famoso por su sabiduría y compasión, y le suplicó:

—¡Ayúdame! Necesito tu consejo y, todavía más, necesito tu intercesión. Mi angustia es tan grande y tan pesada que no puedo soportarla. Haz que se disipe, Maestro. En torno a mí y en mí el mundo se hunde bajo el peso de su tristeza y la mía. Haz que vuelva a alzarse, Maestro. Los hombres no son humanos; la vida ya no es sagrada. Las palabras están vacías: vacías de verdad, vacías de fe. Ya no sé hacia quién volverme ni de qué apartarme. Las dudas me asaltan, y lo hacen con tanto poder que ya no sé quién soy ni por qué existo, y lo que es peor: ni siquiera me importa ya saberlo. Maestro, ¿qué debo hacer? Dime, te suplico: ¿qué debo hacer?

—Ve y estudia la Torá —respondió rabí Pinjás de Koretz—. La Torá es el único remedio. Siempre lo ha sido. Ella contiene todas las respuestas. Ella es la respuesta. ¿Acaso lo has olvidado?

—No, no lo he olvidado —exclamó desesperado el discípulo—. Pero, desgraciado de mí, soy incapaz de estudiar. Mis certezas se tambalean; mi ímpetu se ha quebrado. Mi alma no sabe a qué aferrarse, dónde refugiarse: se va por el mundo errante y yo me quedo allá, abandonado como un desecho. Abro una página del Talmud y me quedo mirándola sin objetivo ni finalidad, todo el rato la misma página. Todas las frases me son opacas; cada palabra es un obstáculo, una pared más alta que el cielo. Soy incapaz de avanzar, de terminar un pensamiento. ¿Qué haré, rabí? ¿Qué debo hacer para avanzar?

Cuando un judío, aunque sea un rabí, no puede contestar, puede, al menos, contar una historia. Eso hizo el rabí de Koretz, e invitó a su visitante a que se acercara.

—Escucha —le dijo sonriendo—, lo que te pasa también me ocurrió a mí. Cuando tenía tus años, tropecé con los mismos obstáculos y me encontré esos mismos escollos. Conocí tus angustias. Fue un milagro que el corazón no se me rompiera, de tanta incertidumbre y tanto miedo. No entendía nada: el hombre y su destino, la creación y su destino... Luchaba contra tantas fuerzas tan negras, que me era imposible dar un paso. Iba quedando adherido a la niebla de las dudas y la desesperación me tragaba. Intenté orar, estudiar, meditar; fue en vano. Probé con la penitencia, la soledad, el silencio. En vano. Mis preguntas seguían amenazándome como antes. Era imposible avanzar hacia el futuro; ni siquiera podía imaginármelo. Un día oí que rabí Israel Baal Shem-Tov en persona, el Maestro del Buen Nombre, iba a venir a mi ciudad. Fui por curiosidad a la posada donde recibía a sus fieles. Los encontré en mitad de la oración. El Baal-Shem acababa de terminar la Amidá, la oración silenciosa. Retrocedió tres pasos. Me vio. Yo estaba seguro de que me no me veía más que a mí. Ante la intensidad de su mirada, tuve que bajar los ojos. De repente, me sentí menos solo. Volví a mi casa. Me fue posible abrir de nuevo el Talmud y continuar el estudio por donde lo había abandonado. Fíjate —dijo a su discípulo el rabí de Koretz—: las preguntas seguían abiertas y las dudas seguían angustiándome; pero podía continuar.’

Tomado de: Elie Wiesel, Contra la melancolía, Madrid, Caparrós, 1996. pp. 7-8.

lunes, enero 15, 2007

Adiós a un santo, hermano mío

La muerte ha rondado a la comunidad jesuita de la Ciudad de los Niños, en Guadalajara, México. El día 17 de diciembre de 2006, dos días después de la cena navideña, el padre Carlos Ignacio González, S. I. (1937-2006) murió de un súbito ataque al corazón. El 13 de enero, tras una dura enfermedad, le siguió el padre Ricardo Rizo Hernández, S. I. (1919-2007), sin duda, el hombre más cercano a la santidad que jamás he conocido.

Un hombre de fe inquebrantable, amor profundísimo por la Iglesia y por la Compañía de Jesús, humildad y sencillez impresionantes, incansable, entregado hasta el límite a Jesús, amadísimo pastor de almas, constructor de numerosas iglesias, casas de religiosos y religiosas, dispensarios, escuelas para niños necesitados, centros comunitarios, etcétera... Fue también párroco, ayudante del maestro de novicios de la Compañía de Jesús en México, director espiritual en el Seminario interdiocesano de Montezuma, Nuevo México, y rector del internado jesuita Ciudad de los Niños del padre Cuéllar. Más de 600 personas atendieron a su funeral, alegre, pues bien sabemos que él está con Dios, en su dicha más grande.

El padre Rizo es el testimonio más grande que tengo como futuro jesuita, como cristiano y como ser humano. Puedo decir, orgulloso, que he conocido y vivido con un verdadero santo (y cualquier persona que lo haya conocido no me dejará mentir).

Aunque estos dos sacerdotes ejemplares están con Dios, lo cual es motivo de alegría y no de luto, se ha hecho realidad un pícaro dicho típico de la Compañía de Jesús: ‘Los santos se están mueriendo y los sabios se están saliendo. Y quedamos los demás’. En mi comunidad ya se murió el sabio y ahora el santo...

Quedamos los demás, aunque con dos ejemplos contundentes para mejor seguir a Jesús.

G. G. Jolly

martes, diciembre 26, 2006

El cuestionario de Proust

Éste es el Cuestionario Proust, lo hizo Marcel Proust —el autor de En busca deltiempo perdido— y ha pasado de mano en mano hasta nuestros días. A mí me lo mandaron y lo contesté.

Si fueras ciudad, ¿cuál te gustaría ser?
La Roma en tiempos de Adriano, Granada en tiempos de al-Ándalus, el Londres victoriano, Nueva York, la Viena dieciochesca o Jerusalén.

