viernes, octubre 22, 2010

TV ES PETRVS

Alessandro Allori, San Pedro caminando sobre las aguas, c. 1590.

A propósito de Mc I, 16-18:

me acerco a la orilla
contento con la pesca
de anoche
la satisfacción que viene
de sacar
tantos peces
a lo largo de la noche
se siente bien
ver qué grande es la pesca
y darse cuenta
que ahora sí podré
comprar
más provisiones
saltar
a la playa
descender del bote
al alba
rompiendo
tras las montañas
salir
sin saber
qué va
a pasar
tendiendo redes
en la playa
pensando en el día que nace
cuando veo una sombra
sobre las redes
alzo la vista
y miro
el rostro de jesús
¿qué está haciendo aquí?
estas son horas de pescador
no de campesino
del nazareno
de pie

jesús
qué gusto verte
¿quisieras
algún pescado?
podríamos preparar
un desayuno delicioso
para ti
siento los nervios dentro
pedro
qué bien te fue bien
anoche
tengo otro trabajo
para ti
pedro
¿qué tal te parecería
ayudarme?
la paga no es muy buena
las horas más bien largas
jesús
¿que qué me parecería ayudarte?
dejarlo todo
y ser tu discípulo
me da vueltas la cabeza
no sé
qué decir
seguirte
jesús
he visto
cómo vives
me asusta tu invitación
estoy acostumbrado
a mi rutina
a mi vida
¿seguirte?
al recordar
un sueño que tuve
hace mucho
de joven
algo
que soñé
vi una ladera entera
con leprosos
caras cubiertas
llagadas
y purulentas
una ladera llena de jóvenes
las manos encadenadas detrás
gritos de opresión
entre ellos
uno caminaba
sanaba incontables enfermos
liberaba esclavos
nunca olvidaré ese sueño
cuando te miro
a la cara jesús
veo
al del sueño
siento emoción
ante el futuro
¿que si te sigo?
me asusta
pero recuerdo bien
el día
que soñé
corrí tras aquél
cuando curaba
cuando liberaba
deseé ardientemente
también hacer
lo mismo
desde el sueño
entonces
me enamoré
de esa persona
difícil de explicar
no tengo
palabras esta mañana
para explicártelo
¿que si te sigo?
me acuerdo
que corrí detrás suyo
y le conté
de mi vecindario
lo que experiento cada día
la miseria
el sufrimiento
la desesperanza
me pidió
que aprendiera de él
me preguntó si
quería
ser discípulo
y te miro jesús
y siento lo mismo
que cuando desperté
de aquel sueño
y me pregunté
¿qué significa
enamorarse de Dios?
cómo decirte
no jesús
si siento
que llevo toda la vida
esperando
que me preguntaras esto

pedro
será duro
habrá muchos
días y noches
en que dudarás
si tomaste
la decisión correcta
sólo habrá
mucha obscuridad
pero aférrate
a tu sueño
nunca lo dejes ir
nunca lo pierdas
enamorarse
de Dios
deja que ese amor
te libere para realizar grandes cosas
con ese amor
tú también puedes
curar una ladera
llena de enfermos
jóvenes en cadenas
ven
empecemos
a hacer tu sueño
realidad
sígueme pedro
empecemos
a dar la vida
juntos

Michael Kennedy, SJ

Tomado de: Michael Kennedy, SJ, Eyes on Jesus. A Guide for Contemplation, Crossroad Classics, 1999.

Versión al español de: G. G. Jolly

miércoles, septiembre 01, 2010

Sobre el matrimonio civil (réplica a D. I. R. M.)

Albert Anker, Un matrimonio civil en la Suiza del XIX, 1887.


Querido Diego:

Tu respuesta a mi entrada anterior acerca del ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo no sólo me llenó de honra —te agradezco que consideres lo que escribo como digno de ser comentado—, sino que me obligó, siguiendo la mejor tradición dialéctica, a distanciarme de mis propias ideas, criticarlas, reconsiderarlas, pulirlas y echarlas nuevamente al ruedo. Sirva este post para devolver el cumplido y detonar, si es el caso, una nueva discusión. Aprovecho también para responder a Enrique y Juan Manuel, quienes se unieron después al debate.

En efecto, yo sostengo que no debería de existir el matrimonio civil, y una de las justificaciones que encuentro para ello es que el Estado no puede, legítimamente, inmiscuirse en las relaciones interpersonales de la población, tanto menos cuanto más íntimas sean éstas. Me queda claro que, al menos en teoría, el Estado mexicano no regula ni la sexualidad ni mucho menos los sentimientos de las personas —¡faltaba más, en estas tierras de derecho positivo!—. En la práctica, sin embargo, no estaría tan seguro, pues, si bien el adulterio no es sancionado, la bigamia o poligamia oficiales son ilegales; de la misma manera, las relaciones sexuales que no son mutuamente consensuadas o con menores de 16 años están penadas —sobra decir que no estoy en desacuerdo con esta regulación, ya que afecta de forma directa a la integridad física y psíquica de los involucrados—. Es decir, que, en aras de salvaguardar las relaciones de justicia entre las personas, el Estado sí regula, en algunos casos, las relaciones interpersonales, incluso íntimas, sentimentales y sexuales.

Esto me lleva al corazón del problema: si esta justicia que debe existir en las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito moral —fidelidad, responsabilidad, paternidad, educación, etc.— como en el social —propiedad, dependencia económica, seguridad social, etc.—, debe de ser la base de un contrato legal avalado y respaldado por la autoridad del Estado. Sigo creyendo que no.

Las relaciones comerciales no son equiparables a las relaciones afectivas e íntimas; difieren en objeto, fin y principios. Los contratos comerciales o laborales parten de un interés económico o material común, que se distribuye según previo acuerdo de los interesados. En un país civilizado —entre los que, precisamente en este punto, no figura México—, la única condición y garantía para entablar un negocio es la protección legal que el Estado provee, no la buena voluntad, la confianza o la amistad entre las partes. Me limito a obviar que no es ése el caso de las amistades, los vínculos familiares o conyugales. Las obligaciones propias de las relaciones interpersonales, las cuales son, ante todo, morales, atañen a otro tipo de justicia, no a la que pueda ejercer el Estado. Un matrimonio no puede reducirse a ser un mero contrato oficial en el que un par de sujetos iteresados se comprometen a llevar una vida juntos en tales y cuales circunstancias, porque, en ese caso, ¿quién y por qué habrá de decidir los criterios morales de dicho contrato? ¿Acaso el Estado juzgará sobre los votos matrimoniales, si se fue fiel o no —y creo que todos estuvimos de acuerdo en quitarle al Estado la atribución de penar el adulterio—, y sancionará la falta de compromiso en la adversidad, la pobreza y la enfermedad?

Por el contrario, los ‘derechos’ emanados de una relación conyugal oficialmente reconocida por un contrato, como son la propiedad, la herencia o la seguridad social, son equiparables o están cercanos a las relaciones estrictamente comerciales, por lo que podría, aquí sí, admitir una gestión estatal. Sin embargo, como ya dije, me parece que son cuestiones secundarias y no necesariamente propias de un matrimonio o sociedad de convivencia —no es éste el momento para pronunciarme en contra de la seguridad social directamente proporcionada por el Estado—.

Como ves, suscribo la distinción que hace Juan Manuel entre lo ético y lo legal —que presupone lo ético, pero no lo crea—. De este modo, me parece que no es atribución del Estado estipular y mucho menos juzgar o sancionar los criterios morales por los que la gente decida regirse en su vida privada —incluida la misma definición de un matrimonio, entre personas de uno u otro sexo—, al mismo tiempo que los derechos de propiedad, herencia o seguridad social entre los ciudadanos no pertenecen, necesariamente, a la esfera en cuestión, la de la vida íntima, afectiva y sexual.

Un abrazo de vuelta, con mi admiración y agradecimiento,




G. G. Jolly

lunes, agosto 09, 2010

¡De cuántos pecados preserva la santa pobreza!

Carta a los padres y hermanos del colegio de Padua [sobre la pobreza] II*


‘Por aquí se ve la excelencia de la pobreza, la cual no se digna de hacer tesoros de estiércol o de vil tierra, sino que emplea todo el valor de su amor en comprar este precioso tesoro en el campo de la Santa Iglesia, ya sea el mismo Cristo, ya sus dones espirituales, que nunca jamás se separa de ellos.

