Si el crítico literario Harold Bloom puede hablar de que con Shakespeare se da la ‘invención de lo humano’, yo me atrevo a decir que con Beethoven asistimos a la más pura expresión, a lo más noble de aquello que se inventó con Shakespeare. También es cierto eso de que, si Bach es Dios y Mozart es Dios hablándole al Hombre, Beethoven es el Hombre hablándole a Dios. La aspiración a la trascendencia desde la humilde, aunque trascendente, terrenalidad. Eso es Beethoven para mí.
Ejemplos sobran: el ‘Adagietto’ de la 7ª sinfonía y la 9ª entera —aunque admito que está algo gastada a mis oídos—, la fantasía para piano, coro y orquesta, la sonata ‘Hammerklavier’y tantas otras, los últimos cuartetos... pero hay un ejemplo excepcional: su única ópera, Fidelio, estrenada en 1805. La música es elegante, apasionada, sutil y sublime. Sin embargo, la trama —del drama Léonore, ou l’amour conjugal de Jean-Nicolas Bouilly, de 1798— y la lírica —del poeta Joseph Sonnleithner— de la obra concuerdan a la perfección no sólo con la música, sino con el espíritu del mismo Beethoven, con un alma arquetípica del romanticismo decimonónico, con la quintaesencia de lo más noblemente humano del ser humano.
Florestán, que luchó contra la tiranía y en pos de los ideales ilustrados, con la conciencia tranquila por haber hecho lo recto y justo, se pudre en la cárcel. Sufre y añora a su amada esposa, Leonore, pero es un hombre que no ha perdido la fe, que, al igual que Job, reconoce a Dios precisamente en los infiernos.
Veamos, primero, la versión de Ben Heppner, con la orquesta del Teatro Metropolitan de Nueva York, bajo James Levine:
Florestan:Gott! Welch Dunkel hier! O grauenvolle Stille! Öd’ ist es um mich her. Nichts lebet ausser mir. O schwere Prüfung! - Doch gerecht ist Gottes Wille! Ich murre nicht! Das Mass der Leiden steht bei dir.
In des Lebens Frühlingstagen Ist das Glück von mir geflohn! Wahrheit wagt ich kühn zu sagen, Und die Ketten sind mein Lohn. Willig duld’ ich alle Schmerzen, Ende schmählich meine Bahn; Süsser Trost in meinem Herzen: Meine Pflicht hab’ ich getan! Und spür’ ich nicht linde, sanft säuselnde Luft? Und ist nicht mein Grab mir erhellet? Ich she’, wie ein Engel im rosigen Duft Sich tröstend zur Seite mir stellet, Ein Engel, Leonoren, der Gattin, so gleich, Der führt mich zur Freiheit ins himmlische Reich.
Enseguida, la versión de Simon O’Neill y la Orquesta West East Divan, dirigidos por Daniel Barenboim:
Florestán: ¡Dios! ¡Qué oscuridad hay aquí! ¡Qué silencio aterrador! La nada me rodea y nada, nada vive a mi alrededor. ¡Dios, qué dura prueba! ¡Tu voluntad es justa! ¡No me lamento, oh Dios que mides los pesares! En los días de la primavera de la vida, la felicidad ha huido lejos de mí. Me atreví a gritar la verdad y mi recompensa fueron las cadenas. Soportaré los sufrimientos, mi vida se extingue con vergüenza. Pero mi corazón alienta un dulce consuelo, he cumplido con mi deber. ¿No siento el murmurar, la dulzura de una brisa? ¿No es la claridad que ilumina mi tumba? Veo aparecer un ángel todo irisado de rosa, situarse junto a mi, consolador, tiene los rasgos de Leonora, mi esposa. ¡Un ángel! Viene para ayudarme y consolarme, hasta conducirme a la libertad del reino de los cielos.
Luego, la del joven tenor Jonas Kaufmann con la Casa de la Ópera de Zúrich, bajo la batuta de Nikolaus Harnoncourt:
Finalmente, la de Jon Vickers y Zubin Mehta, con la orquesta del Teatro Antiguo de Orange:
‘Dios. La palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada y tan dilacerada… Las generaciones humanas han cargado el peso de su vida angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones religiosas han dilacerado esta palabra; han matado y se han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra “Dios”; se asesinan unos a otros y dicen hacerlo en nombre de Dios… Debemos respetar a aquellos que evitan este nombre, porque es un modo de rebelarse contra la injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la autoridad de Dios.’
Επέστρεφε συχνά και παίρνε με, αγαπημένη αίσθησις επέστρεφε και παίρνε με -- όταν ξυπνά του σώματος η μνήμη, κ' επιθυμία παληά ξαναπερνά στο αίμα· όταν τα χείλη και το δέρμα ενθυμούνται, κ' αισθάνονται τα χέρια σαν ν' αγγίζουν πάλι.
Επέστρεφε συχνά και παίρνε με την νύχτα, όταν τα χείλη και το δέρμα ενθυμούνται....
Κωνσταντίνος Π. Καβάφη
Y aquí una versión musicalizada por Thanos Mikroutsikos.
Vuelve
Vuelve una y otra vez, y tómame, amada sensación, regresa y tómame. Cuando despierta del cuerpo la memoria y la vieja pasión recorre la sangre, cuando los labios y la piel las reviven, las manos sienten como si tocaran de nuevo.
Vuelve una y otra vez, y tómame en la noche, cuando los labios y la piel las reviven.
Come back
Come back once and again, and take me, beloved feeling, come back and take me.
When memories awake from the body and old passions run through the blood, when lips and skin re-live them the hands feel as if they touched once more.
Come once and again, and take me at night, when lips and skin re-live them.
Veamos, ahora, las soluciones que propone el padre Boulad para rescatar a la Iglesia del ‘abismo’, que ya describió con indignación en las entradas anteriores(1):
‘- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.’
Espero que con ‘pasado’ no se refiera a la gran Tradición del cristianismo, pues, entonces, las catequesis que ha dado Benedicto XVI en los últimos años sobre los Padres de la Iglesia y los santos del medioevo estarían erradas… Seguramente, ha de ser inútil, por tanto, su idea de que los grandes santos medievales o los autores patrísticos, que bebieron del mismo manantial de fe, responden mejor a problemas de hoy que discursos ‘actuales’ que se pierden en el mar informativo global. Es obvio: ni San Agustín de Hipona ni Santo Tomás de Aquino tienen nada que aportar al diálogo entre fe y razón, religión y ciencia; las predicaciones y ejemplos pastorales de Santo Domingo de Guzmán o San Ambrosio de Milán son simples migajas; el amor a la naturaleza de San Francisco de Asís o las exigencias de justicia de San Juan Crisóstomo no son sino mensajes sosos, empolvados y estériles de hace siglos...
‘- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.’Quizás sea cierto. Pero pregunto de nuevo, ¿cuáles son las causas de esas crisis europeas?
‘- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: “No hay alternativa al Vaticano II”.’
Ya me pronuncié sobre esto. Y, aunque la ‘restauración’ sea un hecho, lo veo como parte del proceso dialéctico en el que siempre se ha desarrollado la Iglesia, en un ir y venir pendular entre remedios de excesos y excesos de remedios… El mismo Benedicto XVI lo explicó muy bien: no el Concilio, sino un ‘conciliarismo’ ingenuo y demasiado optimista causó estragos, como si el Vaticano II hubiera significado una ruptura con Vaticano I, Trento, Letrán, Calcedonia, Constantinopla, Nicea, Éfeso…
Y un Vaticano III, tan pronto, me huele a eso, a un afán desmedido y en última instancia destructivo, de praxis y reforma a ultranza, de las que ya Pablo VI advirtió en abril de 1968: ‘Renovación, sí; cambio arbitrario, no; Historia siempre viva y nueva de la Iglesia, sí; historicismo disolvente del compromiso dogmático tradicional, no; integración teológica según las enseñanzas del Concilio, sí; teología conforme a libres teorías subjetivas, a menudo procedentes de fuentes enemigas, no; Iglesia abierta a la caridad ecuménica, al diálogo responsable, al reconocimiento de los valores cristianos ante los hermanos separados, sí; irenismo que renuncia a las verdades de la fe, o proclive a uniformarse con ciertos principios negativos que han favorecido la separación de tantos hermanos cristianos del centro de la unidad de la comunión católica, no; libertad religiosa para todos dentro del ámbito de la sociedad civil, sí; libertad de adhesión personal a una religión según la elección meditada de la propia conciencia, sí; libertad de conciencia como criterio de verdad religiosa, no sufragada por la autenticidad de una enseñanza seria y autorizada, no’.
vs.
Después, Boulad exhorta al aggiornamento radical, a la reforma largamente postergada, pues ya el tiempo se nos ha venido encima, pues ‘la Historia no espera’… Incluso pregunta, con una comparación desatinada, si no es que ofensiva: ‘[Si] Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis… ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto?’
Así, según él, el camino que la Iglesia toda debería seguir (un camino tan general y ambiguo, que resulta imposible de negar):
‘La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una TRIPLE REFORMA:
1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.
Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso actual.
2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.
3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a articularlos con la vida.
Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal, demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior, una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día Jesús nos trate de “sepulcros blanqueados”?’
El problema, como creo haber hecho bastante evidente, son los medios (el detalle de los tres años me hizo sonreír):
‘Para terminar, sugiero la convocatoria de un sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el término “concilio”- que sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las conclusiones.’
Termina pidiéndole al Papa una disculpa por su franqueza y una bendición, para elogiarlo después por su libro Jesús de Nazaret. Por todo cuanto le escribió al Papa en esta carta, dudo que lo haya leído, o cualquier otra cosa de Joseph Ratzinger, quien no vería sino esperanza en ese ‘abismo’.