Si fueras libro, ¿cuál te gustaría ser?
Al este del Edén de John Steinbeck, Los miserables de Victor Hugo, La guerra y la paz de Liev Tólstoi, La Ilíada de Homero, La Eneida de Virgilio. Incluso, el Talmud… (puros libros gordos y grandiosos, ¿megalomanía?).

Si fueras fruta, ¿cuál te gustaría ser?
Yo creo que un kiwi: extravagante, dulce y peludo… (bueno, ya soy así...).

Si fueras bebida, ¿cuál te gustaría ser?
Una Coca Cola bien fría o un buen vino tinto de California (así soy, contradictorio y unificador de extremos).

Si fueras platillo, ¿cuál te gustaría ser?
Paella valenciana.

Si fueras canción, ¿cuál te gustaría ser?
La 5ª sinfonía de Gustav Mahler (aunque no sea canción).

Si fueras animal, ¿cuál te gustaría ser?
Una ballena azul.


Si fueras personaje de ficción, ¿cuál te gustaría ser?
Eneas, Lucien de Rubempré (el de Ilusiones perdidas de Balzac), León Dupuis (el amante de Emma Bovary), Jack Aubrey o Henry Maturin (de la saga de Patrick O’Brian Capitán de mar y guerra).

Si fueras heroína de ficción, ¿cuál te gustaría ser?
Marguerite Gautier, ‘La dama de las camelias’, Madame Bovary o Anna Kariénina… aunque preferiría, por sobre todas ellas, a Lady de Winter (una de las más perras entre las perras malditas de la literatura, salida de las páginas de Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas).

Si fueras calle de la ciudad de México, ¿cuál te gustaría ser?
Orizaba, en la colonia Roma.

Si fueras teoría filosófica, ¿cuál te gustaría ser?
El personalismo en su rama veterotestamentaria (Buber, Lévinas, Rosenzweig).

Si fueras poema, ¿cuál te gustaría ser?
‘Antinoo’ de Fernando Pessoa.

Si fueras letra —de la A a la Z—, ¿cuál te gustaría ser?
La W o la Z.

Si fueras cifra, ¿cuál te gustaría ser?
9.888

Si fueras mineral, ¿cuál te gustaría ser?
Un safiro.

Si fueras estrofa, ¿cuál te gustaría ser?
‘Chi son? Sono un poeta.
Che cosa faccio? Scrivo.
E come vivo? Vivo!’
(de la ópera La Bohème de Giaccomo Puccini)

Si fueras instrumento musical, ¿cuál te gustaría ser?
Un órgano monumental, un timbal o la voz humana…

Si fueras máquina —simple o complicada—, ¿cuál te gustaría ser?
Un gran transatlántico de la belle époque o posterior, como el Normandie. (Parecería que soy un megalómano de pacotilla, pues he mencionado muchas cosas muy grandes: sinfonías megalómanas, órganos monumentales, libros gordos, grandes mamíferos y máquinas…)

Si fueras edificio —iglesia, palacio, casa o lo que sea—, ¿cuál te gustaría ser?
La basílica de San Pedro o el Kriémlin.

Si fueras santo, ¿cuál te gustaría ser?
San Pedro (el único tan cabezota y terco como yo), San Iñaki López de Oñaz y de Loyola, San Luis IX de Francia, San Pío X…

¿Cual sería tu mayor desgracia?
Quedarme ciego y/o sordo.

¿Qué quisieras ser?
Cantante de ópera, emperador romano, cardenal, explorador del siglo XIX…

¿Dónde desearías vivir?
Roma, San Petersburgo, Jerusalén, Cuba…

¿El color que prefieres?
Azul.

¿La flor que prefieres?
La rosa, el jacinto.

¿El pájaro que prefiero?
El colibrí.

¿Mis autores preferidos en prosa?
Oscar Wilde, Joseph Ratzinger, John Steinbeck, Elfriede Jelinek, Carlo Maria Martini, Eduardo Mendicutti, Gore Vidal, Octavio Paz, Martin Buber, Thomas Mann, Enrique Krauze, Alexandre Dumas…

¿Mis poetas preferidos?
Octavio Paz, Fernando Pessoa, Homero, Virgilio, Sylvia Plath, Vicente Huidobro, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Catulo, José Saramago, William Shakespeare, W. H. Auden, Walt Whitman, Lord Byron…

¿Mis héroes de ficción?
Jack Aubrey, Eneas, Sam Hamilton o Lee (los más sabios de Al este del Edén).

¿Mis heroínas favoritas de ficción?
Madame Bovary, Marguerite Gautier, Anna Kariénina, pero, sobre todo, Lady de Winter (aunque ella es villanísima).

¿Mis compositores preferidos?
W. A. Mozart, Philip Glass, Henryk Górecki, J. S. Bach, G. F. Händel, Richard Wagner, Gioacchino Rossini, Gustav Mahler, Dmitrí Dmítrievich Shostákovich, John Williams, Wim Mertens, Wojciech Kilar, Zbigniew Preisner, Richard Strauss…

¿Mis pintores predilectos?
Claude Monet, Marc Chagall, Jackson Pollock, Diego de Velázquez, Henri de Toulouse-Lautrec, Vasilí Kandinski, El Greco, Oskar Kokoschka, Esteban Murillo…

¿Mis héroes de la vida real?
Juan Pablo II y el señor Shie Gilbert (ambos nacidos en Polonia en 1920). Benedicto XVI, que forma la tríada del 27, junto con Ernesto de la Peña y mi tío Felipe.

¿Mis heroínas históricas?
Hannah Arendt, María Teresa de Austria, Catalina II e Isabel II de Rusia, Simone de Beauvoir, Santa Teresa de Jesús, Santa Edith Stein, la Beata Teresa de Calcuta…

¿Mis héroes históricos?
Sir Winston Churchill, Juan Pablo II, Alejandro Magno, Adriano, Trajano, Marco Aurelio, San Ignacio de Loyola, Juan de Austria, Felipe II, Federico el Grande, Sir Georg Solti, Daniel Barenboim, Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti…

¿Mis nombres favoritos?
Aarón y Moisés, José, Julio César, Horacio, Trajano, Adriano, Antinoo, Alejandro, Luis Felipe, María Fernanda…

¿Qué detesto más que nada?
La ignorancia voluntaria.