Mas quien considere la verdadera utilidad, la que propiamente se encuentra en los medios aptos para conseguir el sumo fin, vería de cuántos pecados preserva la santa pobreza, quitando la ocasión de ellos, “porque no tiene la pobreza con qué alimentar su amor”[14]. Aplasta al gusano de los ricos, que es la soberbia, y mata la infernal sanguijuela de la lujuria y de la gula, y así de muchos otros pecados. Ayuda a levantarse presto al que cayere por fragilidad, porque no es como aquel amor que cual la pez liga el corazón a la tierra y a las cosas terrenas y no deja aquella facilidad de levantarse y tornar en sí y volverse hacia Dios. Hace percibir mejor en todas las cosas la voz, es a saber, la inspiración del Espíritu Santo, suprimiendo los impedimentos; hace más eficaces las oraciones en el acatamiento divino, “porque oyó el Señor la oración de los pobres”[15]; hace caminar expeditamente por el camino de la virtud, como viandante libre de todo peso; hace al hombre libre de aquella servidumbre común a tantos hombres grandes del mundo, “en el cual todas las cosas obedecen o sirven al dinero”[16]; llena el alma de toda virtud, si la pobreza es de espíritu, porque cuanto el alma esté vacía de cosas terrenas, tanto estará llena de Dios y de sus dones. Y por cierto es que no dejará de ser rica, puesto que se le ha prometido el ciento por uno, aun en esta vida, promesa que en lo temporal se realiza cuando es conveniente, mas en lo espiritual perfecto no puede dejar de ser verdadera. Y así es necesario que sean ricos de dones divinos los que voluntariamente se hicieron pobres de cosas humanas.

Esta pobreza es aquella tierra fértil de hombres fuertes, “pobreza fecunda de varones”, decía el poeta[17], lo que mucho más cuadra a la pobreza cristiana que a la romana. Es aquella fragua que pone a prueba el progreso de la fuerza y virtud en los hombres, y donde se ve cuál es el verdadero oro y cuál no lo es[18]. Es el foso que deja seguro el campo de nuestra conciencia en la religión. Es aquel fundamento sobre el cual parece que Jesucristo demostró debía edificarse el edificio de la perfección, diciendo: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”[19]. Es la madre, el tesoro, la defensa de la religión, porque le da el ser, la nutre, la conserva, como, al contrario, la afluencia de cosas temporales la debilita, gasta y arruina.

Fácilmente, pues, se ve cuán grande es la utilidad, además de la excelencia de esta santa pobreza, siendo sobre todo la que finalmente nos asegura la salvación de parte de aquel que “salvará al humilde y pobre”[20], adquiriéndonos el reino sempiterno del mismo, que dice ser de los pobres de espíritu el reino del cielo, a la cual utilidad no puede compararse ninguna otra. De modo que, por muy acerba que fuese, parece que debería aceptarse voluntariamente la santa pobreza. Pero en realidad no es acerba, mas de gran alegría a quien de corazón la abraza. Aun Séneca dice que los pobres ríen más de placer por no tener solicitud ninguna[21]. Y bien lo demuestra la experiencia en los mendigos vulgares, que, si advirtiésemos sólo su contento, veríamos que viven más alegres y satisfechos que los grandes comerciantes, magistrados, príncipes y otros grandes personajes.

Si esto es verdad en los pobres no voluntarios, ¿qué diremos de los voluntarios? Los cuales por no tener ni amar cosa terrena que puedan perder, tienen paz imperturbable y una suma tranquilidad en esta parte, mientras que los ricos están llenos de tempestades, y en cuanto a la seguridad y pureza de conciencia, tienen una alegría continuada, como un suave convite, sobre todo en cuanto que la misma pobreza les dispone a divinas consolaciones, que suelen tanto más abundar en los siervos de Dios cuanto menos abundan las cosas y comodidades terrenas, a condición de que sepan llenarse de Jesucristo, de modo que él supla todo y les sea en lugar de todas las cosas.

No hay por qué hablar más de esto. Baste lo dicho para mutua consolación y exhortación mía y vuestra para amar la santa pobreza, porque la excelencia, utilidad y alegría dichas se hallan de lleno solamente en aquella pobreza que es amada y voluntariamente aceptada, no en la que fuese forzada e involuntaria. Sólo esto diré: que aquellos que aman la pobreza, deben amar el séquito de ella, en cuanto de ellos dependa, como el comer, vestir, dormir mal y ser despreciado. Si, por el contrario, alguno amara la pobreza, mas no quisiera sentir penuria alguna, ni séquito de ella, sería un pobre demasiado delicado y sin duda mostraría amar más el título que la posesión de ella, o amarla más de palabra que de corazón.

Y no más por ésta, sino rogar por Jesucristo, maestro y verdadero ejemplar de pobreza espiritual, que nos conceda a todos poseer esta preciosa herencia que da a sus hermanos y coherederos, a fin de que abunden en nosotros las riquezas espirituales de gracia y, finalmente, aquellas inenarrables de su gloria.

Amén.

De Roma, 6 de agosto 1547.’

Juan Alfonso de Polanco, SJ (por encargo de San Ignacio de Loyola, SJ)

[13] Mt XXV, 40. Cf. San Agustín, Serm. 345 (PL 39,1520).
[14] ‘Non habet unde suum paupertas pascat amorem’ (Ovidio, De remedio amoris, v. 749).
[15] Sal XIX, 17.
[16] Qo X, 19.
[17] ‘Fecunda virorum paupertas’ (Lucano, Pharsalia, v. 165-166).
[18] Pr XXVII, 21.
[19] Mt XIX, 21.
[20] Sal XVII, 28.
[21] ‘Saepius pauper et fidelius ridet; nulla sollicittudo in alto est’ (Séneca, Cartas a Lucilo, 80,6).

* Aquí la primera parte.

La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno


Carta a los padres y hermanos del colegio de Padua [sobre la pobreza] I

‘La gracia y amor verdadero de Jesu Christo Nuestro Señor sea siempre en nuestros corazones y aumente cada día hasta la consumación de nuestra vida. Amén.

Carísimos en Jesucristo Padres y Hermanos amadísimos:

Una carta a nuestras manos llegó de nuestro y vuestro Pedro Santini, escrita al P. Mtro. Laínez, por la cual vimos, entre otras cosas, el amor a la pobreza que habéis elegido por amor de Jesucristo pobre. Sentís a veces la ocasión de padecer, en efecto, la falta de cosas necesarias, por no extenderse los medios materiales de Monseñor de la Trinidad[1] a tanto como su ánimo liberal y caritativo.

Bien que a personas que recuerdan el estado que han abrazado, y tienen delante de los ojos a Jesucristo desnudo en la cruz, no es necesario exhortar a paciencia, constando sobre todo en la aludida carta cuán bien aceptan todos cualquier efecto sentido de la pobreza, con todo, por haberme así encomendado nuestro en Jesucristo Padre, Mtro. Ignacio, quien como verdadero padre os ama, me consolaré con todos vosotros con esta gracia que nos hace la infinita bondad en hacernos sentir tan santa pobreza acá y allá, ahí a vosotros ignoro en cuánto grado, aquí a nosotros muy altamente, conforme a nuestra profesión.

Llamo gracia a la pobreza, porque es un don de Dios especial, como dice la Escritura: “pobreza y riqueza de Dios proceden”[2], y siendo tan amada de Dios, cuanto lo muestra su Unigénito, “que, dejando el trono real”[3], quiso nacer en pobreza y crecer con ella. Y no sólo la amó en vida, padeciendo hambre, sed, y no teniendo “dónde reclinar la cabeza”[4]; mas también en la muerte, queriendo ser despojado de sus vestiduras, y que todas sus cosas, hasta el agua en la sed, le faltase.

La Sabiduría, que no puede engañarse, quiso mostrar al mundo, según San Bernardo,[5] cuán preciosa fuese aquella joya de la pobreza, cuyo valor ignora el mundo, eligiéndola él, a fin de que aquella su doctrina de “bienaventurados los que tienen hambre y sed, bienaventurados los pobres, etc.”,[6] no pareciese disonante con su vida.