Yo, por mi parte, concluyo, diciéndole al padre Boulad y a los jesuitas que simpatizan con él: sabrán disculpar mi franqueza y mi dura crítica, pero no puedo estar de acuerdo con ustedes en muchos detalles y en el tono. Por mi amor apasionado por la Iglesia... y por la Compañía.
Giotto di Bondone, Jesús expulsa a los cambistas del Templo, c. 1305.
Sigo, pues, con la réplica a la carta del padre Henri Boulad, SJ al Papa.(1)
Continúa el jesuita:
‘4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a esa “nueva evangelización” a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.’
Este párrafo obscurece en vez de arrojar luz sobre las posibles soluciones. Adaptación, cambio, novedad, innovación, invención… todas ellas son siempre útiles y necesarias, pero no son la raíz del problema. El Vaticano II cambió muchas cosas, para bien, a pesar de las fricciones y desencantos de muchos, pero también hay que ser honestos: intentos fracasaron, modelos nuevos han caducado apenas cuarenta años después, adaptaciones hubo muchas que derribaron y no construyeron nada en su lugar. Ese golpe maravilloso del Espíritu que fue el Concilio tuvo sus altas y sus bajas, como todos sus antecesores, sacudió la Barca para bien y para mal. Y la sigue sacudiendo, y sigue llamando a sacudirla. Por eso es ingenuo, peligroso y hasta tonto hacer un llamado políticamente correcto a un Vaticano III cuando aún no copamos con las ondas de choque del II.
Al fin y al cabo, Boulad sigue focalizando el problema en lo exterior, en la forma del mensaje, más que en la crisis que experimenta el mensaje mismo. ¿Cómo es posible presentar el Evangelio con toda su crudeza y exigencia cuando no existe la verdad, cuando la Humanidad busca una religión sedante y no de compromiso, cuando un Dios humano y crucificado y una Iglesia milenaria y pecadora lucen más estúpidos que nunca, cuando 5 mil millones de personas ni siquiera gozan de libertad religiosa?(2)
‘5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra “mística” no estaba mencionada ni una sola vez en “El nuevo Catecismo”. No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.
6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.’
Puede que en este punto le dé la razón a este jesuita. El cristianismo es, ante todo, mística. Sin la contemplación, la experiencia íntima y el encuentro personal con un Dios-persona, el cristianismo no es nada.(3) Su novedad y radicalidad se disuelverían en el mar de las religiones. Hoy día, se transmite doctrina o, peor aún, ideología, que no dice nada y se abandona tan rápido como se recibió. En el mejor de los casos, el cristianismo es mera ética. Me permito actuar de abogado del diablo otra vez: ¿no el modelo liberal tiene buena parte de culpa también? En América Latina, ese noble intento de la teología y la pastoral de la liberación de beber de la gran fe de un pueblo para encarnarla y tornarla praxis liberadora, ¿no tiene también su buena parte de culpa en vaciar de fe a tantos cristianos, que la han buscado, ahora, en el espiritualismo de las sectas?(4) ¿Y no, con tanto énfasis en la reforma externa, Boulad sigue poniendo el acento en una praxis que depende de la fe, que es, a su vez, la que verdaderamente enfrenta la crisis?
‘7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano... en una línea más evangélica.’
Aunque tiene razón, pues el discurso es chocante y repetitivo(5) de los ‘cruzados de la vida’ y ‘apóstoles de las “buenas costumbres”’ —lo cual no les quita, en el fondo, que digan la verdad, y más aún, una verdad incómoda y, sí, profética—, su última línea me resulta pedante. No diré más que lo que siempre he dicho acerca de muchos jesuitas y otros católicos liberales, entregados y comprometidos con las causas de la justicia y la liberación: que no solo la Populorum Progressio, también la Humanae Vitae, aunque no les guste. O ambas o ninguna, a menos que quieran caer en el mismo error que la derecha católica, tan preocupada por la vida nonata, pero indiferente ante la vida ya nacida, condenada a la pobreza.
‘8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista de una Iglesia “Mater et Magistra” está definitivamente desfasado y ya no sirve hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a tragarse cualquier cosa.’
Podría cuestionarse severamente la ‘madurez’ de un continente cada vez más xenófobo, autocomplaciente, escandalizado por la cacería de focas en Canadá e indiferente ante el genocidio de Ruanda o Darfur, cerrado incluso a su porvenir biológico… Por supuesto, un continente así aborrecerá la voz de una Mater et Magistra que denuncie su comportamiento y le obligue a volver la vista a sus raíces y sus valores auténticos. Por fortuna, una consecuencia feliz del ‘invierno eclesial’ del que se quejaba Boulad al principio es que una Iglesia minoritaria, reducida a tener voz entre muchas otras, perderá esa presencia institucional y esa soberbia discursiva.
‘9. Las naciones más católicas de antes -Francia, “primogénita de la Iglesia” o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado, más fuerte es la reacción contra ella.
10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.
Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es doble:
- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.
- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?’
Ignoro si Boulad obtiene su información de CNN o alguna otra cadena de medios por el estilo, pero en su número 10 dice algo que es totalmente falso.
Desde la elección de Benedicto XVI, el ecumenismo y el diálogo interreligioso han tenido un repunte significativo. Justo ha sido un pontificado de primado y no de primacía, de arraigo en la Tradición y el núcleo de la fe y no en agendas políticas e ideologías de moda, una actividad pastoral que no titubea en proclamar la propia verdad y la diferencia, lo que ha traído una bocanada de aire fresco. En primer lugar, el discurso inflamatorio de Ratisbona, que detonó un verdadero diálogo entre Occidente e Islam, centrado en los asuntos espinosos: reciprocidad en la libertad religiosa, el rechazo de la violencia y el terrorismo. En segundo, el descongelamiento de las relaciones entre católicos y ortodoxos; estos últimos más dispuestos a conceder el primado a un Papa avocado a la riqueza de la liturgia y teología bimilenarias del cristianismo. Luego, el diálogo con anglicanos y luteranos, cuyas respectivas tradiciones son bien vistas por un pontífice cosmopolita y de gran sabiduría teológica. También el diálogo respetuoso, pero honesto, con los ‘hermanos mayores’, unidos por el Antiguo Testamento, pero separados por la plenitud de la revelación en el Mesías, Jesús de Nazaret. Y, por último, la cada vez más cercana superación del cisma lefebvriano, mediante la humildad, la caridad y la mansedumbre de un pastor, eficacísimas a la hora de desarmar los argumentos de la SSSPX.
G. G. Jolly
(1) Aquí la primera parte.
(2) Véase el artículo del vaticanista Sandro Magister al respecto. (3) Véase: Hans Urs von Balthasar, ¿Quién es cristiano?, Salamanca, Sígueme, 200?. (4) No estoy de acuerdo con que la Teología de la Liberación sea la causante de la ‘descatolización’ del continente, pero sus propios fracasos y excesos no pueden ser ignorados, como bien lo señala Paul Johnson en su Introducción al cristianismo, Barcelona, Ediciones B, 2003. (5) Al respecto, escribí esta entrada para el blog.
Aliéksandr Ivanov, Aparición de Cristo a María Magdalena, 1834-1836.
Como resulta bastante obvio para los lectores de este blog, sobre todo para aquellos que me conocen personalmente, tengo una relación de gran cercanía y cariño con la orden de San Ignacio. Sin embargo, esto nunca ha evitado que esté de acuerdo con lo que muchos jesuitas —o a veces la orden toda— hagan y deshagan. Faltaba más, si la Compañía está conformada por hombres ‘pecadores, pero llamados’, miembros como yo de la Casta meretrix.
Por fortuna, lo que pienso criticar hoy no es ningún crimen ni escándalo mayor. Se trata más bien de la carta que un jesuita egipcio, el padre Henri Boulad, de 78 años, ha enviado al Papa como un SOS, titulada ‘La Iglesia en el abismo’. Carta que expresa opiniones y actitudes que, a mi parecer, afectan a muchos, demasiados jesuitas, opiniones y actitudes que no puedo sino cuestionar su pertinencia, intención, veracidad o sentido eclesial. A diferencia de la cigüeña ignorante e integrista de siempre, preocupado más por sotanas, alzacuellos y un jesuita bailarín,(1) a mí me parece entender mejor el carisma de la Compañía actual, llamada y confirmada por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI a llevar el Evangelio a donde otros no pueden o no quieren ir, a las difíciles fronteras de la Iglesia y más allá.
No obstante, quisiera interpelar al padre Boulad y otros jesuitas de palabras similares.
La carta abre así:
‘Santo Padre:
Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por “la libertad de los hijos de Dios” a la que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.
Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más.’