¿A qué personajes de la historia desprecio más?
Hitler y toda su calaña. Lutero, Calvino y Zwinglio. Hussein, Milošević, Amin, Chávez, Pinochet, la familia Saúd, Bin Laden, el reverendo Fred Phelps, Richard Wagner, José Luis Rodríguez Zapatero, Mahmoud Ahmadineyad, Kim Jong-il…


¿Qué reforma admiro más?
Los Concilios de Trento y Vaticano II. La creación de la ONU. Los juicios de Núremberg y Tokio.

¿Qué dones naturales quisiera tener?
Lucir como un modelo de Armani o Calvin Klein…

¿Cómo me gustaría morir?
Exhausto (y de no más de 80)...

¿Estado presente de mi espíritu?
En apatía sacramental…

¿Hechos que me inspiran más indulgencia?
Las metidas de pata bien intencionadas.

¿Mi lema?
‘Soy un filósofo aullador. Mis ideas -si ideas son- ladran: no explican nada, estallan.’ E. M. Cioran

sábado, diciembre 23, 2006

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

A todos mis lectores les deseo que pasen unas bellísimas fiestas y que tengan un excelente año 2007. Y quisiera agregar algo más:

¿Qué significa la Navidad realmente?, ¿qué celebramos?, ¿por qué es una época de paz y de amor?, ¿por qué se dan regalos?

Conmemoramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, Cristo, el Mesías… en Belén de Judá.

Pero, ¿qué nos dice aquello, que pudiese parecer tan trillado?

Dejemos que un experto y hombre de fe lo responda:

‘[La Navidad es el mayor ejemplo de que] la elección de lo humilde caracteriza la historia de Dios con el ser humano. Esta característica la vemos primeramente en el escenario de la actuación divina, la tierra, esa mota de polvo perdida en el universo; en que dentro de ella, Israel, un pueblo prácticamente sin poder, se convierte en el pilar de su historia; en que Nazareth, otro lugar completamente desconocido, se convierte en su patria; en que el hijo de Dios nace finalmente en Belén, fuera del pueblo, en un establo. Todo esto muestra una línea: Dios coloca su medida, el amor, frente al orgullo humano. Éste es en el fondo el núcleo, el contenido original de todos los pecados, es decir, el querer erigirse uno mismo en Dios. El amor, por el contrario, es algo que no se eleva, sino que desciende. El amor muestra que lo auténtico consiste precisamente en descender. Que llegamos a lo alto cuando bajamos, cuando nos volvemos sencillos, cuando nos inclinamos hacia los pobres, hacia los humildes’.(1)

¡Feliz Navidad 2006 y próspero año 2007!

G. G. Jolly

(1) Joseph cardenal Ratzinger, Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2002. p. 200.

domingo, diciembre 17, 2006

Dios se ha llevado a mi primer hermano


Esta mañana, sin previo aviso y en tan sólo unos cuantos minutos, el Señor se llevó a mi hermano de comunidad, el padre Carlos Ignacio González Jiménez, SJ, (1937-2006) doctor en filosofía y teología, académico y profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, la Facultad de Estudios Teológicos de Lima, Perú y del Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, autor y traductor de más de una treintena de libros y miembro muy estimado de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús.

Por favor, inclúyanle en sus oraciones.

G. G. Jolly

jueves, diciembre 14, 2006

Por una ética sexual humanista (I)

Michelangelo Buonarotti, Adán y Eva en la Capilla Sixtina, circa 1508-1512.

Introducción

En los albores del siglo XXI, existe un fenómeno antropológico y cultural muy especial que está en boga, del que todo el mundo habla, que vemos y sentimos en todos lados, que invade los medios de comunicación y nuestro entorno todo: el sexo.

Hace un siglo, justamente, que el doctor Freud, en Viena, ponía la sexualidad en el centro de la vida humana, para gran escándalo de la hipócrita y moralista sociedad victoriana de entonces. Esto no sólo rompió con tabúes y reglas establecidas, sino que abrió la puerta a una visión del ser humano mucho más profunda e integral, pues ‘La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea, está de tal manera marcada por la sexualidad,(1) que ésta es parte principal entre los factores que caracterizan la vida de los hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad’.(2)

Sin embargo, aunque Freud acentuó excesivamente la sexualidad —algo muy positivo en su momento y su contexto—, fracasó en comprenderla con profundidad, tal y como critica Erich Fromm.(3) Es a partir de este fracaso, conjuntamente al desarrollo tecnológico y económico de Occidente en la posguerra, que el sexo invadió las sociedades y desvirtuó a la sexualidad.

La sexualidad, un don completamente humano

He de partir de la premisa que el hombre, como animal racional, ha emergido de la naturaleza y la ha trascendido —aunque sin abandonarla jamás ni dejar de pertenecer a ella—. No puede regresar a ella, sólo puede ir hacia delante, utilizando la misma razón, artífice de este éxodo. Según Martin Buber, primero hay una distancia originaria en que el hombre tiene conciencia, al mismo tiempo, del ser de su yo y del ser del otro, enfrente e independiente de él; y segundo, que una vez establecida esta distancia, él funda relaciones con los otros, establece lenguajes y crea mundos.(4) Se ha convertido en persona humana; una entidad, una realidad sumamente compleja, con muchas dimensiones, principalmente, la de ser un ente dialógico. De hecho, si examinamos la etimología de la palabra persona, nos encontramos la relación como su elemento constitutivo principal: en griego, prosopon contiene la partícula pros, ‘a’, ‘hacia’; mientras que persona en latín significa ‘resonar a través de’, e indica relación como comunicabilidad.(5)

Por todo lo anterior quería hacer la diferenciación entre hombre y persona humana, y también para evitar un odioso pandeterminismo, según el cual el ser humano es sólo producto de la herencia, el medioambiente y procesos condicionados —‘Yo soy yo y mi circunstancia’, diría Miguel de Unamuno—. El hombre, por naturaleza, tiene una agresividad animal y un instinto violento; mientras que la persona humana, también de forma natural, cuenta con la capacidad tanto de odiar como de amar. El hombre necesita alimentarse para sobrevivir, y por eso tiene apetito y un avanzado sistema digestivo; la persona humana es capaz de transformar las plantas y los animales en platillos complejísimos, manjares gourmet dignos de dioses. El hombre, al igual que los animales, puede emitir sonidos o hacer ruido con herramientas para comunicarse; mas la persona humana crea sistemas lingüísticos como el latín, el hebreo, el español, el inglés o el náhuatl —y los registra en diccionarios y estudia mediante tratados de gramática—, lo mismo que produce violines, pianos y orquestas, para los que compone conciertos, sinfonías y Te Deums. El hombre transforma su entorno con herramientas de piedra y madera; y la persona humana construye palacios, catedrales, presas, rascacielos y esculpe El David y El Pensador. De la misma manera, el hombre experimenta un deseo sexual intrínseco en él; la persona humana, por su parte, se entrega desinteresadamente al otro y ama con pasión.