Se muestra de la misma manera cuánto aprecia Dios la pobreza, viendo cómo los escogidos amigos suyos, sobre todo en el Nuevo Testamento, comenzando por su Santísima Madre y los apóstoles y siguiendo por todo lo que va de tiempo hasta nosotros, comúnmente fueron pobres, imitando los súbditos a su rey, los soldados a su capitán, los miembros a su cabeza Cristo.

Son tan grandes los pobres en la presencia divina, que principalmente para ellos fue enviado Jesucristo a la tierra: “por la opresión del mísero y del pobre ahora —dice el Señor— habré de levantarme”[7]; y en otro lugar: “para evangelizar a los pobres me ha enviado”[8], lo cual recuerdo Jesu Christo haciendo responder a San Juan: “los pobres son evangelizados”[9], y tanto los prefirió a los ricos, que quiso Jesucristo elegir todo el santísimo colegio entre los pobres, y vivir y conversar con ellos, dejarlos por príncipes de su Iglesia, constituirlos por jueces sobre las doce tribus de Israel[10], es decir, de todos los fieles. Los pobres serán sus asesores. Tan excelso es su estado.

La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno. El amor de esa pobreza nos hace reyes aun en la tierra, y reyes no ya de la tierra, sino del cielo. Lo cual se ve, porque el reino de los cielos está prometido después para los pobres, a los que padecen tribulaciones, y está prometido ya de presente por la Verdad inmutable, que dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”[11], porque ya ahora tienen derecho al reino.

Y no sólo son reyes, mas hacen participantes a los otros del reino, como en San Lucas nos lo enseña Cristo, diciendo: “Granjeaos amigos con esa riqueza de la iniquidad, para que, cuando os venga a faltar, os reciban en las moradas eternas”[12]. Estos amigos son los pobres, por cuyos méritos entran los que les ayudan, en los tabernáculos de la gloria, y sobre todo los voluntarios. Según San Agustín, éstos son aquellos pequeñitos de los cuales dice Cristo: “Cuanto hicisteis con uno destos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis”[13].


[1] Santini.
[2] Si XI, 14.
[3] Sab XVIII, 15.
[4] Mt VIII, 20; Lc IX, 58.
[5] ‘Hanc [paupertatem] itaque Dei filius concupiscens descendit, ut eam eligat sibi et nobis quoque sua aestimatione faciat pretiosam’ (Serm. 1 in Vig. Nat. Domini: PL 183.89).
[6] Mt V, 3; Lc VI, 20.
[7] Sal XI, 6.
[8] Lc IV, 18.
[9] Mt XI, 5.
[10] Mt XIX, 28.
[11] Mt V, 3.
[12] Lc XVI, 9.

domingo, agosto 08, 2010

‘Los fariseos’ de Charles Péguy


Los fariseos quieren que los demás sean perfectos,
lo exigen.
No saben hablar de otra cosa.

Pero Yo soy menos exigente, dice Dios.
Porque Yo sé muy bien lo que es la perfección y no exijo tanto a los Hombres.
Precisamente porque Yo soy perfecto y no hay en Mí más que perfección,
no soy tan difícil como los fariseos.
Soy menos exigente. Soy el Santo de los santos y sé
lo que es ser santo, lo que cuesta, lo que vale.
Son los fariseos los que quieren la perfección.
Pero para los demás.
Encuentran siempre indignos a todos los demás, encuentran
indigno a todo el mundo.

Pero Yo, dice Dios, Yo soy menos difícil,
y encuentro que un buen cristiano, un buen pecador de
la común especie es digno de ser mi hijo
y de reclinar su cabeza sobre mi hombro.

Charles Péguy (1873-1914)

sábado, julio 31, 2010

Del salterio a la Inquisición...

Jan van Eyck, Los estigmas de San Francisco, 1438-40.

‘Después de haber estado rezando en el bosque, según su costumbre, Francisco encontró en la ermita un hermano joven que le esperaba. Era un hermano lego, venido expresamente para pedirle un permiso. A este hermano le gustaban mucho los libros, y quería que el padre le permitiera tener algunos. Especialmente deseaba poseer un salterio. Su piedad ganaría, explicaba él, si podía disponer libremente de estos libros. Tenía ya el permiso de su ministro, pero le gustaría tanto obtener el de Francisco…

Francisco escuchaba al hermano exponer su demanda. Veía mucho más lejos de lo que él decía… Bajo pretexto de piedad estaba, pues, a punto de desviar a los hermanos de la humildad y simplicidad de su vocación. Pero no bastaba eso. Los innovadores querían que él, Francisco, diera su aprobación. La autorización que diese a este hermanito sería evidentemente explotada por los ministros. Verdaderamente, era demasiado. Francisco sintió que le subía una cólera violenta. Pero se tensó y se contuvo. Hubiera querido estar a mil leguas de allí, lejos de la mirada de este hermano que esperaba y espiaba sus reacciones. De repente le asaltó una idea.

—¿Quieres un salterio? —gritó—. Espera, voy a buscarte uno —saltó hacia la cocina de la ermita, metió la mano en el hogar apagado y cogió un puñado de ceniza y volvió corriendo al hermano—. Aquí tienes un salterio —dijo. Y, al decirlo, le frotó la cabeza con la ceniza. El hermano no esperaba eso y se quedó con la cabeza baja. Francisco mismo, una vez pasada su primera reacción, se encontró desarmado ante este silencio. Había sido demasiado rudo. Hubiera querido ahora explicarle por qué había obrado así, decirle que no tenía nada contra la ciencia ni contra la propiedad en general, pero que sabía él, el hijo del rico mercader de tejidos de Asís, lo difícil que es poseer algo y seguir siendo el amigo de todos los hombres y, sobre todo, el amigo de Jesucristo. “Si tenemos posesiones, nos harán falta armas para defenderlas”: al salterio seguirían el breviario, los libros de teología, la facultad universitaria, y mucha sabiduría, y las armas para protegerla: la Inquisición… Todas las relaciones humanas falseadas, corrompidas, reducidas a relaciones de dueño y de siervo a causa del haber. A causa de bienes que creemos poseer. Eso era grave, demasiado grave, para que se pudiera sonreír. Pero Francisco no tenía ante él más que a un niño, pero a quien era preciso tratar de salvar. Se sintió lleno de inmensa piedad por él. Lo cogió maternalmente por el brazo y lo llevó junto a una roca, en la que se sentaron los dos.

—Escucha, hermanito —le dijo—. Voy a confiarte una cosa. Cuando yo era más joven, también fui tentado por los libros. Me hubiera gustado tenerlos. Pensaba entonces que me darían sabiduría. Pero, mira, todos los libros del mundo son incapaces de dar la Sabiduría. En la hora de la prueba, en la tentación o en la tristeza, no son los libros los que pueden venir a ayudarnos, sino simplemente la Pasión del Señor Jesucristo —Francisco se calló un instante. Después, dolorosamente, añadió—: Ahora yo sé a Jesús pobre y crucificado. Esto me basta.’

Tomado de: Éloi Leclerc, OFM, Sabiduría de un pobre.

lunes, mayo 31, 2010

‘Iglesia: libertad y fidelidad’ de Karl Rahner, SJ

Iglesia. La religión debe ser un convencimiento mío, propio y libre, ella debe ser experimentada en el centro más profundo de la existencia. Pero esta existencia sólo es ella misma en una comunidad y sociedad, en la que ella se abre, dando y recibiendo. Por otra parte, el cristianismo es una religión histórica, vinculada a alguien muy preciso: Jesucristo. Yo sólo puedo pertenecer a Cristo por medio de la Iglesia, y no de otra manera. Por eso, yo no puedo aventurarme a vivir en modo alguno un cristianismo privado, pues de esa forma negaría su origen. Por ello debo ratificar este carácter histórico de mi cristianismo a través de la pertenencia eclesial. Con esto no quedan afirmadas todavía, ni mucho menos, todas las razones para la pertenencia eclesial de un cristiano, ni siquiera las más importantes. Pero lo dicho aquí puede bastarnos.