Aunque obviará a lo largo de la carta a qué se refiere con ese ‘abismo’, me cuesta mucho darle crédito, al menos por los motivos que él refiere. Y eso es porque creo profundamente que la Iglesia siempre está un paso atrás, pecadora y necesitada de misericordia, muy lejos de cualquier ‘Edad de Oro’, en perenne crisis, semper reformanda… Benedicto XVI respondería que la solución está en la conversión, en los santos, más que en los sínodos y los documentos…
Algo raro me sucede con esta clase de críticas, como la de don Pedro Casaldáliga a Juan Pablo II… Por una parte, estoy de acuerdo con que la fidelidad afectiva y efectiva a la Iglesia jerárquica no es acrítica y servil; el pecado, el error y la debilidad existen en los pastores y las instituciones, por supuesto. Por otra, estas denuncias hacen que me cuestione. ¿Acaso no los autodenominados profetas de ‘una Iglesia más de Jesús’ pecan de lo mismo que critican: de monopolizar y reducir el Evangelio a su ‘verdadero’ Evangelio? A mis ojos, tan errado está el monseñor de la curia cuya vida se reduce a rúbricas, cenas de gala y cánones, como el pastor de los pobres que desearía vender la Basílica de San Pedro y regresar al lago de Genasaret. Eso es pecar de reduccionismo, es despojar al cristianismo de su riqueza y desarraigar a la Iglesia —y al Espíritu, en dado caso— de su misteriosa encarnación en el mundo. Además, ¿no peca de ingenuidad Casaldáliga al creer que es más apóstol de Jesús con sombrero de paja que con mitra, con un cáñamo que con báculo, con una cruz de madera que con una de oro o plata? Independientemente del complicado tema de la pobreza evangélica y de sus signos concretos, ¿no es poner la dignidad del obispo en signos externos —que al fin y al cabo es lo que le molesta, por ejemplo, de esos obispos sin grey romanos, que además ostentan títulos y honores propios de la nobleza—? ¿Ingenuidad o mala política? Monseñor Roncalli y Pío XII, con silencios oportunos y mucha ‘hipocresía’ diplomática, lograron salvar miles y miles de vidas durante el Holocausto. ¿Qué lograron los jesuitas mexicanos al pedir públicamente la destitución del nuncio Priggione —nefasto, por lo demás—, más allá de confirmar los prejuicios sobre la insubordinación de la Compañía?(2) ¿Cabe esa clase de denuncia profética, con ese tono, en el seno de la Iglesia, sobre todo en el contexto de la Vida Religiosa? Más aún, ¿es del todo sensato?
‘1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.’
A pesar de que la religión está nuevamente a la alza, esto es cierto. Pero, ¿es un síntoma del todo negativo? La reducción estrepitosa en números y en popularidad, ¿no puede ser también una oportunidad para que los católicos vuelvan sobre sus tradiciones, redefinan su identidad y estrechen los vínculos que les unen hacia dentro? ¿No será ya el tiempo de una Iglesia minoritaria, más sencilla y, hasta cierto punto, enfrentada con el mundo, como lo fue durante sus primeros siglos? ¿No ese abismo presenta también esperanza?(3)
‘2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.
3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún –cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación– tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.’
Aunque esto también tiene mucho de verdad, hay muchos casos en los que la tendencia es la inversa. Y, ¡oh sorpresa!, tiene que ver con los modelos de formación e identidad religiosa, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. ¿Se ha puesto a pensar el padre Boulad, después de ver el ejemplo de los seminarios franceses, cada vez más vacíos, que en apenas diez años el clero lefebvrista será más numeroso que el católico? No lo mencionó explícitamente en su carta, pero puedo suponer que el jesuita egipcio no es un partidario del rito extraordinario de la misa, pues lo ve como un signo de ‘restauración’, de una ‘involución’ hacia Vaticano I o Trento… Es una de las cosas que Benedicto XVI le podría responder: el cisma de los tradicionalistas planteaba grandes problemas, ya que en el futuro podrían ser los únicos católicos restantes. ¿Síntoma de qué es que los seminarios y parroquias lefebvrianas estén repletos? ¿Por qué el modelo liberal de sacerdocio, pastoral, ecumenismo, teología y vida religiosa, siguiendo la letra del Vaticano II y la luz de los tiempos, han dejado tras de sí diócesis desoladas, parroquias desiertas, clero envejecido y seminarios vacíos? Holanda, Bélgica, Canadá, Irlanda… ¿Por qué la vitalidad de los sectores más conservadores y el boom vocacional de las carmelitas y clarisas más tradicionales, de las diócesis de pastoral más agresiva y a la antigua, los nuevos movimientos de probada —a veces excesiva— ortodoxia?(4) ¿Por qué el auge de las Iglesias tercermundistas perseguidas, empobrecidas, minoritarias e incluso clandestinas, como en Corea, Vietnam, China, Myanmar, India o Bangladesh?
Su última línea apunta claramente al celibato ‘obligatorio’. Yo creo que, en efecto, sería provechoso la posibilidad de ordenar como sacerdotes a diáconos casados —del clero diocesano, por supuesto, nunca del religioso—, así como intentar nuevas formas de ministerios femeninos a largo plazo. Sin embargo, Boulad peca de ingenuidad o ignorancia. ¿Ha visto acaso lo que le ha sucedido a la Comunión Anglicana o a numerosas iglesias reformadas que tienen ministros casados o de ambos sexos? En ningún caso ha habido un auge de vocaciones ni conversiones masivas de parte de fieles alejados o apóstatas. El problema no es de formas, sino de fondo, algo que muy pocos han podido o querido situar en la crisis de la verdad, en el desarraigo de la gran Tradición, en concepciones agradables pero incorrectas del cristianismo. Uno de ellos es Benedicto XVI.
G. G. Jolly
(1) Por supuesto, la cigüeña desconoce la historia de la Compañía y su espiritualidad, la novedad radical de lo que quería San Ignacio para la Vida Religiosa. La última Congregación General de la orden, de 2007 (con el visto bueno de Benedicto XVI), parafraseando la anterior, de 1994 (aceptada por Juan Pablo II), describe así la misión de la Compañía: ‘El fin de nuestra misión (el servicio de la fe) y su principio integrador (la fe dirigida hacia la justicia del Reino) están así dinámicamente relacionados con la proclamación inculturada del Evangelio y el diálogo con otras tradiciones religiosas como dimensiones de la evangelización’.
(2) Véase si no el libro Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada de Ricardo de la Cierva, en que el autor, un ejemplo del más rancio y recalcitrante conservadurismo eclesial, utiliza a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús como el más claro ejemplo de la traición a la Iglesia iniciada por Pedro Arrupe, tras el Vaticano II.
(3) Véase esta entrada anterior, en la que el ‘pesimista’ Joseph Ratzinger apuesta, ya en 1970, precisamente por una Iglesia minoritaria.
(4) Véase: Gabino Uríbarri, SJ, Portar las marcas de Jesús. Teología y espiritualidad de la vida consagrada, Bilbao, Desclée de Brouwer, 200?.
Finalmente, le ha llegado el tiempo a México de romper sus silencios y encarar de frente un tema. Por supuesto, el debate ha sido, como siempre, de muy bajo nivel, con posturas fanáticas y erradas de ambos lados: desde la homofobia descarada de los sectores más rancios de la derecha mexicana hasta los grupúsculos políticamente correctos que enarbolan los ideales de una izquierda mexicana ‘progre’ que no existe.
El 21 de diciembre de 2009, la Asamblea Legislativa —el congreso local— de la Ciudad de México legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, otorgándole la misma categoría que el matrimonio civil entre hombres y mujeres. Como ya antes había dicho yo, a propósito de la legalización del aborto hasta las doce semanas de gestación en una entrada anterior, dudo mucho de las convicciones de la izquierda mexicana, que gobierna en la capital del país. Perseguir esta agenda políticamente correcta, ‘progresista’, en un país con 40 millones de pobres, de endebles instituciones democráticas y que carga aún con caudillos y ‘diálogo’ de plantones y machetazos, es posar de izquierda de primer mundo en un país del tercero… lo cual me parece no sólo impertinente, sino insensato.
Con esto, se dio un paso más allá, después de que, en noviembre de 2006, la misma Asamblea haya reconocido las ‘Sociedades de Convivencia’, uniones familiares de facto, de cualquier tipo. Si no fuera porque me opongo a que el Estado haya de reconocer y avalar las relaciones interpersonales en general, de cualquier tipo, habría sido imposible objetar estas ‘uniones’. Eso de la ‘ley natural’ no me acaba de convencer, pues me suena a biologización, a fundamentar la ‘familia’ en la capacidad reproductiva más que en el amor, con lo que las familias monoparentales, divorciadas, adoptivas o asociadas carecerían de una raison d’être...
José Luis Cortés
De hecho, bien lo ejemplifica esta verídica anécdota:
El día que aprobaron la ley de las ‘Sociedades de convivencia’, llegó un jesuita a su casa con un pastel que le habían regalado tras una misa. Se presentó en el comedor con él, y dijo: ‘¡Hay que celebrar las “Sociedades de convivencia”!’. Por supuesto, unos padres, ya mayores, le reclamaron: ‘¡¿Cómo quieres que celebremos eso?!'. Y él respondió: ‘Pues es que ya somos legales’. ‘¡¿Somos?! ¡¿Quiénes?!’, le preguntaron. ‘Nosotros. Nuestra comunidad. Esta “sociedad de convivencia”: de diez hombres que, sin ser parientes, vivimos juntos’. Tenía toda la razón, y así celebraron los jesuitas ese día, con pastel.
El matrimonio de pleno derecho es otra cuestión. Creo que un Estado sanamente laico no debería tener voz ni voto reconociendo con quién duerme, vive y se junta cada cual. A diferencia de EE. UU, donde uno se puede casar lo mismo en un casino, una sinagoga, una iglesia, un juzgado o el club de fans de Star Trek, en México hay una doble ley y una doble moral, por lo que no estoy de acuerdo con que exista el matrimonio civil, ‘homosexual’ o ‘heterosexual’.
Sin embargo, el mayor problema es el que surge con la posible adopción de niños, que, para variar, se plantea de forma indebida. Por ejemplo, un argumento es que, como un matrimonio entre personas del mismo sexo no puede procrear naturalmente, no debería permitírsele adoptar un niño; lo cual, al mismo tiempo, descalificaría a una pareja heterosexual estéril…
Jan Provoost, Abraham y Sara, c. ss. XV-XVI.