La sexualidad de la persona humana, por lo tanto, va mucho más allá de los aspectos fisiológicos; no es solamente el estudio de la menstruación, las erecciones, el efecto de las hormonas o el instinto de reproducción que asegura la subsistencia del hombre. Es, en cambio, algo que está inscrito profundamente en nuestro ser-personas, que determina nuestro carácter, nuestra composición psico-espiritual y, sobre todo, el modo en el que nos relacionamos con el otro —implica la totalidad de la forma como experimentamos el ser-dialógicos—.

De esta forma, podemos ver cómo la sexualidad, entendida como fenómeno íntimamente humano, es un don de las personas mediante, por el cual y para el que se relacionan. Es una de las mayores oportunidades para salir al encuentro de y encontrarme en el otro, especialmente si se trata de la relación de amor absoluto entre varón y mujer. Hay que profundizar, pues, en el encuentro con la alteridad del otro, que, mediante la eliminación de la ‘separatidad’,(6) hace al hombre una persona humana completa, que ama con libertad y que, consecuentemente, necesita de la ética, tal como afirma Emmanuel Lévinas: ‘La relación metafísica [entre seres], la relación con el exterior [con el otro], no es posible sino como relación ética’.(7)

G. G. Jolly

(1) En adelante, utilizaré los términos sexo y sexualidad para referirme a cosas distintas. El primero, para el fenómeno cultural y antropológico descrito en el primer párrafo y el segundo para el fenómeno que caracteriza el ser mismo de la persona humana, en toda su profundidad y enmarcada en las dimensiones físico-biológica, psicológica y espiritual.
(2) Congregación para la doctrina de la fe, Declaración Persona humana acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, Roma, 1975. I.
(3) Erich Fromm, El arte de amar, Barcelona, Paidós, 2004. pp. 43-45.
(4) Roger Calles, ‘Martin Buber, una alternativa al individualismo’, en Martin Buber, El camino del hombre, Altamira, Argentina, 2003. p. 13.
(5) Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca, Sígueme, 2005. p. 153.
(6) v. Erich Fromm, Id. p. 19.
(7) Emmanuel Lévinas, ‘Libertad y mandamiento’, La huella del Otro, México, Taurus, 1998 [Traducción de Silvana Rabinovich].

martes, diciembre 05, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M.(III)

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‘En la oración del Señor encontramos prácticamente la correcta relación entre Dios y el hombre, el cielo y la tierra, lo religioso y lo político, manteniendo la unidad del único proceso. La primera parte dice respecto a la causa de Dios: el Padre, la santificación de su nombre, su reinado, su voluntad santa. La segunda parte concierne a la causa del hombre: el pan necesario, el perdón indispensable, la tentación siempre presente y el mal continuamente amenazador. Entre ambas partes constituyen la misma y única oración de Jesús. Dios no se interesa sólo de lo que es suyo —el nombre, el reinado, la voluntad divina—, sino que se preocupa también por lo que es el hombre —el pan, el perdón, la tentación, el mal—. Igualmente, el hombre no sólo se apega a lo que le importa —el pan, el perdón, la tentación, el mal—, sino que se abre también a lo concerniente al Padre: la santificación de su nombre, la llegada de su reinado, la realización de su voluntad.

En la oración de Jesús, la causa de Dios no es ajena a la causa del hombre, y la causa del hombre no es extraña a la causa de Dios. El impulso con el que el hombre se levanta hacia el cielo y suplica a Dios, se curva también hacia la tierra y atañe a las urgencias terrestres. Se trata del mismo movimiento profundamente unitario, y esta mutua implicación es justo lo que produce la transparencia en la oración del Señor.

Lo que Dios unió —la preocupación por Dios y el reinado de Satanás. El Padre está cercano (nuestro), pero también lejano (en los cielos). En la boca de los hombres hay blasfemias, y por eso es preciso santificar el nombre de Dios. En el mundo impera toda suerte de maldades que exaspera el ansia por la venida del reinado de Dios que es de justicia, de amor y de paz. La voluntad de Dios es desobedecida, e importa realizarla en nuestras obras. Pedimos el pan necesario porque muchos, por el contrario, no lo tienen. Imploramos que Dios nos perdona todas las interrupciones de la fraternidad porque, si no, somos incapaces de perdonar a quienes nos han ofendido. Suplicamos fuerza contra las tentaciones, pues de otro modo caemos míseramente. Gritamos que nos libre del mal porque, de lo contrario, apostamos definitivamente. Y bien, a pesar de esta densa conflictividad, la oración del Señor está transida de un aura de confianza alegre y de sereno abandono, porque de todo ese contenido —integralmente— hace objeto de encuentro con el Padre.

Si nos fijamos bien, el Padrenuestro tiene que ver con todas las grandes cuestiones de la existencia personal y social de todos los hombres en todos los tiempos. En él no hay ninguna referencia a la Iglesia, y ni siquiera se habla de Jesucristo, de su muerte o de su resurrección. El centro lo ocupa Dios juntamente con el otro centro que es el hombre necesitado. Ahí radica lo esencial. Todo lo demás es una consecuencia o comentario, concedido al lado de lo esencial. “Pedid cosas grandes, y Dios os dará las pequeñas”: ésta es una frase de Jesús transmitida fuera del Evangelio por Clemente de Alejandría (140-211). Es una hermosa lección: hay que ensanchar la mente allende nuestro pequeño horizonte y el corazón allende nuestros límites. Entonces encontraremos lo esencial, tan bien expresado por Jesús en la oración que nos enseñó, el Padrenuestro.