Un cristiano de Iglesia, como el que aquí estamos suponiendo, conoce, sin duda, la historicidad de su Iglesia. Él conoce por tanto también lo más humano y lo más inhumano de aquello que en esa Iglesia ha sucedido, “en la cabeza y en los miembros”, en el pasado y en el presente. Un cristiano, que cree que la Iglesia proviene de manera auténtica de Jesucristo y que cree, por consiguiente, en su esencia como sacramento universal de salvación para todo el mundo, no puede despreocuparse totalmente de esta historia de la Iglesia, diciendo que ella ha sido sólo la historia de unos pobres hombres que, como todos los demás, se han comportado de un modo terrible sobre el escenario de la historia universal. Al contrario, un cristiano debería esperar y aguardar que la victoria de la gracia, que la Iglesia debe prometer al mundo incluso en su forma de manifestarse, se revele con gloria esplendorosa en su propia historia.

Ciertamente, la Iglesia ofrece ese tipo de revelación, que sólo pueden negar por principio aquellos que desprecian de un modo huraño a los hombres. Pero el cristiano desearía que ese resplandor fuera mucho más claro. El cristiano deberá tomar de un modo realista ese tipo de experiencia, que le obliga a ser modesto, aunque él no pueda aclararla del todo y menos aún justificarla con un triunfalismo barato (como a veces se ha interpretado aquello que quería decir el concilio Vaticano II).


Fidelidad eclesial y libertad creyente. Una identificación última con la esencia fundamental de la Iglesia, que ella no pudo ni puede perder, no significa, en modo alguno, que estemos de acuerdo con todas y cada una de las cosas que se hacen en la Iglesia. Ni con todo lo que la jerarquía o el Papa realizan, ni siquiera con todas y cada una de las cosas que la enseñanza oficial de la Iglesia presenta. Ciertamente, para mí, el auténtico dogma de la Iglesia constituye algo que me obliga absolutamente; por eso, como cristiano y como teólogo, con cierta ansiedad de espíritu y corazón, con no poca frecuencia, debo preguntarme cuál es el verdadero sentido de una determinada afirmación que el Magisterio de la Iglesia mantiene como dogma, a fin de concederle mi consentimiento, de manera honrada y tranquila.

Por mi parte, a lo largo de mi vida, yo nunca he tenido la experiencia de que esto me resultara imposible; porque, en relación con esos dogmas, yo he advertido siempre con claridad que sólo pueden entenderse bien cuando se pone de relieve su sentido en línea de apertura hacia el Misterio de Dios, sabiendo, por otra parte, que han sido formulados desde unos condicionamientos históricos determinados; por ello, esos dogmas se encuentran inevitablemente vinculados a una especie de amalgama que no pertenece de hecho al contenido de la declaración dogmática, y que puede hacer incluso que ese contenido se interprete mal. Esto se debe también al hecho de que esos dogmas están formulados como regulaciones lingüísticas que, para ser fieles a la realidad a la que aluden, no deberían permanecer siempre iguales, con las mismas palabras con que fueron formulados.

Las cosas resultan diferentes cuando se trata de esta o aquella enseñanza relativamente subordinada, sea en el campo de la exégesis, de la teología sistemática o de la teología moral, que ha sido o sigue siendo mantenida por el magisterio romano como enseñanza oficial, con la pretensión de ofrecer una enseñanza vinculante, aunque no haya sido “definida”. Por evocar sólo un ejemplo de los tiempos más recientes: a mi juicio, ni la argumentación básica, ni la autoridad de enseñanza de la Iglesia, a la que de hecho se acude, ofrecen un fundamento convincente y obligatorio para aceptar la discutida doctrina de Pablo VI en la Humanae Vitae, ni la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe que quiere excluir por principio la ordenación de las mujeres, como algo que debería aplicarse en todos los tiempos y culturas.

Mística e historia según Karl Rahner, SJ

Santa Rita de Casia, mística

Oración. Lo enorme de esta experiencia, que todo lo centra en una especie de temblor, es lo siguiente: yo puedo dirigirme hacia ese secreto o Misterio que todo lo abarca, que todo lo lleva y todo lo penetra, que se distancia de todo y, sin embargo, lo asume todo consigo; yo puedo invocarle, puedo orar. Yo sé que cuando viene a realizarse ese encuentro orante, ello se debe una vez más a la acción de ese mismo Misterio. Más aún, este Misterio actúa de tal forma que, cuando yo me encuentro ante él, siendo distinto él, introducido en mi propia realidad, cuando yo me entrego a él, no me pierdo, sino que, por el contrario, vengo a convertirme en alguien que participa de este Misterio infinito. Yo experimento (a través de eso que nosotros, los cristianos, llamamos gracia) que este Misterio, para ser él mismo, no necesita alejarse de mí en una distancia infinita, sino que, al contrario, él mismo se entrega a nosotros, para nuestra plenitud.

A los cristianos les resulta prohibido (en una prohibición que ha de tomarse totalmente en serio) contentarse con algo que sea menor que la infinita plenitud de Dios, les está prohibido instalarse en lo finito de un modo definitivo y feliz, contentándose con la estrechez, pensando, con una modestia mentirosa, que Dios no puede tomar en serio a esta criatura finita que somos nosotros, aunque estemos lastrados por mil condicionamientos. Esto significa no sólo que el mundo ha empezado a encontrarse a sí mismo en el hombre (empezando por mi causa a ser también de otra manera), sino que Dios ha comenzado también a venir al hombre y el hombre a ir hacia Dios.

San Vicente de Paúl, místico en la historia

Historia. Pero mi cristianismo no significa solamente la apertura radical en oración, en entrega y amor al misterio indecible de Dios. Mi cristianismo no tiene sólo (si así quiere decirse) un carácter trascendental y “pneumatológico”, sino que tiene también y de un modo esencial una dimensión histórica. Mi cristianismo reconoce de hecho que este autoofrecimiento del Misterio infinito [esta revelación], en cuanto plenitud del hombre, no es sólo la posibilidad más elevada y profunda que Dios concede al hombre para la historia de su libertad, sino que implica también (al menos si se mira al conjunto de la historia humana) el hecho de que, por la fuerza de ese ofrecimiento de Dios, esa historia de la libertad humana haya venido a expandirse victoriosamente en el mundo, de manera que ella se ha mostrado ya en la historia a través de esa irreversibilidad y de esa victoria.

La fe cristiana descubre en Jesucristo ese acontecimiento histórico, por el que se ha vuelto irreversible la ofrenda de Dios a los hombres y se ha vuelto históricamente palpable esa victoria [de la libertad]. Jesús, el Crucificado y Resucitado, ha sido aquel que ha proclamado esa automanifestación irreversible de Dios por medio de su anuncio de la llegada del Reino de Dios. Ha sido Jesús el que, en su unión con Dios y en su solidaridad incondicional con todos los hombres, ha venido a mostrarse como el acontecimiento de esa cercanía de Dios, que no podrá ser ya nunca derogada. Ha sido Jesús el que, a través de esa venida en abajamiento, en la vaciedad e impotencia de la muerte, ha venido a ser comprendido y experimentado como aquel que, por medio de esta muerte, que es entrega única y total al Misterio, ha sido recibido y liberado por Dios, en toda su existencia, de manera que hemos venido a experimentarle como “el Resucitado”. Jesús es para mí la automanifestación irrevocable e inapelable de Dios hacía mí en la historia, es la Palabra insuperable y definitiva de Dios, la PALABRA.

‘Misterio’ de Karl Rahner, SJ

David Kaspar Friedrich, Aparición de la luna sobre el mar, 1821.

‘Para mí mismo y para el mundo, yo soy una pregunta infinita. Resulta a mi juicio evidente que ni siquiera la experiencia que los hombres logren alcanzar en el futuro más lejano y, de un modo derivado, tampoco la ciencia, llegarán a situarse en un nivel desde el que puedan responder a todas las preguntas, y en el que puedan elaborar y finalmente resolver todos los problemas. Me causa en verdad admiración el hecho de que la mayoría de mis contemporáneos compartan conmigo este convencimiento, incluidos quienes niegan la existencia de aquello o de aquel a lo que yo o a quien yo llamo Dios.