Otro es que un niño criado por ‘homosexuales’ terminaría siendo él mismo ‘homosexual’, hecho que numerosos estudios y testimonios han puesto seriamente en duda. Yo podría cuestionar también el que sea el Estado el encargado de cuidar y ‘repartir’ a los niños en cuestión…
El núcleo del problema de la adopción, no obstante, yace en que no existe semejante cosa como un ‘derecho a la paternidad’.(1) Nadie, soltero o casado, ‘heterosexual’ u ‘homosexual’ puede reclamar un hijo. Por otra parte, sí existe el derecho de los niños a un desarrollo pleno: ellos sí tienen derecho a crecer en un hogar digno, conformado por dos padres, una figura masculina y una femenina. Por supuesto, esta plenitud no siempre es posible, como en los casos de los niños criados por abuelos, tíos o un solo padre, así como los niños criados por padres incompetentes e incluso desobligados y crueles. Es decir, las familias estables conformadas por un varón y una mujer deberían tener absoluta prioridad para adoptar un niño. Esto no es discriminación, porque el criterio es el bienestar del infante y no el deseo de los padres, tal como se le dará prioridad a una pareja que no tiene ningún hijo que a una que tiene tres o a una pareja de menor edad que a una casi anciana. Aunque, una vez establecida esta prioridad, habrá que proceder con un criterio mucho más flexible y práctico, en aras del bienestar de los niños, si se quiere ser consecuente con esta postura; es decir, habrá de darse en adopción niños a familias ancianas, de menores recursos, monoparentales, atípicas o, en efecto, de padres del mismo sexo. Y sirva esto último como nota para las iglesias, pues se torna cuanto más acuciante aún, dado el terrible pecado social del aborto, si es que se quiere luchar ‘por la vida’ congruentemente, con más hechos y menos palabras.
Había una vez una muchacha, hermosa como nunca ha habido otra, llamada Grecolatina. Su padre, Imperio, era un soldado alto, fuerte y guapo, bien instruido en leyes, ingeniería y administración. Su madre, Helenia, era bella y culta, versada en poesía, teatro, filosofía y medicina. Para gran escándalo de sus padres, Grecolatina fue cortejada largo tiempo y finalmente conquistada por Judeo, un rudo hombre de clase baja, de piel tostada por el sol del desierto y de larga barba rizada, celosísimo de su religión, pero sabio y bueno.
Imperio, Helenia y Judeo
De la joven pareja nacieron Cristián y Cristiano, unos impetuosos gemelos que, al principio, eran inseparables, casi siameses. Ambos heredaron la bella elegancia de Grecolatina y la justa sabiduría de Judeo, aunque Cristián, muy dado a los libros y a largas charlas de sobremesa, se parecía más a su abuela Helenia, mientras que Cristiano salió como Imperio, ordenado e hiperactivo. Ha de decirse que los gemelos nunca se llevaron bien con su padre; incluso de repente su madre desesperaba de ellos. Sin embargo, una vez que Judeo se exilió de la casa, Grecolatina pasó sus últimos días mimando a sus hijos, sobre todo a Cristián, a quien le dejó toda su herencia. Éste último contrajo nupcias algo tarde, con una pobre y bella campesina, callada y misteriosa, de nombre Eslavia.
Cristiano, por su parte, se casó a temprana edad, con una rubia y terca mujer llamada Bárbara. Desheredado él y sin dote ella, pasaron una época algo obscura. Peleaban mucho y salían poco. Tuvieron una hija llamada Media, niña fea que se compuso ya grandecita. A la niña tampoco le gustaba salir mucho y se entretenía revisando y copiando los viejos libros de sus bisabuelos. Aunque rezaba mucho, no pudo evitar enfermarse de peste ni pelearse con un pariente lejano del lado de su abuelo Judeo, el primo Islamo, lo cual la volvió algo irritable. No sabemos cómo ni de quién, pero quedó embarazada, ¡y de trillizos! Murió durante un largo y doloroso parto que los médicos llamaron, de forma exagerada, renacimiento…
Media
Los trillizos, sin embargo, sobrevivieron. La primogénita fue Roma, una hermosa, aunque regordeta, mujer. Alguien la describió como una versión exagerada de su bisabuela Grecolatina, con lo piadosa y malgeniuda de su madre. Hasta la fecha, es la solterona de la familia. El segundo hermano fue Humanio, hombre muy culto, pero tímido, que no dio mucho de qué hablar, a pesar de sus esfuerzos de explotar lo mejor de sus genes sin causarle problemas a nadie. Se casó con una intelectual, del linaje de Helenia, llamada Ciencia. El último, Reformo, fue siempre impetuoso, rebelde y trabajador; estaba empecinado en imitar en todo a su abuelo Cristiano, lo que le llevó a enfrentarse a pellizcos y puntapiés con Roma. Halló esposa al otro lado del Atlántico: una muchacha algo desabrida, Puritania.
Roma, Humanio y Reformo
Mientras Roma y Reformo se peleaban a muerte, Humanio y Ciencia criaron, lejos de los problemas familiares, a su hija Ilustria, que resultó ser una muchacha cultísima, inteligente e inconformista… Por fortuna, tras una ardua búsqueda, pudieron hallarle un marido que la soportara, pues sólo le interesaban el trabajo y los negocios. Se trataba del vástago de Reformo y Puritania, su primo, Mercadio.
Y allí es donde se empezó a fastidiar la cosa, pues Mercadio e Ilustria trajeron al mundo a varios hijos muy peculiares. Primero vino Liberalia, buena mujer —¡ni quién lo niegue!—, pero quizás por eso mismo algo ingenua; todos la quieren, pues se vive muy bien en su acogedora casa, a pesar de su mal gusto. Luego vino Marxia, una bellísima pelirroja. Ésa sí atraía a todos con su carácter vigoroso y contestatario, además de que prometía el sol, la luna y las estrellas a quien la cortejase. Por desgracia, su lucha contra lo establecido lo único que le granjeó fue varios hijos ilegítimos —antipáticos todos ellos— y la enfermedad venérea que la llevó a la tumba. El tercero fue un niño regordete y feo: Fascio. Con mal carácter y cuerpo de gorila, se dedicó a hacerle la vida imposible a sus dos hermanas: desde la cuna ya pataleaba y berreaba, haciendo desesperar a Marxia y suspirar a Liberalia. Al principio, se dejaba arrullar por la vieja y gorda tía Roma, que no tenía nada mejor que hacer más que inmiscuirse en los asuntos ajenos: criticaba la poca clase de Liberalia y aborrecía las costumbres disolutas de Marxia. Después, en cambio, Fascio la despreció también a ella y se largó de la casa para hacer de las suyas, hasta que, entre toda la familia, lo pusieron en orden. Las dos hermanas enfriaron sus relaciones durante buen tiempo, justo cuando nacía el benjamín de la familia, tras muchos años. Lo llamaron Posmo.
Posmo
Y así llegamos al presente, cuando, muerta ya Marxia, Fascio retirado y Liberalia anciana y achacosa, el cabeza de familia no es otro que el inmaduro, hedonista y despilfarrador Posmo. Si sus antepasados, de Grecolatina a Ilustria pudiesen ver en manos de quién ha quedado toda la fortuna familiar, se revolcarían en sus tumbas…
Rembrandt van Rijn, El sueño de José en el establo, 1645.
Una fe que no produce belleza es una fe muerta. No es una fe humana, pues es muda, ya que no habla un lenguaje humano. No apela a nada, no dice nada ni mueve a nada, porque no se ve, porque no se oye, porque no se toca, no se huele ni se saborea. Es una fe muerta (Carta de Santiago II, 14-26) que no hace el más mínimo intento por tratar de expresar lo inexpresable, de comunicar no conceptos ni ideas, sino el ardor y el éxtasis que Dios suscita. Así como una pasión más allá de toda lógica y toda razón como el amor de Dios se materializó y se tornó sensible en la Creación, así la fe irracional e ilógica del Hombre debe concretarse y mostrarse sensiblemente, como belleza, reflejo de la Belleza eterna.
Igualmente, el cristianismo es, ante todo, una experiencia, un trauma originario que se imprime en el alma y transforma la existencia, lo cual no está ni remotamente al alcance de una mera doctrina, de simples tradiciones o incluso de una fanática ideología. No es lo mismo leer una noticia sobre un choque automovilístico en el diario que verlo, desde nuestro coche, al lado de la carretera. No es lo mismo haber visto desplomarse al WTC en 2001 por televisión, que haberlo visto desde las calles de la misma Nueva York, entre gritos y llantos. Así, el experimentar, más que el saber, nos involucra y nos fuerza a tomar una postura; no es posible permanecer indiferente. Lo mismo sucede con la fe encarnada, la fe materializada en belleza y justicia. Joseph Ratzinger alguna vez dijo que la única demostración de la Verdad del cristianismo es el arte y la vida de los santos. Y tenía razón. No es posible demostrar ni probar que Dios existe desde la filosofía o la teología, pero ante la encarnación de la Belleza y Justicia de Dios en el arte y las vidas justas no se puede permanecer indiferente...
Es por ello que este día he decidido compartirles la experiencia de la Navidad, encarnada en las palabras hermosísimas de la Escritura (y la hermosísima traducción inglesa de la King James Bible), y en la sublime música del Messiah de Sir George Frederick Händel. A pesar de ser un bestseller musical en todos los sentidos, es una obra que nunca se aprecia por su dramatismo, por la magnífica selección de textos bíblicos y por la alta carga espiritual que la generó. Händel, qué duda cabe, era un excelente compositor, pero también un fervoroso cristiano; el Mesías, por tanto, no es como cualquier otra obra händeliana, no es una ópera disfrazada: es la cumbre del genio y la fe de un hombre, su experiencia de Dios materializada. Una experiencia que tiene mucho que aportarnos.