El orden de las peticiones no es arbitrario. Se empieza por Dios y sólo después se pasa al hombre; porque a partir de Dios, de su óptica, es como nos preocupamos de nuestras necesidades; y en medio de nuestras miserias es desde donde debemos preocuparnos de Dios. La pasión por el cielo se articula con la pasión por la tierra. Toda verdadera liberación, en perspectiva cristiana, arranca de un profundo encuentro con Dios que nos lanza a la acción comprometida. Justo ahí oímos su voz que nos lanza a la acción comprometida. Justo ahí oímos su voz que nos dice continuamente: ¡vete! Todo proceso de liberación que no llegue a dar con el motor último de toda actividad, Dios no logra su intento y no alcanza la integralidad. En el Padrenuestro encontramos esta feliz relación. No sin razón la esencia del mensaje de Jesús —el Padrenuestro— ha sido formulada no en una doctrina, sino en una oración.’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 12-14.

lunes, noviembre 27, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M. (II)

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Ni teologismo ni secularismo

‘Hay que evitar dos peligros sobre los que tanto Pablo VI en la Evangelii nuntiandi como los obispos de Puebla (1979) nos llamaron la atención. El primero de ellos es el reductismo religioso (teologismo), que se limita, en la acción de la fe y de la Iglesia, al campo estrictamente religioso, al culto, la piedad, la doctrina. El papa Pablo VI sostuvo claramente que “la Iglesia no puede circunscribir su misión únicamente al campo religioso, como si se desinteresara de los problemas temporales del hombre” (Evangelii nuntiandi, 34). Puebla fue todavía más contundente: “El cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. [La Iglesia] critica por esto a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuvieran allí relevancia” (515). Se subraya, pues, la necesidad de comprender adecuadamente el cristianismo, no como una región de la realidad (el campo religioso), sino justo como un proceso de encarnación de toda la realidad para redimirla y hacerla materia del reinado de Dios. La fe ha de ser verdadera y salvífica, y es tal cuando se hace amor. Y el amor que nos hace apropiarnos de la salvación no es una teoría; es una práctica. Sólo la fe que pasa por la práctica del amor merece ese nombre. Es imprescindible, pues, articular la fe con las demás realidades de la vida.

El segundo peligro es el reductionismo político (secularismo), que restringe la importancia de la fe y de la Iglesia al espacio estrictamente político, reduciendo su misión “a las dimensiones de un proyecto meramente temporal; sus objetivos, a una visión antropocéntrica; la salvación de la que es mensajera y sacramento la Iglesia, a un bienestar material; su actividad ─olvidando todas las preocupaciones espirituales y religiosas─, a iniciativas de orden político y social” (Evangelii nuntiandi, 32; Puebla, 483). La fe tiene ciertamente una cara vuelta hacia la sociedad, pero no se agota en es; su mirada originaria se orienta hacia la eternidad y desde ahí contempla la actividad política y permea la acción social. Anuncia y señala ya dentro de la historia una salvación que la historia no puede producir, una liberación tan plena que engendra la perfecta libertad, pero que empieza ya ahora aquí en la tierra.

Estos dos reductismos desgarran la transparencia y la unidad del proceso encarnacional. Hay que superar este dualismo antitético y establecer una correcta articulación y una relación adecuada entre la liberación humana y la salvación en Jesucristo: “La Iglesia se esfuerza por insertar siempre la lucha cristiana a favor de la liberación en el plan global de la salvación que ella misma anuncia” (Evangelii nuntiandi, 38; Puebla, 483; ver también Evangelii nuntiandi, 35; Puebla, 485).

El postulado de la historia y de la fe consiste en buscar una liberación integral que abrace todas las dimensiones de la vida humana: corpo-espiritual, personal-colectiva, histórico-trascendente. Cualquier reductismo, ya por el lado del espíritu, ya por el lado de la materia, no se ajusta a la libertad del hombre, al único designio del Creador y a la realidad central del anuncio de Jesús, el reinado de Dios, que abarca la totalidad de la creación.’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 10-12.

jueves, noviembre 16, 2006

Mi prenoviciado

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Como la gran mayoría de mis lectores sabe, soy un joven de 20 años que es prenovicio de la Provincia mexicana de la Compañía de Jesús. No he hablado mucho al respecto, aunque quería hacerlo. He aquí, por fin, la crónica de toda mi nueva vida. Por ahora, quedo a deber fotos, pero ya se las pondré aquí algún día.

La puse no en éste, sino en el blog que hicimos los prenovicios: Prenovicios Jesuitas de México.

Como se trata de un texto largo, lo dividí en cinco partes:

1a. parte

2a. parte

3a. parte

4a. parte

5a. parte

G. G. Jolly

domingo, noviembre 12, 2006

‘La oración de la liberación integral: el Padrenuestro’ de Leonardo Boff, O. F. M. (I)

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‘La encarnación no sólo constituye uno de los misterios axiales de la fe cristiana, sino que abre también una nueva forma de entender la realidad, pues significa la mutua presencia de lo divino y lo humano, la intercompenetración de lo histórico y lo eterno. Cada una de estas dimensiones conserva su propia identidad, pero entrando al mismo tiempo en la composición de otra realidad. Jesucristo, hombre y Dios a la vez, constituye la realidad de la encarnación, paradigmática y suprema. Para comprender la novedad de esta realidad no bastan las categorías de trascendencia e inmanencia, claves del pensamiento griego, que captan, sí, el momento diferencial de cada una de esas dimensiones —lo humano no es lo divino y lo divino no es la humano—, pero no consiguen dar la razón de la coexistencia y de la mutua inclusión de ambas en el mismo y único ser. Es necesaria la ayuda de una categoría diferente, la transparencia, la cual intenta traducir la presencia de la trascendencia dentro de la inmanencia, haciendo que la una sea transparente a la otra. Lo humano es el lugar de la realización de lo divino: éste transfigura a aquél; surge una nueva realidad en tensión, compuesta por otras dos de naturaleza diferente.