Pues bien, en contra de eso, yo pienso que este tipo de personas (no creyentes) deberían estar convencidas de que el hombre, esta realidad particular que yo mismo soy, podría llegar de un modo radical hasta el fondo de todas y cada una de las cosas, de manera que, en último término, debería ser capaz de descubrirlo todo, porque para él (para el hombre no creyente) la totalidad se encuentra constituida por la suma de cosas particulares (que vamos conociendo por la ciencia). De esa forma, al final, una vez que hubiéramos penetrado en todo, podríamos dejar que todo cayera en su banalidad, es decir, en la Nada. En sí misma, esa Nada a la que uno viene a ser conducido a través de esas preguntas no plantearía ya más preguntas ni más explicaciones, porque realmente esa nada es sólo nada; y con esa palabra (nada), que no guarda en sí secreto alguno, no queremos señalar ninguna cosa que sea “totalmente distinta” (ganz anderes).

A mí, en cambio, me domina y me perfora el Misterio eterno, el Misterio infinito, que es algo “totalmente distinto” (alles andere) de una especie de conglomerado donde se vinculan todas aquellas cosas que aún no conocemos ni experimentamos, el Misterio que en su infinitud y densidad se encuentra, al mismo tiempo, en lo más exterior y en lo más interno de las realidades separadas que componen eso que nosotros llamamos el mundo de nuestra experiencia. Este Misterio se encuentra ahí y se expresa en la medida en que se mantiene silencioso; ese Misterio-Secreto deja que queden serenas (gelassen) a un lado las palabras y las explicaciones, porque hablar sobre el Misterio sin más se convierte en palabrería sin sentido (sinnloses Geschwätz).

Puedo comprender el enfado y nerviosismo de los que hablan así (sobre el Misterio); porque allí donde ese Misterio, que todo lo abarca callando, no es objeto de amor, se convierte en algo escandaloso. Está ahí y no deja que podamos dominarlo. Parece simplemente que calla, elevándose por encima de nuestras precisiones y seguridades. Quien no se entrega a él con amor, puede negarlo con enojo, si se toma tiempo para ello, o puede reprimirlo, refugiándose en los negocios cotidianos y, en último término, concede a esos negocios más peso que el que le conceden por sí mismos, verdaderamente, los fugitivos y los moribundos.

A este Misterio, que confiere un fundamento a cada realidad concreta y que abre un espacio y horizonte para cada conocimiento, yo lo llamo Dios. Él no necesita que andemos probando su existencia sin cesar: esa existencia de Dios ha sido presupuesta y asumida desde siempre (por la humanidad), antes de que nosotros hayamos comenzado a hablar sobre mil cosas en los mercados de la vida cotidiana y en las aulas de las universidades. Cuando yo me sitúo en mi interior y callo, cuando un Fundamento (Grund), cuando dejo que todas las preguntas se vengan a centrar en la Pregunta, a la que no se puede responder con las respuestas que se dan a las preguntas concretas, sino que dejo que el Misterio infinito se exprese a sí mismo, entonces el Misterio está presente ahí; y entonces, en último término, ya no me preocupa el hecho de que la ciencia racionalista se crea capacitada para hablar sobre Dios de un modo escéptico. En ese momento, estoy convencido de que no me he perdido en un “sentimiento” irracional, sino que he llegado a situarme en el punto focal del espíritu, de la razón y de la comprensión, punto del que brota en último término toda racionalidad.’

martes, mayo 11, 2010

Filosofía estoica para metrosexuales


‘Conoce primero quién eres y adórnate de acuerdo con eso. Eres hombre, es decir, animal mortal capaz de servirte de las representaciones. Ese “racionalmente”, ¿qué significa? De modo acorde con la naturaleza y cumplidamente. ¿Qué tienes de extraordinario? ¿Lo animal? No. ¿Lo mortal? No. ¿La capacidad de servirte de las representaciones? No. Lo que tienes de extraordinario es lo racional: adorna y embellece eso. La cabellera, déjasela a Quien te la modeló como Él quiso. ¡Ea! ¿Qué otros apelativos tienes? ¿Eres hombre o mujer? Hombre. Embellece entonces a un hombre, no a una mujer. Aquélla es por naturaleza suave y delicada. Y si tuviera muchos pelos sería un monstruo y con los monstruos la exhibirían en Roma. Lo mismo es en el caso de un hombre el no tenerlos. Y si al no tenerlos por naturaleza es un monstruo, si él mismo se los afeita y se los arranca, ¿qué haremos con él? ¿Dónde lo exhibiremos y qué cartel lo pondremos? Os mostraré un hombre que prefiere ser mujer a hombre. ¡Tremendo espectáculo! Nadie dejará de admirarse ante el cartel. Creo, ¡por Zeus!, que los mismos que se depilan hacen lo que hacen sin saber que consiste en eso. Hombre, ¿qué tienes que reprochar a tu naturaleza? ¿Que te engendró varón? Entonces, ¿qué? ¿Era menester que a todas las engendrase mujeres? ¿Que no te agrada ese asunto? Pues hazlo por completo. Quítate… ¿cómo decirlo?... la causa de los pelos. Hazte mujer en todo, para que no nos engañemos; no medio hombre, medio mujer. ¿A quién quieres agradar? ¿A las mujercitas? Agrádales como hombre. “Sí, pero les gustan imberbes”. ¡Vete y ahórcate! ¿Y si les gustaran los maricas, te harías marica? [...]

A ti ahora te dicen los dioses esto, “mandándote a Hermes el que ve de lejos, matador de Argos”: que no revuelvas lo que está bien ni te metas en lo que no te concierne, sino que dejes al hombre, hombre, y a la mujer, mujer, y al hombre hermoso como hombre hermoso y al feo como hombre feo. Porque no eres carne y pelo, sino albedrío. Si tu albedrío es bello, entonces serás bello. Que hasta ahora no me atrevo a decirte que seas feo; parece, en efecto, que estás dispuesto a oír cualquier cosa antes que esto. Pero, mira: ¿qué dice Sócrates al más bello y más apuesto de todos, a Alcibíades? “Así que intenta ser bello”. ¿Qué es lo que le está diciendo? ¿“Arréglate el cabello y depílate las piernas”? Claro que no, sino: “Adorna tu albedrío, arranca las opiniones viles”.

Entonces el cuerpo, ¿cómo? Como nació. De eso ya se ocupó otro; déjaselo a él. Entonces, ¿qué? ¿Hay que ser sucio? Claro que no, sino que sé limpio tal cual eres y naciste: que el hombre sea limpio como hombre; la mujer, como mujer; el niño, como niño.

No; pues entonces arranquemos la melena al león para que no sea sucio, y la cresta al gallo, pues también él ha de ser limpio. Pero como gallo; y el león, como león; y el perro de caza, como perro de caza.’

Flavio Arriano, en Disertaciones de Epicteto, III, I, 24-32; 39-45. Traducción de Paloma Ortiz García (Madrid, Gredos, 1993).

jueves, abril 22, 2010

Beethoven o la quintaesencia de lo humano

A mi hermana

W. J. Mähler, Retrato de Beethoven, 1804.

Si el crítico literario Harold Bloom puede hablar de que con Shakespeare se da la ‘invención de lo humano’, yo me atrevo a decir que con Beethoven asistimos a la más pura expresión, a lo más noble de aquello que se inventó con Shakespeare. También es cierto eso de que, si Bach es Dios y Mozart es Dios hablándole al Hombre, Beethoven es el Hombre hablándole a Dios. La aspiración a la trascendencia desde la humilde, aunque trascendente, terrenalidad. Eso es Beethoven para mí.

Ejemplos sobran: el ‘Adagietto’ de la 7ª sinfonía y la 9ª entera —aunque admito que está algo gastada a mis oídos—, la fantasía para piano, coro y orquesta, la sonata ‘Hammerklavier’y tantas otras, los últimos cuartetos... pero hay un ejemplo excepcional: su única ópera, Fidelio, estrenada en 1805. La música es elegante, apasionada, sutil y sublime. Sin embargo, la trama —del drama Léonore, ou l’amour conjugal de Jean-Nicolas Bouilly, de 1798— y la lírica —del poeta Joseph Sonnleithner— de la obra concuerdan a la perfección no sólo con la música, sino con el espíritu del mismo Beethoven, con un alma arquetípica del romanticismo decimonónico, con la quintaesencia de lo más noblemente humano del ser humano.