Después de la obertura, le toca al profeta Isaías introducir el tema del Mesías, las promesas que Dios le hace a Israel y, por su medio, a toda la Humanidad: el peso del sufrimiento y de la vida, del pecado y del dolor, serán vencidos al fin:
Comfort ye, comfort ye my people, saith your God; speak ye comfortably to Jerusalem; and cry unto her, that her warfare is accomplishèd, that her iniquity is pardoned.
The voice of him that crieth in the wilderness, Prepare ye the way of the Lord, make straight in the desert a highway for our God. [Isaías XL, 1-5;aquí el video]
Y la victoria hará saltar por los aires nuestras certezas y todo lo que tomamos por justo y bueno; Dios introducirá su locura, la ilógica de su amor:
Ev'ry valley shall be exalted, and every mountain and hill made low; the crooked straight, and the rough places plain. [Isaías XL, 4; aquí el video]
Entonces, continúa el bajo, ste acontecimiento sacudirá el mundo, puesto que es lo más radical que jamás habrá, precisamente porque responde al más íntimo deseo, a las esperanzas del género humano:
Thus saith the Lord of Hosts: --Yet once a little while and I will shake the heavens, and the earth, the sea, and the dry land; and I will shake all nations, and the desire of all nations shall come. [Ageo II, 6-7; aquí el video para éste y los dos siguientes párrafos]
La búsqueda humana de la Verdad llega a su culmen, pues les a Verdad misma que revela, ella misma se le muestra al Hombre:
The Lord, whom ye seek, shall suddenly come to his temple, even the messenger of the covenant, whom ye delight in; Behold, He shall come, saith the Lord of Hosts.[Malaquías III, 1]
Surge entonces la pregunta ante semejante revolución: ¿puede el Hombre soportar semejante acontecimiento?, ¿está a la altura de su propio deseo?
But who may abide the day of His coming, and who shall stand when He appeareth?
For He is like a refiner's fire. [Malaquías III, 2; aquí el video]
Porque el Mesías trae fuego consigo (San Lucas XII, 49), el fuego del Espíritu (Hechos de los Apóstoles II) y de la sarza ardiente, que ilumina, pero no destruye (Éxodo III, 1-7):
And He shall purify the sons of Levi, that they may offer unto the Lord an offering in righteousness. [Malaquías III, 3; aquí el video]
Los profetas, entonces, puntualizan. Esta revolución y este fuego purificador tendrá lugar callada y humildemente:
Behold, a virgin shall conceive, and bear a Son, and shall call His name EMMANUEL, God with us. [Isaías VII, 14; San Mateo I, 23]
Es necesario, por tanto, gritarlo a los cuatro vientos, que ¡no hay qué temer, pues la Luz viene ya!:
O thou that tellest good tidings to Zion, get thee up into the high mountain; O thou that tellest good tidings to Jerusalem, lift up thy voice with strength; lift it up, be not afraid; say unto the cities of Judah, Behold your God!
Arise, shine, for thy Light is come, and the glory of the Lord is risen upon thee. [Isaías XL, 9; LX, 1; aquí el video]
Una luz en medio de una Humanidad sumida en la obscuridad del Mal; la Luz que habrá de iluminar a todos por igual y destruir de una vez y para siempre las divisiones, las luchas y la muerte:
For, behold, darkness shall cover the earth and gross darkness the people; but the Lord shall arise upon thee, and His glory shall be seen upon thee, and the Gentiles shall come to thy light, and kings to the brightness of thy rising. [Isaías LX, 2-3; aquí el video]
The people that walked in darkness have seen a great light: and they that dwell in the land of the shadow of death, upon them hath the light shined. [Isaías IX, 2; aquí el video]
¿Por qué? Porque el reinado de Dios ha llegado ya:
For unto us a Child is born, unto us a Son is given, and the government shall be upon His shoulder: and His name shall be callèd Wonderful, Counsellor, the Mighty God, the Everlasting Father, the Prince of Peace. [Isaías IX, 5; aquí el video]
Y el Reino de Dios es, antes que a nadie más, para los más pequeños, para los pobres y sufrientes, para los marginados y los rechazados (San Mateo V, 1-12; San Lucas VI, 20-23):
There were shepherds abiding in the field, keeping watch over their flocks by night.
And lo! the angel of the Lord came upon them, and the glory of the Lord shone round about them, and they were sore afraid.
And the angel said unto them, Fear not; for, behold, I bring you good tidings of great joy, which shall be to all people.
For unto you is born this day in the city of David a Saviour, which is Christ the Lord. And suddenly there was with the angel a multitude of the heavenly host praising God, and saying:[San Lucas II, 8-12]
Y el Universo entero debe romper en alabanza:
Glory to God in the highest, and peace on earth, good will towards men. [San Lucas II, 13-14; aquí el video]
Rejoice greatly, O daughter of Zion; Shout, O daughter of Jerusalem: behold, thy king cometh unto thee.
He is the righteous Saviour, and He shall speak peace unto the heathen. [Zacarías IX, 9-10; aquí el video]
Y las consecuencias de que el Mesías haya nacido en suma pobreza, no se harán esperar:
Then shall the eyes of the blind be opened, and the ears of the deaf unstoppèd; then shall the lame man leap as an hart, and the tongue of the dumb shall sing. [Isaías XXXV, 5-6]
¡Esta Navidad, vayamos, pues, todos los miserables a adorar al Niño, pues en Él se han consumado todas nuestras expectativas, sueños, quimeras, anhelos y utopías!
He shall feed His flock like a shepherd; and He shall gather the lambs with His arm, and carry them in His bosom, and gently lead those that are with young.[Isaías XL, 11]
Come unto Him, all ye that labour and are heavy laden, and He shall give you rest.
Take His yoke upon you, and learn of Him for He is meek and lowly of heart: and ye shall find rest unto your souls. [aquí el video]
His yoke is easy and His burthen is light.[San Mateo XI, 28-29; aquí el video]
‘Hace veinte años asesinaron a mis hermanos jesuitas de la UCA, a Julia Elba y Celina. Yo estaba en Tailandia, y de regreso a El Salvador tenía que pasar por San Francisco. En el aeropuerto me esperaban, con rostros impávidos, Steve Prevett y Peggy O’Grady. En las calles de San Francisco, con un parlante en la mano, Paul Locatelli condenaba los asesinatos, y Tessa Rouverol le acompañaba. Me trajeron a la universidad de Santa Clara. La comunidad me acogió como a un hermano y en ella pasé varias semanas. Al llegar me encontré con ocho cruces plantadas delante de la Iglesia. Y cuando un desalmado las arrancó, Paul Locatelli inmediatamente las volvió a plantar. Nunca lo olvidaré. Por eso, ahora tengo un sentimiento de “volver a casa”.
Sobre estos mártires quiero hablarles, con agradecimiento por lo que fueron e hicieron, pero también con la convicción de que es vital mantenerlos vivos y de que sería fatal dejarlos morir. Los mártires, ellos y ellas, nos confrontan con nosotros mismos sin escapatoria, iluminan las realidades más profundas de nuestro mundo y lo que hay que hacer con él. Tenemos que enfrentarnos a los ídolos que exigen víctimas en el tercer mundo, aunque sus raíces más hondas están en el primero, y tenemos que trabajar por revertir la historia, y salvar así a una civilización que está gravemente enferma, como decía Ignacio Ellacuría, a un mundo en trance de muerte, como dice Jean Ziegler. A los cristianos los mártires nos señalan, mejor que nada y sin temor a equivocarnos, el camino a seguir. Son los que más nos empujan al seguimiento de Jesús y mejor nos introducen en el misterio de su Dios.
En el mundo que llamamos de abundancia la palabra “mártir” produce extrañeza, incluso repulsión, pero entre nosotros —y aquí asoma la paradoja cristiana— también produce luz, ánimo y agradecimiento. Por eso no debiéramos permitir que la palabra “mártir” pierda su vigor. Debe mantenerse como referente cristiano y social insustituible para humanizar a este mundo. Exactamente como la cruz de Jesús. Por esa razón hablaré ahora sobre los ocho mártires de la UCA.
Para ponerlo en un contexto, no sólo académico, sino humano, comienzo recordando cuál fue la reacción ante sus muertes de dos personas bien conocidas. Uno, el Padre Arrupe. Cuando los mataron, estaba ya en cama prácticamente sin poder pronunciar palabra ni comunicarse. Cuenta el enfermero que, al darle la noticia, “el Padre Arrupe se echó a llorar”. Era todo lo que podía hacer, pero en el llanto el Padre Arrupe se dio a sí mismo por entero. El otro, Noam Chomsky. Al cumplir 80 años en marzo de este año, un periodista le preguntó qué le daba fuerza para continuar en la lucha. “Imágenes como ésa”, respondió. Y señaló con la mano un cuadro en el que aparece el arzobispo Romero y los seis jesuitas de la UCA.
Estos seres humanos tocan las fibras más hondas de cualquier persona honrada. Son un referente vivificante. Ciertamente los seis jesuitas. Y también Julia Elba y Celina, aunque éstas siempre nos dejan sin palabra. En ellas se hace presente el mysterium iniquitatis.