1. La ley de la encarnación

El cristianismo hay que entenderlo como la prolongación del proceso encarnacional de Dios. Igual que el Hijo lo asumió todo para liberarlo todo, así la fe mira a encarnarse en todo para transfigurarlo todo. En este sentido decimos que todo, en cierto modo, pertenece al reinado de Dios; porque todo está objetivamente conectado con Dios y avocado a pertenecer a la realidad del reinado de Dios. De ahí que la fe no se interesa solamente por las realidades llamadas espirituales y sobrenaturales, sino que valora también las materiales e históricas. Todas ellas pertenecen al mismo y único proyecto encarnacional, en fuerza del cual lo divino penetra lo humano y lo humano entra en lo divino.

Debido a esta compenetración, la comunidad cristiana se compromete en la liberación del hombre en su integralidad y no sólo en su dimensión espiritual. También la corporalidad (que en su sentido pleno entraña la dimensión infraestructural económica, social, política y cultural) está llamada a la absoluta realización en Dios y a formar el reinado del Padre. Por eso la comunidad cristiana, sobre todo en estos últimos años, se ha comprometido cada vez más en la liberación de los oprimidos, de los condenados “a quedarse en los márgenes de la vida, con hambre, enfermedades crónicas, analfabetismo, empobrecimiento...”. La Iglesia —proclamó Pablo VI y lo repitió Puebla— “tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización” (Puebla, 26; Evangelii nuntiandi, 30). Y se compromete en esta tarea temporal porque tiene conciencia de que lo temporal está grávido de gracia y de realidades que pertenecen al reinado de Dios y que son transparentes y sacramentales. Con razón cantaba el poeta: “Barrendero que barres las calles, tú estás barriendo el Reino de los cielos” (D. Marcos Barbosa).’

Tomado de: Leonardo Boff, O. F. M. , Padrenuestro, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1986. pp. 9-10.

lunes, noviembre 06, 2006

¡Un cardenal bloggero!

¡Tremenda noticia para los bloggeros, y particularmente para los bloggeros católicos!

¿Quieren leer las entradas semanales y dejarle un comentario personal a Su Eminencia, Séan Patrick Cardenal O'Malley, OFM Cap., Arzobispo de Boston (¡y vaya cardenal!)?

Aquí está la dirección:

http://www.cardinalseansblog.org/

martes, octubre 17, 2006

Un coloquio con Dios de Elie Wiesel

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‘Señor del Universo, hagamos las paces. Ya es hora. ¿Cuánto más podemos seguir enojados? Más de cincuenta años han transcurrido desde que terminó la pesadilla. Muchas cosas, buenas y menos buenas, les han pasado desde entonces a los que sobrevivieron a ella. Aprendieron a construir sobre las ruinas. Se recreó la vida familiar. Nacieron hijos, se entablaron amistades. Aprendieron a tener fe en su entorno, incluso en sus semejantes.

La gratitud ha reemplazado a la amargura en su corazón. Nadie es tan capaz de agradecimiento como ellos. Agradecimiento hacia cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar sus relatos y convertirse en su aliado en la batalla contra la apatía y el olvido. Para ellos cada momento es una gracia. Oh, no perdonan a sus asesinos ni a los cómplices de éstos, ni deberían hacerlo. Ni tampoco deberías hacerlo tú, Señor del Universo. Pero ya no miran con recelo a todo el que pasa. Ni ven en cada mano un puñal.

¿Significa esto que las heridas de su alma han sanado? Nunca sanarán. Mientras una sola chispa de las llamas de Auschwitz y Treblinka brille en su memoria, mi alegría estará incompleta.

¿Qué hay de mi fe en ti, Señor del Universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allí, durante las horas más oscuras de mi vida. No sé por qué seguí susurrando mis oraciones diarias, y las reservadas para el Sabbath, y para los días festivos, pero las recitaba, a menudo con mi padre y, en la víspera de Rosh Hashanah, con cientos de prisioneros de Auschwitz. ¿Era porque las oraciones seguían siendo un lazo con el mundo desaparecido de mi infancia?

Hagamos las paces... Pero mi fe ya no era pura. ¿Cómo podía serlo? Estaba llena de angustia en lugar de fervor, de perplejidad más que de piedad. En el reino de la eterna noche, en los Días del Temor, que son los Días del Juicio, mis plegarias tradicionales estaban dirigidas a ti y también contra ti, Señor del Universo. ¿Qué me hirió más: tu ausencia o tu silencio?

En mi testimonio escribí palabras duras, palabras ardientes, sobre tu papel en nuestra tragedia. No las repetiría hoy. Pero las sentía entonces. Las sentía en cada célula de mi ser. ¿Por qué dejaste, si no permitiste, que el asesino día tras día, noche tras noche, torturara, matara y aniquilara a decenas de miles de niños judíos? ¿Por qué fueron abandonados por tu Creación? Estos pensamientos de ningún modo estaban dirigidos a disminuir la culpa de los culpables. Su culpabilidad establecida es irrelevante con respecto a mi problema contigo, Señor del Universo. En mi niñez, no esperaba demasiado de los seres humanos. Pero esperaba todo de ti. ¿Dónde estabas, Dios de la Bondad, en Auschwitz? ¿Qué pasaba en el cielo, en el tribunal celestial, mientras tus hijos eran elegidos para la humillación, el aislamiento y la muerte sólo porque eran judíos? Estas preguntas me han perseguido por más de cinco décadas.