Florestán, que luchó contra la tiranía y en pos de los ideales ilustrados, con la conciencia tranquila por haber hecho lo recto y justo, se pudre en la cárcel. Sufre y añora a su amada esposa, Leonore, pero es un hombre que no ha perdido la fe, que, al igual que Job, reconoce a Dios precisamente en los infiernos.

Veamos, primero, la versión de Ben Heppner, con la orquesta del Teatro Metropolitan de Nueva York, bajo James Levine:



Florestan: Gott! Welch Dunkel hier! O grauenvolle Stille!
Öd’ ist es um mich her. Nichts lebet ausser mir.
O schwere Prüfung! -
Doch gerecht ist Gottes Wille!
Ich murre nicht! Das Mass der Leiden steht bei dir.

In des Lebens Frühlingstagen
Ist das Glück von mir geflohn!
Wahrheit wagt ich kühn zu sagen,
Und die Ketten sind mein Lohn.
Willig duld’ ich alle Schmerzen,
Ende schmählich meine Bahn;
Süsser Trost in meinem Herzen:
Meine Pflicht hab’ ich getan!
Und spür’ ich nicht linde, sanft säuselnde Luft?
Und ist nicht mein Grab mir erhellet?
Ich she’, wie ein Engel im rosigen Duft
Sich tröstend zur Seite mir stellet,
Ein Engel, Leonoren, der Gattin, so gleich,
Der führt mich zur Freiheit ins himmlische Reich.

Enseguida, la versión de Simon O’Neill y la Orquesta West East Divan, dirigidos por Daniel Barenboim:



Florestán: ¡Dios! ¡Qué oscuridad hay aquí!
¡Qué silencio aterrador!
La nada me rodea y nada,
nada vive a mi alrededor.
¡Dios, qué dura prueba!
¡Tu voluntad es justa!
¡No me lamento, oh
Dios que mides los pesares!
En los días de la primavera
de la vida,
la felicidad ha huido lejos de mí.
Me atreví a gritar la verdad
y mi recompensa fueron las cadenas.
Soportaré los sufrimientos,
mi vida se extingue con vergüenza.
Pero mi corazón alienta
un dulce consuelo,
he cumplido con mi deber.
¿No siento el murmurar,
la dulzura de una brisa?
¿No es la claridad
que ilumina mi tumba?
Veo aparecer un ángel
todo irisado de rosa,
situarse junto a mi, consolador,
tiene los rasgos de Leonora,
mi esposa.
¡Un ángel!
Viene para ayudarme y consolarme,
hasta conducirme a la libertad
del reino de los cielos.

Luego, la del joven tenor Jonas Kaufmann con la Casa de la Ópera de Zúrich, bajo la batuta de Nikolaus Harnoncourt:



Finalmente, la de Jon Vickers y Zubin Mehta, con la orquesta del Teatro Antiguo de Orange:



G. G. Jolly

‘Dios’ de Martin Buber

Marc Chagall, El sacrificio de Isaac, 1931.

‘Dios. La palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada y tan dilacerada… Las generaciones humanas han cargado el peso de su vida angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones religiosas han dilacerado esta palabra; han matado y se han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra “Dios”; se asesinan unos a otros y dicen hacerlo en nombre de Dios… Debemos respetar a aquellos que evitan este nombre, porque es un modo de rebelarse contra la injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la autoridad de Dios.’

Martin Buber (1878-1965)

sábado, febrero 20, 2010

‘Vuelve’ de Konstántinos P. Kaváfis

Para N.

Επέστρεφε
Επέστρεφε συχνά και παίρνε με,
αγαπημένη αίσθησις επέστρεφε και παίρνε με --
όταν ξυπνά του σώματος η μνήμη,
κ' επιθυμία παληά ξαναπερνά στο αίμα·
όταν τα χείλη και το δέρμα ενθυμούνται,
κ' αισθάνονται τα χέρια σαν ν' αγγίζουν πάλι.

Επέστρεφε συχνά και παίρνε με την νύχτα,
όταν τα χείλη και το δέρμα ενθυμούνται....

Κωνσταντίνος Π. Καβάφη

Y aquí una versión musicalizada por Thanos Mikroutsikos.

Vuelve

Vuelve una y otra vez, y tómame,
amada sensación, regresa y tómame.
Cuando despierta del cuerpo la memoria
y la vieja pasión recorre la sangre,
cuando los labios y la piel las reviven,
las manos sienten como si tocaran de nuevo.

Vuelve una y otra vez, y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel las reviven.

Come back

Come back once and again, and take me,
beloved feeling, come back and take me.

When memories awake from the body
and old passions run through the blood,
when lips and skin re-live them
the hands feel as if they touched once more.

Come once and again, and take me at night,
when lips and skin re-live them.


(Versiones española e inglesa de G. G. Jolly)

domingo, febrero 07, 2010

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita (III)

Veamos, ahora, las soluciones que propone el padre Boulad para rescatar a la Iglesia del ‘abismo’, que ya describió con indignación en las entradas anteriores(1):

‘- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.’
Espero que con ‘pasado’ no se refiera a la gran Tradición del cristianismo, pues, entonces, las catequesis que ha dado Benedicto XVI en los últimos años sobre los Padres de la Iglesia y los santos del medioevo estarían erradas… Seguramente, ha de ser inútil, por tanto, su idea de que los grandes santos medievales o los autores patrísticos, que bebieron del mismo manantial de fe, responden mejor a problemas de hoy que discursos ‘actuales’ que se pierden en el mar informativo global. Es obvio: ni San Agustín de Hipona ni Santo Tomás de Aquino tienen nada que aportar al diálogo entre fe y razón, religión y ciencia; las predicaciones y ejemplos pastorales de Santo Domingo de Guzmán o San Ambrosio de Milán son simples migajas; el amor a la naturaleza de San Francisco de Asís o las exigencias de justicia de San Juan Crisóstomo no son sino mensajes sosos, empolvados y estériles de hace siglos...
‘- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.’Quizás sea cierto. Pero pregunto de nuevo, ¿cuáles son las causas de esas crisis europeas?
‘- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: “No hay alternativa al Vaticano II”.’
Ya me pronuncié sobre esto. Y, aunque la ‘restauración’ sea un hecho, lo veo como parte del proceso dialéctico en el que siempre se ha desarrollado la Iglesia, en un ir y venir pendular entre remedios de excesos y excesos de remedios… El mismo Benedicto XVI lo explicó muy bien: no el Concilio, sino un ‘conciliarismo’ ingenuo y demasiado optimista causó estragos, como si el Vaticano II hubiera significado una ruptura con Vaticano I, Trento, Letrán, Calcedonia, Constantinopla, Nicea, Éfeso…


Y un Vaticano III, tan pronto, me huele a eso, a un afán desmedido y en última instancia destructivo, de praxis y reforma a ultranza, de las que ya Pablo VI advirtió en abril de 1968: ‘Renovación, sí; cambio arbitrario, no; Historia siempre viva y nueva de la Iglesia, sí; historicismo disolvente del compromiso dogmático tradicional, no; integración teológica según las enseñanzas del Concilio, sí; teología conforme a libres teorías subjetivas, a menudo procedentes de fuentes enemigas, no; Iglesia abierta a la caridad ecuménica, al diálogo responsable, al reconocimiento de los valores cristianos ante los hermanos separados, sí; irenismo que renuncia a las verdades de la fe, o proclive a uniformarse con ciertos principios negativos que han favorecido la separación de tantos hermanos cristianos del centro de la unidad de la comunión católica, no; libertad religiosa para todos dentro del ámbito de la sociedad civil, sí; libertad de adhesión personal a una religión según la elección meditada de la propia conciencia, sí; libertad de conciencia como criterio de verdad religiosa, no sufragada por la autenticidad de una enseñanza seria y autorizada, no’.


vs.


Después, Boulad exhorta al aggiornamento radical, a la reforma largamente postergada, pues ya el tiempo se nos ha venido encima, pues ‘la Historia no espera’… Incluso pregunta, con una comparación desatinada, si no es que ofensiva: ‘[Si] Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis… ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto?’

Así, según él, el camino que la Iglesia toda debería seguir (un camino tan general y ambiguo, que resulta imposible de negar):
‘La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una TRIPLE REFORMA:

1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.

Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso actual.

2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.

3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a articularlos con la vida.

Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal, demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior, una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día Jesús nos trate de “sepulcros blanqueados”?’
El problema, como creo haber hecho bastante evidente, son los medios (el detalle de los tres años me hizo sonreír):
‘Para terminar, sugiero la convocatoria de un sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el término “concilio”- que sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las conclusiones.’
Termina pidiéndole al Papa una disculpa por su franqueza y una bendición, para elogiarlo después por su libro Jesús de Nazaret. Por todo cuanto le escribió al Papa en esta carta, dudo que lo haya leído, o cualquier otra cosa de Joseph Ratzinger, quien no vería sino esperanza en ese ‘abismo’.

Yo, por mi parte, concluyo, diciéndole al padre Boulad y a los jesuitas que simpatizan con él: sabrán disculpar mi franqueza y mi dura crítica, pero no puedo estar de acuerdo con ustedes en muchos detalles y en el tono. Por mi amor apasionado por la Iglesia... y por la Compañía.

G. G. Jolly

(1) I y II.

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita (II)

Giotto di Bondone, Jesús expulsa a los cambistas del Templo, c. 1305.

Sigo, pues, con la réplica a la carta del padre Henri Boulad, SJ al Papa.(1)

Continúa el jesuita:
‘4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a esa “nueva evangelización” a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.’
Este párrafo obscurece en vez de arrojar luz sobre las posibles soluciones. Adaptación, cambio, novedad, innovación, invención… todas ellas son siempre útiles y necesarias, pero no son la raíz del problema. El Vaticano II cambió muchas cosas, para bien, a pesar de las fricciones y desencantos de muchos, pero también hay que ser honestos: intentos fracasaron, modelos nuevos han caducado apenas cuarenta años después, adaptaciones hubo muchas que derribaron y no construyeron nada en su lugar. Ese golpe maravilloso del Espíritu que fue el Concilio tuvo sus altas y sus bajas, como todos sus antecesores, sacudió la Barca para bien y para mal. Y la sigue sacudiendo, y sigue llamando a sacudirla. Por eso es ingenuo, peligroso y hasta tonto hacer un llamado políticamente correcto a un Vaticano III cuando aún no copamos con las ondas de choque del II.

Al fin y al cabo, Boulad sigue focalizando el problema en lo exterior, en la forma del mensaje, más que en la crisis que experimenta el mensaje mismo. ¿Cómo es posible presentar el Evangelio con toda su crudeza y exigencia cuando no existe la verdad, cuando la Humanidad busca una religión sedante y no de compromiso, cuando un Dios humano y crucificado y una Iglesia milenaria y pecadora lucen más estúpidos que nunca, cuando 5 mil millones de personas ni siquiera gozan de libertad religiosa?(2)
‘5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra “mística” no estaba mencionada ni una sola vez en “El nuevo Catecismo”. No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.

6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.’
Puede que en este punto le dé la razón a este jesuita. El cristianismo es, ante todo, mística. Sin la contemplación, la experiencia íntima y el encuentro personal con un Dios-persona, el cristianismo no es nada.(3) Su novedad y radicalidad se disuelverían en el mar de las religiones. Hoy día, se transmite doctrina o, peor aún, ideología, que no dice nada y se abandona tan rápido como se recibió. En el mejor de los casos, el cristianismo es mera ética. Me permito actuar de abogado del diablo otra vez: ¿no el modelo liberal tiene buena parte de culpa también? En América Latina, ese noble intento de la teología y la pastoral de la liberación de beber de la gran fe de un pueblo para encarnarla y tornarla praxis liberadora, ¿no tiene también su buena parte de culpa en vaciar de fe a tantos cristianos, que la han buscado, ahora, en el espiritualismo de las sectas?(4) ¿Y no, con tanto énfasis en la reforma externa, Boulad sigue poniendo el acento en una praxis que depende de la fe, que es, a su vez, la que verdaderamente enfrenta la crisis?
‘7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano... en una línea más evangélica.’
Aunque tiene razón, pues el discurso es chocante y repetitivo(5) de los ‘cruzados de la vida’ y ‘apóstoles de las “buenas costumbres”’ —lo cual no les quita, en el fondo, que digan la verdad, y más aún, una verdad incómoda y, sí, profética—, su última línea me resulta pedante. No diré más que lo que siempre he dicho acerca de muchos jesuitas y otros católicos liberales, entregados y comprometidos con las causas de la justicia y la liberación: que no solo la Populorum Progressio, también la Humanae Vitae, aunque no les guste. O ambas o ninguna, a menos que quieran caer en el mismo error que la derecha católica, tan preocupada por la vida nonata, pero indiferente ante la vida ya nacida, condenada a la pobreza.
‘8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista de una Iglesia “Mater et Magistra” está definitivamente desfasado y ya no sirve hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a tragarse cualquier cosa.’
Podría cuestionarse severamente la ‘madurez’ de un continente cada vez más xenófobo, autocomplaciente, escandalizado por la cacería de focas en Canadá e indiferente ante el genocidio de Ruanda o Darfur, cerrado incluso a su porvenir biológico… Por supuesto, un continente así aborrecerá la voz de una Mater et Magistra que denuncie su comportamiento y le obligue a volver la vista a sus raíces y sus valores auténticos. Por fortuna, una consecuencia feliz del ‘invierno eclesial’ del que se quejaba Boulad al principio es que una Iglesia minoritaria, reducida a tener voz entre muchas otras, perderá esa presencia institucional y esa soberbia discursiva.
‘9. Las naciones más católicas de antes -Francia, “primogénita de la Iglesia” o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado, más fuerte es la reacción contra ella.

10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.
Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es doble:
- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.
- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?’
Ignoro si Boulad obtiene su información de CNN o alguna otra cadena de medios por el estilo, pero en su número 10 dice algo que es totalmente falso.


Desde la elección de Benedicto XVI, el ecumenismo y el diálogo interreligioso han tenido un repunte significativo. Justo ha sido un pontificado de primado y no de primacía, de arraigo en la Tradición y el núcleo de la fe y no en agendas políticas e ideologías de moda, una actividad pastoral que no titubea en proclamar la propia verdad y la diferencia, lo que ha traído una bocanada de aire fresco. En primer lugar, el discurso inflamatorio de Ratisbona, que detonó un verdadero diálogo entre Occidente e Islam, centrado en los asuntos espinosos: reciprocidad en la libertad religiosa, el rechazo de la violencia y el terrorismo. En segundo, el descongelamiento de las relaciones entre católicos y ortodoxos; estos últimos más dispuestos a conceder el primado a un Papa avocado a la riqueza de la liturgia y teología bimilenarias del cristianismo. Luego, el diálogo con anglicanos y luteranos, cuyas respectivas tradiciones son bien vistas por un pontífice cosmopolita y de gran sabiduría teológica. También el diálogo respetuoso, pero honesto, con los ‘hermanos mayores’, unidos por el Antiguo Testamento, pero separados por la plenitud de la revelación en el Mesías, Jesús de Nazaret. Y, por último, la cada vez más cercana superación del cisma lefebvriano, mediante la humildad, la caridad y la mansedumbre de un pastor, eficacísimas a la hora de desarmar los argumentos de la SSSPX.

G. G. Jolly

(1) Aquí la primera parte.
(2) Véase el artículo del vaticanista Sandro Magister al respecto.

(3) Véase: Hans Urs von Balthasar, ¿Quién es cristiano?, Salamanca, Sígueme, 200?.
(4) No estoy de acuerdo con que la Teología de la Liberación sea la causante de la ‘descatolización’ del continente, pero sus propios fracasos y excesos no pueden ser ignorados, como bien lo señala Paul Johnson en su Introducción al cristianismo, Barcelona, Ediciones B, 2003.

(5) Al respecto, escribí esta entrada para el blog.

Continuará...

La Iglesia en el abismo: crítica a la crítica de un jesuita... (I)

Aliéksandr Ivanov, Aparición de Cristo a María Magdalena, 1834-1836.

Como resulta bastante obvio para los lectores de este blog, sobre todo para aquellos que me conocen personalmente, tengo una relación de gran cercanía y cariño con la orden de San Ignacio. Sin embargo, esto nunca ha evitado que esté de acuerdo con lo que muchos jesuitas —o a veces la orden toda— hagan y deshagan. Faltaba más, si la Compañía está conformada por hombres ‘pecadores, pero llamados’, miembros como yo de la Casta meretrix.