1. Quiénes fueron
La injusticia da muerte a gente inocente de formas distintas. Mata a personas como Monseñor Romero y Martin Luther King. Y lenta o violentamente, da muerte a grandes mayorías, a los campesinos de El Mozote en El Salvador; antaño a los esclavos de las plantaciones de algodón.
Los jesuitas de la UCA, mártires jesuánicos
Comenzamos con los seis jesuitas. Después de Medellín, 1968, y tocados por el sufrimiento del pueblo, “se convirtieron”. Aceptaron que ser jesuita es “luchar”, no sólo trabajar. “Luchar por la fe”, y más sorprendente aún, “luchar por la justicia”. Así lo exigía la realidad y así lo dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús] (D 2. 2). Su muerte confirmó lo que la misma congregación había previsto lúcidamente: “No trabajaremos en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio” (D 4. 46).
Los mártires de la UCA lo hicieron cada uno según sus talentos, y es bueno recordarlo para que todos nos podamos sentir cuestionados y animados. Permítanme detallarlo mínimamente. Ellacuría, 59 años, filósofo y teólogo, rector. Repensó la universidad desde y para los pueblos crucificados. Puso todo su peso para combatir la opresión y represión, y para conseguir una paz negociada. Segundo Montes, 56 años, sociólogo, fundador del Instituto de Derechos Humanos. Se concentró en el drama de los refugiados dentro del país y sobre todo de los que tenían que abandonarlo, los emigrantes, que entonces huían de la represión violenta y ahora del hambre y la falta de trabajo. Los visitaba en los campos de refugiados en Honduras. Ignacio Martín-Baró, 44 años, psicólogo social, pionero de la psicología de la liberación, fundador del Instituto de Opinión Pública de la UCA para facilitar que se conociese la verdad y dificultar que ésta quedara oprimida por la injusticia. Cada fin de semana visitaba comunidades suburbanas y campesinas con las que celebraba la eucaristía. Juan Ramón Moreno, 56 años, profesor de teología, maestro de novicios y maestro del espíritu, acompañante de comunidades religiosas. En Nicaragua participó en la campaña de alfabetización. Amando López, 53 años, profesor de teología, antiguo rector del seminario de San Salvador y de la UCA de Managua. En ambos países defendió a perseguidos por regímenes criminales, a veces escondiéndolos en su propia habitación. Por último Joaquín López y López, 71 años, el único salvadoreño de nacimiento, hombre sencillo y de talante popular. Trabajó en el colegio y fue el primer secretario de la UCA en 1965. Después fundó Fe y Alegría, institución de escuelas populares para los más pobres.
Fueron muy distintos, pero todos ellos fueron seguidores de Jesús y jesuitas. Es lo que nos dejan. En ellos podemos mirarnos para saber lo que debemos ser y hacer. Digamos una palabra sobre lo que fue más suyo.
Seguidores de Jesús. Reprodujeron en forma real, no intencional o devocionalmente, la vida de Jesús Su mirada se dirigió a los pobres reales, aquellos que viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Y se movieron a compasión. “Hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”. Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerza armada, y de ellos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo. Su bautismo fue de Espíritu de sangre y siguieron a Jesús.
Con el espíritu de san Ignacio. En este punto me voy a detener un poco más pues hoy se habla mucho de espiritualidad ignaciana. Creo que nos pueden ayudar a historizar a san Ignacio ciertamente en el tercer mundo y a hacerlo útil para comprender mejor a Jesús.
El otro Ignacio, Ellacuría, hizo una relectura de los Ejercicios desde la realidad del tercer mundo. Tres puntos me parecen fundamentales, y pueden fungir como presupuestos ignacianos de la opción por los pobres y la lucha por la justicia. 1) Mirar la realidad de nuestro mundo y captarla como “pueblos que están crucificados”. Ante ellos la reacción fundamental —sin necesidad de discernimiento— es “hacer redención”. 2) Ser honrados con nosotros mismos, jesuitas, y preguntarnos “qué hemos hecho para que esos pueblos estén crucificados y qué vamos a hacer para bajarlos de la cruz”. 3) Tomar en serio —quizás lo más difícil y menos frecuente— que hay dos modos de caminar en la vida, de ser jesuitas, construir la sociedad y la universidad. Son caminos opuestos y están en pugna. Uno es el camino de la pobreza, que lleva a oprobios y menosprecios; hoy diríamos humillaciones, difamaciones, amenazas; y de ahí a la humildad, a la hondura de lo humano, a la verdadera vida. El otro es el camino de la riqueza, que lleva a los honores mundanos y vanos; hoy diríamos al prestigio entre los grandes de este mundo; y de ahí a la arrogancia, a una vida falseada, personal e institucional. En resumen, uno conduce a la salvación —humanización— y el otro a la perdición —deshumanización—. Se trata de ganar o perder la vida, como dice Jesús. Y de estar dispuestos a pagar el precio.
En términos de estructuras, Ellacuría insistía en que hay que elegir entre una civilización de la pobreza—afín a una civilización del trabajo—y una civilización de la riqueza—afín a una civilización del capital—. Ésta, que predomina en el mundo, ha generado una civilización gravemente enferma. Aquélla, la que hay que construir, puede revertir la historia y sanar la civilización.
Estos tres puntos: pueblo crucificado, necesidad de liberación, camino de la pobreza —más la honradez con nosotros mismos— son, en mi opinión, lo que más resplandece en la ignacianidad de los mártires de la UCA y lo que mejor explica por qué que acabaron como acabaron. En la tradición de san Ignacio ciertamente hay otras muchas cosas importantes a tener en cuenta: el “magis”, “a mayor gloria de Dios”, “en todo amar y servir”, “el bien cuanto más universal más divino” —todo lo que se menciona con frecuencia en la explosión ambiental de ignacianidad que hoy existe—. Los tres puntos que hemos mencionado son más fácilmente comprensibles, también por los no iniciados en ignacianidad, y ciertamente por los pobres. Y en mi opinión tienen menos peligro de perderse en el ámbito de lo conceptual e intencional. Expresan realidades claramente históricas y verificables.
En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios permanecer en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir. Ni se les ocurrió. Para ver cuánto de explícitamente ignaciano había en ese proceder pienso que hay que ir al primer tiempo de hacer elección: “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios n. 175). Hay que preguntarse “que movía y atraía la voluntad”. Si era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma, como en la formulación de san Ignacio, o si eran realidades históricas: “el sufrimiento del pueblo”, que no dejaba vivir en paz; “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”; “la fuerza cohesionante de la comunidad”; “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cuatro religiosas asesinadas”; incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. En el lenguaje de los ejercicios, en ello y a través de ello Dios estaba realmente causando el sin dubitar ni poder dubitar. Pero Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino de las que hemos mencionado.
El Espíritu de Dios mueve a caminar, pero su fuerza pasaba a través del pueblo sufriente. Así ha parafraseado Pedro Casaldáliga el conocido poema de Antonio Machado: “Camino que uno es,/ que uno hace al andar./ Para que los atascados/ se puedan reanimar./ Haz del canto de tu pueblo/ el ritmo de tu marchar”.
Así, pienso yo, discirnieron los jesuitas de la UCA. Se dejaron atraer y llevar por la realidad. Es la sinergia de Dios y del pueblo sufriente. Y no se me ocurre otra manera de explicar por qué se quedaron.
Quisiera terminar esta reflexión sobre su ser jesuitas recordando que “murieron en comunidad”. Pudo no haber sido así, y pudiera haber sido asesinado sólo Ellacuría, el enemigo principal. Pero hay una verdad importante —providencial si se quiere—, en que su muerte fuese “en comunidad”. Así había sido su vida y trabajo, con alegrías y tensiones, con virtudes y pecados, pero siguiendo una sola línea bien trazada. Y así expresaron que la Compañía está hecha de “todos”. Es “cuerpo”, no suma de individuos, algunos de ellos geniales, otros normales.
Esta comunidad de “seis jesuitas” se integró en una comunidad mayor, el cuerpo de la Compañía universal. 49 son los jesuitas que han muerto en el tercer mundo, asesinados de una u otra forma, después de la CG XXXII. Entre ellos se cuentan tres estadounidenses. Francis Louis Martiseck, 66 años, nacido en Export, Pennsylvania, muerto por arma de fuego en Mokame, India, 1979; Raymond Adams, 54 años, nacido en Nueva York, muerto por arma de fuego en Cape Coast, Ghana, 1989; Thomas Gafney, 65 años, nacido en Cleveland Ohio, asesinado en Katmandú, Nepal, 1997.
No es infrecuente recordar “las glorias de la Compañía”, las reducciones del Paraguay, Mateo Ricci en China… Hoy, estos mártires, unos más famosos, otros menos, son la gloria de la Compañía. Y sobre todo son ellos los que mantienen a la Compañía con vida. Una semana después del asesinato del Padre Rutilio Grande el Padre Arrupe escribió:
“Éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977).
Julia Elba y Celina: el pueblo crucificado
Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Sobre Julia Elba hace unos días escuché este testimonio de una mujer que la conoció bien:
“Le digo que era muy humana porque sentía el dolor de los demás. Yo viví un tiempo en la casa de ella. Era una persona bien amistosa, sabía llevarse con los demás. Ella tenía 33 años y yo 19. Ella y yo teníamos muchas cosas en común; comenzamos a trabajar desde muy chiquitas. Ella había trabajado desde los 10 años en los cafetales […] Era una mujer muy fuerte. Siempre me enseñó a que no me dejara, que no me acobardara ante los problemas. Fue una mujer sufrida pero fuerte. Me enseñó a ser una mujer de valía, que no dependiera de los otros si no de mí misma”.