Tienes muchos defensores de palabra, sabes. Se me dieron muchas respuestas teológicas, tales como: Dios es Dios. Sólo Él sabe lo que hace. Uno no tiene derecho a cuestionarlo a Él o a Sus acciones. O: Auschwitz fue un castigo por los pecados de asimilación y/o sionismo de los judíos europeos. Y: ¿Acaso Israel no es la solución? Sin Auschwitz, no hubiera habido Israel. Rechazo todas estas respuestas. Auschwitz deber ser y será para siempre un signo de pregunta: no puede ser concebido ni con Dios ni sin Dios. Llegado un punto, empecé a preguntarme si no era injusto contigo. Después de todo, Auschwitz no era algo que viniera armado del cielo. Fue concebido por hombres, implementado por hombres, manejado por hombres. Y su objetivo no sólo era destruirnos a nosotros sino también a ti. ¿No deberíamos pensar en tu dolor también? Al ver a tus hijos sufrir a manos de tus otros hijos, ¿no has sufrido tú también? Mientras los judíos otra vez empezamos a celebrar el Año Nuevo, preparándonos para orar por un año de paz y felicidad para nuestro pueblo y todos los pueblos, hagamos las paces, Señor del Universo. ¿A pesar de todo lo que pasó? Sí, a pesar de todo. Hagamos las paces: para el niño que hay en mí, es insoportable estar separado de ti durante tanto tiempo.’

Tomado de: Elie Wiesel (1928-), citado en el blog El Pensadero, del diácono bonaerense Eduardo Mangiarotti.

Nuestros verdaderos hermanos en la fe

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Siguiendo con mis artículos sobre el judaísmo, me gustaría ratificar cómo los hijos del pueblo de Israel son, verdaderamente, nuestros hermanos en la fe, con los que los católicos tenemos más en común que con los fieles de cualquier otra religión no-cristiana. Por ejemplo, los 13 preceptos básicos del judaísmo, su ‘credo’, leídos a profundidad, no contradicen en absoluto, más bien afirman, las creencias de la Iglesia.

En su comentario al décimo capítulo de la Mishná, en el tratado del Sanedrín, el ilustre rabí Moshé ben Maimón (1135-1204), el equivalente de San Agustín y Santo Tomás de Aquino del judaísmo, enumera los siguientes artículos de fe, conocidos como Ani ma’amin, ‘yo creo’:

‘Creo con toda mi fe que el Creador, Bendito sea su Nombre…

1. Crea y guía a todas las criaturas, y que Él solo ha hecho, hace y hará todo la que hay en el universo.
2. Es único, y que nada es único como Él en ningún sentido, y que sólo Él es, fue y será mi Dios.
3. No es un cuerpo y no está sujeto al mundo físico, y que no existe criatura alguna que se le parezca.
4. Es el primero y será el último.
5. Es el único a quien es apropiado rezar, y que no hay otro al que sea apropiado rezar.
6. Que todas las palabras de los profetas son verdad.
7. Que la profecía de Moisés, nuestro Maestro, que en paz descanse su alma, era verdadera, y que él era el más grande de los profetas, tanto aquellos que le precedieron como los que le siguieron.
8. Que la Torá que tenemos en las manos es la que fue entregada a Moisés, nuestro Maestro, que en paz descanse.
9. Que esta Torá no será cambiada, ni habrá otra Torá entregada por el Creador, Bendito sea su Nombre.
10. Que el Creador, Bendito sea su Nombre, conoce todos los hechos de los hombres y todos sus pensamientos, como está escrito: “Él forma sus corazones juntos; Él comprende todos sus actos” (Salmo XXXV, 15).
11. Que el Creador, Bendito sea su Nombre, obra a favor de quienes observan sus mandamientos y castiga a quienes transgreden sus mandamientos.
12. En el advenimiento del Mesías, y aunque tardara, yo no dejo de esperar su venida cada día con su venida.
13. Que habrá una resurrección de los muertos el día en que se haga la Voluntad del Creador, Bendito sea y ensalzado su Nombre por toda la eternidad’.

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G. G. Jolly

El sentido del ateísmo

Marc Chagall, Sol sobre París, ?.

Según un relato jasídico:

‘Una vez, un discípulo se dirigió a su rabí:
—Maestro, ¿todo en este mundo tiene un motivo?
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el propósito para que exista el ateísmo?
—Cuando un pobre hombre se dirige a ti y pide ayuda, ¡entonces sé un ateo! ¡No le digas a esa persona que Dios le ayudará! ¡Actúa como si no existiese nadie que pueda ayudar, excepto tú!’.

martes, octubre 10, 2006

Reflexiones sobre la Torá

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‘Cuenta la historia que un hombre, montado en su burro, fue a ver al rabí Yosef ben Akivá (50-135 d.C.) y le dijo: “Rabí, quiero aprender la Torá de una sola vez”. Y éste le respondió: “Nuestro maestro Moisés permaneció en el monte Sinaí durante cuarenta días y cuarenta noches, ¿y tú quieres que yo te enseñe la Torá en un día? Pues bien, éste es su principio básico: ‘No obres con el prójimo como no quieres que lo hagan contigo”’.(1)

Una historia similar, pero más famosa, cuenta acerca de un pagano que le dijo al rabí Hillel el Viejo (hacia el siglo I a.C. - siglo I d.C.) que se convertiría en judío si podía enseñarle la Torá mientras se sostenía en un pie. Hillel le contestó: ‘No hagas a tu prójimo lo que es odioso para ti: eso es toda la Torá. El resto es comentario… ve y estúdialo’.(2)

En el siglo XIII, rabí Simlai se expresó así de la Torá:

‘Seiscientos trece mandamientos le fueron impartidos a Moisés, trescientos sesenta y cinco negativos (correspondientes al número de los días del calendario), y doscientos cuarenta y ocho positivos (referidos al número de huesos del cuerpo humano). Llegó David y los redujo a doce en el Salmo XV:

“Señor, ¿quién morará en tu tienda?
¿quién habitará en tu santo monte?

El que anda sin tacha,
y obra la justicia;
que dice la verdad de corazón,
y no calumnia con su lengua;

que no daña a su hermano,
ni hace agravio al prójimo;
con menosprecio mira al réprobo,
mas honra a los que temen al Señor;

que jura en su perjuicio y no retracta,
no presta a usura su dinero,
ni acepta soborno en daño de inocente.
Quien obra así jamás vacilará.”

Después, otro rabí reduce los mandamientos a tres:

‘Fue dicho, Hombre, lo que es bueno y lo que el Señor pide de ti: obrar únicamente en forma justa, ser misericordioso y caminar humildemente junto a Dios (Miqueas VI, 8)’.