Por fortuna, lo que pienso criticar hoy no es ningún crimen ni escándalo mayor. Se trata más bien de la carta que un jesuita egipcio, el padre Henri Boulad, de 78 años, ha enviado al Papa como un SOS, titulada ‘La Iglesia en el abismo’. Carta que expresa opiniones y actitudes que, a mi parecer, afectan a muchos, demasiados jesuitas, opiniones y actitudes que no puedo sino cuestionar su pertinencia, intención, veracidad o sentido eclesial. A diferencia de la cigüeña ignorante e integrista de siempre, preocupado más por sotanas, alzacuellos y un jesuita bailarín,(1) a mí me parece entender mejor el carisma de la Compañía actual, llamada y confirmada por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI a llevar el Evangelio a donde otros no pueden o no quieren ir, a las difíciles fronteras de la Iglesia y más allá.

No obstante, quisiera interpelar al padre Boulad y otros jesuitas de palabras similares.


La carta abre así:
‘Santo Padre:

Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por “la libertad de los hijos de Dios” a la que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.

Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más.’
Aunque obviará a lo largo de la carta a qué se refiere con ese ‘abismo’, me cuesta mucho darle crédito, al menos por los motivos que él refiere. Y eso es porque creo profundamente que la Iglesia siempre está un paso atrás, pecadora y necesitada de misericordia, muy lejos de cualquier ‘Edad de Oro’, en perenne crisis, semper reformanda… Benedicto XVI respondería que la solución está en la conversión, en los santos, más que en los sínodos y los documentos…

Algo raro me sucede con esta clase de críticas, como la de don Pedro Casaldáliga a Juan Pablo II… Por una parte, estoy de acuerdo con que la fidelidad afectiva y efectiva a la Iglesia jerárquica no es acrítica y servil; el pecado, el error y la debilidad existen en los pastores y las instituciones, por supuesto. Por otra, estas denuncias hacen que me cuestione. ¿Acaso no los autodenominados profetas de ‘una Iglesia más de Jesús’ pecan de lo mismo que critican: de monopolizar y reducir el Evangelio a su ‘verdadero’ Evangelio? A mis ojos, tan errado está el monseñor de la curia cuya vida se reduce a rúbricas, cenas de gala y cánones, como el pastor de los pobres que desearía vender la Basílica de San Pedro y regresar al lago de Genasaret. Eso es pecar de reduccionismo, es despojar al cristianismo de su riqueza y desarraigar a la Iglesia —y al Espíritu, en dado caso— de su misteriosa encarnación en el mundo. Además, ¿no peca de ingenuidad Casaldáliga al creer que es más apóstol de Jesús con sombrero de paja que con mitra, con un cáñamo que con báculo, con una cruz de madera que con una de oro o plata? Independientemente del complicado tema de la pobreza evangélica y de sus signos concretos, ¿no es poner la dignidad del obispo en signos externos —que al fin y al cabo es lo que le molesta, por ejemplo, de esos obispos sin grey romanos, que además ostentan títulos y honores propios de la nobleza—? ¿Ingenuidad o mala política? Monseñor Roncalli y Pío XII, con silencios oportunos y mucha ‘hipocresía’ diplomática, lograron salvar miles y miles de vidas durante el Holocausto. ¿Qué lograron los jesuitas mexicanos al pedir públicamente la destitución del nuncio Priggione —nefasto, por lo demás—, más allá de confirmar los prejuicios sobre la insubordinación de la Compañía?(2) ¿Cabe esa clase de denuncia profética, con ese tono, en el seno de la Iglesia, sobre todo en el contexto de la Vida Religiosa? Más aún, ¿es del todo sensato?
‘1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.’
A pesar de que la religión está nuevamente a la alza, esto es cierto. Pero, ¿es un síntoma del todo negativo? La reducción estrepitosa en números y en popularidad, ¿no puede ser también una oportunidad para que los católicos vuelvan sobre sus tradiciones, redefinan su identidad y estrechen los vínculos que les unen hacia dentro? ¿No será ya el tiempo de una Iglesia minoritaria, más sencilla y, hasta cierto punto, enfrentada con el mundo, como lo fue durante sus primeros siglos? ¿No ese abismo presenta también esperanza?(3)
‘2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.

3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún –cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación– tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.’
Aunque esto también tiene mucho de verdad, hay muchos casos en los que la tendencia es la inversa. Y, ¡oh sorpresa!, tiene que ver con los modelos de formación e identidad religiosa, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. ¿Se ha puesto a pensar el padre Boulad, después de ver el ejemplo de los seminarios franceses, cada vez más vacíos, que en apenas diez años el clero lefebvrista será más numeroso que el católico? No lo mencionó explícitamente en su carta, pero puedo suponer que el jesuita egipcio no es un partidario del rito extraordinario de la misa, pues lo ve como un signo de ‘restauración’, de una ‘involución’ hacia Vaticano I o Trento… Es una de las cosas que Benedicto XVI le podría responder: el cisma de los tradicionalistas planteaba grandes problemas, ya que en el futuro podrían ser los únicos católicos restantes. ¿Síntoma de qué es que los seminarios y parroquias lefebvrianas estén repletos? ¿Por qué el modelo liberal de sacerdocio, pastoral, ecumenismo, teología y vida religiosa, siguiendo la letra del Vaticano II y la luz de los tiempos, han dejado tras de sí diócesis desoladas, parroquias desiertas, clero envejecido y seminarios vacíos? Holanda, Bélgica, Canadá, Irlanda… ¿Por qué la vitalidad de los sectores más conservadores y el boom vocacional de las carmelitas y clarisas más tradicionales, de las diócesis de pastoral más agresiva y a la antigua, los nuevos movimientos de probada —a veces excesiva— ortodoxia?(4) ¿Por qué el auge de las Iglesias tercermundistas perseguidas, empobrecidas, minoritarias e incluso clandestinas, como en Corea, Vietnam, China, Myanmar, India o Bangladesh?


Su última línea apunta claramente al celibato ‘obligatorio’. Yo creo que, en efecto, sería provechoso la posibilidad de ordenar como sacerdotes a diáconos casados —del clero diocesano, por supuesto, nunca del religioso—, así como intentar nuevas formas de ministerios femeninos a largo plazo. Sin embargo, Boulad peca de ingenuidad o ignorancia. ¿Ha visto acaso lo que le ha sucedido a la Comunión Anglicana o a numerosas iglesias reformadas que tienen ministros casados o de ambos sexos? En ningún caso ha habido un auge de vocaciones ni conversiones masivas de parte de fieles alejados o apóstatas. El problema no es de formas, sino de fondo, algo que muy pocos han podido o querido situar en la crisis de la verdad, en el desarraigo de la gran Tradición, en concepciones agradables pero incorrectas del cristianismo. Uno de ellos es Benedicto XVI.

G. G. Jolly

(1) Por supuesto, la cigüeña desconoce la historia de la Compañía y su espiritualidad, la novedad radical de lo que quería San Ignacio para la Vida Religiosa. La última Congregación General de la orden, de 2007 (con el visto bueno de Benedicto XVI), parafraseando la anterior, de 1994 (aceptada por Juan Pablo II), describe así la misión de la Compañía: ‘El fin de nuestra misión (el servicio de la fe) y su principio integrador (la fe dirigida hacia la justicia del Reino) están así dinámicamente relacionados con la proclamación inculturada del Evangelio y el diálogo con otras tradiciones religiosas como dimensiones de la evangelización’.
(2) Véase si no el libro Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada de Ricardo de la Cierva, en que el autor, un ejemplo del más rancio y recalcitrante conservadurismo eclesial, utiliza a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús como el más claro ejemplo de la traición a la Iglesia iniciada por Pedro Arrupe, tras el Vaticano II.
(3) Véase esta entrada anterior, en la que el ‘pesimista’ Joseph Ratzinger apuesta, ya en 1970, precisamente por una Iglesia minoritaria.
(4) Véase: Gabino Uríbarri, SJ, Portar las marcas de Jesús. Teología y espiritualidad de la vida consagrada, Bilbao, Desclée de Brouwer,
200?.

Continuará...