Como Julia Elba hay centenares de millones de hombres y mujeres en nuestro mundo. Son inmensas mayorías que perpetúan una historia de siglos: en la América conquistada y depredada por los españoles en el siglo XVI; en el África esclavizada ya en el siglo XVI y expoliada sistemáticamente por los europeos en el siglo XIX; en el planeta que sufre hoy la globalización opresora bajo la égida de Estados Unidos. Mueren la muerte rápida de la violencia y de la represión, y sobre todo la muerte lenta de la pobreza y de la opresión. Sin comparación posible sufren más que nadie las consecuencias de nuestros desmanes. En guerras e invasiones: Afganistán, Irak, Palestina; en el manejo de la medicina y farmacia: malaria, sida; en pésima ecología: inundaciones, desertificación, pérdidas en la agricultura; en las catástrofes naturales: la inmensa mayoría de quienes mueren en los terremotos no pueden construir casas con acero suficiente, viven en la laderas de los montes y en las riberas de los ríos, o junto a las vías del tren…
“Hay más riqueza en la Tierra, pero hay más injusticia. África ha sido llamada “el calabozo del mundo”, una “Shoá” continental. 2.500 millones de personas sobreviven en la Tierra con menos de 2 dólares al día y 25.000 personas mueren diariamente de hambre, según la FAO. La desertificación amenaza la vida de 1.200 millones de personas en un centenar de países. A los emigrantes les es negada la fraternidad, el suelo bajo los pies”.
Estas palabras de Pedro Casaldáliga son del año 2006. Ni el G-7, ni el G-8, ni ahora el G-20, han hecho nada significativo para revertir esta historia. Recordar hoy los ideales del milenio es burla y ofensa a los pobres. En un año el número de hambrientos ha aumentado en cien millones, y cada cinco segundos un niño muere de hambre, asesinado, puntualiza Jean Ziegler, pues es muy posible eliminar el hambre.
Son “el siervo doliente de Yahvé” en nuestros días; “el pueblo crucificado”, lenguaje que no es usado, y que políticamente es “totalmente incorrecto”. Sus hombres y mujeres mueren inocentemente, pues no han cometido el “pecado” de Monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, simplemente estaban allí. Mueren cruelmente, con gran frecuencia después de una vida de grandes sufrimientos. Viven y mueren anónimamente. Son desconocidos los cinco millones de hombres y mujeres que han muerto en el Congo, en una guerra fabricada para que el coltan termine en el mundo de abundancia en las megaempresas de misiles, telefonía y computación. Y mueren indefensamente. En serio, ¿quién defiende a esos pueblos? ¿Quién arriesga algo importante para bajarlos de la cruz?
Los mártires jesuánicos —algunos— son conocidos y venerados, pero no el pueblo crucificado. Peor aún, si, aun sin pretenderlo, aquéllos ocultan a éstos. Ellacuría no vivió ni murió para que el brillo de su figura opaque el rostro de Julia Elba.
Puede parecer absurdo, pero me he preguntado quién es más mártir, Ellacuría o Julia Elba, quién reproduce más la cruz de Jesús. Los mártires jesuánicos expresan mejor la decisión y la libertad para arriesgar la vida, pero expresan menos la negrura de la injusticia cotidiana, la dificultad simplemente de vivir.La muerte de las mayorías asesinadas, por su parte, expresa menos el carácter activo de lucha, pero expresa más la inocencia histórica, pues nada han hecho para merecer la muerte, y la indefensión, pues ni posibilidad física han tenido de evitarla. Esas mayorías son las que más cargan con un pecado que las ha ido aniquilando poco a poco en vida y definidamente en muerte. Son las que mejor expresan el ingente sufrimiento del mundo. Sin pretenderlo y sin saberlo, “completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. No “añaden”, como puntualizan los exegetas, pero sí “reproducen”.
Los jesuitas de la UCA no fueron asesinados por fidelidad kantiana a ideales universales de verdad y justicia, sino por defender a estos pueblos crucificados. Sin recordar a los millones de crucificados no se les entiende. Sería como pretender entender la cruz de Jesús sin recordar a los pobres desgraciados a los que ayudó Jesús en su postración y a quienes defendió de fariseos, escribas, herodianos y sumos sacerdotes.
Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: “fuera de los pobres —y de las víctimas— no hay salvación”.
Para terminar este punto, permítanme dos breves reflexiones. La primera es que entre los victimarios, asesinos directos o constructores y gestores de estructuras opresoras, hay cristianos bautizados, a veces educados por instituciones cristianas. La segunda es que al parecer en los procesos de canonización, no saben qué hacer con los mártires jesuánicos, los mártires por la justicia. Y ciertamente en esos procesos no hay lugar para las mayorías de hombres y mujeres de los pueblos crucificados. Ojalá se repiensen estos procesos. Y, canonizados o no, ojalá la Iglesia se desviva por dar dignidad a las mayorías que han cargado con la cruz en vida y en muerte. Son los preferidos de Dios.
2. Qué piden y qué dan los mártires de la UCA
Para ellos no piden nada. Nuestra conciencia es la que nos apremia: “algo hay que hacer”. Es importante no olvidarnos de ellos, guardarles cariño y agradecimiento. También es importante trabajar y exigir que se esclarezca la verdad de los asesinatos y se juzgue a sus responsables, pues no hay modo de arreglar este mundo si la mentira, el encubrimiento y la impunidad siguen intactos. Pero no basta. Debemos dejarnos interpelar y preguntarnos qué nos piden los mártires.
En mi opinión nos piden, en virtud de ser lo que han sido, “proseguir su ser y hacer”. Y comenzar como ellos, sin temor a plantear la vida, la vocación y el trabajo en términos de con-versión, correlativa a la tarea de re-vertir la historia. Ejemplo insigne de “conversión”, de “vuelco” en el modo de ser y hacer —ya que no le gustaba que se hablara de él en término de conversión, fue Monseñor Romero—. De la conversión de los mártires de la UCA —en unos lejanos ejercicios de 1969— surgieron modos fundamentales de ser y de actuar: la honradez con lo real, la misericordia consecuente sin medir costos, el trabajo por una civilización de la pobreza. Y sorprendentemente, también dejarnos salvar por los pobres.
Vamos a ejemplificarlo concentrándonos en lo que para ellos fue y exigió la universidad, aunque análogamente creo que pudiera decirse del trabajo pastoral, asistencial, de derechos humanos… Y fue una exigencia seria, pues no suele ocurrir que se asesine a jesuitas que trabajan en una universidad.
El 12 de junio de 1982 esta universidad otorgó al P. Ignacio Ellacuría un doctorado honoris causa, y al recibirlo pronunció un importante discurso. Releído hoy, aun teniendo en cuenta las diferencias de tiempo y lugar, sigue ofreciendo luz, dirección e impulso para construir una universidad jesuita de inspiración cristiana. Habrá que adaptar sus palabras creativamente, pero sería temeridad ignorarlas. Veamos brevemente algunos de sus elementos más novedosos, cuestionantes y fructíferos, citando algunas de sus palabras.
A quién se debe la universidad. Toda universidad tiene que ver “con el saber y con un determinado ejercicio de la realidad intelectual”, y en ello las universidades jesuitas no se distinguen de otras. También lo pensaba Ellacuría y exigía que el saber fuese lo más riguroso posible y que la investigación y la docencia fuesen de calidad. Esto lo damos por sentado y no vamos a insistir en ello. Pero insistía también en algo que no es tan evidente ni comúnmente aceptado. “La universidad es una realidad social y una fuerza social, marcada históricamente por lo que es la sociedad en la que vive y destinada a iluminar y transformar, como fuerza social que es, esa realidad en la que vive, de la que vive y para la que debe vivir”.
Esto lleva, entre otras, a una pregunta crucial: a quién se debe y ante quién es responsable la universidad. Condición de su existencia son una variedad de realidades y agentes sociales: los jesuitas y su tradición universitaria, la institución eclesial que, según los casos, dará su aprobación, la comunidad académica e intelectual en el pasado y en el presente, los que la hacen factible económica y financieramente —a veces políticamente—, el estudiantado… A todo esto hay que atender, pero la universidad no se debe últimamente a nada de ello. Y para responder no bastan respuestas universales o que se piensan ser conocidas de antemano.
En el caso de todo el tercer mundo, mayoría en la humanidad, distinto y antagónico a las minorías del planeta, a pesar del ideal de equidistancia que sugiere el término “globalización”, la realidad a la que se debe la universidad y a la que tiene que servir es un mundo de pobreza e ignominia, en muy buena parte un mundo de opresión y represión —y a esa conclusión se llega sin dubitar ni poder dubitar—. Los medios e instrumentos de servir deben ser estrictamente universitarios, pero lo central del servicio sale de la universidad: liberar de todo tipo de opresión. En definitiva “bajar de la cruz a esos pueblos crucificados”. Sin dar prioridad a ese servicio, una universidad puede ser un centro de saber, junto a otros, más o menos competente y competitivo, pero no es una universidad de inspiración cristiana. Y no hay que darlo por supuesto pues la tentación de lo contrario siempre está al acecho.
En términos cristianos es la opción de la universidad por los pobres y las víctimas. La tarea de la universidad es lograr que “los pobres”, los que no dan la vida por supuesto, tengan vida; y que “las víctimas”, los que tienen a los poderes de este mundo en contra, estén defendidos de cualquier poder opresor. Eso lo debe hacer la universidad como un todo, haciendo el mejor uso de la razón en su docencia, investigación, proyección y comportamiento social —y sin confundirlo con la asistencia a estudiantes desfavorecidos, por benemérito que esto sea, por otros capítulos—.