Y el Midrash (la exégesis de la Tanáj, o sea, la Biblia hebrea) concluye:

‘Luego llegó Amós y redujo el mandamiento a uno, así como está escrito (Amós V, 4): “Búscame, y vive”. El rabí Nahman ben Isaac propone una conclusión alternativa: ‘Habakuk también redujo el mandamiento a uno (Habacuc II, 4): “Los hombres rectos vivirán por su fe”’.(3)

Finalmente, para evitar reduccionismos absurdos, habría que citar dos Midrashim más:(4)

‘Nunca permitas que la Torá sea un mandato anticuado para ti. Debe ser algo nuevo, actual, de dos o tres días de antigüedad… Ben Azzai dijo: “No antigua… sino una mandato dado ¡hoy mismo!’.

‘¿Cuándo fue concebida la Torá? Fue conocida cuando cada persona la recibió’.

(1) citado en Emil L. Fackenheim, ¿Qué es el judaísmo? Una interpretación histórica, Buenos Aires: Lilmod, 2005. p. 21.
(2) citado en Paul Jonson, La historia de los judíos, Barcelona: Vergara, 2003. p. 156.
(3) Emil L. Fackenheim, Op. Cit. p. 21-22.
(4) Emil L. Fackenheim, Op. Cit. p. 31.

miércoles, septiembre 20, 2006

¿Otra vez Santa Cruzada vs. Yihad?

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Me tiene muy preocupado esta situación en el mundo, que suena a película de aventuras: ‘El Papa en apuros’. No sólo porque compruebo que, desgraciadamente, un aberrante choque de civilizaciones es cada vez más real, sino porque también, ahora, la seguridad misma del Santo Padre y del Vaticano son inciertas... No es que desconfíe yo de los fornidos y disciplinadísimos suizos en sus coloridos atuendos, pero, ¿recuerdan aquella anécdota en la que, cuando Juan Pablo II recibió una llamada de la Casa Blanca, nadie sabia qué era una ‘línea segura’? Si le pudieron pegar al Pentágono...

Dudo mucho que la enorme mayoría de quienes, en el mundo musulmán, protestan, queman efigies del Papa y atentan contra iglesias (una anglicana y una ortodoxa, por cierto...) hayan leído la ponencia completa, considerado el contexto y su intención durante la conferencia (‘Mi intención no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación’) y seguido de cerca el mensaje de la visita pastoral de Benedicto XVI a su natal Baviera. Sé que es demasiado pedir de esa gente.

La cita del emperador bizantino Manuel II es tan solo una de muchas partes del discurso del Santo Padre en la Universidad de Regensburg, en la que desplegó una vez más su talento y pasión para las cátedras universitarias y empezó diciendo cómo el ambiente de una verdadera cátedra universitaria, en un dies academicus, hace que muchos especialistas que a primera vista parecen no tener nada en común comparezcan juntos y formen un ‘todo de la única razón con sus diferentes dimensiones’. Y confesó: ‘Uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios’, pero que ‘incluso frente a un escepticismo así de radical seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición de la fe cristiana’.

Viene, pues, la tan controvertida cita: ‘De manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”’.

El Papa prosigue, comentando el trabajo de Khoury: ‘Para el emperador, como buen bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad’.

Lo anterior, por tanto, no es gratuito, como han dicho algunos, porque enseguida viene lo importante: ‘La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o es válido siempre por sí mismo?’ Según el cristianismo, lo segundo. Al igual que tantas otras veces, como al comentar la encíclica de su predecesor, Fides et Ratio, Joseph Ratzinger prosiguió exponiendo cómo ‘la fe bíblica, durante la época helenística, salía interiormente al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco’, como por ejemplo, en la traducción griega del Antiguo Testamento o ‘de los 70’. ‘Se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión’. Sin embargo, esto ha sido –afirma– cuestionado, primero, durante la Reforma y, luego, en la Ilustración moderna, en un periodo en el que se ha intentado deshelenizar el cristianismo, apartar la Biblia de la metafísica y separar al Dios de Abraham, Isaac y Jacob del Dios de los filósofos.

Desde allí, Benedicto se lanza fieramente contra su enemigo más acérrimo, la jaula de un cientifismo demasiado racional, la castración de una filosofía que se cierra a la Verdad y las atroces consecuencias que esto le puede traer a un Hombre cerrado a la trascendencia:

‘Los interrogantes propiamente humanos, es decir, “de dónde” y “hacia dónde”, los interrogantes de la religión y la ética no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la “ciencia” entendida de este modo [‘la certeza que resulta de la sinergia entre matemática y empirismo’ y sujeta a la utilidad y la verificación mediante la experimentación] y tienen que ser colocados en el ámbito de lo subjetivo. El sujeto decide entonces, basándose en su experiencia, lo que considera que es materia de la religión, y la “conciencia” subjetiva se convierte en el único árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y la ética ya no interesan. Intentos de construir la ética a partir de las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo simplemente inadecuados’.

Es decir, la crítica principal del Papa no es al Islam, sino a la ilustración mal concebida de Occidente, la cual, precisamente, es uno de los factores que obstaculizan el diálogo ecuménico profundo con el mundo musulmán: ‘Las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas’.

Finalmente, concluye el Santo Padre: ‘“No actuar razonablemente (con “logos”) es contrario a la naturaleza de Dios”, dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de Dios, en respuesta a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran “logos”, esta amplitud de la razón. Es la gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente’.

¿Dónde está, pregunto yo, lo insultante? Este discurso dista mucho de parecerse a las malas caricaturas danesas; no es una burla, sino una reflexión de altura y la invitación a un diálogo inteligente y abierto. Y sí, una condena muy fuerte (que buena falta hace) al extremismo religioso: un Dios que es Logos, Razón Creadora, al mismo tiempo que Caritas, Amor (ver su encíclica) es imcompatible con la violencia.

Ahora bien, si hoy día ni siquiera se puede nombrar a Mahoma ni al Islam sin que se vuelen cosas, quemen iglesias y maten monjas es que Manuel II puede no haber estado tan errado...

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G. G. Jolly