“Ciencia de los que no tienen voz”. Decía Ellacuría: “la universidad debe encarnarse entre los pobres intelectualmente”, lo cual en la realidad, e incluso en el concepto, es de difícil comprensión. Pero se hace más comprensible al mencionar la finalidad de tal encarnación: “ser ciencia de los que no tienen voz, el respaldo intelectual de los que en su realidad misma tienen la verdad y la razón, aunque sea a veces a modo de despojo, pero que no cuentan con las razones académicas que justifiquen y legitimen su verdad y su razón”.
Entre nosotros en El Salvador esas palabras recuerdan a las de Monseñor Romero: “Estas homilías quieren ser la voz de los sin voz” (Homilía del 29 de julio, 1979). Y la razón era para defenderlos de los que tienen demasiado voz. Es notable que al buscar un punto de contacto entre razón universitaria y palabra eclesial, Ellacuría no incursionarse en la temática de teoría y praxis, de falibilidad o infalibilidad, duda o certeza, sino en el ámbito de la defensa de oprimidos y víctimas. Aquí la analogía entre palabra pastoral y palabra universitaria se convierte en univocidad.
Monseñor Romero prosiguió: “Por eso, sin duda, [estas palabras] caen mal a aquéllos que tienen demasiado voz”, y la Iglesia de Monseñor Romero fue duramente perseguida. Lo mismo ocurre con la razón universitaria propuesta por Ellacuría. En su discurso recordó las amenazas, ataques y persecución a la UCA en aquellos años. Lo importante, sin embargo, es su reflexión programática, válida hasta el día de hoy: “en un mundo donde reina la falsedad, la injusticia, la represión, una universidad que luche por la verdad, por la justicia y por la libertad no puede menos de verse perseguida”. Por esa razón es importante preguntarse cuánto de persecución sufre o no sufre una universidad cristiana; de parte de quién la sufre y de parte de quién recibe halagos. Y cómo se comporta ante una cosa u otra.
Cuando la razón y la palabra, universitaria o pastoral, no es light y amorfa, sino que tiene peso y aristas, es más cortante que espada de dos filos. Y entonces el mundo que se presenta como tolerante, defensor de la libertad de pensamiento y de expresión, busca defenderse de una razón compasiva y de la palabra de un Dios de los pobres. Hace cuarenta años, hasta la CIA buscó defenderse de Medellín y de la teología de la liberación, pues les daba miedo —“ponen en peligro nuestros intereses”, se decía en el informe Rockefeller—. En América Latina gobiernos y fuerzas armadas asesinaron a docenas de sacerdotes, entre ellos cuatro obispos. Ese mismo miedo pueden generar las universidades a los poderosos.
Universidad “en pobreza y “sin poder”. Es lo que lo que Jesús pide a los discípulos cuando los envía a realizara la misión, es decir, a realizar una tarea. “No tomen nada para el camino”. “No sean como los señores de este mundo que oprimen con su poder”. Esto hay que historizarlo adecuada y realistamente, pero no se de ignorar eficazmente como si no tocase en nada la labor de una universidad.
En la meditación de las dos banderas san Ignacio es muy claro en que pobreza y sin poder son caminos de perfección, pero también caminos de vida, humanización. E insiste en que ambas cosas están en oposición dialéctica a la riqueza y el poder. Éste es el san Ignacio de Manresa. Después, como general de la Compañía, tuvo que historizarlo —y no fue fácil—. El apostolado exigía recursos y los jesuitas entraron, como por necesidad, en relación con bienhechores. Esto les acercó al mundo de la riqueza, de los honores y del poder: reyes, damas de la nobleza, cardenales… A san Ignacio le ocupó seriamente el problema, y buscó soluciones. Un ejemplo conocido es la recomendación a Laínez y Salmerón cuando fueron como teólogos al Concilio de Trento, mundo de poder, ciertamente eclesiástico e indirectamente también civil. Y les ordenó vivir y pasar las noches en hospitales de pobres. Era una forma de vivir las dos banderas en una situación objetiva de riqueza y de poder.
Hoy, por lo que toca a servir en pobreza, se debiera alcanzar el nivel de austeridad, rechazar lujos en edificios y templos, y huir de solemnidades mundanas y vanas, aunque sea lo aceptado e incluso esperado socialmente. Y ciertamente, evitar —en comparación con pobres y clases medias bajas— desigualdades lacerantes en el modo de comportarse.
Por lo que toca al sin poder, no se debe ceder el poder que proviene del “saber”, pues de esa forma el saber queda en manos de quienes normalmente lo usan para ocultar la verdad y oprimir. Pero hay que evitar la arrogancia y el sometimiento de otros que genera el poder. Y el gusto, que más o menos conscientemente produce el acercamiento a los poderes reales, civiles o eclesiásticos.
Por lo que toca a la arrogancia, no hay mejor remedio que dejar que los pobres sean nuestra buena noticia, sobre todo cuando, sin decirlo, nos perdonan. Y asumido con humildad, mucho ayuda la persecución y el martirio.
Y una última reflexión, en forma de aclaración, sobre la “excelencia académica”. Forma parte de la tradición de la educación de la Compañía, pero cualquier maestro de la sospecha se preguntará si hoy no se está encubriendo algo al insistir en ella, y en qué consiste. Para mí el problema está en adecuar, sin discusión, excelencia académica y excelencia universitaria —y de querer acercarse a otras afamadas instituciones universitarias—. Aquélla es necesaria para que exista ésta, pero no es lo mismo. Y peor aún si la insistencia en la excelencia académica llevara a que disminuya la excelencia universitaria. Ya hemos dado nuestra opinión sobre cómo se mide la excelencia de una universidad: configure a una sociedad en la línea de la verdad, la justicia, la liberación y la humanización. Para ello la academia es necesaria y sumamente importante, pero no es la finalidad última. En una universidad es instrumento esencial pero no el fin esencial.
De hecho, así ha sido en las universidades de los jesuitas. Los saberes han sido instrumentos importantes para defender la fe, para que la Iglesia tenga reconocimiento y prestigio, para elevar el nivel de conocimiento de determinados grupos sociales… Y para ello se ha necesitado excelencia académica. Pero lo que hemos propuesto va más allá. Bajar de la cruz al pueblo crucificado significa que sea posible la vida, la dignidad, la fraternidad en el mundo de pobres y oprimidos. Y además desde esta perspectiva se puede volver a retomar la excelencia académica, ahora como un elemento de la excelencia universitaria, de manera que se transforme en excelencia académica “integral”.
La razón está en que en nuestro mundo reina la falsedad, no sólo la ignorancia. Buscar la verdad no es entonces sólo hacer avanzar el saber, sino desenmascarar la mentira establecida. Predomina además la ideología, que tiene una dimensión estructural-institucional, y que quiere defender con el saber intereses muy frecuentemente injustos. La excelencia del conocimiento, en cuanto conocimiento, exige entonces conversión de la inteligencia para superar falsedad e ideología. Y eso se logra, pienso yo, cuando nos dejamos afectar, también intelectualmente, por la realidad crucificada. Y no sólo para sanar la realidad, sino para sanar nuestro conocimiento, y expandir sus horizontes. Esto cuestiona la manera ordinaria —ingenua en el mejor de los casos— de entender la excelencia académica y le ofrece una nueva dirección. El servicio universitario a la liberación de un mundo oprimido lejos de minarla la robustece.
Y no hay que olvidar que a la excelencia académica convencional ya empuja el establishment, que busca generar ideologías a su favor y graduados altamente competentes para mantener el status quo. Mucho más difícil es encontrar fuerzas y dinamismos sociales que muevan a transformar la realidad y sean asumidos por una universidad. Estos dinamismos vienen de los pobres, las víctimas, los mártires.
3. La gracia de los mártires
Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son —pueden ser— una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.
En navidad decimos que en Jesús de Nazaret “ha aparecido la benignidad de Dios”. En semana santa escuchamos en boca de Pilato que ese Jesús es “el hombre verdadero”, “el que cargó con la realidad por amor a los pequeños”. De ahí el “ecce homo”. Ambas cosas, la aparición de Dios y de lo humano en un mundo en oscuridad es una buena noticia.
Eso es lo que celebramos en este acto universitario. Los seis jesuitas de la UCA nos llevan en su fe, de la que podemos tener alguna noticia, aunque sea caminando en silencio y de puntillas. Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar hasta el fondo en su misterio. Pero Dios sí les conoce y ellos —Dios sabe cómo— nos llevan a Dios.
Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo ha teorizado muy bien: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.
Termino. Quiero agradecer muy sinceramente a la Universidad de Santa Clara por la oportunidad que me ha dado de dirigirles estas palabras. Me han permitido hacer presente de algún modo el sufrimiento y la esperanza de un pueblo admirable y la memoria de mis hermanos y hermanas de la UCA. También quiero agradecerles el honor personal que me hacen. Me remite al cariño que me mostraron hace veinte años. Y lo interpreto como símbolo de solidaridad de esta Universidad con la UCA y con todo el pueblo salvadoreño.
Mis palabras finales son las que escribí aquí hace veinte años.
“Descansen en paz Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Matín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, compañeros de Jesús. Descansen en paz Julia Elba y Celina. hijas muy queridas de Dios. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz”.’
Hombre del siglo XIII, perdido en el XXI, con aspiraciones posmodernas, poco éxito y, por tanto, mucha frustración. Teólogo. Esteta. Historiador. Filósofo cuando estoy de malas (en la escuela). Melómano irredento. Anarcofranciscano. En política sólo tengo una consigna: 'Estaríamos mejor con Carlos V'.